viernes, enero 21, 2011

Solo con invitación: El invierno del dibujante, Paco Roca

Astiberri, Bilbao, 2010. 128 pp. 16 €

Care Santos

En el año 1957, cinco historietistas de la editorial Bruguera —Carlos Conti, Guillermo Cifré, Josep Escobar, Eugenio Giner y José Peñarroya— emprendieron la aventura de fundar su propia revista de cómic. La llamaron Tío Vivo. Eran autores de personajes muy populares y muy queridos, como Tribulete, Carpanta, Zipi y Zape, las hermanas Gilda, el inspector Dan, don Pío... cuyos derechos pertenecían a Bruguera. En aquel momento, los historietistas trabajaban a tanto la página, renunciaban a sus posteriores derechos de autor, y asumían una cantidad de trabajo ingente a cambio de un sueldo digno. Eran creadores en plantilla, necesarios para mantener una producción de decenas de cabeceras.
Para fundar su propia revista, los autores renunciaron a todo, incluidos sus propios personajes. Acuñaron otros nuevos y Tío Vivo salió en 1958, aunque con escaso éxito. No sólo porque el público lector no conocía a los nuevos personajes y adoraba a los antiguos, también porque la poderosa Bruguera hizo lo posible por evitar que el proyecto —competencia directa de su popular Pulgarcito— le arrebatara cuota de mercado. Al fin, todo quedó en un hermoso sueño hecho realidad y truncado casi en sus inicios. La mayoría de los autores regresó a Bruguera y continuó con sus personajes de siempre. Y no faltó quien comenzó a trabajar para mercados extranjeros.
Paco Roca (Valencia, 1969) ha rescatado esta historia, prácticamente desconocida, para volverla materia prima de este cómic. Está escrito en clave de homenaje a los autores con los que creció y también como gran proclamación de amor al género. No hay ficción en sus páginas, a diferencia de lo que ocurría en los anteriores trabajos del autor, que en algunos casos, como en Las calles de arena, rebosaban imaginación. Aquí ocurre todo lo contrario: detectamos una cuidadosa documentación, un afán minucioso por reproducir los escenarios, los protagonistas y el ambiente de la ciudad de Barcelona a finales de los años 50. De algún modo, es como si se tratara de un cómic documental, en el que el dibujo detallado y de aires nostálgicos de Roca enfatiza el carácter histórico de la peripecia, que acaba por sembrar en el lector esa tristeza de lo irremediable y verdadero.
Si Roca fuera director de teatro, sería un buen director de actores, de esos que en todo momento están preocupados por la emoción que transmiten los personajes. Sólo de ese interés puede salir un álbum como Arrugas, uno de los más delicados e inusuales que he leído nunca. En este caso, aflora también este afán por mostrar no sólo el rostro de los personajes, sino su alma. Demostrado queda, a estas alturas, que la delicadeza es una de las marcas de la casa Roca y esta historia es un buen lugar para dejar que aflore, contenida, bien calibrada y omnipresente. La historia de los cinco dibujantes llega a emocionarnos, claro está, por lo que tiene de sueño imposible, y de historia vivida pero el autor logra también ser benevolente con todos los personajes de la trama, desde el editor —un represaliado del régimen franquista a quien los autores detestan—, el abogado de la editorial —el hoy celebrado escritor Francisco González Ledesma— o los jóvenes dibujantes a quienes la vieja guardia creía amantes de un humor absurdo exento de la crítica social que ellos habían utilizado siempre, como un jovencísimo Ibáñez. Los retratos de todos ellos, cargados de humanidad, de respeto y —más importante— de cariño, son uno de los grandes méritos de un trabajo cargado de ellos.
Hay una viñeta, hacia el final de la historia, en que vemos a Josep Escobar, ante su mesa de trabajo, sentando a su hijo sobre sus rodillas para prometerle que volverá a dibujar a Zipi y Zape. «Son malos tiempos para soñar», añade. Una afirmación paradójica viniendo de parte de uno de los autores que más hicieron soñar a los niños de su tiempo con su trabajo. Niños que más tarde se convertirían ellos mismos en autores de historietas, declararían su amor incondicional hacia aquellos precursores y llegarían incluso a dedicarles libros tan bellos como éste.


Paco Roca: "Las historietas de la editorial Bruguera me hicieron amar los cómics"

Empezó dibujando historietas eróticas e hizo sus pinitos en la mítica El Víbora. El mercado francés, para el que trabaja asiduamente, le adora. En España, el gran público le descubrió cuando obtuvo, en 2008, el Premio Nacional de Cómic por Arrugas, que muy pronto llegará a la gran pantalla. Este valenciano de 41 años, cuya bibliografía va de la imaginación más desbordante de Las calles de arena, Hijos de la Alhambra —publicado en Francia antes que en nuestro país— o El faro a la ternura más realista. En esta conversación, exclusiva para La Tormenta en un Vaso, nos habla de El invierno del dibujante y reflexiona sobre la situación del cómic en nuestro país.

El invierno del dibujante es su personal homenaje a una serie de dibujantes de cómic y también a una escuela muy determinada. ¿Por qué te decidiste a hacerlo?

—Es una idea que tenía desde hace años y ahora era el momento de hacerla. La editorial Astiberri quería producir un álbum y pensé que esta idea podía encajar bien para el mercado español. Tenía muchas ganas de meterme con ella. Las historietas de la editorial Bruguera me hicieron amar los cómics. Para mi El Invierno del dibujante es un homenaje a todos aquellos dibujantes como Escobar, Vázquez, Ibañez, Raf... eran mis ídolos cuando era pequeño y tenía claro entonces que quería ser dibujante igual que ellos en el futuro.

Para leer la entrevista completa, haz click AQUÍ.

jueves, enero 20, 2011

Antes del futuro imperfecto, Medardo Fraile

Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 189 pp. 16 €

Ignacio Sanz

A Medardo Fraile lo relaciono siempre con Carmen Martín Gaite, que en Lisboa, en el año 1992, me hablaba con mucho cariño de él. Un día y otro día. No permitía que cuando se hacía recuento de los miembros de su generación quedara orillado. Y es que, en aquella semana salpica de conversaciones informales, tendíamos a hablar de Sánchez Ferlosio, de la Matute, de Marsé, Aldecoa, Fernández Santos y no nos acordábamos de Medardo Fraile que andaba y anda aún por Inglaterra. Acaso ese alejamiento físico le ha convertido en un escritor en la retaguardia de la visibilidad. Y sólo los más enterados tenían noticia exacta de él. La publicación de sus cuentos completos en Páginas de Espuma y, en mi caso, la pasión con la que me habló de él Hipólito G. Navarro, otro gran cuentista de nuestros días, me despertó la curiosidad por su obra. Confieso que hasta ahora solo había leído cuentos sueltos suyos, entre ellos “El álbum”, por recomendación expresa de Hipólito, que tiene por uno de los grandes cuentos de nuestra literatura.
Pues bien, yo le aconsejaría ahora a Hipólito Navarro que leyera “Corte de historias”, incluido en la segunda parte del libro que reseño. ¡Vaya cuento! Lo estaba leyendo encerrado en la habitación de mi casa y me hizo reír con tal estrépito que vinieron los familiares empujados por la curiosidad para saber qué estaba pasando ahí dentro, a cuento de qué venían aquellas risas. Y no pasaba nada, salvo eso, un lector que asiste con asombro a lo que le están contando. ¿Pero qué es lo que provoca la risa? Quizá sea la sutileza, esa manera de contar con tanta sutileza la vida menguante del peluquero que protagoniza el relato. Y digo la sutileza, pero podría decir la retranca, el espíritu zumbón que gasta el pueblo acostumbrado a perder y, pese a todo, a seguir adelante con su picaresca porque desesperarse y maldecir con palabras gruesas no sirve más que para llevarse uno un berrinche.
No todos los cuentos provocan la risa, por supuesto. El libro está dividido en dos partes y la primera tiene como hilo conductor las aulas, la escuela, el instituto o la universidad. Algunos de estos relatos están teñidos de melancolía, otros de cierta nostalgia y alguno de nihilismo, como si el autor no fuera ajeno a la época que está retratando, enmarcada por la pobreza de la posguerra. Destacaría dos de los relatos: “No sé lo que tú piensas” y “El sillón”.
Pero no hay relatos que flaqueen. El libro entero es una joya. Me avergüenzo de haber llegado tan tarde al conocimiento de este autor que escribe con una maestría que me recuerda a Antonio Pereira, otro de los grandes cuentistas españoles, nacido como Fraile en 1925. Como él maneja el lenguaje con tal soltura y refinamiento que parece que es el pueblo quintaesenciado el que habla cuando hablan los personajes. Qué delicia. Se me habían olvidado ciertas expresiones típicamente madrileñas que aquí salen a relucir no para dar una nota de casticismo, sino de autenticidad. En definitiva, estamos ante un maestro del cuento y este libro, que en la segunda parte se diversifica, es el mejor testimonio de su grandeza.

miércoles, enero 19, 2011

Cómo no escribir una novela, Howard Mittelmark y Sandra Newman

Trad. Daniel Royo. Seix Barral, Barcelona, 2010, 310 pp. 18 €

César Mallorquí

Existen muchos manuales de escritura, libros que enseñan a escribir con corrección, pero que yo sepa, éste es el primer manual que se publica con el objetivo de enseñar a escribir mal. Sus autores, Mittelmark y Newman, son, respectivamente, un editor y una profesora de escritura creativa, así que cabe suponer que, tras una vida dedicada a leer textos atroces, decidieron perfeccionar el arte de redactar con el trasero. Para ello, publicaron el presente libro con doscientos consejos para escribir una novela que nadie, ni borracho, publicaría.
Naturalmente, el truco consiste en hacer lo contrario de lo que libro aconseja. Los autores han reunido los errores que más frecuentemente cometen los escritores noveles y los muestran de forma ordenada para que el aspirante a literato los eluda. Según la tesis de Mittelmark y Newman, los manuales y los talleres de escritura tienden a ofrecer una serie de normas que acaban constriñendo la voz y la imaginación del escritor, de modo que es mejor exponer lo que no hay que hacer que explicar cómo hacer las cosas bien. Y no les falta razón; por lo que he visto, una de las mejores formas de no llegar a tener jamás un estilo propio es participar en un taller literario.
Cómo no escribir una novela está dividido en siete partes. La primera habla de la trama, la segunda de los personajes, la tercera y la cuarta del estilo, la quinta los escenarios y la sexta, titulada “Efectos especiales y enfoques novedosos. No lo intentes en casa”, se centra en los aspectos más erizados de espinas a la hora de escribir: el sexo, el humor y la posmodernidad. La séptima y última parte habla de cómo encasquetarle el engendro que has escrito a un editor.
A la hora de juzgar este anti-manual hay que dejar dos cosas muy claras. En primer lugar, que se centra en la literatura de consumo y las novelas de género, así que nada de altas pretensiones literarias. En segundo lugar, que todos los (anti) consejos que da son muy elementales. Cualquier escritor (o aspirante a) medianamente avezado los conoce sobradamente; aunque no hay que olvidar que lo más evidente es lo primero que se pierde de vista. En cualquier caso, puede ser un texto útil para los pre-escritores muy juniors.
No obstante, hay un aspecto de Cómo no escribir una novela que lo convierte en recomendable para todo el mundo: el chispeante y malicioso sentido del humor que impregna cada una de sus páginas. Creo que los autores, hartos de leer textos infames debido a sus profesiones, decidieron escribir el libro como una sarcástica venganza hacia todos aquellos que a diario les martirizan con sus prosas de pacotilla. Cualquier editor/a que lea esto comprenderá a qué me refiero.
Todo el libro destila ironía, pero ciertas partes resultan especialmente hilarantes. Cada apartado del anti-manual, cada error de escritura, viene acompañado de un texto, un supuesto fragmento de novela, que ejemplariza exageradamente dicho error. Esos textos, absurdos hasta el surrealismo, suelen ser muy, pero que muy divertidos. Por ejemplo, en el apartado “Hazañas sobrehumanas. Cuando el hombre cumple”, el ejemplo reza:
«Elevó a la corista por los aires y la dejó caer, empalándola con su pene duro como una piedra. Ella chilló y al instante se corrió, una, dos, tres, cuatro, ¡cinco veces! Él continuó alzándola y dejándola caer con sus fuertes brazos, y siguió incluso después de que la chica hubiera quedado inconsciente de tanto placer. Cuando estaba a punto de tener un orgasmo como un terremoto, él no pudo evitar felicitarse a sí mismo. No estaba mal para un cincuentón que ya llevaba echados diez polvos».
O este otro ejemplo titulado: “Cuando los personajes sólo responden a su estereotipo sexual”.
«Melinda recogió el periódico deportivo de Joe manchado de cerveza torciendo el gesto, y en su lugar puso una vela que desprendía un perfume a frambuesas con sacarina. Cuando ella se sentó en su puf para disfrutar de su catálogo de zapatos de novia, se preguntó si él se acordaría de llamarla para celebrar su tercer aniversario de novios.
Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Joe le guiñó un ojo de lo más taimado a la camarera menor de edad, sacando el troglodita que llevaba dentro. Aprovechándose de la ausencia de Melinda, pidió una doble de cerdo gigante con ración extra de colesterol. Dick llegaría en cualquier momento para quemar la noche con litros de alcohol. Joder, cómo quería a ese condenado gamberro, aunque, por supuesto, nunca se lo diría».
En resumen, más que un manual de escritura, Cómo no escribir una novela es la demostración de que leer textos simplistas execrablemente escritos puede ser muy divertido.

martes, enero 18, 2011

El infierno de los jemeres rojos, Denise Affonço

Trad. Daniel Gascón. Libros del Asteroide, Barcelona, 2010. 256 pp. 16,95 €

Ariadna G. García

Muchos de los rasgos de El infierno de los jemeres rojos nos recuerdan a obras fundamentales de la narrativa del siglo pasado. La imposición de un régimen dictatorial, la uniformidad en la vestimenta, el estado que educa a los niños en el espionaje familiar, la apelación a un ente invisible que dicta el conjunto de normas que esqueletizan el libro albedrío, los gestos de amor que sortean la rotura generalizada del vínculo afectivo entre padres y vástagos, la guerra de fondo, los eufemismos que ocultan la muerte por insurrección, la carencia, el hambre, las sesiones masivas de re-educación… ponen la obra en la órbita del soberbio 1984. Los mandamientos que guían la conducta de la sociedad civil y que son sistemáticamente violados por las fuerzas del orden ya aparecen en la corrosiva Rebelión en la granja. Pero este primer libro de la francesa de origen vietnamita Denise Affonço no ha tenido como fuente de inspiración la obra narrativa de George Orwell. Su obra no transpira por la piel de otros. Detrás de cada línea vemos el tejido, el músculo ajado, de la que fue su realidad.
Escrito en primera persona, El infierno de los jemeres rojos es el crudo testimonio de una superviviente del terrible genocidio que tuvo lugar en Camboya entre 1975 y 1979. Denise, que hasta entonces había trabajado como secretaria del agregado cultural de la embajada de Francia en Phnom Penh, relata con una prosa ágil y clara el viraje al que fue sometido su apacible existencia. Con el golpe de Estado, los jemeres rojos evacuaron ciudades enteras obligando a la ciudadanía a vivir sin recursos en los bosques. Todos los habitantes de origen extranjero, incluyendo a Seng (el inocente marido de la autora, nacido en China) habían sido víctimas de la violenta intromisión de los soldados en sus casas y mentes. No pudieron siquiera conservar un espacio interior. Pusieron un corsé a sus sentimientos de melancolía, rabia o angustia para que el rostro no los delatara. La debilidad y la rebeldía sentenciaban a niños y adultos, por igual, a la muerte.
Denise Affonço, tras veinticinco años de silencio y otros tantos de lenta integración en Francia, hace público ahora con su libro el sufrimiento de sus antiguos conciudadanos y la violencia del régimen dictatorial de Pol Pot. Así, devuelve a la literatura una de sus funciones más valiosas y lamentablemente olvidadas: la denuncia. Pero no sólo escribe con precisión quirúrgica para dar cuenta de un hecho, también se vierte hacia nosotros en busca de la paz que otorga nuestra comprensión. El libro nos informa de una masacre histórica. Denise concentra y recoge su experiencia para que comprendamos porqué en todos los hoteles de Siem Reap hay carteles repletos de imágenes que impiden la entrada con granadas de mano, porqué por los caminos de las ruinas de Angkor hay señales que alertan del peligro de minas. Pero sobre todo, el libro emociona por la valentía que destila la sangre de una mujer que se enfrenta al recuerdo de una vida humillada por el hambre y la esclavitud; que habrían de llevarse por delante la vida de casi dos millones de personas, entre otras, la de su propia hija.

lunes, enero 17, 2011

The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión. VV.AA.

Trad. Bernardo Moreno. Errata Naturae, Madrid, 2010. 240 pp. 21,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Que la ficción televisiva está pasando por una edad de oro es un secreto a voces. En los últimos años diversas series han revolucionado el terreno audiovisual, lo que resultaba inimaginable hace unos años en un marco tan tradicionalmente conservador como el de la televisión. Se han trastocado sus normas con tal virulencia que nos han demostrado que nuestra capacidad de sorpresa no había muerto sino que estaba adormecida por falta de estímulo. Yo mismo, lector impenitente desde hace años, he sucumbido a esta fiebre televisiva y actualmente empleo más tiempo al seguimiento de series televisivas que al descubrimiento de nuevas obras literarias que la mayor parte de las veces me decepcionan en uno u otro aspecto.
Entre los ejemplos más brillantes, más solitario también, sólido y perfecto como un diamante, está The Wire. Y digo solitario porque su cadencia, aunque similar en su demorado discurrir a otras grandes como Los Soprano, se distingue de todas las demás por su declarada intención de honesto retrato social, sabedora de que ciertas cosas necesitan su propio ritmo para contarse correctamente. Rompe particularmente con una de las señas de identidad de todo procedimental policíaco tipo CSI, que es la resolución de los casos en los 40 minutos de duración del capítulo. En realidad, lo que sucede es que su modelo no es audiovisual sino literario. David Simon, uno de los creadores de la serie, realiza una observación muy atinada en este libro sobre su funcionamiento (no podía ser de otro modo, siendo uno de los guionistas), que explica la dificultad que muchos espectadores encuentran para 'engancharse': la estructura de sus episodios no se fundamenta en ninguna semejante de otra serie, sino en los capítulos de una novela. Dicho de otro modo, cada episodio hace evolucionar la historia total que constituyen los cincuenta y nueve episodios restantes. No es extraño que sea así puesto que varios de sus guionistas son de hecho novelistas (Dennis Lehane o Georges Pelecanos, que colabora en este volumen con una historia corta, 'El confidente', inscrita en el escenario de la serie).
Independientemente de esto (o tal vez precisamente a causa de esto), los personajes son de caracteres marcados, reconocibles, pero no por ello se trata de personajes planos y predecibles. Por el contrario, se hace especial hincapié en mostrarnos la complejidad del ser humano, la mezcla que, en cantidades desiguales, hay en cualquiera de nosotros de maldad y bondad, de entrega y egoísmo: el político que quiere alcanzar la alcaldía por pura ansía de poder y una vez en ella se lanza a mejorar su ciudad para descubrir con frustración que no es dueño de las armas necesarias para emprender cualquier acción, por mínima que sea; el policía que, ante el acoso de los altos cargos del ayuntamiento, presionados a la vez por una prensa abúlica, crea un barrio donde concentrar la delincuencia y así maquillar las cifras, pero que, ya retirado, decide convertirse en tutor de jóvenes conflictivos en escuelas; el extraño delincuente que, sin ambición de ningún tipo, se dedica a asaltar exclusivamente a narcotraficantes, y cuya homosexualidad no llama curiosamente la atención, aún siendo bien explícita, que es lo más parecido a una leyenda viva que sobrevuela constantemente la trama.
Cada temporada saca a la palestra un nuevo escenario, que se suma a los presentados anteriormente para acabar formando un fresco vivo y detallado: el mundo criminal, el laboral, el político, el educativo y el periodístico. De esta forma se acaba caracterizando tan perfectamente a la ciudad en la que transcurre la acción, Baltimore, que no sólo tenemos la impresión de conocerla como si fuese nuestra propia ciudad, sino que verdaderamente trasciende su carácter local para convertirse en cualquier ciudad capitalista de la actualidad. Al fin y al cabo, los mecanismos que la rigen (y las marionetas que en uno u otro sentido la forman) son los mismos por los que se organizan todas las ciudades del mundo occidental.
El libro se centra especialmente en la figura más relevante de la serie detrás de las cámaras, el ya mencionado David Simon, co-creador junto con el policía retirado de Burns (su experiencia ayuda en gran medida a que lo que se cuenta tenga ese especial halo de autenticidad). Sólo por la figura de Simon se justificaría el interés de este libro, que desvela a través de diversos documentos (un prólogo escrito por su propia mano, una entrevista dirigida por el novelista Nick Hornby, un reportaje sobre el rodaje de la quinta y última temporada) la curiosa personalidad de este puntilloso amante de la realidad, cuyo mayor temor es que los que podrían ser protagonistas de las historias que narra le acusaran de faltar de la verdad, pillándole en una falta tan grave como haber incurrido en algún error de argot.