viernes, junio 29, 2012

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez

E.D.A. Libros, Benalmádena, 2011. 184 pp. 15 €

Juan Soto Ivars

FrICCIONES es el primer libro de Pablo Martín Sánchez, en adelante Pablo Martín, editado por E.D.A, un sello malagueño. Es uno de esos libros que uno se alegra de tener y que si la cosa funciona se convertirá en algo perseguido en el futuro, aquella rareza del autor Pablo Martín, ¿lo habéis leído? ¡Aquel libro que se llamaba FrICCIONES! Publicar en una editorial pequeña con la que está cayendo puede convertir un libro en un mito más rápido de lo que uno quisiera.
Pero sigamos. Sigamos por el principio. FrICCIONES es un título que remite a dos elementos que uno encuentra en el libro, así que Pablo no engaña a nadie: las ficciones de Borges, de un lado, y la fricción que el escritor sufre al pasar rozando a otros escritores. De una cosa y de otra hay entre sus páginas, lleva Borges el estandarte pero Pablo es un alumno díscolo y se le escapa. Las páginas se ensucian, aunque ésta no es la palabra adecuada, con las lecturas que el autor ha ido leyendo. Y no son pocas ni magras.
Lo primero que llama la atención al terminar el libro es que Pablo Martín tiene una capacidad enorme para cambiar de estilo. El libro lo componen 27 relatos tan distintos como las 27 letras del abecedario, que vienen divididos en tres partes: Roces, Caricias y Abrazos. El error que le veo yo al libro es esta partición triple que trata de orientar en busca de una estructura. FrICCIONES no tiene estructura ni debe aspirar a tenerla, aunque resulta comprensible que el autor se esfuerce en justificarla, y eso que se excusa muy bien con un prólogo que le hizo Monterroso antes de que él escribiera el libro, quiero decir que Pablo Martín usa como prólogo algo que ya había escrito Monterroso. Nos advierte de que la unidad ha dejado de ser una condición para un libro de relatos. ¡Y tanto!
Aunque a simple vista no parece que haya nada autoconfesional, este libro es una gran forma de conocer a su autor. Se trata de la ventana a una cabeza que se promete siempre audaz y dispuesta al experimento. Esta mezcolanza sí crea una unidad, como las especies de una latitud crean una zoología, sobre la forma en la que Pablo Martín se acerca a la literatura. La cantidad de información sobre el lector que ha escrito el libro sí que crea una unidad.
Los cuentos más brillantes dependerán de quien lea el libro y, sobre todo, de lo que haya leído antes. Como muestra, un botón que me causa especial admiración: un cuento con aires de realismo en que el protagonista ve a Bolaño en un bar. Trata desesperadamente de acercarse al escritor y finalmente se encuentran en la puerta del cuarto de baño. Como no se atreve a decirle nada, el protagonista escribe una frase de Bolaño en la pared y le cede el paso al urinario. La gracia de este cuento es que podría haberlo escrito Bolaño. Pablo Martín pide prestado el estilo de Bolaño. Usa la frase larga, poco común en el resto del libro, y adopta el nervio del chileno para crear una atmósfera donde el escritor está realmente dentro, en fondo y forma.
Así funcionan los relatos. Hay acercamientos a la intensidad a través de las redacciones de colegio de un niño bastante listo con una profesora gilipollas. Hay ideas disparatadas como la vida de Nemesio, «nací el día que Armstrong pisó la luna y creo que lo hizo para que yo pasara desapercibido». Hay literatura dentro de la literatura, como en el cuento Poesía Métrica que más que cuento es un ensayo donde el autor nos enseña a crear poesía entre estación y estación de metro, o en Ósculos Vía Oral, donde el relato toma forma de prospecto farmacéutico.
Y es que hay, sobre todo, humor. Una sana distancia con la literatura y con el lector, un ensimismamiento y una prueba de resistencia hecha desde dentro de la literatura.
Pablo Martín Sánchez sigue la estela de Monterroso, Borges y Raymond Queneau y aunque es catalán, bien podría pasar por latinoamericano. Y si algo queda claro, es que no hay forma de adivinar cómo será su siguiente libro. ¡Buena patada en la cara a los que se sientan tentados de llamarlo prometedor sólo por ser un autor novel!

jueves, junio 28, 2012

La palabra heredada, Eudora Welty

Trad. Miguel Martínez-Lage. Impedimenta, Madrid, 2012. 188 pp. 18,40 €

Cristina Davó Rubí

Bellísima edición de Impedimenta para estas memorias literarias de Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001). La palabra heredada constituye no solo un homenaje a la autora sureña, sino también al traductor Miguel Martínez-Lage, fallecido en abril de 2011 sin acabar el trabajo de revisión del texto de una edición anterior. Por tanto una ofrenda póstuma, delicada y cuidada al máximo, con la colaboración de la escritora y editora Elena Medel.
Esta obra se alimenta de las tres conferencias que Eudora Welty dio en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, para inaugurar el ciclo dedicado a William E. Massey. Dividida en tres partes de epígrafe revelador: “Escuchar”, “Aprender a ver” y “Encontrar una voz”, Welty nos muestra cómo nació su amor por la palabra y cómo se forjó en su interior la necesidad de contar. A través de estas páginas descubrimos el germen del talento de esta gran autora, que supone uno de los hitos de la literatura americana del siglo XX. El Pulitzer en 1973 por La hija del optimista (The Optimist´s Daughter) o la Medalla Presidencial de la Libertad en 1980 son sólo algunos de sus reconocimientos. Ya su primer cuento, publicado en 1936, llamó la atención de Katherine Anne Porter, quien se convertiría en su mentora y escribiría el prólogo a su primer libro de cuentos, Una cortina de follaje (1941). Formada en la universidad y dedicada en principio a la fotografía publicitaria, la joven Eudora decidió entregarse por completo a la escritura. Además de varias novelas y algunas obras de no ficción, Welty escribió sobre todo relato corto, género al que contribuyó de manera muy significativa. Forjadora, junto a Faulkner, Capote, Williams, Flannery O´Connor o Carson McCullers, del denominado gótico sureño, —aunque quizás la menos conocida de ellos— Welty ubica sus historias en el profundo Sur, con personajes marginales o descarriados, con ecos bíblicos y cierto influjo mítico. Pero por encima de cualquier tendencia y más allá de su clara influencia chejoviana, destaca la escritora sureña por una narrativa sutil y casi lírica. Con un lenguaje propio, que le supuso un inconveniente para ser merecedora del Nobel, por considerarlo demasiado regional, Eudora Welty se ganó a lo largo del siglo XX un merecido lugar entre los cuentistas más importantes de la época.
En La palabra heredada, verdadera puerta de acceso al universo personal y narrativo de Welty, encontramos a la primogénita de una familia con dos hijos varones, de un matrimonio de emigrantes. Christian Welty y Chestina Andrews no eran del Sur, pero se fueron a Jackson a mejorar su suerte. Y, efectivamente, en pocos años, el padre pasó de trabajar en una empresa de seguros a ser su presidente. Se recuerda Eudora a sí misma como una niña feliz, en una casa en que se leía en voz alta y se escuchaban óperas de una habitación a otra. De Chestina heredó la niña el amor por la lectura. Autores como Dickens, Stevenson o las Brontë llenaban la fantasía de Eudora y la hicieron dueña de una agilidad oral muy favorecedora para sus propias historias. De Christian aprendió la afición por los telescopios, las lupas, cámaras y lentes diversas, lo que, además de procurarle un oficio, le otorgó la capacidad de observar todos los matices del mundo que la rodea y captar lo efímero de las cosas. Con sus hermanos, Edward y Walter, compartió numerosos momentos inolvidables que germinarán también en su imaginación. Los recuerdos fluyen de una manera natural, las visitas de los abuelos, sus estudios en el Colegio Femenino de Mississippi y en las Universidades de Wisconsin y Columbia, donde descubrió a grandes autores, como Yates, y su vocación literaria, en fin. Al hilo de todas estas vivencias, se van definiendo las claves de su narrativa, las relaciones humanas como tema predilecto, la tierra, la familia, la creación de relatos a partir de visiones retrospectivas, afinidades y relaciones entre personajes y cuentos que se le irán revelando con el paso del tiempo. Eudora Welty escribió de lo que veía y conocía, pero supo convertir todo eso en un universo literario con resonancias colectivas.
Así se tejen estas deliciosas memorias, escritas a los setenta y cinco años, mezclando recuerdos con la explicación de la práctica literaria, con una prosa y un estilo inconfundibles. Esta obra, con el título original de One Writer´s Beginnings se convirtió en un best seller inesperado cuando apareció en 1984. Cuatro años después vio la luz en nuestro país de la mano de Montesinos, con traducción de Martínez-Lage, que no quedó muy satisfecho con el resultado. Por eso ahora cobra especial significado esta edición de Impedimenta. Como la propia autora afirma: «… todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.»

miércoles, junio 27, 2012

Cenital, Emilio Bueso.

Salto de Página, Madrid, 2012. 278 pp., 18 €.

Julián Díez

¿Y cómo vengo yo a recomendar este libro? Con la que está cayendo, con el mal cuerpo que se le pone cada día a cualquier ciudadano medianamente consciente cuando repasa las noticias, y les pido encarecidamente que lean Cenital. Un libro en el que Emilio Bueso se pone el disfraz de profeta apocalíptico sin concesiones, en el que recoge todos los fantasmas que entrevemos con el rabillo del ojo y los combina para producir casi 300 páginas demoledoras, sin fisura para la esperanza.
Pero mi recomendación tiene dos anclajes sólidos: en primer lugar, el libro es bueno. Tal vez una de las cinco mejores novelas españolas de ciencia ficción de la historia, aunque con el veredicto en parte pendiente a causa de la estrecha relación con la realidad actual de la historia. En segundo, creo que es positivo que, en el contexto actual, todos seamos ciudadanos lo más conscientes posible. De lo que nos jugamos, de quiénes somos en el fondo de nuestras tinieblas, de donde podemos ir si un buen día se terminan todas las razones para que los ricos den trabajo a los obreros, los bancos presten dinero a los ciudadanos o los gobiernos cuiden de los desvalidos. Vale, quizá no debería haber escrito esto.
La novela se estructura en capítulos de distinta naturaleza: unos son simples discursos que su protagonista, Destral, fue colocando en su web en el proceso hasta la creación de su ecoaldea independiente, Cenital, en busca de socios que compartieran su visión de la caída de la sociedad por la crisis económica y el agotamiento del petróleo. Otros capítulos son descripciones de esos compañeros, todos conocidos por sus nicks de internet, y cómo se fueron incorporando al proyecto. Finalmente, se intercala un argumento central, que en rigor apenas ocupa un tercio del relato: un posible ataque exterior para hacerse con los modestos recursos acumulados por el poblacho de Cenital, que nos sirve también para conocer la forma de vida sostenible, pero repleta de limitaciones, que desarrollaron sus miembros.
Bueso se arma para todo ello de una documentación amplia que distribuye sin fatigar, y exhibe con inquebrantable convicción. Sus personajes protagonistas son sólidos y guardan secretos para el final que les enriquecen aún más en el recuerdo; los secundarios demasiado tremendistas los dosifica para no perder verosimilitud por sus excesos. Y es en particular encomiable que para la resolución guarde una bomba de cinismo que aleje cualquier tentación de señalar su discurso como maniqueo, cuando es sobre todo misántropo, nihilista.
Debo reconocer que una y otra vez, como lector, se me planteaba la comparación de Cenital con la mejor novela sobre el fin del mundo jamás publicada: La carretera, de Cormac McCarthy. No cometeré el exceso de poner a Bueso a la altura de un libro que, posiblemente, sea el más relevante que se ha publicado en lo que va de siglo en cualquier género literario. Sin embargo, me gustaría señalar que los aciertos principales de McCarthy —a sugerencia, la incertidumbre, el intimismo— son cualidades que han sido deliberadamente desdeñadas en la elaboración de Cenital, convirtiendo su redacción en un tour de force con dificultades adicionales.
Cenital es un documento en el que, cosa infrecuente en la ciencia ficción, todo está explicado, y en el que por tanto no conseguimos la magia de McCarthy de temer visceralmente por los personajes, sino que lo hacemos sobre todo por nosotros mismos como eventuales protagonistas de los mismos acontecimientos. Tal vez las dos novelas se desarrollen en el mismo mundo, en distintos lugares y momentos; pero McCarthy buscó —y obtuvo— sobre todo un efecto literario gracias a un escenario, mientras que Bueso se arriesga a resultar menos sofisticado al ser más explícito, y alcanza con ello un objetivo totalmente distinto.
El problema ante una novela tan demoledora como Cenital es que resulta tentador recibirla con una risita nerviosa y apartarla de la vista con el gesto que reservamos a los orates. Es insensato pensar que la literatura prospectiva puede tener una función profética; pero sí forma parte de su naturaleza, en el caso de sus obras más trascendentes y socialmente pertinentes, el carácter admonitorio, que estaba en el trasfondo de 1984 o Todos sobre Zanzíbar como lo está en el de Cenital. Si lo que aquí va a leer le resulta exagerado, envíese un email a su yo de 2007 con un pequeño informe de la situación en las últimos semanas. A lo mejor, desde esa perspectiva, ya hemos recorrido una cuarta parte del camino, tranquilamente. Y para evitar los accidentes, nada mejor que tener una visión clara de las posibles rutas que aguardan por delante, ya que los medios de comunicación y los políticos se empeñan en cambiar la señalización a cada soplo de viento de los auténticos poderes.

martes, junio 26, 2012

Materia de Brasil, Elías Sierra

Algar Editorial,  Alzira, 2012. 323 pp. 19,50 €

Ignacio Sanz

El profesor Elías Serra es un albaceteño ilustrado, lleno de inquietudes literarias, uno de esos profesores que recitan frases de corrido de los clásicos latinos, de los barrocos o de los contemporáneos, un letraherido y un curioso que establece puentes entre culturas. Pasó seis años en Lisboa dando clase en el Instituto Español de la capital portuguesa y de aquella experiencia salió un librito delgado, pero intenso, llamado Materia de Lisboa. Luego los vientos de la burocracia pedagógica lo llevaron a Brasil donde ejerció otros seis años y donde sigue viviendo, primero en Salvador de Bahía, luego en Belo Horizonte y ahora en Río. Además ha viajado por aquel vastísimo país dando charlas y cursos en estos momentos en los que parece que se abre a la cultura de sus países circunvecinos. En definitiva, conoce la materia de la que habla.
No sé si estamos ante un libro de viajes, un libro de memorias o si estamos ante las crónicas sucesivas de un periodista ilustrado. De todo un poco. El libro tiene un subtítulo que dice: “La era de Lula vista y vivida por un español curioso y un poco impertinente”. Estamos, sin duda, ante un libro híbrido, remiso a las etiquetas, aunque tenga algo de crónica viajera y algo de recuerdos, pues de cuando en cuando, ante algún acontecimiento sugerente, el profesor Serra, tira de los recuerdos y, por comparación, nos hace un recorrido al hilo de la crónica brasileña, por el Albacete de su infancia.
Lo cierto es que mi madre, una mujer mayor, que nunca ha salido de España y que se mueve con dificultades, tras leer el libro, me dijo, qué delicioso viaje por un país que nunca voy a visitar. Para eso sirve la literatura, para llevarnos durante tres o cuatro tardes al corazón convulso de un país lleno de contrastes, sin subirnos a un avión.
Asombran muchas cosas de este libro. Por ejemplo las proporciones de la geografía. Ciudades inmensas como Sao Paulo con un cielo sobrevolado por la mayor flota de aviones privados. Ciudades en las que puede no haber llovido en tu barrio y sin embargo haber sufrido una inundación por las tormentas que se han producido en otro extremo de la ciudad. El río Duero a su paso por Zamora, nos dice el autor, equivaldría al brazo de un brazo de un afluente del Amazonas. De manera que estamos ante una geografía oceánica y ciclópea. Pero la geografía es tan solo el marco. Lo que nos sorprende del libro son las historia que nos cuenta. A veces historia menudas, como la del camisero de Lula. Casi una novela en potencia. O la del crimen de la peluquera. No se la pierdan, señores. El no va más. Yo me imagino a un ciego español contándola con unos cartelones ilustrados en las plazas de nuestros pueblos solanescos. Pero allí, aquello tan crudo y tan descarnado, forma parte de la normalidad. Y las pequeñas mordidas. Y el paso del tiempo y su ritmo lentísimo. Y el culo de las mulatas. Por cierto que el profesor Serra espiga también entre los autores brasileños y nos acerca de cuando en cuando pequeñas joyas, como, por ejemplo, un hermoso poema de Carlos Drumond de Andrade, dedicado a este universo trasero dividido en dos mitades.
Me he acordado muchas veces de don Jorge Amado, el novelista bahíano, leyendo este libro. Porque en él, bajo la disculpa de un retrato de la era Lula, se cuela la vida desbordante y se cuela con ese estilo parliparlado del profesor Serra que no renuncia a su barroquismo, como si nos quisiera meter en la selva de Brasil sin renunciar a la selva de su estilo florido por la influencia de tanta lectura. Pero si mi señora madre lo ha leído complacida, quiere decirse que cualquier lector puede entrar en estas páginas a ratos divertidas, a ratos estremecedoras, y ahorrarse un viaje a uno de los países más desbordantes y coloristas del continente americano.

lunes, junio 25, 2012

Campos de Castilla, Antonio Machado

Pinturas: Juan Manuel Díaz-Caneja. Ediciones Cálamo, Palencia, 2012. 276 pp + 67 ilustr. 26 €

Pedro M. Domene

En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912) —escribirá Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas (Madrid, 1917)—. Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada —allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano —añadiría, después, el poeta—. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Biógrafos y estudiosos coinciden en señalar que Antonio Machado envió el original de Campos de Castilla para que Gregorio Martínez Sierra lo publicara en la Editorial Renacimiento en 1910, sin determinar la fecha, aunque bastante antes de emprender su viaje a París el 13 de enero de 1911, junto a Leonor, pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Pero la publicación se dilataría en el tiempo, desde la fecha indicada, 1910, hasta la segunda quincena del mes de abril de 1912 que aparece finalmente; es decir, quince meses largos no exentos de algunos problemas de gestación.
Los poemas que componen este libro los escribiría Machado en etapas cronológicas y geográficas muy distintas, aunque el mismo poeta lo consideraría como un libro unitario a partir de 1928. Algunos están escritos en Madrid, en Soria (tal vez en París) y en Baeza; pero Machado insistiría en que la fecha para sus primeras composiciones es 1907, sin embargo encontramos algunas fechadas ya en 1904 lo que indica que el poeta no otorgaba demasiada importancia a lo límites temporales que se fijó hasta su publicación. Durante los primeros meses de matrimonio (recordemos que Machado se había casado con Leonor Izquierdo el 30 de julio de 1909), el poeta trabaja en los poemas de Campos de Castilla ajenos al amor, y entre ellos gesta y compone el largo romance, La tierra de Alvargonzález, cuya redacción en prosa publicaría en París durante su viaje de estudios. En el aspecto amoroso, la figura de Leonor jamás se manifestará en el poemario, solo aparecerá una leve referencia tras su muerte, ocurrida el 1 de agosto de 1912. Solicita traslado que se le concede a Baeza ese mismo mes de octubre y deja su etapa soriana, tras cinco años de estancia. Aunque en Andalucía contempla otro paisaje, siempre llevará a Soria en su corazón, para él ya sagrada. La belleza de la ciudad andaluza y su campo le harán sentirse cómodo aunque su pesimismo acentuado le acerca a una postura más crítica que a una serena resignación. Sus paseos le llevan, en ocasiones, lejos de Baeza, hasta la cercana Úbeda y otros lugares de la sierra donde la naturaleza vuelve a inspirarle nuevos poemas, nuevas alegrías y paz para su corazón maltrecho y herido. Durante este tiempo trabajará en los poemas que añadirá a Campos de Castilla y publica algunos artículos periodísticos tanto en la prensa de Madrid, como de Baeza. En 1916 universitarios granadinos visitan la ciudad, celebran una velada literaria con Machado que lee La tierra de Alvargonzález, el maestro estará acompañado por un jovencísimo Federico García Lorca que toca al piano piezas de Falla y canciones populares.
La distribución de los poemas de Campos de Castilla no sigue un orden cronológico ni temático; tampoco, podemos fechar estas composiciones y cuando aparece algún dato es de dudosa atribución. Solo podemos hablar de una filiación “modernista”, cuando leemos algunos versos que recuerdan a Darío, o proceden de la métrica alejandrina de Verlaine; “elogios” porque recrea poesía ditirámbica en la que ensalza al escritor correspondiente y a su obra; el efecto del “paisaje” tierras, montañas, sierras y ríos en un minucioso recorrido en busca de sus secretos; “Castilla” con esa suerte de impresión que le causó al poeta el libro de Castilla (1912) y, anteriormente, Los pueblos (1904) y La ruta de Don Quijote (1905), de José Martínez Ruiz, Azorín y, aun más, si nos fijamos en sus poemas, los referidos a esta tierra que tienen un arranque azoriniano; una “preocupación españolista”, como el resto de sus compañeros de generación, Machado plantea en su libro el problema social y político de las tierras sorianas y andaluzas, y en paralela consecuencia de toda España; el “posible narrador” cuando escribe la versión en prosa de La tierra de Alvargonzález que estructura como una leyenda soriana del mejor Bécquer; su “recuerdo de Leonor” porque, según testimonio del propio poeta, su poesía adquiere más hondos acentos cordiales, se humaniza más tiernamente y se hace más trascendental; y a medida que avanza el poemario, una “lírica aforística y popular”, versos que oscilan desde un pensamiento trascendente a la ironía pesimista; y, finalmente, el “concepto de Dios” cuando es obvio que Machado se muestra siempre anticlerical, a quien culpa de los males sufridos en España.
La editorial palentina Cálamo publica una edición ilustrada en el centenario de la aparición del libro, con pinturas de Juan Manuel Díaz-Caneja (Palencia, 1905, Madrid, 1988) afamado pintor por sus paisajes castellanos, quien durante su estancia en la Residencia de Estudiantes conoce a Benjamín Palencia y al escultor Alberto que impulsarían la Escuela de Vallecas, donde convocarían, intelectuales y artistas de la talla de Alberti, García Lorca, Maruja Mallo, Gil Bel, Luis Castellanos o José Herrera Meter. Sesenta y siete son las pinturas o ilustraciones que se alternan con los versos de Machado. Se trata de una hermosa edición de coleccionista que prologa Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963), filólogo y poeta, cuya obra lírica se circunscribe al paisaje desolado de su tierra, y como él mismo afirma, siguiendo al poeta sevillano, con respecto a la presente edición, un siglo más tarde, “la gracia de unas pocas palabras verdaderas”, nos siguen conmoviendo, permanece su huella, y Soria seguirá unida para siempre a quien pasó su infancia en un patio de Sevilla, su juventud en tierras de Castilla y aun sin considerarse un seductor recibió la flecha asignada por Cupido, alguien que por definición fue en el buen sentido de la palabra, bueno. Poesía, sin duda, como epítome de lo castellano.