viernes, julio 15, 2011

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Patricio Pron

Mondadori, Barcelona, 2011. 208 pp. 16,90 €

David Vicente

La industria de la literatura, como cualquier otra, ha de inventar cada temporada para alcanzar unas ventas mínimas un cupo de nuevas promesas, autores originales y vanguardistas movimientos narrativos con sus correspondientes representantes. Como casi siempre, todo lo que merece la pena surge al margen del ruido. Es el caso de Patricio Pron, un escritor de aspecto débil y enfermizo, dedos cortos y delgados, pero literatura contundente, que se dio a conocer en España con su novela El comienzo de la primavera.
Patricio probablemente nunca ha trabajado en un almacén de carga y descarga, a diferencia de Bukowski, en unos astilleros, al igual que otros tantos escritores, ni se cubre con la capa de autor maldito y outsider. No le hace falta para que su literatura suene real, sincera, sobrecogedora y, como digo, tan contundente como la del que más.
Si hiciésemos un símil pugilístico podríamos compararle a Pernell Whitaker, ese mítico boxeador de los años 90, campeón de cuatro categorías diferentes, que se movía como una mariposa, pero picaba como una abeja.
Es seguro que más allá de lo que diga la “lista Granta” (que a fin de cuentas no es más que ruido dogmático), Patricio es uno de los autores destinado a superar el fuego de artificio que acabarán siendo la mayoría de sus coetáneos.
Su última novela, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, no es sino la confirmación de todo lo dicho anteriormente y, quizá en su caso, una novela necesaria y una deuda pendiente con un pasado, el suyo y el de toda una generación de argentinos, los hijos de la dictadura militar y de todos los padres y madres desaparecidos.
Y por qué no, también el de todos nosotros y el de todos nuestros padres. Ya lo decía Terencio, soy humano y nada de lo humano me es ajeno. Máxime en un país como el nuestro, necesitado también de ajustar unas cuantas deudas con el pasado, mal que les pese a algunos.
La novela de Pron, con evidentes tintes autobiográficos (aunque no lo olvidemos, como el mismo advierte, una gota de ficción tiñe todo de ficción), trata de averiguar quiénes han sido los que nos han antecedido, lo que no deja de ser averiguar un poco quiénes somos nosotros mismos. Una tarea que tiene mucho de detectivesca, al más puro estilo policíaco, pero también mucho de bucear dentro de las propias entrañas de uno mismo, algo que requiere sin duda dosis importantes de valentía.
Curiosamente un presidente argentino anterior a los hechos centrales que relata Patricio en su libro, Nicolás Avellaneda, acuñó la famosa frase, que posteriormente quedaría grabada en el campo de concentración de Auschwitz, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Patricio no sólo no la quiere olvidar, sino que trata de rescatarla en la figura de su padre. (Quien por cierto ofrece una serie de interesantes puntualizaciones a la novela en el propio blog del autor, http://patriciopron.blogspot.com/p/el-espiritu-de-mis-padres-sigue.html, bajo el nombre The straight record: la versión de mi padre).
Sólo una cosa más para terminar la crónica de esta novela construida a base de honestidad, coraje, supongo que mucho esfuerzo y dolor, y buena literatura. Con permiso de Patricio, una rectificación al título. Creo sería (o así me gustaría pensarlo) más adecuado, El espíritu de nuestros padres sigue subiendo en la lluvia. Y que continúe.

jueves, julio 14, 2011

Amor. Poesía reunida, 1998-2010, Manuel Vilas

Madrid, Visor, 2010. 295 pp. 14 €

Ricardo Virtanen
firma invitada*

Me gusta mi poesía, me da alegría cuando la leo, me pone de buen humor, me río, me mete caña, me entran ganas de vivir, me entran ganas de fiesta. Con estas frases sorprendentes prologa Manuel Vilas (Barbastro, 1962) su poesía reunida. A una edad, tiende el poeta a reunir lo que constituye su voz poética (algunos van más allá y reúnen todo lo que se les pasó por la imprenta). Así ha querido titular su poesía Vilas: Amor. Pero que nadie se lleve a engaño. Nada de sentimentalismo y poesía amatoria. En el mundo Vilas, todo se halla hipertrofiado, todo es incómodo, provocador, divertido, ufano. La voz propia del poeta Vilas corresponde con sus tres últimas publicaciones: El cielo (2000), Resurrección (2006) y Calor (2008), que lo han colocado en lugar preponderante en la actual poesía española. A estos libros que, según palabras propias, se editan tal y como se publicaron en su día, sin ningún cambio, se les suman 19 poemas de sus 4 primeros libros: El osario de los tristes (1989), El rumor de las llamas (1990), El mal gobierno (1993) y Las arenas de Libia (1998). Una sabia elección.
El poeta se refiere a sí mismo como “marca Vilas”, que más allá de su producción poética, abarca además sus narraciones Dos años felices, Zeta y, sobre todo, Aire nuestro. Poesía que oscila entre un autobiografismo abrasivo y una parodia del mundo (nuestro, suyo) que agoniza entre sus manos, y que resucita de pronto con aires nuevos. Con El Cielo, Vilas experimentó con un modelo poético que divergía entre una narratividad expresa y un poema de interminables versículos enumerativos sine die (como buen seguidor del gran Whitman). Porque es obvio que, desde un principio, sus textos plantean una historia in medias res donde el personaje ficcional (Vilas, por qué no), vividor, viajante, despreocupado, saca de las casillas a la propia vida. Si no léanse los inicios de "Historia de una camarera": «Encima de la cama estoy, sin sueño, está amaneciendo en Cádiz, se oyen gaviotas trayendo el nuevo día, que yo no sé si viviré…»; "Gambas y navajas", que sería el epítome de lo que es un poema social postmoderno: «Me estaba comiendo unas gambas en un sitio que está cerca del teatro principal / y entró un negro vendiendo cedés, un negro con una sonrisa gigantesca, con un cedé de Julio Iglesias, metido en una bolsita nauseabunda», o aquel sorpresivo que empieza: «Sólo dios sabe por qué se me regaló el don de aprenderme de memoria las manos de todas las cajeras que me han atendido y cobrado alguna vez de mi vida» (de "Las manos de las cajeras").
En estos poemas irónicos y mordaces, y en otro muchos, relampaguea una cultura del pop, cómo no, radical y caricaturizante. Y no son pocos los poemas que presentan una base roquera para su posterior expansión: “Doug Yule” (disparatado diálogo entre Lou Reed y Yule), “Walk on the wild side”, sobre la mítica canción de Reed, “Los chicos están bien”, basada en el éxito de los Who, “1977”, retrato de una época mítica, y que coincide con las adolescencia del poeta Vilas, o el inédito “Danny Boy”, con canción de P. Grainger de fondo.
En muchos de los poemas, Vilas —o su heterónimo ciudadano— está dispuesto a amar al mundo por encima de todo o, en su defecto, a dejarse amar. En “Nueva York”, sátira punzante y dividido en 9 partes, se lee: «Amé su cubo de agua sucia, exaltación y pesadilla, / la vida grande amé, la vida sucia», refiriéndose a uno de los inmigrantes chinos de la ciudad. Una poesía, claro, en parte autobiográfica y expresionista. No pocos textos se inician con la incursión del propio Vilas en la trama poemática: «Manuel Vilas está sentado en un banco de la Catedral de Barbastro» (“Resurección”), «Manuel Vilas salió una mañana de casa. / Le esperaban en un instituto de la ciudad de Zaragoza» (“Mazda 6”), «El 24 de diciembre de 1985 Manuel Vilas estaba de guardia en el Cuartel del regimiento de Infantería de Barbastro» (“1985”) o  «Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos», incluido en uno de los inéditos del libro, precisamente el que da título al volumen, “Amor”. Aquí se extrema la voz cáustica de su autor: «hoy soy San Vilas, un personaje que reparte todo su dinero a quien se encuentra por la calle». No es raro que leamos: nunca vimos a nadie tan enamorado. La sátira social conlleva un amor dislocado por sí mismo y, también, por un consumismo hiperbólico. Por ejemplo, su preferencia por los utilitarios de todos los modelos: “Madza 6”, “Seat 850”, “Audi 100” o “HU-4091-L”; o su amor por sus semejantes, “Fraternidad”, donde leemos: «me enloquecen los billetes de 500 euros».
En la llameante reunión que significa Amor, destacan sobre todo un puñado de odas al mundo contemporáneo y a la sociedad que nos despieza y que, al tiempo, nos da de comer de la mano. Un urbanitas fabulador en busca del lector insatisfecho, en aras de una provocación que llevarse a la boca. Si tuviera que elegir, me quedaría con poemas como “El comulgatorio”, “El crematorio”, “Las manos de las cajeras”, “MacDonald’s”, “Way out”, “Amor”, “Fraternidad” y el largo poema “Nueva York”. Todos confeccionan un mapa de realidades en los que chirría la existencia. La voz del poeta es esa puerta sin engrasar cuyo sonido —o soniquete— nos habla del interior de la casa, pero además de la fragilidad del mundo que se deshace ante nuestros ojos.
En verdad, a uno, leyendo al poeta Vilas, o al personaje Manuel Vilas, le entran ganas de perderse por los hoteles y playas del mundo. Esta poesía es —como leemos en uno de sus poemas— alegría, gloria, resurrección, dicha, exaltación, gozo, esplendor. El cielo.

* Ricardo Virtanen Madrid, 1964. Profesor, músico, poeta y crítico literario. Estudió Filología Hispánica e Inglesa en la UCM, y Musicología por la Universidad de La Rioja. Es doctor en Filología Hispánica con la tesis “La experiencia vanguardista de Guillermo de Torre”. Es profesor de secundaria y prof. contratado de Universidad.

Autor de numerosos libros de texto, ha publicado el libro de lingüística Lengua resuelta (1999), los poemarios Notas a pie de página (2005), La sed provocadora (2006), el pliego Epitafios (2005) y Sol de hogueras (2010) y, el cuaderno aforístico Pompas y circunstancias (2008). Dentro de la crítica literaria publicó Hitos y señas. Antología de la poesía española (1966-1996) (2001), la ed. de Carpe amorem, de Aurora Luque y una ed. crítica de Almanaque Literario 1935. Ha ejercido la crítica literaria en medios como Prima Littera, Cuadernos del Matemático, El ciervo, Ínsula, La Tribuna, Señales de humo, Per Abbad, Galerna, Empiurema, Zurgai, Ex libris, Paraíso, Cuadernos Hispanoamericanos, Clarín, El mirador de los vientos, Renacimiento o El Maquinista de la Generación, entre otras.

miércoles, julio 13, 2011

Una historia sencilla, Luis Velasco Blake

Caballo de Troya, Madrid, 2011. 144 pp. 13,90 €

Elvira Navarro

Según los neurólogos, la intuición no tiene nada de mágica. Ese pálpito fugaz y poderoso no es más que un cerebro que ya se sabe el camino, y que por tanto no necesita que todos los pasos afloren a la conciencia, lo que explicaría el porcentaje de aciertos. Hago esta aclaración previa porque, para hablarles de Una historia sencilla, voy a empezar con ese concepto altamente problemático que es la intuición, y que me servirá para seguir con otros no menos difíciles de fijar como categorías válidas a la hora de hacer una crítica, a saber: lo necesario y la autenticidad. Digo que son difíciles, y añado que en su dificultad reside su relación con la bondad de cualquier producto artístico, bondad que, como todos sabemos, está siempre puesta en tela de juicio porque en este campo no hay axiomas y sí, en cambio, paradigmas, es decir, ideologías: ahí es donde entran en juego estos conceptos. Sobre la intuición, aprovecharé la anécdota que consigné hace unos cuantos días en una crónica sobre la Feria del Libro de Madrid. Se trataba de una anécdota a propósito de una obra de Joan Didion, El año del pensamiento mágico, título que leí —o más bien observé— una, dos, tres, cuatro veces, pues tenía algo extraño; desde luego, una similitud con cualquier volumen de autoayuda que su presencia en un estante de literatura desmentía, aunque sobre todo, y tal como escribí en la mencionada crónica, lo que el título rezumaba era “algo inevitable, ese latido que está por encima del gusto, o sea, de la moda y del miedo, y que se impone”. Lo que posteriormente averigüé sobre el libro de Didion no hizo sino confirmar la explicación que los neurólogos dan a la intuición y a su alto porcentaje de aciertos (explicación que, por cierto, es una oda al aprendizaje): en efecto, la autora no había tenido elección a la hora de escoger el título, pues tras la muerte de su marido y de su hija se pasó un año convencida de que aquella desgracia había acontecido bajo una causalidad que, para ser tal, había que calificar como “mágica”.
Creo que lo anterior me vale para justificar mi creencia en que los libros que se escriben por necesidad y al dictado de su propia ley suelen albergar una potencia mayor que los que han sido diseñados por el autor para demostrar, o demostrarse, tal o cual cosa. Esto es así porque la obra que genera su propia norma está más al resguardo de las pretensiones de quien la escribe, de sus miedos y sus servidumbres, que la que es minuciosamente pensada. La pulsión creadora es libre, y esa libertad la torna corrosiva y capaz de ir en contra del limitado software mental del propio autor.
Luis Velasco Blake presentó el proyecto para escribir Una historia sencilla en el taller de nouvelle que imparto en Fuentetaja, y al poco nos trajo algo más de la mitad del libro; a ninguna de las trece personas que leímos aquel primer manuscrito nos cupo la menor duda de que Velasco Blake era un escritor hecho y derecho al que tal vez la vida (aún no lo conocíamos mucho) o la falta de confianza en sí mismo le habían impedido tener ya varias obras publicadas; también supimos que el pulso de la novela no admitía objeciones, lo que quiere decir que no las teníamos. Una historia sencilla narra las peripecias de una familia argentina de la segunda mitad del siglo XX a la que las convulsiones políticas, y alguna que otra personal, acaban por deshilachar. Nos aclaró Luis Velasco que esa familia no es la suya, si bien, por la cercanía personal con los acontecimientos que toca, podría haberlo sido. El libro se presenta como una paradójica novela de iniciación, y digo paradójica en la medida en que, si bien se cuenta un dramático destete, quien narra ya está de vuelta de todo y se dedica a hacer balance no con cinismo o descreimiento, sino desde una inocencia que pretende entender y pasar página. No hay aquí esperanza de sacarle réditos a la acusación, o lo que es lo mismo: no hay resentimiento. Los escasos juicios terminantes caen con humor o con sobrada justicia. Eso no es meritorio per se, sino en la medida en que lo fácil, por lo dramático de las circunstancias, habría sido echar hiel. En este sentido, lo que Una historia sencilla despliega es una mirada cervantina, que aspira a una comprensión de los motivos que llevan a los personajes a actuar de una manera u otra. Y aunque los protagonistas, casi todos militantes de distintos grupos de izquierda, nos muestran un fracaso no ya sólo personal, sino colectivo, se mantiene la fe en que no todo está perdido. Por otra parte, tanto la pulsión de comprender como el lenguaje y la sintaxis (un lenguaje y una sintaxis cercanos a la oralidad, de timbre cómplice, amable e incluso cómico) hacen pensar en la filiación del autor con Alfredo Bryce Echenique. Velasco Blake exhibe además un gran dominio del pulso narrativo, y ojo, aunque el tema de la novela es político, que no se asusten quienes piensan que la literatura no debe tematizar demasiadas ideas ni cargar las tintas en los mensajes “fuertes”, pues no hay tal cosa en Una historia sencilla. El título, por cierto, es harto elocuente: en la vida, y en la novela de Velasco, las catástrofes acontecen con (y en mitad de) la mayor sencillez.
Cualquiera que lea esta novela se percatará de que ninguno de los resbaladizos pero ineludibles condicionantes de los que hablábamos al principio (intuición, necesidad y autenticidad) faltan en ella. Luis Velasco Blake obedeció a su intuición, es decir, a la historia que pedía paso, ateniéndose a lo que le era estrictamente necesario para llegar a buen puerto, y olvidándose, como todo buen escritor, de cuanto le resultaba ajeno. Por ello, en el libro palpita esa extraña honestidad que captamos de manera inmediata y que nos lleva a asentir desde el convencimiento.

martes, julio 12, 2011

Ultraviolencia, Miguel Noguera

Blackie Books, Barcelona, 2011. 312 pp. 20 €

Ricardo Triviño

La idea de que un par de tipos sorprendan con un nuevo tipo de humor en un libro difícilmente catalogable. Una especie de antología de chistes gráficos pero sin chiste. Más bien, conceptos, reflexiones que mueven a la carcajada. Hervir un oso de Jonathan Millán y Miguel Noguera cae como una bomba silenciosa, escondido en la sección de cómics de cualquier librería generalista. Es un libro que se encuentra, que llama la atención por su curioso título y su extraña portada, que se lee y que se queda.
La idea de que uno de estos dos autores empiece a correr de boca en boca hasta que acaba sacando un libro. Se lo editan y sale en la tele invitado al programa de Buenafuente, donde hace una mini actuación. El libro y la actuación son material de sus ultrashows, espectáculos de una hora donde presenta sus bizarras ocurrencias llenas de un humor sádico y ridículo donde no hay remate final, no suenan los platillos al final de la broma. Eso que algunos ahora llaman post-humor, que suena a póstumo, que suena a post-tumor, después de la operación. Algo muy asqueroso.
La idea de que lo haya publicado la editorial que consiguió su primer éxito con un libro del cantante de Eels, un tipo cuyo padre era un científico que demostró la existencia del multiverso y se pegó un tiro, un tipo cuya hermana se suicidó para reunirse con su padre en un universo paralelo. En esta extravagante búsqueda de la esencia, Blackie Books vuelve a saborear el éxito con este cómico extraterrestre. Dos ediciones llevan ya con Ultraviolencia de Noguera. "¡Es Dios!" frente a "¿Quién es este gilipollas?" se entremezclan en la red, en lo social. Un pupurrí de opiniones disfuncionales.
La idea de que Noguera no sólo consiguió trabajo en el extinto programa de Buenafuente sino que le imprimieron el libro a pesar de los diferentes textos que ha escrito poniendo en tela de juicio a la editorial. Nos dice que hay algo oscuro en Blackie Books, que esa perrita que tienen de mascota no es trigo limpio. Y ellos no se ofenden. Es más, están encantados. Se ríen con él como lo hace todo el mundo, sin saber muy bien por qué, sin poder descifrar qué narices está sucediendo para que alguien así pueda llegar a ser venerado.
La idea de que esos textos que escribe, que declama Noguera en su espectáculo, que nunca son iguales, que desarrolla in situ a partir de los títulos que lleva apuntados, son bautizados por él como "ideas". Ideas que empiezan en un bar o mirando Telecinco con la frase "La idea de que...", un pie que puede ser imitado por los que lo idolatran o no llegan a más pero que difícilmente puede ser reproducido. Seguramente, será una creación artística tan falta de progenie como lo son los esperpentos de Valle-Inclán o las greguerías de Gómez de la Serna.
La idea de que hay que hacer una reseña y que envíen el tomo de Ultraviolencia perfectamente envuelto, con artículos de prensa elogiándolo, y se empieza a leer siguiendo un ritual. Acariciar la portada de Blackie Books, un delicia, y retirar la banda publicitaria de la segunda edición que llevan todas las segundas ediciones. Una cinta que sólo sirve para molestar a los libreros, para que no puedan colocarlo bien, para que cuando llegue un cliente a la tienda y la vea levemente estropeada, pida un ejemplar nuevo porque considera que ése está roto. A mala leche.
La idea de que se aparte la banda, se tire por ahí, y se empiece a devorar el libro con extremo cuidado. En esas páginas se esgrime crueldad contra ancianas y niños, contra deficientes mentales. El lector intenta evitar convertirse en un ser despreciable como el autor, pero no lo consigue. Se ríe. Risas que unas veces afloran a los labios y otras se quedan en el pecho, no como una comisura bella sino como una carcajada nasal, porcina, una carcajada sucia, una risotada vil. Es desagradable, es incómodo. De alguna manera, se inventa la teoría de que esto es post-humor, de que en realidad es una crítica de la postura contraria. "¡Paparruchas!" escribe metaliterariamente Noguera, "¡Paparruchas!".
La idea de que este cómico sea capaz de aunar humor absurdo y humor negrísimo, de mover desde la reflexión lúcida al espasmo obsceno, de no haber punto medio, de sólo existir extremos, caminar sobre filos de cuchillo. Un humor complicadísimo porque si uno se resbala se mata. El libro tiene altibajos, valles pasada la mitad del libro que hasta entonces no tiene baches. Más que valles, barrancos con zarzas y libros de Carlos Ruiz Zafón en el fondo. Cuando no consigue equilibrarlo todo, el castillo de naipes se derrumba. Pasado el segundo centenar ya se aprecian los mecanismos, la repetición de los mismos. Vuelve a haber chispazos, tracas, pero todo es más pantanoso.
La idea de que aún habiéndolo calado, de haber visto sus armas, se es incapaz de pintarle el retrato. ¡Menudo crítico inútil! ¿Para eso te pagan? No, no me pagan. ¡Menudo inútil crítico! Pensar en imitarlo, en hacer una reseña con su estilo, hacerlo algo desorientado, ¡qué larga por Dios! Encontrarse la banda de publicidad tirada, desplegarla, ver que está llena de texto y dibujitos, ver que tiene una cita que dice que no se deberían escribir reseñas de Noguera sino que debería citarse el artículo de David Foster Wallace sobre Kafka. Eso duele. Un esfuerzo estéril. Una broma pesada. Infinita. Acabar en un anticlímax como raro.

lunes, julio 11, 2011

Vida de Pablo, Carlos Pardo

Periférica, Cáceres, 2011. 312 pp. 20 €

Nere Basabe

Vida de Pablo, a medio camino entre la Bildungsroman y ese género tan actual como polémico que es la autoficción, trata de reconstruir, sin conseguirlo, la historia de Pablo, un artista que acaba trabajando tras la barra de un bar. Y en ese fracaso reside su mayor acierto. Porque tiene Vida de Pablo algo de Esperando a Godot, o de eso de que la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes. Pablo anuncia, en la última página, su visita para el verano que viene, pero se le esperaba el verano pasado. El hilo de la biografía del amigo Pablo se pierde así en digresiones diversas desde las primeras páginas, y las siguientes se siguen completando por sí mismas, para rellenar esa espera vana. Tratando de retratar al amigo, el narrador (Carlos Pardo, un joven poeta pinchadiscos que reside en una pequeña ciudad de provincias del sur) se retrata a sí mismo, y eso es lo mejor de esta biografía “fallida”.
Esas digresiones consisten en innumerables reflexiones filosóficas, discusiones estéticas o poéticas de barra de bar y en un sinfín de títulos de canciones, películas y libros. "Si hicieses una lista con todos esos títulos y la repartieses entre tus amigos, acabarías antes”, le reprocha su novia. Y sobre todo, la digresión principal, el amor, que Carlos retrata sin cursilería, o mejor dicho, con una cursi y brutal honestidad. Me echaba a llorar de amor pensando en sus radiografías, y se lo dije a Pablo pero me contestó que eso ya salía en La montaña mágica” / “Me dije que la excusa del amor me había negado el placer de las mejores oportunidades. Y casi siempre me había vuelto pesimista cuando estaba enamorado. A eso le llaman tener vida interior, que es como el fósforo del tedio. Como si no pudiera ser a la vez feliz y listo”.
“Carlos, es que no somos posmodernos”. Y pese a algunas de sus observaciones o actitudes estéticas, efectivamente no lo son porque, como todos los jóvenes, juegan a reproducir los estereotipos del poeta maldito, entre el alcohol, las drogas, la marginalidad autoimpuesta, la penuria económica de los trabajos temporales y el ejercicio de la leyenda personal (“¡Eh, poetas!”, les gritan en El Corte Inglés), aunque se muevan en una “periferia de París”, muy al sur, que se parece más al kitsch de Torremolinos (el autor insiste en el feísmo de los escenarios). Al pretender hablar de Pablo, Carlos habla de sí mismo, y al hablar de sí mismo, Carlos habla sobre todo de sus amigos (muchos de ellos más o menos reconocibles por todo aquel que siga la escena de la joven –o no tan joven− poesía actual). La amistad juega un papel central en este libro, y de sus servidumbres, su tedio y su posterior enfriamiento se traza aquí un retrato soberbio, en lo que constituye otro de los mayores logros de esta novela: “no hay amigos, sino momentos de amistad”. Dividida en dos partes separadas por una elipsis de años, uno no puede evitar reconocerse tal vez y sentir cierta nostalgia por ese, pese a todo, paraíso perdido que no se supo reconocer a tiempo, cuando los amigos eran los compañeros de un piso destartalado y constituían la única familia (“era una amistad homosexual”), y la precariedad obligaba a la persistencia en un presente perpetuo, sin horizontes: tan solo noches y noches de borrachera y bromas con amigos, esas infinitas conversaciones intrascendentes que saltan de una cosa a otra pero que parecían tan importantes, de Deleuze a una receta de cocina, que hacen juegos de palabras, y que nos sentimos impotentes porque a la mañana siguiente no podemos reproducir o recordar qué nos hizo tanta gracia. Pero Carlos, sí: “nadie rió mi chiste”. Aunque sí hay algunos buenos chistes aquí, y en general un humor sutil, que se mueve entre la crueldad y el indulgente cariño con el que solemos tratarnos a nosotros mismos cuando echamos la vista atrás.
Por último, no está de más decir que esta novela de 300 páginas se lee de un tirón, que las escenas y los diálogos no por repetidos resultan repetitivos (ya sabe, para recuperarse de la resaca no hay nada como ponerse a beber otra vez), pues está escrito con una prosa aparentemente simple, precisa, llena de ritmo e inteligencia.