viernes, febrero 03, 2012

El muelle de Ouistreham, Florence Aubenas

Trad. Francesc Rovira Faixa. Anagrama, Barcelona, 2011. 240 pp. 17,50 €

Julián Díez

En una página editorial de casi cualquier periódico, la semana pasada, leíamos elogios a la decisión del gobierno de mantener el salario mínimo en cifras de hambre. En ese mismo periódico, unas páginas después, podríamos ver recomendaciones de regalos navideños cuyos precios multiplicaban varias veces ese salario mínimo, por productos en muchos casos superfluos. Los medios de comunicación dan por descontado que su lector pertenece a un ámbito distinto al de los perceptores del salario mínimo, los submileuristas o los parados.
Hasta los habitantes del tercer mundo —lejanos, susceptibles de obras de caridad tranquilizadoras de la conciencia— se asoman más, aunque lo hacen muy poco, a los medios de comunicación. El suburbio de clase baja se ha convertido para las voces hegemónicas de la opinión pública en la última frontera: más lejos que los países exóticos a los que se va de vacaciones, o los que ocupan los documentales de La 2, son lugares a los que sólo puede acercarse, con una mezcla de incredulidad, compasión y asco, algún programa tipo Callejeros.
Por suerte todavía quedan algunos buenos periodistas, que parecen encontrar rendijas en el sistema por su prestigio o su constancia. La francesa Florence Aubenas, que estuvo en Iraq y en la antigua Yugoslavia, decide marcharse a Caen, una ciudad de provincias, a buscar un puesto de trabajo fijo como limpiadora. Sin currículum, sin contactos, sin amparo ninguno: sólo a ver si puede conseguir salir adelante con su esfuerzo.
Resulta difícil saber hasta qué punto Aubenas fue fiel a su programa de mantenerse únicamente con lo ganado; las circunstancias de Günter Wallraff cuando preparó Cabeza de turco —obvio referente de este trabajo— eran bastante más difíciles. Posiblemente, Aubenas tirara de ahorros en momentos determinados para no limitarse a vivir de lo ganado trabajando dos horas aquí, tres allá, limpiando letrinas a velocidad vertiginosa en un transbordador. También hace una pequeña trampa al finalizar su experiencia: el planteamiento era seguir hasta obtener un contrato fijo, y lo hace cuando obtiene uno a tiempo parcial. En cualquier caso, la experiencia relatada es igualmente válida: todo el dolor y la mezquindad están ahí, en esos seis meses de esfuerzo físico, menosprecios y estrés.
Muchas de las sensaciones relatadas resultan familiares también para cualquier ciudadano español que tenga preocupaciones más significativas que comprobar las ofertas del día de Privalia. Como la crueldad a pequeña escala del que consigue ascender un mínimo peldaño en el escalafón de nuestra carrera de ratas global. La indiferencia a los problemas personales de quien solo ve el mundo en términos de cifras y balances. O el egoísmo grosero y ciego de algunos de los que no recibieron educación, o acaso la perdieron en alguna escaramuza de su batalla por la supervivencia. Aubenas es periodista de escuela clásica, y todos se retratan por sus palabras y obras, nunca por el juicio de la narradora.
A todo ello se suma alguna particularidad que debe ser francesa, o noreuropea, y aquí suena algo más remota. Por ejemplo, el denso aparato del sistema público de búsqueda de empleo, sometido a tensiones que tal vez aquí no son tan intensas y expliquen en parte nuestros datos. O la existencia continua de contratos —apenas aparece el muy español dinero negro, tan corriente en particular en el ramo de la limpieza—, aunque siempre por periodos de tiempo falsos, por cantidades irrisorias.
Por el camino, Aubenas también conoce a algunos personajes singulares, auténticos, como el conquistador de cuarta Philippe o la ex sindicalista Victoria. Retrata a varias decenas más con hábiles pinceladas, al igual que a esa oscura región de ciudades decadentes, y transmite una genuina sensación de opresión, oscuridad y desesperanza. Con el progresismo convertido en una antigualla y los desfavorecidos de la fortuna preocupados por conseguir un iPhone, ni siquiera la conclusión relativamente afortunada y el hallazgo de personas de valor evitan que El muelle de Ouistreham se cierre como uno de los más estremecedores de los últimos tiempos.

jueves, febrero 02, 2012

Rosa candida, Augur Ava Ólafsdóttir

Trad. Enrique Bernárdez. Alfaguara, Madrid, 2011. 280 pp. 18,50 €

Ariadna G. García

Existen, grosso modo, dos tipos de novelas: aquellas que se acercan a la belleza como principio absoluto; y esas otras que se aproximan a lo real humano, al conflicto. Junto a estas dos, las hay que persiguen el contraste entre ambas. Las primeras producen una literatura idealista; las segundas, una literatura realista que muestra las taras, los desperfectos de la vida y de la sociedad. Son muchos los ejemplos que avalan la existencia de estos modelos en la narrativa europea actual. La propuesta realista, directa, sobria, y crítica podemos encontrarla en La edad de la ira, uno de esos libros raros en nuestra literatura, ideológicamente valientes, firmado por el dramaturgo Fernando J. López. La propuesta híbrida, que une los cables pelados de la tensión dramática y del lenguaje lírico, recorre, por su parte, las páginas de Purga, a cargo de la demoledora autora finlandesa Sofi Oksanen. La tercera vía, esa que enaltece la perfección del mundo por medio de exaltación de la estética, está perfectamente representada por Rosa candida, tercer libro de la escritora islandesa Augur Ava Ólafsdóttir.
Rosa candida ofrece a los lectores una imagen depurada y perfecta del mundo. Pese a la situación de inicio de la obra (un accidente de tráfico que siega la vida de la madre del protagonista, el embarazo imprevisto de la amiga con la que comparte la mitad de una noche), la autora nos describe a un personaje tranquilo, en armonía con su entorno y obsesionado por las rosas y el sexo. Nada que objetar, salvo que no resulta demasiado verosímil. No obstante, el libro no pretende ser realista. Al contrario, defiende la utopía de una organización social conforme con los contratiempos (la concepción no deseada y su reverso, la muerte repentina, carecen de toda dimensión dramática), abnegada, resuelta y bondadosa.
Emparentada con la antigua leyenda de la Atlántida, descrita por Platón en algunos diálogos (Timeo y Critias), en Rosa candida convergen la belleza y el bien. Ólafsdóttir nos recrea los sentidos con la elaboración de suculentos platos y con la enumeración de magníficas flores. Pero la proporción y el orden no sólo afectan a la gastronomía o a la botánica, sino que se extienden al ámbito social. La relación que mantiene Lobby con los demás personajes se basa en la confianza y en la bondad. La belleza estética revierte en la ideológica.
En esta época de crisis tanto de las finanzas como de los derechos sociales y de los valores, obras como Rosa candida suponen, en principio, la recuperación del mito de la Edad de Oro. En su viaje a través de seis países, el protagonista del relato se va buscando a sí mismo. Deja atrás aeropuertos, hospitales y carreteras en los que siempre encuentra, pese a que son espacios despersonalizados, mujeres que lo ayudan, lo cuidan y protegen. Mujeres en tránsito. Cuando llega a su destino (un monasterio en lo alto de una colina, cuya rosaleda pretende restaurar), son los frailes quienes representan mejor el espíritu de esa sociedad perfecta, solidaria y pacífica.
A medida que profundizamos en la obra, vamos atravesando capas, de la piel al hueso. La lectura intramuscular de Rosa candida nos revela una visión del mundo en ocasiones arcaica, enmarcada por una aureola de cuño cristiano: La madre de Arnsljótur fallece en la carretera acatando su suerte; las mujeres secundarias cumplen la función de servir al joven; éste forma una trinidad con su hermano gemelo y con su padre; su hija, Flora Sol (de sólo nueve meses), obra milagros y balbucea palabras en varios idiomas; por último, Anna (la madre del bebé) es el único personaje desterrado de la arcadia social, curiosamente, también es el único que se plantea rebelarse en contra de su destino aciago.
La ternura de Rosa candida, vistos los premios que ha cosechado la novela, parece compensar la falta de hondura psicológica del protagonista, así como su carencia de recursos para desentrañar los conflictos privados de la madre de su hija. Con todo, la novela no defraudará a quienes busquen un rato de entretenimiento, una historia sencilla bien narrada y una buena dosis de optimismo, que no es poco.

miércoles, febrero 01, 2012

El Madrid cotidiano del siglo XVIII, Juana Vázquez

Endymion, Madrid, 2011. 232 pp. 20 €

Marta Sanz

En este espacio procuro hacer visibles títulos de jóvenes editoriales independientes. No estoy tan al tanto de obras que sacan editoriales ya maduras, pero también independientes. Para corregirme me detengo en El Madrid cotidiano de siglo XVIII de Juana Vázquez en Endymion.
Este ensayo es local e histórico y por esa renuncia a lo globalizador —ciudades descoloridas, uniformes…—  merece ser colocado bajo la lupa. También por ofrecer una panorámica a vista de pájaro del Madrid del XVIII a través de textos marginales que matizan las aseveraciones de la Historia oficial situándonos en una dimensión intrahistórica que aprieta el nudo entre economía, política y costumbresdomésticas. Se levanta el plano sensorial de Madrid, luz y fango de detritus. Al ritmo de las actuaciones borbónicas, Madrid sufre una transformación koyaanisqatsi, crece, se pule, va poblándose de petimetres, militares a la violeta o de esos paletos que, acompañados de un nativo, descubren dos contradicciones básicas: corte y aldea, y tradición y modernidad como prestigio de lo foráneo.
Vázquez barre el territorio de arriba abajo y de fuera hacia dentro y, con ojo de google earth y catalejo de James Stewart, asistimos a la toilette del currutaco a través del agujerito de la cerradura. Todo es igual y distinto: los petimetres, a su modo, eran filósofos zombis o fashion victims y, tal vez, haya que revisar —no neutralizar— oposiciones como dentro y fuera, o viejo y joven.

martes, enero 31, 2012

El diablo de la botella, Robert Louis Stevenson

Trad. Federico Villalobos. Ilust. Pablo Ruiz. Traspiés, Granada, 2011. 61 pp. 13,80 €

Pedro M. Domene

Robert Louis Stevenson vivió una infancia feliz, aunque de naturaleza enfermiza, heredada de su madre, debió soportar largos períodos de convalecencias que le llevaron a viajar y pasar largas temporadas en diversos países, buscando una mejoría para su salud. Su hijastro, Lloyd Osbourne, manifestaba que, pasear junto a él, podría convertirse en uno de sus grandes placeres porque, de repente, se creía un pirata, un piel roja o, incluso, un joven oficial de marina con informes secretos para un espía. Stevenson es el escritor que ofreció en sus literatura el fascinante estudio de los hombres que llegan a mantenerse vivos por una especie de fuerza sobrenatural, que no llegan a morir porque rechazan, una y otra vez, la muerte. Abandonó Inglaterra, de una forma definitiva, en 1887, para establecerse en las regiones invernales de los montes Adirondacks, en el límite de las fronteras canadiense y norteamericana. Un año más tarde, emprendería un largo viaje por el Pacífico Meridional, uno de sus grandes sueños, atraído por el clima, la vida exótica y lo primitivo de las islas polinesias: Waikiki, una de sus primeras estancias, distaba cuatro millas de Honolulu. «Este clima, estos viajes, estas recaladas al amanecer; nuevos puertos boscosos, nuevos sobresaltos de temor al chubasco o la marejada; nuevas muestras de simpatía de los gentiles indígenas: la historia de vida es mejor para mí que ningún poema», escribiría el autor en alguna de sus Cartas, paisajes que llevarían a instalarse, definitivamente, en Samoa, en la isla de Upolu, donde construyó «Vailima, su casa grande», en 1891, frente al mar, rodeada de primitivos bosques y, donde el escritor, pasaría los tres últimos años y medio de su vida. Durante todo ese tiempo, Robert Louis Stevenson, encontró una extraña serenidad que quienes convivieron con él pudieron describir, difícilmente; en semejante estado pudo argumentar que, «un escritor que aspira a algo está constantemente muriendo y resucitando». Su trabajo de creación fue tan abundante y significativo como siempre había sido y deambular por los Mares del Sur le llevaría a escribir en numerosas ocasiones sobre el tema, Diversiones de las noches isleñas (1892), Una nota a pie de página de la Historia (1892) o En los mares del Sur (1893). Clasificado por Henry James de escritor exquisito y de ensayista de prosa calculadamente rítmica, el novelista neoyorquino escribiría de él en semejantes términos: «Es un lujo en esta época inmoral, encontrar a alguien que sí escribe, que conoce realmente ese dicho arte».

El diablo de la botella

El diablo de la botella fue publicado por entregas en el Sunday New York Herald desde el 8 de febrero hasta el 1 de marzo de 1891, y en Black and White, un periódico literario inglés, entre el 28 de marzo y el 4 de abril; dos años después, lo incluyó junto a los relatos La isla de las voces y La playa de Fulesá en su libro citado, Cuentos de los Mares del sur (1893). En realidad, Stevenson según llegó a comentarse en la época reelaboraría una leyenda indígena que había oído en los primeros días de su estancia en la isla, aunque parece ser que el propio autor desmintió semejante afirmación en una nota que debería publicarse con su relato, aunque el Sunday omitió la aclaración de Stevenson y provocó un aluvión de malas interpretaciones al respecto, incluso la acusación de plagio. El escritor nunca desmintió la deuda que tenía con un melodrama que había sido representado con éxito en Inglaterra, una obra teatral titulada, The Bottle Imp, basada al mismo tiempo en un relato popular del norte de Europa, impreso en 1810 bajo el título de Das Galgenmännlein, una fábula posteriormente recopilada por los hermanos Grimm y otros autores alemanes a lo largo del XIX. Lo cierto es que, como señalaba Graham Balfour, el mejor biógrafo del escritor, la casa de Vailima se parece a la casa de Keawe, protagonista de su relato, dos ídolos birmanos montaban guardia a ambos lados de la escalera que llevaba al piso superior, en una de las esquinas del gran salón, había una caja de caudales que apenas contenía nada pero que, a los nativos, hacía creer que en aquel lugar estaba encerrado el diablo y que era este quien le había proporcionado al escrito el dinero para construir aquella gran casa.
Keawe es un joven marino hawaiano cuyo barco recala un día en la hermosa ciudad de San Francisco y cautivado por su belleza visita una colina cubierta de palacios, así que en ese mismo instante decide gastar su dinero en hacerse una casa, suntuosa y elegante, como las que allí estaba contemplando. En aquel mismo lugar, un anciano pretende venderle una curiosa botella con un demonio dentro que cumple todos los deseos, aunque cuando haya conseguido cuanto quisiera debería vender la misma por una cantidad menor, de lo contrario su alma iría al infierno. Keawe compra la botella y convierte en realidad a sus sueños, incluso consigue deshacerse de ella sin dificultad alguna. Muy pronto conoce a una joven y consigue la felicidad plena aunque enferma inesperadamente y decide comprar, de nuevo, la botella sin que su joven esposa sospeche nada. Cuando Kokua descubre los poderes de la botella y la dificultad para deshacerse de ella, en su desesperación ambos están dispuestos a sacrificar sus almas por el amor. Hasta aquí, sin desvelar más, el argumento de la obra cuyo tema central es inicialmente la ambición, después el sacrificio y por encima de ambas, la mágica visión isleña y el misterio que rodea a la botella. Stevenson, según Bacil F. Kirtley, consigue darle la trama a su texto ensayado por los clásicos precedentes, una forma definitiva y convertirlo en una obra literaria y al igual que Keawe cumplir sus sueños, permanecer con su amada Fanny en Vailima, como afirma Federico Villalobos, autor de la presente edición ilustrada de Traspiés, un texto que, además, se complementa con la magníficas ilustraciones de Pablo Ruiz.
El 3 de diciembre de 1894, al atardecer, cuando estaba dictando unos fragmentos de su nueva obra, Weir, a su hijastra, gritó de repente: «Mi cabeza, oh, mi cabeza» y quedó inconsciente. Un grueso y rechoncho, pequeño doctor alemán, cuyos servicios fueron solicitados apresuradamente, dictaminó que el escritor estaba agonizando. Hacia las 20:10, tan solo media hora después de sus últimas palabras, Robert Louis Stvenson, fallecía recién cumplidos los cuarenta y cuatro años. Su deseo de reposar en el Monte Vaea, a cuatro mil metros de altura, se convertiría en el reto más inmediato para su hijastro Lloyd, quien desde el amanecer del día siguiente y con un pequeño ejército de hombres iniciaba la apertura de un sendero que conduciría desde Vailima hasta la cima de la montaña, cumpliéndose el deseo de Tusitala, el «narrador de cuentos», como le llamaban los nativos. Sobre su tumba aun pueden leerse los siguientes versos: «Aquí yace donde quiso yacer/ de vuelta del mar está el marinero,/ de vuelta del monte está el cazador», un epitafio del propio Stevenson, recogido en su libro Underwoods (1887), y contiene el poema titulado, «Requiem», cuyos tres últimos versos se reproducen.

lunes, enero 30, 2012

Londres para niños, Jindra Çapek

Trad. Mª Teresa Ruiz Camacho / Katja Wirth. Nórdica, Madrid, 2011. 32 desplegables. 11,50 €

Ángeles Prieto

Me resulta muy grato reseñar, por primera vez, un libro infantil con su correspondiente toque de magia. Porque ese es precisamente el placentero resultado que obtendremos tras disfrutar de Londres para niños, una joyita ilustrada perteneciente a la colección “Soñando ciudades”, que la editorial Nórdica ha tenido el buen gusto de editar y distribuirlos.
Magia que reside en sus fantásticos dibujos, empezando por la propia portada y en todas y cada de sus páginas que, además, son todas despegables, para solaz del niño que lo reciba. Así, en este libro nos encontraremos, lógicamente de forma sintética y con un lenguaje adaptado a críos de 8 a 12 años, plano, historia, cultura y costumbres de los principales lugares londinenses, los más característicos: Piccadilly Circus, Trafalgar Square y su Nacional Gallery, la catedral de St. Paul, Buckingham Palace, Westminster y su Big Ben, la Torre de Londres y su puente.
Es sólo que aparecen también lugares menos emblemáticos, pero mucho más interesantes para nosotros en nuestro afán educativo, como es la Tate Modern. Un fantástico lugar, ideal para que iniciemos a nuestros hijos en la comprensión y disfrute del arte contemporáneo. O la Battersea Power Station, una enorme central térmica hecha de ladrillos para que les podamos explicar la importante cuestión de la revolución industrial y su posterior desarrollo, a la que sin duda debemos nuestro actual nivel de progreso técnico.
Pero además, como los buenos libros de viaje, esta guía aunque breve procura ser lo más completa posible, y es impagable la página final donde incluye información sobre los principales museos (imprescindible visita al de Historia Natural) y los lugares de diversión y entretenimiento, incluso poco destacados en los principales manuales para adultos, como el Pollock’s Toy, con juguetes, marionetas y teatros en papel para aquellas, donde los niños podrán disfrutar de lo lindo. Los parques, el zoo y el Acuario completarán esta guía, con el fantástico consejo de cómo evitarles los establecimientos de comida rápida en otros sitios más sanos, y con decoración especial para ellos.
En definitiva, un libro pequeño, precioso, sintético, donde los niños son tratados como adultos a la hora de emprender (y aprender) la aventura de viajar, sacándole partido a todo cuanto nos encontremos. Una buena opción, esta cuidada y encantadora colección, para iniciarlos en algo que después realizarán el resto de su vida sin nosotros, por lo que animo a los lectores de esta reseña a conocerlos. Y a adquirir esta guía concretamente en el caso de que decidan viajar, con niños, a la increíble Londres.