viernes, noviembre 11, 2011

Carmela y su duende, Gustavo Martín Garzo

Oxford University Press, Madrid, 2011. 54 pp. 7,90 €

José Manuel de la Huerga

Cuando un cuento publicado en una colección de literatura infantil toca, aunque sea levemente, el corazón de un lector de cualquier edad, quizás nos encontremos ante un milagro literario. Todos sabemos que no es habitual que un buen escritor de adultos sea capaz de adentrarse en el imaginario infantil y salga no sólo sin rasguños de la aventura, sino con los bolsillos cargados de esencias para próximos recorridos. Aún diría más, probablemente Garzo sea uno de los pocos escritores de adultos, en el panorama actual de la literatura española, que disfrute con estas incursiones en ese terreno de arenas movedizas. Una de las razones del secreto de este éxito es la coherencia: Gustavo Martín Garzo escribe exactamente igual para adultos que para niños. Sabe que su literatura mana de la fuente de nuestras hermosas contradicciones, del amor escurridizo, de ese algo maravilloso e intangible que intenta hacerse un hueco en la cotidianeidad ramplona de los seres humanos. Y está empeñado en difundir ese núcleo de calor que nos redime de nuestra condición egoísta y oscura: lo único que Garzo necesita es un lector que se deje engatusar, no importa su edad.
Carmela y su duende está escrito desde el centro de esa poética de Martín Garzo: Carmela es una niña que tiene un duende en su vida. Se hace mayor y olvida a ese duende de la imaginación, pero sin quererlo encuentra un sustituto, la lectura: «Cuando leemos volvemos a tener el mismo corazón que tuvimos de niños.»
Lo que me ha resultado más sorprendente es que el autor arriesga en un cuento para niños mensajes verdaderamente duros de la experiencia humana. Resulta especialmente emocionante el tratamiento que se hace de la muerte, asunto auténticamente singular y novedoso en un libro para pequeños lectores: la protagonista muere y el narrador no nos viene con milongas religiosas o afines: «Y cuando se murió todos se pusieron muy tristes… Nadie sabe a dónde se van las personas que se mueren… Pero tampoco se sabe lo que es el amor y no por eso dejamos de buscarlo.» La verdad que emana de estas palabras es consuelo que parece dicho a cada lector al oído.
La levedad de la narrativa de Gustavo M. Garzo se ve acompañada por un excelente trabajo de Beatriz Martín Vidal. Cumplen las ilustraciones con ese tópico que tantas veces se escribe pero que muy pocas veces se ve: los dibujos aportan información (son necesarios) y dialogan con el texto escrito. Un ejemplo: es singularmente hermoso el dibujo relacionado con la muerte de la protagonista, de cuya cabeza que parece dormida se levanta una bandada de pájaros…
El libro es una pequeña obra de arte que no debería pasar desapercibida como obra menor de Garzo, cajón donde la crítica descuidada suele meter lo que la incomoda. Carmela y su duende sin duda emocionará al adulto que acompañe al niño en la lectura. Porque «un cuento es una casita de palabras que nos ofrece cobijo cuando estamos solos».

jueves, noviembre 10, 2011

Rusia imaginada. Diez viajes por el paisaje ruso, VV.AA.

Ed. Care Santos. Nevsky Prospects, Madrid, 2011. 314 pp. 22 €

Ignacio Sanz

Rusia no se acaba nunca. La estela que dejan sus poetas y novelistas se prolonga en la cabeza del lector y le crean un universo de estepas y tundras, de sufrimientos y humillaciones, de revoluciones y zares. Excesos. Cuanto frío y cuantas calamidades hemos sufrido al lado de los grandes narradores rusos que han fecundado la literatura universal.
Care Santos dejó hace años constancia de la fascinación que le despierta la literatura rusa a través de su magnífica novela El anillo de Irina, homenaje cabal a los escritores de aquel vasto territorio sobre el que se han escrito historias que alcanzan la categoría de epopeyas. Care Santos ha sido la responsable de llevar adelante esta propuesta original que consiste en encargar a diez escritores con ciertas afinidades generacionales un relato que se desarrolla en una Rusia imaginada. Los escritores son Óscar Esquivias, Marta Sanz, Jon Bilbao, Verta Vias Mahou, Víctor Andresco, Esther García Llovet, Espido Freire, Daniel Sánchez Pardos, Pilar Adón, Marian Womack y, como propina, un cuento de la propia antóloga en el que toma como punto de partida el relato de los escritores invitados a este hermoso festín de la imaginación. Porque de eso se trata, de imaginar una historia en aquellos vastos escenarios.
Por supuesto, abunda la metaliteratura; era inevitable. Cuando estás enfermo de literatura, como es el caso de algunos de los escritores concurrentes, es fácil dejarse llevar por la admiración que despiertan los escritores y homenajearles directamente. Pero no siempre es así.
Aunque no sea más que superficialmente, me voy a permitir, dar unas pinceladas sobre cada uno de los relatos.
“El príncipe Hamlet de Mtsensk”, de Óscar Esquivias, el cuento que abre el libro está escrito como homenaje a la novela  Lady Macbeth en Mtsensk de Leskov, autor por el que Esquivias ha dejado constancia de su admiración. Se trata de un cuento costumbrista (costumbrista a la manera de Chéjov) de ambiente musical y tensión contenida, magníficamente resuelto.
En “Valentina Shulgin en el arroyo de Vyra” de Marta Sanz, el escritor convocado al homenaje es Nabókov, en concreto se centra en su libro Habla memoria, aunque, por extensión se alude a otros personajes creados por el autor. Destaca el estilo de Marta Sanz, un estilo elegante como un baile de sociedad, yo diría incluso que atirantado y, cómo no, aparecen algunas de las obsesiones y perversiones del gran Nabókov.
“Horror a bordo del Boris Butona” de Jon Bilbao es un cuento horroroso, sí, un cuento horroroso porque habla con maestría y contención del horror, de la miseria, de los celos, de la angustia. Ambientado en Murmansk, ciudad naval en la que se desguazan los grandes barcos del imperio, se convocan aquí a unos seres humanos humillados por una naturaleza despiadada, sometidos a situaciones extremas. Magnífico.
“El soldado ruso”, de Berta Vias Mahou es un hermoso cuento alegórico en el que se retrata la capacidad de sufrimiento del pueblo ruso y de cómo ése sufrimiento se sublima hacia el arte.
“Primavera en Vitebsk” de Víctor Andresco recrea la historia de dos amores o de cómo se camufla una personalidad a consecuencia de los conflictos que sacuden el mundo. Un hermoso homenaje a tantas personas arrancadas de su tierra.
“El hijo secreto de Yuri Gagarin” de Esther García Llovet se trata de un viaje alucinado por una Rusia de ensueño escrito con un ritmo vertiginoso.
“Camarada” de Espido Freire, cuenta a ráfagas, a través de una criada, los últimos días de la familia del zar. Un relato melancólico en el que se pone de manifiesto la grandeza y la paciencia del sufriente pueblo ruso.
“Los siluros de Prípiat”, de Daniel Sánchez Pardos es un cuento de imaginación desbordada, protagonizado por dos hermanos españoles a los que el destino une con un personaje extravagante de origen ruso. Vemos a los tres personajes haciendo una excursión a la ciudad fantasmal de Prípiat, muy cercana a Chernóbil, con el propósito de pescar siluros, el pez que sobrevive y engorda en medio de la contaminación general.
“Un mundo muy pequeño” de Pilar Adón, es un homenaje velado a Tolstoi. Refleja la vida de un falansterio, una vuelta a los orígenes donde se plasma la dificultad de convivir con una naturaleza salvaje que impone sus reglas a menudo crueles.
En “Matrioska” de Marian Womack, la narradora se mete en la piel de una de esas muchachas chechenias, una adolescente que, sometida a una presión brutal, es capaz de inmolarse en el metro de Moscú para causar daño al enemigo.
“9.288 (Epílogo)” de Care Santos. El título alude a los kilómetros que recorre El Transiberiano, el tren más literario del mundo. La antóloga lo escribe tras recibir los cuentos precedentes a los que alude, de tal manera que de nuevo la metaliteratura campa a sus anchas. «Rusia, todos los lectores lo sabemos, es el lugar donde las cosas más extrañas ocurren sin cesar», escribe Care Santos. Y sí, el viaje de Care Santos hasta Vladivostok es una de esas ensoñaciones por la estepa que tantas veces hemos interiorizado como lectores, por lo tanto un viaje a un lejano país que, sin embargo, nos resulta familiar.
La literatura alimenta las pasiones literarias. He aquí a once autores, once miradas, once homenajes a una tierra pródiga que ha dado algunas de las obras más conmovedoras y que ahora ve como le retoñan hijatos nuevos crecidos bajo el auspicio fecundo de su sombra. Los rusófilos no deberían perdérsela y los que todavía no lo son, ¿a qué esperan?

miércoles, noviembre 09, 2011

Mooch, Dan Fante

Trad. Claudio Molinari Dassatti. Sajalín Editores, Barcelona, 2011. 217 pp. 17 €

Santiago Pajares

La segunda acepción de Mooch es andar despacio, aparentemente sin rumbo. Es lo que hacen lo que no tienen nada que hacer o aquellos que no tienen demasiado en qué pensar. Dan Fante es hijo de un escritor que me encanta, John Fante, cuya primera novela, Pregúntale al polvo me marcó mucho. Debe ser duro vivir (y escribir) a la sombra de algo así, pero parece ser que el hijo nunca lo ha rehuido, nunca ha querido despegarse de esas sombra que a tantos escritores hijos de escritores les produce tanto frío. Y es que a Dan Fante se le nota orgulloso de quién fue su padre, y lo demuestra en este libro.
Existe algo que me gusta llamar “Literatura del perdedor” (La corriente oficial se llama realismo sucio), y es una literatura que siempre me ha encantado. La tenía Bukowski, la tenía Borroughs, la tenía John Fante y ahora la tiene su hijo, Dan. En estos libros, generalmente de tintes autobiográficos, el protagonista es un perdedor nato que recorre (o Moochea) las calles de alguna ciudad americana borracho y preguntándose qué va a ser de su vida, cómo va a conseguir dinero para beber y pagar el alquiler. Aunque pueda parecer un poco deprimente no es así, porque cuando en tu propia vida las llamadas no llegan, los mails no entran y tu futuro parece incierto, reconforta leer a alguien que está en una situación mucho peor que la tuya y sobrevive. Lo malo de este tipo de literatura es que no es muy abundante, así que tenía que guardarme esos libros de Bukowski para momentos especiales. Me alegra mucho saber que ahora hay alguien escribiendo material nuevo para salvarnos de nuestros malos momentos. En cierto modo, ya es una tradición familiar.
Y es que no podemos hablar de Dan Fante sin hablar de su padre, y no podemos hablar de su padre sin hablar de Bukowski, porque todos están íntimamente ligados. Como cuenta el propio Bukowski en el prólogo de Pregúntale al polvo, había pocos libros que tuvieran que ver con él, con las calles y las personas que le rodeaban. Pocos podían hablar de la desesperación con conciencia de ello, con una experiencia propia y brutal. Cuando, tras abandonar cientos de libros en la biblioteca, Charles Bukowski comenzó a leer Pregúntale al polvo, supo que estaba ante uno de esos libros que, de una forma mágica, se saltan los años para que el lector y el escritor hablen de tú a tú. Una charla privada con las hojas como escenario. Fue el propio Bukowski quien convenció años después a su editor, John Martin, para que relanzaran los libros de Fante, libros que habían sustentado su propia literatura. Y es que cuando has leído muchos libros de Bukowski y de pronto lees uno de John Fante, lo entiendes, y reconoces en esos dos escritores de Los Ángeles, unidos por la miseria y el alcohol, a dos hermanos. Y el hijo de John Fante, Dan Fante, bebe de esas mismas fuentes, de esas mismas calles y de esos mismos personajes para escribir sus libros. Mooch es una versión actualizada de todo ello, una revisión de la desesperación cotidiana que nunca pasa de moda.
Mooch es un libro corto (217 páginas) y muy agradecido. Una de esas historias de pocos personajes que consiguen mantener el interés durante toda su extensión. En una época de larguísimos dramas históricos y thrillers con sectas que recorren milenios, es algo muy de agradecer. El protagonista y alter ego del autor, Bruno Dante (como Arturo Bandini fue alter ego de su padre John), recorre las calles de Los Ángeles buscando estabilizar su futuro. Residente en una casa de acogida para ex alcohólicos y recién despedido de su trabajo de vendedor de aspiradoras puerta a puerta, encuentra una nueva oportunidad como vendedor telefónico de repuestos de oficina en una gran empresa liderada por un hombre, también ex alcohólico, dispuesto a salvar a todos de sí mismos y darles una nueva oportunidad. Allí conoce a Jimmi, una ex adicta al crack de la que se enamora perdidamente de una forma como sólo un borracho se puede enamorar, con verdadera adicción.
Mooch es un gran libro, una revisión de ese realismo sucio (o literatura del perdedor) que tanto hemos leído. Pero es algo más, es un poco de esperanza para todos. Porque si Bruno Dante puede cargar todo eso sobre sus hombros y sobrevivir, quizá nosotros también podamos. En resumen, Mooch, de Dan Fante es un libro de quién John Fante y Charles Bukowski se hubieran sentido orgullosos.

martes, noviembre 08, 2011

La senda trazada, Pedro de Paz

XX Premio de Novela Luis Berenguer. Algaida, Sevilla, 2011. 358 pp. 20 €

Pedro M. Domene

La novela o el relato de intriga, caracterizada por la intensidad o el suspense, está de moda, y si además se ejecuta con una trepidante trama capaz de envolver al lector, se adereza con tintes de esoterismo y oscurantismo o se remata con ciertos aires de utópica fantasía para cubrir nuestra tediosa vida cosmopolita, la meta habrá sido alcanzada por su autor. Solo entonces tendremos asegurado: mucha intriga, enigmas sin resolver, destinos inciertos y, sobre todo, la fuerza de un auténtico personaje que, a medida que avanza el relato, se autodestruye en mitad de un mundo que se derrumba a su alrededor por momentos. Pero, como en este caso, se trata de un antihéroe que callejea, sobrepasa las normas de la ética profesional, persigue a sus presas, hurga en el subsuelo, lleva una vida disipada y, en ocasiones para olvidar, se emborracha. Mucho de esto, y algo más, contiene la nueva novela de Pedro de Paz (Madrid, 1969), notario atento a la actualidad desde sus comienzos literarios, que combina en sus temas dos de sus grandes pasiones, el mundo de la informática en sus más variadas acepciones, y una visión crítica, tan ácida como aguda, de una cotidianidad urbana en la que sobrevive y que, de su mano, se convierte en material de buena ficción, como ya ocurriera en dos de sus anteriores entregas, Muñecas tras el cristal (2004), cuando un informático rastrea la red en busca de una mujer que conoció años atrás y vive en la actualidad inmersa en el mundo de la pornografía, y El documento Saldaña (2009), relato de un buscavidas que se sumerge en el pasado para vivir auténticas aventuras que incluyen asesinatos, mafias y extraños códigos, ambas novelas con una asombrosa capacidad para arrastrar al lector a una lectura continuada, habilidad que ahora redondea con La senda trazada (2011), una historia frenética, contada con esa eficacia que se traduce en una vertiginosa sucesión de imágenes casi cinematográficas. Sobre todo cuando su protagonista, Alfonso Heredia, se sumerge, sin apenas darse cuenta, en el laberíntico mundo de lo oculto, de lo enigmático tras comprar un misterioso volumen, casi de bibliófilo, en una no menos extraña librería de viejo por la ridícula cantidad de diez euros, último recurso sacado de su bolsillo, y sin saber que tal vez las páginas manuscritas de aquel libro modificarían el futuro del resto de su vida.
La novela de Pedro de Paz es algo más que una trepidante historia porque al hilo de su desbordada intensidad por desenredar el misterio que atormenta al fotógrafo free-lance cuya vida personal y profesional ha dado un giro de 360 grados, se enfrenta en su incertidumbre a una investigación de sorprendente final. La senda trazada es una novela de perdedores, de ambiciosos, con una atmósfera opresiva, y en ocasiones de desamor porque al protagonista su chica lo ha abandonado, no consigue vender ninguna foto decente, debe varios meses del alquiler, subsiste económicamente acosta de usureros que reclaman sus préstamos, incluso su mejor amigo lo ha traicionado. Su situación es tan desesperada que alimenta su espíritu con un sentimiento de derrota continuo hasta que el misterioso libro, un enigma por resolver, le ofrece las innumerables posibilidades personales y profesionales que antes no tenía. La suya entonces será una constante búsqueda de los mensajes crípticos que encierra el volumen, en realidad, una sucesión de sentencias, que corresponden al fatídico futuro de conocidos personajes de actualidad, pero que Alfonso no logra descifrar, sin embargo ocurren, y derivan en una catastrófica realidad que a todas luces parece escrita. Hechos que, además, arrastran al protagonista a justificar la naturaleza humana en algunas de sus más mediocres actuaciones, incluida una ruinosa actitud, la suya propia, ante semejante pesadilla de la que no consigue despertar.

lunes, noviembre 07, 2011

Luz de noviembre, por la tarde, Eduardo Laporte

Demipage, Madrid, 2011. 183 pp. 15 €

Elvira Navarro

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en 2008 Postales del náufrago digital (ed. Prames), libro que reunía algunos de los post que el autor sacaba en su ya exblog El náufrago digital, y que mostraban unas buenas dotes para componer postales en su mayor parte urbanas. No en vano, Laporte se presentaba como flâneur, y su escritura era, en el tono y en el ritmo, coherente con la actitud y las vueltas del que pasea, un poco perdido (náufrago), por la ciudad y por la vida con una voluntad nada sentenciosa de esclarecer y esclarecerse. Exhibían también las postales un afán de compartir, lo que se traducía en una voz empática y en un afán de entretener en el buen sentido, que no es el del mero pasar el rato, sino el de pararse y examinar las cosas desde la curiosidad y el juego.
Luz de noviembre, por la tarde, libro que publica Demipage, supone el estreno de Eduardo Laporte como escritor que escribe para el papel. Aunque sea su segunda obra, en sendos prólogos se nos dice que los textos comienzan a escribirse en 2005, lo que tal vez explique ciertos paralelismos. Así, si las postales lo son de un náufrago, a lo que arribamos con Luz de noviembre, por la tarde es a un naufragio en toda regla, pues el libro cuenta la muerte de los padres del autor (ambos enfermaron de cáncer) en un intervalo de pocos meses. Más centrado en el padre que en la madre, no es éste un libro de ajustar cuentas, ni tampoco de hacer balance de lo acontecido, sino de acudir a ese momento a partir del cual todo se desintegra para, tal vez, encontrar algún tipo de sentido en dicha recreación. La narración se estructura en torno a ese acontecimiento sin atisbo de fiesta que es la enfermedad mortal, al que se vuelve sin cesar, y donde lo más poderoso es un sentimiento de pasmo, de extrañeza, de incomprensión no porque el narrador rechace lo ocurrido, sino porque sus leyes resultan ininteligibles.
Que en literatura el tema también importa se nota siempre en libros como éste, donde la sola descripción del padre enflaquecido y sin fuerzas para mantenerse en pie capta la atención del lector. Sin embargo, aunque el tema y sus motivos subyuguen, Laporte no se olvida de practicar una escritura que se quiere consciente de su manufactura, lo que se traduce en un gusto por el casticismo que hace pensar en influencias ibéricas (Miguel Sánchez-Ostiz es reivindicado como maestro y padrino). El libro comienza con vacilación, y es ahí donde la palabra se pretende más literaria y el escritor quiere demostrarnos que lo es. Luego, olvidado de sí mismo y centrado en lo que, al menos a mí como lectora, me interesa (a saber: la indagación en la catástrofe familiar), el narrador se hace fuerte y nos gana, y asistimos sobrecogidos al cataclismo. Aunque de timbre íntimo, sobre todo hacia el final, y con una cadencia que recuerda al declive de esa lenta luz de noviembre vespertina a la que se apela en el título, el libro tiene en todo momento en cuenta al lector, lo que significa que no se ensimisma (no menciono esto como elemento valorativo, sino descriptivo). Se pasa sobre las escenas con ligereza, sabiendo que alguien puede cansarse de observar una misma estancia, lo que tal vez se explica porque, aunque apoyada en la memoria, Luz de noviembre, por la tarde no acaba de abandonar un código que parece bascular entre la crónica, el artículo periodístico de autor o esos diarios en los que se reproducen, modifican e incluso se imaginan conversaciones con interlocutores “reales” (es decir, reales en lo que pueda tener de real fabular con alguien de carne y hueso).
Luz de noviembre, por la tarde es, a mi juicio, un buen debut, o un buen segundo libro (no sé si Laporte considerará esta obra como su estreno), que toca con honestidad y saber hacer el que seguramente sea el tema más universal, y que logra producir una emoción contenida.