viernes, mayo 25, 2012

Una sombra en Pekín, José Ángel Cilleruelo

Ilust. Juan Gonzalo Lerma. Ediciones Traspiés, Granada, 2011. 94 pp. 12 €

Victoria R. Gil

Si para disfrutar de la lectura conviene elegir siempre un rincón mudo y sosegado, en el caso de esta novela resulta aún más necesario el retiro para acomodarnos al delicado paisaje que nos ofrecen José Ángel Cilleruelo y Juan Gonzalo Lerma, escritor e ilustrador respectivamente de este sugerente libro, donde tan importantes como las palabra son los dibujos realizados, cómo no, con técnicas, pinceles y tintas chinas, que se ajustan al texto con la precisión de un puzle bien ensamblado.
Cilleruelo, crítico, narrador y poeta, ganador, entre otros premios, del Málaga de Novela en 2009 con su obra Al oeste de Varsovia, nos traslada en esta historia a una China morosa y tradicional que sucumbe ante un mundo moderno, dispuesto a arrasarlo todo sin discriminación: las costumbres de siglos se olvidan, los oficios artesanos desaparecen y las viejas enseñanzas ya no tienen sentido.
Wu Guî, último miembro de una saga de afinadores de pianos que emigra a Pekín desde un pueblo en el que ya no encuentra sustento ni esperanza, se va a estrellar con esa nueva realidad del modo más contundente. «La dignidad ha de superar siempre al interés», le había inculcado su padre, que fijaba el pago que merecía su trabajo dividiendo sus necesidades económicas por el número de pianos que afinaba, de forma que cuantos más encargos recibía, menos dinero cobraba a sus satisfechos clientes. Pero esa máxima resultará «absolutamente inútil, cuando no contraproducente, para la vida que me quedaba por vivir», concluirá Wu Guî al final de un viaje del que sólo guarda un cuaderno de páginas en blanco.
Uno de los aciertos de esta obra es la sutileza con que José Ángel Cilleruelo nos va a revelar la intimidad de su protagonista, a la que sólo nos asomamos a través de esa libreta anotada de fracasos con la que, anciano ya, salda cuentas con el pasado. «¿Me ha engañado Song Shu? ¿Me engañó el joven Shâ Yú? ¿Me ha engañado la vida?» En ese viaje al recuerdo, que se corresponde con el regreso real a la aldea que abandonó en su juventud, el mundo de Wu Guî parece llenarse, como el título de la obra, de sombras chinescas. O de acuarelas diluidas en agua. Y el bálsamo del tiempo le permite, al fin, aceptar lo que fue «sin rencor».
De lectura breve, Una sombra en Pekín guarda para el final un guiño al lector, que encontrará en la nota y los dibujos que cierran la novela una invitación a interpretarla en clave de fábula. Como adelanta la contraportada del libro, el nombre de cada uno de los personajes se corresponde con el de un animal que describe su carácter, lo que convierte la historia de Wu Guî en la de una «tortuga, cuya fortuna arruinó un tiburón, que ama a una rana y desama a una paloma».
Este quiebro que propone el autor refuerza la atmosfera de leyenda antigua que acompaña toda la narración debido al misticismo de que están revestidos los animales en la cultura china, presentes en su mitología y hasta en su zodiaco. En este caso, la tortuga no sólo evoca la evolución espiritual que experimenta Wu Guî, sino que dirige nuestra mirada hacia ese cuaderno que ha permanecido treinta años sin usar, desperdiciado como la vida de su dueño, ya que fue sobre los caparazones de las tortugas donde la escritura china empezó a grabar hace miles de años sus primeros ideogramas.
Aun con hechuras de fábula, Wu Guî —como Cilleruelo— se guarda la moraleja para sí y decide no anotar la última frase de su libreta. «Mientras no la escriba, el cuaderno vivirá pendiente de ella, pues de todos es sabido que no se puede cerrar un relato sin rubricar su enseñanza».
Que cada cual, pues, encuentre la suya.

jueves, mayo 24, 2012

Radio clandestina, Ascanio Celestini

Pref. Alessandro Portelli. Trad- Luis García-Araus. Quatenus, Madrid, 2011. 84 pp. 12 €.

Juan Pablo Heras

Los mejores narradores orales “no enfatizan, no subrayan, no dramatizan. No recitan, no interpretan, no añaden. Más bien sustraen”. Palabra de Alessandro Portelli, prestigioso experto en historia oral, avalado por años de escuchar a cientos de víctimas de acontecimientos pequeños pero trascendentales, que vuelven a la vida en estremecedoras reconstrucciones de lo que fue vida y ahora es Historia. En el prefacio de este libro, Portelli se refiere a los testimonios espontáneos de sus informantes, pero a la vez a lo que Ascanio Celestini aprendió de ellos para construir sus espectáculos. Celestini es el más conocido entre los impulsores de uno de los fenómenos más interesantes de la escena italiana de los últimos años: el teatro de narración oral. Cuando uno se sienta en la butaca para ver un espectáculo de Ascanio Celestini, se lo encuentra subido en el escenario, caracterizado sólo de sí mismo y dispuesto a contar sus historias sin preocuparse apenas de diferenciar las muchas voces que se asoman en un relato marcadamente polifónico. Celestini empieza a hablar a tal velocidad que uno pensaría que se van a quedar atrás los matices y las inflexiones de voz significativas, que va a desperdiciar el texto y a arruinar lo que pudiera haber de dramático en su narración. Y sin embargo, lo que consigue es rescatar el valor inconmensurable que tiene la palabra, la palabra surgida de aquellos que están acostumbrados a “hacer todo con lo menos posible” y que cuentan lo justo para abrirnos una ventana en nuestra imaginación e invitarnos a vivir de nuevo lo que ya pasó.
Radio clandestina es el título de un espectáculo que Celestini estrenó en 2000, inspirado precisamente en un libro de Alessandro Portelli, La orden ya fue ejecutada, que a su vez trataba de reconstruir por medio de testimonios orales lo que de verdad rodeó al turbio asunto de la matanza de las Fosas Ardeatinas. Lo que sabemos es que, en 1944, en una Roma todavía controlada por los nazis, un grupo de treinta y dos soldados alemanes fue aniquilado por una bomba preparada por un comando partisano. Al poco tiempo, Hitler ordenó que diez prisioneros fueran ejecutados por cada uno de los alemanes muertos. 335 personas (se añadieron más víctimas por los nazis que murieron en el hospital) son entonces fríamente eliminadas, acusadas de judaísmo o de simpatizar con movimientos de resistencia, o porque sí, por sumar y llegar de cualquier manera hasta la cifra arcana ordenada desde Berlín. El acontecimiento es muy conocido en Italia, pero durante mucho tiempo ha estado envuelto por interesadas tinieblas, originadas en la primitiva propaganda filofascista. Lo que hace Celestini es dar vida a las voces de los romanos de aquel tiempo, mezclando la memoria de los informantes de Portelli con la de otros que vivieron en la retaguardia de la ciudad, incluidos sus propios padres. Aparecen así pequeños detalles sepultados por los grandes acontecimientos de la Historia. Por ejemplo, que muchos romanos guardaron consigo hasta el final de la guerra las guías de teléfonos de 1937, para tener así a mano los datos de sus amigos judíos, borrados en las ediciones de los años siguientes. O que los niños no podían soplar las velas de sus cumpleaños por el racionamiento de la cera, que Mussolini justificaba en que los esquimales hacían boicot a Italia y no le vendían grasa de foca.
Lo más curioso es que Ascanio Celestini llevaba ya cuatro años de funciones por todo el país cuando se decidió a poner Radio clandestina por escrito. Como quien cuenta la historia de su propia vida, nunca había necesitado un texto al que ceñirse. Cada noche era así verdaderamente diferente y verdaderamente viva: el calor y la risa y las miradas del público modificaban, alargaban o recortaban el orden y la duración del espectáculo. Como complemento de la publicación de Radio clandestina en Italia, en 2005, Celestini grabó un vídeo en el que reprodujo el espectáculo desde el interior de lo que había sido la cárcel nazi de Vía Tasso, en Roma, actual Museo de la Liberación. En el vídeo, accesible también por internet, se aprecian las paredes tapizadas de una habitación de los años 30, interrumpidas en algunos ángulos por rectángulos de ladrillo visto. Y eso es porque antes de cárcel fue casa, y donde ahora hay ladrillos antes hubo ventanas. Como recuerdo de lo que pasó, los romanos decidieron no volver a abrir lo que los nazis tapiaron. Sin embargo, y a pesar de que apenas un par de bombillas dejan ver su rostro, las palabras de los supervivientes nos iluminan a través de la voz de Ascanio Celestini.

miércoles, mayo 23, 2012

Canción de Vic Morrow, Jaime Rodríguez Z.

Trea, Vigo, 2012. 72 pp. 12 €

Recaredo Veredas

Vic Morrow fue un actor de carácter, apenas recordado por mitómanos empedernidos. Aparecía en las series bélicas de nuestra infancia (la infancia de los nacidos en los setenta, que soportamos reposición tras reposición de décadas pasadas). Su rol predilecto era el de héroe de la guerra fría. Sin serlo, murió como un auténtico marine, decapitado por un helicóptero en pleno rodaje. Víctima de un cisne negro que, de repente, se cruzó en su camino y le convirtió en un héroe, en uno de esos fantasmas que cimentan la leyenda negra de Hollywood. Este libro contiene el aliento de esos últimos instantes. O, mejor dicho, una suposición plausible de lo que supone el roce de la muerte. Y no solo de eso, también de otros misterios. Y lo hace mediante una insólita libertad formal, que solo un poeta con el control del lenguaje y del ritmo de Jaime Rodríguez puede mantener. Porque nuestro autor utiliza una métrica fracturada, plena de un ritmo propio, autosuficiente, tan misterioso como la propia esencia del libro.
Vic Morrow es un libro en el que, como en toda obra verdaderamente poética, sea lírica o narrativa, no debe buscarse una comprensión absoluta. Ni mucho menos. Incluso esa búsqueda implicaría una lectura fallida. Y en eso estriba también la poesía. En la capacidad para transmitir lo indescifrable, aquello emplazado más allá de las palabras. Y este es un libro que ahonda en ese enorme misterio. En contradicciones que se enroscan, como la actitud frente a la muerte de un padre a quien se odia. O en la indiferencia de los objetos: la hélice siguió girando durante 3 incómodos segundos. En nuestra nimiedad, pese a que creamos lo contrario.
Ser postmoderno —porque este libro, por su mezcla de registros y miradas, por su desacralización y su combinación de narrativa y pura lírica— y ser trivial no es lo mismo. Y no excluye la aparición de arrebatos del más clásico lirismo: Y tú, tu nombre vive dentro de mi como una tarta de cumpleaños encendida en medio de un bosque donde ya no hay nadie.
En Vic Morrow también brillan destellos de surrealismo, y de una extraña humanidad, casi melviliana: definida por los destinos de las manos que llueven sobre una multitud que saluda desde el desconocimiento o por la apelación a The deer hunter, la más entrañable de las películas bélicas, de la que destaca aquella canción entonada por borrachos que intuyen que nunca más volverán a encontrarse. No puede cerrarse esta reseña sin mencionar la extraña luz de Lima, tan vallejiana y, por lo tanto, tan universal.

martes, mayo 22, 2012

Te vas a reír cuando te lo cuente, Felix J. Velando

La Página Ediciones, Tenerife, 2012. 128 pp. 15 €

Miguel Baquero

El autor de esta colección de relatos, Félix J. Velando (Fuente Álamo, Albacete, 1970) fue, según se nos informa en la introducción del libro, uno de los guionistas de series de éxito como Siete vidas, y asimismo escribió para programas de humor tan ácidos como Las noticias del guiñol. Indudablemente, este currículum garantiza, en la vertiente literaria, no sólo una clave cómica y en gran modo corrosiva, sino también una agilidad y una vivacidad inusuales a la hora de conectar con el lector, o si se quiere con la audiencia. Estos dos factores (el humor cercano a lo cáustico, y el deseo de ganarse a quien lee), bien manejados, como es el caso, dan como resultado un libro que ya desde la primera página traza en el rostro del lector una sonrisa que muy pronto, y muy a menudo, se convertirá en abierta carcajada.
Es el humor que predomina en estos cuentos un humor, ya se ha dicho arriba, incisivo, cercano a la caricatura hasta el justo punto en que amenaza la exageración. Así, en los cuentos “Una noche en la tele”, con que se abre el volumen, y “Pezones” nos encontramos con una clara ridiculización de algunos tipos literarios, a los que no se nombra pero en los que no es difícil reconocer a Fernando Sánchez-Drago, por ejemplo, o a Juan Manuel de Prada, enfrentados a situaciones chuscas y grotescas en que sus altos principios literarios y su todavía más alto concepto de sí mismo se tambalea y amenaza con derrumbarse, ante la amplia sonrisa del lector. Juega Velando a inyectar la realidad, en su estado más descarnado, en medio de situaciones digamos “librescas”, y como resultado nos encontramos con unos relatos en lo que ni aquella, la realidad, es tan fría como suele, ni está, la literatura, tan altisonante como acostumbre. Y el beneficiado de todo ello resulta el lector, que, como digo, asiste casi entre carcajadas a esta irrupción de la realidad en lo novelesco.
Pero no todos son collejas a los “lataratos” y solemnes en este libro. Hay cuentos emotivos, en los que se recuerda el amor inocente de unas vacaciones, relatos en los que de pronto el príncipe azul aparece con la vestimenta menos adecuada, y hay asimismo cuentos (en mi opinión, los mejores, los más originales desde luego) en los que se da salida al disparate, a la escena cercana a lo surrealista, casi fuera de control si no se viese, pese a todo, al autor detrás de ella que ha dado todo el hilo a la cometa pero, al mismo tiempo, vigila y contiene los giros en todo momento para que la historia no se derrumbe de pronto.
En todo caso, desde los relatos más abiertamente caricaturescos y críticos, a los otros más íntimos, a los claramente gamberros, son historias de abierta jovialidad, y al mismo tiempo de un estilo intachable, que suponen una verdadera corriente de aire fresco.

lunes, mayo 21, 2012

Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría

El Gaviero, Almería, 2012. 62 pp. 16 €

Fernando Sánchez Calvo

La metafísica es una parte de la filosofía que investiga acerca del ser y de sus principios, orígenes y causas primeras.
Las galletas, aparte de estar muy buenas, son redondas (la figura preferida por los filósofos) y maleables (la textura preferida por los poetas).
«¿Qué será eso que nos hipnotiza / más allá de la materia?» es una de las grandes preguntas que un incombustible poeta y crítico literario se hace en la última joya de la colección Guairo, quizás (aunque sólo sea por los once títulos ya publicados bajo esta franja) la más conocida de El Gaviero Ediciones. No es la primera vez ni la primera colección, no obstante, en la que metafísica y cotidianeidad comparten escenario en El Gaviero. Otro de los títulos más vendidos de la editorial, ¿Cuánto dura cuánto?, de María Eloy García (Colección “Cuarto Menor”), ya acertó a vislumbrar que es nuestras mascotas, en las cajeras, en las peluqueras y en la gente que nos rodea donde tenemos que buscar (léase, por ejemplo, De cuándo descubrí que la vecina del tercero B es la filosofía). Sea en las personas, como es el caso de la poeta malagueña, o en las cosas, como es el caso de Alberto, la materia prima para “entender” (en el significado literal de la palabra) la tenemos.
Pero volviendo a Alberto Santamaría y a su materia, es ésta, «¿Qué será aquello que nos hipnotiza?», una de las grandes preguntas y seguramente origen del resto de dilemas del libro, el que, a medio camino entre la filosofía (la cual nunca busca respuestas) y la eterna desventura del vivir cotidiano (el cual siempre las busca) encuentran el camino para hacer más visible lo visible. Si hay algo que no quede claro hasta ahora (seguro que todo), el magnífico, preciso y también metafísico prólogo de Rosa Benéitez al poemario dará más luz al lector que se enfrente a esta ni siquiera decena de poemas.
Lo único que esta claro, eso sí, es que hay que mirar de nuevo y mirar de un nuevo modo. Con nuevos ojos, con nuevas actitudes («No existir no es el problema. Tenlo presente / Es su propia naturaleza / la que nos retiene»), con nuevas aptitudes («Chupar /cabezas de marisco / es algo delicioso sólo a partir de los cincuenta») o incluso con nuevas asociaciones (Farfullando como un subastador con problemas de vejiga), con todo aquello que se quiera, pero siempre y cuando incluya la palabra “nuevo”. Al fin y al cabo un poema es eso y un poeta es ése: la nueva realidad que surge gracias a la asociación de dos antiguas realidades porque, eso sí: en la realidad y en la naturaleza de siempre es donde tenemos que mirar, sólo que de un modo distinto. Sólo así podremos comprender cómo una zapatilla de andar por casa puede llorar su soledad al lado de un sofá, cómo una piedra alguna que otra vez puede sufrir por no encontrar su esencia o cómo la misma Angels Barceló es capaz de narrar la noticia más anodina del mundo con la misma profundidad que podría relatarse el fin de nuestros días. Sólo encontrando una luz, una intuición, alguna explicación de soslayo en los agujeros de una galleta, a todo lo que nos rodea, podremos también comprender, maravillados, que dicha periodista merece ese himno.