viernes, marzo 02, 2012

Ausencia del héroe. Relatos y ensayos inéditos (1946-1992), Charles Bukowski

Trad. Eduardo Iriarte. Anagrama, Barcelona, 2012. 336 pp. 17,90 €

Santiago Pajares

Nadie vive para siempre, y los escritores no son una excepción. Quizá ellos nos dejan algo más detrás de ellos mismos, algo que les sobrepasa y que conecta con los lectores muchos años después de su muerte. Si son buenos. Si son verdaderos. Bukowski lo era, a mi parecer. Cuando murió en Los Ángeles en 1994 yo tenía quince años y no había leído aún nada suyo. Cuando leí la que era su primera novela, El cartero hace ya algunos años, sentí una conexión con ese escritor que ya no estaba, que había vivido una locura que yo sólo había atisbado. Él había estado ahí y me lo contaba. Y yo pasaba las páginas y escuchaba. Y buscaba sus libros en las librerías y encontraba poemas suyos en internet, sintiendo que aunque ya no estuviera seguía ahí, conmigo al menos. Pero como él mismo decía en uno de sus poemas (A la puta que se llevó mis poemas): «Yo no soy Shakespeare, pero puede que algún día ya no escriba más.» Y no lo hizo, porque se murió, como haremos todos en algún momento, la mayoría sin dejar atrás lo que dejó él, una impronta de todo lo que había vivido en las páginas de tantos libros. ¿Pero qué se hace el día que te acabas el último libro de Bukowski? Porque ahí sientes que sí se ha ido, que te ha contado todo lo que podía contar, todo lo que le dio tiempo. Y entonces te sientes un poco más solo. A mí me pasó, al menos.
Y un día cualquiera, sin una razón aparente, te enteras de que publican una colección de relatos inéditos de Charles Bukowski. Y tienes la sensación de que te dan unas pocas horas para charlar de nuevo con alguien que creías ya perdido. Pero Bukowski no habla, escupe, como en sus mejores tiempos. Y tú te sientas y dejas que la saliva caliente te empape. Con un cuaderno, tomando notas. Y se las mandas a amigos poetas, como esta cita: «La auténtica prueba de la poesía es que le sirve a cualquier hombre en cualquier parte.» Y tus amigos poetas te responden con un icono de sonrisa, porque no hace falta decir más.
Desde luego Ausencia del héroe no es el mejor de los libros de Bukowski. Pero es injusto pedirle a un amigo que esté siempre como en el mejor de sus días. Tan sólo le pides que sea él, que sea bueno y verdadero.
Muchos de los relatos que lees en este libro te suenan de otras historias de Bukowski, y piensas que sus temas (como los de casi todos los escritores) se repiten una y otra vez, cuando en realidad el propio escritor basaba libros en pequeños relatos que enviaba a revistas, un par a la semana, como un trabajo de oficina. Y como él mismo explica en uno de los relatos de este libro, les habla a los lectores de sexo y violencia para llamar su atención, para engañarles y aprovechar para contar cosas importantes. Porque sabía que para emocionar a alguien, este debía primero escucharte, y eso no es sencillo, hay que buscar la forma. Y Bukowski, debajo de ese aspecto de exboxeador alcohólico y pendenciero se revela (siempre lo ha hecho) como un escritor atormentado por la cruda realidad diaria, con una enorme sensibilidad para tratar los asuntos humanos, los miedos y las dudas.
Algunos de sus escritos, reseñas de otros escritores coetáneos como Ginsberg, no me interesan tanto, pero son cortos e incluso entre todos esos comentarios educados podemos encontrar perlas de esa verdad.
Así que si preguntáis si he disfrutado de este libro diré que sí, que para mí han sido unas pocas horas con un viejo amigo con el que nunca más creí hablar. Y puede que no las mejores que he pasado con él, pero qué coño, él es mi amigo, y en la soledad de mi sala de estar también me gusta pensar que yo lo soy suyo, aunque ya no esté. Porque puede que no pueda beber tanta cerveza como él (nadie puede), pero puedo leer sus libros y apuntar sus consejos para sobrevivir al horror diario de salir a la calle. Él lo hizo.

jueves, marzo 01, 2012

Los zapatos rojos, Hans Christian Andersen

Ilust. Sara Morante. Trad. Enrique Bernárdez. Impedimenta, Madrid, 2011. 72 pp. 15,60 €

María Dolores García Pastor

Que me perdone la irreverencia el señor Andersen pero en esta nueva edición de Los zapatos rojos su texto queda en un segundo lugar, perdiendo algo de protagonismo para cedérselo a las imágenes que lo ilustran. Sus palabras son la excusa, perfecta eso sí, para que Sara Morante pueda desplegar todo su universo creativo. Un mundo en blanco, negro y rojo en el que el lector queda atrapado irremediablemente.
En el año 1845 se publicó por primera vez este cuento del escritor danés Hans Christian Andersen. Comparte el autor con Karen, la protagonista, una infancia marcada por la pobreza y la desgracia. Otra pincelada autobiográfica podría ser el hecho de que el padre del escritor fuera zapatero. Los zapatos rojos es uno de los más de ciento sesenta cuentos de Andersen, puede que uno de los menos conocidos. Esta producción cuentística hcuento, a convertido a su autor en uno de los grandes clásicos de la literatura europea. Al parecer la amistad del autor danés con su contemporáneo Charles Dickens fue determinante para que Andersen consiguiera el equilibrio justo entre realidad y fantasía que le caracteriza y que plasma en sus cuentos. Su obra se ha reinterpretado infinidad de veces y constituye la base de muchos de los cuentos escritos posteriormente y hasta nuestros días, versionado en varias ocasiones y llevado incluso a la gran pantalla.
Los lectores hemos tenido la gran fortuna de que la editorial Impedimenta haya rescatado este clásico indiscutible y lo haya puesto en manos de una ilustradora de la talla de Sara Morante. Los zapatos rojos inaugura la colección El Mapa del Tesoro que, a juzgar por la primera entrega, va a dar mucho que hablar. Y no solo han tenido el acierto de pensar en esta artista para el primer número de la serie sino que le han otorgado total libertad de acción. Cinco meses de trabajo han dado como resultado esta interpetación tan personal que hace Morante de la pieza de Andersen. Con ella volvemos a la verdadera esencia de los cuentos clásicos que, hasta que llegó la Disney, eran mucho más realistas y tenían su trasfondo cruel, porque la crueldad también forma parte de la vida. La tendencia a edulcorarlos ha hecho que pierdan su esencia y que su objetivo de instruir al niño sobre lo que es la vida quede bastante difuminado.
Sara Morante nos propone lo que algunos han dado en llamar un “sangriento” cuento de hadas. Su interpretación en imágenes va un poco más allá del texto, rompiendo algunos de los tabúes que Andersen dejó ocultos entre líneas. Sus dibujos se mueven entre la ternura y lo siniestro, siendo por momentos tiernos o realmente oscuros. Rostros muy realistas y expresivos en escenas verdaderamente oníricas. Un universo personalísimo en el que vemos el clásico a través de los ojos de esta artista y, todo ello, tintado con su particular “tricromía”. Aunque por encima de sus tres colores de referencia está el rojo. El rojo que es vida y muerte, el rojo de la sangre, los labios o las vísceras, el rojo pasión, el rojo Morante.
Añadir que la versión original ha sido traducida bastante fielmente. Y si hablamos del libro como objeto, la cosa va a más. La edición es una verdadera maravilla. Cuidada hasta el último detalle, desde las guardas al papel que tiene un tacto maravilloso y huele aún mejor. Y luego están los guiños que nos hace Sara Morante apareciendo ella misma en alguna de las ilustraciones o colando a Amy Winehouse en alguna que otra escena. Un libro estupendo con una edición delicatessen que nos hace desear que se sigan ilustrando más libro para adultos.

miércoles, febrero 29, 2012

Zona de incertidumbre, Antonio Serrano Cueto

Paréntesis Editorial, Alcalá de Guadaira, 2011. 288 pp. 15 €

Ángeles Prieto

La zona de incertidumbre, en materia de formación y seguridad vial, sirve para definir aquel espacio que nos rodea y no podemos percibir porque nuestra vista está dirigida al frente, y que además se irá acrecentando conforme incrementemos la velocidad con la que estemos avanzando. Por eso, no hablamos solamente de una zona misteriosa e imperceptible en la que todo puede suceder, también nos referimos con esta definición a ese lugar inseguro en el que acechan y nos esperan esos peligros que vamos generando nosotros mismos.
Por ello, quiero presentar aquí los treinta y cinco relatos de esta Zona de Incertidumbre haciendo saber al lector, ante todo, que nos encontramos ante un volumen de literatura seria y nada frívola, elaborada al objeto de hacernos reflexionar, aunque contenga piezas divertidas, marcadas por unsentido del humor obvio. Hablamos pues de cuentos para releer y pensar, nunca para dejar olvidados en el asiento de un autobús. Esto no está reñido, por supuesto, con una amenidad que disfrutaremos gracias a un manejo muy inteligente de variados recursos estilísticos no precisamente escatimados por el autor: cartas, informes, diálogos y un poliédrico y original cuadro temático en el que cada relato no se parece en absoluto al anterior. Aunque haya cuentos ciertamente relacionados, como el estupendo Magíster dixit, retratando irónicamente un mundo que el autor conoce muy bien, con Paulo el zancudo, relato que nos habla de esos terribles complejos adolescentes que superamos sin más remedio en la madurez.
Esta diversión asegurada la veremos reforzada por la actitud lúdica de Antonio Serrano al no buscar una medida perfecta para sus relatos, más bien ensayando distintas aproximaciones que ganan indudablemente en las distancias más cortas. Por ello encontraremos en este volumen microrrelatos brillantes como Los fantasmas de Internet o Preludio de otoño, demostrando así el ascendente camino recorrido que lleva ya en este género concreto, un género literario que va ganando adeptos con las nuevas tecnologías y que el autor ha estudiado a fondo y en serio.
Por lo demás, la variedad temática es la reina del libro: hay cuentos históricos, familiares, geográficos, poéticos y artísticos, siempre dejando una puerta abierta, esa zona de incertidumbre, por la que se cuela lo fantástico, pero sin olvidar en ningún momento abordar los temas que verdaderamente nos interesan porque hablan de nosotros mismos: el sexo, la muerte, la familia. Con alguna concesión también a ese inevitable inconsciente colectivo de los gaditanos, como veremos en Trombas pluviales, pues raro es el autor de estas tierras (recordemos por ejemplo al maestro Fernando Quiñones), que no cuenta en su obra con un relato atlántide de destrucción masiva ante el poder de las aguas.
Nos encontramos ante un libro muy trabajado, que promete y logra el cometido de alcanzar un nivel literario más que respetable. Desde el punto de vista de la crítica formal, por tanto, más que un aplauso merece la promesa de estar muy atentos a lo que este escritor, curtido y exento de lugares comunes, pueda seguir generando. Y para el resto de los lectores, la cada vez más extraña opción de no pasear rauda la vista por un libro, sino reflexionar y aprender con este. Un colección de relatos, en definitiva, que me ha recordado al paseo por un zoco, pleno de olores, sabores y saberes nuevos, que debemos seguir disfrutando.

martes, febrero 28, 2012

El trepanador de cerebros, Sara Mesa

Tropo Editores, Zaragoza 2011. 224 pp. 17 €

Victoria R. Gil

Si los premios Razzie son los anti Óscar del mundo del cine, El trepanador de cerebros lo es de los cuentos tradicionales infantiles. Al menos, de esas narraciones desvirtuadas y políticamente correctas que han llegado hasta nosotros, en las que el lobo es capaz de zamparse a Caperucita y a su abuela sin causarles ni un solo rasguño para poder ser rescatadas en perfecto estado, y donde el leñador se encarga de castigar al infeliz animal, que terminará muriendo en ayunas. Para que luego lo llamen feroz.
La primera novela de Sara Mesa llega tras sus dos libros de relatos La sobriedad del galápago y No es fácil ser verde, y del poemario Este jilguero agenda, y resulta, en todo caso, el reverso tenebroso de los cuentos de hadas. En ella no caben más que brujas y bufones, y el único hechizo que existe pasa por disfrazarse de mamut cuatro horas al día en un parque de atracciones prehistórico.
El surtido de personajes disparatados que vive –o siendo exactos, malvive— en las páginas de este libro lo convierte en una singular parada de los monstruos (Freaks, 1932). Un enano que vende su alma en eBay; un «conductoanalista» argentino fundador de la Sociedad de Científicos Suicidas; dos hermanos gemelos, ladrones y timadores; una polaca con gato «que parece extraída de una novela de Dickens»; un entomólogo albino y deforme; una mocosa que exorciza con ajos «el espíritu maligno de los suecos de Ikea», y un burguesito renegado que aspira a gurú espiritual. Así son algunos de los seres inadaptados que se reúnen en torno al frustrado rodaje de La Nalga, una película de evocación sartreriana cuyo sentido «es la falta de sentido; su explicación radica justamente en su ausencia de explicación; su raíz no arraiga en parte alguna». Quizás como sus propios protagonistas.
Con semejante pandilla, cliente sin duda de la taberna del Pica Lagartos que frecuentaba Max Estrella, Sara Mesa compone una historia coral, tan absurda como desencantada, y más lúcida de lo que querríamos admitir. Porque a pesar de no cargar las tintas en las miserias, muchas y variadas, que padece este grupo de marginados, y de servirse de un humor negro que desemboca las más de las veces en farsa, sabemos que esto no es la distopía tragicómica que desearíamos que fuera. Es la pura realidad, más deforme y grotesca que cualquier fantasía que podamos recrear.
Sara Mesa no pone nombre a su ciudad de viviendas inhóspitas y suburbios degradados, pero el mapa urbano que dibuja está en todas partes, desde el estruendo del tráfico al de las obras, y desde los centros comerciales a los parques temáticos. Es en este paisaje en el que se mueve Silvia, la Cenicienta que nunca llegará a princesa y en torno a la cual gravita un puñado de seres que, como ella, no encaja en ninguna parte. Encontrar su sitio, aunque éste sea un puesto de cobro en el peaje de una autovía, es el único viaje posible en el mundo que les –nos— ha tocado vivir.
Tras la publicación de El trepanador de cerebros, la escritora madrileña afincada en Sevilla ganó en septiembre del año pasado el VI Premio Málaga de Novela con su siguiente obra, Un incendio invisible, un galardón que ha contribuido a apuntalar una de las voces narrativas más originales e interesantes del actual panorama literario de nuestro país.

lunes, febrero 27, 2012

La jaula, Javier Serrano

Eutelequia, Madrid, 2011. 212 pp. 16,20 €

Miguel Baquero

Alegórica y rotunda, La jaula, primera novela del madrileño Javier Serrano (Madrid, 1968) supone todo un descubrimiento. En primer lugar, el descubrimiento de un autor que, por lo que se desprende de este texto, se mueve en la órbita de la literatura más seria y con afán de trascendencia, esa literatura que, sobre una metáfora como representación del mundo, desarrolla en torno a esa imagen un pensamiento. Un pensamiento, esto es fundamental, en forma novelada, un pensamiento que se plantea preguntas y se atreve a aventurar algunas respuestas, todo ello, siempre, en modo narrativo, sin ninguna sentencia, por supuesto ningún sermón ni ninguna exposición exhibicionista de las ideas propias. No por nada, esta novela concluye con un colofón de Aldous Huxley, en cuya estela pretende situarse Serrano, así como en la de otros grandes autores del siglo pasado (desde Camus a Jünger, Orwell o Golding, primeros que se me vienen a la cabeza, la lista es extensísima y gloriosa) que, mediante una literatura precisa y depurada, quisieron vehicular el pensamiento y su visión del mundo a través de la estética novelística. Así creo yo, mediante la novela simbólica o significativa (más que mediante la sucesión de peripecias y/o anécdotas), que se produce una literatura de excepcional calidad, como es el caso.
Para mayor fortuna, Serrano sitúa la acción de su novela en un entorno kafkiano: un presidio en mitad de la nada donde no existen barrotes en las celdas, así como tampoco guardias ni carceleros (todos, en fin, se vigilan unos a otros), pero nadie siente, sin embargo, la necesidad perentoria de salir, de cruzar la puerta permanentemente abierta. Una serie de cárteles, repartidos a lo largo del recinto, con sentencias grandilocuentes, les amilanan aún más, si cabe, en su deseo, si acaso alguna vez lo sintieran, de escapar de allí. Es a ese recinto donde llega (adonde llevan) a Bastián Bastián, el protagonista de la novela (no ha habido ningún error al copiarlo, al crear el autor un nombre así, imposible en realidad, origina una singular empatía con el personaje; en realidad, al no ser nadie podríamos ser cualquiera). El planteamiento, como se ve, es ante todas las cosas, radical, en el mejor sentido del término. Un planteamiento que pretende ir a la raíz de las cosas, con el que el autor pretende mostrar su visión de la realidad desnuda de interferencias ni distracciones, enfocar directamente sobre la esencia de las cosas, en medio de un panorama cerrado sobre sí mismo.
En el recinto, pues, extrañamente clausurado de La jaula, se dilucidan ya desde la primera páginas algunas de las grandes cuestiones humanas (en esencia, repito, es decir: sin digresiones), como son la resignación ante la suerte y/o la subsiguiente capacidad de lucha; la obediencia a un superior; la naturaleza de la amistad; el límite de la resistencia a la tortura sorda… Pero La jaula no sólo le propone al lector que se contemple a sí mismo a través del personaje protagonista, no sólo le incita a una reflexión sobre su yo interior, sobre las cuestiones arriba expuestas planteadas hacia sí mismo, sino que, al mismo tiempo, la novela tiene una proyección al exterior, La jaula es así mismo una abstracción de la sociedad que nos rodea y los pilares en que está asentada, a veces tan absurdos, estos pilares y principios, como los de los grandilocuentes carteles que sojuzgan silenciosamente a los reclusos de la cárcel, una sociedad con las puertas abiertas que nos mantiene, no obstante, prisioneros y nos obliga a menudo a las más bajas acciones debido a un temor incierto hacia no se sabe qué, hacia la nada seguramente que rodea el recinto.
La conjunción de estos dos planos, reflexión personal y reflexión social, hace de La jaula una novela de extraordinaria profundidad, un ejercicio intelectual sin complejos, de la vieja época en que los escritores no se asustaban de introducir “un mensaje” en sus obras, aunque más que de “mensaje” dirigido y mascado, cabría hablar aquí de una invitación al pensamiento. A ello hay que unir un lenguaje certero, descriptivo sin excesos, rudo en los casos que se requiere, perfectamente adecuado a la novela; un ritmo que no decae en ningún momento y unos personajes, como el del guardián del presidio, inquietantes y muy bien caracterizados. Escenas como la del palo al sol al que se ata a los díscolos tienen una fuerza impresionante; en el debe, quizás, faltaría un poco de concreción en algunos símbolos (como el de las muñecas que se fabrican en la cárcel o las cartas que los presos pretenden mandar al exterior) y el final se antoja un poco apresurado. Pero, en todo caso, es difícil exigir más calidad a un autor, cuanto más en su primera novela publicada.