viernes, enero 28, 2011

Fría venganza, Dan Simmons

Trad. Daniel Luque Cantos. La Factoría de ideas, Madrid 2010. 256 pp. 19,95 €

Victoria R. Gil

Fría venganza es una novela negra llena de grises, en la que su protagonista cruza los límites de la legalidad cuando le viene en gana, sin plantearse ningún dilema moral sobre lo que se puede o no se puede hacer. Con un más que particular sentido de la ética, el investigador Joe Kurtz juzga lo que está bien y lo que está mal, para ejecutar acto seguido la sentencia. Por eso no es de extrañar que los cadáveres abunden en esta historia donde casi nadie es inocente, salvo, quizás, Arlene, la secretaria que todo detective privado debe tener, tan hábil tomando notas como disparando un Magnum.
Para que no quede ninguna duda sobre lo poco que le importan a su personaje las leyes, y no digamos la norma no escrita de lo políticamente correcto, Dan Simmons dedica el primer capítulo a informarnos de cómo se las gasta Kurtz, aficionado a tirar por la ventana a matones y asesinos para librar al mundo de la escoria que le sobra. Para quien ha sido capaz de sobrevivir a once años de cárcel sin terminar con el cuello rajado, pese a haber sido objeto de una fatwa mafiosa, los bajos fondos de Búffalo son un patio de colegio en el que se mueve con la habilidad de un tahúr.
Simmons, un escritor estadounidense más conocido en España por sus obras de ciencia ficción que por las policíacas o de terror, alcanzó fama internacional con la saga Los cantos de Hyperion, que ha recibido los premios más importantes del género y que está a punto de llevarse al cine. Sin embargo, entre los aficionados españoles a la novela negra causó una grata impresión El bisturí de Darwin, donde con la excusa de los premios de igual nombre que se conceden en Estados Unidos al modo más estúpido de morir, ofrecía una narración que, sin salirse de los moldes clásicos, aportaba aire fresco y una revitalizante ironía a la tradicional investigación policial.
Con Fría venganza, Simmons vuelve a recorrer con paso firme los caminos del crimen, no siempre muy organizado como pone en evidencia ese grupo de supremacistas blancos que más parecen los golfos apandadores de Disney que delincuentes dignos de aparecer en la lista de los más buscados. Porque aun siendo éste un libro duro y sin pelos en la lengua (ni en el revólver), también exhibe un saludable buen humor, muy de agradecer entre tanto silbido de balas y crujir de huesos.
La trama, aparentemente sencilla, comienza en el momento en que Joe Kurtz sale de prisión y pretende retomar su profesión de detective, por lo que se ofrece a investigar la desaparición del contable de una familia de la mafia. En menos de dos capítulos consigue convertirse en el objetivo de asesinos y policías, y sobrevivir empieza a ser una carrera contra reloj. Pero como todo buen prestidigitador, Simmons guarda varios ases en la manga y no tardaremos en descubrir que la realidad puede adoptar múltiples apariencias y que el sexo no siempre sirve para hacer amigos, dos lecciones que nunca está de más recordar si se quiere salvar el pellejo.
A pesar de someterse a las reglas del género y componer un personaje tan duro como mandan los cánones y dueño de una conciencia tan dúctil como las circunstancias lo exijan, Dan Simmons se permite el lujo de dotarlo de la afición de leer a Epicteto y de dedicar medio capítulo a que dos vagabundos sin techo discutan sobre teología y citen El libro de los Jubileos, un texto apócrifo del que se descubrieron varios fragmentos entre los manuscritos del Mar Muerto:
«—Mastema fue el demonio que le ordenó a Abraham matar a su propio hijo –le aclaró a Kurtz.
—Pensé que Dios fue el que hizo eso –dijo Kurtz.
Soul Dad meneó tristemente la cabeza.
—Ningún dios al que mereciera la pena reverenciar haría tal cosa, Joseph».
Traiciones, asesinatos, sorpresas y alguna que otra mujer fatal. Nada falta en esta novela que cumple lo que promete: acción y entretenimiento de la primera a la última página.

jueves, enero 27, 2011

Garcetas blancas, Derek Walcott

Trad. Luis Ingelmo. Bartleby, Madrid, 2010. 214 pp. 17 €

José Luis Gómez Toré

La escritura del poeta y dramaturgo antillano Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, 1930), Premio Nobel de Literatura 1992, parece animada por una voluntad omnívora, por un hambre insaciable de realidad y de mito, de experiencias y de palabras. Estamos sin duda ante una poesía de senectute, no sólo porque quien escribe estos poemas es un hombre que ronda los ochenta años, sino porque la vejez se tematiza en no pocos de estos poemas, marcados por un matizado tono elegiaco y por el recuerdo de tantos amigos muertos. Sin embargo, lo sorprendente es la voracidad con que la poesía de Walcott sigue afrontando el mundo: el pasado tiene aquí, sin duda, un peso importante, pero resulta difícil pensar en otra poesía de senectute tan cargada de presente como este libro. Ese presente, unas veces como doloroso contraste pero otras con un gesto afirmativo, actúa de contrapeso ante la, de otra forma, abrumadora huella del pasado. Y ello se consigue sin caer en ningún tipo de idealización de la ancianidad. El poeta sabe que la vejez (toda vida) es una larga colección de ausencias: «pues nunca estamos aquí sino en otro lugar,/ incluso en Italia. Ésta es la verdad soportable de la vejez». Con todo, el lector es la presencia cómplice que se invoca para sacar fuerzas de flaqueza, un lector que, remedando a Baudelaire y su “mon semblable, mon frère” se convierte en «Tú, lector, mi más querido/ amigo».
Los lugares tienen en Walcott, y en este libro en particular, un protagonismo indudable. Capri, Barcelona, Santa Lucía, Londres, Ámsterdam… se despliegan en la lectura no como postales o paisajes congelados. Son auténticos escenarios de la memoria, lugares impregnados de sentido no sólo para el individuo aislado sino también, en poemas como “El espectro del imperio”, para la colectividad en la trama de su historia. El poema se constituye en un constante ir y venir entre lo exterior del paisaje y su vivencia íntima: sin dejar de ser lugares reales, concretos, estos espacios se constituyen al mismo tiempo como paisajes mentales: «En la orilla de la mente se acumulan las algas». Funcionan así como composiciones de lugar en un sentido casi ignaciano, en las que la recreación verbal de lo contemplado ofrece al lector la posibilidad de pasear por algo que es más que un estado de ánimo: una experiencia del mundo hecha lenguaje («Mi ambiente es ahora la marisma, la plomiza/ agua argéntea que se oculta en el juncal o avanza/ con una monodia que felizmente podría/ atenuar esfuerzos y envidia […]»). Entre todos esos espacios, el mar se muestra como una presencia tan central como enigmática, capaz de acoger todo tipo de significaciones, un ámbito que la nueva perspectiva de la vejez hace converger todas las rutas hacia el último viaje. Junto a algunos escritos de circunstancias, como los dedicados a Barack Obama (poemas de encargo, como nos aclara la iluminadora introducción de Luis Ingelmo, esforzado traductor de este libro), poemas mayores como “Garcetas blancas” o “En el Village” no constituyen una excepción en el poemario, sino la confirmación de una escritura que, pese a su tonalidad retrospectiva, sigue abriendo horizontes nuevos y así se nos hace necesaria.

miércoles, enero 26, 2011

Correspondencias, Hugo Abbati

e.d.a. libros, Málaga, 2010. 182 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Mijail Bajtin preconizaba acerca de los procesos discursivos y calificaba las cartas y los diarios literarios como textos primarios dada su condición de comunicación inmediata. Sin duda, estos enunciados reflejan unas condiciones específicas no solo por su contenido y su estilo, sino por los recursos empleados, tanto léxicos como fraseológicos, pero sobre todo por su configuración y la estructuración que proporcionan a un relato. La literatura clásica convirtió narraciones epistolares en falsas autobiografías, y notables como Dostoievski, Choderlos de Laclos o Richardson escribieron algunas de sus mejores novelas ensayando este género. Vivimos, no obstante, los tiempos de los SMS, los mensajes hiperbreves de las redes sociales, el facebook y el twitter y, sin duda, aventurarse a escribir una novela, como Correspondencias (2010), un ejercicio sin preámbulo alguno, que ofrece un mensaje y compromete a un destinatario, ensaya un hilo narrativo, consigue hilvanar toda una historia, y aspira a una coherencia del conjunto, dice mucho de su autor, el argentino Hugo Abbati, médico psiquiatra, autor teatral y cuentista que ahora se estrena como novelista y nos propone un juego, tanto verbal como estructural. Dos viejos amigos, Ale y Tomás, reinician una antigua relación e intercambian una fluida correspondencia desde el aislamiento en que viven cada uno y lo hacen, además, con el narrador Abbati como mediador puesto que, de alguna manera, construye su novela como una revelación y pone en boca de sus personajes aquello que ambos quisieran decirse si estuvieran en condiciones de hablar directamente. Se trata, por consiguiente, y así lo suponemos, de una acción mediadora, capaz de equilibrar una balanza que podría inclinarse a cualquiera de los dos extremos de ese derrumbamiento progresivo en que se van sumiendo los protagonistas, aunque si el autor no hubiera optado por esta técnica, presupondríamos una comunicación total, o en su defecto una auténtica incomunicación, porque esta relación epistolar sirve, en realidad, de puente que anula esas distancias, o las barreras impuestas de un pasado vivido y, en ocasiones, como leemos, perdido para siempre.
El incremento de la ambigüedad psicológica de Correspondencias corre paralelo al énfasis argumental en que se concreta, se va desvelando esa amistad juvenil, junto a otras desechadas que muestran el contraste en la evolución que han experimentado las vidas de sus protagonistas, y se añaden las de quienes de alguna manera han influido en ese comportamiento: Tomás y su relación investigadora con Baumberg, su jefe, y de otro Ale y su relación familiar, especialmente con Ana, su esposa. El primer amigo irá relatando progresivamente y acentuando su derrumbe, además, de la presión social y científica, salvados algunos buenos momentos con otros compañeros, caso del rumano Carol o la francesa, Catherine. El segundo, descubrirá tras el cruce de cartas, el fracaso profesional y familiar que desembocará en un imperdonable abandono.
Sobresale en Correspondencias un curioso narrador epistolar que usa el lenguaje para quejarse de lo inadecuado que le resulta la comunicación, se muestra comprometido en la interpretación de una trama y lo mejor es que, a lo largo de estas páginas, se desvela el auténtico trauma de esa interpretación misma. Tanto es así que la estructura circular de las cartas reafirma la función que se le atribuye desde el principio: en este caso reanudar una antigua amistad, y Tomás lo irá haciendo progresivamente, recordando los buenos momentos, porque a medida que se afianza en su posición, la letra escrita constituye para él un medio de desahogo y de liberación puesto que, en la reconstrucción de ese pasado y en la exposición del mismo, encuentra el modo de reducir la tensión y el vacío de los años experimentados a lo largo de su vida, vinculado exclusivamente a su obsesiva visión investigadora de virus y proteínas. Ale es la víctima que constata su propia negación a través de esta relación epistolar, su insuficiencia y la ambigüedad final de su existencia.

martes, enero 25, 2011

Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media, Jacques Le Goff

Trad. José Miguel González Marcén. Paidós, Barcelona, 2010. 220 pp. 25 €

Ángeles Prieto

Todo estudiante de historia que, en los últimos treinta años, haya pasado por una Facultad cualquiera, ha leído, estudiado y aprehendido los conocimientos que despliega Jacques Le Goff sobre la Edad Media en su obra. Y la razón de esta obligatoriedad estriba no sólo en el dominio de los múltiples aspectos que conforman su autoridad como medievalista, sino ante todo en su lupa especial y ojo crítico, como alma mater de la Escuela de Annales, que ha supuesto una auténtica revolución en nuestra forma de entender la Historia, pues tras Le Goff y su legado, ésta ya no es lo que era.
Ya que tras el aldabonazo que supuso en 1962 la publicación de La civilización del occidente medieval, obra asimismo incluida en esta colección y con la que se consagró como heredero de Bloch, Febvre y Braudel, los más grandes historiadores franceses, Le Goff no ha dejado de defender en su obra lo que denominados “Nueva Historia”: mucho más amplia y abierta, abocada a la comunicación subjetiva y honesta con el lector y no sólo con el erudito o especialista, deudora de la antropología, la economía y otras ciencias sociales, alejada del cronicón o relación de hechos ordenados sin reflexión ni sentido, capaz de integrar lo real con lo imaginario y dispuesta a conceder su sitio, como auténticos protagonistas, también a aquéllos que no formaron parte de las clases y grupos dominantes.
Porque la “Nueva Historia” de Le Goff busca no sólo hablarnos del pasado, de los grandes nombres propios de otros tiempos que acumulan tiempo y olvido, sino de nosotros y esta vida nuestra que avanza con aciertos y errores gracias al legado de unos antepasados que nos transmitieron ideologías y sistemas, ciudades, objetos artísticos, espacios para la reflexión, libros y símbolos.
Pues bien, un ejemplo hermoso de esa manera peculiar con la que este maestro de la Historia nos despliega su sabiduría, lo encontramos en este libro: Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media, donde a través de una serie de artículos muy bien definidos y estructurados, vamos a conocer las claves que conforman esos diez siglos largos que llamamos Edad Media, Dark Age o Tiempos Oscuros, esos mismos que acumulan tantos tópicos de ignorancia y oscurantismo, en absoluto merecidos.
Y es que a través de esos artículos, aparentemente inconexos, pero alternados con sabiduría (el rey Arturo y Carlomagno, el caballero, el juglar y el trovador, las catedrales y los claustros, Merlín y Melusina, el Cid, Roldán y Robin de los bosques, Renart y el unicornio, la mesnada Hellequin y la valquiria, Tristán e Isolda y la papisa Juana); Le Goff pretende nada menos que lograr definirnos, o como poco, informarnos con rigor preciso de cuáles son las claves medievales con las que ahora mismo (del Cid al 11-S), estamos construyendo nuestro futuro.
Pues en este libro concreto, y a través de sus artículos, Le Goff no sólo se limita a exponernos la génesis medieval de cómo, cuándo, dónde y por qué surgieron cada uno de estos mitos, sino que los traslada a través de las distintas lecturas históricas que los humanos hemos realizado sobre ellos en épocas sucesivas, buscando respuestas actuales a la cuestión más difícil que todo buen historiador debe plantearse: para qué surgieron.
La historia medieval, por tanto, esa que atesora en sí misma dos grandes renacimientos culturales (Carlomagno y Dante), esa que tan mal nos transmitieron plena de piojos y miserias, guerras y analfabetos, integrismo religioso, hierro y fuego, con esta obra concreta se nos despliega fascinante, fértil y lúcida en la elaboración de unos mitos y unos espacios muy elaborados, cultos y complejos, que sirven perfectamente para definirnos y que nos despojan de superioridad frente a ellos: las gigantescas catedrales contra los imponentes rascacielos.
Y dada la amenidad, el rigor, la hermosura y sabiduría desplegada en este libro, una no puede menos que preguntarse qué hacen tantos lectores perdiendo tiempo y dinero intentado informarse de la Edad Media a través de novelones plagados de anacronismos, para qué necesitan proseguir los avatares de unos héroes y villanos prefabricados que podemos encontrar en la propia historiografía, pero que transmitidos con pasión, diversión, sabiduría y diligencia, como en este caso, nos deslumbran con mayor intensidad, retención y eficacia. Es por ello que sólo puedo concluir, tras esta grata lectura que, afortunadamente para la literatura histórica actual, no existen en el mercado editorial manuales tan hechiceros y precisos como éste. Háganse con él cuanto antes, es mi consejo.

lunes, enero 24, 2011

Peligro de vida, Francisco José Martínez Morán

El Gaviero, Almería, 2010. 152 pp. 16 €

Fernando Sánchez Calvo

Por fin El Gaviero Ediciones ha vuelto a la carga cuatro años después con la Colección Cartoné, la única dedicada en exclusiva a la narración frente al amplio y cuidado catálogo de poesía que ya atesora la editorial almeriense, y la única que, poniendo una restricción temática (la muerte) a los autores que en ella colaboran, les ofrece la libertad suficiente como para saber que, en el fondo, dicho tema universal la mayoría de las veces es un pretexto para poder hablar de otras cosas.
Por fin el poeta Francisco José Martínez Morán, fiel seguidor de Paul Auster, clásico convencido y, sobre todo, amante de la palabra precisa (la que dice lo que se quiere decir y no otra cosa) ha publicado Peligro de vida, una colección de miserias.
Por fin (para los que conocíamos esa faceta) el poeta Francisco José Martínez Morán, Doctor en Literatura Comparada, Premio Nacional de Poesía Joven, Premio Hiperión, ha publicado su primer libro de relatos, microrrelatos, miniensayos, apotegmas y otras sabidurías en Peligro de vida, un libro que tarda dos horas en leerse y dos días en recuperarse de él.
Parafraseando el prólogo de El Chojin, ni siquiera podríamos afirmar que estamos ante un conjunto de ficciones donde el autor, basándose en ciertas barbaridades del mundo moderno, intenta avisarnos (valga la redundancia) sobre los peligros que acucian a nuestras vidas si estamos demasiado cerca del sitio y momento inadecuados. Peligro de vida es un tratado sobre la humanidad, es una breve acumulación de perversidades que caben todas en 150 páginas, y menos mal. Lapidaciones, mendigos achicharrados por adolescentes ociosos, torturadores, mujeres violadas que al día siguiente se encuentran en el vertedero, niños-soldado, tarados (o no tan tarados) que entran porque sí en un instituto para aniquilar a toda la comunidad educativa, ataques preventivos, piernas que irremediables caminan hacia una mina antipersona… Paro de enumerar, en parte porque no es cuestión de regodearse en la violencia, y en parte porque yo mismo, cuando recuerdo en esta reseña todo lo que Francisco José Martínez Morán me ha relatado de una manera espeluznantemente neutra, no puedo soportarlo, (no sé si al libro, o al autor).
Hay que reconocerlo. No siempre estamos preparados para recibir la bofetada que te da una película o un buen relato. Creemos que sí porque hemos leído mucho, hemos visto mucho, hemos escuchado mucho. Son muchos años ya aunque sean pocos. Tiros, amputaciones, sangre, mocos mezclados con tierra, niños con el vientre hinchado, cadáveres abrazados en una fosa común. No lo hemos vivido pero sí vivenciado gracias (¿gracias?) a la cultura. El problema: que hasta ahora, por lo menos, siempre se acompañaban dichas descripciones, dichas imágenes, con una voz en off o con un presentador de turno que emitía un juicio: “Gran tragedia la de Haití”, “una vez más el despreciable acto de la violencia de género se ha llevado a otra víctima”, “un lamentable incendio se llevó por delante a una anciana que vivía sola”. Con que se acompañe la narración con un adjetivo valorativo, con un tópico, parece que ya no duele tanto porque es otro el que se ha molestado en juzgar el acontecimiento por ti. Peligro de vida, y su autor, son magníficamente insoportables por la sencilla razón de que no se pueden soportar dos horas de lectura (ciento cincuenta páginas) de asesinatos, interrogatorios, abandonos y, en definitiva, injusticias donde el único ojo y la única moral que se pone sobre todo ello son las tuyas. “Esto es lo que pasa”, nos insinúa Martínez Morán. “Ahora, llámalo como quieras”.