viernes, mayo 04, 2012

Al oeste con la noche, Beryl Markham

Trad. Miquel Izquierdo. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 320 pp. 21,95 €

Ariadna G. García

Obra maestra. Al oeste con la noche no admite otros calificativos. Merece la corona del metal más noble, el oro. No es ya que el libro brille por encima de la mayoría de obras que se acumulan en las librerías o en los listados de Amazon, sino que se merece la perdurabilidad en el tiempo, la victoria sobre de lenta oxidación que impone el olvido. Y esto es así porque esta espléndida autobiografía retrata a un personaje cautivador, a una mujer pionera (entrenadora de caballos, piloto), de fuerza arrolladora, de espíritu curioso y de alma aventurera que no conoce límites, que rebasa las fronteras donde se quedan otros. Pero hay más. La obra describe a sus lectores un continente enigmático, lleno de vida, que conmueve tanto por la violencia de sus parajes como por la riqueza de sus tribus, o la sabiduría que encierran sus costumbres y mitos ancestrales. El libro sacia nuestra sed de entretenimiento y de conocimiento histórico del África colonial con la misma exuberancia con que colma nuestra expectativa estética. Sus páginas contienen lúcidas reflexiones de calado y experiencias sensoriales de estreno (el vuelo, la mezcla de la cultura blanca con la negra…) que son contadas con un estilo imponente.
Publicado en 1942, un lustro después de la exitosa Memorias de África (de Karen von Blixen- Finecke), el libro de Beryl Markham pasó de puntillas por el escenario de un mundo entregado a la guerra. Esta fortuna editorial, no obstante, posibilitó el descubrimiento de su innegable calidad literaria, aunque impidió otros logros: como su difusión o el estrellato de su autora. No estaban los súbditos del Imperio Británico para la idealización de la vida en Kenia cuando la artillería inglesa estaba combatiendo sin descanso contra el Africakorps.
La obra se estructura en cuatro partes. En la primera, Markham rememora un rescate que llevó a cabo el 16 de junio de 1935 a bordo de su Avian. Este episodio sirve de prólogo a las aventuras que se narran a continuación. En la segunda, relata su infancia en la granja de Njoro, donde vivía con su padre, en el África Oriental. Aquí asistimos a la forja del carácter de una niña que aprende con los nandis las técnicas de caza. Su amor por los animales queda reflejado en distintas escenas donde cría caballos, asiste a una yegua en el parto o explora los bosques con la ayuda de su perro. El ser humano vive en equilibrio con tu entorno. Respeta la naturaleza. No trata de explotarla, ni de agotar sus recursos. Al mensaje ecológico, suma la autora la reflexión crítica (en boca de un hindú) sobre el impacto de la aviación civil: «Ya no basta con caminar. No basta con montar a caballo. Ahora la gente tiene que ir de un sitio a otro a través del aire. Eso no traerá más que problemas» (p. 60). En la tercera parte, Beryl Markham se centra en su adolescencia. En esta ocasión, narra cómo su padre emigra al Perú mientras ella se traslada al norte, a Molo, en donde exhibe su destreza en el entrenamiento de purasangres para las competiciones ecuestres. Atrás deja a Kibi, su amigo nandi, así como los peligros de una tierra salvaje (estampidas, acoso de leones). Un encuentro fortuito con el piloto Tom Black marcará su destino para siempre. Ahora sueña con ser piloto. En la cuarta parte, Markham, ha desatado el lazo que la unía a las carreras, y a los mandos de su avión, recorre Kenia transportando personas, correo y suministros para safaris. No conoce barreras. El viento no le ofrece resistencia: «Ningún horizonte es tan lejano que no lo podamos alcanzar o superar» (p. 195). Con esta certeza, se convierte en la única mujer en surcar el cielo africano. Desde su atalaya aérea, divisa cazadores heridos que luego rescata, así como manadas de elefantes tras cuya pista pone a la ociosa nobleza imperial, para que canalice su soberbia ejecutando animales. Con la llegada al continente del ejército fascista de Benito Mussolini, la autora decide que es el momento de regresar a Londres. En esta última etapa de su biografía, entrará en los anales de la historia de la aviación al cruzar en solitario el Atlántico.
«Ningún día debería parecerse al anterior». Este es el lema bajo el que vive Markham. Y su obra, lo mismo que su vida, es un mosaico de imágenes, de historias, de leyendas; un friso decorado con hermosos bajorrelieves: «Solo (había) lomas que se ondulaban y avanzaban suavemente y sin fin hasta que rompían contra el tabique del cielo. No había nubes que contemplar. El automóvil recortado contra aquel sobrio lienzo era una intrusión. Parecía como si un crío hubiera pegado la estampa de un juguete absurdo sobre un cuadro que hubieras visto toda la vida» (p. 161). Naturaleza y progreso se miden en el libro, que por ello cobra un valor inaugural; abre un debate cuya repercusión nos alcanza, cuya conclusión exige nuestras respuestas.
Quien tenga por hábito doblar las esquinas de las páginas cuando encuentra en un libro un pensamiento memorable o un hermoso enunciado, será mejor que lea Al oeste con la noche con un cuaderno al lado o una libreta, y que lo ponga por escrito. De lo contrario, mutilará cruelmente esta bella edición (traducida por Miquel Izquierdo), que no por serlo de una obra localizada en África, merece un trato hostil.

jueves, mayo 03, 2012

Obra completa, Lois Pereiro

Trad. Daniel Salgado. Libros del Silencio, Barcelona, 2011. 750 pp. 28 €

Guillermo Ruiz Villagordo

En junio de 2010 se hizo pública una decisión revolucionaria para el futuro del panorama literario gallego: el homenajeado en el tradicional Dia das Letras Galegas del año siguiente sería el poeta Lois Pereiro. La importancia de esta elección se debía a que el perfil de los escritores acreedores de semejante honor en anteriores convocatorias había basculado entre la condición de próceres de la cultura gallega y el anquilosamiento de aquellos que basaban su mérito casi exclusivamente en haber escrito su obra en gallego. En contraste con ambos, Pereiro es un escritor maldito que representa una contracultura la mayor de las veces ignorada a nivel oficial, cultivada en una poesía cosmopolita concomitante con la estética punk y rabiosamente experimental que choca sobremanera con el ambiente rural al que tradicionalmente se asocia la lengua gallega.
Ocurre que, atendiendo a una de las reglas de la Real Academia Galega para poder ser siquiera considerado como posible homenajeado, esto no hubiera sido posible de no haberse dado la trágica circunstancia de que Pereiro hubiera fallecido hacía más de diez años, gracias a una cruel carambola del destino, que le reservó ser uno de los intoxicados por el aceite de colza y contraer el sida años después, por lo que su vida, que comenzó en 1958, no llegó más allá de los treinta y ocho años.
Y he aquí que gracias a este reconocimiento de nuevo la vida se abre paso entre la muerte, sin dejarse amilanar, y reunió las circunstancias que ahora nos permiten acceder a su obra completa recopilada exquisitamente por Libros del Silencio en edición bilingüe. Y también que la atención que ha generado su figura en los medios generalistas hace por una vez justicia a esa otra literatura española ignorada demasiado a menudo por haber sido escrita en cualquiera otra de las lenguas de este país nuestro (ignorancia que nos impide valorar voces actuales tan impresionantes como Estíbaliz Espinosa o Yolanda Castaño, para mí la mejor poetisa erótica en España).
Como es natural, su obra poética, recogida en tres libros (dos de ellos publicados en vida y avalados por la crítica), está transida por la muerte. Pero no a la manera plañidera, ni con una actitud conformista, sino tomándola como el escenario inevitable sobre el que desplegar una energía cansada en una creatividad sin límites, en una vanguardia expresionista que arrolla los sentidos y nos lleva a estados de shock. Particularmente es en Poesía última de amor y enfermedad donde se desarrolla esa lucha agónica que es la convivencia entre el ansia del futuro y la conciencia del pasado en un presente en blanco que hay que llenar como sea, donde la lucidez y la belleza alcanzan un nivel único de iluminación, una rara perfección que abre la mente y estremece al corazón.
Acompañan a su poesía, que constituye la médula de su obra, una suma de textos rescatados de revistas y del archivo personal del autor custodiado por su familia: la novela Náufragos del paraíso; el panfleto libertario Modesta proposición para renunciar a hacer girar la rueda hidráulica de una cíclica historia universal de la infamia; y el diario epistolar Conversación ultramarina, testimonio íntimo del tiempo posterior a la ruptura con la mujer de su vida, Piedad Cabo, donde confirma que no hay mejor manera de vivir que vivir sin más.

miércoles, mayo 02, 2012

El papel pintado amarillo, Charlotte Perkins Gilman

Trad. María José Chuliá. Contraseña, Zaragoza, 2012. 88 pp. 9,90 €

Victoria R. Gil

Confieso que hasta hace un mes no conocía a Charlotte Perkins Gilman, a pesar de que varias de sus obras han sido traducidas al castellano y de saber de la existencia (pero sin haber retenido el nombre de la autora) de esa utopía feminista: De ellas, un mundo femenino, que describe un lugar en el que no existen los hombres y donde las mujeres son libres y autosuficientes. La antología Pioneros: cuentos norteamericanos del siglo XIX me demostró que me estaba perdiendo a una escritora que merecía la pena ser rescatada de una época donde el entorno doméstico asfixiaba a las de sus sexo y del que ella pudo escapar gracias a la literatura, que le dio el aire que necesitaba. Por una de esas casualidades felices que a veces ocurren, mi descubrimiento coincidió con la versión bilingüe que acaba de publicar Contraseña de El papel pintado amarillo, su obra más famosa. Incluida con anterioridad en otras antologías, esta reedición les otorga a Charlotte Perkins y a su inquietante historia el protagonismo que merecen, además de darle visibilidad a una autora poco conocida en nuestro país.
Este cuento se inspira en la depresión posparto que sufrió la propia Perkins tras el nacimiento de su única hija y en el método habitual con el que se trataba en aquel tiempo cualquier síntoma de lo que se consideraba simple histeria femenina: la postración terapéutica, es decir, la inactividad física y, sobre todo, la intelectual. «John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado (…) y tengo absolutamente prohibido ‘trabajar’ hasta que me recupere», escribe, a escondidas de su marido, la protagonista de la narración. Como lejos de mejorar con el tratamiento, la situación personal de la escritora empeoraba, decidió ignorar las recomendaciones de los supuestos expertos y automedicarse, es decir, retomar la escritura. Por supuesto, Charlotte Perkins se recuperó. No así su matrimonio, al que pondría fin, en una decisión insólita (como tantas otras que tomaría a lo largo de su vida) en la Norteamérica del siglo XIX.
De esa experiencia personal nació El papel pintado amarillo, cuento que, por cierto, enviaría al renombrado especialista en enfermedades nerviosas que le había recetado una existencia «tan hogareña» como le fuera posible, «no más de dos horas de vida intelectual al día» y no tocar «nunca más una pluma, un pincel o una lapicero». El médico terminaría por reconocer su error y modificar, gracias precisamente a esta obra, su tratamiento habitual para la neurastenia femenina. La propia autora lo explica en un epílogo en el que desvela que su intención al escribirlo «no era que la gente se volviera loca, sino impedir que a esas mismas personas las volvieran locas, y funcionó». María Ángeles Naval, que firma el prólogo a esta edición, considera El papel pintado amarillo «un relato de neurosis, de espacio moral obsesivo. Un relato de degeneración, incluso de abyección». Es todo eso, como también es, en las sucesivas capas que vamos descubriendo, el reflejo de la sumisión que el matrimonio imponía a la mujer y del largo y accidentado camino que conduce a la independencia, todo ello bajo la aparente descripción de un trastorno mental y vestido con los ropajes del suspense y el misterio. Esa doble visión de la locura y la opresión femenina que tan bien sabe transmitir Charlotte Perkins empieza con ligereza, casi con frivolidad, narrando con humor la decisión del matrimonio protagonista de alquilar una casa en la que la esposa pueda reponerse de un incierto mal. «John es médico y quizá (…) sea uno de los motivos por los que no mejoro. ¡Ya ves que él no cree que yo esté enferma (…) Cuando un médico de renombre, que además es tu marido, afirma a amigos y familiares que no me pasa nada y que lo que tengo es una depresión nerviosa, una mera tendencia histérica, ¿qué puede hacer una?»
Pero lo que parecía un ingenioso divertimento salpicado de comentarios irónicos —«John se ríe de mí, pero eso es algo que una ya espera cuando se casa»—, se transforma de modo gradual en una narración inquietante y tenebrosa, en la que el lector ya no está seguro de asistir al irreversible deterioro mental de la protagonista o al proceso de liberación por el que podrá, al fin, valerse por sí misma y tomar sus propias decisiones. Una ambigüedad que nos recuerda que, durante demasiado tiempo, ambas cosas se consideraron la misma. Y si el texto fascina por la habilidad con que Charlotte Perkins superpone sus diversas interpretaciones, en nada desmerece la portada con la que Elisa Arguilé consigue sugerir en una misma ilustración la complejidad de la mente, la prisión femenina y el empapelado amarillo.
Una pura delicia.

martes, mayo 01, 2012

Un buen chico, Javier Gutiérrez

Mondadori, Barcelona, 2012. 144 pp. 15,90 €

David Vicente

Casi siempre una reseña es un ejercicio de amistad, de favor devuelto, de favor que pretende ser devuelto, o de todas estas cosas juntas. Por eso es tan difícil confiar en una reseña a la hora de decidirse a leer un libro, porque, mal que nos pese a quienes las escribimos, la mayoría son más falsas que Judas y mentirían si fuese necesario hasta tres veces antes de que cante el gallo o de que el libro abandone la mesa de novedades. Yo tampoco estoy libre de culpa y no seré, por lo tanto, quien tire la primera piedra a la ya maltrecha y denostada crítica. Sin embargo, este no es el caso. No sé que me motivó a adquirir el libro de Javier Gutiérrez. Un escritor (de nombre tirando a común y poco llamativo) del que, hasta esta novela, no había oído hablar en mi vida. Desde luego, no el título, más bien simplón y, a mi juicio (después de leída la novela), un tanto pobre. Tampoco la portada, correcta en cuanto a diseño, pero nada del otro mundo. Quizá fuese la contra, o quizá simplemente sea verdad eso de que hay libros que te llaman, aunque sea una frase manida, cursi y hortera, de esas que se cuelgan en el muro de Facebook y producen vergüenza ajena.
Sea como sea, esta pequeña novela de apenas 140 páginas, cayó en mis manos y la devoré sin descanso en una sola tarde (algo carente de mérito si se atiende a la extensión, pero que tiene su importancia referido a la calidad). Cosa, créanme, que no me pasaba desde hacía unos cuantos libros. Sobre su argumento podríamos decir que versa sobre un pasado amenazante que regresa (o más bien nunca se fue), a raíz de un reencuentro inesperado tras diez años entre Rubén Polo, su protagonista, y Blanca, cantante de un grupo de música amateur al que ambos pertenecieron a finales de los noventa, época cumbre de grupos como Jane’s Addiction, Pearl Jam, Yo La Tengo o tantos otros. Polo, y el resto del grupo, vivió en aquella época momentos inolvidables que nunca volverán, pero también cargados de dolor, violencia, deseo y equivocaciones. «Cada noche de viernes, cada noche de sábado, algo nuevo, algo diferente…».
Esta sería, sin duda, una breve sinopsis tan acertada o desacertada como cualquier otra. En todo caso, no haría ninguna justicia al libro. Javier Gutiérrez, su autor, construye con un estilo personalísimo una novela, a raíz de un discurso en el que entreteje multitud de flashes y conversaciones paralelas y cruzadas, que te atrapa desde un primer momento como una especie de droga alucinógena llena de coherencia.
Una narrativa a priori caótica, pero perfectamente medida, con la que forma una historia redonda en cuanto a estilo, ritmo y estructura, donde se mezclan poética y narrativa descarnada en una balanza de proporciones exactas.
Un buen chico es una de esas novelas que no se olvidan cuando uno cierra el libro y lo entremete en la estantería con el resto de volúmenes de la biblioteca. Un buen chico es una novela que te persigue y, por qué no decirlo, te incomoda durante algún tiempo.
Conviene decir, como un aviso para posibles naveganes, que se trata de una novela dura, inquietante, por momentos difícil de digerir y que produce un cierto vértigo al paso de cada una de sus páginas. Quizá porque nos pone frente al monstruo que todos llevamos dentro. Pero no es a fin de cuentas eso en lo que consiste la buena literatura. Pido disculpas públicamente a Javier Gutiérrez por el desconocimiento de su obra. Después de leída esta que ya es su tercera novela, Un buen chico, creo firmemente que es una de las más prometedoras voces de la nueva generación de narradores españoles.

lunes, abril 30, 2012

París en tensión. Urbanismo e insurrección en la ciudad de la luz, Éric Hazan

Trad. Sara Alvárez Pérez. Errata Naturae, Madrid, 2011. 168 pp.

Víctor Gómez Frías
Firma invitada

30 de marzo de 1814. Napoleón sabe desde la víspera que, tras romper las tropas europeas su frente y lograr cruzar el Rin, le faltará tiempo para poder replegarse en París y defender la capital. Calcula que llegará dos días tarde, aunque sus adversarios probablemente no lo saben. Las columnas aliadas son superiores en número y las unidades francesas, aunque más hábiles tácticamente, no logran frenar el avance del ejército enemigo.
Mientras, en París, se organiza la defensa… de los intereses de los poderosos. Éric Hazan se atreve a mirar el revés de la historia (y de la historiografía) de unas fechas que, por no tener nada que conmemorar, se ha hecho poco por recordar. La corte imperial organiza su aparatoso traslado con la parsimonia de quien se marcha de vacaciones, nobles y mandatarios aprovechan para comprar de saldo la deuda pública que les reportará un provechoso lucro poco después, y nadie se atreve a armar a la población, ansiosa por defender la ciudad, por miedo a un levantamiento. Hasta en la guerra, se acaba siendo más cortés con el general ocupante que con el compatriota de clase inferior.
1814, 1830, 1848, 1871, las guerras mundiales, los conflictos contemporáneos en los suburbios (saltándose pues la sofisticada agitación de mayo de 1968)… Hazan recrea el valor desesperado de cada generación de parisinos que heredaba “el recuerdo de la revolución” —como decía Walter Benjamin— e intentaba ponerla en marcha (¿de nuevo?). Más de dos siglos de constante guerra civil (entre clases), en la que se han intercambiado tantos discursos como balas.
Pero hoy parece que la guerra se termina, no por una victoria ni un armisticio, sino porque desaparece el campo de batalla. París ha sufrido una “purificación silenciosa y despiadada” concertada entre urbanistas y políticos. Se ha convertido en un “Disneyland para turistas cultivados”, burgueses y artistas que alquilan costosos lofts y cenan en restaurantes de moda, protegidos por una muralla cuidadosamente desurbanizada de oficinas de acero y vidrio, autopistas urbanas y jardines cercados.
En los suburbios se refugia la “miseria sin su poesía” (como decía Balzac) en barrios viejos o nuevos pero igual de malogrados, donde viven (además de muchos parados) los conductores, limpiadores y cocineros que acuden cada día a París atravesando su subsuelo en tren de cercanías. Los derechos mercantiles han accedido a la categoría de derechos fundamentales.
Aunque Éric Hazan defiende la cólera como género, cada uno de los once ensayos que reúne en París en tensión demuestran el oficio de un historiador sagaz y prudente, pero también comprometido con sus ideas y su ciudad. Tras leer esta obra, París ya no se visita (la “triste idea” de patrimonio) sino que se recorre, calle a calle, igual que las defendieron los comuneros con sus barricadas. Una vibrante llamada a la indignación y una vacuna contra la resignación, que acaba con la bella imagen de las rues de París en las comunas limítrofes que se prolongarán hasta atravesar el périphérique sin más pretensión arquitectónica que llenar las calles de vida.