viernes, mayo 27, 2011

Entrevista a Pablo Gallo, el autor de nuestra nueva imagen de cabecera


"DETESTO LOS LIBROS QUE LOGRAN ABURRIRME"

Desde hoy, La Tormenta en un Vaso tiene nueva cabecera, una ilustración original del artista Pablo Gallo. Para celebrarlo, el autor nos ha concedido esta entrevista, con la que inauguramos una semana cargada de acontecimientos: nuestros anuales Premios Tormenta, que se entregarán el domingo día 5 en Madrid y de los que daremos noticia al día siguiente y el fallo del I Premio de Microrrelatos Tormenta, cuyos finalistas también podréis leer aquí. Esta semana, la Tormenta presenta una programación especial para celebrar la fiesta de los libros.

Pablo Gallo es un gallego afincado en Bilbao, formado en A Coruña y Barcelona, multipremiado y con gran presencia en la red. El año pasado publicó en Ediciones del Viento El libro del voyeur, donde sus dibujos eróticos acompañan textos breves de 69 escritores españoles e hispanoamericanos.

P: Parte de tu trabajo está muy vinculado al mundo del libro. ¿Qué clase de lector eres?

R: Sí, es cierto, desde hace unos tres años -cuando comencé mi proyecto El libro del voyeur- mis dibujos, pinturas y videos se han centrado sobre todo en establecer conexiones con la literatura. Como lector creo que soy desordenado, caótico, leo cosas muy dispares y salto de la narrativa a los libros sobre pintura o cine sin el menor miramiento. Soy un lector que suele acudir a una biblioteca municipal situada en el centro de Bilbao en busca de nuevos libros, tanto clásicos como contemporáneos.

P: ¿Prefieres o detestas algún género en particular?

R: No, no prefiero o detesto género alguno. No le doy tanta importancia a lo que me cuentan, sino a cómo me lo cuentan. Más que preferir o detestar géneros, diría que prefiero los libros que huyen de lo convencional, que intentan abrir nuevos caminos, que mezclan géneros… pero teniendo en cuenta que eso lo encontramos ya en muchos clásicos, clásicos que a menudo son mucho más modernos que cosas que hoy en día se nos venden como modernidades absolutas. Me gustan mucho los libros con tintes autobiográficos, o los diarios, me gusta que alguien me hable de su vida. En este sentido me han gustado mucho recientemente libros como El boxeador polaco (Pre-textos) de Eduardo Halfon, Tiempo de vida (Anagrama) de Marcos Giralt Torrente o Poniéndose ya el abrigo (Ediciones del Viento) de Tim Behrens. Y ahora estoy leyendo los diarios de pintores como Klee, Gauguin o Delacroix, y me mantienen fascinado. No me atraen los libros en los que no hay el menor riesgo o que repiten fórmulas manidas. Y, sobre todo, detesto los libros que logran aburrirme.

P: Qué libro, escrito o no, te gustaría ilustrar?

R: La verdad es que cuando leo un libro nunca pienso en ilustrarlo, no imagino pasajes del libro dibujados ni nada por el estilo. Soy más de imaginar libros que me gustaría que existiesen. Tampoco creo que pueda considerarme ilustrador, ya que vengo de la pintura y apenas tengo experiencia en el campo de la ilustración; de momento el único libro que ha sido publicado habiendo sido ilustrado por mí, es Política de hechos consumados (Limbo Starr, 2009) de Nacho Vegas, mis otros proyectos de libro los veo más bien como proyectos artísticos, que forman parte del conjunto de mi obra y que están conectados, de una u otra manera, al resto de mis dibujos, pinturas y videos. Por ejemplo, El libro del voyeur (Ediciones del viento, 2010) partió de una serie de dibujos eróticos circulares que fueron realizados mucho antes de pensar en hacer un libro con ellos, más tarde 69 escritores ilustraron esos dibujos poniéndoles texto. Y muy pronto verán la luz, con El Gaviero Ediciones, mis dibujos Hiperhíbridos, seres literarios amalgamados, acompañados de textos de Basho Bin-Ho y prólogo de Eloy Fernández Porta. Lo que me atrae de todo esto, es la idea de tender puentes entre las artes plásticas y la literatura, situarme en un terreno fronterizo, un terreno que me parece poco explorado y en el que me encuentro a gusto.

P: ¿Podrías describirnos la nueva cabecera que has hecho para La Tormenta en un Vaso?, ¿dónde buscaste la inspiración? ¿Qué querías transmitir?

R: Es un dibujo en el que aparecen una mujer y un hombre bajo el agua, sumergidos y leyendo y rodeados de libros que se agitan en torno a ellos. Supongo que podría ser una metáfora del hecho de permanecer inmersos en la lectura y desconectados del mundo que les rodea. Quizá floten, o tal vez se hundan. Quizá la escena suceda tras una tormenta descomunal. No lo sé. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Si uno da demasiadas explicaciones sobre lo que hace, el misterio termina por esfumarse.

P: Estás trabajando en un nuevo proyecto a partir de citas de escritores. ¿Puedes contarnos algo más de él?

R: Es un proyecto de libro al que he llamado Disecciones: le he pedido a un centenar de escritores que seleccionen una cita de un escritor muerto, ahora estoy ilustrando cada cita con diferentes estilos y técnicas dependiendo de lo que me sugiera. Empecé hace poco más de dos meses a contactar con escritores. Quería que fuese una antología en la que colaborasen autores de muy diferentes generaciones y tendencias. A la inmensa mayoría no les conozco personalmente y les hice llegar la idea a través de e-mail. Al principio, cuando se me ocurrió, me pareció una idea muy simple y a la vez muy compleja, tenía muchas dudas (las dudas siempre aparecen cuando imagino un nuevo proyecto, creo que es buena señal que hagan acto de presencia). El primer escritor en quien pensé y a quien envié la propuesta, fue Enrique Vila-Matas. Es uno de los autores contemporáneos que más me interesan. Una vez que Vila-Matas dijo que sí, me lancé a por los demás sin la menor duda.

jueves, mayo 26, 2011

Vicio propio, Thomas Pynchon

Trad. Vicente Campos. Tusquets, Barcelona, 2010. 420 pp. 21 €

Antonio Román

Sé lo que me voy a encontrar, a grandes rasgos, cuando me dispongo a leer un libro de Thomas Pynchon. La exageración y la minuciosidad en la descripción llevadas hasta la obsesión. Pynchon es tan preciso y cuidadoso con cada minúsculo detalle como esquivo y huraño cuando se trata de publicitar sus asuntos personales, desconocidos hasta la fecha por el gran público, salvo anécdotas varias y leyendas urbanas de dudosa credibilidad que circulan incontroladas por la red de redes. Todo esto le convierte, en mi opinión, en alguien fascinante. Pareciera que, al tiempo que protege y oculta su identidad, en la medida de lo posible en los tiempos que corren, se esmerase en desgranar hasta el límite la de sus personajes y sus historias, frenéticas y disparatadas, creíbles precisamente por lo aparentemente inverosímiles que pueden resultar en ocasiones.
Y eso que se puede decir que, en comparación con el resto de su obra hasta la fecha, Pynchon resulta bastante comedido en su última novela. Comedido en el sentido de convencional, de fácil y asequible para el lector medio, cualidades éstas no muy habituales en él. Digamos que en esta ocasión tiene una deliberada piedad por los que estamos al otro lado, característica ésta que brilla por su ausencia en anteriores obras del autor americano tales como El arcoiris de gravedad, V o La subasta del lote 49, auténticos rompecabezas que muchas veces nos acaban abrumando y dejándonos con sentimientos encontrados, a medio camino entre el reconocimiento a su gran capacidad como tejedor de historias rocambolescas y el de la incapacidad propia para seguir sus devaneos literarios. En resumen, sensaciones no muy distintas de las que se tienen leyendo a Joyce, por ejemplo, salvando las distancias, estilísticas sobre todo.
Vicio propio nos sitúa en un espeso microcosmos en el que no desentonarían personajes del estilo descuidado y casi entrañable de El Nota de El Gran Lebowsky. El entorno donde se desarrolla se puede casi palpar de tan real que lo presenta; esta novela suda, huele, late. Es divertido y frenético el vaivén de una miríada de personajes entrelazados en tramas de lo más variopintas, muy especialmente representados por un detective hippy que se convierte de inmediato en el clásico antihéroe. El desorden y la superficialidad alestilocaliforniano están presentes en cada escena, casi como un personaje más. La trama mezcla elementos clásicos de la novela negra con la explotación de tópicos sobre surfistas y músicos anclados en el bucle de los 70. El tratamiento de los personajes es, como decía anteriormente, peculiar: aparecen y desaparecen al antojo del autor sin demasiados artificios ni explicaciones. Son espontáneos y autónomos, parece que tuviesen voluntad propia para elegir en qué momentos y lugares del texto quieren tener protagonismo o pasar al olvido. Todo esto sazonado con referencias a protagonistas de la época como Charles Manson, a quien se atribuyen las culpas del miedo latente en las calles, o Richard Nixon, recurrente como pocos en cualquier relato setentero que se precie.
En Doc Sportello hallamos un clásico instantáneo, uno de esos personajes a los que es sencillo adjudicar de inmediato la cara de algún actor de Hollywood. Fumeta, descuidado, irónico, valiente porque no tiene arraigo ni nada que perder, preocupado sólo de encontrar a los mejores dealers, disfraza su auténtica búsqueda con otras, camuflando su único interés con una supuesta y relajada tarea detectivesca. Sólo reacciona a estímulos primarios: posibilidad de encontrar buena marihuana y sexo fácil. Lo demás no le interesa demasiado, pese a que detectamos una pátina de bonhomía, de compromiso oculto con el bien, que nos hace identificarnos y empatizar con él a lo largo de sus desventuras. La desaparición de su novia Shasta con el magnate Mickey Wolfmann, y la desesperada y poco clara petición de ayuda de la misma, es el desencadenante de una serie de sucesos que van complicando la historia poco a poco. Todo el mundo está relacionado, los grados de separación son mínimos, pareciese que la acción se desarrolla en una aldea, pero esto es, a fin de cuentas, no muy distinto de cómo funcionan las cosas en la realidad. El argumento, las intrigas sobre desapariciones, las brillantes descripciones de los los lapsos de memoria fruto de el consumo indiscriminado de todo tipo de sustancias por parte del protagonista y las aristas de los múltiples personajes son solo detalles necesarios para el verdadero fin: una nueva demostración de control del medio por parte de Pynchon. En esto casi se mimetizan autor y protagonista.
La novela es indiscutiblemente carne de celuloide, en muchos pasajes las palabras casi forman hologramas tangibles, tal es a veces la sensación de realidad. Yes ahí dondereside el principal mérito descriptivo de Pynchon, donde está la prueba incontestable de su maestría en el género.

miércoles, mayo 25, 2011

Olga y la ciudad, José Marzo

ACVF Editorial, Madrid, 2011. 156 pp. 11,95 €

Miguel Baquero

Un equipo de guionistas, un director y un productor de cine se reúnen en una casa de pueblo, en medio de un hermoso paisaje, a fin de preparar el guión y posterior rodaje de Olga y la ciudad, una película basada en el libro homónimo. Durante varios días, los cineastas estudian el modo en que podrán plasmar mejor, mediante imágenes, la esencia del libro, en que podrán explicarse de modo visual y en que, inevitablemente, tendrán que efectuar modificaciones o reinterpretar fílmicamente el texto escrito.
A manera de un gran juego literario, magníficamente planteado, Olga y la ciudad, la última novela de José Marzo (Madrid, 1966), nos cuenta una historia no de forma directa, ni por narrador interpuesto, sino por la interpretación que varias personas hacen de esa historia mientras están preparando su adaptación al cine. Con ello, Marzo logra —insisto: en original y magnífico ejercicio literario— contar una historia a través de escenas fragmentadas, detenerse en los aspectos fundamentales sin la necesidad, seguramente inevitable en las narraciones, de los párrafos de transición, de las frases de relleno. Marzo ha extraído el corazón de una historia y lo ha expuesto crudamente encima de una mesa, para que sea analizado, a la manera de unos forenses, por un equipo de cineastas que preparan un guion o, lo que es lo mismo, la forma de envolver nuevamente ese pedazo de carne latiente.
Pero Olga y la ciudad, la novela, no se reduce a ese juego metaliterario, con ser espléndido, sino que da pie a un largo e interesantísimo debate sobre el predominio que en nuestros tiempos tiene lo audiovisual —a través de la televisión y el cine, básicamente— y cómo ello marca nuestra visión del mundo.
«El lenguaje visual ha recuperado el protagonismo del que ya había gozado en la Edad Media. Los artistas medievales se expresaban mediante relieves y pinturas, y el pueblo, hasta la más ignorante de las personas, podía leer de algún modo aquella vida del santo, tras la cual se exponían una leyenda, una fábula y una enseñanza moral (…) Ahora es casi peor, porque el público se limita a digerir las imágenes, sin interpretarlas. Todo el potaje se le da cocinado y masticado. Se incentiva la pereza mental (…) Los momentos más brillantes y democráticos de la Historia, los periodos de verdadero progreso, coincidieron con la reivindicación de la palabra y el debate».
Pero tampoco está cuestión filosófica —o semiótica, si se prefiere— marca la verdadera profundidad de Olga y la ciudad, que aún encierra en su interior el análisis de un aspecto profundamente humano: la necesidad, el sentido de las cosas que hacemos. Desde un primer momento, el lector sospecha que el proyecto cinematográfico basado en la película es muy difícil que salga adelante, y poco a poco va tomando forma el fracaso hasta convertirse en inevitable. Sin embargo, tanto los guionistas como el director siguen trabajando en la adaptación de la película porque, de algún modo, sienten que no pueden dejar de hacerlo, que aunque trabajen para nada su deber es olvidar lo inexorable e intentar edificar algo, aunque esté destinado a la ruina.
Finalmente —y no se tome esto por un spoiler, las buenas novelas no fían todo a un sorpresivo final—, quizás una sola escena valga para salvar el proyecto, una imagen, casi imposible de describir con palabras, redima el trabajo de todo el equipo. Al final, y después de todo, quizás sea posible la salvación…
Con esta estupenda novela, que se mueve en las profundidades arriba —y humildemente— reseñadas, José Marzo vuelve a demostrar su categoría de novelista —que es mucho más que la de simple narrador—, su capacidad para construir historias con hondura filosófica y humana, muy al margen de quienes conciben y practican la novela como simples anecdotarios o mecanismos de evasión. Con Olga y la ciudad, José Marzo ofrece de nuevo una ocasión, para quien no le conozca, de engancharse a la obra de uno de los autores actualmente más importantes en el plano meramente literario.

martes, mayo 24, 2011

Un sueño fugaz, Iván Thays

Anagrama, Barcelona, 2011. 180 pp. 15 €

Pedro Ramos

«El profesor Delgado escribió en la pizarra de acrílico: Blancanieves en Nueva York». Así empieza el prólogo de Un sueño fugaz, el libro más reciente de Iván Thays (Lima, 1968). Si seguimos leyendo (y es difícil no hacerlo después de las primeras páginas) descubriremos quien es el profesor Delgado —responsable de un taller literario llamado Centeno— quiénes son Tomás, Milovana, Esteban, Mercedes, Jaime, Sumalavia y, al final del libro, tendremos un retrato completo de nuestro protagonista: un escritor en horas bajas, anímica, física y literariamente, que se reencuentra con sus antiguos compañeros, uno por capítulo. Es gracias a estos reencuentros que el lector descubre, por boca del propio escritor, lo que fue de sus vidas, esperanzas, sueños e ilusiones. Una sucesión de momentos emotivos, mezquinos y algún ajuste de cuentas, salpicados de reflexiones e indirectas literarias y metaliterarias que convierten el libro (sin decidirme a calificarlo como libro de cuentos, lo dejo en el territorio ambiguo y extenso de novela, prefiero el sustantivo común y, muchas veces mal empleado, de libro) en un material interesante de apoyo para explicar conceptos como conflicto o la construcción de un personaje porque este libro, más que contar una historia, se centra en el conflicto de nuestro protagonista: el fracaso (aquí, literario y vital), porque cada una de las historias que se nos muestran, incluso las que surgen del interior de otras historias a modo de matriuskas rusas (como la desaparición de Paulo, el hijo del escritor, protagonista y epicentro de todas las tramas) contribuye a que el lector construya a partir de diferentes fragmentos de una vida, un personaje que se muestra con sus virtudes y defectos, aciertos y equivocaciones, un personaje que tiende a humano y que, quizá (eso nunca puede saberse sin hablar con el propio autor) beba de la realidad de algún plumilla residente en Venecia (o no).

lunes, mayo 23, 2011

El hacedor (de Borges), Remake, Agustín Fernández Mallo

Alfaguara, Madrid, 2011. 180 pp. 18,50 €

Santiago Pajares

No sé si lo que hizo hace algunos años Agustín Fernández Mallo con su trilogía Nocilla dream se puede llamar revolución (ni creo que me corresponda a mí etiquetarlo), pero hay que reconocer que sí llamó la atención sobre otra manera de contar historias, una forma quizá no nueva, pero sí menos usual, con un tono fresco y aunque un poco gafapasta, realmente impactante. En este nuestro mundo, cualquier texto que nos haga detenernos durante unos instantes y reflexionar, merece un pequeño aplauso y una invitación a una caña al autor si te lo encuentras por la calle.
Tras acuñar en el año 2000 el termino poesía post-poética (conexiones entre literatura y ciencias), Agustín Fernández Mallo se lanzó a escribir pequeños esbozos de ficción (o docuficción, otro de sus términos) donde se inspira en reportajes científicos, con temas como el colisionador de hadrones de Ginebra. ¿Pero cómo se ficciona algo así? ¿Cómo llevar esos temas al gran público? ¿Cómo hacer que todas esas apasionantes teorías para los científicos les toquen también a la gente de la calle? Y lo que es más importante: ¿cómo conseguir que no suene increíblemente pretencioso?
Pues Agustín Fernández Mallo lo consigue. No sé bien cómo, pero lo consigue. Tras la llamarada que supuso Nocilla Dream quedaba lo más difícil, que era continuar. La elección de hacer un libro/remake del libro El hacedor de Borges (aunque inspirado muy muy libremente, a veces tanto que uno piensa que se podría haber llamado de otra manera sin problemas) es un tanto arriesgada. Al fin y al cabo, las comparaciones son odiosas, sobre todo para el que pierde. Pero no creo que se pueda hacer una comparación real de ambos textos, no al menos para determinar cual es mejor (ni desde luego es mi misión aclararlo).
¿Qué contiene entonces este libro? ¿Qué podemos esperar de él? Está compuesto por pequeñas piezas o capítulos no relacionados en principio unos con otros. En ellos nos podemos encontrar a un hombre que rompe relaciones sentimentales por dinero, al propio Borges como guionista de la factoría de cómics Marvel, a un hombre que nació con la vida ya vivida y según el tiempo transcurre va perdiendo recuerdos o, al igual que en original de El hacedor de Borges, poemas. El lector tiende a buscar elementos de cohesión entre unos relatos y otros, y aunque algunas veces lo consigue (en forma de posters de electrodomésticos, por ejemplo) , los demás, que seguro que los hay, están muy diluidos para un lector no atento.
Fernández Mallo no se conforma con la letra impresa y utiliza todo lo que tiene a mano para sacar adelante sus piezas de la forma que mejor cree posible, como puede ser enlaces de youtube, fotos de google earth, mapas o fotos hechas por él mismo. Todo vale para un fin, si este es bueno. Y éste lo es.
No es sencillo escribir una reseña de este libro, y a veces algunos relatos descolocan y te hacen dudar sobre lo que estás leyendo y para qué, pero me cuesta imaginar a alguien que no le toque alguna de sus piezas, como me tocó a mí la expuesta al principio de esta reseña. Muchas veces me he detenido durante su lectura y he levantado la cabeza para dejar reposar esas palabras ya leídas, y no hay muchos libros capaces de hacer eso. Por eso, para mí, la invitación a una caña a Agustín Fernández Mallo sigue abierta.
No sé que opinará Borges, pero yo me apunto.