viernes, febrero 11, 2011

Proust y la neurociencia, Una visión única de ocho artistas de la modernidad, Jonah Lehrer

Trad. Bernardo Moreno. Paidos, Barceona, 2010. 330 pp. 19,50 €

Eduardo Fariña Poveda

Vivimos tiempos de transiciones, de transformaciones constantes y en donde adaptarse va más allá de satisfacer un apetito intelectual. Los avances científicos y las nuevas tecnologías organizan la arquitectura del mundo primero en la práctica y después en la teoría. De la misma forma que la obra de ciertos poetas necesita más tiempo para que penetre en nuestra conciencia, esta teoría que se escribe después requiere atención pausada. Proust y la neurociencia, de Jonah Lehrer logra hacer una radiografía de esos cambios, a través de las influencias del arte en la investigación científica, con 8 artistas clave en la modernidad.
Esta auténtica antología de artistas hecha por Lehrer abarca todo el espectro del arte. Lehrer, nacido en 1981, es uno de los científicos jóvenes más brillantes de Estados Unidos. Con un paso espectacular por las Universidades de Columbia y Oxford, pertenece al consejo de redacción de Wired, Scientific American Mind, National Public Radio's y Radiolab. Además ha colaborado para The New Yorker, Nature, Seed, The Washington Post et The Boston Globe. Finalmente, Lehrer mantiene un blog. Este científico ha escogido a Walt Whitman, George Eliot, Auguste Escoffier, Marcel Proust, Paul Cézanne, Igor Stravinski, Gertrude Stein y Virginia Woolf para demostrar que cada uno en su terreno, se anticiparon a investigaciones científicas, algunos de ellos casi un siglo antes. Lo que une a todos estos artistas es que todos insinuaron diversos aspectos del funcionamiento de la mente.
Una exploración radical de sus propias experiencias es para Lehrer lo fundamental, ya que limitarse solamente a realizar experimentos científicos hubiera sido demasiado fácil, como apunta en el prólogo. Una concepción estrictamente positivista, donde reina el culto al número y al cálculo, hace que la concepción actual de verdad en la sociedad occidental descanse sobre la idea central de lo ordenadamente demostrable. Hasta el más cuidado experimento científico nace de un acto de imaginación, no muy distinto a la creación de un poema, dibujar un borrador o sencillamente improvisar una merienda en la cocina. Para lograr esa verdad y entender a nuestro cerebro, necesitamos tanto al arte como a la ciencia, cómo dice Lehrer: «Los científicos describen nuestro cerebro en términos de detalles físicos, convencidos de que no somos más que un entramado de células eléctricas y espacios sinápticos, pero la ciencia se olvida de que no es así como experimentamos el mundo (…) al expresar nuestra experiencia real, el artista nos recuerda que la ciencia es incompleta, que ningún mapa de la materia explicará nunca la inmaterialidad de nuestra conciencia» (p.18). El mismo rigor que Lehrer pide a los científicos para acercarse al arte también parece tenerlo para inclinarse hacia una preferencia por el misterio del cerebro, ya que la búsqueda unida del arte y la ciencia es también el culto al enigma de nuestro propio comportamiento. Esto es probablemente uno de los grandes aciertos de este dinámico libro.
Como advertimos en el título, Marcel Proust es el protagonista de este libro divulgativo que debemos leerlo también como la novela-tributo de un investigador sobre sus artistas favoritos. Luego de precisar sobre las dos títulos que ha tenido En búsqueda del tiempo perdido en inglés y sobre la predilección de Proust por los recuerdos y los pasteles, Lehrer nos cuenta que los científicos diseccionan los recuerdos, convirtiéndolos en una relación de moléculas y de regiones cerebrales y que Proust hizo lo mismo con sus frases subordinadas y detalles insignificantes de ciertas cosas. Desde la neurociencia, la psicóloga Rachel Herz demostró en un trabajo titulado Testing the Proustian Hypothesis que nuestros sentido del olfato y gusto son los únicos sentidos que enlazan directamente con el Hipocampo, el centro de la memoria a largo plazo del cerebro. Los restantes sentidos son procesados primeramente por el tálamo, la fuente del lenguaje y la puerta de entrada a la conciencia. Este es sólo un ejemplo de cómo la ficción de Proust –curiosamente destinada de forma primera a ser un ensayo en contra del crítico Saint-Beuve– explica de forma de no ficción cómo el tiempo transmuta la memoria. Con capítulos muy interesantes sobre la figura de Proust, algunos de relectura obligada como Proteínas Sentimentales, Lehrer nos acerca a un Proust más desconocido y más íntimo.
Publicado en inglés en 2008 y el primer libro del autor (se espera la traducción de su segundo libro How to decide) Proust y la neurociencia hace un astuto repaso por los momentos creativos más reseñables de los artistas convocados y se une a una tradición de ensayos que intentan unir la ciencia y el arte, como lo fue el pionero Las Dos Culturas, de C. P. Snow, el cual Oliver Sacks también hace reconocer en la contraportada. En esa conferencia, publicada como ensayo en 1959, Snow criticaba que los científicos no conocieran la poesía de Rilke y a los escritores que no conocieran la segunda ley de termodinámica. Con ese mismo espíritu intelectual y con menos tono profético que Snow, Lehrer debuta como ensayista y con una buena dosis de sentido crítico y humor, nos dice que la moraleja de este libro es que estamos hechos y constituidos de arte y ciencia.

jueves, febrero 10, 2011

Picnic en Hanging Rock, Joan Lindsay

Trad. Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2010. 320 pp. 21,95 €

Fernando Sánchez Calvo

“¿Dónde comienza la ficción y termina la realidad?”, se preguntó Miguel Caine un 11 de septiembre de 2010 en uno de los puntos más sensitivos de Gijón (puede que en el Elogio del Horizonte, puede que en un apartamento del barrio nuevo) cuando se dispuso a escribir el prólogo que la Editorial Impedimenta le había encargado sobre la novela más famosa de Joan Lindsay (Weigall de soltera). Antes, o después, Pilar Adón había traducido el texto al castellano, pero eso no facilitaba ni empeoraba las cosas: simplemente dejaba un maravilloso vacío de interpretación que Miguel Cane y cualquier lector que se acercara a Picnic en Hanging Rock debería asumir. La autora del libro había pertenecido a una de las familias artísticas más importantes de toda Australia y, como buena lugareña, conocía a la perfección (aunque fuera de oídas) la espesura de la naturaleza australiana y el hecho que le sirvió como punto de partida para construir una novela de suspense desde la que juzgar con fina ironía y desprecio la mediocridad con la que el ser humano (y la sociedad en su conjunto) suele afrontar la catástrofe.
Efectivamente, en 1900 desaparecieron varias alumnas y una institutriz del colegio Appleyard para señoritas durante un picnic que celebraron en la escarpada Hanging Rock. Sólo volvió una, pero el impacto emocional sufrido en dicha experiencia le impidió recordar nada de lo ocurrido. “Éste es el punto de partida”, pensó seguramente Miguel Cane, “el mismo punto del que partieron las protagonistas del suceso, la policía de investigación, la gente de aquella época y de aquel lugar, la escritora que tuvo la valentía de novelar un hecho tan cercano, los diversos lectores o chismosos que se han acercado a esta historia durante más de cien años” y, por supuesto, él mismo, quien se atrevía un siglo después a discernir qué había de verdad y qué de mentira en la novela de Joan Lindsay (Weigall de soltera).
Lo curioso, si se detenía uno un momento, es que el argumento de lo sucedido se podía resumir en cuatro líneas. Lo maravilloso, si se ponía uno a reflexionar, es que la autora estiró y llenó a la perfección las pausas y vacíos que había entre las palabras de la sinopsis ya enunciada. Entre palabra y palabra un vacío y ahí, en cada uno de ellos, entró Joan Lindsay (Weigall de soltera) y su labor como escritora: la incipiente inquietud que siente una de las profesoras cuando ve que cuatro alumnas y una compañera de trabajo no vuelven; la confirmación de la tragedia; la conmoción sufrida por el resto de alumnas al conocer la noticia; las negras sombras que pasean delante de los ojos de la directora del colegio, la Señora Appleyard, al saberse arruinada en su negocio si el caso no se resuelve pronto; las turbias sombras que suceden a las anteriores al caer en la cuenta la misma Señora Appleyard de que, para colmo, quienes han desaparecido son sus mejores alumnas, las más aptas, las que tenían más futuro, en lugar de las más mediocres (“¿por qué no tuvo que ser Edith la que desapareciera?”); el revuelo formado entre los habitantes de la zona, quienes por una parte no saben nada de aquellas niñas tan selectas y con una educación tan elitista y diferente a la suya, pero por otra parte las sienten como hijas sólo cuando saben que simplemente “alguien” ha desaparecido. Para aquel entonces la histeria colectiva estaba más que asentada.
Respecto a estos comportamientos, la autora se moja, toma partido, ya no sobre lo que ha ocurrido sino sobre las distintas reacciones del vulgo (quien de uno en uno es maravilloso pero cuando se junta es estúpido) y por eso gusta, por eso fascina: «Como siempre sucede con los asuntos de interés humano, aquellos que carecían de información eran los más enfáticos a la hora de expresar sus opiniones». Ya se sabe lo que pasa con estas cosas. Todo el mundo desconocía pero intuía, todo el mundo opinaba, y entre tanto, “la trama del picnic continuaba ensombreciéndolo todo”. Cuanto más hablaban, menos se sabía del asunto. Cuánto más se buscaba, menos posibilidades de encontrar a las desaparecidas había. En otras ocasiones, a Joan Lindsay (Weigall de soltera) le dio por pensar mal y acertar: “Hay personas capaces de hallar consuelo en el hecho de ser los primeros en dar las malas noticias”; nadie que no conozca muy bien la psicología humana y nadie que no conozca muy bien sus propias maldades puede afirmar esto.
Seguramente, y sin haber llegado al final de la novela, Miguel Cane olvidó en algún momento el propósito del prólogo, que era saber dónde empezaba la ficción y dónde la realidad. Lo importante era que todo lo que está dentro de Picnic en Hanging Rock pudo ser verdad. Nombres como la señorita McCraw, Mike, Albert, Miranda, Rosamund, el agente Bumpher, espacios como el colegio o el mismo claro desde el que se puede ver merendando la inmensa roca, costumbres, estilos de vida, aspiraciones o comportamientos, se pueden rastrear fácilmente en una biblioteca pero, una vez confirmados con la realidad, no nos van a decir nada. Sin una cara que sufra dicha pérdida, sin un joven que por propia voluntad decida iniciar una operación de rescate, sin directoras que maldigan la pérdida económica que supone perder literalmente a una alumna, sin gente que hable de la gente, no puede existir la ficción.
Quizás por ello, quien más pena nos da finalmente no son las desaparecidas sino la Señora Appleyard, quien, a pesar de sus miserias, es la que tiene más que perder a partir de entonces. Ya era consciente de ello en los primeros capítulos, cuando consolaba a la única de las dos profesoras que llegó sana y salva de la fatídica excursión: «Por cierto, mi querida señorita, espero que no sea usted tan insensata como para culparse por lo sucedido en este desgraciado asunto. Sabe perfectamente que todo esto podría terminar siendo una tormenta en un vaso de agua.» Miguel Cane, seguramente, también lo sabía.

miércoles, febrero 09, 2011

En medio de todo, Julio José Ordovás

Eclipsados, Zaragoza, 2010. 104 pp. 10 €

Juan Marqués

Quien escribe y publica diarios es aquel que tal vez no necesita tanto escribir como escribirse, explicarse, a menudo reconstruirse. Es lo que el zaragozano Julio José Ordovás ha venido haciendo desde su primer libro, Días sin Día (Xordica, 2004), y también en las crónicas de viajes de Frente al cierzo. Once ciudades aragonesas (Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2005), en las columnas periodísticas de Papel usado (Eclipsados, 2007) e incluso en muchos de los vibrantes poemas en prosa de Nomeolvides (Universidad de Zaragoza, 2008), pues en todos ellos Ordovás habla fundamentalmente de lo que tiene más cerca y de lo que ocurre o escuece dentro de él, con una honestidad que con frecuencia se convierte en crudeza y una integridad que a veces obliga a leer cosas que uno quizá preferiría no haber sabido.
El protagonista de este nuevo cuaderno de notas está, sí, En medio de todo (estupendo título para el diario de un treintañero), pero también de vuelta de muchas cosas, aunque llega a declarar inolvidablemente que «Pocas veces me he sentido tan perdido. Quizá sea una buena señal» (p. 70). En contra de lo que dice la contracubierta, en esta nueva entrega hay mucho menos de aquello que llenaba Días sin día: las lecturas, las referencias a libros y autores (aunque el exceso de eso también hubiese sido un lastre), el “taller” del inseguro escritor en crisis permanente... Pero también, por fortuna, hay menos desahogos y rabia que en aquel debut, aunque el personaje está sin duda más desconcertado, más derrotado, más roto tras una ruptura sentimental y el dolor desesperado que le sigue (asunto del que dio buena cuenta en su magnífica contribución berlinesa al volumen colectivo En las ciudades, coordinado por Hilario J. Rodríguez en 2009).
Ahora Ordovás nos entromete sin ningún suavizante en su privacidad, abriéndose en canal en muchos fragmentos y mostrando extrema dureza contra sí mismo, que sólo aquí y allá queda amortiguada por el bálsamo de algún recuerdo, de algún viaje, de algún momento de paz junto a nuevas chicas. A veces basta sacarle punta a un lápiz para reconciliarse con el mundo (p. 36) o encontrar tres hojas moradas al barrer bajo la cama para obtener fuerzas para continuar (p. 96). Esas entradas, como la última frase del libro, hacen que, aunque la amargura ocupe en él más espacio que el optimismo, éste pese e importe mucho más, pues «me faltan las ganas de corregirme, aunque no las de superarme» (p. 71).

martes, febrero 08, 2011

La señal y otros relatos, Vsévolod Garshin

Trad. Sara Gutiérrez. Contraseña Editorial, Zaragoza, 2010, 253 pp. 18,90 €

Victoria R. Gil

La publicación de La señal y otros relatos, de Vsévolod Garshin, por parte de la editorial Contraseña ha venido a compensar el imperdonable olvido en nuestro país de un autor que, con tan sólo una veintena de narraciones cortas, es considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura rusa y el más directo antecesor de Antón Chéjov, otro gran maestro de lo breve. Los nueve relatos incluidos en este libro son ásperos como un latigazo de vodka, sin perder por ello un punto de ingenuidad en el que descubrimos el rechazo a la maldad y el compromiso social que los inspiraron.
“He escrito sinceramente, sin disfrazar nada, y he puesto sobre el papel las cosas que realmente han angustiado mi alma”. Como confiesa en una carta dirigida a un amigo, Garshin nunca trató de ocultarse tras su obra, sino que, al contrario, se volcó en ella con tal pasión que resulta imposible desligarla de su propia vida, tan trágica y fatal como sus cuentos. Marcado por el suicidio de su padre y de dos de sus hermanos, y por una tendencia a la depresión que lo llevaría a quitarse la vida a los 33 años, el famoso pintor Iliá Repin captaría como nadie su tormento interior. No sólo nos ha dejado varios retratos en los que sorprende la intensidad de una mirada a la que casi podemos asomarnos, sino que lo usó como modelo del hijo del zar Iván el Terrible en el dramático cuadro que recrea la muerte del zarevitz a manos de su propio padre. Hoy se cree que Garshin era un maniacodepresivo o que sufría un trastorno bipolar, pero etiquetar su mal no afecta en absoluto a la notable calidad de su obra y a la descarnada sinceridad que encontramos en ella.
De cada infortunio obtenía Garshin el fermento con el que levar unos relatos que siguen siendo tan turbadores hoy como en el momento en que fueron escritos. Su participación en la guerra contra el imperio otomano que iniciara Rusia en su camino hacia el Mediterráneo dejó secuelas más profundas que la herida que lo licenció antes de finalizar la contienda. Lejos de visiones heroicas, la guerra de Garshin es sucia, irracional y obscena, y su sinsentido nos alcanza en varios de los cuentos seleccionados en esta antología: Cuatro días, El cobarde y El asistente y el oficial, donde vuelca sus ideales más pacifistas. El primero de ellos, cuya publicación lo convirtió en uno de los autores más leídos de su tiempo, narra el lento pasar de las horas de un soldado herido en el campo de batalla, junto al cadáver del enemigo al que él mismo había dado muerte poco antes. Del mismo modo, su estancia en un manicomio nos conduce directamente a La flor roja, donde su protagonista comparte locura con ese hidalgo manchego, empeñados ambos en terminar con la vileza del mundo con igual y desalentador resultado.
Intensos, reflexivos y desgarrados, así son los textos contenidos en este libro. Pero quizás uno entre todos, precisamente el que da título al conjunto, nos detenga en su lectura, atrapados por la fatalidad que persigue a Semión Ivanov, un guarda ferroviario capaz de esa generosa entrega que es la única que redime al ser humano. Una historia tan cinematográfica no sería ignorada durante mucho tiempo y en 1918, La señal se transforma en la película con la que Eduard Tisse debutaría como operador de cámara antes de convertirse en el director de fotografía de Sergei M. Eisenstein.
Una magnífica edición la que nos ofrece Contraseña, no sólo por rescatar del pasado a este excepcional escritor, sino también por ponerlo en las delicadas manos de una traductora como Sara Gutiérrez, que ya nos mostró el fondo ruso de su alma en La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta, 2007). Care Santos, autora del prólogo, aseguraba entonces que el “esforzado y meritorio” resultado de su trabajo “hubiera satisfecho a Leskov”, como, sin duda, habría contentado a Garshin su destreza para hacernos tan próxima esa Rusia decimonónica, convulsa y doliente, en la que el propio escritor terminaría por sucumbir.

lunes, febrero 07, 2011

Flores de sombra, Sofía Rhei

Alfaguara, Madrid, 2010. 344 pp. 14,50 €

Ariadna G. García

Pocos son los escritores que pueden presumir de publicar un libro de calidad al año. Y dentro de esa nómina se encuentra una autora versátil, un vehículo anfibio que se mueve sin dificultades por el verso de alta montaña y la prosa de arenisca: Sofía Rhei. Desde que comenzase su carrera no ha dejado de atravesar extraños bosques donde crecen Flores de alcohol (2005) por una combinación Química (2007) cuyos resultados permiten Otra explicación para el temblor de las hojas (2008) y el crecimiento de siniestras Flores de sombra (2011); ni tampoco ha eludido el tránsito por unas peculiares Ciudades reversibles (2008) por las que deambulan, como Alicia volátil (2010), hechizados personajes de cuentos y novelas. En apenas seis años, ha dejado de ser una semilla prometedora para convertirse en un tronco robusto y sólido de nuestro jardín literario. La copa que sostienen sus ramas tiene el don de producir una sombra que concede regocijo y descanso. Los libros de Sofía son hogares.
Si alguien buscara un “ángulo” al que llevarse una lectura, acertaría, sin duda, si eligiera su embriagadora novela juvenil. Flores de sombra se sitúa en la órbita de algunas obras clásicas del género de la épica fantástica. El libro sigue con precisión un modelo heredado. No faltan, pues, los tópicos inherentes a él: un misterioso viaje que emprenden madre e hija para olvidar la angustia del pasado, la soledad y el tedio adolescente, el vacío de la deshabitada localidad a donde se mudan, el comienzo de una nueva existencia alejada del orden, la investigación de un secreto de familia, la simultaneidad de dos mundos gemelos… Tampoco escasean los guiños a la cultura popular, que tanto cultivó el maestro de este tipo de historias: Stephen King. Así las cosas, bajo el césped las raíces del libro se alimentan del barro de El talismán (1984) y del agua secreta de Doctor en Alaska (1990). Ahora bien, la novela de Sofía no sólo sigue con acierto un patrón, sino que despliega una imaginación desbordante. Su prosa nos seduce todos los sentidos. Retomando dos asuntos vitales en su obra, el gusto culinario y la pasión botánica, Sofía Rhei sorprende a nuestra percepción con un torbellino de sinestesias, imágenes, olores, sonidos y sabores de lo más variado. Dan ganas, incluso, de quedarse a vivir en ese universo vegetal paralelo, pese a sus misterios y peligros. Y aunque Flores de sombra danza sin salir de los límites de la pista de baile, añade algunos pasos, resistencias que no suponen riesgos pero abren la puerta de las revoluciones, a la coreografía. Así, el conmovedor mensaje ecológico se mezcla con el protagonismo de Hazel, la joven extranjera en cuyas manos se encuentran los destinos de un mosaico de razas y de mundos.
Flores de sombra es la última rama de un tronco, pero su savia bucea por el hueco de otras, anteriores. Si en ellas existía una unión entre la ciudad y los árboles, si en ellas las raíces levantaban milímetros de asfalto, si en ellas la hojarasca era testigo de la vida humana, si en ellas las mujeres y los hombres aspiraban esporas, en esta rama nueva la simbiosis ha cerrado su círculo. No hay escisión posible con la naturaleza.
Intriga, acción, sorpresas, un lenguaje cuidado, resonancias de libros y películas (Crepúsculo, Alicia en el país de las maravillas, Dentro del laberinto, Avatar…) son algunos de los ingredientes con que Sofía ha cocinado un libro suculento, de aquellos que nos dejan con las ganas de disfrutar de otro sabroso plato.