viernes, junio 08, 2012

Pepe Cerdá. Entre dos luces, Julio José Ordovás

Eclipsados, Zaragoza, 2011. 86 pp. 16 €

Fernando Sanmartín
Fima Invitada

En el mundo del arte sigue habiendo, por fortuna, disolventes contra la tontería. Los encuentro, a veces, en pintores que se alejan de lo retórico, de lo espeso, incluso de lo conceptual; pintores que hacen de la realidad un discurso honesto. Uno de esos artistas es el aragonés Pepe Cerdá («Creo en la pintura en la misma medida que el príncipe Felipe cree en la Monarquía»), abrigado con sus paisajes y retratos, admirador de Sorolla, Morandi o Moreno Carbonero, del que un escritor y periodista, Julio José Ordovás, alejado de cualquier ditirambo, ha hecho un pequeño atlas o álbum personal para atrapar lo que hay en su obra pictórica de los años más recientes.
Julio José Ordovás sabe insonorizar lo superfluo. Desde la primera página de este libro se evidencia. Y por eso nos topamos de frente con esta afirmación: «Cerdá aprendió a pintar como los leones aprenden a cazar: para comer». Pero Ordovás articula aquí una suma de breves ensayos que reflejan la esencia de muchas conversaciones mantenidas con Cerdá, añadiendo el resultado de una observación minuciosa centrada tanto en su personalidad, que nada tiene de silla abatible, como en ese misterio que supone pintar lo que uno ve, lo cercano, los otros.
Ordovás, mientras nos habla de la gasolinera de Villamayor que una y otra vez pinta Cerdá, igual que Monet lo hacía con la catedral de Rouen, desliza que ese espacio Repsol puede ser el icono que destella en la noche con la intensidad de un faro; mientras explica que este artista pinta retratos porque le gusta la gente, retratos resueltos en alguna ocasión con pocas pinceladas, matiza que conocer a los demás es la única forma que tiene uno de llegar a conocerse; mientras, con Alfred Sisley de transfondo, analiza cómo ha ido ganando terreno, de forma progresiva, el cielo en los cuadros de Cerdá, indica que esos cielos hechos por este autor se cierran y abren sobre la tierra como la tapa de un ataúd. Y añade que a Pepe Cerdá le gusta citar a Chesterton; y que la luz, para él, es un ser vivo con sus sentimientos y pasiones; y que no hay atisbos de duda cuando señala que «decir de un cuadro que parece una fotografía es como decir de una flor que parece de plástico».
La pintura no ha muerto. La buena pintura nos embiste. También, eso sí, nos embisten de otra forma el simulacro, la farsa, el vacío, la falta de verdad y la pereza de no ir más allá. Ordovás sabe todo eso y ha derramado unas páginas de escritura lúcida para adentrarnos en el mundo personal y creativo de Pepe Cerdá, recreándolo como si viéramos sus lienzos en la galería les Singuliers de París o en la galería zaragozana Carlos Gil de la Parra, interpretando un lenguaje pictórico sencillo, realista, apasionado y vital, donde lo evidente nos inunda porque una inundación es lo visible, lo que rompe y empuja, incluso la metáfora de Lacan emborrachando a Benjamin.
Ordovás no usa circunloquios ni elipsis, no utiliza palabrería de monje zen, no modela párrafos insulsos, porque su experiencia con un pintor que ama profundamente lo que hace es la esencia y objeto de este libro. Y Ordovás, sin encerar palabras y desde un existencialismo singular («la vida, como el tiovivo: crees que avanzas, pero solo das vueltas»), nos ha dado aquí las referencias esenciales de un pintor que ilumina lo que otros oscurecen.

jueves, junio 07, 2012

No tengo miedo, Niccolò Ammaniti

Trad. Juan Manuel Salmerón. Anagrama, Barcelona, 2011. 225 pp. 17,90 €

Estelle Talavera Baudet

Si ya es complicado tejer una teleraña resistente a la lectura, la interiorización, el universo fuera de este mundo, sin que se rompa y nos decolguemos, más aún es lograrlo desde el mundo visto, masticado e intuido por un chaval de unos 8 años.
Lo que logra Niccolò es inaudito. Yo, como adulta, entre líneas veo los precipicios que él ignora y observa con curiosidad. Veo las personalidades, las amenazas, las falsedades no dichas, los gestos (claros, no obvios pero magníficamente tejidos entre tanta inocencia; sorprendentemente efectivos), el curso lento pero constante hacia la tragedia. Y es espeluznante intuir esa tragedia entre ruedas de bici, juegos de pelota, carreras sin aliento hasta la casa abandonada...
La vida familiar aparentemente normal se va mezclando y enrareciendo, y poco a poco hacen de este niño un adulto a punto de eclosionar. Realmente No tengo miedo es el comienzo del miedo, la pérdida total de esa siesta interminable, un día de calor, bajo un árbol, para adentrarse en líneas torcidas, para ir descarrilando, lentamente, hasta dar de bruces contra el suelo. Como se ha dicho de él acertadamente: «…el difícil aprendizaje del manejo del poder y del conocimiento que viene del mundo adulto…»
No hablaré del argumento, pues descubrirlo poco a poco de la mano del protagonista es lo que realmente nos deja, como lector adulto, acostumbrado a otro tipo de narración “de tú a tú”, con la boca abierta, con el alma en vilo, el corazón latiendo al ritmo de los pedales de esa bici, a veces pidiéndole que visite aquella casa, otras que se aleje corriendo y desaparezca. Y es inevitable pedalear con él, tratar de calmarle, avisarle, explicarle, acunarle. Ammaniti logra, como no había visto antes, plantear de forma convincente y real, muchos de los conflictos de la edad del despertar, y en ningún momento su inocencia o su lenguaje, nos deja atrás, sino que no deseamos, al final, ningún otro lenguaje que el que sale de un corazón tan tierno todavía, tan limpio y espontáneo. Tan sin miedo aún. Sorprendentemente.
Conmovedora, esta historia atrapa y engulle, y terminársela duele por muchas razones.
Pocos libros recomiendo encarecidamente. Pero este es uno de ellos.

miércoles, junio 06, 2012

Noches en Bib-Rambla, Carolina Molina

Barcelona, Roca Editorial, 2012; 446 págs; 21 €

Pedro M. Domene


Carolina Molina (Madrid, 1963) es, sin duda, una enamorada de Granada y una fervorosa defensora del esplendor de al-Andalus en la ciudad de la Alhambra. Su concepto de novela histórica es tan amplio que, tal vez, las formulaciones, las motivaciones y los resultados que obtiene en sus planteamientos narrativos son tan dispares como para concretar que utiliza el género para analizar críticamente un pasado, para investigar en ciertas cuestiones genéricas de la naturaleza humana, para evocar ese pasado y proyectarlo sobre el presente, para defender la libertad de unos hombres y mujeres, incluso como una fuente de sabiduría, o para someter ese pasado al experimento de una temporalidad convertida en ficción. En su anterior novela, Guardianes de la Alhambra (2010), cuenta la relación del escritor Washington Irving con Manuel Cid, un joven pintor que asiste a la gestación de los famosos cuentos del escritor estadounidense y se convierte en el alma de cuantos viajeros visitan el monumento granadino, Mérimée, Gautier, Ford, y Dumas, el apasionado autor de Los tres mosqueteros, serán los autores a quienes el joven Cid servirá de cicerone. Al mismo tiempo, la narradora subraya las dos grandes pasiones de su héroe, la defensa a ultranza de los valores monumentales de la Granada decimonónica y el inquebrantable amor romántico que siente por Francesca, condesa romana, con quien vive un amor adúltero y tormentoso a lo largo de su vida.
La novelas de Carolina Molina denuncian la destrucción del patrimonio artístico de la ciudad de Granada, levantan acta de las tropelías llevadas a cabo hacia finales del XIX en nombre de la modernidad, y subrayan las acciones que algunos intelectuales de la época pretendieron evitar; paralelamente inventan situaciones de una realidad histórica y documentada poco común y, por supuesto, cuentan la vida de unos personajes que se mueven por unos impulsos solidarios y la lucha inquebrantable llevada a cabo en una realidad fácilmente reconocible aun en los días de hoy. Noches en Bib-Rambla (2012), la segunda entrega de la serie, insiste en esa expoliación del patrimonio granadino, representado por la famosa puerta de las Orejas, cuyo vestigio aun hoy permanece en el Bosque de la Alhambra. Max Cid, hijo de Manuel, que ha vivido su infancia y juventud en Madrid, junto a unos tíos, vuelve después de muchos años de ausencia a la casa familiar para hacerse cargo de la herencia dejada por el padre y a enfrentarse a los deseos de su madre, la Benajara. Tras unos meses de correrías y juergas juveniles con algunos calaveras de su entorno, Juanito Morell, entre otros, realiza los primeros descubrimientos sobre el pasado romano de la ciudad andaluza, conocida con el nombre de Iliberri, interés que pronto inmortalizará en unos folletines publicados en prensa. Vive un amor, apasionado, con Francesca, aunque pronto averigua que se trata de la gran pasión de su padre, y se convierte para el joven Cid en un amor frustrado que más tarde curará con Valeria. La historia siempre se repite, y para ellos deberá transcurrir casi toda una vida para que los amantes vuelvan a unirse después de las numerosas peripecias que salpicarán su agitada existencia. Sobresale la sombra siempre presente del profesor, Julián Mínguez, en otro tiempo preceptor y amigo del padre difunto, que se convertirá en el mentor y maestro del joven Cid.
Carolina Molina ha escrito una novela de una fidelidad histórica asombrosa, con una amenidad literaria sorprendente, ambientada en una España tan decadente como romántica donde los lances de honor aun se medían con duelos, pero también despertaba el mundo de la especulación y de la modernidad en una Granada que no había descubierto el valor del patrimonio artístico que le daría la fama universal. Los personajes, psicológicamente, bien construidos realizan su papel según dicta su narradora y al hilo de la historia inventada, junto a la saga de los Cid, se asoman los nombres de Gómez-Moreno, los escritores Fernández y González o Pedro Antonio de Alarcón y un jovencísimo Pérez Galdós, se recuerda la figura de Irving y toda una larga lista de políticos, intelectuales, artistas o pintores vinculados a la ciudad. No faltan los datos históricos que a lo largo del XIX fueron tan abundantes como sorprendentes, la guerra de África, la visita de Isabel II y de Mariano Fortuny a la ciudad, la declaración de Monumento Nacional de La Alambra, el atentado del general Prim, el reinado de Amadeo I de Saboya, el general Pavía entra en las Corttes y pone fin a la Primera República Española, el pronunciamiento militar de Martínez Campos, las inundaciones de la vega granadina, la epidemia de cólera, el derribo de la Puerta de las Orejas o el incendio en la Alhambra, en 1890, que afectó a la Torre de Comares, se extendió por la Sala de la Barca y la galería próxima al Patio de los Leones.
Cuando uno termina de leer esta novela, Noches en Bib-Rambla, tras conocer las vicisitudes de toda una saga familiar, la lucha personal de Maximiliano Cid, los trabajos de la Comisión de Monumentos, o la defensa del patrimonio artístico, lo importante es que, sin duda, podamos entender como toda una realidad/ficción, se sustenta por el aliento, el sentido y el valor de las palabras, como acertadamente afirma un personaje al final cuando, vislumbrando la lejanía, se lamenta del incendio que asola a la Alhambra.

martes, junio 05, 2012

No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura, Alejadro Zambra

Alpha Decay, Barcelona, 2012. 231 pp. 16 €

Care Santos

Ha dicho en alguna parte Alejandro Zambra que nunca se planteó ser escritor porque lo que de verdad quería era leer. Un propósito cumplido, como demuestran los artículos que componen este libro, aparecidos en diferentes medios, y que tienen la lectura como objeto común. 
"Así nos enseñaron a leer: a palos", dice el autor a propósito del primer (des)aprendizaje de la literatura, cuando profesores sin ninguna vocación, incapaces de emocionarse con la palabra impresa, tenían la responsabilidad de contagiar el amor por los libros a sus alumnos. Algo que, por descontado, no hacían. "Yo prefiero los libros que dicen que no. A veces, incluso prefiero los libros que no saben lo que dicen", afirma asimismo Zambra en el último de los textos del volumen, en el que con la excusa de hablar de Clarice Lispector termina haciendo todo un alegato a favor de la lectura y la escritura. Entre estas dos declaraciones de principios el libro ofrece un paseo relajado por la biblioteca personal y más querida de su autor. La  gran mayoría son "libros que dicen no".
Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) se dio a conocer en nuestro país hace algo más de un lustro con un texto breve y lleno de libros: Bonsái. En Argentina había ya publicado un libro de poemas. Siguieron La vida privada de los árboles (2007) y la reciente Formas de volver a casa (2011). Todas ellas han recibido elogios de la crítica y simpatía de los lectores. En unos pocos años, Zambra ha pasado de ser un autor desconocido a una de las máximas figuras literarias de un país rico en figuras literarias. Pero, sobre todo, una tiene la impresión al leerle que lo único que es y que quiere seguir siendo es un lector.
En No leer encontramos la pasión que les faltaba a aquellos profesores de literatura criticados. Es un libro que, por encima de todo, contagia literatura. Entre las manos de Zambra se iluminan las páginas de Natalia Ginzburg, Fernando Pessoa, Nicanor Parra, Armando Uribe, Roberto Bolaño, Franz Kafka, Macedonio Fernández, Borges, Puig, Buzzatti... y tantos otros. El autor cita fragmentos, se hace preguntas y trata de encontrar respuestas pero, sobre todo, admira. Zambra es un escritor que se atreve a admirar a otros escritores, y que lo manifiesta sin tapujos, como quien proclama un amor.
Por lo demás, podríamos pensar que cualquiera de nosotros, escribidores en edad similar a la del autor, podríamos haber escrito este libro. Tal vez, aunque no habríamos sabido hacerlo con esa mezcla de humor, brillantez y generosidad que aquí son ingredientes principales. Es una maravilla tener esta oportunidad de conocer la dieta de un autor interesante.
También hay, por descontado, textos muy personales. Reflexiones sobre el oficio de juntas palabras, sus servidumbres, sus rituales o sus consecuencias. Son excepcionales los dos artículos "Contra los poetas", escritos con grandes dosis de autocrítica como falso alegato contra la lírica contemporánea. Y lo es también la explicación de por qué escribió Bonsái y qué supuso su escritura: "Escribir es como cuidar un bonsái", asegura Zambra, y cita a los grandes para justificar sus tesis a la par que sus querencias: "Borges aconseja escribir como si se redactara el resumen de un teto ya escrito". 
No leer es, pues, un libro lúcido y emotivo, mucho más que un compendio de reseñas o consejos o reflexiones —siendo todo eso—, que provoca compulsión lectora y que acierta al dar a conocer en nuestro país una faceta desconocida de su autor.

lunes, junio 04, 2012

Papel carbón, Fernando Iwasaki

Páginas de Espuma, Madrid, 2012. 266 pp. 18 €

Inés Matute

Papel carbón, un libro extraordinario que recomiendo sin ningún género de dudas, es en realidad un 2x1. Dos libros en uno, para entendernos. Tres noches de corbata, que da título a un cuento y al primer libro publicado originalmente en Lima en 1987, y A Troya, Helena, que vio la luz en Bilbao en 1993. ¿De dónde le viene el título? Nos cuenta el autor que dado que en su día entregó a la editorial los manuscritos originales, sólo conserva de ellos lo que él denomina los “predigitales”, es decir, la copia en papel carbón. Un procedimiento de otro tiempo del que queda memoria —como cuenta Iwasaki en el prólogo— en el CC (Carbon Copy) de nuestros programas de correo electrónico. Supongo que más de uno habrá pensado que ese cotidiano “C.C” significaba “con copia”. ¡Nunca es tarde para aprender algo nuevo!
No deja de parecerme curioso que el autor, para esta cuidadísima edición de Páginas de Espuma, haya respetado hasta la última coma sin ceder a la tentación de retocarlos, mejorarlos, hacerlos madurar a golpe de tachadura. Es posible que esta frescura sea parte del éxito de todo el conjunto. Yo, personalmente, le agradezco el gesto. Nunca he creído en la efectividad de las ampollas de belleza instantánea, y tampoco en las obras que, para seducirnos, recurren al parcheo.
Hacer un viaje al pasado de la mano de Iwasaki resulta cuando menos sorprendente. El primer escalón de ese pasado lo forman los relatos que, al haber sido escritos a finales de los ochenta y principios de los noventa, nos hablan de los tics y los colores de aquellos años; el segundo escalón, aunque fechado en la misma época, nos retrotrae a un pasado más remoto, precolombino. Un claro ejemplo de este retorno a los orígenes lo encontramos en el cuento protagonizado por el extravagante profesor Denegri (“El tiempo del mito”), seducido por los rituales esotéricos.
La infancia, como lugar mágico donde se forjan los perfiles de los monstruos que en ocasiones nos persiguen de por vida, es visitado una y otra vez; “las chachas nos contaban historias terribles”, confiesa Iwasaki al hablar de criaturas demoníacas que toman cuerpo y voz gracias a las sirvientas que le asisten en la casa. Creo necesario destacar, dentro de este mismo apartado de relatos de infancia, el cuento “Tres noches de corbata”, en el que una niñera aterroriza a un chaval contándole historias del Chullachaqui, un demonio que se acerca tocando un tamborcito mientras da vueltas a tu alrededor hasta matarte. De más está decir que la tensión crece renglón a renglón; el propio lector se descubre olfateando el aire, donde empieza a percibir notas de azufre.
Pero no todo son demonios y chachas malintencionadas. También hay historias realmente calientes —“Hawai, cinco y medio”, tardes de sol y tendido— “En los adentros del toro”, encuentros y desencuentos entre generaciones —“La otra batalla del Ayacucho”o “El sendero de los durmientes”— y mucha selva peruana y erotismo. Me gustaría destacar, por otro lado, el minucioso trabajo de reconstrucción del habla popular. La voz del personaje está presente en todos los relatos, donde se recrea el castellano de los tiempos del virreinato, el acento sevillano (muy logrado; se ve que a Iwasaki le fascina esta tierra) o el lenguaje taurino, que según el autor aprendió gracias a las crónicas de Joaquín Vidal en El País.
Personalmente, los cuentos que más me han gustado han sido aquellos donde el erotismo, dulzón y transoceánico, trasgresor a su manera, te golpean en la cara como una bofetada. Lo decía Apolodoro y lo recupera Iwasaki: «Una sola parte de diez goza el hombre, las diez satisface la mujer deleitando su mente».