Felices lecturas de Pascua, tormentosos
viernes, abril 06, 2012
jueves, abril 05, 2012
El muñeco, Daphne du Maurier
Trad. Marian Womack. Fábulas de Albión, Madrid 2011. 288 pp. 20 €
Victoria R. Gil
Victoria R. Gil
Para quien disfrute con el escalofrío que esconden las obras de Daphne du Maurier, y de forma muy especial sus relatos, la decisión de Fábulas de Albión o, lo que es lo mismo, Nevsky Prospects, de publicar en castellano los cuentos inéditos de la autora inglesa es una de las mejores noticias literarias de los últimos tiempos. Con el mismo buen gusto con que James y Marian Womack editan sus pequeñas joyas de la narrativa rusa en Nevsky, la rama británica de esta familia editorial se ha estrenado con El muñeco, una historia de juventud que nunca vio la luz y que fue descubierta hace sólo un par de años por una librera del pueblo en el que residió la famosa escritora.
Se aprecian en éste y en los otros relatos que integran este volumen la incipiente pluma de la Du Maurier y el efecto del tiempo transcurrido desde que se escribieron, lo que les proporciona una cierta ingenuidad. Pero eso no impide que también lleven dentro el embrión de lo que será el personal estilo de su autora: el análisis psicológico de los personajes, la narración demorada y minuciosa, y la creación de oscuros ambientes donde las emociones fluyen soterradas y nada consigue calmar los anhelos más secretos.
En este libro de cuentos disfrutamos ya de la habilidad de Daphne du Maurier para encontrar el horror en lo que en un primer momento se nos antoja trivial y cotidiano. Nadie que haya leído Los pájaros (o visto la versión cinematográfica que rodó Alfred Hitchcock) ha vuelto a mirar del mismo modo el aparentemente inofensivo aletear de un ave a su alrededor; ni un vaporetto que surja de las brumas de un canal de Venecia podrá dejar de estremecernos si nos hemos adentrado en las páginas de No mires ahora, otro de sus cuentos llevados al cine, en este caso por Nicolas Roeg (Don't Look Now, 1973).
Asegura la escritora Pilar Adón en el interesante prólogo a esta edición, que «con una manifiesta habilidad para retorcer los argumentos y llevarlos hasta las más altas cotas de lo grotesco, Du Maurier mezcla en sus historias los ambientes más aristocráticos y selectos con lo más bajo lo más sórdido; el comportamiento más puritano enfrentado al más sensual; las almas castas combatiendo a las pecaminosas. (…) Y es que ningún personaje de Daphne du Maurier se libra de las sombras (…) y en todas sus tramas, adopten éstas la forma que adopten, sean exitosas novelas u oscuros relatos, las cosas nunca son lo que parecen».
Aunque los trece cuentos reunidos para esta ocasión por el matrimonio Womack dejan su poso de malestar y zozobra, el relato que da título al conjunto no sólo es el mejor, sino que libera una compleja carga difícil de soslayar: sexualmente provocador y ambiguo, describe un amor obsesivo en medio de un triángulo morboso que nos perturba más por lo que intuimos que por lo que nos cuenta. Los seguidores de la autora británica disfrutarán, además, al descubrir que el personaje central de esta historia se llama Rebeca y es tan bella y seductora como la enigmática mujer que diez años más tarde daría fama mundial a su creadora.
Quizás las sombras que pueblan novelas como La posada de Jamaica, Mi prima Raquel o Rebeca, por citar sólo las más famosas, sean las mismas en las que vivió la propia autora, de quien se ha dicho que podría haber mantenido una relación incestuosa con su padre, el prestigioso actor Gerald du Maurier; que la amante de su marido sirvió de inspiración para crear el personaje que la hizo famosa, Rebeca de Winters, y que ella misma habría mantenido una relación extra marital con la actriz Gertrude Lawrence, ex amante de su padre, y a quien convertiría en protagonista de su novela más original y sorprendente: Dios salve a Inglaterra, con una Gran Bretaña invadida por el ejército de los Estados Unidos.
A la luz de su obra, Daphne du Maurier nos resulta de pronto muy semejante a esas mujeres que encandilaban a Hitchcock (el director que mejor supo traducir a imágenes sus inquietantes historias), rígidas y educadas en su impecable exterior, pero dueñas de un perverso y turbio interior. Y en ambos, cineasta y escritora, encontramos igual interés por revelarnos el fondo más siniestro de la normalidad. Ese que nos fascina con la misma intensidad con que nos asusta.
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miércoles, abril 04, 2012
Mi abuelo llegó esquiando, Daniel Katz
Trad. Dulce Fernández Anguita / José Antonio Ruiz. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 240 pp. 16,95 €
Ariadna G. García
Ariadna G. GarcíaLa narrativa finlandesa tiene un hueco, por fin, en las librerías españolas. Anagrama lleva una década publicando las delirantes novelas de Arto Paasilinna (1942); Salamandra editó el año pasado una obra soberbia: Purga, de Sofi Oksanen (1977); y Libros del Asteroide ha rescatado recientemente un libro importante en la literatura ártica: Mi abuelo llegó esquiando, de Daniel Katz (1938). Esta obra, publicada originariamente en 1969, recibió el premio J. H. Erkko (a la mejor ópera prima) del diario Helsingin Sanomat. Su autor, desde entonces, ha ido cosechando varios méritos, como el Premio Nacional de Literatura (2009).
Mi abuelo llegó esquiando fue escrita durante la Guerra de Vietnam. No parece una coincidencia. La novela relata las aventuras e infortunios de tres generaciones de una estirpe judía desde la guerra Ruso-Japonesa (1905) hasta el desenlace de la Segunda Guerra Mundial (1945). El tono humorístico del libro, las escenas absurdas, van a servir de catalizadores de un hondo desarraigo físico y existencial. Su humor arroja luz sobre el lado grave de la realidad: la injusticia, la pérdida, la muerte. Más allá de la carcajada, el autor va buscando la adhesión de sus lectores a un ideario anti-bélico, así como a la toma de conciencia de que la identidad es un concepto en crisis, doloroso e inestable.
La novela se estructura en tres bloques. El primero se centra en el abuelo bielorruso (corneta del ejército del Zar) y en su valiente esposa de origen finlandés. La historia avanza por la acumulación de anécdotas y episodios más o menos jocosos (eróticos y militares). El segundo ofrece una visión descarnada del mundo. Se Localiza en el golfo de Botnia entre los años 1941-1944, en plena Guerra de Continuación, que enfrentaba a las tropas de Finlandia y la URSS tras la derrota del Ejército Rojo en la Guerra de Invierno (1939-1940). El conflicto, ahora, se inserta dentro del escenario de la Guerra Mundial (1939-1945), de modo que el hijo mayor de Benno y Wera, Arje, se ve en la paradoja de luchar contra soldados oriundos de la tierra de su padre en coalición, nada menos, que con el cuerpo de élite de la Alemania nazi, las Waffen SS. Katz explota esta situación grotesca con un humor que se va transformando en materia agresiva. La actitud desenfada del autor encubre el miedo que constriñe a los personajes, sus dudas sobre la lealtad de sus vecinos (e incluso del Estado), el pánico a la deportación a Polonia, o el deseo de huída en barco a Suecia. El último bloque del libro retoma la concatenación de recuerdos dispersos, poco o nada relacionados entre sí. Sin duda alguna, es el más flojo. Pese a todo, ofrece algunas notas interesantes sobre la visión crítica de Daniel Katz a propósito de la ocupación de tierras palestinas por parte de Israel, de los rituales judíos (la circuncisión) y de la inacción de quienes dan sus vidas por perdidas y se dejan atrapar, asfixiar como peces desvalidos, por una red impuesta.
Mi abuelo llegó esquiando hará las delicias de los lectores que gusten de las obras cómicas con trasfondo grave, de las películas de Woody Allen o del teatro de Mihura. Eso sí, con el añadido de un entorno enigmático: la distante y desconocida Europa septentrional.
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martes, abril 03, 2012
Crezco, Ben Brooks.
Trad. Zulema Couso. Blackie Books, Barcelona, 2012. 234 pp. 21 €
David Vicente
David VicenteLo primero que sorprende antes de bucear en las páginas de Crezco y ponerse manos a la obra con su lectura es la precocidad de su autor, Ben Brooks. Según podemos leer en la faja publicitaria (dicho sea de paso, puro diseño y no de esas que se acaban tirando pues dificultan la lectura), con apenas diecinueve años Crezco es el quinto libro de Ben Brooks, el primero traducido al español, y ha sido nominado al Premio Pushcart.
Pero la sorpresa no termina aquí, sino que el autor asegura al desplegar dicha faja que escribió al menos tres cuartas partes de la novela con dieciséis años y con resaca, contando lo que le había sucedido la noche anterior.
Parece lógico deducir ante estos mensajes de marketing que nos encontramos ante la obra de un genio en ciernes. Sin embargo yo, que suelo carecer de pensamiento lógico y más bien soy un tarado, tiendo a pensar que nos encontramos justo ante todo lo contrario: un bluff, un timo, un farol, si lo prefieren. E imagino que lo que tengo entre manos es la novela cien veces contada (con mayor o peor fortuna) de un adolescente con aires nihilistas que se refugia en la ironía y el sarcasmo para bandear una sociedad a la que no se adapta. Una especie de Holden Caulfield moderno, con iPhone incluido, que cuelga mensajes en Facebook y Twitter. En definitiva otra novela generacional más, dirigida a un público muy determinado, y de cuyo autor es probable que sepamos más bien poco de aquí a unos años, cuando su inevitable crecimiento le obligue a narrar de otras cosas y le deje carente de argumentos.
Algo de esto hay dentro de las páginas de Crezco. Me explico. Hay un retrato generacional, hay nihilismo existencial, hay ironía y sarcasmo y hay algo ya contado generación tras generación. Pero sobre todo hay literatura. Algo que, aunque parezca paradójico, no siempre es sencillo encontrar dentro de una novela.
A través de su personaje central, Jasper, Ben Brooks construye una novela narrada en primera persona como si se tratase de un diario, en la que nos habla de lo extraño que resulta todo a veces y lo complicado que es crecer, convertirse en eso que llamamos adulto y asumir responsabilidades.
Crezco es una novela donde están presentes todos aquellos elementos que definen una generación: las drogas, el sexo (o las ansias de él), la inadaptación, la falta de interés por el futuro más próximo… Pero también es una novela llena de ternura, humor, ironía y, repito, de literatura.
Sin duda se podría decir de la primera novela con la que Ben Brooks aterriza en España de la mano de la que ya se ha convertido en una de las grandes referencias editoriales de nuestro país, Blackie Books, que es una novela generacional. Pero no para ser leída por una generación exclusivamente.
Crezco es una novela que habla de la adolescencia, esa extraña patria que todos hemos habitado y que, aunque en su momento resultó confusa, todavía hoy no tenemos muy claro (por lo menos yo no lo tengo) si al abandonarla evolucionamos hacia algo mejor o fuimos derrotados y nos convertimos en eso que nunca quisimos ser y siempre odiamos. A fin de cuentas, ya lo dijo Dylan, éramos más viejos entonces.
No sé si Ben Brooks escribió o no esta obra en sus días de resaca, o lo hizo con dieciséis años o más. Ciertamente me importa un carajo. Lo que sí sé es que una vez leída su novela todos esos mensajes publicitarios que en un principio me llamaron la atención, han quedado reducidos a mero texto impreso carente de interés en una faja publicitaria, para dar paso a lo verdaderamente importante, su literatura.
Decir que estamos ante un genio, probablemente es mucho decir, pero casi con total seguridad nos encontramos ante un autor que ha venido para quedarse y para ofrecernos cosas muy interesantes, la primera de ellas: Crezco.
lunes, abril 02, 2012
El caracol dorado, Dionisia García
Renacimiento, Sevilla, 2011. 169 pp. 10 €
Pedro M. Domene
Pedro M. DomeneLos aforismos, las máximas o las reflexiones, muestran un modo propio de pensar y de sentir, presuponen esa extraña búsqueda que, literariamente, se concreta en un ideal de belleza y de verdad. No es la primera vez que Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929) invita a sus lectores a reflexionar sobre aspectos y actitudes de nuestro mundo, sin duda olvidados o desatendidos por las prisas que, de alguna manera, sintetizan nuestro cotidiano sobrevivir. En Ideario de otoño (1994), ofrecía ciertas paradojas y con sus observaciones se respondía a ciertas preguntas y confirmaba su mágica visión sobre esa estación del año, un tiempo tanto de comienzo como decadente esplendor y, después, en Voces detenidas (2004), se proclama la vida como es, recurría para ello a la memoria y al olvido cuando, transcurrido un tiempo prudencial, termina por convertirse en una entrega de expresión sentenciosa e intelectual, en su expresión más textual y deslumbrante, como nos tiene acostumbrados la poeta manchega, brillante en su resultado y ejecución final. Y una tercera entrega, El caracol dorado (2011), que aporta nuevas formas, matices diversos y ofrece una mayor comprensión de nuestro entorno vital.
La obra aforística de Dionisia García apuesta por el modelo del género, brevedad, ingenio y sorpresa se funden con un profuso tempo lírico, fruto de su larga experiencia poética, que transforma con sus reflexiones en visiones de una estética incuestionable. «Confidencias» y «Artificios» son los dos grandes bloques en que divide la autora su más de setecientos aforismos de El caracol dorado, muchos de los cuales proclaman una filosofía de la existencia, y recrean una frágil realidad de la que no siempre somos conscientes, «Atesora los días, mídelos, pálpalos, procura retener el instante. Ya perdidos, suéñalos, recuérdalos, manténlos en la memoria, mezcla lo viejo con lo nuevo, que en todo fuiste y eres. Eso es la vida», como sugiere al comienzo mismo de esta serie. Su agudeza crece a medida que seguimos leyendo, se detiene en detalles pequeños o insignificantes que, sin embargo, nos pueden hacer distintos: «Perdemos parte de la vida en demostrar que somos los mejores». Estas Confidencias devienen, en su sentido último y más profundo, en un humanismo comprometido, porque a lo largo de sus páginas Dionisia García reproduce opiniones y no pocas de las lecturas que ha ido realizando a cabo en el largo lustro en que se ha ido fraguando el libro: León Bloy, Ernst Jüng, Epicuro, Aldous Huxley, quien acertadamente escribiera sobre las estaciones del año y la ordenación de la vida en conformidad con ellas, el clásico Horacio, o la recientemente desaparecida, Wislawa Szymborska, Nobel en 1996, se asoman en sus páginas. Si la primera parte suponía buena dosis de ese extensivo halo lírico que salpica la prosa aforística de la autora, esta segunda, Artificios, más amplia, nos sumerge en una mayor visión de cuanto acontece en el mundo y de sus consecuencias inmediatas, tanto individuales como colectivas, como se sugiere en el primero de sus acertados textos, «Adentrémonos en el camino y algo se encontrará», y así abundan las sugerencias y las afirmaciones sobre el concepto del bien y del mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre la extrema hermosura en que se concreta la vida y los ásperos peligros que se nos aguardan a lo largo de nuestra existencia, «En este siglo XXI la provisionalidad nos acecha. Lo mejor es quedarse fuera, pero ¿dónde?». Quizá por eso, esta segunda parte está plagada de una veta de finísima ironía que subyace bajo el pensamiento mismo, o se resume en las múltiples facetas de continuas sonrisas en que se concreta todo cuanto nos llama la atención.
Como ha señalado Dionisia García, el caracol puede ser una clara y evidente metáfora del vivir; va con la carga acuestas y en esa carga, nosotros obtenemos el sentido de la felicidad y, también, el de la aflición.
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aforismos,
literatura hispanoamericana
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