viernes, abril 01, 2011

Norte, Edmundo Paz Soldán

Mondadori, Barcelona, 2011. 282 pp. 21,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

He pasado buena parte de la noche leyendo Norte, hacía mucho tiempo que no me sucedía. Y ahora, frente a la pantalla del ordenador, el teclado en mis dedos, tendría que comenzar a escribir una reseña/crítica de esta novela. En esta ocasión, no tiene sentido. ¿Por qué? Con frecuencia, las críticas/reseñas literarias, aunque se camuflen en el interior de una balada elogiosa, dulce, tienen algo de preventivas. Es una contradicción reiterada que no consigo comprender, que incluso me suele enojar. Es como si nos encontráramos, en una guía del gourmet, ante la reseña/crítica de un restaurante que califican como excelente al mismo tiempo que nos previenen del exceso de pimienta, del precio, del vino de la casa o de los manteles, a pesar de que nos recuerden incesantemente que se trata de un restaurante excelente. O algo parecido.
Norte ha despachado mi sueño –y sus horas- porque es una novela maravillosa, excepcional, bellísima, más que excelente. Pero excelente, excelente: manteles limpios, buen vino y la pimienta en su justo punto. No debería argumentar más, tan sólo recomendarle muy encarecidamente que se dirija a la librería más cercana –o habitual- y adquiera un ejemplar. Nada más, debería bastar. Qué más le podría decir. Que Edmundo Paz Soldán ha logrado una perfecta arquitectura narrativa en la que encajan todas las piezas, que Norte es una exhibición de Literatura del más alto nivel, que esta novela traza con minuciosidad las coordenadas sobre las que se expande el Castellano, no sé, que las historias te hipnotizan y secuestran desde el primer instante, sí, todo cierto. Insisto: vaya a la librería y compre Norte.
Empiezo a pensar que es mucho más fácil escribir una reseña/crítica preventiva. Qué más le puedo decir. No sé, que si a usted le gusta la buena literatura, las grandes novelas, lea Norte. Que si a usted le gusta la buena música, de ahora y siempre, de Elvis a Calamaro, lea Norte porque le gustará, mucho. Que si usted es aficionado al mejor cine, de Ford a los hermanos Coen, seguro que Norte le fascinará. En fin, siento la parquedad, pero es que cuando se tiene la fortuna de escribir/recomendar sobre una novela tan absolutamente sensacional, entiendo que lo más honesto y generoso —con otros lectores— es pretender que sean muchos más los que disfruten lo que yo ya he disfrutado. Por tanto, nada más que decir: vaya a la librería y compre Norte, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán.

jueves, marzo 31, 2011

Las Hermanas Bunner, Edith Wharton

Trad. Ismael Attrache. Contraseña Editorial, Zaragoza, 2011. 160 pp. 15 €

Victoria R. Gil

Ann Eliza y Evelina Bunner poseen una mercería en un mísero edificio de Nueva York. Solas, con el único sostén económico que consiguen obtener de botones, lazos y adornos para sombreros, su vida se reduce a atender la escasa clientela y a compartir cama y mesa en una trastienda cada vez más despoblada de objetos e ilusiones. Lejana ya la juventud en que una boda se considera un acontecimiento previsible, su vida social se limita a la conversación casual con compradoras y vecinas, mujeres siempre que habitan un microcosmos en el que los hombres se mantienen en una discreta, y acaso indiferente, periferia.
Estamos en la misma ciudad y en la misma época en que transcurre La edad de la inocencia, la obra más famosa de Edith Wharton, y, sin embargo, nada más opuesto al refinado ambiente de la alta sociedad neoyorkina en el que se mueven Newland Archer y la Condesa Olenska que esa «tienda muy pequeña en un destartalado semisótano de una calle tranquila ya condenada a la decadencia».
A pesar de la frugalidad de sus días, que obliga periódicamente a empeñar algunas de las reliquias familiares procedentes de un pasado mejor, las hermanas son felices en los reducidos límites de ese mundo en el que una invitada a cenar resulta un suceso festivo y extraordinario. Acostumbradas a su apacible rutina, cuando ésta se quiebra a causa de la llegada a la trastienda de un reloj y del hombre que traerá consigo, sus vidas se trastocan y se pone a prueba una relación que parecía encaminada a trascurrir sin más sorpresas que la entrada de una nueva clienta en la mercería.
Las Hermanas Bunner es uno de esos libros que fluye con la mansedumbre de un río de aguas profundas. Las descripciones son detalladas y morosas, y la sucesión de acontecimientos, sosegada como la propia vida de los personajes que lo pueblan. Edith Wharton se toma su tiempo para presentarnos a las dos hermanas, a la mayor, de un modo directo, ya que será quien nos guíe por su historia, y a la menor, a través del amor incondicional de la primera que atenúa el egoísmo de quien está acostumbrada a recibir sin acordarse de dar.
Sin apenas darnos cuenta, la narración, delicada como un antiguo pañuelo de batista, nos ha sumergido en esa marea que arrasa la tranquila vida de las hermanas y nos angustia, como a ellas, ante la irrupción de un mundo sórdido y despiadado en el que ninguna de las dos parece tener ya cabida.
A pesar de lo más de cien años transcurridos desde que fuera escrita y de lo ajeno que pueda resultarnos hoy ese mundo femenino, recoleto y limitado, la fuerza de los personajes que dibuja Wharton en Las Hermanas Bunner pervive con la misma intensidad e igual frescura que en el lejano final del siglo XIX que los vio nacer.
Y si su contenido no es menos que delicioso, su continente también merece destacarse por el buen gusto que demuestra la edición que nos ofrece Contraseña. No sólo su textura es dócil y su color, apacible, sino que al grosor del papel y lo confortable de su formato se suma una portada, obra de la ilustradora Elisa Arguilé, tan apropiada para el texto que acompaña que pareciera inspirada por la propia Edith Wharton. Por no hablar del placer, cada vez más esquivo, de disfrutar de una lectura sin una sola errata, incorrección o falta de ortografía.
En estos tiempos de vida apresurada y superficial, y de best-sellers de rápido consumo y aún más rápido olvido, poder disfrutar de un libro cómo éste, tan cuidado por dentro como por fuera, es un lujo del que no deberíamos privarnos.

miércoles, marzo 30, 2011

Niño A, Jonathan Trigell

Trad. Federico Corriente. Sajalín Editores, Barcelona, 2010. 311 pp. 20 €

Miguel Sanfeliu

El 12 de Febrero de 1993 se cometió uno de los crímenes más espeluznantes que se recuerdan. Bobby Thompson y Jon Venables asesinaron a James Bulger. La víctima tenía dos años, los asesinos once. Dos niños de once años secuestraron al pequeño Bulger en un centro comercial y lo torturaron, lo machacaron a golpes de un modo brutal. La opinión pública puso el grito en el cielo, no para analizar las circunstancias que habían propiciado semejante monstruosidad, sino para linchar a esos dos sanguinarios asesinos de once años. Hasta que por fin se supieron sus nombres, la prensa los identificó como A y B. Fueron juzgados como adultos, aunque sus pies no tocaban el suelo sentados en el banquillo de los acusados. Pasaron más de ocho años en prisión, siempre separados, y al ponerles en libertad hubo que darles identidades falsas por miedo a que fueran asesinados. Se prohibió la difusión de ningún detalle sobre su aspecto o sobre sus nuevos nombres. El protagonista del primer libro del escritor británico Jonathan Trigell está inspirado en estos sucesos, algo evidente desde el mismo título, Niño A, aunque se hayan cambiado algunas cosas, como la víctima, que en este caso es una niña de diez años.
La historia está narrada en capítulos que alternan la realidad presente con el pasado del personaje principal, un preso que se reincorpora a la sociedad con el nombre falso de Jack. Jack está en libertad vigilada, tiene veinticuatro años y todo es nuevo para él, ya que ha pasado el final de la infancia y la adolescencia en prisión. Su delito tuvo una gran repercusión mediática y Jack tiene miedo de que alguien descubra quién es en realidad. Su día a día, sus nuevos amigos, el trabajo, su interés por una muchacha llamada Michelle, todo está contado con aparente normalidad, aunque se nos prevenga de lo angustiosa e inusual que es en realidad la situación. La acumulación de detalles cotidianos, el asombro por lo que nos parece intrascendente, la inseguridad del personaje, van configurando una atmósfera asfixiante que inquieta al lector, que le hace cambiar de postura y tomar aire para seguir adelante.
Es evidente la tarea de documentación llevada a cabo por Trigell y su esfuerzo por ponerse en la piel de alguien que tiene que recomponer su vida sobre una mentira, ocultando su pasado y cambiándolo por otro ficticio, superando los remordimientos y tratando de convencerse de que tiene derecho a ser feliz, a salir adelante, a superar su vergonzante delito, aún sabiéndose odiado por todo el mundo, lo cual le hace sentirse asustado y en estado de alerta. ¿Es posible una reinserción en estas circunstancias?
La generación de excelentes escritores británicos compuesta por Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan, Hanif Kureishi o Graham Swift, entre otros, va siendo inevitablemente relevada por nuevos autores que empiezan a despuntar, y seguro que Jonathan Trigell formará parte destacada de ellos. Este primer libro es una irrefutable prueba de su calidad literaria, una excelente carta de presentación, una obra en la que demuestra su habilidad como narrador de historias, su agudeza psicológica y su compromiso social. Un libro impecablemente escrito que se lee con interés, sin que percibamos que se nos va enroscando en el estómago, hasta que es demasiado tarde y ya no podemos quitarnos a esos personajes de la cabeza.
Niño A fue llevado a la pantalla en 2007 por el director John Crowley, con excelentes resultados. Espero que la edición del libro anime también a que se edite el DVD en nuestro país. La historia lo merece.

martes, marzo 29, 2011

Con el corazón en la boca, Antonio Calvo Elorri

Editorial Egales/Desatada, Madrid, 2011. 50 pp. 8 €

Ariadna G. García

Escribía Luis Rosales en sus Rimas (1951) que los poetas «es preciso que escribamos/…/desde el solar de nuestra propia alma». Esta actitud ante el hecho creativo es parecida a la de Miguel Hernández, quien escribía en uno de sus más celebrados sonetos de El rayo que no cesa (1936): «la lengua en corazón tengo bañada». Ideal que conecta con las teorías poéticas renacentistas y se remonta al misticismo de Hugo de San Víctor (S. XII), que entintaba –nos cuenta en sus tratados– la pluma en el cálamo del corazón. Esos valores (franqueza, verdad, similitud y realismo) son los que recoge Antonio Calvo Elorri en Con el corazón en la boca.
La obra de Elorri nos adentra –con un lenguaje sencillo, sobrio, coloquial– en un entorno urbano tanto público (polígonos, bares, oficinas…) como doméstico, donde se localizan las distintas vivencias amorosas del sujeto que enuncia. Es precisamente el amor, su carácter caduco y perecedero, el tema principal del libro. Así, en algunos poemas la voz narradora recuerda con nostalgia un pasado remoto no exento de ternura, sacrificio, complicidad y deseo; mientras que en otros textos –aquellos localizados en un tiempo presente– el narrador asume (sin dolor) que no es posible la permanencia en la vida de los otros más allá del sexo. Los encuentros son meros simulacros de relaciones afectivas plenas y están abocados a su extinción. En algunas ocasiones, incluso, la interacción se agota en un simple intercambio de miradas y gestos que no tiene futuro; en estos casos, la promesa de la posibilidad queda abolida por la falta de tiempo o de un contexto social adecuado para que dos personas se conozcan.
Antonio Calvo Elorri ha tejido con sutileza un poemario que ahonda en dos obsesiones diferentes: la pérdida (de lo que fue) y la intrascendencia (de lo que es). Toda la realidad ha sido congelada. El narrador pasa la mano lentamente por encima de un bloque de hielo que sólo irradia frío. Sin embargo, lejos de entumecerse, la mano escribe y nombra ese cristal tan frágil que es la vida.
Antonio, pues, ha demostrado en este primer libro de poemas que posee una voz sensible y un espíritu audaz, como los pájaros que cantan en el viento helado.

lunes, marzo 28, 2011

Nada, Jane Teller

Seix Barral, Barcelona, 2011. 157 páginas. 16 €

Care Santos

Lo confieso: comencé a leer esta novela, sin saber nada de su autora, después de conocer que había sido polémica, denostada y hasta prohibida por profesores y padres de varios países por considerarla nociva para sus hijos adolescentes. Comencé por la nota final -sí, ya sé que hice mal-, en la que la autora se justifica explicando las razones que la llevaron a escribir para jóvenes después de negarse varias veces y se esfuerza en dar muchas explicaciones que nadie le había solicitado acerca de qué pretendía hacer en sus páginas y cuánto sigue sorprendiéndole que haya tanta gente que no las haya entendido. Después de leer la nota, se me habían quitado las ganas de leer la novela. A pesar de todo, la comencé. Durante el primer tercio del libro, me pareció una historia bastante anodina, típicamente adolescente, situada en un entorno escolar, con protagonistas ingenuamente reales, poco verídicos por excesivamente infantilizados. En fin, más o menos la típica novela para adolescentes que escribe alguien que nunca ha conocido de cerca a un adolescente.
Pero al llegar al capítulo noveno, me enganché. Comencé a pensar que Jane Teller, o tiene muchos redaños, o no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. El mundo de la prescripción literaria para jóvenes -indefectible e inevitablemente controlado por los adultos- está plagado de censores que se amparan en una supuesta moralidad o en la odiosa educación en valores para separar a los jóvenes de los libros que de verdad les interesaría leer. Y éste, sin duda, es uno de ellos. Si en la liberal Dinamarca esta novela breve levantó ampollas, negándose incluso su editor -el que la había encargado- a publicarla, en España sería del todo impensable que hubiera sido publicada en una colección para jóvenes. Lo cual es, por cierto, lamentable, porque en cierto modo se trata de una novela para jóvenes al uso sin dejar de ser al mismo tiempo una historia transgresora, violenta, impertinente y provocadora, que dejará desorientados a la mayoría de lectores adultos. Debo reconocer, tras terminarla, que tenían razón los que la tildaban de escandalosa. Lo es.
Nada nos narra la historia de un adolescente nihilista que ejerce de estilita: de pronto, desengañado de todo, se sube a un ciruelo y se da a la actividad de lanzar frutas maduras desde lo alto, acompañadas de largas peroratas de verdad desoladora: "No merece la pena hacer nada puesto que nada tiene sentido", es su nuevo lema. Sus compañeros de instituto deciden demostrarle lo mucho que le quieren levantanzo una "pila de significado" e inventan un juego de peticiones que dará lugar a una montaña de objetos especialmente valiosos para ellos con la que demostrarle a su amigo que la vida y el mundo y ellos mismos merecen la pena. La pila comienza siendo una acumulación de cosas materiales con valor sentimental para unos y otros: un telescopio, una bicicleta, unas sandalias sin estrenar... pero a medida que va aumentando lo hace también su valor metafísico. El lector da un respingo cuando uno de ellos pide que en la pila sea colocado el ataúd -lleno- del hermanito muerto de uno de los protagonistas. Y con incredulidad, asistimos a la escena en que los chavales desentierran el pequeño sarcófago blanco. Y es sólo el principio: las peticiones se suceden, cada vez más atroces y provocadoras, y una tras otra incluyen todo lo que el ser humano considera que da valor a su vida: el afecto, la religión, el sexo, la identidad nacional, la familia...
Una no puede dejar de preguntarse, mientras lee a Teller, qué efecto causarán sobre los jóvenes lectores estas páginas. Muy pocos lograrán comprender en toda su complejidad la metáfora filosófica que esta historia cruel traza. Sin embargo, apreciarán su ritmo, su acción, su crueldad, y me atrevería a decir que disfrutarán con el desenlace. Aquellos que trabajan con adolescentes y libros saben que a una edad temprana es posible disfrutar mucho con la lectura sin necesidad de comprender TODO lo que el autor se propuso. Esta novela generará un debate inmediato y suculento entre sus lectores adolescentes. Habrá discusiones acerca del sentido de la vida, del significado que tienen para nosotros las cosas materiales y las otras, las que de verdad importan. Habrá partidarios y detractores, preguntas desconcertadas y tomas de posición. Mientras lo pienso, me encantaría tener la oportunidad de asistir a uno de esos debates. Los lectores más jóvenes son siempre sorprendentes. Y un libro capaz de provocar en ese sentido, sin duda es un gran libro.