viernes, julio 08, 2011

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

Anagrama, Barcelona, 2011. 164 pp. 15 €

Ignacio Sanz

Me había leído las dos novelas previas a la que suscita este comentario, Bonsái y La vida privada de los árboles. Ambas me habían resultado desconcertantes o, cuando menos curiosas, por la manera de abordar el hecho narrativo y por el estilo carente de resabios retóricos. La presente sigue estilísticamente la estela de las dos anteriores, es decir, se vale de una mirada oblicua, de una escritura elusiva y sinuosa. El lector se siente un poco perdido al principio por lo que ha de seguir con cierta atención el hilo de la historia para no perder los cabos sueltos de ese río que se va bifurcando conforme avanza.
¿Y de qué va la historia?, se preguntará el lector para ir entrando en materia. Pues bien, aquí Zambra aborda el compromiso político. Estamos en Chile, para ser más exactos estamos al principio en el Chile de Pinochet, aunque no encontremos ni una sola alusión a esta circunstancia. Para ello se vale de las peripecias de un niño de nueve años que ha se seguir los pasos, como si de un espía se tratara, de un vecino suyo que suscita cierta curiosidad. Esta encomienda le llega por parte de una niña algo mayor por la que el niño se siente fascinado. Extraño caso el del niño espía que da lugar a situaciones chuscas y rocambolescas dado el empeño del niño en realizar cabalmente su trabajo. Pero, sobre todo, el lector se va a encontrar con situaciones curiosas en el presente, cuando el niño que había desarrollado aquellas tareas en los años ochenta del pasado siglo, convertido en profesor, vuelve a verse con aquella chica en nuestro presente más inmediato.
Entonces el lector comienza a atar los cabos sueltos, a conocer la precariedad, el miedo y el camuflaje en el que han tendido que sobrevivir muchos ciudadanos chilenos. Y, al mismo tiempo, el lector descubre también, que las dictaduras se sostienen por la pasividad con que una mayoría que acepta el oprobio.
En realidad esta novela tiene una fácil traslación para el lector español, incluso para el lector menor de 40 años porque nuestra historia tiene cierto paralelismo con la de Chile. Y lo mismo cabría decir de Argentina, Paraguay, Uruguy, Perú, República Dominicana, Cuba...
En fin, que, además de estar hermanados por una lengua, lo estamos también por las dictaduras que durante periodos más o menos largos, acabaron socavando la convivencia social.
Uno de los aciertos de esta novela es que el autor apenas se despeina, que no hay proclamas ni consignas, que todo sigue un curso narrativo aparentemente sinuoso, en un plano personal, aunque al final el lector descubre lo irremediable, es decir, la dignidad de unos pocos ciudadanos que no se conforman, que arriesgan su vida. E, inevitablemente, un sentimiento de culpa.
Da la sensación, además, de que, en este caso, la novela tiene algo de desnudo integral, es decir, que el autor, ha abierto las puertas de su propia casa para que nos llegue el olor a podrido que emana de su propia familia. No se trata de una familia descaradamente complaciente con la dictadura, pero sí de una familia tibia, acomodaticia. Es decir de una de tantas familias reaccionarias.
Lo singular, una vez más, es el estilo, la manera indirecta y antirretórica de contar las cosas a la que Zambra nos tiene acostumbrados

jueves, julio 07, 2011

Un hombre sin cabeza, Etgar Keret

Trad. Ana María Bejarano. Siruela, Madrid, 2011. 192 pp. 17,95 €

Cecilia Frías

Pocos permanecerán indiferentes tras la lectura de esta nueva colección de relatos del singular Etgar Keret: escritor, guionista y director de cine israelí que cosecha éxitos más allá de sus fronteras, y ahora toma de la mano al lector para trasladarle hasta inesperados territorios en los que lo surrealista convive con lo cotidiano. Lo podemos comprobar desde las primeras páginas del volumen en las que un joven se queda estupefacto al descubrir que su apasionada amante de día se metamorfosea en un gordito con el que compartir partidos de fútbol y atracones de comida cuando el sol se acuesta. Así, lo que parecía una pega termina por convertirse en la fantasía inconfesable de cualquier chico que se precie: una pareja que alterne las dotes amatorias con las de compañero de juergas.
Y es que en el terreno de lo fantástico se maneja este polifacético artista como pez en el agua. No tanto por los perfiles de sus personajes, principalmente masculinos, esbozados en unas pocas líneas y de una “normalidad” con la que cualquiera podría identificarse, como por lo inusitado de los acontecimientos a los que se precipitan. O quién le iba a decir al protagonista de Jet-Lag cuando pensaba en ligarse a la azafata que terminaría lanzándose al vacío en pleno vuelo. Original resulta igualmente el caso de Liam Goznik, ese muchacho que por una extraña enfermedad genética crecía en la misma proporción en que sus abnegados padres encogían, hasta el punto de tener que sacarlos a pasear en el bolsillo de su chaqueta. Todo fuera por romper con el tópico del judío inteligente pero bajito, subraya sarcásticamente el narrador.
Humor negro, corrosivo que Keret no duda en derramar sobre los estereotipos de su propia cultura y otros usos de la sociedad contemporánea, como una vez más pone de manifiesto al describir la vida de un ginecólogo argentino que terminó de veterinario en Israel, o verter a través de sus personajes comentarios del tipo: «Mi padre dijo que antes, en Israel, una mujer podía ir sola por la calle en plena noche sin tener miedo a nada excepto a los árabes, mientras que hoy esto ya parece Estados Unidos».
Pero que nadie se lleve a engaño: la prosa ágil de Keret no es asunto sencillo aunque pudiera parecerlo a priori. A lo largo de esta treintena de relatos que apenas superan las cuatro páginas vemos desfilar toda una suerte de descabelladas historias en las que con gran capacidad de síntesis se abordan cuestiones que a pocos les serán ajenas: desde esa ambigüedad del destino que a veces se empecina en seguir su curso con independencia de nuestra voluntad (aquel perro malencarado que salva una y otra vez el pellejo a pesar de los infructuosos intentos de liquidarlo por parte de su dueño), a la reflexión sobre la amistad o el peso del azar en nuestras vidas, cuando el narrador nos invita a que fantaseemos sobre la posibilidad de hacernos tan ricos como el protagonista de la fábula: tal vez entonces sería él el que ahora leyese este cuento, nos dice al más puro estilo cortazariano.
Las apelaciones directas al lector se enmarcan, entonces, dentro de este ejercicio de imaginación conjunta en el que tendremos que poner de nuestra parte para perfilar los finales de los relatos, que en numerosas ocasiones parecen de una indefinición deliberada a fin de hacernos colaborar en la labor creadora. Juego extensible a la selección de títulos, que más que orientar sobre el argumento del texto parecen concentrarse lúdicamente en anécdotas periféricas al desarrollo de la trama. Como si con ello nos quisiera advertir de que la mejor manera de afrontar el absurdo que tantas veces preside nuestras vidas fuese con la distancia que nos proporciona el humor.
Y para el que quiera seguir buceando por el universo breve de Keret, recomendamos otras colecciones de relatos como Pizzería kamikaze o La chica sobre la nevera, también publicadas por Siruela.

miércoles, julio 06, 2011

Siempre, Ignacio Elguero de Olavide

Hiperión, Madrid, 2011. 80 pp. 9 €

Ariadna G. García

La obra poética de Ignacio Elguero de Olavide puede dividirse en dos etapas. En la primera encontramos los libros Los años como colores (1998) y Cromos (2000); la segunda se corresponde con los poemarios editados por Ediciones Hiperión, y está constituida por El dormitorio ajeno (2003), Materia (2007) y Siempre (2011). Si bien es cierto que a ambos lados de la zanja es apreciable la huella temática de la poesía épica romana, el diálogo con la tradición poética de los Siglos de Oro, y el tratamiento de asuntos elegiacos (la pérdida, el olvido) o anacreónticos (el placer, el deseo); el estilo, sin embargo, es radicalmente opuesto en una u otra orilla de su creación literaria. A la estética pop de los comienzos (donde abundan las citas, las alusiones musicales o cinematográficas y la escenografía popular urbana), enfrenta Elguero un tono confidencial y meditativo de la mejor estirpe salmantina del siglo XVI. Dentro de esta segunda etapa, los libros van soltando lastre hasta alcanzar la cota de altura que sobrevuela Siempre, sin duda, el mejor poemario de su autor.
En su libro, Elguero dota de carácter simbólico a las coordenadas espacio-temporales donde se localizan los poemas. Todo connota. Nada queda al azar, ni a la improvisación. La lección la ha aprendido de los clásicos. Así, observamos que, según los motivos tratados, tanto el sujeto lírico del libro como la narrataria de los textos, se localizan o bien en un entorno natural (playas, bosques) a plena luz del día, o bien en un espacio cerrado a media noche. Ésta sugiere distintas emociones negativas que van de la añoranza al miedo. La dialéctica presencia/ausencia organiza la obra, que como un lienzo barroco está llena de claroscuros y contrastes de luz.
El pulso que mantienen en el libro la certeza y la incertidumbre determina la estética del conjunto de textos. Ya hemos hablado de la simbología, nos vamos a ocupar ahora de las modalidades oracionales del sujeto que habla. En su afán por detener el tiempo (“trato de retener/ para siempre este instante”, de Asientos contiguos) y por certificar la realidad, la voz que enuncia afirma taxativamente el estado de cosas de su mundo afectivo (“mi noche y mi delirio, tú”; “El deseo es el tiempo que hora habitas”, “Eres relieve, tacto”). Sin embargo, en otras ocasiones, en que las dudas colonizan al amante, la modalidad enunciativa deja paso a la interrogativa. Las preguntas aran la tierra, la llenan de surcos que no alojan ni semillas ni agua. Están a la intemperie, expuestas a nosotros, los lectores, a quienes piden una explicación. Cada interrogación remueve, agita, nuestro propio concepto de lo real (“¿Acaso tú me esperas?/ Sigo pensando en ti/ no sé hasta cuándo”, de Insomnio). Ignacio Elguero, que rinde homenaje con su poemario tanto a San Juan de la Cruz (“Por túneles, bodegas/ voy en busca de ti”, de Tentación) como a Pedro Salinas (“No te persigo a ti, yo aún voy más lejos”, de Dormitorio), es uno de nuestros poetas amorosos más intensos y elegantes. Sus versos rotundos, casi agónicos, redoblan en la mente mucho tiempo después de su lectura (“Te temo, sí/ como a un juego retórico/ donde todo es imagen”, de Límites).

martes, julio 05, 2011

Teatro de ceniza, Manuel Moyano

Prol. Luis Alberto de Cuenca. Menoscuarto, Palencia, 2011. 128 pp. 13 €

Marta Zafrilla

No es difícil encontrar frescura en la literatura actual; la originalidad verdadera, sin embargo, es menos frecuentada. Manuel Moyano ha demostrado publicación tras publicación no sólo sorprender a sus lectores desde argumentos frescos y trabajados, ha sabido dar al público solo la calidad que busca el más escrupuloso lector. Un título de Manuel Moyano nunca defrauda. Un título de Manuel Moyano siempre sorprende. Porque como narrador es ante todo un antropólogo de la realidad, explora la rutina y se zambulle en lo insospechado del día a día. Es capaz de dar brillo al más aburrido silencio y volver patas arriba la rutina más anodina despertando al lector de su mirada cansada y abriéndole los ojos ante el desconcierto que procura siempre la sorpresa de las cosas conocidas.
No piense quien lea estas líneas que el autor que nos concierne aquí se deja llevar por la mera historia que se apodera de su imaginación, nunca es simplemente así en sus páginas. Los fondos de los relatos breves que componen Teatro de ceniza se fundamentan en el buen contenido, sí, pero aparecen revestidos con la mayor de las precisiones lingüísticas. Quien relea cada microcuento de los aquí recogidos encontrará que cada palabra resulta inmejorable, que nunca parece sobrar ni faltar ni una línea, que la historia se ha condensado hasta resultar idónea en su forma y que la prosa gana eficacia siempre a través de los mejores caminos. Y fíjense que hablo de releer porque será sin duda la primera lectura una lectura rápida, presa del hambre de sus palabras y con velocidad de bestseller. Es tan sencillo engancharse a estas páginas que conviene volver a sus historias para detenerse con delicia en cada recoveco de sus letras.
Si es usted fiel seguidor del microrrelato encontrará en Teatro de ceniza piezas antológicas; si no se considera apasionado del género, bucee en estas páginas sin miedo, pues contiene poesía, intensos argumentos y sobre todo buena literatura. Bucee, bucee sin miedo, pero ojo que el agua moja y esta lectura cambia la mirada de sus lectores.

lunes, julio 04, 2011

Filosofía zombi, Jorge Fernández Gonzalo

Anagrama, Barcelona, 2011. 224 pp. 17 €

Santiago Pajares

“El zombi es siempre el alienado, el extranjero, y trae con él nuestro miedo a lo que viene de fuera”.

Jorge Fernández Gonzalo, el autor de Filosofía zombi no es, desde luego, nuevo en el mundo literario. Con 29 años y una tesis doctoral sobre poesía, tiene cinco poemarios publicados y entre otros premios, el Hiperión de poesía, el más importante de toda España. Y ahora nos sale con que ha quedado finalista del premio Anagrama de ensayo. Si esto ya de por sí tiene mérito, conseguirlo con un ensayo titulado Filosofía zombi no hace sino engrandecerlo.
Para el común de los mortales la palabra ensayo es un claro sinónimo de tostón, y uno puede pensar que, aunque la temática sean los zombis, puede llegar a aburrir sobremanera. Entonces la pregunta es, ¿Aburre Filosofía zombi? NO ¿Es realmente entretenido Filosofía zombi? SÍ. ¿Se deja leer Filosofía zombi aunque nunca hayas leído un ensayo? SÍ. Espero haberlo dejado claro.

“El miedo actúa como una pregunta sin respuesta”

No es que los zombis estén de moda, es que no han dejado de estarlo desde principios del siglo XX. Generaciones de cineastas y escritores han utilizado la figura del zombi para exponer temas fundamentales en el ser humano como la supervivencia, el amor, la bondad o la resistencia ante la adversidad. Pero no sólo eso, porque si algo deja claro este libro es que los zombis siempre han sido usados como una alegoría de otras amenazas, desde la guerra de Vietnam hasta el moderno consumismo exacerbado.
Jorge Fernández Gonzalo hace un repaso de toda la filmografía zombi a partir del trabajo de un auténtico gurú del medio, el cineasta George A. Romero, el verdadero introductor del zombi en la moderna cultura popular. Usando como base seis de sus películas comienza a desgranar todo el fenómeno zombi y a buscar referencias en la filosofía, en la literatura, en la política, a veces tan agudas e intrincadas que te preguntas: ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Realmente hemos comenzado hablando de zombis?

“Los personajes son las máscaras de nuestro miedo”

El zombi se distingue de los demás monstruos del género (hombre lobo, vampiros...) por una cuestión de número. Mientras que en el resto de películas si matas al hombre lobo ganas y te salvas, en el contexto zombi no existe salvación posible, tan sólo la duda de hasta dónde podrás aguantar. Es el tetris de las películas de terror. Sabes que caerás, pero no sabes cuando. Entonces se produce algo curioso, que es sobrepasar el miedo a la muerte. No tienes miedo de morir, sabes que morirás, pero no estás dispuesto a convertirte en otro zombi. Hay cosas peores que la muerte, y las ves todos los días. Esa se convierte en la premisa principal. En un mundo donde tenemos acceso a todos los datos, donde estamos sobreinformados y podemos ver desnudos en nuestra pantalla con sólo un par de clicks (uno, si tienes ya un acceso directo), ¿existe algo más que ver un cuerpo desnudo? Sí, verlo desde otro ángulo. Desde dentro.
El libro es un cúmulo infinito de reflexiones sobre el ser humano desde todos los puntos de vista, partiendo siempre desde la temática zombi. Una de mis referencias favoritas es la de la película El amanecer de los muertos (1978), donde dos de los personajes, encerrados en un centro comercial, creen que los zombis les persiguen. Y uno le dice al otro: “No, vienen por costumbre, lo hacían en su vida pasada y lo recuerdan vagamente. Son como nosotros”. ¿Saben los zombis que son zombis? ¿Dónde acaba el humano y dónde empieza el zombi? ¿No hemos hecho nunca algo porque es lo que siempre hemos hecho, sin pensar? ¿No seremos nosotros mismos un estado intermedio entre el humano y el zombi, sin saberlo? De hecho, el propio autor reconoce al final del libro ser un zombi entre otros tantos.

“El arte es para la gente a la que no le preocupan los zombis”