viernes, diciembre 02, 2011

El salario del miedo, Georges Arnaud

Trad. Encarna Castejón. Contraseña, Zaragoza, 2011. 208 pp. 16,90 €

Victoria R. Gil

«Casas medio derruidas, agujeros, charcos fangosos, terrenos baldíos sembrados de cubos de cemento revuelto, barro, charcas estancadas en plena calle. Una oscura capa de petróleo lo cubría todo a causa de los mosquitos y de la malaria. Al paso de los vehículos, salpicaduras viscosas manchaban con gran estrépito los muros».
Cinco años antes, el pueblo que describe Georges Arnaud en este párrafo de su novela más famosa, El salario del miedo, era un floreciente puerto de mar. Cinco años después está muerto. ¿El motivo? Los derechos de explotación petrolífera que posee la Crude and Oil Limited en esta comarca de Guatemala, a la que ha extraído su ilusión y su futuro al mismo tiempo que sus recursos, y con igual falta de escrúpulos.
En ese poblacho más allá de la desolación, malviven traficantes, putas y borrachos a la espera del negocio perfecto que habrá de sacarlos de allí, no importa a dónde, mientras sea en dirección contraria a la que llegaron. Embotados por el alcohol, y con el único alivio de un sexo de rebajas, aún confían en que no sea ésa la última parada antes del infierno, un destino que una inusual oferta de trabajo quizás pueda cambiar.
La compañía petrolera, con un incendio en marcha que amenaza consumir todas sus ganancias, busca el modo más rápido y barato de sofocarlo. El único problema es que para ello debe transportar tonelada y media de nitroglicerina por las carreteras peor asfaltadas y los terrenos más abruptos del país. ¿Camiones con medidas especiales de seguridad? Un gasto inasumible ¿Conductores expertos y seguros de accidente? Demasiado caros. La empresa no lo duda: mejor que se encarguen esos tipos dispuestos a cualquier cosa con tal de largarse de aquel agujero. «Apuesto a que por echarle mano al dinero harían el recorrido a la pata coja con la carga al hombro. Además, ¿dejarán herederos si saltan por los aires? ¿Y qué sindicato vendrá a buscarnos las cosquillas en su nombre?».
Comienza entonces el viaje de cuatro hombres en pos de mucho más que mil dólares. Encerrados en su particular infierno, dos camiones que quizás les terminen sirviendo de féretro, recorrer 500 kilómetros sobre una carga de nitroglicerina se parece demasiado a una ruleta rusa en la que el miedo nunca dará tregua. Sobrevivir sin volverse loco quizás sea la única tarea imposible.
Georges Arnaud, autor de la obra, sabía bien de lo que hablaba cuando escribió esta novela corta que habría de inmortalizarlo. Encarcelado por parricidio, aunque absuelto año y medio después, fue escritor, periodista y un vagabundo más de los que describe en El salario del miedo, tratando de sobrevivir en la Hispanoamérica de mediados del siglo XX. Su retrato de la Crude and Oil Limited se revela tristemente actual en estos tiempos de capitalismo feroz, donde se busca la máxima rentabilidad sin importar los daños colaterales que se provoquen, por lo que la decisión de Contraseña de rescatar este clásico moderno de la literatura universal, en otra cuidada edición como las muchas a las que ya nos ha acostumbrado, resulta de lo más oportuna.
La versión cinematográfica que realizó Henri-Georges Clouzot en 1953, reconocida como mejor película por la Academia Británica de las Artes Cinematográficas, la Palma de Oro de Cannes y el Oso de Oro de Berlín, ponía el acento, precisamente, en los abusos de la empresa norteamericana cuyos intereses son el motor de esta historia, hasta el punto de que parte del metraje de la película fue censurada en su estreno en Estados Unidos. Una versión más moderna, rodada por William Friedkin en 1977, contaría con Paco Rabal en el papel de uno de los arriesgados conductores, si bien no conseguiría eclipsar el éxito de la adaptación francesa.

jueves, diciembre 01, 2011

Crímenes, Ferdinand von Schirach

Trad. Juan de Solá. Salamandra, Barcelona, 2011. 187 pp., 15,50 €.

Julián Díez

Confieso un cierto prejuicio contra casi cualquier manifestación artística arropada en la etiqueta “basada en hechos reales”. Cimentado no sólo en los inefables telefilmes de hora de la siesta que la utilizan como reclamo, sino también en una infancia en la que el relato de historias reales estaba ligado a El Caso, revista truculenta que a mis ojos de niño era símbolo del cutrerío más abyecto. Más tarde, Truman Capote o John Berendt erosionaron un tanto esta sensación, aunque tal vez por deformación profesional sigo dando más crédito a la crónica periodística que a la novelización.
Todo esto viene a cuento porque Crímenes supone una tercera vía: son relatos a cargo de un testigo directo de los hechos, no de un profesional de la narración, y sin vocación autobiográfica; no desdeñan una visión subjetiva y el empleo herramientas literarias para poner en antecedentes de la historia, pero la implicación del autor es sólo circunstancial en ella.
Von Schirach es abogado defensor, y llega como personaje a sus historias cuando los hechos se han consumado. En todos los casos, para dar la cara por alguien que, según nos ha explicado previamente, se ha visto abocado al crimen: sometido a circunstancias insoportables, necesitado de sobrevivir, empujado por el amor. Las historias posiblemente estén trucadas, como lo está el papel de Von Schirach como benévolo espectador que tiende una mano para conseguir que sus clientes salgan lo mejor librados posibles. Pero la ternura con la que cuenta cada caso parece sentida, transmite verosimilitud, y consigue poner por completo al lector de su lado.
El primer relato, “Fahner”, resulta modélico al respecto, con la breve pero contundente descripción de la progresiva podredumbre de un amor para terminar en asesinato. “Summertime” o “El etíope”, dos de los relatos más largos e intensos, hablan del papel de la multiculturalidad en la sociedad alemana, con un aire fatalista que desemboca en la esperanza. También alguno de los relatos se queda en una descripción truculenta que no por real consigue sorprender a estas alturas, caso de “Verde” o “Amor”.
Para el lector encallecido de relatos policiacos, Crímenes tiene, además de su aire de verosimilitud y su estilo minimalista, expresivo con una economía absoluta de artificios, el aliciente de la descripción de los procesos judiciales alemanes, bastante distintos a los peliculeros estadounidenses pero también con matices respecto a los procedimientos españoles. Con todo, el entusiasmo con el que el libro parece haber sido recibido en su país de origen debe atemperarse a la espera de que Von Schirach sea capaz de trasladar este tipo de esquema y de estilo a más libros.

miércoles, noviembre 30, 2011

Telón de fondo, Marcos Ordóñez

El Aleph, Barcelona, 2011. 189 pp. 15 €

Juan Pablo Heras

No es rara la figura del creador que también se dedica a la crítica. Tampoco es sorprendente que un escritor compense la precariedad de los ingresos que obtiene de la venta de libros con la práctica más o menos frecuente de alguna forma más blanda u honda de reseñismo, valga el palabro, en diarios o suplementos culturales. Pero lo que resulta más refrescante, de puro insólito, es que ese creador explique con toda naturalidad cómo surgió su vocación de crítico desde la más tierna infancia. Y no como una confesión bisbiseada a media luz (“Sssh…, no se lo digas a nadie, pero a mí me gusta el trabajo que me da de comer…”), sino como una declaración de amor. Es casi un tópico obligado entre los escritores iniciar sus memorias con un entrañable capítulo en el que se recrean a sí mismos como tiernos infantes que juntan sus primeras letras y descubren el poder de la palabra. Y eso les concede cierta aura de santidad, porque un niño que escribe sus primeros versos es algo perfectamente serio. Pero un niño que escribe críticas teatrales para periódicos imaginarios resulta, no sé, un poco… raro. Y así se presenta Marcos Ordóñez en las primeras páginas de este libro. Y lo mejor de todo es que es tan consciente de lo excéntrica que parece su infancia que se decide a explotar su singularidad con el habitual sentido de la realidad (es decir, del humor) que le caracteriza.
En los primeros capítulos de Telón de fondo Ordóñez recrea, a golpe de párrafos breves medidos como con diapasón, el teatro de su infancia y primera juventud, en la Barcelona de los sesenta y setenta. Y lo hace desde un equilibrio impecable entre nostalgia y distancia, para devolverle al pasado el calor de lo entrañable con cuidado de que no se carbonice en la piedra de los mitos. El parentesco de estas páginas con su novela Comedia con fantasmas es evidente. Pero Telón de fondo no es un libro de memorias, o lo es sólo en la medida en que la crítica pueda entenderse como “una de las formas modernas de la autobiografía”, como dice citando a Ricardo Piglia. En otras palabras, que Ordóñez se despliega a sí mismo a lo largo de este ensayo enfocando su mirada sobre las múltiples facetas del poliedro teatral, con el respaldo de todas las referencias que han ido formándole a lo largo de los años. Ordóñez atesora un patrimonio de conocimientos que quiere compartir con nosotros. Y su capacidad para la síntesis le permite reunir varios libros en uno.
Uno de ellos consiste en una breve pero completísima historia de lo que ha sido el teatro español en los últimos cincuenta años. La lectura que hace de este periodo, en particular de los cambios en las formas de producción y financiación que han condicionado nuestra escena, llega hasta el extremo mismo en el que “escribe estas líneas”, en diciembre de 2010, con la certeza de que se está terminando una etapa y el futuro se ha vuelto invisible. Es una visión personal, claro está, pero valiosísima por su sensatez y porque está despejada de los habituales apriorismos ideológicos desde los que se suelen acometer este tipo de análisis, sobre todo si se habla de la sangrante dicotomía entre la iniciativa pública y la privada.
Otro de los libros vendría a ser una galería de retratos en los que repasa las distintas figuras profesionales que componen el mundillo teatral: actores, directores, autores, escenógrafos, productores, etc. En su mirada se percibe verdadero amor por estos oficios, aunque sólo sea por la ira que destila cuando describe los mil modos en los que estas funciones tienden a falsearse en honor del propio ego o de la gloria exprés.
Pero el libro que subyace a lo largo de todas las páginas de Telón de fondo, de un modo tan disimulado que a veces parece inconsciente, tiene que ver con el ejercicio en sí de la crítica de teatro. Ordóñez arrastra tras de sí tantos años de oficio que casi sin querer va dejando notas magistrales. En ocasiones, asoman una primera y una segunda persona insospechadas que dejan leer este libro como si se tratara de una especie de Cartas a un joven crítico teatral, aunque con un sentido del humor que le salva de competir con esos pelmazos que imitan a Rilke. Y por eso uno no puede dejar de reírse cuando lee comentarios que son guiños a otros críticos, pero también amables reproches a los que alguna vez hemos estado en un escenario. Por ejemplo, una verdad incontestable: el mejor día para que venga el crítico siempre es ayer.

Telón de fondo provocará deliciosas cosquillas en el profesional del teatro, que verá por fin todo lo que siempre había sospechado escrito negro sobre blanco. Y abrirá las puertas de un mundo mágico al que sólo se había asomado desde fuera. En cualquier caso, vale la pena. ¿Qué digo? ¿Pena? No, mejor dicho: vale por unos buenos ratos de placer.

martes, noviembre 29, 2011

Ejército enemigo, Alberto Olmos

Mondadori, Barcelona, 2011. 288 pp. 19,90 €

Miguel Baquero

A veces conviene recordar lo obvio. Y lo obvio en literatura es que el autor y su personaje no son el mismo individuo. Sobre todo en una novela escrita en primera persona; en esos casos, el escritor ha de introducirse en la piel del protagonista, que es quien narra, desde la primera hasta la última página y cumplir en todo momento con su caracterización. Ya sé que esto es muy obvio, ofensivamente básico, pero a veces conviene recordar lo que se da por supuesto.
Ejército enemigo es la última novela de Alberto Olmos (Segovia, 1975), un autor famoso por novelas como Trenes hacia Tokio o Tatami, obras en las que jugueteaba con el rol de narrador-personaje. Una tesitura que le dio, en aquellas novelas, excelentes resultados, y que aquí nuevamente vuelve a adoptar. En este caso, su encarnación se llama Santiago y es un tipo en torno a los treinta años que acaba de vivir la muerte por asesinato de un amigo; un amigo o parecido, porque tampoco tenía mucha intimidad con el difunto, más allá de discusiones oportunas sobre cuestiones políticas. Santiago, el personaje, es un publicista bastante cínico y desencantado, cruel a menudo con quienes le rodean, machista e incipientemente misántropo; un tipo que cuenta con opiniones propias (y no hace falta decir que radicalmente en desacuerdo con lo establecido). A la muerte de su amigo, Santiago recibe como último legado la contraseña para acceder al ordenador del fallecido, una herencia inesperada que le permitirá rastrear en sus cuentas en busca de un detalle que explique lo aparentemente absurdo de su asesinato.
El argumento, como puede verse, parte de una situación con enormes posibilidades, muestra de cómo los tiempos actuales y las tecnologías más novedosas ofrecen una base fresca y por descubrir para la construcción de situaciones novelísticas. Alberto Olmos se dedica a recorrer un sendero casi al azar en esa reciente tierra virgen, pero no tanto con la intención de abrir una nueva ruta, sino con el propósito de ir reflexionando sobre algunos aspectos de gran interés que ofrecen los tiempos modernos. Nuevos objetos como Internet y las relaciones personales que se crean (o se destruyen) a su alrededor; clásicos como la publicidad, remozada para adaptarse a nuestros días; y el afán por descubrir de qué manera actúan sobre nosotros los elementos de poder. El mensaje que lanza la novela de Olmos es que, hoy por hoy, ese sentimiento rebelde y transgresor propio de la juventud y de los desencantados, ese sentimiento que parece haber tomado forma en las diversas oenegés y en las actitudes solidarias, tras la oportuna maceración y depuración de excesos, es quizás el instrumento más poderoso con que cuenta el poder para mantenernos atados.
En Ejército enemigo se lanzan muchas frases rompedores, políticamente incorrectas, lo que siempre es de agradecer, sorprendentemente bruscas. Frases que nos mueven a recapacitar sobre nuestro entorno, y es indudable que Olmos ha utilizado a su personaje-narrador (cínico, irónico, misántropo en ciernes, ya se dijo) como vehículo a través del cual lanzar esas ideas que, de otro modo, serían difíciles de encajar en una novela al uso y en un personaje neutro. Pero es evidente que Olmos, para hacerlo creíble, ha tenido que rodear a ese personaje de un maquillaje de odio y desprecio hacia los demás, chulería y malos modos que forman solo parte del atrezzo. Ya sé que es fácil de suponer, pero conviene recordarlo. Y digo que conviene recordarlo porque tengo la sospecha de que las críticas que puedan caer sobre este libro vendrán, muchas de ellas, provocadas por una lectura al pie de la letra en que se confunda protagonista, y sus comportamientos a veces abominables, con autor. Críticas más allá de lo literario.
Ateniéndonos a esto, a lo literario, debo reseñar que el libro tiene un pensamiento de gran solvencia, extraordinaria fuerza, autenticidad y agresividad de ley, y ello disculpa algunos errores oportunos como, por ejemplo, la algo liosa resolución del misterio que se ha usado como macguffin de la novela. El envoltorio, quizás, presente algún defecto, pero el interior es realmente de calidad.

lunes, noviembre 28, 2011

El gran juego, Leticia Sánchez Ruiz

Premio Ateneo Joven de Sevilla 2011. Algaida, Sevilla, 2011. 416 pp. 20 €

Luis García

El gran juego, la ultima novela ganadora del Premio Ateneo Joven de Sevilla 2011, es una novela diferente a cuantas se han escrito hasta la fecha, algo que supongo ya le habrán dicho en mas de una ocasión a su autora, Leticia Sánchez Ruiz.
Es una novela de aventuras, con innumerables guiños literarios, como su antecesora, Los libros luciérnaga, a veces juvenil, a veces onírica, en la que Cucurucho es el personaje central. Una niña de diez años con la que rápidamente el lector entablará una cariñosa empatía como en su día pudiera haber mantenido con otros personajes mágicos de la literatura: Alicia de Lewis Carrol por ejemplo.
Y es que Cucurucho, la niña protagonista, a la sazón una niña sin nombre, es el apelativo cariñoso que un día le pusiera el misterioso Jorge Perotti, podríamos decir que su único amigo en el bar que regentan sus padres en la calle de la Luna. Y allí, entre las patas de las mesas de madera, entre el resto de los parroquianos, boticarios, periodistas, abogados y notarios, la amistad se tornará en familiaridad, hasta el punto que al morir el viejo Perotti, éste le hará entrega a la niña de un último e íntimo secreto y legado: El gran juego.
Y de eso trata la novela. De la búsqueda, incansable y desesperada de El Gran Juego. Una búsqueda a la que se lanzará junto a su hermano Cosme por bifurcaciones y entresijos en los que se encontrará con personajes tan enigmáticos como Tilda, la escritora de diccionarios, por ejemplo.
Un juego y un enigma que se mantiene como no podía ser de otro modo hasta las últimas páginas en donde la novela se cierra de una manera tierna y brutal a la vez dando comienzo a un nuevo juego. Pero éste  tendrán que descubrirlo los lectores.
No cabe duda que estamos ante una joven autora que dará que hablar en el futuro. Tomen buena nota de ella.