viernes, abril 13, 2012

Noche de los enamorados, Félix Romeo

Mondadori, Barcelona, 2012. 144 pp. 12,90 €

Amadeo Cobas

Antonio Gala, en una de sus novelas, asegura: «La muerte, cuando llega a su hora, es uno de los nombres de Dios». Hasta aquí, de acuerdo. Pero, ¿qué ocurre cuando se precipita y se lleva a quien no corresponde? La muerte no se equivoca, decir lo contrario es una sandez, lo sé. Lo que ocurre es que duele cuando sobreviene y arranca de cuajo la vida a una persona que estaba llena de vida, de una vida plena de vivencias intensas y de innumerables por vivir. Cuando la muerte cae de improviso se ensaña con familiares y amigos. Y no hay modo de entender nada. Acaso la razón la aporte otro escritor, Ramón Pernas, cuando sentencia que «la muerte es caprichosa e injusta, se cobra un número de piezas y cuando alcanza el cupo se vuelve allí donde imperan las sombras». Aún así, no duele menos.
Félix Romeo nació en Zaragoza en 1968 y falleció en Madrid el 7-10-2011. El fin de semana en que su amada ciudad natal empezaba los festejos anuales para honrar a su patrona. Este viajero infatigable, lector empedernido, conversador sin tasa, apasionado en todo hasta la vehemencia dejó inédita la obra que aquí se reseña, en la que predomina, como era lógico esperar, su más pura esencia, la que le hace sacar punta a lo romo, consiguiendo que el lector se sorprenda con sus frases, relea aquello por lo que acaba de pasar como inadvertidamente, sin reparar en su profundidad, su doblez, su mordacidad o su ingenio: «Cuando está muerta, María Isabel no tiene ninguna intención de hacer o de decir tonterías para causar risa»…
En su novela póstuma, el autor relata un asesinato del que tiene conocimiento al compartir celda con el homicida. No es que le sonsaque información, sino que ésta procede de las crónicas periodísticas, las pesquisas del propio escritor y, sobre todo, sus cábalas. Sus preguntas. Las que se hace a sí mismo buscando reconstruir el escenario del crimen. Y así las refleja en el libro: una reflexión continua, plagando la obra de ideas que se adhieren a las certidumbres para recomponer las piezas del puzzle. Con maestría, sella las grietas de las citas textuales de la sentencia condenatoria del asesino, con recreaciones de las escenas que desembocan en el estrangulador desenlace. Y la palabra. Sobre la palabra repara Romeo: sobre las dichas por otros para que reverberen en las suyas, no elegidas al azar, sino revestidas de lucimiento; no en vano, son las que mejor definen cada situación.
La escritura de Félix Romeo lo mismo se infiltra en las venas que recorre el espinazo despertando sensaciones chisporroteantes. Es «sincopada», como dice Antón Castro; «directa», en definición de Ismael Grasa; «cincelada a base de golpes secos y precisos», como la describe Jonás Trueba. Acaso todo tenga su justificación. Sí, porque Félix tuvo una vida tan intensa que hasta estuvo más de un año preso en la cárcel de Torrero, en Zaragoza. ¿Por qué? Por tener la valentía que nos faltó a más de uno (me acuso) y negarse a cumplir una imposición. Se hizo insumiso. Por su negativa a realizar el servicio militar o la prestación social sustitutoria, acabó encerrado en una celda. Al fin, le robaron lo mismo que a otros pero conservó su dignidad y su libertad de elección. De este suceso extrae el autor miga que contar en sus novelas, por ejemplo en Discothèque, y fundamentalmente en ésta, donde narra los hechos que condujeron a Santiago Dulong a acabar con la vida de su mujer. Ya he dicho que ambos compartieron celda en presidio. Imagino que en los interminables lapsos de ocio fue desentrañándole a «el escritor», como era conocido adentro, las circunstancias que le abocaron a perpetrar esta tragedia.
Y ahora ya no queda otra que cerrar la producción literaria de Félix Romeo. Nos quedamos sin escuchar su próximo consejo por radio sobre una lectura ineludible, o su siguiente reseña (siempre originales y fundamentadas en su ignota sabiduría: un pozo sin fondo). En el tintero de su agilísimo cerebro han quedado miles de historias. Su legado narrativo consiste en Dibujos animados (Mira, 1995), un libro que personalmente me retrotrajo a la infancia, e inmerso en la ensoñación me hizo sonreír muchas veces, Discothèque (Anagrama, 2001), que me sobrecogió con su vértigo, su crudeza cuasi pornográfica en más de una ocasión, Amarillo (Plot, 2008), crónica de un suicidio y de la culpa subsiguiente, que me llevó a querer aún más a mis amigos.
Ojalá hubiera podido contar a Félix entre ellos. Lo conocí, charlé con él algunas veces, y siempre me dejó pasmado con su vastísima cultura libresca. Era inalcanzable.
Aunque prefiero que sean sus amigos quienes den el tono de elegía adecuado, parafraseando el apéndice de 62 páginas que se acompaña con la obra, titulado ¡Viva Félix Romeo!, a modo de homenaje más que merecido. Cierro con un extracto de los sentimientos que despertaba en ellos, desde los más íntimos: «la persona más buena del mundo», «le gustaba cuidar a la gente», «un devoto de la amistad», «creía en el individuo», «amaba la vida»…, pasando por los externos: «magnético, poderoso, impactante. Un volcán», «apasionado», «vitalista», «siempre amable, siempre brillante», «su necesidad de libertad»…, hasta los signos de su admiración: «provocadoramente sabio», «cultura exuberante», «competía en erudición con los expertos», «una catedral de conocimiento», «el mejor»…
Una pérdida insustituible. Descanse en paz.

jueves, abril 12, 2012

Un puesto avanzado del progreso, Joseph Conrad

Trad. prol. e ilust. Federico Villalobos. Ed. Traspiés, Granada, 2011. 61 pp. 15,80 €

Ángeles Prieto

Hace ya cinco años, en el 2007, tuve la fortuna de leer Las vidas de Joseph Conrad de John Stape, una magnífica y deslumbrante biografía en 550 páginas, elaborada por uno de los principales especialistas en su vida y obra. Estudio fundamental e imprescindible para entender e iluminar toda su producción, un legado que hemos de estudiar con perspectiva, puesto que fue Conrad quien como una bisagra cerró las puertas de la narración decimonónica anglosajona, para abrirnos aquellas otras de la actual, felizmente inaugurada por autores como James Joyce, Virginia Woolf o Thomas Beckett, quiénes no hubieran dado esos revolucionarios avances sin haber leído antes al autor de Lord Jim.
Recordando esa biografía, he podido disfrutar mucho más de esta pieza breve de Józef Teodor Konrad Korzeniowski que la editorial Traspiés ahora rescata, sin duda obra maestra del relato, porque con ella nos vamos adentrar sintéticamente en las cuatro o cinco ideas generales, muy bien definidas, que se despliegan a lo largo de la producción del genio polaco. En primer lugar, su profundo pesimismo sobre la condición humana, que se desarrolla aquí con una economía de medios densa y profunda, irónica y sin concesiones, coronando el cuento con una brutal escena final: El horror, el horror, que diría Kurtz.
Después, destacaremos en este relato el cuestionamiento serio que realizó Conrad sobre el carácter civilizador de la colonización europea, indiscutible pilar de la Inglaterra victoriana. Dado que con esta obra estaremos, ni más ni menos, ante un primer esbozo conseguido de lo que luego sería El corazón de las tinieblas, una de las cien mejores novelas de todos los tiempos, sin duda parte del llamado canon literario occidental. Puesto que la experiencia dura de Conrad como capitán de un vapor en el Congo belga, donde estuvo a punto de morir por las graves fiebres contraídas, más las denuncias que sobre la colonización belga efectuara entonces su amigo, el diplomático irlandés Roger Casement, fueron aprovechadas para componer tanto aquella novela inmortal como este incisivo relato.
Es por ello que muchos de los elementos presentes en la mítica novela los encontraremos aquí: la misma naturaleza indómita y salvaje, idéntica crueldad en el gerente de la compañía y las complicadas relaciones con los indígenas, motivadas únicamente por la obtención de marfil, nunca para educarlos, instruirlos y mejorar sus condiciones de vida, como el discurso colonizador victoriano ostentaba y pretendía. Ni siquiera faltaría en este cuento el mítico Kurtz si lo identificamos con el anterior gerente de la compañía, bajo su simbólica pero más que elocuente cruz de tumba.
Pero hay mucho más en este relato: la dualidad que nos caracteriza entre la luz y las tinieblas, nuestra tendencia innata, aunque soterrada, a la locura y a los impulsos agresivos que en un entorno hostil se ponen de manifiesto y por supuesto, el definitivo triunfo de la muerte.
Aunque además, no todo el provecho que podamos obtener con esta narración se la vamos a deber a Conrad, sino también y especialmente a un Federico Villalobos tan eficaz, que me costaría mucho decidir qué trabajo realiza con más brillantez: Si la estupenda traducción, el imprescindible prólogo o las magníficas e irónicas ilustraciones que, en blanco y negro como no podía ser de otra manera, otorgan mucha más vida aún a esta deslumbrante, apasionante y lúcida reflexión sobre nuestra propia naturaleza.

miércoles, abril 11, 2012

Mister Wonderful, Daniel Clowes

Trad. de Rocío de la Maya Retamar. Mondadori, Barcelona, 2012. 80 pp. 15,90 €

Ricardo Triviño

Daniel Clowes se ha puesto romántico. Mister Wonderful, su último trabajo, es una historia de amor con un protagonista gris y angustiado, un divorciado cuarentón que busca rehacer su vida. Una cita a ciegas organizada por un amigo suyo y la angustiosa espera en la cafetería son el punto de partida de este relato agridulce.
La obra apareció originalmente publicada en las páginas dominicales del New York Times entre septiembre del 2007 y febrero del 2008, serializada en veinte entregas a página completa. El cómic en tapa dura publicado por Random House equivale a la edición de Pantheon, con páginas añadidas y viñetas modificadas. Es curioso cómo el ritmo cambia completamente. La tensión dramática que había al final de cada página del New York Times, con la consecuente espera de una semana para continuar la historia, desaparecen en el libro.
A pesar de tener el mismo formato apaisado de Ice Haven, Mister Wonderful no tiene más parecido. Frente al caleidoscopio que representa la primera, con variación de estilos y de puntos de vista, en esta última nos encontramos con una trama lineal con el monólogo constante de Marshall, el protagonista, en un estilo de dibujo que escasamente varía. Se perfila aquí una experiencia gris que tampoco comparte la ironía ni la acidez de Wilson, su anterior tebeo. Marshall es un infeliz con baja autoestima que se va a esforzar por conseguir que la cita salga bien. El realismo aquí no da lugar a los disparates ni al humor negro.
Esta característica lo hace diferente a cualquier obra anterior del artista pues deja a un lado su cáustica visión del mundo para mostrarnos un personaje lo más verídico posible. Clowes se aleja del cinismo esperpéntico de John Kennedy Toole para asomarse a los dramas de pareja de Woody Allen. Clowes también es un observador del comportamiento humano y, como Allen, ha apoyado fuertemente sus trabajos en los diálogos y en el lenguaje. En Mister Wonderful las palabras cobran especial relevancia pues, al ser un pequeño fragmento de vida cotidiana de apenas unas horas sin apenas gags humorísticos que rebajen la tensión, y suprimida la espera de las diferentes entregas dominicales, éstas son las únicas que mantienen el interés del lector.
Demostrando sus habilidades, es capaz de crear un juego constante entre el monólogo interior, a modo de paratextos, y los diálogos, en bocadillos. Este juego también lo utilizó Allen en la famosa escena de Annie Hall donde los subtítulos muestran, simultáneamente con la conversación, qué desea realmente cada uno de los protagonistas. Sin embargo, en los cómics, todo sonido es tinta, es opaco, tiene un cuerpo. Los pensamientos de Marshall le impiden tanto a él como al lector ver y oír (leer) qué está sucediendo. El uso más impactante es la solidificación de una risa cruel que acabará por ocupar la vida de uno de los personajes.
Si bien para el fan de Clowes esta historia puede resultar algo descafeinada, tanto por la historia como por el dibujo, cabe valorar el cambio de registro y el gran uso que sigue haciendo del lenguaje, mucho más apreciable, tal vez, en el original inglés. Puede resultar baladí señalarlo pero ser capaz de mostrar una existencia gris y mantener la expectación del lector ni es fácil ni está al alcance de todos.

martes, abril 10, 2012

Perros que ladran en el sótano, Olga Merino

Alfaguara, Madrid, 2012. 262 pp. 18 €

Ignacio Sanz

Estamos ante una novela compleja y tenebrista en la que el desarraigo y la represión se solapan, una novela que habla de nosotros, de los españoles, en este caso unos españoles desdibujados porque viven en el viejo Protectorado Español de Marruecos que contaba con dos ciudades importantes como referencia: Tetuán y Tánger. Los que las hemos visitado hemos podido ver en sus calles muchos vestigios que todavía permanecen intactos, sobre todo cines y teatros con nombres contundentes que remiten a lo más granado de nuestra cultura. Y el casino español, donde todavía despachan nuestras cervezas y nuestros vinos. Pobre Cervantes, tan manoseado. Aunque me suena que también Ramón y Cajal andaba por allí.
Olga Merino centra su mirada sobre una de las familias que, procedentes de Elda (Alicante) se asentaron en Tánger como zapateros especializados en calzado ortopédico. Un drama, porque con la disolución del Protectorado, la segunda generación de esas familias, sin ser estrictamente expulsadas, acaban saliendo. El mundo, hasta entonces más o menos feliz, se les desplomó. En aquel momento el lugar de procedencia les quedaba muy lejos pues no dejaba de ser un lugar remoto con el que había perdido las raíces.
Perros que ladran en el sótano, la novela de Olga Merino, se cuenta en dos relatos paralelos, por un lado el pasado en Marruecos, un pasado no exento de nostalgias y conflictos internos y, por otro, la deriva de esa familia en España, y digo deriva por no decir el naufragio, que se prolonga agónicamente hasta nuestros días. En esta segunda parte el relato se centra en las idas y venidas de una compañía de variedades en la que se integra como figura flamenca Anselmo Rodiles, el hijo de aquellos zapateros, cuya vida es un rosario de desdichas que se acentúan por su condición de homosexual. Esta compañía recorre la llamada España profunda en un viaje errático que acaba en Montilla de Palancar (Cuenca), precisamente la noche de la muerte de Franco. Para el lector medianamente informado, le será inevitable establecer puentes de contacto con Viaje a ninguna parte, la novela de los cómicos de Fernán Gómez que luego, con tanto éxito, se llevó al cine.
Mucho desarraigo, algunas traiciones, bastantes calamidades se van tejiendo entre los dos relatos que se cruzan y mantienen la tensión narrativa candente.
Pero, además, el lector no avisado, se va a encontrar con una prosa ágil, rica, llena de ecos populares. Da la sensación de que la autora escribiera con la antena puesta en la barra de los bares del Chamberí o del Lavapiés de hace treinta o cuarenta años. Qué riqueza de matices en el uso popular de la lengua y cómo esos matices engalanan la propia narración.
Ese contraste entre la grisura de la atmósfera que preside ambos relatos y la viveza de los diálogos que lo hacen avanzar, creo que es uno de los aciertos más notables de esta novela compleja y melancólica que hace del desarraigo el centro emocional de unos personajes derrotados que un día acariciaron un sueño finalmente, ay, desvanecido.

lunes, abril 09, 2012

Biblioteca nacional, Mario Crespo

Eutelequia, Madrid, 2012. 160 pp. 17 €

Miguel Baquero

El hecho mismo del escenario en que se halla situada este novela, nada menos que la Biblioteca Nacional de Madrid, nos indica claramente el compromiso del autor hacia la literatura, poco menos que su adicción a las letras. Algo que resulta todavía más palpable cuando atendemos al argumento y la sustancia de la obra.
Biblioteca Nacional está articulada en torno a un juego de identidades, un juego que si al principio resulta curioso y luego intrigante, al final acaba por convertirse en poco menos que angustioso. El juego de los dobles, de los problemas de personalidad, de las identidades, siempre ha tenido mucho sabor literario, y la lista de autores que lo han cultivado sería muy extensa, en los últimos tiempos quizás el más destacable sea Paul Auster. Pero según se avanza en la lectura de Biblioteca Nacional, el lector no puede por menos que remontarse a aquella otra gran novela (o nivola), paradigma del gran juego de las identidades, que es Niebla, de Unamuno.
En la novela de Crespo, como en aquella otra del insigne Don Miguel, el protagonista se siente poco a poco asaltado por la presencia de alguien que parece determinar sus días, que prevé sus pasos e incluso que se adelanta a sus pensamientos, un alguien que al final descubrirá que es el autor. En Biblioteca Nacional, el personaje principal comienza a toparse, cada vez con mayor asiduidad, con la presencia podría decirse que fantasmagórica (porque, al fin y al cabo, se le aparece en cada búsqueda en Google, como un espectro misterioso de los tiempos modernos), la presencia, iba diciendo, de Mario Crespo, efectivamente aquel que firma el libro. Es alguien que escribe, antes y mejor que él, lo que al protagonista se le pasa por la cabeza, alguien que parece robarle las ideas, alguien con quien incluso llega a cartearse (miento, por supuesto: llega a e-mailearse) y de quien se muestra hasta una fotografía. Mario Crespo, en resumen, no cabe duda. El juego de las identidades, el trampantojo de la personalidad, se ha montado delante del lector…
Y el lector ha conseguido introducirse en esta jugada gracias, desde luego, al buen hacer narrativo de Crespo (o de Villa, como se llama el protagonista, o de quienquiera que sea que esté contando y que le ha implicado en la historia. A ello ha ayudado mucho el hecho de que el personaje principal, un joven mileurista sobrecualificado y con problemas laborales, personales y de salud, esté tomado de nuestro magma cotidiano, no sea ningún héroe, ningún dechado de nada, ningún ejemplo a seguir, sino simplemente un personaje corriente (no confundir con vulgar) que de pronto parece haberse introducido en una trampa literaria. Eso le pasa, tal vez, por admirar a Vila-Matas, otro de los grandes cultivadores de estos ejercicios metaliterarios en los que está en juego la personalidad y por el que el protagonista dice sentir admiración.
Varias son las cartas a las que se ha apostado esta jugada, el triunfo en este juego. Una de ellas, quizás la fundamental, es el ritmo, la manera en que el autor logra ascender desde la cotidianeidad, incluso la rutina de cada día, a unos niveles progresivamente más chocantes al principio, extraños luego, misteriosos después y finalmente del todo asombrosos; y junto con el ritmo, la verosimilitud, que es posible no siguiendo, por descontado, las reglas comunes de la realidad, sino creando en cada página, con una espesura que poco a poco se va extendiendo en torno de la acción, una realidad alternativa, distinta, única, una especie —así se la califica en la novela— de “niebla” que difumine los límites entre lo real y lo ficticio, entre lo realmente posible y lo literariamente posible. El objetivo es hacernos desembocar en un universo donde de pronto pueda aparecerse Vila-Matas, al que con tanta admiración se ha nombrado, o mostrarse Francisco Ayala, o el mismo Pep Guardiola (es en serio). El objetivo es, en fin, sorprendernos con un truco literario en la línea que tantos otros grandes escritores han seguido, para el que es preciso tener mucho pulso a la hora de escribir, y que se seguirá practicando mientras haya autores y lectores que se dejen fascinar por el prodigio (porque no deja de ser un prodigio) de crear un mundo por medio de letras.