viernes, marzo 09, 2012

Obras completas & algo +, Nicanor Parra

2 volúmenes. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010 + 2011. 1.224 pp + 1.200 pp. 55 € / 55,77 €

Ignacio Sanz

He aquí un milagro. O casi. Quien conozca la personalidad de Nicanor Parra sabrá lo correoso que resulta tratar con este viejo poeta rebelde e irreductible que no sólo no se toma en serio a sí mismo, sino que habría hecho pedorretas ante cualquier intento de ordenación de su obra. Y los hubo. Muchos. Pero, finalmente, los astros se pusieron de acuerdo y aquí están la Obras Completas que estuvieron esperando tantos años. ¿Quiénes son esos astros, además del poeta? Por un lado, Roberto Bolaño y por otro Ignacio Echevarría y el poeta en castellano e hispanista escocés Niall Binns, encargados de la ordenación e introducción del material. Por supuesto que en un empeño tan gigantesco como el presente, aparecen más gestores, como Harold Bloom, el archicélebre crítico norteamericano autor de El canon occidental, quien se ocupa del prefacio de esta obra impar. Para ir calentando motores, rescato tres líneas de este prefacio: “Hay algunos poetas vivos maravillosos en Estados Unidos, entre los cuales destaca John Ashbery. Pero no tenemos a ninguno tan persuasivamente irreverente como Parra.”
Pese a la fama que le precede, Parra no es un poeta ajeno a las voces de otros poetas. Entre otras cosas descubrimos en estas páginas que sus diferencias con Neruda están infiltradas de admiración. El amor-odio de toda pareja de gigantes. Por eso, cuando había negado mil veces la posibilidad de que se publicaran sus obras completas, no pudo resistirse a la petición que le hiciera su paisano Roberto Bolaño. De poeta a poeta. Se rindió ante la magia persuasiva de Bolaño. ¿Pero quién se encarga de ello? Para entonces el gran narrador chileno andaba febrilmente absorto en su última pentanovela. Pero ahí estaba su fiel amigo Ignacio Echevarría y el gran entusiasta parrense amigo de Echevarría, Niall Binns, infatigable rastreador de archivos, especialista, entre otros, en Vallejo. Así fue como esta obra ingente, no sólo por el volumen, también por la complejidad, se echó a andar.
Nicanor Parra es un gigante que estremece los cimientos de la poesía en castellano como antes los había estremecido Neruda. Lo peor de Neruda acaso sean los nerudianos, ese ejército de poetastros que, al amparo de su influencia, fabrican versos con una altísima dosis de metáforas indigeribles. Contra las metáforas se rebela Nicanor Parra, tan metafórico, pese a todo, y tan deslenguado. Y así aparece Parra con sus “Poemas y antipoemas” (1954), que nos estremecen por su sencillez, porque palpita en ellos la música de los primeros trovadores de nuestra lengua. Una ritmo sencillo que nos emociona.
Pero el golpe de mano definitivo lo da Parra en “Manifiesto” (1963), es decir hace medio siglo. Acaso harto del amaneramiento, del oscurantismo, de la pérdida de lectores, de tanta sinrazón, Parra se descuelga con este poema que debiera ser de obligatoria lectura para tantos aprendices de hechicero.
“Nosotros conversamos/ En el lenguaje de todos los días/ No creemos en signos cabalísticos... / Todos estos señores/ -Y esto lo digo con mucho respeto-/ Deben ser procesados y juzgados/ Por construir castillos en el aire/ Por malgastar el espacio y el tiempo/ Redactando sonetos a la luna...”
Lo bueno de Parra es que ha seguido con esa furia escribiendo una obra rebelde y renovadora, nada complaciente con lo establecido, como si saliera de las manos de un adolescente inclinado a los desaires y a las pintadas. Los años no le han domesticado. Todo lo contrario. Ahí están sus poemas visuales, su manifiestos ecologistas: “El error consistió/ en creer que la tierra era nuestra/ cuando la verdad de las cosas/ es que nosotros somos de la tierra”.
Sin amaneramientos, descarnado, deslenguado, irreverente, sutil, coloquial, sarcástico, sorprendente. No sé la de calificativos que cabría para este poeta singular que dio un golpe de mano en la mesa ante la deriva peligrosamente elitista en la que fue cayendo la poesía, en la que, pese a todo, sigue cayendo. Una de las lecturas más estimulantes, más rabiosamente vanguardistas y comprometidas que cabe hacer en estos tiempos. Imprescindible.

jueves, marzo 08, 2012

El mensaje del muerto, Florence Marryat

Trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Alba, Barcelona, 2012. 201 pp. 16,50 €

Marta Sanz

Florence Marryat (1833-1899) debió de ser una mujer emprendedora y excéntrica. Escritora, actriz, dos veces casada y divorciada, madre de ocho hijos, no parecieron importarle demasiado las normas de conducta de la férrea sociedad victoriana y, haciendo gala de su intrepidez y de su modernidad, en el tramo final de su vida se interesó por el asunto del espiritismo. Precisamente, El mensaje del muerto (1894) podría considerarse un acto literario de proselitismo en favor de la causa espiritista o espiritualista. Desde luego, Florence Marryat responde bien a ese perfil de Rara Avis que busca esta nueva colección de la que es responsable el modernísimo —no sabemos si también espiritista— Luis Magrinyà.
Esa buena intención y ese afán didáctico o divulgativo, que no se puede identificar sin matices con lo moralizante, son los que colocan a Florence Marryat, tal como reza en la contraportada del volumen, en un punto intermedio entre el Cuento de Navidad de Dickens y esa película de Frank Capra que vemos todos los años y que se titula ¡Qué bello es vivir! James Stewart, gracias a su generoso ángel custodio, tiene la oportunidad de echarle un vistazo a las consecuencias que tendría para el mundo su desaparición. Parecemos insignificantes, pero no lo somos. Una especie de efecto mariposa moral amputa de raíz las fantasías de suicidio de James Stewart que vuelve a casa para abrazar a su mujer, a sus hijos, a sus amigos y vecinos. Todos los años acabamos con la lágrima a punto de rebasar el hueco del ojo y derramarse por la mejilla. Algo similar le sucede al profesor Henry Aldwyn, un hombre egoísta y despótico, que, al morir y empezar a ver las cosas desde otro punto de vista digamos más elevado, puede tomar conciencia de sus errores y de cómo esos errores son ramificaciones e injertos que afectan a las vidas ajenas de un modo irreparable. Porque nuestra vida no es solo nuestra vida sino un tejido. Nuestra vida son los otros. El profesor Aldwyn acaba siendo otra Alicia: su tránsito de la vida a la muerte le lleva a formularse esa pregunta fundamental que la oruga fumadora plantea a la niña en el relato de Carroll ¿Quién eres tú? Lo sobrenatural, lo onírico y lo fantástico se ponen al servicio de la reflexión sobre las acciones cotidianas porque, en último término, los seres humanos somos nuestros actos.
Algunos aspectos de este relato resultan encantadores en su inconsistencia, en su ingenuidad, incluso en su inverosimilitud, como cuando Gillie, el hijo del difunto Aldwyn, yace con los ojos cegados por el jugo de la pimienta verde y puede ver el espectro de su padre a los pies de la cama: el lector supone que ha de verlo con los ojos del corazón y entre la bruma del delirio. El pacto de verosimilitud se suspende en varios momentos de la narración —cómo es posible que la familia soporte lo que soporta al despótico Aldwyn, la velocidad a la que se manifiestan los espíritus en la sesión con la médium, el lazo romántico del destino de Ethel, incluso la redención de Aldwyn…— y, sin embargo, el texto se sigue leyendo con ese agrado que se experimenta ante la sencillez y la buena voluntad. Como si los lectores al forzar su credulidad narrativa, su voluntad de creer, se hiciesen buenos en la misma proporción. Los lectores desempeñan un papel similar al de los personajes de la novela: pasan del escepticismo malhumorado a la profesión de un credo espiritual donde las fantasmagorías y la religión no son incompatibles.
El sentido del humor es otra nota constante en la novela. Resulta cómicala vanidad de Aldwyn y el comportamiento de esos amigos, que en vida lo adulaban y que en realidad persiguen fines tan espurios comorapiñar su biblioteca o hacerle proposiciones de matrimonio a su joven y bella viuda. Pero si hay un elemento sobresaliente en El mensaje del muerto es la superposición de planos y de focos narrativos; la maestría con que la autora compatibiliza las dimensiones visibles e invisibles de la realidad, presente, pasado y porvenir, el protagonismo de los personajes que ocupan la escena en cada momento del relato… El lector tiene siempre la sensación —y así ha de ser— de que Aldwyn y su ángel de la guarda lo están observando todo desde arriba. Aunque no se manifiesten o lo hagan solo en esos momentos estratégicos que permeabilizan la narración consiguiendo un permanente efecto de presencia fantasmagórica.
Al volver la última página de El mensaje del muerto, al lector le queda la duda de si existe la posibilidad de que los letraheridos, los cienciaheridos, los workaholic, los fanáticos de cualquier disciplina que ensimisme y conduzca a sus practicantes a vivir en un constante plano imaginario —vivir dentro de las metáforas y de los algoritmos sin poner jamás los pies en la tierra— pueden llegar a ser alguna vez buenas personas. Hay un cuestionamiento a priori por parte de Marryat respecto a los efectos morales de la lectura y del estudio. La duda es, como poco, inquietante.

miércoles, marzo 07, 2012

Nosotros, Evgueni Ivánovich Zamiátin

Introd. Fernando Ángel Moreno. Trad. Alfredo Hermosillo y Valeria Artemyeva. Cátedra, Madrid, 2011. 318 pp. 15,50 €

Juan Pablo Heras

A los que detestan a Orwell les gusta decir que 1984 no es más que un plagio de Nosotros, novela escrita por el ruso Evgueni Zamiátin hacia 1920 y que tuvo el triste honor de ser la primera que sufrió la censura del joven régimen soviético. Su aparición en una mala traducción en la Inglaterra de 1924 la injertaría en el tronco de la literatura prospectiva británica, que, partiendo remotamente de Tomás Moro, pasaba por H. G. Wells y por los dos herederos más conspicuos de Zamiátin: Aldous Huxley y, por supuesto, George Orwell.
Pues bien, como yo adoro 1984 y me interesan sumamente las distopías literarias, he corrido a leer la que quizá es la madre de todas ellas —al menos en su hechura moderna—, no sea que estuviera rindiendo a Orwell una pleitesía que le debo a otro. No es difícil encontrar otras ediciones anteriores en español, pero ninguna con la apasionante introducción de Fernando Ángel Moreno que precede a ésta: no sólo por la semblanza biográfica de un personaje tan interesante como Zamiátin (revolucionario, pero inconformista, pero autor de cartas de amor a Stalin como Bulgákov, pero exiliado hasta su muerte) sino por el amplio repaso teórico e histórico que dedica a los mejores títulos vinculados al subgénero de la distopía, no sólo en narrativa, sino también en cine y cómic. Leer este listado, adecuadamente comentado y actualizado, es entrañable para el que ya conoce el género y revelador para el que se inicia en él.
Pero a lo que íbamos: leer Nosotros a la luz de 1984 nos lleva a estar tan seguros de que no se trata de un plagio como de que no hubiera sido posible la segunda sin la primera. Lo que instaura Nosotros sin que Zamiátin lo sospechara es un arquetipo que se iba a repetir en obras tan distantes entre sí como Un mundo feliz, La fuga de Logan o Thx 1138: por un lado, un mundo futuro en el que todo está tan organizado y planificado para evitar el sufrimiento que formalmente podría considerarse utópico; por otro, un personaje inicialmente integrado que empieza a dudar de que las cosas no son como se las habían contado y a plantearse que es legítimo rebelarse, aunque sólo sea porque sabe la discrepancia será perseguida implacablemente. ¿Cuál es entonces la diferencia entre Zamiátin y Orwell? Desde mi punto de vista, la misma que hay entre El hobbit y El señor de los anillos. Me explico: Zamiátin carga su pluma en un tintero cáustico, desde el que satiriza los extremos a los que ve que se dirige el incipiente estado soviético. Muchos personajes, incluido el protagonista, se muestran a veces en situaciones ridículas o risibles: en el personaje de R-13, por ejemplo, que riega a los que escuchan con una lluvia de salivazos, se intuye un retrato en clave de alguno de los intelectuales que prodigaba el nuevo régimen. Es decir, que, como Tolkien (o como Cervantes, si me apuran), Zamiátin se plantea un juego, un divertimento, que casi sin querer va a configurar un nuevo mundo especular capaz de reflejar las contradicciones y amenazas más intensas del tiempo que le tocó vivir. Por eso él mismo consideró esta novela como su obra “más burlona y más seria”. Y Orwell percibirá el inmenso poder de denuncia que se agazapa en Nosotros para volcarlo en su obra maestra, como hizo Tolkien cuando decidió extender los planos de la Tierra Media.
Sucede también que Zamiátin opta por la vía narrativa más difícil cuando se trata de invocar un futuro imaginado: anotaciones de un diario en primera persona. Si Orwell, como otros, se procuraron un narrador omnisciente que les permitiera explicar con detalle las peculiaridades del mundo futuro proyectado en la novela, Zamiátin, preso de su propia convención, se ve obligado a buscar una premisa que justifique que el protagonista, D-503, necesite explicar por escrito lo que para él es corriente y natural. Por eso, el diario resulta no ser al principio un desahogo personal, sino una especie de manual de instrucciones de la Tierra para los habitantes de otros planetas que los terrícolas se disponen a visitar. Para ello, Zamiátin debe construir no sólo un mundo, sino un yo condicionado absolutamente por éste. La dificultad de esta opción radica en crear un narrador con la humanidad suficiente para el que el lector pueda identificarse con él y que a la vez acepte como naturales aspectos de una sociedad que pueden parecernos repugnantes o terroríficos. El resultado es unas veces estremecedor de tan creíble y otras tremendamente ingenuo, en todo caso muy alejado del cinismo de superviviente con el que Orwell caracteriza a su héroe. Tal construcción del personaje emparenta a Zamiátin con Voltaire, en la medida en que D-503 viene a ser un nuevo Cándido que no logra percibir los disparates de un mundo que le han presentado como perfecto.
Además de su valor mayúsculo como origen de toda una tradición, Nosotros es todavía una lectura apasionante. A veces, hay cierta espesura impenetrable en la adjetivación y en las imágenes, probablemente por la influencia simbolista que señala Fernando Ángel Moreno en la introducción. Pero finalmente se impone la peripecia de un hombre que descubre tarde la diferencia entre la realidad y el deseo. Y allí todos nos encontraremos reflejados.

martes, marzo 06, 2012

Siete años, Peter Stamm

Trad. José Aníbal Campos. Acantilado, Barcelona, 2011. 272 pp. 20 €

Ariadna G. García

En la última década, el Acantilado ha tenido el gusto y el acierto de editar a uno de los novelistas europeos más interesantes, ambicioso en sus temas y de lenguaje sutil. Nacido en Suiza en 1963, Peter Stamm ha creado una obra de sello inconfundible, marcada por la soledad en que viven sus personajes, así como por el carácter redentor de la naturaleza.
Siete años narra, en primera persona, la biografía de Alex, un arquitecto de éxito que confiesa a una amiga de su esposa, durante la visita que les hace por motivo de una exposición de pintura que inaugura en Múnich, los pormenores de su vida afectiva y profesional. La obra, pues, alterna dos tiempos: un presente en el que el matrimonio formado por Alex y Sonja parece haber resuelto sus problemas (conyugales, económicos); y un pasado que, si bien se remonta a sus años de estudiantes (1989), avanza progresivamente hasta alcanzar el momento actual (2008). Con cada flashback, el protagonista va purgando un fiero sentimiento de culpa con su interlocutora, Antje, pese a que ésta rechaza, por principios éticos, ser la albacea de esa memoria llena de vejaciones.
El relato de Alex, sin embargo, más que cauterizar heridas, las crea. Su testimonio no ya sólo desvela sus años de infidelidades, sino que pone al descubierto la podredumbre de su personalidad (cobarde, oportunista). La humillación constante a la que el protagonista somete a su amante polaca, inmigrante irregular cuya vida transcurre entre un sinfín de oficios mal pagados, en ocasiones recuerda a La cinta blanca (Michael Haneke). El egoísmo individual de Alex, por otro lado, se convierte en un egoísmo de clase cuando el acaudalado matrimonio recurre a razones materiales (dinero y posesiones) para forzar a Ivona a un sacrificio.
Peter Stamm ha escrito una novela espléndida tanto por su estructura y elegancia, como por las preguntas que arroja sobre nuestras consciencias. La obra comienza con la caída del Muro de Berlín, pero la libertad que tanto deseaban los europeos de uno y de otro lado se convierte en una quimera. El poder adquisitivo reduce los sueños, los mengua, los aplasta, y acaba estratificando a la ciudadanía («Esta Gran Muralla del Capital que separa docenas de países ricos de la mayoría sobre la tierra, convierte el Telón de Acero en una insignificancia». Mike David).
La obra, además, plantea incómodos interrogantes sobre el concepto de la felicidad. El matrimonio alemán no la consigue nunca, ni la roza: «Con Sonja me sentía construyendo algo que jamás quedaba terminado del todo. Pretendíamos construir una casa, tener un hijo, contratábamos empleados, comprábamos un segundo coche. Apenas alcanzábamos un objetivo, ya se perfilaba el otro, y jamás conseguíamos estar tranquilos». Ivona, en cambio, se conforma con las pequeñas alegrías que salen a su encuentro: una tarde en el cine, una conversación con las amigas, y, ante todo, el pálpito en el pecho de su amor. Frente a la muerte en vida de las personas alejadas del fuego del cariño o el enamoramiento, se alza la plenitud de quienes aman. No lejos de Stamm se encuentran los poemas de Carl Sandburg, Antonio Machado, Cernuda o nuestros místicos.
El intenso caudal de Siete años tiene meandros que pasan por muchos otros temas sinuosos, complejos, que Peter Stamm aborda con destreza: el libre albedrío, el azar, la dicotomía acto-potencia, la abulia, los mundos paralelos, la decepción o el sentido del Arte.
Sin duda alguna, Siete años es una novela de violentos contrastes, cuya lectura voltea. Y esa clase de efectos sólo están al alcance de los mejores libros.

lunes, marzo 05, 2012

Cárceles imaginarias, Luis Leante

Alfaguara, Madrid, 2012. 355 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Luis Leante, Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963, es uno de esos escasos escritores habitantes de la periferia literaria a los que un premio destacado, en este caso el Alfaguara del 2007, colocó en el centro del mundo hispánico, pues es sabido que el ganador de este premio está obligado a recorrer un circuito de ciudades americanas para promocionar su novela. La novela que lo sacó de la marginalidad literaria era Mira si yo te querré una historia de amor que tenía como telón de fondo los campos de refugiados saharahuis.
En Cárceles Imaginarias se narran dos historias paralelas, por un lado, los movimientos anarquistas catalanes en la Barcelona del finales del XIX y primeros del XX con atentado mortal incluido y, por otro, la vida del narrador, Matías Ferré, bedel del Archivo Histórico de Barcelona, un hombre humilde, tocado por la desgracia, pero al mismo tiempo conmovedor y lleno de ternura que siempre encuentra un ángel, a veces masculino y a veces femenino, que lo rescata del pozo. Esta segunda parte de la historia se sitúa en el más rabioso presente, básicamente en Barcelona, aunque con algunas salidas a pueblos con encanto como Calaceite (Teruel) o Urueña, en los Monte Torozos de Valladolid, un fenómeno cultural no solo por la hermosura de sus muralla ya que, pese a sus doscientos habitantes, cuenta con once librerías.
Ezequiel Deulofeu, anarquista procedente de una familia aburguesada, es el personaje central en torno al cual se va tejiendo una trama de intrigas, persecuciones y huidas. Hay algo de folletinesco en la peripecia vital de este personaje que, pese a todo, nos atrapa. Por una lado la mirada crítica hacia su propia familia burguesa y, al mismo tiempo, los puentes afectivos que tiende con los más desfavorecidos en una época en la que las desigualdades y los abusos eran palmarios. Tras romper con la familia, se ve obligado a huir y envuelto en mil peripecias y peligros, acaba en Filipinas. Pero tampoco la estancia en Filipina va a ser definitiva, pues de allí, en barco de nuevo, lo veremos poner rumbo a Valparaíso, donde se va a ver envuelto en una nueva serie de asechanzas e intrigas. Hay en toda esta parte de la novela un regusto que nos lleva al mejor Baroja, a Arturo Barea o Ramón J. Sender. Las conspiraciones políticas se cruzan con las sentimentales. Y aparecen personajes lastimosos, trepas, crueles, zafios con los que el protagonista, un hombre obligado a cambiar de nombre, ha de medir sus fuerzas.
Pero el contrapunto a la historia folletinesca de Ezequiel, lo pone el doliente y sentimental Matías, un hombre del que el lector se enamora poco a poco, un hombre que tras perder a su primera mujer, se va recuperando hasta mantener un pulso tenso con el lector que sigue boquiabierto su evolución.
Además de los dos personajes masculinos centrales a cada historia, aparece una rica panoplia de personajes femeninos que, en realidad, son los que dan aliento e impulso a estas dos historias que, inevitablemente, acaban confluyendo y entrecruzándose.
Si algo tiene claro el lector al final de la novela es que Leante es un maestro en el arte de entretejer historias intensas y entretenidas.