viernes, septiembre 09, 2011

A la caza de la mujer, James Ellroy

Trad. Monserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Mondadori, Barcelona, 2011. 228 pp. 18,90€

Miguel Sanfeliu

James Ellroy es un autor duro, escribe a golpes, sin florituras, sin rodeos. No pretende indagar en lo hechos o en los recuerdos, tan sólo rescatarlos, sacarlos a flote, enfrentarse a ellos. Más que un libro de memorias, A la caza de la mujer es un libro de imágenes, de momentos que giran en torno a su obsesión por las mujeres, una obsesión que viene marcada por el asesinato de su madre, un hecho que ya ha tratado en otros libros, un suceso que aún le atormenta. Ellroy confiesa su sentimiento de culpa. Sus padres, Armand Ellroy y Jean Hilliker, se habían separado, y un día su madre le preguntó si prefería vivir con ella o con su padre. Él dijo que con su padre y ella le pegó una bofetada y el deseó que se muriese. Y murió, la asesinaron, unos meses después de este suceso. A esto lo llama él “La Maldición”.
Ellroy se enfrenta a una visión extrema de sus obsesiones. Y el sexo es la obsesión sobre la que gravita la redacción del libro. La búsqueda de mujeres, la agitación casi enfermiza que le producen, el tambaleante recorrido, insatisfactorio y superficial, con el que parece buscar desesperadamente la figura de su madre.
Ellroy se ofrece en este libro con descarnada sinceridad, nos muestra sus debilidades, se abre en canal y esparce sus vísceras ante nuestros ojos, en una experiencia catártica que sorprende por su franqueza. Impúdico y descarnado, el autor no intenta mostrar una imagen edulcorada de sí mismo, sino indagar en sus más profundos secretos con la intención de encontrar el origen, aquello que le ha convertido en quien es. Y esta búsqueda le lleva a su relación con las mujeres que ha conocido, que le han obsesionado, que han llamado su atención fugazmente o que ha amado a lo largo de su vida, convencido de que tras esa búsqueda se encuentra, en realidad, la angustiosa necesidad de encontrar a su madre, tan dramáticamente desaparecida, tan brutalmente asesinada.
James Ellroy, el duro escritor de novela negra, el autor de libros que podemos considerar ya clásicos, como La dalia negra, L. A. Confidential, América, Seis de los grandes o Mis rincones oscuros, el hombre que ha cautivado a millones de lectores con su estilo afilado y contundente, resulta que es un ser humano con sus miedos y debilidades, con sus imperfecciones y angustias, a las que hace frente con valentía y determinación en este A la caza de la mujer, cuyo título original en inglés es The Hilliker curse: La maldición Hilliker.
Libro perturbador, que conmueve y desconcierta por la falta de pudor a la hora de identificar los demonios interiores, los traumas e inseguridades que determinan su trayectoria vital. En ningún momento estamos ante un ajuste de cuentas con los demás, sino tan sólo consigo mismo. Su recuerdo de las mujeres que ha amado, que han significado algo en su vida, es siempre respetuoso. Ellroy carga sobre sus espaldas la responsabilidad de los errores, de los sufrimientos, de las rupturas, y lo achaca a su obsesiva búsqueda, a la herida que el asesinato de su madre dejó en él. Su actual pareja, la también escritora Erika Schikel, a quien dedica el libro, se erige como la tabla de salvación en un trayecto que se adivina autodestructivo.
«Tengo miedo. Soy dominante e insociable. Atraigo a la gente y luego la aparto a empujones. Escribo obsesivamente y con gran concisión. Soy religioso y poseo una visión de la sociedad que seguramente te resultaría agobiante. Lo único que quiero es una intensa comunión con las mujeres y pasar ratos a solas en la oscuridad», escribe.
A la caza de la mujer es una autobiografía diferente, con más de indagación psicológica que de ejercicio memorialista. La cruda exposición de los traumas y obsesiones, de las pasiones y caídas, de los deseos ocultos, de las motivaciones secretas, de la montaña rusa en la que se mueve el autor, producen un hondo impacto y una malsana fascinación.

jueves, septiembre 08, 2011

Tierra inalcanzable. Antología poética, Czeslaw Milosz

Trad. Selec. y Prol. Xavier Farré. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011. 448 pp. 24 €

José Luis Gómez Toré

La importancia de la obra del Premio Nobel de Literatura Czseslaw Milosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, 2004), una de las voces centrales de la lírica polaca, no se corresponde con la presencia editorial del poeta en nuestro país, ya que apenas pueden encontrarse ediciones recientes de su poesía. Por ello, ahora que se cumple el primer centenario de su nacimiento, resulta muy oportuna la aparición de esta antología, que coincide además con la publicación de número especial de la revista Turia, dedicado al poeta. La cuidada edición de Xavier Farré nos permite asomarnos a las distintas etapas de su escritura, que oscila constantemente entre el yo y el nosotros, entre lo histórico y lo atemporal, entre la demorada marcha del pensamiento y la súbita revelación. Profundamente marcado por su exilio y por su actitud crítica frente al estalinismo, en Milosz se aúnan ética y estética para reflejar la condición de desterrado de todo ser humano, una condición que adquiere también una dimensión religiosa, si bien rara vez complaciente y desde luego difícilmente asimilable por ortodoxia alguna. Como afirma en el poema “Rue Descartes”, de ambiente parisino, “ni aquí ni en ningún sitio está la capital del mundo”. De ahí que la Ciudad sin nombre que da título a uno de sus libros pueda leerse no únicamente como una alusión a Vilna, la localidad en la pasó buena parte de su juventud, sino a nuestro estar en el mundo.
El peso de la tradición cristiana deja su huella en el Nobel polaco, ya que el orbe por el que transita el poeta es el mundo después de la Caída, marcado por la presencia del mal y de la muerte (como en el cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias, al que dedica un memorable poema, recogido en estas páginas). Y sin embargo, en ese mundo caído late una débil promesa de redención. En este sentido, la importancia que alcanza el concepto de epifanía en la obra de Milosz hay que leerla de manera distinta a la visión que ofrece, entre otros, Joyce: frente al entendimiento de buena parte de la literatura contemporánea, en la que la epifanía apunta hacia una sacralidad sin trascendencia, en estos poemas no hay una renuncia completa a la trascendencia, por más que en su mirada hay más esperanza que fe, más anhelo que certeza. Seamus Heaney ya señaló la anomalía fecunda de la escritura de Milosz, capaz de escribir un poema contemporáneo con materiales que la poesía del siglo XX parece haberse prohibido. En esto cabe hallar quizá una cierta analogía con la obra de Eliot (de quien, por cierto, Milosz tradujo al polaco La tierra baldía), si bien el autor anglosajón parece reclamar con mayor urgencia certezas metafísicas ante la desacralización del mundo moderno. En Milosz, como diría Octavio Paz, la analogía viene siempre corregida por un sabio uso de la ironía, una ironía vertida en gotas justas, en ocasiones en dosis casi imperceptibles, pero que sirven de correctivo ante toda confianza excesiva en el futuro. Si la ironía conlleva el riesgo de una mirada desde arriba (como toda una tradición, desde Aristóteles a Hegel, se ha encargado de destacar), aquí lo irónico abandona toda arrogancia, porque se dirige ante todo al propio sujeto poético, incómodo con la tradición del vate visionario heredada del Romanticismo.
A pesar de la amargura que destila buena parte de la poesía de Milosz, amargura que es en buena medida lucidez histórica, hay en el poeta un deseo de que la nada no tenga la última palabra. Por ello, el amor, que oscila, no sin cierta ambigüedad, entre el eros y el agape, se convierte en una presencia nada desdeñable en su obra: el amor es, como la palabra, más que un consuelo, una promesa de sentido, ese sentido que la historia se empeña en desmentir pero que el poeta cree vislumbrar, en contadas ocasiones, en los signos del mundo.

miércoles, septiembre 07, 2011

Asco, José Angel Barrueco

Eutelequia,  Madrid, 2011. 176 pp. 15 €

Miguel Baquero

Tal vez sea así como hay que actuar: directamente al corazón del asunto. Quizás no haya mejor lugar donde hace sangre y extraer todos los defectos de nuestra sociedad que un crucero de placer, lo que se supone es la máxima expresión del confort, el lujo y la buena vida para un occidental. Probablemente sea a bordo de uno de esos barcos que hace el periplo por el Mediterráneo —todo aquello de las islas griegas, Santorini, por ejemplo, o las preciosas ciudades del Adriático, o San Marcos al atardecer…— el escenario idóneo para situar una novela de tan explícito título como Asco.
Cuarta novela de José Ángel Barrueco (Zamora, 1972), también poeta, cuentista, microrrelatista y escritor de periódicos, Asco narra un crucero que llevó a cabo el autor por el Mediterráneo, curiosamente en el mismo barco y casi en el mismo camarote en el que años antes había viajado el escritor David Foster Wallace, viaje que, asimismo, el estadounidense relató con cierto tono tirando a oscuro en Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. En el caso de Barrueco, nos encontramos ante un viajero asombrado, atosigado, asqueado al fin por el comportamiento de los que le rodean, gente egoísta, descortés, que se infla a comer solamente porque es gratis, que visita y admira monumentos sólo porque está incluido en el precio, que piensa en su comodidad y conveniencia antes que en cualquier otra cosa... Gente, en fin, como la que tantas veces nos encontramos en cualquier lugar —si es que no somos nosotros mismos—, pero que al colocarlos el autor en un espacio cerrado y clausurado parecen, en realidad, una metáfora de la sociedad que nos rodea.
Le honra a Barrueco —y asimismo salva la novela— el que la intención del autor no haya sido embarcarse para indignarse, y que en muchos momentos pretenda, pese a la ruindad que le rodea, disfrutar del momento y pasarlo bien. El logro del libro —y lo que hace que un escalofrío recorra al lector— es que Barrueco no sube a bordo con una idea preconcebida, pensado en volver a escribir lo que ya escribiera Foster Wallace hace años, sino que es poco a poco, milla náutica a milla náutica, como Barrueco se va dando cuenta de la naturaleza y la categoría de aquellos que le rodean, de sus egoísmos y sus ridiculeces, del modo en que avasallan cuanto encuentran a su paso por el simple hecho de que han pagado por ello. El afán de participar en todas las fiestas, por ejemplo, simplemente por amortizar lo invertido, el ansia de ver cuanto monumento sea posible, para luego poder presumir de ello a su vuelta, el ansia por comer, por consumir, por devorar lo que le pongan delante…
Amena y bien escrita, a ratos divertida, otros tantos furiosa, Asco es una novela que, precisamente por su sencillez y su naturalidad, transmite aquello que pretendía: la inquietante sensación de que estamos inmersos en una forma de vida no demasiado digna ni lustrosa, una forma de vida quizás digna de vergüenza.

martes, septiembre 06, 2011

Taxidermia, Francisco A. Carrasco

Córdoba, El Páramo, 2011; 193 págs.; 17 €

Pedro M. Domene

El cuento ha gozado desde siempre de una libertad absoluta, ofrece en su experimentación fórmulas variadas, resulta tan versátil que ha sido capaz de abrir nuevos caminos narrativos, siempre y cuando se le otorgue un valor extraordinario a la intensidad, y sea capaz de asumir características que, en su capacidad subordinante, se muestren con un sentido pleno. Sin lugar a dudas, tiene la capacidad así de introducir algunos de los mayores hallazgos en la narrativa breve, con una variedad técnica y estilística dignas de lo mejor que se escribe en la ficción contemporánea. El cuento, como asegura Piglia, es un experimento con la noción de límite y, como sostiene Neuman, en un relato, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto. También, compartimos la opinión de Henry James que consideraba que este tipo de textos debían ser una impresión directa de la vida, y no una mera copia. En ocasiones, el relato se vale del efecto sorpresa, y de otros muchos elementos que nos alejan de una realidad concreta. La amplia variedad de fórmulas y registros en las colecciones que publican no pocas editoriales independientes en la actualidad, ejemplifica, de alguna manera, el buen momento de la nueva narrativa breve en nuestro país: los autores, aquellos que vienen escribiendo desde décadas, observan cómo sus pequeños textos se abren camino en el difícil mercado competitivo con la novela y los best sellers, con perdón. Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, Cuadernos del Vigía, Acantilado, Menoscuarto, Ediciones del Viento, Traspiés, y ahora, también, en Córdoba, Ediciones Depapel, y sobre todo, El Páramo, son algunas de las editoriales que apuestan con colecciones creadas recientemente.
Francisco Antonio Carrasco (Belalcázar, Córdoba, 1958) es un periodista cultural y autor de cuentos, con varias colecciones publicadas hasta el momento, El silencio insoportable del viajero y otros silencios (1999), La maldición de Madame Bovary (2007) y, recientemente, Taxidermia (2011), una nueva y más ambiciosa entrega que reúne veintiún relatos en los que se ofrecen todos los posibles recursos que, en abstracto, se conciben en la escritura breve, a saber: versatilidad, ritmo e intensidad, extensión medida, perspectiva y quiebro final tan sugerido como imprevisto. Taxidermia se caracteriza, en su conjunto, y en una primera impresión lectora, por su oralidad: muchos de sus cuentos deben ser leídos en voz alta, resultan aparentemente sencillos en lo formal, medidos en su estética, de prosa ajustada, con calificativos calculados que recrean una visión surrealista de una cruda realidad, con excelentes dosis de humor y, aun más, un magnífico sentido de la ironía que puede desembocar en una carcajada. Carrasco ha graduado los temas expuestos en sus relatos, y para ello divide el libro en tres secciones o apartados, el primero con diez cuentos de una variada extensión, algunos de los más breves con un calculado final que arranca desde una perspectiva lejana, o las relaciones humanas: la nostalgia del joven Javier en busca de su madre, la música que separa a unos amigos de toda la vida, la añoranza de otros tiempos de un padre y de su primer amor, la irreverencia de Sísifo, y uno de los más logrados, que titula el volumen, «Taxidermia», ejemplo de ese lado oscuro, tenebroso, vehemente y esperanzador que nos procura la realidad de la muerte, y un desconocido futuro después; en realidad, en estos primeros relatos, Carrasco muestra esa mirada inequívoca de unos extrañamientos que sacuden, de alguna manera, las banalidades existenciales de una vida concreta. En el segundo bloque, con otros diez relatos, de mayor extensión, predomina el noble sentimiento del amor, y este en sus más variadas acepciones: adúltero, paternal, deseado y sexual, incluso destructivo, crónica vívida de unas relaciones humanas donde siempre cabe la posibilidad de la sorpresa, aunque por qué no el sarcasmo como aspecto lúdico-jocoso, o rivalidades masculinas y femeninas; se deconstruyen tópicos, como la vida misma, incluido el apunte sobre el mundo gay, un presunto matrimonio de pueblo, y el posterior qué dirán, con esa crueldad social típica como trasfondo, y otra visión no menos actualizada, iconoclasta e hiriente con un programa de tele-basura y las posteriores relaciones familiares. Pero, sin duda, el relato «Sucesos» marca un nivel muy por encima del conjunto, porque combina vocación, vida familiar, el fracaso personal, y finalmente, ese proceso para la recuperación de la autoestima. «El gran maltratador» cierra el volumen y sirve, además, como tercera parte o sección final. Deudor del mejor Stevenson, con ese doble juego del bien y del mal que tanto difunden los medios de comunicación, cuando en una escalada de terror muchos se creen ser José Aranda, el protagonista del relato. La crueldad, sin duda, parece apuntarnos Francisco A. Carrasco, se encuentra explicita en nuestras calles y plazas, y se convierte en la noticia periodística diaria de una vida cotidiana.
Las ilustraciones de Damián Flores, cuidadas, complementan un volumen que presume de estar bien editado y forma parte de una colección, «Relatacuentos» que promete, si sigue en esta línea, nuevas sorpresas al mejor lector.

lunes, septiembre 05, 2011

Frente al Pacífico, Montserrat Sanz Yagüe

Isla del Naufrago, Segovia, 2011. 77 pp. 9 €

Ignacio Sanz

Una profesora española se fue hace 15 años a Japón. Allí vive casada con un indio dando clases de inglés en la Universidad de Cove. Tiene hijos y aunque sus preocupaciones profesionales se circunscriben a la enseñanza de idiomas, muestra ciertas inquietudes sociales y mucha curiosidad por todo lo que la rodea. Fruto de ello comienza a colaborar en El Adelantado de Segovia, el periódico de su provincia de nacimiento, donde desde hace años envía sus crónicas. De pronto, esas crónicas, a consecuencia del terremoto del 11 de marzo, adquieren una dimensión nueva. Porque Japón también deja de ser un país del Lejano Oriente que ahora ocupa las primeras páginas de los periódicos y los primeros minutos de los telediarios. Y esas crónicas que nos han ido retratando la vida cotidiana, las costumbres y rarezas de esa gente con los ojos achinados, despiertan nuestra curiosidad. Y así, al leer ahora una selección de esas crónicas que se han ido publicando a lo largo de los últimos años, nos damos cuenta del amor profundo que a la profesora Sanz Yagüe le despierta su país de acogida. Como esos antropólogos que se enamoran del pueblo objeto de su estudio. Así se leen estos artículos, como una sucesión de cartas de amor. O al menos de respeto. Y así nos enteramos de la tenacidad de unas gentes solidarias educadas para los días adversos. Unas gentes que no conocen el robo ni el pillaje y que, en consecuencia, tienen la costumbre de no cerrar puertas, no de poner candado en la bicicletas. Pero hay muchas más costumbres que nos van a sorprender.
Por ejemplo: los maestros son los encargados de hacer la limpieza de sus aulas con la ayuda de sus propios alumnos. Así resulta muy difícil que salgan ciudadanos guarros que tiren sin pudor los papeles a la calle. Han sido educados en solidaridad con los barrenderos.
Por ejemplo: cuando se ponen a cola para recibir una bolsa de alimentos tras haber perdido su casa y sus posesiones, hacen gala de una educación exquisita. Primero se ponen a la cola de manera ordenada y luego, cuando reciben el bocadillo y la botella de agua, hacen una inclinación en señal de agradecimiento a los bomberos. No hay imposturas ni teatro. Se sienten agradecidos.
Por ejemplo: uno de los empresarios afectados por el terremoto es dado por desaparecido por su familia. ¿Ha desaparecido realmente? No, no ha desaparecido, en realidad aparece tres o cuatro días más tarde y durante este tiempo, en medio del caos, ha ido casa por casa tratando de saber el destino de todos sus empleados. Así descubrimos la relación intensa de fidelidad que se teje entre empleados y patronos. Y entre patronos y empleados.
Ya conocíamos las famosas huelgas a la japonesa que tanta extrañeza nos causaban, pero ahora, tras leer este puñado de crónicas, irremediablemente nos vamos a sentir subyugados por las costumbres del pueblo japonés. Chocan tanto con las nuestras que nos rompen los esquemas. Cómo no. Pero ahora que sufrimos una crisis tan aguda, inevitablemente, uno piensa que muchos ciudadanos occidentales han llegado a un estado de relajación, de bienestar y de egoísmo, que podrían ahogarse en un vaso de agua. Y que algunos de los valores de la sociedad nipona nos vendrían muy bien para encarar con gallardía estos tiempos adversos.
El libro lleva unos ideogramas obra de Tomoko Miyamoto que nos ayudan a ambientarnos. Por lo demás, dada su brevedad, el único impulso que puede sentir un lector al que esta selección de artículos le haya sabido a poco, es volver a comenzar su lectura. Su estilo sencillo no empalaga y su contenido no dejará de asombrarnos.