viernes, julio 01, 2011

La bofetada, Cristos Tsiolkas

Trad. Ana Herrera. RBA, Barcelona, 2011. 539 pp. 23 €

Cecilia Frías

Todo comienza con un escenario aparentemente inocente: el de una barbacoa en un barrio residencial australiano un sábado cualquiera al atardecer. Parejas con hijos, amigos, abuelos y demás familia que felizmente se reúnen en casa de Hector y Aisha, los perfectos anfitriones si el lector se asomara ingenuamente a este retablo de vidas en las que todo desprende amabilidad. Sin embargo, y he aquí la clave de la tensión narrativa que con acierto dosifica Christos Tsiolkas a lo largo de la novela, nosotros sabemos mucho más de lo que sucede en apariencia. Como si de unos avezados vouyers se tratase, no dudamos en cederle la mano a este narrador en tercera persona que con pericia nos adentra en los entresijos emocionales de una serie de personajes a punto de estallar.
Solo hay que lanzar la cerilla, una imprudente bofetada del primo de Hector ante la desaforada rabieta del pequeño Hugo, para que la paz familiar salte en mil pedazos. Como si la torta hubiera sido una llamada de atención ante su ineficacia como educadores, los padres del niño responden a la tremenda: hay que dejar el asunto en manos de la policía ya que se trata de un evidente caso de maltrato infantil. Y entonces las reacciones más encontradas se desatan entre los testigos del delito: desde el placer casi erótico de Hector al comprobar que alguien ha tenido las agallas para hacer lo que muchos deseaban con ese enano malcriado, a la indignación de la adolescente que cuida a Hugo o de Aisha, amiga íntima de la hiperprotectora madre de la criatura que se siente ofendida en su propio territorio.
Si el autor nos apresura hasta este momento climático al comienzo del libro en el que inevitablemente tendremos que tomar partido, es solo para que juguemos con él en esta lúdica comparsa de buenos y malos que no hace si no poner de manifiesto la gran hipocresía en la que nos sumerge la sociedad de lo políticamente correcto: el que da un cachete a un niño es un delincuente, fumar mata… cuando lo que realmente resulta perjudicial para la salud de esta serie de personajes es no decir jamás lo que piensan por miedo al juicio del otro.
Hombres que no terminan de madurar a pesar de rondar los cuarenta, mujeres que eligen no ser madres, adolescentes perdidos por sus propias inseguridades, viejos que toman conciencia de la poca dignidad del ser humano cuando la muerte se aproxima. En definitiva, personas de carne y hueso que deben esforzarse para superar la propia insatisfacción. Ninguna generación escapa a la prosa certera de Tsiolkas que con su ojo crítico reflexiona, a través de las ocho figuras que estructuran los capítulos de esta novela coral, sobre el racismo del australiano ante el aborigen, la pérdida de identidad del emigrado o el proteccionismo del “estado-niñera”. Tampoco quedan fuera otros conflictos que atañen a la esfera de lo individual con los que cualquiera podría sentirse identificado: la educación de los hijos, la maternidad como escudo para olvidarse de uno mismo, y sobre todo, el peso de la familia cuando presiona para que tomemos partido con sus tácitos códigos de lealtad.
Puede que en ello resida el mayor acierto del libro: mostrar el lado humano junto al más oscuro de cada uno de los protagonistas hasta hacernos comprender los porqués de sus debilidades, y volvernos a la postre, más benevolentes tanto con ellos como nosotros mismos.

jueves, junio 30, 2011

La piedra lunar, Wilkie Collins

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2010. 528 páginas. 31 €

Care Santos

Comencé a leer a Wilkie Collins a los doce años y hoy le sigo considerado uno de mis autores favoritos. Creo haber leído casi todas sus obras representativas y aun alguna de las menos conocidas, como Antonina o la caída de Roma, su primera novela, que editorial Montesinos publicó hace unos años. Sin embargo, no había leído La piedra lunar, la que se considera, en liza con La dama de blanco, su mejor novela. Podríamos decir, simplificando un poco, que no lo había hecho por falta de ánimos.
No me veía con ánimo de sumergirme en las ediciones que podían encontrarse en las librerías. Casi todas compartían el defecto de poseer más de 600 páginas de finísimo y transparente papel, atiborradas de una letra minúscula. Algunas envejecían fatal. La de Ediciones B, demasiado estrecha y en tapa blanda, era casi imposible de manejar. La más reciente de Belacqua, no mejoraba casi nada de lo dicho. No hablemos de la de Debolsillo o de su hermana casi gemela, en Plaza & Janés. Esta es una novela, hay que decirlo, que no debería aparecer en colecciones de bolsillo y que, sin embargo, se me antoja muy apropiada para libros electrónicos (el bibliófilo Wilkie me perdone). En fin, que llevaba con este problema sin solución unos veinticinco años, y ya me había resignado. Sí, lo sé, podría haber leído La piedra lunar en inglés, pero me asustaba el esfuerzo. Preferí, pues, esperar. Y hete aquí que hace unos meses, Alba premió mi paciencia de lustros con una edición ma-ra-vi-llo-sa de la  novela pendiente. Una edición en tapa dura, que puede abrirse por cualquier página sin disgusto, con el prólogo del autor a las dos ediciones que conoció en vida, y sobrecubierta. Un deleite para los collinsadictos. Me lancé sobre ella sin dudarlo.
Para quien no conozca a Wilkie Collins, sólo se me ocurre decir: Leedle sin perder tiempo.
Para quien ya lo conozca, hay que advertir que en esta obra está lo mejor de él. Su genio novelístico, sus maravillosos personajes, sus historias que nunca pueden encasillarse en un solo género, sus escenarios decorados con mano experta y hábil (una mano que nunca olvida nada que pueda necesitar), sus guiños al lector, su generosidad, su británico y socarrón sentido del humor, su sabiduría al contemplar el mundo... Collins es un escritor gigante, atendiendo a la compleja definición de John Gardner en Para ser novelista: es un conocedor profundo del alma humana, sabe lo bastante del mundo como para hablar de él con autoridad, está preocupado por menudencias que sabe mostrarnos, no practica la demagogia ni el moralismo (aunque algunos de sus personajes son moralistas y demagogos), es quisquilloso, tiene personalidad, jamás arroja sobre nada una mirada convencional y, en definitiva, pone ese sinfín de recursos al servicio de lo que tiene entre manos. En este caso, una historia que podría ser frívola, incluso insustancial, pero que termina por ser compleja y maravillosa.
Esa es la razón, sospecho, por la que sigo leyendo a Wilkie Colins. Si soy sincera, no puedo decir que me interese mucho la trama policial que se desarrolla en este libro. Para resumirla en breves líneas: el nombre alude a un diamante robado en India por un inglés sin escrúpulos,. A la piedra acompaña una maldición brahmánica y juntos, joya y maldición, llegan a la deliciosa Inglaterra victoriana para posarse en el escote de una desfallecida señorita de buena familia, de cuyo secreter serán robadas esa misma noche. Un policía parodicamente british tratará de esclarecer en qué circunstancias ha ocurrido la desgracia, pero su trabajo se verá entorpecido por diversas vicisitudes, la mayor de las cuales, terminará por creer el lector, es el mismo destino. 
En estas páginas, Collins recurre, otra vez, a uno de sus recursos clásicos, en el que es un verdadero maestro: las distintas voces narrativas. Igual que en otras de sus novelas -la más conocida, sin duda, es La dama de blanco-, son sus diversos personajes quienes reconstruyen por partes la historia de modo que el lector recibe el espejismo de ser el único que de verdad sabe qué ocurrió. En estas voces recae el peso de la intriga, dosificada con precisión matemática -la novela se publicó por primera vez por entregas en la revista de Dickens All The Year Round (en 1868).
La trama es notable, precisa, y está llena de sorpresas, pero lo que me interesa de verdad de este libro es la gran habilidad del autor para retratar un mundo en el que las convenciones antaño inamovibles comenzaban a tambalearse, a pesar de que en la Inglaterra del momento no se notara mucho. También su portentosa mano para crear personajes inolvidables, comenzando por el mayordomo Betteredge, socarrón, victoriano hasta la médula, xenófobo, reaccionario, adicto a Robinson Crusoe y divertidísimo; o la sorprendente señorita Rachel, heredera de la joya; o el sargento Cuff, de quien desde su descripción lo esperamos todo, ya que podía ser tomado "por un párroco, un empresario de pompas fúnebres o cualquier otra cosa, menos por lo que realmente era". Los estrafalarios métodos de investigación del sargento le singularizan entre sus colegas, los detectives de novela negra. Lo cual, si tenemos en cuenta que estamos ante una novela fundacional del género policiaco, tiene más mérito aún. La piedra lunar es un clásico, sí, pero se lee como una vuelta de tuerca modernísima a una temática de plena actualidad.
Un detalle curioso, que ningún lector dejará de advertir, es que Collins parece dirigirse todo el tiempo a un interlocutor exclusivamente masculino, con quien se atreve a chismorrear sobre los hábitos de las mujeres o la insignificancia del tabaco de pipa con la complicidad de un amigo íntimo. Imagino que las mujeres victorianas, como las de hoy, no conformaban el público mayoritario de la denominada novela negra.
Y aún a sabiendas de que no he dicho todo lo que podría y que me dejo mucho en el tintero, concluyo con una exclamativa y muy decimonónica aseveración: ¡Lean a Collins, damas y caballeros, y serán ustedes más felices que antes!

miércoles, junio 29, 2011

Una ola con sabor a pez, Nuria Riera Carrillo

Bartleby, Madrid, 2011. 164 pp. 16 €

Fernando Sánchez Calvo

Nuria Riera es una periodista con evidente querencia a la narrativa breve, directa, fresca. No voy a cumplir con el tópico de asegurar que la palabra concisa y exacta que le exige su oficio habitual haya influido en su vocación literaria, entre otras cosas porque es la primera novela de la autora y porque hasta la fecha el que escribe no había leído ningún cuento, ningún microrrelato, ninguna crónica suya. Lo que sí puedo afirmar es que todas las características y virtudes citadas anteriormente las siento como tales, hasta el punto de que leídas las diez primeras páginas, no fui consciente de que ya había empezado la historia por el simple motivo de que el torrente de emociones, reflexiones, pensamientos e imágenes derrochados por la protagonista me habían impedido seguir el hilo argumental. Ése es pues el principal problema de la novela: el difícil juego y combinación entre trama, pensamiento y poesía por el que Nuria Riera ha apostado.
Respecto al argumento, nada nuevo. Mamen, humana, mujer de mediana edad, no pasa por el mejor momento de su vida y decide tirarse al mar, o decide caerse al mar, o decide ir al acantilado para que luego el mar decida por ella. Dentro de él o en las inmediaciones (la novela carece adrede de unas coordenadas espaciales precisas) descubre un mundo habitado por un par de crías gemelas, su tío y su padre y, allí, estos la ayudarán o no (depende de lo quiera Mamen en cada momento) a salir de ese bache, a volver a la felicidad con las herramientas básicas, las de toda la vida: el amor, la comprensión, la paciencia. Esto en cuanto al argumento.
Respecto al tono o actitud, por el contrario, muchas cosas nuevas. Con el suicidio ya mencionado como telón de fondo, no parece sin embargo y no somos conscientes del estado de Mamen hasta que se producen las primeras conversaciones con Isla, una de las gemelas. Es precisamente aquí, en los diálogos, donde se manifiesta todo el pensamiento y la frescura de la narrativa de Nuria Riera. Lo curioso y lo grande lo encontramos en la naturalidad y humanidad con la que la protagonista habla con una niña de suicidios, fracasos sentimentales y otras tragedias. Este binomio, adulto-niño, lo hemos visto triunfar muchas veces en cine, literatura y, por qué no decirlo, en programas de televisión que nos entretienen por la noche, pero sería injusto comparar Una ola con sabor a pez con estos últimos, en primer lugar porque a diferencia de aquéllos, ésta no cae en el chiste y gracia fácil, y en segundo lugar porque dichos diálogos, además de ser portadores del pensamiento de la narradora y protagonista, sirven además para que el lector recupere datos sobre la trama, perdida algunas veces en la propia narración por casi ausencia de ésta.
Por tanto, y a pesar de que el esqueleto narrativo se tambalea en ocasiones y no está suficientemente bien engranado, dicha carencia se suple con la verosimilitud de esta novela irrealista. Nuria Riera ha creado una historia surrealista para una mujer de mediana edad y su crisis existencial, pero ha jugado limpio. Por eso, cuando están hablando de los pulpos que habitan debajo del mar y Mamen pregunta a Isla si ella o su tío Abel hablan con ellos, ésta le contesta indignada que no, que cómo quiere que hablen con ellos si están muertos. Eso en literatura es verosimilitud: la respuesta, irónica e inteligente, tiene sentido dentro de una conversación disparatada.
Para abrir al lector el apetito sobre la posible y plausible lectura de la novela, a continuación cito literalmente (o casi) algunas de las perlas con las que nos sorprende la autora. No importa quién las dice sino el nivel de profundidad al que se llega:
1. Cuando alcanzas el horizonte es que tu vida se está acabando. Entonces, si sufres miopía supongo que debes pensar que eres inmortal.
2. ¿Cuánta gente quiere saber de mí? Pero lo más importante: ¿de cuánta gente quiero yo saber?
3. Espero que seas adoptada. Ser adoptada significa que había una lista larguísima de gente que te quería incluso antes de que nacieras.
4.—Cuesta mucho contradecir a todo el mundo.
—¿Aunque tengas razón?
—Sobre todo si tienes razón
Frescas, profundas y llenas de amor dentro de la triste historia de una mujer, Mamen, que un buen día se tiró al mar porque las tenía todas consigo en este mundo y tuvo la suerte de encontrar a otros personas que le ayudaron a solucionar o no, de manera ilógica, la absurda y cruel vida que le tocó vivir.

martes, junio 28, 2011

Un día me esperaba a mí mismo, Miguel Ángel Ortiz Albero

Jekyll & Jill editores, Zaragoza, 2011. 128 pp. 18 €

Juan Marqués

“Un día me esperaba a mí mismo / Me decía Guillaume ya es tiempo de que vengas / Para que sepa al fin quién soy / Yo que conozco a los demás / Los conozco por los cinco sentidos y algunos otros”, se lee en el poema “Cortejo”, de Apollinaire (publicado en Alcoholes y recogido, por ejemplo, en Zona. Antología poética, Barcelona, Tusquets, 1980, pp. 71-73). Alcools. Poèmes 1898-1913 se publicó por primera vez en abril de 1913, año y medio año antes de que su autor fuese movilizado por petición propia, y destinado al 38 Regimiento de Artillería, con base en Nîmes, para luchar contra el avance de los alemanes. Desde entonces, y hasta su muerte el 9 de noviembre de 1918, Apollinaire ya apenas conocería ni la paz en Europa ni el sosiego en su propio cuerpo, agitado siempre por un exceso de sensibilidad, talento y pasiones por el que a menudo se sentía aplastado. Demasiado que hacer y que decir en muy poco tiempo. Demasiado que vivir y que amar en un mundo roto.
Centrándose en esos últimos años de vida, el poeta zaragozano Miguel Ángel Ortiz Albero narra en el primer título de la editorial Jekyll & Jill las peripecias, movimientos y delirios de Apollinaire, y lo hace desde dentro, no sólo por el recurso ocasional a la primera persona sino por la reproducción y reivindicación de la vida interior, por la prioridad que se da al pensamiento sobre la anécdota, a la imaginación sobre la cotidianeidad, a la poesía sobre la prosa. Levantando a veces un disimulado collage de citas (no sólo del poeta romano), es éste un libro de amor y de guerra, de trenes hacia el mar y de trincheras, de cartas encendidas y de casas incendiadas. La pasión hacia Madeleine, la amistad hacia Berthier, el apetito de vida y de arte, el excedente de creatividad (que, como conmovedor ejemplo, lleva a Apollinaire a fabricar anillos con piezas de aviones derribados), la reivindicación de la belleza de todo lo existente y la exaltación y urgencia del tiempo presente (pues en la narración no existe el futuro y nadie se remonta apenas a un pasado mínimamente remoto)..., van vertebrando un relato por el que desfilan personajes, como la señora Bragelogne, que merecerían algún día su propia novela.
La edición de Jekyll & Jill es tan impecable que no hace falta añadir nada sobre ello, y con este lanzamiento se amplía la obra del inquieto y fecundo Ortiz Albero, escritor de varios registros y activo artista todoterreno que siempre desafía a quien lee u observa sus obras. Una buena actitud y un impulso necesario para una voz muy poderosa.

lunes, junio 27, 2011

Lecturas y lugares, José Luis García Martín

Traspiés, Granada, 2011. 64 pp. 10 €

Ángeles Prieto

Quizá porque la mismísima vida puede reducirse a un constante “ir a” o “venir de”, el lector debería acoger esta intensa, deliciosa y fulgurante joyita con filosofía y cariño. Pues alberga catorce destellos literarios, fulgores de nuestra propia memoria viajera, y también sedentaria, a través de distintas ciudades universales, con sus poetas, palabras y semblanzas. Es decir, nos encontramos con un libro íntimo que nos habla de lo que somos, de nosotros mismos. O más atinadamente, de lo que sabiamente alcanzamos a ser a partir de cierta edad, en la que ya sólo nos redimen los viajes y el recuerdo de los amores perdidos.
Y así, desfilan por sus páginas y fotografías, siempre hermosas y románticas, Venecia, Nueva York, Roma, Coimbra, Nápoles, Ginebra, Lisboa, Livorno o Santander junto con historias, poco conocidas, de aquellos personajes que las habitaron y las dotaron de sentido: Leopardi, Henry James, Shelley, Eça de Queirós, Nietzsche, Axel Munthe, Pessoa o Thomas Mann, en un festín de la palabra y de la memoria contra el olvido y la muerte. Dama a la que no se excluye del libro y que pasea subrepticia por algunas de sus páginas, montada en otra barca.
Porque mantener el corazón sano, fuerte y alegre, secreto para la felicidad que este libro guarda, exige cumplir con algunos requisitos de disciplina y frugalidad, esos que nos enseñan a vivir muy lejos de vanidades y ambiciones, disfrutando de los pequeños placeres que, al fin y a la postre, son los que dotan de sentido verdadero y explicación, a la existencia. Así, Axel Munthe paseando por el hermoso jardín del Cementerio Acatólico, Luis Moure-Mariño ante el roble grande de Basán o Nietzsche llorando de emoción al escuchar música sobre el puente de Rialto, logran encontrarse a sí mismos.
Todo ello (y si no lo digo, reviento), expresado mediante una prosa elegante, culta, fluida y espléndida, con frases largas o cortas pero siempre libre de ripios, exabruptos, salidas de banco, ínfulas, pedanterías, metáforas comunes y errores sintácticos o gramaticales, que incluso sorprenderá al lector más exigente porque bien complicado resulta encontrar ahora una calidad literaria como la que luce esta pequeña obra, en una mesa repleta de novedades: con verdadero equilibrio y profundidad entre fondo y forma.
Un libro provechoso, extraordinariamente intenso pese a la brevedad de sus evocaciones, y con notable capacidad de síntesis, que ni mucho menos puede leerse tan sólo una vez por su contenido, ni tampoco dejar olvidado en el asiento de un autobús por su belleza, quizá porque el Ulises que García Martín en esta obra representa somos todos: “Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Tocar puerto al amanecer, partir a la puesta de sol. Que la mayor parte de mis días transcurran lejos de todo, en medio del océano, a merced del viento, los caprichos del motor, el temporal imprevisto…. Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Pero de sobra sé que no hace falta vivir en el mar para estar siempre de paso”, nos señala con orden y precisión el narrador, viajero y sobre todo, poeta.
Y como todo gran poeta, cerrará gloriosamente su canto con el regreso a Ítaca, su lugar de origen representado en un sólido arco de cuatro pilares que, desde tiempos romanos, acompaña al río Ambroz, el de su propia infancia en Aldeanueva del Camino, Cáceres, convirtiéndolo así en ciudadano romano, en ciudadano del mundo. En el viajero infatigable que hoy es y que sabe que Ítaca es el punto de partida y de llegada, mientras la vida se nos descubre y se nos escurre en el camino.