viernes, abril 22, 2011

Solo con invitación: El cuarteto de Whitechapel, Daniel Sánchez Pardos

Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 389 pp. 20 €

José Gutiérrez Román

Ikatz Santaella, el protagonista de esta novela, es uno de esos muchos jóvenes que deciden irse a vivir a Londres buscando nuevas experiencias y, al mismo tiempo, salir de su hábitat natural (en este caso, de la burguesía barcelonesa a la que pertenece). Su nueva vida londinense está marcada por varios factores: uno es su trabajo como Guía del Terror para grupos de turistas españoles, el cual consiste en recorrer los lugares del barrio de Whitechapel donde aparecieron los cadáveres de las siete prostitutas que hicieron famoso a Jack el Destripador a finales del siglo XIX. También está su novia, Paula, una argentina que cursa bellas artes en una prestigiosa academia y cuya obsesión es abrirse camino en el mundo del arte contemporáneo. Y como tercera pata de la silla está el fantasma de Borges, cedido de algún modo por su suegro, un tipo que dice haber escrito una novela que le dictó el propio Borges en vida. Este fantasma, que se pasea de vez en cuando por la casa e incluso habla con Ikatz, aporta una de las mayores singularidades de la historia. Este sería el lado más personal de la novela, el que se adentra en el mundo interior de Ikatz y su novia, con sus secretos y mentiras, sus complejidades, sus miedos y pulsiones, y que se va entremezclando con la doble trama de intriga que atraviesa la narración: por un lado la proliferación de suicidios en directo de artistas en diferentes cadenas de televisión de todo el mundo; y por otro, la aparición de bolsas con restos humanos en determinados lugares de Whitechapel. Daniel Sánchez Pardos nos adentra en un viaje inquietante por el lado más sórdido del mundo actual y del arte de vanguardia, donde acciones artísticas y acciones terroristas como las del 11-S se confunden, y donde el ansia de información de nuestra sociedad acaba por convertirse en una adicción humana más. En un pasaje del libro, Paula reflexiona sobre el mundo «posthumano» que, según ella, habrá de venir, y dice: «Nuestra información seguirá circulando eternamente por Internet. Hemos creado una realidad que ya no necesita de nosotros para mantenerse en pie». Sin embargo, el gran atractivo de esta novela no solo está en lo que nos cuenta, sino también en lo que deja en suspenso, en todo ese mundo y submundo que se mueve alrededor del protagonista, donde cualquier evidencia es un mero espejismo.
Escrita con una prosa ágil, salpicada de ironía, y con unos personajes perfectamente definidos, El cuarteto de Whitechapel pertenece a ese tipo de novelas que nos atrapan sin remedio. En su elaboración se aprecia la pericia de un relojero que logra que cada pieza ajuste con precisión en el engranaje final de la obra. Especial mención merecen sus últimas cien páginas, muy sorprendentes, y que se leen a un ritmo vertiginoso. Se me ocurren muchas razones para recomendar El cuarteto de Whitechapel: es turbadora, divertida a veces, vibrante, demoledora y lúcida. Pero sobre todas estas razones se impone otra de más peso: es una NOVELA (con mayúsculas).


Daniel Sánchez Pardos: "Somos espectadores a tiempo completo de una exhibición continua de atrocidades"


Borges es una presencia fantasmal en la novela y a la vez muy humana, pues aparece despojado en parte de su halo de gran figura literaria. ¿Qué tiene Borges que le haga tan atractivo incluso como personaje de ficción?
—Como buen fantasma doméstico, el Borges que aparece en El cuarteto de Whitechapel es un ser triste y entrañable. Su presencia en el libro es, en cierto modo, un accidente: uno de esos accidentes felices que en ocasiones se producen en el acto de la creación. El fantasma de Borges no formaba parte del plan inicial de la obra, pero un buen día apareció en un rincón de la casa del protagonista y allí se quedó hasta el final.


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jueves, abril 21, 2011

Doble mirada: Una esposa de fiar, Robert Goolrick

Trad. Santiago del Rey. Salamandra, Barcelona, 2011. 283 páginas. 17 € *

Care Santos

Hay una diferencia entre expiar y redimir las culpas y esta novela trata de ambas cosas: de cómo la culpa puede lastrar una existencia hasta el extremo de hacerla insufrible y de cómo el camino hacia la paz interior es tortuoso, largo y, hasta cierto punto, inútil, puesto que buscar culpables es tan absurdo como creer que hay que pagar por lo hecho (o por lo que nunca se hizo).
La biografía del artífice de esta novela reserva la primera sorpresa: estadounidense, lo bastante maduro como para que su año de nacimiento no figure en ninguna parte (no, desde luego, en la ficha de la solapa, aunque por la foto se le pueden estimar unos 60 mal llevados o unos estupendos 70), pintor, actor, establecido en Nueva York pero nacido en Virginia y autor de un único libro de memorias llamado The End of The World as We Know It (El fin del mundo como lo conocimos), en el que relata su infancia sureña y que apareció en Estados Unidos en 2007. Con motivo de la publicación de esta, su primera novela, dijo: "Me gusta contar historias de vidas normales. Pienso que la simplicidad y la ternura de las vidas normales tienen algo de sagrado".
Puede que esa intención, contar vidas "normales" fuera la intención principal de esta novela, pero a mi juicio poco tiene que ver con el resultado. Los personajes de esta historia no son en absoluto normales, si entendemos por ello lo que el Diccionario nos dice: "que sirve de norma o regla". Todo lo contrario: sus personajes son tan extraordinarios que por sí mismos justifican una lectura. Y, de todos, uno solo deja al lector maravillado desde el primer momento: su protagonista femenina, la nada simple, embustera, tierna y muy humana Catherine Land. No se nos puede escapar que "Land", en inglés, significa "tierra", "reino", "país". "No era una mujer, era un mundo", dice el narrador, bien avanzada la historia, cuando el rendido lector ya sólo puede darle la razón.
Desde el primer capítulo, la historia causa el efecto de un mazazo. Un viudo rico, que habita una gran mansión en una tierra inhóspita y helada del estado de Michigan, acude a la estación a recibir a su nueva esposa, una "buena chica" con la que ha contactado por correspondencia. Ya en estas primeras páginas entrevemos el carácter atormentado del protagonista masculino, su tristeza antigua e incurable, su severidad que parece a prueba de cualquier ternura y de cualquier bondad que la vida pueda depararle. El segundo capítulo es portentoso por los pocos medios de que se vale el autor para trazar el retrato de Catherine y dejar al lector encandilado, lleno de expectativas que en ningún momento se verán defraudadas. Luego, enseguida, todo sale mal. La novela nos regala la primera sorpresa, el primer giro argumental, y ya no dejará de hacerlo hasta el final. Junto a esos retruécanos narrativos puestos al servicio del suspense mejor entendido, Goolrick nos va sirviendo unos personajes profundos, cargados de contradicciones, que llevan a cuestas su memoria como quien arrastra una pesada piedra por una cuesta.
No hay aquí verdades absolutas: ninguno de las protagonistas las tiene, ni lo pretende. Todo lo contrario, hay almas atormentadas por la duda y la culpa, hay convicciones firmes que se ven alteradas por las circunstancias y hay marchas atrás. Como en la vida misma, nadie tiene aquí un rol predefinido, sino que cada cual debe encontrar el suyo como buenamente sepa. Y la expiación es posible, pero sólo porque lo quiere el destino. O porque el sacramento de la ternura que acaba por imponerse redime a todos de sus pecados.
Mención aparte merece la ambientación. Pariente lejano de la Charlotte Bronte de Cumbres Borrascosas, pero también de la Jane Austen de Orgullo y Prejuicio, las dos mansiones que son escenario de tantas cosas adquieren en el relato una personalidad propia. Son decadentemente góticas, pero también extrañas como un palacio de la Atlántida y remotas como ese paisaje helado en el que la primavera se aguarda como un advenimiento.
Hacía mucho tiempo que no leía una novela con tanto arrebato. Lo hice en una sola tarde, en un hotel de una ciudad que apenas conozco, excusándome en el trabajo, rendida de emoción y placer, maldiciendo cada página que pasaba, saboreando la estupenda traducción de Santiago del Rey, preguntándome en qué andará ahora el tal señor Goolrick y cuánto tiempo pasará antes de que pueda volver a leerle. De vez en cuando, me detenía a contemplar el rostro imperturbable, de rictus ligeramente británico del autor. En verdad, este señor tiene aspecto de haber escrito un libro sobre su infancia en Virginia. Sin embargo, no parece el profundo conocedor del alma humana que aflora en estas páginas, ni un novelista capaz de deleitarse en una sensualidad tan desbordante y tan alejada de tópicos como la que aparece en cada uno de los capítulos de este libro. Está claro que la foto miente, y no la novela. Al fin y al cabo, la verdad siempre está en la ficción, todos los que escribimos lo sabemos.
Y también, acaso, en las páginas de reseñismo literario. He aquí una verdad: Necesitan leer esta novela.


Ángeles Escudero

Una novela sorprendente como esta merece, cuanto menos, una reseña entusiasta. Y digo sorprendente, no por los golpes de efecto, por las personas y las situaciones que, casi nunca son lo que parecen, sino por el sobresalto que produce en esa delgada línea que separa (o une) la emoción del reconocimiento del genio creativo.
Hay claves importantes de la novela que la definen desde el mismo arranque: no hay personajes planos. Ni siquiera los transeúntes o alguien que parece estar de atrezzo esperando el tren -al tiempo que el protagonista, Ralph Truitt- en el andén de la estación. Todo significa algo, todo se lee en los gestos, se interpreta. Pero es en el comienzo donde aprendes que esta historia no te dará tregua. Esperas un inicio que parece obvio pero, a la vez, intuyes que, ni quien espera ni quien llega te van a dejar indiferente. “¡Despierta!” sentí que me decían desde dentro de la propia trama, "no creas que todo va a ser tan fácil".
Quizás por esto que señalo, por la profundidad y la enjundia de cada personaje el autor consigue mantenerse alejado del maniqueísmo en su sentido más tópico. Nos sería muy difícil hacer una lista de dos columnas atendiendo a la siguiente cuestión: ¿Quién es bueno y quién es malo? ¿El personaje principal que busca una esposa sencilla, una "esposa de fiar", tal y como reza el título, una esposa para ocupar junto a él una posición en la sociedad de una remota población de Wisconsin? ¿O la mujer que acepta una proposición de matrimonio tomada de la sección de anuncios de un periódico a principios del siglo XX y que, además de unas intenciones que aún no conocemos, tiene un pasado que nos deja a la expectativa? ¿Unos padres que lo dan todo a unos hijos aún a sabiendas de que lo están dilapidando? ¿Un hombre capaz de amar hasta la extenuación pero capaz de volcar sobre su hijo todo el peso de su frustración? No creáis que son muchas preguntas. Son puertas abiertas, y todas, todas habrán de cerrarse. Lo bueno y lo malo van a depender de muchos factores: de la posición emocional del personaje que actúa, que siente o padece (que es lo más normal en esta novela) el sentimiento. No es difícil ver aquí una expresión del perspectivismo orteguiano, de su doctrina del punto de vista. Nadie va a tener la verdad en sentido absoluto. Cada uno de ellos capta sólo una parte de la realidad, una parte de la verdad, que, en definitiva no es mentira, pero es sólo eso: una parte.
Otra clave importante de la novela es el papel central que ocupa la sexualidad. Subyace en cada página, en cada arista del comportamiento de estos personajes atormentados y tan bien dibujados por la forma de describir y de narrar del autor que los reconoceríamos si los tuviésemos delante. Aparece como inhibidora de los pensamientos recurrentes, como terapia, al fin y al cabo; la sexualidad en grado superlativo como búsqueda, como sofisticación de la inteligencia al servicio de los sentidos; incluso la sexualidad como sustento. Pero, de forma muy especial, aparece como prohibición. Robert Goolrick nos introduce con la sutileza que sólo puede dar la maestría en el sórdido y eclipsante universo de la sexualidad como tabú. La lujuria como pecado, que merece el castigo mental y físico, merece la tortura incluso cuando se es niño. “Una novela sombría y sensual, en la que la complejidad de los sentimientos femeninos y la efervescencia del deseo masculino aparecen evocados con una rara delicadeza”. No son vacías, ni de relleno, estas palabras de la contraportada del libro.
La penúltima clave que aporta inquietud y desasosiego a la historia, es la locura. El propio autor nos cuenta que la ambientación de la novela, el clima que logra crear en ella, es deudora del libro de Michael Lesy: Wisconsin Death Trip. Lesy logra, en palabras de Goolrick, fotografiar el alma oscura y devastada de la América rural que se creía adormecida en una insulsa inocencia. La locura aparece como telón de fondo de una depravación moral desconocida para muchos. Y ese desvarío es el que utiliza para dar aún más fuerza a la trama de novela. La incrusta en cada esquina de estas tres vidas que se entrecruzan hasta converger en un mismo espacio y en un mismo tiempo. Hay muchos ejemplos en el libro. Oímos el llanto de un bebé que no intuye siquiera que nadie acudirá a consolarlo porque su joven madre viuda se ha colgado, por desamor, de la misma viga en que lo hizo el hombre que la dejó sola. Hay quien se traga un diccionario entero y muere; o quien se automutila cortándose la mano con un hacha mientras la sombra del diablo más pertinaz planea sobre el escenario. Otros huyen hacia ninguna parte, escondiendo oscuros secretos que no son sino la cara o cruz de nuestra naturaleza. Qué fácil parece hacer que alguien se sienta malo, perverso, inculcarle un sentimiento de culpa tan pesado que no se puede cargar sobre nuestra, a veces, débil condición humana.
Al hilo de esto último que he expuesto, os propongo la última clave que analizo en esta subyugante novela a la que no estorba en absoluto la impecable traducción de Santiago del Rey: la reflexión sobre la culpa. Todos los personajes, desde el primero al último, llevan sobre su espalda alguna. Intentan liberarse de ella como pueden. Unos, amando cuando no pensaban amar; hiriendo o dejándose herir. Y, la mayoría huyendo hacia delante en una búsqueda perpetua de la tranquilidad que se antoja imposible en una tela de araña con tantos hilos como sentimientos encontrados; con tantos habitantes dentro como pasados inciertos y tormentos; con un presente que baila en la cuerda floja coqueteando con el abismo.
Y en este ir de venir de páginas que quieres leer y no leer, porque no se soporta la idea de llegar al final, nos vuelve a sorprender la habilidad con la que Goolrich construye la actitud en alguno de sus personajes: su sinceridad aplastante. Esa a la que ni en la vida cotidiana estamos acostumbrados. Es difícil soportar la certeza expuesta en toda su crudeza. Los propios protagonistas desvelan a sus interlocutores lo que nosotros creemos que serán misterios definitivos. Verbalizan sus miedos, cuentan su historia sin omitir una coma, se desnudan para dejar al descubierto sus intenciones últimas, y sabemos de su pasado por sus propias confesiones. Pero, sin embargo, no hay lamentaciones, aunque tampoco abandono, son cosas que pasan. Es el vitalismo nietzscheano, la vida es lo que es, y no es fácil aceptarlo. La vida efímera pero intensa, drama, aceptación de nuestra condición humana biológica y racional a un tiempo, la vida como pasión y lucha, la vida como enfermedad: existir, ser, vivir, no importa que el precio seamos nosotros mismos.

* Existe edición en catalán: Una dona de fiar, Edicions 62. Traducción de Rosa Borràs.

miércoles, abril 20, 2011

El prisionero de la Avenida Lexington, Gonzalo Calcedo

Menoscuarto, Palencia, 2010. 204 pp. 15,50 €

Ignacio Sanz

Parece innegable, a estas alturas, que Calcedo, escritor periférico, se ha convertido en uno de los más sólidos cultivadores del relato en España. Su nombre destaca junto al de otros grandes escritores como el de Hipólito G. Navarro o el Carlos Castán, dedicados en exclusiva al género. Con constancia. Una sola novela en su vasta producción literaria que abarca catorce libros de relatos. Y la novela, se lo tengo leído, se trataba en realidad de un amaño sobre un conjunto de relatos. El amaño realizado por presión del editor de turno que no acaba de aceptar que el género es soberano.
Cuenta Calcedo con una facilidad extraordinaria para interiorizar paisajes ajenos. Los relatos de este libro acontecen en Estados Unidos y más concretamente en Nueva York, donde el escritor pasó una temporada. En algunos casos parece que los relatos fueran trasunto de una adaptación temporal a un nuevo espacio, apartamentos de alquiler, traslados, rupturas, o la obsesión por el devenir de un árbol plantado en el jardín de una casa en la que el protagonista pasó un breve periodo. La vida inestable como telón de fondo. Con estos ingredientes Calcedo crea un universo absolutamente personal. Cheever o Carver planean sobre el espíritu de estos relatos, con su visión esquinada, tirando a veces de un hecho menor, apenas una anécdota, hasta convertirlo en parte central del relato.
Me asombra el desparpajo narrativo, su aparente naturalidad, y esos giros de noventa o de ciento ochenta grados que da sobre la marcha, trasladando el interés del hilo narrativo a un punto inesperado. De modo que la sorpresa nos espera detrás de cada página. Así se avivan los relatos. Y la facilidad para retratar a través de los personajes las costumbres de nuestro tiempo, la vida precaria de esas adolescentes norteamericanas de lengua desatada que presumen de sus follinas ditirámbicas ante las compañeras de instituto; o ese caradura profesional que se cuela en la fiesta a la que no ha sido invitado y que cuando está a punto de recibir su merecido es salvado por la hija excéntrica del anfitrión que acaba resultando el contrapunto perfecto para redondear la historia; o esa madre que con la disculpa de regar unas plantas y dar de comer al gato de los vecinos, saca a relucir, para asombro del hijo pequeño que la acompaña, ciertas filias sexuales para las que el lector convencional no se había preparado. O la mujer del narrador que se marcha del apartamento recién alquilado, huyendo de la sordidez dominante y cuando llega por sorpresa un tiempo después, se encuentra al marido que ansiaba su regreso, en una situación equívoca que determina el desenlace... Gentes que, pese a su aparente normalidad, caminan al borde de un precipicio y nos hacen partícipes del vértigo de la vida.
Calcedo es un maestro en retratar personajes que, escudados tras el convencionalismo, esconden un mundo esquinado, un pasado turbio o unas inclinaciones esperpénticas.
Lo singular de este libro es que los diez relatos no se desarrollan en un entorno más o menos cercano, sino que traslada al lector a los Estados Unidos, a los mismos paisajes, rurales o urbanos, por el que sus maestros han movido a sus personajes. Lo demás, es decir, la calidad, el ritmo, la capacidad de sugestión, la sorpresa, en la línea a la que Calcedo ya nos tiene acostumbrados.

martes, abril 19, 2011

Un general confederado de Big Sur, Richard Brautigan

Trad. Damià Alou. Blackie Books, Barcelona, 2010. 178 pp. 19 €

Cristina Consuegra

En abril de 2010, la editorial Blackie Books publica La pesca de la trucha en América, del autor norteamericano Richard Brautigan, iniciando, de este modo, la biblioteca que lleva el nombre del escritor nacido en Tacoma, uno de los mayores iconoclastas de la historia de la literatura que mejor supo abrir en canal el canon occidental. Meses después, esta misma editorial nos ofrece el segundo título de la colección, Un general confederado de Big Sur, libro objeto de este texto, desvelos varios y delirios literarios que pensaba perdidos por siempre.
Escrito en 1964, Un general confederado de Big Sur, supuso el primer gran fracaso del autor; aunque fue esta su primera novela publicada, La pesca de la trucha en América fue escrita con anterioridad y con su publicación, en 1967, Richard Brautigan obtuvo cierta relevancia que le hizo trazar, directa o indirectamente, la trayectoria que lo llevaría al collar de desastres que fue su vida. Ese éxito precipitado y deseado con angustia desacertada, mal asimilado, lo llevó a erigirse como una especie de gurú decadente, de borrachera en borrachera y de cama en cama; además, este éxito gaseoso lo arrastró, de la mano de una crítica que no supo cómo enfrentarse a la mente de este gran esquizoide literario, a lugares equivocados que podemos etiquetar como contracultura o literatura beatnik; lugares que él se ocupó de incendiar como gran emperador visionario, como ese gran alquimista literario obsesionado por experimentar con todo aquello que tenía a su alcance y acontecía en su imaginación.
Y es que la historia de la literatura norteamericana está llena de grandes y brillantes fracasos, desde el intento de Henry James por ser comprendido y adorado dentro de una sociedad todavía adormecida, hasta el culto póstumo a John Fante. Autores que se empeñan en vivir la literatura, en derruirla para poder edificar espacios que la dignifiquen y permitan su evolución. Y en este empeño por fracasar, derruir y dignificar ese extraño nombre que llamamos literatura, aparece, entre la masificación de títulos posibles, Un general confederado de Big Sur, tras cuyas páginas se refugia la sensación de haber asistido a algo grande, como si nunca hubieras leído libro alguno; como si Brautigan te enseñara a leer —vivir, mirar— por primera vez.
En este debut subversivo, tenemos la inmensa fortuna de encontrar en Un general confederado de Big Sur todos aquellos elementos que hicieron grande la narrativa de su autor, elementos que fue perfeccionando a lo largo de un corpus de nueve novelas, nueve poemarios y una colección de cuentos; es, en este título, donde esa ficción experimental o confusa aparece como armazón para un estilo que se debate entre la sencillez y concesión, y el lirismo más obsesivo; un estilo que esconde, entre las ramas de la superficialidad, una amalgama de ideas capaz de azotar hasta la mente más virginal: la realidad se presenta como algo extraño e inexacto, de cualidad múltiple y no exclusiva; sus personajes, que se debaten entre el corte valleinclaniano y el perfil del antihéroe norteamericano, se responsabilizan de funciones estilísticas poco habituales en esa época narrativa.
Sin embargo, si debo quedarme con alguno de esos elementos, elijo sin duda la obsesión por destrozar la realidad, por desfigurarla a través de los personajes, primero, y por el peso de las acciones narrativas, después. Cuestionar, con sentido del humor, ese exterior que impone conductas sociales, comportamientos sexuales y destinos que no guardan relación con la condición de ser humano o la libertad. Y en este cuestionamiento perpetuo, ya sea con una estructura narrativa original o con la multiplicidad de finales, Richard Brautigan nos cuenta una historia de seres libres que deciden inventar lugares y reformar la historia tal como se la han contado, vivir por derecho propio. Y gracias a esto, Brautigan ofrece al lector una profunda visión escéptica del mundo que nos rodea; porque cuando este autor decide romper con la estructura formal para dar paso a esa literatura confusa no solo permitió que la disciplina diese un paso adelante, sino que a nosotros, los lectores, nos hizo un poco más felices. Por ello, tras la figura triste de Augustus Mellon, de su nieto Lee; de Jesse, trasunto del propio autor, y de tantos otros personajes que habitan en Un general confederado de Big Sur existe esa ficción insatisfecha que llamamos felicidad.

lunes, abril 18, 2011

Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven, Albert Espinosa

Grijalbo, Barcelona, 2011. 208 pp. 15,90 €

Santiago Pajares

¿Por qué leer este libro dentro de la enorme oferta de libros en el mercado? Trataré de dar una respuesta general, pero antes, daré mi respuesta particular. Leí este libro por dos razones: La primera es la recomendación de un amigo (que como todos sabemos, es la mejor forma de llegar a algo), y la segunda, el título. Si tú me dices ven, lo dejo todo... pero dime ven. Me impresionó tanto que pasé un par de días con el título en la cabeza, pensando en toda la información que presentaba con tan pocas palabras. Alguien dispuesto a dejarlo todo por una persona que tan solo espera una palabra, y esta no llega. Había que leerlo.
El autor, Albert Espinosa, es además de novelista, autor teatral, guionista, director de cine y creador de series. Un fiera, vamos. Reconozco que existía un cierto componente de morbo para ver cómo se desenvolvía en el mundo literario puro y duro, aunque este no era siquiera su primer libro. Antes había publicado dos, uno de no-ficción (El mundo amarillo) y otro ya de ficción (Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo). No me digáis que no sabe escribir títulos llamativos. Los dos habían tenido bastante éxito y habían sido traducidos a varios idiomas.
Por problemas de salud el autor permaneció en el hospital hasta los 24 años (según la wikipedia, al menos), pero parece que lo que hizo fue acumular energías para cuando saliera. Y así parece que ha sido. Parece ser que al final, algo o alguien le dijo “ven”.
Esta es una novela escrita al revés. Empieza por el final de la novela, cuando alguien, no se sabe aún quién, le hace al protagonista tres preguntas: “¿Quieres o no quieres controlar tu vida” “¿Quieres o no quieres ser el dueño de todos tus momentos?” “¿Quieres?” Y a esto el protagonista responde “Sí”, la afirmación más alta y potente de sus cuarenta años de vida. Y había sido tan fuerte porque hacía poco había recibido un enorme “No”. Entonces pasa a contar ese no.
Poco a poco, paso a paso, caminando hacia atrás sin que veamos bien qué es lo que va a ocurrir, nos traza la infancia de un niño desgarrado por la tragedia de la vida, un niño que quiere desesperadamente escapar, pero no sabe donde. Y es en esa escapada donde se encuentra con dos personajes que, aunque conoce por poco tiempo, marcan profundamente su vida, dos de los cuatro diamantes que según el autor (y sus personajes) te enseñarán a parar el mundo.
La trama es una mera excusa para relatar la interacción de estos dos personajes en dos momentos de la vida del protagonista, cuando tenía diez y trece años. Nada importa más que lo que ya ha pasado, porque hasta que no comprendamos lo que ha ocurrido no podremos vaticinar lo que va a ocurrir, y nunca estaremos preparados. Porque puedes huir hasta el otro lado del mar, puedes huir hasta Capri, pero siempre cargarás con todo lo que has visto, oído, olido, sentido y sobre todo, amado.
Porque es el amor de las personas lo que detiene el mundo, y no podrás crecer hasta que lo comprendas.