viernes, abril 29, 2011

Los sinsabores del verdadero policía, Roberto Bolaño

Anagrama, Barcelona, 2011. 328 pp. 19,50 €

Fernando Sánchez Calvo

A veces uno detiene la frenética actividad literaria a la que él mismo se somete durante todo el año, se da un mísero segundo donde colocar algo de serenidad, reflexión o lucidez y descubre que de los últimos quince libros que ha leído, sólo recuerda el contenido de cinco, los personajes de dos y, eso sí, el título de todos ellos. Después de un mes, o de dos (depende de la memoria de cada uno) lo que nos queda del libro que leímos es el título. Eso es lo que somos muchas veces como lectores: un título que recomendar al amigo o internauta más cercano que todavía no lo conoce, un título que archivar en nuestra carpeta de reseñas del disco duro para que, si nos preguntan dentro de un par de años, podamos asegurar que sí estuvimos en esa novela, que sí descansamos en ese poemario. Creo que por ello muchos de nosotros optamos por el mal menor y un día cualquiera empezamos a escribir reseñas para que nos regalen libros y para que entre el tiempo que dista de la lectura de una obra a la crítica que se redacta sobre ella por lo menos el libro en cuestión tenga cierta esperanza de ser revivido por el mismo lector dos veces, amén de encontrar un sitio fijo en la web.
Más rabia te da no obstante, si la historia que olvidas en ese mes es Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, un magnífico enfermo de la literatura del que no hace falta citar nombres como Los detectives salvajes, Estrella distante, Putas asesinas, Llamadas telefónicas, entre otras, pero que vamos a citar porque ya hemos dicho antes que lo único que recordamos al final de todo, incluso de los grandes enfermos de la literatura como Roberto Bolaño, son los títulos. Con carácter autónomo pero englobado dentro de la obra total que persiguió siempre el chileno, Los sinsabores del verdadero policía es posiblemente el libro más rayuélico del poeta y narrador, la obra más desgajada adrede por el autor para que nosotros, sus seguidores, los verdaderos policías de esta novela, juguemos a ordenarla, aunque nunca a completarla. Dividida en cinco partes, el mundo de las grandes novelas de Bolaño vuelve a repetirse aquí por edición (que no por escritura, pues la redacción de la obra es anterior a clásicos como 2666): Amalfitano, Archimboldi, la literatura, la subliteratura y los ya míticos y mitificados desiertos de Sonora, o lo que es lo mismo: Santa Teresa, o lo que es lo mismo: Ciudad Juárez, o lo que es lo mismo: Roberto Bolaño, son constantes que vuelven a aparecer pero formando una nueva historia. Una vez más, los personajes y los espacios son los mismos o parecidos. Una vez más, la desgracia nos resulta familiar, pero lo suficientemente distinta para compadecernos de unos nuevos miserables, aunque compartan el mismo nombre e identidad.
Concretamente, Amalfitano, profesor de literatura que bota de universidad en universidad por problemas digamos que sentimentales y profesionales hasta caer en México, y Padilla (pérfido amante de Amalfitano, escritor infrarrealista de novelas inconclusas) son los protagonistas de esta póstuma joya que se abre con una clasificación no nueva de la literatura castellana y universal, la cual divide a los poetas en dos grandes grupos: maricas y maricones. Por supuesto, Góngora y Quevedo pertenecen a los primeros; Fray Luis y San Juan a los segundos. Después, los vaivenes del profesor, sus relaciones con la élite cultural catalana, el recuerdo de la muerte de su mujer y la oscura y vacía relación con su hija Rosa, quien acusa a su padre de haberla convertido en una errante apátrida y en una hablante española sin acento, “tipo Naciones Unidas”, van construyendo un esqueleto formado a ratos por la violencia, el cinismo, la insolidaridad (“En la raíz de todos mis males, se encuentra mi admiración por los delincuentes, las putas, los perturbados mentales, se decía Amalfitano con amargura”) y a ratos por emociones en estado puro (“¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.”). Entre medias, la eterna y no suficientemente contada desventura de México y su frontera, de México y toda la mierda que sobre ella echa Estados Unidos pero que México no devuelve.
Hace como cosa de un año vi un documental en Imprescindibles, de RTVE. En él Vargas Llosa venía a decir que para ser lector de Bolaño hace falta una gran concentración y un alto nivel cultural para el que no todo el mundo está preparado. Yo creo que además, hace falta un gran estómago y un gran corazón que sean capaces de soportar tanto desarraigo, tanta soledad y tanta incomunicación como la que vive el bueno, miserable y desgraciado de Amalfitano, quien a diferencia de los salvajes Arturo Belano y Ulyses Lima, ni siquiera se puede dar el lujo de vivir tal y como aconseja Mario Santiago, alter ego del segundo: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio”. Son versos demasiado grandes para Amalfitano. Por eso acabaremos olvidando a este personaje, por su desgraciada esencia y porque, como he dicho al principio, uno, al final de las novelas, acaba recordando sólo el título.

jueves, abril 28, 2011

Némesis, Philip Roth

Trad. de Jordi Fibla. Mondadori, Barcelona, 2011. 214 pp. 21,90 €

Juan Marqués

Pocas veces sucede que, inmediatamente después de leer la última palabra de una novela, uno sienta ganas de volver directamente a la primera para comenzar de nuevo a recorrerla. Philip Roth lo ha vuelto a conseguir, como ya sucedió con la generalmente infravalorada La conjura contra América (2004) o, aún más recientemente, con Indignación(2008), que se convirtió de golpe en una de las mejores “novelas de campus” escritas nunca.
Némesis es, ahora, otra obra maestra escrita en permanente estado de gracia, con la ventaja de que, por sencilla, se diría que no se nota. Carece de cualquier tipo de trampas, artificios, complicaciones e incluso sorpresas, pero (en buena alianza con Jordi Fibla, el traductor más tenaz de Roth) consigue ser una narración trepidante, pulcra, ordenada, sin cabos sueltos ni tramas secundarias, sin apenas golpes de efecto (y el principal de éstos, que implica a la voz narrativa, constituye un gran acierto) ni voluntad de abrumar en ningún sentido. Su grandeza está en el modo en el que aborda un tema que a otro novelista aparentemente más ambicioso le habría llevado a una novela mucho más gruesa, poliédrica y generalista: una mortífera epidemia de poliomielitis en 1944 es un tema muy jugoso para contar muchas cosas, recorrer muchas ciudades e insinuar audaces correspondencias con lo que estaba sucediendo por entonces en las trincheras de Europa y en los campos de exterminio. Roth, en cambio, consigue todo eso de una forma más eficaz y elegante al focalizar muy particularmente, en la primera parte, lo que sucede en el barrio judío de Newark, tan bien conocido por él y tan frecuentado en sus narraciones, y centrándose en muy pocos personajes, principalmente en uno, el honrado profesor de gimnasia Bucky Cantor, a quien la narración disecciona magistral e inolvidablemente en cada una de las líneas de Némesis. En la segunda parte la acción se traslada a un campamento de verano de Indian Hill, y la narración, como el propio escenario, se hace más oxigenada y serena, menos asfixiante, pero durante muy pocas páginas de tregua... La tercera parte, ya epilogal, nos devuelve a Newark: ha pasado el tiempo y la conversación en la que allí se nos invita a entrometernos eleva definitivamente la novela, pero huyendo de ese moralismo que tanto ha repugnado siempre al autor.
Philip Roth, en general, da lo mejor de sí mismo en sus novelas digamos “históricas” y no tanto en las que se asoman a conflictos privados, pero no porque aquellas traten temas en principio más graves y trascendentales, sino por el modo de hacerlo, porque esa épica de lo pequeño que guía a Roth es más conmovedora cuando el telón de fondo, el paisaje temporal, el contexto... es más importante desde un punto de vista colectivo. La conjura contra América, por ejemplo, partía de una idea muy atractiva (la posibilidad de un presidente pronazi en la Casa Blanca) que daba para ensayar escenas de tremenda seriedad diplomática, recurrir a sucesos espectaculares o fantasear panorámicamente sobre las distintas reacciones universales ante ellos..., y en cierto modo lo hacía, pero logrando a la vez que las páginas más impresionantes fuesen aquellas en las que un niño judío queda encerrado durante unos pocos minutos en el cuarto de baño de su casa.
En Némesis lo alegórico también funciona de un modo tan tácito y pudoroso como potente. Tanto como sus últimas líneas, que rematan una novela gloriosa.

miércoles, abril 27, 2011

Caligrafía de los sueños, Juan Marsé

Lumen, Barcelona, 2011. 440 pp. 22,90 €

Fernando Sánchez Calvo

Ringo es un adolescente que, sin saberlo, siempre lleva las de perder. Por iluso, por obligación narrativa y porque de entre todos los personajes de la última novela de Juan Marsé, es el único que no crece o que se niega a crecer, el único que no se entera de nada, el protagonista de todo, el núcleo en el que confluyen todas las venas argumentales. En definitiva: el centro que no se sabe centro.
Vuelve con este último título el novelista de raza que es el autor catalán, el que, con un narrador omnisciente poderoso pero a la vez compasivo, rinde tributo una vez más a la herencia cervantina que unta pequeñas dosis de ficción (las que se permiten) a la cruda realidad de la Barcelona de posguerra. Volvemos con ello a un tema recurrente en el Premio Cervantes, ya tratado en El embrujo de Shanghai, Últimas tardes con Teresa o La oscura historia de mi prima Montse, por citar sólo algunas de sus obras más famosas: el del adolescente que a fuerza de desengaños (principalmente proporcionados por el lado paterno) se convierte en adulto, el del adulto que a fuerza de engaños se cree un adolescente, el de los tristes desgraciados que aspiran sin mucha ilusión a colorear, aunque sea con tragedia y no con risas, la infumable burbuja en la que los ha aislado el triunfante régimen franquista. Sumado a esto, tintes autobiográficos: el Marsé niño que empezaba a escribir, las calles y lugares más emblemáticos de la Ciudad Condal, entre otros.
La escandalosa enajenación que sufre la Señora Mir, curandera y romántica trasnochada que espera la vuelta de su amante, su héroe local, sobre las vías de un tren que ya no pasa por allí, abre la trama de una historia que aguanta bien el suspense y el erotismo (otro de los motivos recurrentes de Marsé), aunque en ocasiones se vea perjudicada por el ritmo narrativo, un tanto moroso. Esta pequeña tara, no obstante, queda contrarrestada con los ágiles diálogos de amigos que juegan, de taberneros que escuchan, de fanfarrones que cuentan: la oralidad, lo que se cuenta, lo que se dice, lo que se rumorea, tiene mucho más peso por lo tanto que lo que de verdad está pasando histórica y socialmente en esos momentos.
Sin aportar nada nuevo a la narrativa del autor (son ya muchas novelas estirando el mismo leitmotiv), Caligrafía de los sueños deja perlas como las siguientes: “¿Adónde van a parar los dedos muertos de los pianistas?, ¿cómo es que me duele el dedo que no tengo?”, pregunta el iluso y soñador Ringo a su madre después de sufrir un accidente en el trabajo. A pesar de los pesares, de los sueños frustrados, de los amores mal tramitados y otras mediocridades, Ringo insiste y escucha, insiste y observa, insiste y escribe todo lo que no escucha ni observa para ver si, con un nuevo tipo de caligrafía o letra, otra Barcelona, como aquella a la que se aludía en los doblajes de El zorro, sustituye a la oficial. A ver si con un poco de suerte, la forma trae al contenido. No hay motivos ni precedentes para hacerse ilusiones pero, como bien apunta el compasivo y cervantino narrador en uno de los capítulos centrales, Ringo “cree que solamente en ese territorio ignoto y abrupto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repeler el entorno hostil y reinventarse a sí mismo”.

martes, abril 26, 2011

Habitaciones cerradas, Care Santos

Planeta, Barcelona, 2011. 496 pp. 20,90 €

Victoria R. Gil

Hace casi dos años, el escritor Félix J. Palma, quien parece manejarse con lo sobrenatural con la misma soltura que Care Santos, predecía que la escritora catalana publicaría en el año 2011 "una novela magistral que la convertirá en la autora más famosa del mundo". Por lo pronto, Habitaciones Cerradas va por su segunda edición y ha entrado en la lista de los más vendidos en catalán y castellano, transcurrido únicamente un mes desde su lanzamiento. Además, ha sido uno de los libros más buscados durante la reciente edición de Sant Jordi y sus derechos se han vendido ya a varios países para su traducción.
Asegura Care Santos que todos sus obras, se vistan con ropajes fantásticos o realistas, y vayan dirigidas a un público adulto o juvenil, surgen siempre del mismo germen inspirador: la dificultad de relacionarse con quienes tenemos más cerca. Habitaciones cerradas no escapa a esa intimidad esquinada y exhibe todo tipo de mentiras, traiciones, celos y crímenes que fluyen como turbias corrientes por varias generaciones de una misma familia de la burguesía industrial catalana.
Si un libro es un camino que conduce a todas partes, éste se recorre desde la encrucijada de la recreación histórica, la crónica social, el folletín, la intriga y hasta la narración gótica, a través del esplendor y la decadencia de los Lax, el hilo conductor del que se sirve la escritora para hablar de la Barcelona modernista que cabalga entre dos siglos y que empieza a convertirse en la ciudad que conocemos hoy.
El lugar en que se nace no depende más que del azar. Luego, con suerte, uno se enamora. Y en Habitaciones cerradas, Care Santos se rinde de amor a Barcelona, dotándola de la intensidad y la verosimilitud que terminarán por convertirla en un personaje más de la historia, tan protagonista la ciudad, sus costumbres, su arte y su urbanismo, como la familia cuyos secretos se esconden agazapados tras demasiados muros. Unos muros en los que, sin embargo, se adentra la novela para mostrarnos el lado más oscuro e íntimo de sus habitantes, en torno a los que la autora hace circular el aire para que tanto piedras como personas afloren desde el pasado.
Que a Santos no le gustan las cosas fáciles resulta obvio. En la mayoría de sus obras huye siempre de la narración lineal y del narrador único, y en ésta ilumina más de cien años en la vida de los Lax valiéndose de continuos saltos en el tiempo y, entre otras piezas, de cartas, noticias de prensa, correos electrónicos, atestados policiales y descripciones de cuadros, con las que compone un mecano de sólida estructura que no se tambalea nunca. Pero si remata con habilidad los múltiples hilos que ha manejado a lo largo de la novela, mayor es el acierto con que cede al lector la resolución de algunos de ellos, sutiles y entreverados en sus páginas, que nos perseguirán, aun después de cerrado el libro: un tren en miniatura que quizás fuera manipulado… una pistola que tal vez llegó a ser disparada por su dueño... Un accidente que acaso no lo fuera…
En Habitaciones cerradas vamos a reencontrarnos con el talento fabulador de Care Santos y con esa capacidad tan suya para encajar la realidad en la ficción que ya nos regaló momentos jocosos en Crypta, por citar una de sus novelas más recientes, donde tras el AVE que amenaza con derruir la Sagrada Familia se oculta, en realidad, un diablo tan encantador como maléfico. Aquí, no duda en valerse de hechos reales y de personajes históricos para acompasarlos al ritmo de la familia Lax, y lo mismo convoca una sesión de escritura automática con Francesc Canals i Ambrós, el Santet, que organiza un improvisado aperitivo para el rey Alfonso XIII. Algo que no puede sorprendernos de quien ya sirviera un impresionante banquete al mismísimo emperador Octavio Augusto en La muerte de Venus.
Casi 500 páginas de pasiones, intrigas y misterios que, te das cuenta de pronto, si hubieran sido el doble las habrías leído con igual disfrute y sin el menor empacho. Porque la decisión de no agotar las vidas de Violeta, Modesto, Valérie, Fiorella y Silvana no consigue sino hacerte desear saber más de cada uno de ellos. Y confiar que, en su lucha contra la desmemoria que provoca el paso del tiempo, Care Santos no se rinda a su avance y encuentre el modo de desvelar los muchos secretos que aún guarda la familia Lax.

lunes, abril 25, 2011

La voz de Nueva York, O’Henry (William Sidney Porter)

Trad. Mª Teresa Sánchez Montesinos. Editorial Traspiés, Granada, 2011. 120 pp. 14 €

Ángeles Prieto

En esa larga tradición del relato breve norteamericano, que desde estas latitudes podemos iniciar con Washington Irving o Edgard Allan Poe, y que ahora nos llevaría a los determinantes y decisivos Raymond Carver o P. J. O’Rourke, la obra de O’Henry (pseudónimo de William Sidney Porter) destaca por su estilo directo, sus despliegues sentimentales y sus finales sorpresa, casi siempre alegres, en feliz comunión con el lector. Un clásico enérgico que no se puede pasar por alto, so pena de perdernos la transmisión, epicúrea y vigorosa, de lo que fue la ciudad de Nueva York a inicios de siglo, una urbe en constante transformación, la tierra de todas las oportunidades.
Una ciudad que nos fue descrita con pasión y entusiasmo por un autor prolífico y a la vez genial, pleno de talento, circunstancia venturosa que acontece cuando el narrador en cuestión logra tomar la medida a esa cajita de música perfecta que todo buen cuento constituye. No sólo en la forma o tamaño, también por esa conmoción emocional, esa epifanía sentimental que el relato corto debe transmitirnos para que lo sintamos nuestro. Fertilidad que también consiguieron en nuestro país autoras como Emilia Pardo Bazán, o como la que disfruta actualmente Joyce Carol Oates, posiblemente la mejor narradora viva del Planeta, en una comparación que podría parecer chocante ante narrador tan descaradamente viril como lo fue O’Henry, pero viene a cuento porque nada tiene que ver productividad o sexo del autor, con el talento narrativo.
Así, de las aproximadamente doscientas setenta historias que el talento de O’Henry nos legara, aquellas que escribió frenéticamente sobrepasada ya la mitad de una vida aventurera, apurada y azarosa, con cárcel incluida, una existencia en la que ejerció más de una decena de oficios antes de dar con la escritura, la editorial Traspiés, muy acertadamente, ha decidido seleccionar sólo doce.
Porque precisamente estos doce relatos, deliciosos y magistrales, traducidos con la agilidad y el acierto necesarios para este maestro del slam de su época, responden al propósito del libro: conseguir La voz de Nueva York, título de uno de los relatos, y a la vez crónica periodística, con la que O’Henry nos fotografió el bullicio de la urbe más aclamada del mundo. Pues en este libro se nos despliegan las diferencias sociales (“El asesino de tontos”, “Mientras el auto espera”), las nuevas costumbres y aficiones (“Una comedia elástica”, “Extraditada de Bohemia”), la necesaria ley y orden (“El toque de corneta”), pero también el anuncio del fin para otra forma de vida más sana (“La derrota de la ciudad”).
Y sobre todo, muy estruendosa, ruge La voz de Nueva York, tanto en el guiño silencioso que O’Henry nos efectúa en el primer relato, como en la maravillosa “Vida completa de John Hopkins” donde la ciudad en la que te puedes sentir tan inconmensurablemente grande, como infinitamente pequeño, se despliega con todos sus poderes: “Te dispones a pisar la hierba para arrancar una clavelina en el parque… y… ¡zas!, te atacan unos bandidos, te llevan en ambulancia al hospital, te casas con la enfermera, te divorcias; te metes en jaleos por si echabas de menos los altibajos, te arruinas, te casas con una heredera, recoges tu colada y pagas tus deudas en el club, todo en un abrir y cerrar de ojos”. Y te quedas sin aliento. Porque este párrafo del maestro O’Henry, sin exageraciones y con exactitud, es justo lo que supone la Gran Manzana para nosotros, un inmenso abanico abierto de posibilidades, tanto en el siglo pasado como en éste. Y quien la mordió, lo sabe.
Como cuando a veces, en una mesa de novedades editoriales, repleta de gruesos tomos con colores llamativos y chirriantes, de grandes nombres y mejor marketing, te encuentras mareado o perdido y de repente tropiezas con esta pequeña y delicada joyita para la alegría, con lo que ya sólo nos queda desear que la ya prolífica editorial Traspiés, al igual que Nueva York nunca duerma, y siga regalándonos exquisitas lecciones de literatura como ésta.