viernes, marzo 18, 2011

Aguirre, el magnífico, Manuel Vicent

Alfaguara, Madrid, 2011. 256 páginas. 18,50 €

Care Santos

Recuerdo al crítico Rafael Conte, hace años, asegurando con aquella vehemencia tan suya, que Manuel Vicent es el mejor narrador de nuestras letras. Si yo no me atrevo a asegurar lo mismo tras leer esta novela es sólo porque no tengo bien ensayado el tono jactancioso y el papel de crítico en posesión de la verdad. El caso es que Vicent no siempre me gusta tanto, pero en esta ocasión su pluma me parece digna de los más exagerados elogios, la más rendida admiración y la más corrosiva de las envidias.
Lo primero que debo decir es que poco sabía del personaje a quien glosan estas páginas: Jesús Aguirre, segundo esposo de la duquesa de Alba, hijo natural, sacerdote revolucionario y más tarde aristócrata consorte, amigo de algunos escritores de la llamada Generación del 50 -de Juan García Hortelano, sobre todo-, hombre de gran cultura y de veleidades artísticas y vividor irredento, que supo conquistar el corazón de una duquesa poco ortodoxa y apañárselas para vivir con donaire entre paredes palaciegas y hasta de ser enterrado en el panteón de la casa de Alba.
La excusa para entregarse a este relato autobiográfica nos la cuenta Vicent en el primer capítulo, cuando -siempre según él- el propio Aguirre le pidió que se convirtiera en su biográfo en un encuentro celebrado en el Palacio de Oriente y con el rey y unas tapas de chorizo de jabugo como testigos. Allí mismo se comprometió el autor a escribir este libro, y allí mismo fue presentado al rey por el propio interesado como su biógrafo, a lo que don Juan Carlos respondió: "Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado" (página 12). Unas palabras que sirven de advertencia de lo que viene después porque, en efecto, Vicent lo cuenta todo, o eso, por lo menos, piensa el lector, quien no puede dejar de preguntarse qué opinión merecería al excéntrico Aguirre esta biografía suya.
Se podría decir de estas páginas aquello tan traído y llevado de que "se leen como una novela" si no fuera porque son una novela. Vicent se sumerge de cabeza en un relato verídico rellenando con literatura las lagunas de lo biográfico. Aunque, al margen del discurso -siempre un poco latoso- de lo verídico, hay que reconocer que pocos personajes de ficción pueden competir con la existencia de Jesús Aguirre. Y pocos escritores podrían explicársnosla con tanta gracia que recordara al Hola y a las vidas de Suetonio al mismo tiempo (aunque, bien mirado, las vidas de Suetonio fueron como el Hola de la Roma clásica). Sorprende el vigor de la prosa de Vicent, su humor cáustico, su gracejo para contar episodios de la historia más reciente, su tendencia a contar intimidades -secretos de alcoba incluidos- y rozar lo poético al mismo tiempo. Y, por supuesto, sorprende lo que nos cuenta de principio a fin.
Lo mejor de la historia hay que buscarlo, tal vez, en lo más íntimo: la crónica de la relación que trajo al mundo al personaje, o su infancia de niño distinto, en Santander; sus primeras relaciones con Cayetana de Alba o sus largos paseos por el palacio de Liria mostrando a sus amigos tanto los cuadros de Goya como los fondos de armario. El lector le seguirá embelesado, aprendiendo, admirándose de la capacidad de Aguirre para escalar en la sociedad de su momento pero también de adaptarse a todos los papeles, incluidos los menos gratos, como el de Duque de Alba con asignación mensual para tabaco. Y si al llegar al final el personaje inspira ternura es, qué duda cabe, gracias al talento del autor, que fue también -y se precia de ello- su amigo.
En suma, estamos ante una novela excelente. O una biografía excelente. O un modo excelente de retratar un personaje y una época. Su autor dice haber escrito un "retablo ibérico" compuesto de una figira central y varias escenas laterales. En fin, no merece la pena darle vueltas a la cuestión de la clasificación. Démosle la razón a Rafael Conte -que casi siempre la tenía cuando hablaba de literatura- y corramos a leer a Manuel Vicent y lo que sea que haya hecho.

jueves, marzo 17, 2011

La buena gente del campo, Flannery O´Connor

Trad. Marcelo Covián. Nórdica, Madrid, 2011. 70 pp. 8 €

Marta Sanz

Katherine Anne Porter
, Carson McCullers, Eudora Welty y Flannery O´Connor son algunas de las escritoras que forman parte del nutrido grupo de autores, procedentes del sur de los Estados Unidos, que retrata y reflexiona sobre su tierra a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Las relaciones entre estas mujeres, a las que se les hace emparentar con las figuras colosales de William Faulkner y del “padre fundador” Mark Twain, fueron casi siemprede camaradería y apoyo mutuo. Algunas de ellas se amaron. Sin embargo, Carson McCullers y Flannery O´Connor, representantes del llamado “gótico sureño”, compartían tantas cosas que no les quedó más opción que la de profesarse una antipatía inmensa. Las dos fueron mujeres valientes y sensibles que hubieron de luchar contra su mala salud: Flannery O´Connor padece un lupus que la debilita y la obliga caminar con muletas; en cuanto a McCullers, su historial clínico da miedo: ictus y ataques cardiacos, cáncer de mama… Las dos escriben sobre un lugar enfermo en medio de un mundo enfermo habitado por personajes enfermos. Y lo hacen desde una perspectiva inevitablemente enferma. Establecen un vínculo de amor-odio con su paisaje, con sus orígenes, con una identidad en la que pesan los códigos genéticos y los mimbres de la Historia con mayúscula. La capacidad de mirar corrosivamente y la compasión, el apego y el desapego, se entrelazan en narraciones que a menudo parten de una raíz autobiográfica. La inclemencia para con uno mismo marca la mirada piadosa que se proyecta hacia los demás. O al revés: buscando la propia salvación, todo lo que nos rodea se ensucia. El desacuerdo con el contexto en y contra el que uno se construye, la fusión y la fisión del individuo con su comunidad, y la sensación de labilidad moral empapan las obras de McCullers y de O´Connor, aunque la primera mire y hable desde el agnosticismo y la segunda lo haga desde una ideología católica que esgrime frente al corrompido discurso hegemónico del protestantismo. No por casualidad los predicadores y los vendedores de Biblias, como metáforas de la corrupción, la depravación o de la falsa inocencia, transitan por las páginas de Flannery O´Connor.
En La buena gente del campo, Hulga, una doctora en filosofía con una pierna artificial, convive con su madre y los arrendatarios de ésta en una granja del sur. Hulga podría parecer un elefante en una cacharrería: igual que la propia Flannery O´Connor en Andalusia, la granja donde crió pavos hasta su muerte. Hulga —que se ha cambiado el nombre que le puso su madre— escucha conversaciones basadas en el lapidario saber de las frases hechas, en la ética del trabajo duro y en cierto temor de Dios. Las mujeres de este mundo rural saben que son mucho más listas que sus hombres; sin embargo, se casan, se preñan a los quince años, trabajan como bestias y asumen como tema de conversación las veces que una embarazada vomita cada día. Hulga es una mujer desarraigada y extranjeraen el entorno que la ha visto nacer. También es una mujer enferma que morirá pronto.
La visión de Flannery O´Connor está marcada, además de por su vivencia de la enfermedad, por su condición de mujer —pese a que tanto ella como McCullers optaron por rebautizarse con nombres masculinos—. También por sus creencias religiosas. Este cuento se articula sobre dos contrastes decisivos en el imaginario religioso: bondad frente a maldad, y conocimiento frente a ignorancia. Los personajes y la trama de La buena gente del campo sugieren todo tipo de combinaciones y asociaciones entre los conceptos —bondad e ignorancia, sabiduría y bondad, etc. …— que se presentan sin autoritarismo. Pese al trazo grueso con el que O´Connor, a través de la mirada de Hulga, describe a la gente del campo, al final, la mirada hipercrítica y disconforme se transforma en necesidad de reconocer lo familiar: cuando Hulga toma conciencia de que el vendedor de Biblias no es “buena gente del campo” mide la verdadera dimensión de su vulnerabilidad y extraña lo que aparentemente la ahoga. Como si Flannery O´Connor pusiera de manifiesto sus contradicciones a través de Hulga y supiera que ser más sabia no la hace ser más fuerte. Como si no estuviese segura de en qué consiste la sabiduría y hubiera decidido que el ángulo de superioridad que adopta para retratar a los demás sólo puede legitimarse desde la toma de conciencia respecto a las propias limitaciones. Sólo así el relato podrá ser literariamente verosímil y moralmente equilibrado.
Flannery O´Connor relaja los preceptos religiosos que la inspiran a través del modelo de lectura que propone. No es una escritora imperativa o pacata. Hulga se quita su pierna ortopédica porque el vendedor de Biblias quiere ver la juntura entre la madera y la carne. La sexualidad genera miedo, es hostil, nos deja indefensos —indefensas— frente al enemigo. Flannery O´Connor, una excelentísima cuentista, expresa esa turbiedad con la línea de un relato que llega al lector con sencillez, pero que le deja una sensación de vacío y malestar en la boca del estómago.

miércoles, marzo 16, 2011

Orfeo en Nueva York, Fernando del Val

Difácil, Valladolid, 2011. 111 pp. 14,44 €

José Manuel de la Huerga

Otra vez Nueva York. Poeta en NY. Cuaderno de NY. JRJ en NY. Y ahora, rizando el rizo clásico, Orfeo en NY. Escribe el poeta Fernando del Val: «sólo hay imágenes inconexas/ a ellas se puede llegar en metro/ las veinticuatro horas».
El libro de apuntes del poeta es de larga tradición. Los poetas siempre llevan encima libretitas, papelitos garabateados. Y más aún, si los ojos del poeta son traspasados por los del periodista, incluso diría vampirizados. Es lo que tiene trabajar con las barajas mezcladas. Los apuntes del natural que obligan al periodista que quiere comer y pagar las facturas son traspasados por el poeta vate vago que se queda maravillados con el edificio que rasca el cielo e intuye en su altura desnucante al rey Kong con la rubia tiernamente cogida en su manaza.
Pero, y ahí radicará la novedad de Fernando del Val, ¿qué ocurre cuando un cruce de caminos clásicos atraviesa la ciudad escandalosa? A veces, la mueca expresionista: «oí un ladrido en la calle treinta y tres/ miré por ver si era hécuba exiliada». Otras, la broma macabra: la novena avenida se confunde con la novena de Beethoven, en homenaje a José Hierro. O el grito del ubi sunt?: «quién baja hoy a los infiernos como Orfeo/a desmancillar la justicia y darse un baño de multitud // quién baja hoy a los infiernos/aparte de los hollinados trabajadores del metro»”
Pero debería haber empezado por el principio, aunque me salvo con lo de las imágenes inconexas. Este poemario comienza con un hermoso poema que voy a fusilar completo. Es hermoso, es un hermoso pórtico, desalentador como pocos, pero que deja bien clara la posición de los ojos del poeta, su actitud ante el mundo: «no existe la pausa/ no existe el sigilo/ no existe la métrica/ no existe el compás// no existe la elipsis el reposo la medida/ el discreto caminar de los paquidermos// no existe la prudencia/ no existe la poesía// quieren sacarle los ojos al silencio// con dedos que parecen tenazas»
No hay lugar para la poesía en la NY de todas las naciones. Orfeo canta y no recibe el eco de su melodía, la voz se apaga en el tráfico de la urbe. Es un poema contenido, exacto, como la soledad del héroe que nadie sabe que lo es, y viaja en el metro callado.
Orfeo en NY es, por tanto, poesía política, vuelta a la mitología clásica, a su teatro, acaso como superación y hartazgo de la tan famosa frase por la que Marinetti pasó a la historia de la literatura. No, no es verdad, señor Marinetti, la Victoria de Samotracia, decapitada, con un ala mal cosida, tuvo que ser de una belleza sin par en la proa del barco griego, y es hoy de una belleza sin par en la subida de las escaleras en la galería del Louvre, porque forma parte de los mitos que siguen transitando las avenidas descoyuntadas de nuestra ciudad de Occidente. Aunque, para lo que nos vale…
Buscamos referencias clásicas en un lugar que las ha desvirtuado, o ha creado las suyas propias tan casposas: «Audrey Hepburn/ eterna/ con su tocado sus gafas su collar/ se arranca los guantes/ para ir al servicio/ y poderse limpiar más plácidamente el culo»
El poemario se completa con Prospect York, más apuntes del periodista con la sabiduría atravesada del poeta. Del Val sabe que NY es la quintaesencia de nuestra cultura, su pudridero perfecto, ahí daremos con nuestros huesos, con los de Truman Capote, con los de León Felipe, de quien siempre nos olvidamos, con los de los gatos perseguidos y esquilmados y los niños chicanos que revientan las pompas de agua para bañarse en la ciudad isla. NY de todas las naciones. NY para acarrear lo poco bueno que nos queda, la mirada de Orfeo, viejo, que canturrea una melodía que olvidó, buscando qué chica…, cómo se llamaba… Ay, los años no perdonan. Y qué frío hace, Dios…

martes, marzo 15, 2011

El perro que comía silencio, Isabel Mellado

Páginas de Espuma, Madrid, 2011. 128 pp. 14 €

Miguel Baquero

Tengo la costumbre, cuando leo un libro, de ir subrayando las frases que me parecen especialmente llamativas, en especial por lo novedoso, por lo poético, por lo distinto. Libros hay que se escapan (seguramente por mi torpeza) sin ningún rayajo; y otros como El perro que comía silencio, el primer volumen de relatos de la escritora chilena Isabel Mellado, que cuando llego a la última página y echó la vista atrás, encuentro llenos de líneas, de asteriscos, de notas al margen. Pero, por encima de esas impresiones súbitas, cuando uno concluye de leer este volumen de cuentos tiene la impresión de haber recorrido un pequeño edifico fascinante, de habitaciones lujosamente amuebladas, salones amplios, balcones con hermosas vistas, pero también pequeños cuartos íntimos y acogedores, e incluso trasteros misteriosos que esconden algún secreto. Una casa pequeña, pero llena de literatura.
“Hoy mi espejo se puso furioso porque llegué tarde a la cita matutina”, “observo esta mascota flaca que se llama cuerpo”, “entre el antes y el después no siempre hubo un ahora”, “el chirriar de la luna”, “si el reloj hiciera tac tic, ¿las cosas cambiarían”… son algunas de las frases y metáforas que he ido subrayando a lo largo del libro, pero el lector, a buen seguro, encontrará otras, de igual o más calidad. Porque El perro que comía silencio es una verdadera exhibición de lenguaje lírico bajo la forma de cuentos, un ejercicio, en ocasiones realmente exquisito, de imágenes nuevas, de comparaciones nunca planteadas, de situaciones diferentes.
El libro se compone de tres partes, aunque la melodía suena uniforme a lo largo de todas ellas: “Mi primera muerte”, donde los cuentos abarcan todo tipo de situaciones de la vida común (espléndido el cuento en que un viajero cambia de identidad con cada tren que toma); “La música y el resto”, donde los relatos se hallan centrados en el mundo de la música, las situaciones, los intérpretes, el público de los conciertos (la autora es violinista en la Orquesta Filarmónica de Berlín); y por último “Huesos”, la tercera parte, compuesta de pequeñas frases, metáforas, ideas, que poco tienen que envidiar a las “greguerías” de Ramón Gómez de la Serna, y que incluye también dibujos a vuelapluma de la propia autora.
El conjunto, aunque pudiera parecer un material disperso, está unido por un sentimiento poético sincero y genuino, que no se acoge a sensaciones comunes ni a tópicos líricos. Resulta sorprendente, para una primera obra, que su autora haya decidido arriesgarse con una propuesta nueva y ajena a lo trillado. Y aunque, como peaje inevitable, alguna vez, algún cuento, descienda en el nivel de calidad (“Eternidad 77x53”), o alguna de estas nuevas greguerías no consiga alzar el vuelo, el precio merece, sin duda, la pena ante el resultado final. No se puede ser sublime constantemente, e Isabel Mellado alcanza lo sublime en muchas partes de este pequeño libro, de lectura, y aun mejor, de relectura muy aconsejable.

lunes, marzo 14, 2011

Cristal Embrujado, Diana Wynne Jones

Trad. Gema Moraleda. Nocturna, Madrid, 2011. 332 pp. 16 €

Sofía Rhei

Estoy algo tentada de simplificar hasta el punto de afirmar que hay dos tipos de maneras de narrar sucesos mágicos: una de ellas apuesta por sorprender, deslumbrar y hacer que el mundo real palidezca a su lado (lo que quizá signifique que la realidad es un leve consuelo y tan solo un soporte para la fantasía de la mente), la otra trata de definir cuidadosamente parámetros verosímiles, igual que la ciencia ficción más rigurosa, y hace que el mundo fantástico se imbrique con el real retroalimentándose el uno al otro, sin que nunca se sepa exactamente dónde está la línea. Este proceso, de alguna manera, hace más real la magia, y al mismo tiempo, más mágica la realidad. Hay que prestar atención a cada detalle en lugar de esperar explosiones de fuego violeta. A esta segunda categoría pertenece Diana Wynne Jones.
Lo que pasa es que no existen solo dos maneras de narrar la magia. Hay magia con muchos puntos en común con la física, como la que describen Eoin Colfer en su saga juvenil (lo sobrenatural como tecnología del subsuelo), Madeleine L'Engle en su soberbia serie teseráctica, Lev Grossman en la inquietante Los magos (el reverso psicoanalítico de C.S Lewis, o cómo tratar con verosimilitud los cuentos de hadas), o, con un sabor más irónico, la que practican los magos más jóvenes de la Universidad Invisible. De este tipo (una magia muy relacionada con el trabajo y el estudio) es también la descrita por Susanna Clarke en su Jonathan Strange. En ese libro la autora se ocupa de la magia masculina, el Las damas de Grace Adieu se dedica a la de las mujeres. Esta distinción ha sido muy trabajada por Sir Terry Pratchett, creador de la cabezología, especialmente en Ritos iguales.
Existe magia que llueve misteriosamente del cielo como la de las Luces del Norte de Phillip Pullman, en la que se entremezclan el destino y el deseo de apropiación del ser humano de lo que no le pertenece; magia que es poco más que tiempo o fantasía en su máxima expresión, como sucede en los dos libros más famosos de Michael Ende. hay magia darwinista, como la de Brandon Mull o Holly Black, con complejas genealogías de seres conectados con la naturaleza. Determinado tipo de magia brota directamente de los libros: Cornelia Funke, Jasper Fforde, La historia interminable; o de los cuentos tradicionales: Kelly Link, Gregory Maguire, Robin Mc Kinley, Javier Ruescas. Otra está directamente relacionada con las funciones del cuerpo, como la de Millroy el mago. Hay una fascinante magia relacionada con los objetos comunes, como la que encontramos en muchos cuentos de Andersen, la que abre las puertas de Narnia, Oz o Wonderland, como la que practican Mary Poppins y muchos personajes de Roald Dahl, y después tenemos, una especie de santería depurada, urbana y llena de sorpresas como la que describe la deslumbrante Rachel Pollack. Magia de la ciudad en tanto que ser vivo y complejo: Neverwhere (Gaiman), Nocturnia (Simon R. Green), New Crobuzon (Mieville), Galveston (Sean Stewart), Roncavarancolia (Cotrina).
Hay magia oscura, injusta, brutal (Larrabeiti), contundente y derivada del destino (Tolkien), o construida a partir de una lógica interna llevada a sus extremas consecuencias (Mundodisco). Magia psicológica, a veces perversa, es la de de Anne Rice, Jonathan Carroll, Lisa Tuttle. Magia de sueños, deseos y pesadillas, maravillosamente poética, la de Oscar Wilde, Ray Bradbury, Angela Carter, Steven Millhauser, Mijail Bulgákov, Mervin Peake, Theodore Sturgeon, Maria Gripe, Ana María Shua, Jane Yolen.
Sin llegar al extremo de su devoto Neil Gaiman, que afirma sin rubor que «Diana Wynne Jones is the best. The very best. Honest.», no me parece arriesgado decir que si tuviéramos que escoger entre todos estos maestros de la magia tan solo los fundamentales, los originarios, siguiendo el criterio de la novedad y brillantez de su manera de describir lo extraordinario, Diana Wynne Jones estaría indiscutiblemente junto a Shakespeare, Dante, Andersen, Carroll, Tolkien, Ende y Ursula K. Le Guin.
Por supuesto que los ríos de la literatura se entremezclan sin cesar, y así debe ser, porque de otro modo cada escritor tendría que reinventarlo todo desde cero y no avanzaríamos gran cosa. Cada género tiene sus propias marcas y motivos recurrentes. Pero así como J. K. Rowling o Terry Pratchett recogen todos los tópicos para jugar con ellos desde su óptica, Wynne Jones siempre se ha esforzado en hacer que sucedan cosas nuevas, por imperceptibles que parezcan. Por la portada me daba la impresión de que el texto podía tener puntos en común con Mundoespejo, de Mike Wilks. Pero me equivocaba. No hay nada previsible en esta escritora.
La magia que crea Diana Wynne Jones esta relacionada, siempre, con la naturalidad, con lo cotidiano. Es del tipo que emplean sus interesantísimas contemporáneas, también británicas, Joan Aiken y Vivien Alcock.
Wynne Jones nunca advierta a sus lectores con un "preparaos, que ahora viene algo especial". Los sucesos extraordinarios se narran con el mismo grado de excepcionalidad que la recogida de hortalizas (porque nunca se sabe si en esas hortalizas, o a través de ellas, acabaremos por descubrir un secreto memorable). En este sentido su táctica es la contraria a los pirotécnicos Pratchett y Rowling, que rodean cada momento clave con una cohorte de señales y presagios digna de las grandes superproducciones de Hollywood. Wynne Jones está más cercana a la extraordinaria Le Guin, al inteligente Sapkowski, al sutil Millhauser.
Al comenzar a leer Cristal embrujado un lector desprevenido podría pensar que se trata de un libro realista, de una de esas encantadoras novelas de ingleses excéntricos. De hecho, este libro escrito en 2010 tiene un estilo tan perfecto que podría haber sido escrito muchas décadas antes. Hay sutiles ecos de Wodehouse, tan depurados que se le pueden escapar al que lea rápido (nunca hay que correr ese riesgo con esta autora).
Sin embargo, al avanzar en la lectura, se van detectando pequeñas cosas que se han deslizado ligeramente, sutiles comentarios con implicaciones no exactamente naturales, curiosos comportamientos que no acabarían de tener sentido en el mundo estrictamente real.
«Hay que quitarse las gafas y limpiarlas cuando se quiere que la gente haga lo que uno ha dicho.»
Como si el tipo específico de magia que describe fuera algo completamente familiar para el lector, Wynne Jones avanza en la narración sin detenerse jamás a dar una explicación. No se preocupa en absoluto de cual debería ser o no ser la edad o la personalidad de su protagonista según los criterios del marketing. Le da igual que su libro lo lean niños de catorce o señoras de ochenta: casi no parece un libro de ficción, sino el testimonio semidocumental de una serie de personajes a cual más imprevisible (sin que resulten grotescos) en su mezcla de personalidades muy reales con acontecimientos bastante inusuales.
De hecho, la finura psicológica a la hora de describir los caracteres hace que estos resulten vívidos precisamente a causa de su alejamiento de los clichés. Llama la atención la hondura de Aidan, el personaje infantil, que a veces recuerda al Eric de las series de Crestomancia por su prudencia y madurez. Ya sabíamos, de todas formas, lo que Wynne Jones era capaz de hacer con personajes menores de edad después de La hora del fantasma.
La trama no responde a ningún esquema tradicional, no está troquelada con patrones de iniciación, desafío, pérdida o injusticia. De hecho, hay dos protagonistas que tienen exactamente el mismo peso en el libro, malabarismo que a muy poca gente le sale bien.
Aidan es un niño cuyo nombre solo pueden pronunciar las buenas personas. Andrew es un adulto, un despistado profesor al que le cuesta tomar las riendas de su vida. Para él la magia es, literalmente, una molesta herencia de la que tiene que responsabilizarse. Por supuesto que cree en ella, siempre ha sabido que estaba allí mismo, pero no le causa demasiada admiración. Sin llegar a ser tan descreído como la familia a la que tiene que enfrentarse el pobre fantasma de Cantervile, Andrew no está dispuesto a que ningún fenómeno extraño le convenza de cosas que no son.
Según avanza la novela descubrimos un juego de personajes a los que ya conocíamos, pero que no se parecen necesariamente a lo que recordábamos de otras veces. O sí se parecen, y en realidad lo que estamos viendo ahora es su verdadera realidad, desprovista de "glamoures" varios.
Este libro, como todos los que he leído de esta autora, merece la pena ser releído. Es un sitio al que volver, un lugar con una entidad casi tangible. Alguien puede preguntarse que cómo es posible que los libros de Harry Potter se vendan por miles millones y los de Wynne Jones, si tan buena es, tengan una difusión mucho menor. Una de las respuestas es que los libros de Rowling son más fáciles de leer, en el sentido de que tienen una acción más vívida y proporcionan emociones más fuertes. El mal está mucho más presente en ellos. Contienen muchísimo más espectáculo. Y, desde luego, requieren muchísima menos colaboración por parte del lector. Le dan un camino ya trazado. Si te saltas un par de párrafos aquí y allá tampoco es demasiado grave. Sin embargo, Diana no te deja pasar ni una.
Por otra parte, paradójicamente, los chispeantes hechizos de Hogwarts solo existen unos cuantos momentos en la vida, mientras dura ese arco de fascinación. Después solo nos queda su recuerdo. Sin embargo, la magia cotidiana de Diana Wynne Jones, muchísimo más sutil, resucita cada vez que nos demos cuenta de que alguien se ha quitado las gafas al tratar de convencernos de algo. Una vez que entramos en ella, ya nunca desaparece por completo.