viernes, octubre 07, 2011

Severina, Rodrigo Rey Rosa

Alfaguara, Madrid, 2011. 112 pp. 16 €

Miguel Baquero

Una joven entra en una librería y, con el mayor disimulo posible —pero sin escapar, sin embargo, a los ojos del dueño— roba un par de libros. Al cabo de unos días vuelve a aparecer y asimismo consigue “levantar” cinco o seis libros sin que suenen las alarmas, ante la mirada perpleja del librero, que no se atreve a intervenir un tanto paralizado por la juventud y belleza de la chica…
Así, de este modo tan sencillo, está planteada Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa. Un relato de apenas cien páginas ambientado en el mundo de los libros y en el extraño hechizo que una desconocida puede ejercer sobre nosotros. Ese hechizo femenino y eterno que parece cosa de leyenda, algo ajeno a los mecanismos rutinarios, pero que, sin embargo, en cualquier momento, puede aparecerse ante nosotros y complicarnos la vida de una manera que ni habíamos sospechado, quizás mediante un gesto tan sencillo como hurtar un libro de una librería.
Severina es un relato de dudas; nadie parece ser lo que aparente, no se alcanza a comprender en un principio el parentesco o la relación que une a unas personas con otras, o la naturaleza de sus intercambios comerciales… y en último caso son cuestiones que, muchas de ellas, quedaran sin resolver, o quedaran resueltas de un modo que hace sospechar que podrían ser de otra forma, que quizás la explicación dada sea falsa. La novela de Rodrigo Rey Rosa se mueve en ese terreno de las apariencias; no es una novela rotunda que presente la realidad de una forma unívoca y llegue a una conclusión inamovible, sino que —en un acertado concepto de la literatura— nos presenta una visión de los hechos que podría ser la correcta… o tal vez no. Es más, probablemente no, pero el autor no pretende tanto resolver un misterio o solucionar una situación como introducirnos en una duda, como hacernos vivir y respirar la desconfianza y perplejidad del protagonista.
Y al fondo de todo ello, como fondo sobre el que se desarrolla —o sería mejor decir: se desliza— la acción, está el mundo de las librerías, la magia que producen los libros o la pasión que puede suscitar el encontrarse con un ejemplar único o tener entre los dedos un tesoro bibliográfico. En gran medida, Severina es un homenaje de Rodrigo Rey Rosa a esa armazón de palabras sobre la que puede construirse un mundo; un mundo que nada o muy poco tiene que ver con la realidad, es cierto, que se trata tan solo de un reflejo de ella, pero que aún así es también un mundo hermoso y habitable.

jueves, octubre 06, 2011

Nada hay donde la palabra quiebra, Stefan George

Ed. y Trad. Carmen Gómez García. Trotta, Madrid, 2011. 240 pp. 16 €

José Luis Gómez Toré

A pesar de la casi absoluta falta de traducciones en español, el poeta alemán Stefan George (1868-1933) es uno de los nombres fundamentales de la lírica centroeuropea, cuya influencia se dejó sentir en escritores de la talla de Hugo von Hoffmansthal y Rainer María Rilke. Su huella llega incluso hasta el joven Paul Celan, por más que a la postre la deriva de este último supone un cuestionamiento profundo del esteticismo fin-de-siècle, en cuya estela se mueve George. Se trata de una influencia que, en muchos casos, no solo fue la de una obra sino también la de un personaje, que creó en torno a sí un famoso Círculo de admiradores y discípulos, que veían en las enseñanzas del maestro algo más que una estética. Alentaba en ellos la convicción de que en torno al poeta estaba resurgiendo esa “Alemania secreta” heredada del Romanticismo y del Idealismo que prometía una resurrección espiritual de la nación germana. El propio George alentó estas ideas, convencido de la necesidad de que el arte sustituyera a la religión y creador él mismo de una suerte de culto estético en torno a su adorado Maximin, muerto a temprana edad. Recogiendo la influencia de Hölderlin (de hecho, Hellingrath, figura clave en la recuperación del gran poeta, pertenecía al Círculo) y de Nietzsche, de quien hace una interpretación harto personal, George revela hasta qué punto el esteticismo fue, en sus figuras más relevantes, bastante más que pura ornamentación formal. George se mueve en esa extraña tensión, consubstancial a buena parte del arte moderno, entre la autonomía de la obra y su voluntad de convertirse en agente transformador de lo real. Si bien la ideología estética del poeta y buena parte de sus motivos e imágenes se enmarcan en la órbita del Simbolismo, hay que reconocer su capacidad para crear un lenguaje propio, con una decidida voluntad de extrañamiento frente a la lengua común (es de destacar la labor de la traductora, que se enfrenta a una obra tan difícil de verter en una lengua ajena, y a la que quizá quepa reprochar tan solo su empeño, comprensible por otra parte dada la importancia del procedimiento en George, en mantener la rima, que en ocasiones resulta forzada).
Uno de los méritos de esta antología es el haber optado por incluir no sólo composiciones poéticas, sino también textos en prosa (incluso algunos documentos de interés que ayudan a situar al autor en el contexto cultural, social e incluso político de su época). En sus declaraciones estéticas, George nos revela la aparente paradoja de un arte que no desdeña la etiqueta de formalista y que al mismo tiempo quiere ser un camino ascético de superación personal “pues arte no es dolor y no es voluptuosidad sino triunfo sobre el primero y transfiguración de la segunda”. Es muy posible que nos puedan parecer ingenuas algunas declaraciones y que acabemos por deplorar la deriva nacionalista y conservadora de un programa supuestamente apolítico, que no evitó la ambigüedad frente a la barbarie nazi (por más que dos de los hermanos Stauffenberg, pertenecientes al Círculo, participaran en uno de los más sonoros intentos de matar a Hitler). Con todo, lo cierto es que obras como la de George nos obligan a repensar cuánto de auténticamente humano se juega en aventuras tachadas apresuradamente de esteticismo decadente y cuánto de ese fecundo fin de siglo, puente entre dos épocas, sigue vivo en las preguntas de la lírica de nuestra época.

miércoles, octubre 05, 2011

Última isla, Lafcadio Hearn

Trad. Bernardo Moreno. Errata Naturae, Madrid, 2011. 160 pp. 16,50 €

Ángeles Prieto

Cuando en 1964, el director Masaki Kobayashi adaptó magistralmente cuatro historias de fantasmas japoneses del famoso Kwaidan, ganando con su película la Palma de Oro en el festival de Cannes, no podía imaginar que, con el éxito de su film, había devuelto a la literatura europea popular uno de sus vástagos más curiosos e interesantes, el grecoirlandés Lafcadio Hearn.
Autor de culto para tantos cuentistas adscritos al género fantástico, Lafcadio siempre fue un adelantado ético a su propia época, esa segunda mitad del siglo XIX colonialista y racista, pragmática y retórica, donde rompió no pocos moldes y tabúes estéticos, religiosos, sexuales y morales.
Y fue precisamente con esta novela, Última isla, publicada bajo el nombre de Chita. Memoria de la última isla, como inició su propia andadura literaria en 1887, con 37 años, luego de un largo aprendizaje como periodista, cronista de viajes y traductor de autores tan importantes como Maupassant o Flaubert. Carrera iniciada al norte de los Estados Unidos, donde se trasladaría con diecinueve años, tras abandonar fallidos estudios eclesiásticos en Irlanda. Allí conseguiría trabajo como articulista, empleo que perdería al poco tiempo y sin remedio tras sostener relaciones íntimas con Alethea Foley, una mulata, en aquellos tiempos en los que convivir con una mujer de color era motivo de gran escándalo. Mujer que le induciría a una intensa obsesión por el Sur, Nueva Orleáns y las Antillas, su extremoso clima, costumbres indolentes, cultura francesa, exotismo y vudú. Todo lo cual podemos ver reflejado en los magníficos ambientes recreados en esta obra, Ultima Isla.
El título hace referencia a un episodio real acaecido en agosto de 1856 por el que desapareció, tragada por las aguas, una isla situada en el Golfo de México, frente a las costas de la Luisiana, lugar de veraneo frecuentado por la burguesía adinerada. Y esta espléndida novela de Hearn, tomará como referente a una exquisita niña, Zouzoune, salvada milagrosamente y rescatada por un pobre pescador, Feliú, quien la acogerá y criará bajo el nombre de Conchita (Chita).
Aunque bien es verdad que estos personajes y su historia, eje de la novela, pasan pronto a segundo plano ante la fuerza y la garra que emplea Hearn para recrearnos magistralmente el ambiente sureño, verdadero protagonista del libro, con un lenguaje intensamente rico en adjetivos para recrear nuestros sentidos y en un tono verdaderamente apasionado, el mismo que guardaría y emplearía posteriormente en 1890, cuando viajó al Japón y allí conociera a otra mujer, Setsuko Koizumi, hija de samurais, quien le transmitiría toda la esencia del país nipón que ahora podemos disfrutar en sus obras Kwaidan o Kokoro.
Quien ya conozca las obras citadas, no podrá resistirse a Ultima Isla, esta magnífica transmisión del clima y espíritu criollo, y para aquéllos que no, la novela podrá insuflarles un entusiasmo idéntico al que ya sienten, los mejores cuentistas fantásticos españoles de la actualidad, por Lafcadio Hearn, clásico del que se manifiestan como reconocidos deudores.

martes, octubre 04, 2011

Crónicas de oreja de vaca, Andrea Jeftanovic, Juan Terranova y Giovanna Rivero

Prol. Juan Cruz. Bartleby Editores, Madrid, 2011. 197 pp. 16 €



David Vicente

Cuando me encargan realizar la crónica de este libro me hace una ilusión especial. Posteriormente cuando el cartero deposita en mi correo el paquete y comienzo a leerlo, pienso, según voy avanzando en las páginas del relato/diario de Andrea, si soy la persona más indicada para realizar una crítica mínimamente objetiva, deseable por parte de cualquiera que se preste a estos menesteres.
¿Cómo ser imparcial cuando uno lee amigos? ¿Cómo obviar que dos de los integrantes de este libro (Juan Terranova y Andrea Jeftanovic) fueron publicados por primera vez en nuestro país por el que suscribe, fascinado por su literatura? ¿Cómo eludir que uno habita desde niño la ciudad en la cual se ubican geográficamente las tres bitácoras? ¿Cómo pasar por alto que ese mismo año yo también fui parte activa de lo que se narra, que conocí a esos “Jóvenes Escritores en Residencia”, que alguno de ellos posteriormente compartió estancia en mi casa, con mi familia, y hoy presumo de su amistad y camaradería?
Bien, después de darle vueltas, llegué a la conclusión de que quizá sí, de que quizá por eso mismo yo estaba más capacitado que nadie para ponerme manos a la obra con esta reseña, para juzgar con objetividad los hechos y por qué no, su literatura, de la que soy más que conocedor.
Crónicas de oreja de vaca narra la experiencia en primera persona de tres de los integrantes del programa “Escritores en residencia” que cada año promueve la AECID y la Universidad de Alcalá de Henares con el objetivo de dar a conocer nuevas voces de la creación literaria iberoamericana.
Su visita se encuadra dentro del Festival de la Palabra que culmina con la entrega del Premio Cervantes. El año al que se alude, 2009, el galardonado fue Juan Marsé. Como trasfondo la ciudad de Cervantes, Madrid, actos más o menos literarios y una serie de personajes del mundillo.
Al margen de estos apuntes, digamos enciclopédicos y de situación, Crónicas de oreja de vaca refleja la visión de tres personas distintas (pero unidas por un mismo deseo, narrar a costa de cualquier cosa) de nuestro país, de nuestras costumbres, de nuestra manera de entender la literatura, de nuestra manera de relacionarnos, de nuestra visión de lo iberoamericano, de su visión de lo español… Además refleja, probablemente sin ellos pretenderlo (sin duda la única manera posible de encontrar la coherencia), sus miedos, sus incertidumbres, sus deseos. ¿Por qué ser escritor? ¿Para qué la literatura? ¿Qué espera uno de los viajes? ¿Por qué los sinsentidos de ciertas cosas? ¿Cuándo revelarse? ¿Contra qué? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo es oportuno? ¿Cuándo uno es un cobarde? ¿Hasta qué punto la existencia de uno no es tan vulgar como la de cualquiera? ¿Hasta qué punto la propia vida no es vulgar en sí misma?
El primer relato, el de la chilena Andrea Jeftanovic, se construye a base de elipses, temporales y geográficas. Ella misma lo divide en varias de ellas (Elipses de personas, Elipses de mesas redondas, Elipses de museos, Elipses de teatros…). No es algo falso ni forzado. Están presentes en toda la obra narrativa de Andrea. Intuyo que también en su propia vida. Andrea necesita un lugar que abandonar para volver a retornar y, quizá volver a huir de él. Un tiempo que dejar de lado y posteriormente recuperar. Comparar que hizo el paso del tiempo con todo eso, con ella misma y con los que la rodeaban y la rodean.
Andrea necesita espejos donde mirarse. De algún modo una referencia que no la haga sentirse intrusa, desubicada. También creer que las cosas no suceden por casualidad, que de algún modo hay algo que te obliga a cerrar el círculo, la elipse en este caso.
La literatura de Andrea es sensible, que no sensiblera, empática con el lector, cercana, amable. Aunque no por ello menos reivindicativa. Lo es y mucho. Andrea reivindica hasta la extenuación el papel de la mujer en el mundo, entre otras muchas cosas. Se reivindica así misma y con ello nos reivindica un poco a todos nosotros.
El segundo texto, el de la boliviana Giovanna Rivero, es el más ficcionado. Lo que no significa exactamente el menos real. La ficción a veces se muestra mucho más real que la propia realidad. A fin de cuentas la ficción pertenece a uno mismo, la realidad le es ajena.
Giovanna transforma su estancia en un thriller, con ella como protagonista central, en el que se nos muestra a una mujer asustada, escéptica ante ella misma y ante el mundo, inestable emocionalmente, sensual y sexual. En ocasiones desubicada por encontrarse fuera de su territorio y en ocasiones feliz, como si se estuviese viviendo un viaje iniciático.
En el tercer y último texto, el argentino Juan Terranova, ejerce como tal. Juan se muestra egocéntrico, cínico, irónico, mordaz y crítico. Crítico con todo: con quien le ha invitado (la Universidad y la AECID), con la estupidez humana, con el Premio Cervantes, con la impostura, con la falta de coherencia, con una ciudad provinciana, con su grasienta gastronomía a base de oreja de cerdo. Pero también crítico con él mismo, con el papel que él desempeña. A partir de ahí toda crítica adquiere coherencia, toda crítica está justificada. No se trata de una sátira hecha desde fuera. No se trata de ser espectador de lo ajeno. Si no de ser parte del conjunto. Juan no tiene ningún problema en meterse dentro del barro, en enfangarse hasta las rodillas. Como casi siempre, el sentido del humor resulta un buen arma con el que disparar y con el que redimir las culpas. Al final toda crítica no deja de ser el deseo de mejora de aquello que se aprecia.
Decía el filósofo: a quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco.
Puede que este libro no nos ayude exactamente a conocer lo que buscamos, quizá ni siquiera a sus propios autores. Pero sí a tener más claro de lo que huir.
En cualquier caso, lo que es seguro es que nos acerca a tres excelentes narradores, casi desconocidos en nuestro país y que probablemente sean parte de lo porvenir.

lunes, octubre 03, 2011

La pata del escarabajo John Hawkes

Trad. y Prol. Jon Bilbao. Meettok Ediciones, San Sebastián, 201. 230 pp. 17,5 €

Recaredo Veredas

Durante los felices setenta Hawkes fue uno de los grandes de la literatura norteamericana más vanguardista, emplazado en la misma categoría que el hoy celebérrimo Pynchon. Sin embargo cuando Alfaguara —su editorial en España— cambió hacia rumbos más comerciales, desapareció de la cartografía literaria hispana. Que una pequeña editorial vasca haya decidido recuperar una de sus extrañas novelas es una noticia no solo buena, sino necesaria en este tiempo de rescates insulsos y victorianos.
Sin duda, Hawkes no es un escritor fácil. No en vano afirmaba que los verdaderos enemigos de la novela son, nada menos, la trama, los personajes, el escenario y el tema. Resumiendo, detestaba todo lo que concede sentido a una narración. Afortunadamente poseía otros dones porque, sin duda, las palabras de Hawkes serían ilegibles si, primero, no poseyera un excelso dominio del lenguaje que emplaza a sus palabras en los límites de la poesía más oscura. Así ocurre, por ejemplo, en el viaje del barco de las mujeres cuya belleza roza lo onírico aunque no quiebre la férrea —sí, férrea, pese a que no esté al servicio de la historia— verosimilitud de la trama. El segundo don es su capacidad para encontrar materia narrativa con auténtica trascendencia donde los demás no observan, no observamos, nada. En las novelas de Hawkes se nos hurta lo que contemplamos y se nos regala una mirad adicional sobre la vida. Es decir, contemplamos la existencia bajo una lente no deformante sino transformadora. Parece capaz de intuir —como también hace Pynchon, de forma muy distinta, más juguetona— los planos de un mundo muy distinto al que habitamos. La lectura de la pata del escarabajo demuestra la escasa importancia de conocerlo absolutamente todo. El lector que se acerque con pretensiones de totalidad a la obra de Hawkes —como a la narrativa de Benet o Faulkner— puede terminar desquiciado e ignorando lo verdaderamente importante: la ya mencionada transformación en la mirada.
Sin duda Hawkes ha sido y sigue siendo un autor influyente. En la prosa de autores como Nick Cave o el mismísimo Ballard, en las películas de David Lynch o David Cronemberg se percibe el rastro de su mirada, capaz de contemplar, en un mismo párrafo, las antenas de un insecto y los inmensos horizontes de América. Una América distinta porque el lejano oeste de Hawkes no es el de John Ford (por otra parte, maravilloso). Es una tierra sucia, crepuscular, habitada por personajes desolados, carente de otra épica que la, nada despreciable, de seres humanos dominados por el vicio y la fealdad —interior y exterior— que deben enfrentarse, en una lucha sin cuartel, contra una naturaleza invencible y agotadora.
Hawkes en esta obra se aproxima con contundencia al gótico sureño, que aquí alcanza un extraño esplendor, paralelo en el tiempo al del monarca Faulkner. Los Lampson se comportan aquí como Snopes proletarios, desprovistos de su honra aristocrática. También recuerda, sobre todo en el personaje de Cap Leech, a la maldad salvaje, bíblica, del Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Tal vez el paisaje salvaje del sur conduzca, de manera irremediable, a la épica y la turbiedad. Un gótico que deja espacio a lo que pronto vendrá —fue publicada en 1951—. Porque el yip, yip, yip final y la cabalgata de esos motoristas salvajes que se hacen llamar los diablos rojos, preconiza el advenimiento de los ácidos y la primavera californiana.