viernes, diciembre 24, 2010
La navidad para un niño en Gales, Dylan Thomas
Trad. María José Chuliá García. Edición bilingüe. Nórdica , Madrid, 2010. 76 pp. 15 €
Pedro M. Domene
La Navidad es esa entrañable fiesta familiar que celebran universalmente las buenas gentes del mundo y que, de alguna manera, revisa las voluntades y el sentimiento del amor, al menos, durante unos días al año. De carácter humilde y campesino, ha llegado hasta nosotros envuelta en decoración y luces, fiesta y cena familiar, villancicos y regalos que convierten su significado en algo, evidentemente, social y consumista. La literatura nunca ha sido ajena a estos días festivos a los que, tras los tradicionales dulces y belenes cristianos, se han incorporado, la nieve, los árboles adornados, y el famoso Santa Claus, de evidente tradición nórdica. Algunos de los autores más destacados han puesto su mirada y su pluma para celebrar con nosotros una blanca festividad. Durante años se ha considerado que Canción de Navidad (1843), de Charles Dickens, ofrece una visión dura y denigrante de la sociedad británica del XIX, un relato breve donde abogaba sobre la condición del proletariado más pobre y las consecuencias de un empobrecimiento progresivo. Una visión del pasado, del presente y del futuro, en la víspera de la Navidad llevan a su protagonista, Ebenezer Scrooge, a cambiar su actitud vital para mostrar el amor y la solidaridad entre sus semejantes, sobre todo con su empleado, Bob Cratchit y su pequeño hijito enfermo, Tiny Tim. Truman Capote ofrecía con Una Navidad (1983) el relato de la soledad de un niño que cuenta su Navidad sin padres o con unos que resultan extraños para él, solo el recuerdo de su anciana amiga Sook, y su extrema bondad, logran paliar el descubrimiento de que, en realidad, Papá Noel tampoco existe. Entre ambos libros, La Navidad para un niño en Gales (1955), del poeta Dylan Thomas, sobresale, más de cincuenta años después de su publicación, quizá porque el poeta Thomas encontró esa interrelación entre su verso y la prosa, algo tan inevitable como el resultado de la vida misma.
En este cuento de La Navidad para un niño en Gales ocurren aquellas cosas que nos recuerdan al mágico territorio de la infancia. El mes de diciembre era blanco, siempre nevaba en Navidad, los niños se protegían las manos del frío envueltas en viejos calcetines, les tiraban bolas de nieve a los felinos y Jim, junto al narrador, se convertían en tramperos con gorro de piel y mocasines en busca de su presa, pero los dichosos gatos que eran muy listos no aparecían nunca. Thomas sitúa su relato en un pueblo de la costa de Gales y todo empieza con un fuego en la casa de la señora Prothero: bomberos, policía y ambulancia, fue, según el narrador, una Nochebuena con muchos avatares. Y luego estaban los carteros que hacían su camino con la nariz colorada, y las botas llenas de hielo; y, también, estaban los regalos: los útiles, tapabocas, bufandas, boinas, o los libros, y los inútiles: bolsas con muñequitos de gominola, patos de goma, cuadernos de dibujo, o el juego de la Oca. En la noche de Navidad siempre sonaba algo de música y aquellas eran noches largas y tranquilas. Dylan Thomas da brillo, con su prosa, al valor de una irrenunciable fiesta universal, la Navidad, una celebración que sigue teniendo ese extraño poder de convocatoria en muchos hogares del mundo.
Pedro M. DomeneLa Navidad es esa entrañable fiesta familiar que celebran universalmente las buenas gentes del mundo y que, de alguna manera, revisa las voluntades y el sentimiento del amor, al menos, durante unos días al año. De carácter humilde y campesino, ha llegado hasta nosotros envuelta en decoración y luces, fiesta y cena familiar, villancicos y regalos que convierten su significado en algo, evidentemente, social y consumista. La literatura nunca ha sido ajena a estos días festivos a los que, tras los tradicionales dulces y belenes cristianos, se han incorporado, la nieve, los árboles adornados, y el famoso Santa Claus, de evidente tradición nórdica. Algunos de los autores más destacados han puesto su mirada y su pluma para celebrar con nosotros una blanca festividad. Durante años se ha considerado que Canción de Navidad (1843), de Charles Dickens, ofrece una visión dura y denigrante de la sociedad británica del XIX, un relato breve donde abogaba sobre la condición del proletariado más pobre y las consecuencias de un empobrecimiento progresivo. Una visión del pasado, del presente y del futuro, en la víspera de la Navidad llevan a su protagonista, Ebenezer Scrooge, a cambiar su actitud vital para mostrar el amor y la solidaridad entre sus semejantes, sobre todo con su empleado, Bob Cratchit y su pequeño hijito enfermo, Tiny Tim. Truman Capote ofrecía con Una Navidad (1983) el relato de la soledad de un niño que cuenta su Navidad sin padres o con unos que resultan extraños para él, solo el recuerdo de su anciana amiga Sook, y su extrema bondad, logran paliar el descubrimiento de que, en realidad, Papá Noel tampoco existe. Entre ambos libros, La Navidad para un niño en Gales (1955), del poeta Dylan Thomas, sobresale, más de cincuenta años después de su publicación, quizá porque el poeta Thomas encontró esa interrelación entre su verso y la prosa, algo tan inevitable como el resultado de la vida misma.
En este cuento de La Navidad para un niño en Gales ocurren aquellas cosas que nos recuerdan al mágico territorio de la infancia. El mes de diciembre era blanco, siempre nevaba en Navidad, los niños se protegían las manos del frío envueltas en viejos calcetines, les tiraban bolas de nieve a los felinos y Jim, junto al narrador, se convertían en tramperos con gorro de piel y mocasines en busca de su presa, pero los dichosos gatos que eran muy listos no aparecían nunca. Thomas sitúa su relato en un pueblo de la costa de Gales y todo empieza con un fuego en la casa de la señora Prothero: bomberos, policía y ambulancia, fue, según el narrador, una Nochebuena con muchos avatares. Y luego estaban los carteros que hacían su camino con la nariz colorada, y las botas llenas de hielo; y, también, estaban los regalos: los útiles, tapabocas, bufandas, boinas, o los libros, y los inútiles: bolsas con muñequitos de gominola, patos de goma, cuadernos de dibujo, o el juego de la Oca. En la noche de Navidad siempre sonaba algo de música y aquellas eran noches largas y tranquilas. Dylan Thomas da brillo, con su prosa, al valor de una irrenunciable fiesta universal, la Navidad, una celebración que sigue teniendo ese extraño poder de convocatoria en muchos hogares del mundo.
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jueves, diciembre 23, 2010
99 fábulas fantásticas, Ambrose Bierce, ilustradas por Carlos Nine
Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010. 95 pp. 18,90 €
Ignacio Sanz
Desconcertante escritor el norteamericano Bierce, ligado a la literatura del horror y que posiblemente muriera fusilado en México, donde se perdió su rastro en plena revolución. Una muerte que de algún modo anhelaba, porque tras una vida llena de ajetreos y enfrentamientos con la sociedad bienpensante de la época, lo último que quería era morir entre sábanas. La novela Gringo viejo de Carlos Fuentes, llevada luego al cine toma como punto de partida a Bierce, cuya muerte difusa ha dado lugar a todo tipo de leyendas y especulaciones.
Se dice que tenía una pluma envenenada y que era cínico hasta el agotamiento. De modo que creció rodeado de muchos enemigos. Sus obras no han dejado de publicarse de modo que junto a Poe o Melville, es uno de esos escritores norteamericanos de referencia de finales del XIX y principios del XX.
La fábula es un género que se aviene bien con este tipo de escritores porque produce cierto distanciamiento con aquello que se quiere denunciar. Su carácter didáctico las convierte en un género aparentemente menor. Pero siempre ha habido fabulistas. Partiendo de Esopo, el griego primigenio que tantos continuadores tuvo hasta llegar a nuestros días a través del gran Augusto Monterroso. Otro agudo inteligente.
Las fábulas de Bierce nos recuerdan a las que hemos leído o nos han contado tantas veces. La zorra y las uvas, El perro y el cocodrilo taimado, La serpiente y el hijo del campesino. Tantas y tantas. A veces son recreaciones de las antiguas, es decir que están escritas siguiendo la estela de aquellas. Pero hay en ellas una mordacidad que nos acerca más a la sensibilidad de nuestro tiempo. No podía ser de otro modo.
Traigamos, a modo de ejemplo, una de las 99 que contiene este libro, una de las más breves, la que hace el número 26, titulada: El Consejo del Correccional. «Sospechosos de designar maestras a cambio de indecorosas recompensas, los miembros del Consejo del Correccional de Doosnoswair fueron reemplazados por un Consejo totalmente compuesto por mujeres. En poco años terminó el escándalo: no quedó ni una sola maestra en el departamento.»
Casi siempre resultan corrosivas. Estilísticamente no se pierden en florituras. Van derechas a donde quieren llegar. Y resultan desconcertantes por su crueldad. Pero ya hemos dicho que a Bierce se le relaciona con el horror.
La edición, muy cuidada, lleva unas ilustraciones de Carlos Nine en la que no faltan elementos oníricos.
En suma, este libro resulta entretenido y nos permite acercarnos a uno de los clásicos de la literatura norteamericana cuya estela sigue viva un siglo después de que nos abandonara para siempre su inquietante autor.
Ignacio SanzDesconcertante escritor el norteamericano Bierce, ligado a la literatura del horror y que posiblemente muriera fusilado en México, donde se perdió su rastro en plena revolución. Una muerte que de algún modo anhelaba, porque tras una vida llena de ajetreos y enfrentamientos con la sociedad bienpensante de la época, lo último que quería era morir entre sábanas. La novela Gringo viejo de Carlos Fuentes, llevada luego al cine toma como punto de partida a Bierce, cuya muerte difusa ha dado lugar a todo tipo de leyendas y especulaciones.
Se dice que tenía una pluma envenenada y que era cínico hasta el agotamiento. De modo que creció rodeado de muchos enemigos. Sus obras no han dejado de publicarse de modo que junto a Poe o Melville, es uno de esos escritores norteamericanos de referencia de finales del XIX y principios del XX.
La fábula es un género que se aviene bien con este tipo de escritores porque produce cierto distanciamiento con aquello que se quiere denunciar. Su carácter didáctico las convierte en un género aparentemente menor. Pero siempre ha habido fabulistas. Partiendo de Esopo, el griego primigenio que tantos continuadores tuvo hasta llegar a nuestros días a través del gran Augusto Monterroso. Otro agudo inteligente.
Las fábulas de Bierce nos recuerdan a las que hemos leído o nos han contado tantas veces. La zorra y las uvas, El perro y el cocodrilo taimado, La serpiente y el hijo del campesino. Tantas y tantas. A veces son recreaciones de las antiguas, es decir que están escritas siguiendo la estela de aquellas. Pero hay en ellas una mordacidad que nos acerca más a la sensibilidad de nuestro tiempo. No podía ser de otro modo.
Traigamos, a modo de ejemplo, una de las 99 que contiene este libro, una de las más breves, la que hace el número 26, titulada: El Consejo del Correccional. «Sospechosos de designar maestras a cambio de indecorosas recompensas, los miembros del Consejo del Correccional de Doosnoswair fueron reemplazados por un Consejo totalmente compuesto por mujeres. En poco años terminó el escándalo: no quedó ni una sola maestra en el departamento.»
Casi siempre resultan corrosivas. Estilísticamente no se pierden en florituras. Van derechas a donde quieren llegar. Y resultan desconcertantes por su crueldad. Pero ya hemos dicho que a Bierce se le relaciona con el horror.
La edición, muy cuidada, lleva unas ilustraciones de Carlos Nine en la que no faltan elementos oníricos.
En suma, este libro resulta entretenido y nos permite acercarnos a uno de los clásicos de la literatura norteamericana cuya estela sigue viva un siglo después de que nos abandonara para siempre su inquietante autor.
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miércoles, diciembre 22, 2010
La subasta del lote 49, Thomas Pynchon
Trad. Antonio Prometeo Moya. Tusquets, Barcelona, 2010. 192 pp. 14 €
Miguel Baquero
Escrita a mediados de los años 60, en California por más señas, en mitad del vendaval hippy que comenzaba a crecer por aquel entonces, entre el trasiego de drogas alucinógenas, y con la herencia, que todavía persistía, de excesos y desparrames de la generación beat, este segundo libro de Pynchon, tras el inmenso, en todos los sentidos, V, participa de mucho de ese ambiente frenético y flipado, viajero y transgresor. Como se ha dicho muchas veces: para leer a Pynchon es necesario abandonarse a la lectura, al igual que se hace al leer un poema, sumergirse en el curso de las palabras sin intentar darle una explicación.
En La subasta del lote 49, tras un principio formal, e incluso solemne –una mujer ha sido nombrada albacea testamentaria de un antiguo novio que tuvo, encargada de gestionar la liquidación y subasta de cierto lote de pertenencias, el lote 49- , la historia, paso a paso, o mejor salto a salto, va desde dicho arranque introduciéndose en un extraño mundo paranoico, de personajes estrafalarios, sobre el que parece planear la sombra, nada menos, que de una conspiración postal (el lote 49 es, al parecer, una colección de sellos).
Uno de los temas principales de Pynchon, y que apunta con especial fuerza en esta novela, es el tema de la paranoia, de la manía persecutoria. Los personajes se mueven en un mundo donde no acaban de tener claro si los hechos suceden de forma inocente y natural, por simple y sana casualidad, o se deben a una trama en la sombra, a alguna alucinación, o se trata de una trampa tendida por el hombre que murió y en la que están prestos a caer. Esa sensación desasosegante, en que debajo de las páginas parece palpitar otro mundo o se está ultimando una conspiración, es uno de los grandes logros de esta novela, de un gran barroquismo formal y de un cierto afán de ruptura con el lenguaje convencional.
El objetivo de Pynchon es construir una realidad literaria en la que el lector nunca esté seguro de lo que ocurre, ni siquiera de que sea cierto lo que acaba de ocurrir. Es un mundo confuso, como el que entonces se estaba armando, y hoy ya está plenamente en marcha, donde la información nos llega en exceso y, aunque tratemos de organizarla de forma lógica, nunca tendremos una visión cierta de lo que constituye la realidad. La verdad, si es que acaso existe. La realidad narrativa de Pynchon es compleja, extensa, contradictoria a veces, ambigua, no es posible comprenderla en su totalidad, así como nosotros no comprendemos nuestra entorno, y nos vemos obligados a extraer los fragmentos que podamos para construir con ellos un espacio lógico, que es a lo que tiende nuestra mente, pero que no es la realidad, porque cada lector habrá extraído de esta novela sus fragmentos propios. Escrito, por tanto, su propio libro.
Miguel BaqueroEscrita a mediados de los años 60, en California por más señas, en mitad del vendaval hippy que comenzaba a crecer por aquel entonces, entre el trasiego de drogas alucinógenas, y con la herencia, que todavía persistía, de excesos y desparrames de la generación beat, este segundo libro de Pynchon, tras el inmenso, en todos los sentidos, V, participa de mucho de ese ambiente frenético y flipado, viajero y transgresor. Como se ha dicho muchas veces: para leer a Pynchon es necesario abandonarse a la lectura, al igual que se hace al leer un poema, sumergirse en el curso de las palabras sin intentar darle una explicación.
En La subasta del lote 49, tras un principio formal, e incluso solemne –una mujer ha sido nombrada albacea testamentaria de un antiguo novio que tuvo, encargada de gestionar la liquidación y subasta de cierto lote de pertenencias, el lote 49- , la historia, paso a paso, o mejor salto a salto, va desde dicho arranque introduciéndose en un extraño mundo paranoico, de personajes estrafalarios, sobre el que parece planear la sombra, nada menos, que de una conspiración postal (el lote 49 es, al parecer, una colección de sellos).
Uno de los temas principales de Pynchon, y que apunta con especial fuerza en esta novela, es el tema de la paranoia, de la manía persecutoria. Los personajes se mueven en un mundo donde no acaban de tener claro si los hechos suceden de forma inocente y natural, por simple y sana casualidad, o se deben a una trama en la sombra, a alguna alucinación, o se trata de una trampa tendida por el hombre que murió y en la que están prestos a caer. Esa sensación desasosegante, en que debajo de las páginas parece palpitar otro mundo o se está ultimando una conspiración, es uno de los grandes logros de esta novela, de un gran barroquismo formal y de un cierto afán de ruptura con el lenguaje convencional.
El objetivo de Pynchon es construir una realidad literaria en la que el lector nunca esté seguro de lo que ocurre, ni siquiera de que sea cierto lo que acaba de ocurrir. Es un mundo confuso, como el que entonces se estaba armando, y hoy ya está plenamente en marcha, donde la información nos llega en exceso y, aunque tratemos de organizarla de forma lógica, nunca tendremos una visión cierta de lo que constituye la realidad. La verdad, si es que acaso existe. La realidad narrativa de Pynchon es compleja, extensa, contradictoria a veces, ambigua, no es posible comprenderla en su totalidad, así como nosotros no comprendemos nuestra entorno, y nos vemos obligados a extraer los fragmentos que podamos para construir con ellos un espacio lógico, que es a lo que tiende nuestra mente, pero que no es la realidad, porque cada lector habrá extraído de esta novela sus fragmentos propios. Escrito, por tanto, su propio libro.
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martes, diciembre 21, 2010
No hay terceras personas, Empar Moliner
Acantilado. Barcelona, 2010. 176 pp. 16 €
Victoria R. Gil
No hay terceras personas estuvo a punto de titularse A ella no le gusta que se sepa, uno de los diez cuentos que, bajo la apariencia del humor, esconden una acidez que perdura en el ánimo del lector inadvertido. En palabras de la propia autora, descartó ese título por ser “demasiado poético”, una decisión acertada, porque la colección de relatos que nos ofrece se acerca más a la despiadada caricatura que a la candencia de un soneto. Con una espoleta de efecto retardado camuflada entre sus páginas, este libro se lee con la ligereza de un soufflé y se digiere con la lentitud de una fabada. Y la sonrisa con que se juzgó desde la distancia lo ridículo y hasta lo esperpéntico de sus personajes se convierte días después en una sutil desazón que no da tregua. ¿Cuánto hay de uno mismo en esos hombres y mujeres ocupados en lo superfluo y detenidos en la estupidez?
Con una ironía que desemboca las más de las veces en humor negro, Empar Moliner nos ofrece una muestra de lo más patético de la condición humana, desde la necia peluquera del cuento que abre el libro, La sesión de maquillaje, doblemente ciega por su ufana ignorancia y por su obcecada indiferencia, hasta el mediocre periodista de La contra, quien combate su torpeza con argucias de trilero. Mezquinos los unos, ineptos los otros, egoístas todos, así son los protagonistas de No hay terceras personas, que componen, además, como ese título que ya es un cliché en las rupturas de pareja, un estereotipo del que la autora se burla sin la menor compasión. Quizás la crueldad que no falta en algunos de estos retratos busque, en el fondo, que el reflejo deformado de nosotros mismos nos haga reaccionar.
No tiene Empar Moliner la culpa del escalofrío que nos recorre durante la lectura de La pregunta es: ¿Por qué este cambio de registro?, con esa más que madura mujer obstinada en luchar contra el tiempo provista de cosméticos y cocaína; o de La Guía Michelín, donde los propietarios de un restaurante disfrazan su decadencia con artimañas de patio de colegio. La autora catalana no ha hecho más que volcar en estos diez relatos lo más grotesco de nuestra sociedad, y en este siglo XXI, más cambalache aún que el anterior, “donde uno vive en la impostura y otro roba en su ambición”, ¿quién se libra del juego de las apariencias? «El viernes por la noche mantienen las luces abiertas y el personal en el restaurante, como si dentro hubiese clientes. A las once –una hora en la que ya no aceptarían a nadie a cenar— envían a todo el mundo a casa. Si hubiese venido alguien (algo bastante improbable) le habrían dicho que el restaurante estaba cerrado al público porque había unos vips. La gente, cuando dices esto, siempre piensa que ha venido el Rey».
No hay terceras personas es el tercer libro en castellano que edita Acantilado de esta autora catalana, que fue actriz de teatro y cabaré, como gusta de recordar, y compagina ahora su trabajo como periodista con una escritura que se acerca a la crónica social, entreverada de todo el sarcasmo y la mala leche de que es capaz. Y es capaz de mucho. Léanlo y me darán la razón.
Victoria R. GilNo hay terceras personas estuvo a punto de titularse A ella no le gusta que se sepa, uno de los diez cuentos que, bajo la apariencia del humor, esconden una acidez que perdura en el ánimo del lector inadvertido. En palabras de la propia autora, descartó ese título por ser “demasiado poético”, una decisión acertada, porque la colección de relatos que nos ofrece se acerca más a la despiadada caricatura que a la candencia de un soneto. Con una espoleta de efecto retardado camuflada entre sus páginas, este libro se lee con la ligereza de un soufflé y se digiere con la lentitud de una fabada. Y la sonrisa con que se juzgó desde la distancia lo ridículo y hasta lo esperpéntico de sus personajes se convierte días después en una sutil desazón que no da tregua. ¿Cuánto hay de uno mismo en esos hombres y mujeres ocupados en lo superfluo y detenidos en la estupidez?
Con una ironía que desemboca las más de las veces en humor negro, Empar Moliner nos ofrece una muestra de lo más patético de la condición humana, desde la necia peluquera del cuento que abre el libro, La sesión de maquillaje, doblemente ciega por su ufana ignorancia y por su obcecada indiferencia, hasta el mediocre periodista de La contra, quien combate su torpeza con argucias de trilero. Mezquinos los unos, ineptos los otros, egoístas todos, así son los protagonistas de No hay terceras personas, que componen, además, como ese título que ya es un cliché en las rupturas de pareja, un estereotipo del que la autora se burla sin la menor compasión. Quizás la crueldad que no falta en algunos de estos retratos busque, en el fondo, que el reflejo deformado de nosotros mismos nos haga reaccionar.
No tiene Empar Moliner la culpa del escalofrío que nos recorre durante la lectura de La pregunta es: ¿Por qué este cambio de registro?, con esa más que madura mujer obstinada en luchar contra el tiempo provista de cosméticos y cocaína; o de La Guía Michelín, donde los propietarios de un restaurante disfrazan su decadencia con artimañas de patio de colegio. La autora catalana no ha hecho más que volcar en estos diez relatos lo más grotesco de nuestra sociedad, y en este siglo XXI, más cambalache aún que el anterior, “donde uno vive en la impostura y otro roba en su ambición”, ¿quién se libra del juego de las apariencias? «El viernes por la noche mantienen las luces abiertas y el personal en el restaurante, como si dentro hubiese clientes. A las once –una hora en la que ya no aceptarían a nadie a cenar— envían a todo el mundo a casa. Si hubiese venido alguien (algo bastante improbable) le habrían dicho que el restaurante estaba cerrado al público porque había unos vips. La gente, cuando dices esto, siempre piensa que ha venido el Rey».
No hay terceras personas es el tercer libro en castellano que edita Acantilado de esta autora catalana, que fue actriz de teatro y cabaré, como gusta de recordar, y compagina ahora su trabajo como periodista con una escritura que se acerca a la crónica social, entreverada de todo el sarcasmo y la mala leche de que es capaz. Y es capaz de mucho. Léanlo y me darán la razón.
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lunes, diciembre 20, 2010
Gozos de Nuestra Señora del Saliente, José Antonio Sáez
Port Royal, Granada, 2010. 103 pp. 10 €
Pedro M. Domene
La poesía religiosa mariana no está de moda, aunque en un breve repaso literario la tradición nos llevaría a los albores de la Edad Media para constatar, durante siglos, la presencia indiscutible de notables autores en la historia de la literatura española: Gonzalo de Berceo, Arcipreste de Hita, Alfonso X el Sabio o el Marqués de Santillana, ejemplos de un ejercicio lírico que se prolonga, además, hasta nuestros días, sin duda, en una suerte de devocionarios que bien pueden considerarse como el sentir popular de una advocación a la Virgen en sus múltiples manifestaciones.
En el monte Roel, en la sierra almeriense de Las Estancias, se ubica un Santuario dedicado a Nuestra Señora del Buen Retiro de Desamparados, o el denominado Saliente. Allí acuden las gentes sencillas y humildes, con una inquebrantable fe para acogerse a la protección de la Señora. José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957), tras una intensa labor poética iniciada con Vulnerado arcángel (1983), y a la que han seguido, La visión de arena (1987), Árbol de iluminados (1991), Las aves que se fueron (1995), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), obra de profundo calaje, y Limaria (2008), donde el poeta se identifica con la belleza del lugar. Ahora entrega, Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010), libro de devoción y fervor, que forma parte de esa advocada tradición con que se encuadra la cuaderna vía berciana, aunque el autor opta por estrofas de cuatro versos alejandrinos sin rima, tiradas de dieciséis versos, que se estructuran en cuatro estrofas. La huella de los autores citados, además del Canciller Ayala, Gómez Manrique o Juan del Enzina, están muy presentes en los versos de un poemario que el autor divide en cinco cantos: «Anunciación del ángel a Nuestra Señora», «El Magnificat», «La mujer envuelta en el sol», «Poemas en cuaderna vía» y «Gozos del pueblo». En las tres primeros cantos, las estrofas se componen de versos alejandrinos, el cuarto canto es un claro homenaje a Berceo, y en el quinto se suceden toda una amplia variedad de ese denominado verso popular que contrasta, muy acertadamente, con la solemnidad de los anteriores.
Comienza el poeta su invocación a la Virgen, «Ilumina, Señora, a quien en ti confía/ para echarse al camino que a tu lugar conduce./Nuestra flaqueza asiste, conforta en la zozobra, /sustenta voluntades, en la duda sé báculo». Solicita su mirada, su protección, resuena las campanas llamando a la alegría, recuerda su promesa de la resurrección, es la exaltación de los humildes. Coplas, seguidillas, redondillas, cuartetas o liras, evocan el canto del pueblo, y así resulta la advocación más hermosa que nadie pueda imaginar, paisaje y gentes se confunden en esa travesía en que se concreta la romería hasta la ermita: «Señora del Saliente: tú que inspiras mis pasos/ en esta travesía que emprendí temeroso», una visión coral de la mejor tradición mariana que ningún devoto pueda imaginar, con esa libertad absoluta que se otorga el poeta, libre de prejuicios o modas, reivindicando en un monólogo interior la intensa devoción a una Madre que bendice a sus hijos, alivio de los apenados, consuelo de los afligidos, en los más claros días azules, en las cálidas tardes, de este valle de lágrimas. Poemario, en suma, de connotaciones espirituales altísimas, de armoniosa elegancia y finura expresiva, alejado de las tendencias poéticas actuales, muestra la perspectiva de una profunda fe que respeta el valor literario de honda tradición lírica.
Pedro M. DomeneLa poesía religiosa mariana no está de moda, aunque en un breve repaso literario la tradición nos llevaría a los albores de la Edad Media para constatar, durante siglos, la presencia indiscutible de notables autores en la historia de la literatura española: Gonzalo de Berceo, Arcipreste de Hita, Alfonso X el Sabio o el Marqués de Santillana, ejemplos de un ejercicio lírico que se prolonga, además, hasta nuestros días, sin duda, en una suerte de devocionarios que bien pueden considerarse como el sentir popular de una advocación a la Virgen en sus múltiples manifestaciones.
En el monte Roel, en la sierra almeriense de Las Estancias, se ubica un Santuario dedicado a Nuestra Señora del Buen Retiro de Desamparados, o el denominado Saliente. Allí acuden las gentes sencillas y humildes, con una inquebrantable fe para acogerse a la protección de la Señora. José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957), tras una intensa labor poética iniciada con Vulnerado arcángel (1983), y a la que han seguido, La visión de arena (1987), Árbol de iluminados (1991), Las aves que se fueron (1995), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), obra de profundo calaje, y Limaria (2008), donde el poeta se identifica con la belleza del lugar. Ahora entrega, Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010), libro de devoción y fervor, que forma parte de esa advocada tradición con que se encuadra la cuaderna vía berciana, aunque el autor opta por estrofas de cuatro versos alejandrinos sin rima, tiradas de dieciséis versos, que se estructuran en cuatro estrofas. La huella de los autores citados, además del Canciller Ayala, Gómez Manrique o Juan del Enzina, están muy presentes en los versos de un poemario que el autor divide en cinco cantos: «Anunciación del ángel a Nuestra Señora», «El Magnificat», «La mujer envuelta en el sol», «Poemas en cuaderna vía» y «Gozos del pueblo». En las tres primeros cantos, las estrofas se componen de versos alejandrinos, el cuarto canto es un claro homenaje a Berceo, y en el quinto se suceden toda una amplia variedad de ese denominado verso popular que contrasta, muy acertadamente, con la solemnidad de los anteriores.
Comienza el poeta su invocación a la Virgen, «Ilumina, Señora, a quien en ti confía/ para echarse al camino que a tu lugar conduce./Nuestra flaqueza asiste, conforta en la zozobra, /sustenta voluntades, en la duda sé báculo». Solicita su mirada, su protección, resuena las campanas llamando a la alegría, recuerda su promesa de la resurrección, es la exaltación de los humildes. Coplas, seguidillas, redondillas, cuartetas o liras, evocan el canto del pueblo, y así resulta la advocación más hermosa que nadie pueda imaginar, paisaje y gentes se confunden en esa travesía en que se concreta la romería hasta la ermita: «Señora del Saliente: tú que inspiras mis pasos/ en esta travesía que emprendí temeroso», una visión coral de la mejor tradición mariana que ningún devoto pueda imaginar, con esa libertad absoluta que se otorga el poeta, libre de prejuicios o modas, reivindicando en un monólogo interior la intensa devoción a una Madre que bendice a sus hijos, alivio de los apenados, consuelo de los afligidos, en los más claros días azules, en las cálidas tardes, de este valle de lágrimas. Poemario, en suma, de connotaciones espirituales altísimas, de armoniosa elegancia y finura expresiva, alejado de las tendencias poéticas actuales, muestra la perspectiva de una profunda fe que respeta el valor literario de honda tradición lírica.
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