viernes, diciembre 17, 2010

Una tierra mansa, Ignacio Sanz

Isla del náufrago, Segovia, 2010. 193 pp. 12 €

José Manuel de la Huerga

La bonhomía de apariencia despistada de Ignacio Sanz le confiere el mejor salvoconducto para transitar desde el olvido de los anónimos de cualquier tierra a la memoria que enciende cada noche la candela de los que deben ser recordados.
Una tierra mansa son dieciséis historias de la Tierra de Pinares que tienen la virtud de mutar y adaptarse a la imaginación del lector de cualquier latitud del globo: los que no somos de esa tierra nos vemos en otra mansa parecida, la nuestra. Siempre hay una tierra mansa nuestra. Porque cualquier lector de las vastas extensiones desheredadas, mesetas peninsulares, dehesas o desiertos del mundo, encontrará a través de estos personajes el ángulo justo para ver a los suyos sufriendo en silencio, y con entereza.
Tampoco me quiero poner melodramático. Porque si además de saberse situar, por empatía, en la carne de sus criaturas, el autor proyecta sobre los relatos otra virtud consustancial a su forma de ser: una cierta indiferencia mezclada con unas gotas de socarronería, podríamos decir que hasta de displicencia, que les viene bien a esos personajes solitarios y realmente trágicos. Nada de contemplaciones, ecuanimidad y templanza ante las adversidades. Así se enfrentaron a sus días y a sus muchas noches solas tantos hombres y mujeres de los pueblos de la España de la Transición, y así consiguieron llegar hasta antes de ayer, aunque fuera a rastras.
¿Con qué voz me he quedado, de tantas tan subyugadoras y sinceras? El que desee aprender cómo conseguir una voz auténtica en primera persona (de esas que resuenan y permanecen con un eco de ondas concéntricas) que se asome a estos relatos de Ignacio Sanz. O como él, se patee los pueblos semidesérticos de la Castilla rural, se acode en la barra del único bar y escuche no los lamentos, porque esta gente no se lamenta, sino los comentarios breves y lacónicos de los cincuentones solteros, sin mujeres cuyo único horizonte es el domingo para beber, merendar en la bodega y de vez en cuando ir a recrearse con Berta, una prostituta de la capital. Que escuche también al pastor al que los lobos le comen las ovejas y cómo se enfrenta sin suerte a esos otros lobos de dos piernas que se sientan trajeados tras los rimeros de expedientes de la Administración regional. O que intente pegar la hebra con las mujeres mayores que pasaron tanta hambre en la posguerra, que vieron a un tal Esgüesado comer carne de oveja enferma y otras atrocidades. O que regresen a sus pueblos como señoritos de ciudad, y se asomen a esa ventana terrible del pasado y vean los pupitres de madera y la pizarra y los mapas mundis llenos de polvo, imposibles de redimir.
Sin duda es la voz en primera persona de estos personajes lo que les levanta del papel. Es un libro que bien podría ser escuchado. Muchos de sus relatos tienen su origen en lo que unos y otros y otros de más allá le contaron al narrador que recoge, mezcla, macera y sobre todo, espera con paciencia, aguarda a escuchar las voces de los ecos. Y, sin embargo, no son las palabras terruñeras que salen de las bocas de los habitantes de Valdepinos, como quien no quiere la cosa, lo que da personalidad y poder calorífico a esos personajes. Es su respiración contenida, son sus silencios que el narrador respeta. Son los huecos a los que nos asomamos, como quien ve el cuerpo accidentado dentro de un coche, entre las tierras, de un ser querido, y tiene que meditar unos segundos qué hacer, con quién hablar, qué decir. La tierra mansa produce el silencio contenido de los apaleados por la vida.
Si Mascarones de proa, la entrega anterior que leímos de este escritor infatigable, nos invitaba a la fiesta de la imaginación marinera en este secano nuestro, en Una tierra mansa nos acompaña a hundir raíces mansamente como el pino, sorber la poco agua que queda y aguantar lo que dé una respiración contenida a prueba de fuego.
Y que el lector no se engañe, éste no es un libro de relatos. De igual manera que el micelio se esconde y crea redes bajo la tamuja de los pinares, este libro nos muestra las caras de los hombres y mujeres de una tierra irrepetible y, desde luego, en vías de extinción. Pero que aún nos deja un consuelo: por su palabra justa, algunos de ellos no habrán vivido en balde, y quedarán en la memoria de los que los leemos, escuchamos y admiramos.

jueves, diciembre 16, 2010

Mujeres lo bastante ricas, Honoré de Balzac

Trad. Wenceslao-Carlos Lozano. Periférica, Madrid, 2010. 125 pp. 13,50 €

Salvador Gutiérrez Solís

Uno se puede pasar la vida leyendo a Balzac. Yo lo hago, y me es grato reconocerlo. Y no es necesario repetir lecturas, buscar interpretaciones ocultas, estudiarlo, analizarlo, someterlo a examen, acudir a nuevas traducciones. Me refiero a cantidad, la obra de Balzac es tan amplia y descomunal que, me temo, habríamos de renunciar a la actualidad, a lo contemporáneo, para lograr alcanzar el objetivo. Tampoco es una mala idea, visto lo visto y leído lo leído.
Balzac trazó la arquitectura de la novela del presente, trasladó el género a una dimensión terrenal: las personas, personas de carne y hueso, y sus circunstancias, sus miserias y grandezas, pasaron a ocupar un papel principal. Es lo que el propio Balzac denominó Comedia Humana, en clara contraposición a la Divina, y que no deja de ser el más extenso y meticuloso escaparate de caracteres, personalidades y perfiles humanos que nos ha proporcionado la Literatura.
Balzac, como su vástago más prolífico, Rastignac, siempre quiso dejar atrás su pasado de provincias y pan negro para ser “alguien”, un semejante tal vez, uno más, en la exquisita sociedad de la capital, en la Corte, en los salones de baile. Buena parte de su obra se ocupa de este huida, y, por tanto, retrata y disecciona a sus protagonistas, instalados o aspirantes, ricos de fábula o nuevos acaudalados, poetas hampones, mujeres ambiciosas o sometidas. Las mujeres, tal y como lo atestigua el título que hoy nos ocupa, son esenciales en la narrativa de Balzac. Misógino y admirador, las amó y odió con semejante intensidad, tanto en su vida privada como en su Comedia Humana.
Con frecuencia tratamos de buscar en el pasado reciente o en el presente autores que aguanten el disfraz de Balzac. Capote, Wolfe o Umbral se citan con asiduidad. ¿Y por qué no Easton Ellis, Ángel Antonio Herrera y hasta el mismísimo Jaime Peñafiel? Las comparaciones son siempre odiosas, en cualquier caso. Sin embargo, no puedo dejar de imaginarme a ese Balzac actual, en su versión española, de copas con Nati Abascal, el más dicharachero en las fiestas de Almodóvar y devoto seguidor de Mujeres Ricas, ese programa alucinante y abominable que bien le habría proporcionado más de una mujer digna de ser exportada a su universo literario.
Acierta una vez más Periférica, especialista y especializada en recuperar joyas literarias escondidas bajo la herrumbre de lo inminente, devolviendo a la luz de hoy un texto del Balzac más soberbio y contenido. Imponente siempre, el escritor francés se siente especialmente cómodo en las distancias medias. Y nos regala, al mismo tiempo, un estupendo y clarificador prefacio de Wenceslao-Carlos Lozano. Motivos más que suficientes para adentrarse en la lectura de estas Mujeres lo bastante ricas, pieza fundamental para el coleccionista y anzuelo inevitable para el no iniciado en la obra balzaciana.

miércoles, diciembre 15, 2010

Pistola y cuchillo, Montero Glez

El Aleph Editores, Barcelona, 2010, 128 pp. 18 €

Miguel Baquero

Hay que aclarar, antes de nada, que el último libro de Montero Glez, Pistola y cuchillo, no es una biografía de Camarón de la Isla, pese a lo que pudiera pensarse por lo que dice la faja que lo envuelve o por la portada. Pistola y cuchillo es una narración en la que el célebre cantaor aparece como personaje protagonista… quizás algo más: una novela en la que la acción gira en torno a la figura del de San Fernando, y a la fascinación que, en su día, ejerció sobre aquellos que le rodeaban y quienes trataron con él. Se alude, sí, a varios capítulos de su biografía, se retrata su inveterada pasión por el tabaco, o se pintan algunos rasgos famosos de su personalidad, como su aire distante o el laconismo con que se solía expresar, pero, a pesar de ello, la novela de Montero Glez no es la crónica novelada de una vida. El objetivo de este libro no es reconstruir unos pasos sino recrear, durante unas páginas, una presencia: la de Camarón de la Isla. Su planta, su manera de sentarse al filo de la silla, su modo de romper a cantar, su figura, su arte…
Para poder cumplir este objetivo, el de invocar a alguien y que el llamado resulte eficaz, se necesita, por encima de todo, de cualquier técnica o de cualquier truco de oficio, escribir con verdadera entrega, con auténtica pasión por el personaje al que se rememora. Este era, a mi entender, el principal riesgo de una novela como ésta: el que sin “verdad” no puede sostenerse. En que, cierto modo, sólo cuanto más sincero y genuino fuera el sentimiento, sólo así podrían tener sentido las páginas, y en el momento en que el escritor desfalleciera o, aún peor, se refugiara en el elogio continuo, el ditirambo o la hipérbole excesiva, el edificio podría venirse abajo. Sin embargo, siempre he tenido a Montero Glez, desde sus primeros libros, por un escritor valiente, en el sentido de no rehúye caminar al filo de la navaja, es más, suele encontrarse a gusto allí donde las novelas se juegan a cara o cruz, donde un detalle lo decide todo … y en este caso, lo genuino y verdadero de su pasión por Camarón hace que, sin red debajo, atraviese el alambre y consiga llegar hasta el final.
Como en otras novelas de Montero Glez, no es en ésta tampoco importante la trama, o no está armada la novela en torno a ella. Lo importante es el ambiente, los personajes, el clima que consigue crear el escritor; lo que ocurre podría decirse que es lo de menos, y prueba de ello es que la acción parece a veces detenerse durante muchas páginas en un mismo punto, punto del que el narrador va y vuelve mediante recuerdos; así mismo tampoco importa demasiado si la acción llega a resolverse o no. Para quienes creemos que las buenas novelas no son, o no deberían ser, una sucesión de peripecias, rápidas y ágiles, de fácil lectura y aun más fácil olvido, sino la construcción, mediante el estilo, de un mundo paralelo y un ambiente en el que sumergirse, cada novela de Montero Glez supone todo un acontecimiento. En el caso de Pistola y cuchillo, otro más.


Otras reseñas de Montero Glez en la Tormenta:
-Pólvora negra
-Manteca colorá
-Diario de un hincha

martes, diciembre 14, 2010

Ciclos del tiempo, Roger Penrose

Trad. Javier García Sanz. Debate, Barcelona, 2010. 292 pp. 21,90 €

Deni Olmedo

Quien más, quien menos, está familiarizado con el concepto de entropía. A todos alguna vez nos han explicado el ejemplo del huevo que cae de una mesa o de la copa que se rompe en mil pedazos. Es decir lo que al principio era un orden más o menos definido se transforma en desorden. La Segunda Ley de la Termodinámica nos justifica esto: la cantidad de entropía (o desorden) del Universo tiende a incrementarse con el tiempo. Y esto es aplicable a cualquier objeto o sistema en estudio. Y a quien se le ha roto una copa, se le habrá venido a la cabeza que la copa se recomponga y salte del suelo al lugar del que se cayó. Imposible, ¿verdad? Pues no. Físicamente es posible. Pero estadísticamente es tan improbable que terminamos por aceptar que no puede suceder. Y así es: nadie ha visto a la copa o al huevo estrellados saltar del suelo y recomponerse.
Así comienza Sir Roger Penrose (1931, Colchester, Essex, Inglaterra) su ensayo Ciclos de Tiempo: poniéndonos en la pista de lo que significa la entropía para distintos sistemas referenciales, desde lo microscópico a lo infinitamente grande (y es que, al fin y al cabo, algo tan vasto como el Universo mismo debe sus propiedades y las leyes que lo rigen a las de las partículas elementales que lo componen). Y, atendiendo a lo que nos explica esta Segunda Ley, si retrocedemos en el tiempo, tenemos que llegar a un estado inicial, el Big Bang, en el que el valor de la entropía tenía que ser, por fuerza, extraordinariamente mínima. Pero, ¿esto no se contradice? O, como se pregunta en voz alta el propio Penrose: «¿Cómo un suceso tan increíblemente violento y tórrido puede representar un estado de entropía extraordinariamente minúscula?». Aunque, lo realmente curioso, es comprobar cómo los restos de esa gran explosión, la llamada radiación cósmica de fondo, siguiendo todos los modelos inflacionarios clásicos conocidos, llevan a la misma conclusión: esa radiación (que no olvidemos, es el resto de un estado de entropía mínima) lleva asociada el mayor valor de entropía del Universo. Algo hay, y Penrose así lo señala, que no cuadra. Aunque los resultados macroscópicos se empeñen en decir lo contrario. El error es tomar como base la mecánica newtoniana y no la de Einstein. Si nos basamos en esta última, el estado de “equilibrio térmico” que, se supone, existía en la radiación de fondo, no existe. Pero entonces, ¿de dónde proviene esta entropía? Aquí entran en juego los agujeros negros, la mayor fuente de entropía del Universo actual, como el que existe en el centro de la Vía Láctea. Frente a la entropía creada por tales objetos, la del fondo de radiación de microondas, que se pensaba era la que contribuía mayormente a la entropía del Universo, resulta casi despreciable.
Pero —otra vez pero— cuando nos detenemos a ver qué condiciones tenía que tener la singularidad previa al Big Bang, nos encontramos de nuevo con otra contradicción: estas condiciones, o bien era especiales y únicas para nuestro Universo, o bien esta singularidad previa era de entropía máxima. A esta conclusión se llega a través de un modelo de colapso en el que se incluye un tremendo amasijo de agujeros negros. Eso nos lleva a un estado de singularidad muy complicada y de entropía enormemente alta que es muy distinta a la singularidad altamente uniforme y de baja entropía que parece haber tenido nuestro Big Bang real.
Penrose propone lo siguiente: en un futuro remoto, en que la única actividad del Universo será la evaporación de agujeros negros supermasivos, existirá (y quien esté interesado en saber cómo, tendrá que sumergirse en la lectura de Ciclos del Tiempo), una manera de pasar de esta situación —en apariencia de lenta agonía, y llegando al final de su eón— a un nuevo comienzo (a un nuevo Big Bang y a un nuevo eón) y a un nuevo Universo, tan lleno de vida como sus antecesores. Un eón, para los no iniciados, es el término acuñado por su autor para denominar el periodo de tiempo transcurrido entre dos big bang. Y todo ello, sin violar la Segunda Ley de la Termodinámica, auténtico eje central de este trabajo.
La pregunta que inmediatamente se le formula al lector más ávido es: ¿Cuántos eones previos han existido? ¿Es un proceso infinito? ¿Hay pruebas de la existencia de eones anteriores? Tanto para el lector que sólo pretenda satisfacer la parte más “filosófica” de esta nueva teoría (porque, no lo olvidemos, es simplemente una teoría, que necesita confirmación física) como para el lector que pretenda ir un poco más allá (y que se encontrará con dos apéndices repletos de desarrollos matemáticos que dan sentido a todo lo formulado por el autor), este es un trabajo indispensable, de una de las mentes más sobresalientes de la física actual y de todos los tiempos.

lunes, diciembre 13, 2010

El hombre que mató a Durruti, Pedro de Paz

Aladena, Málaga, 2010. 120 pp. 14 €

Miguel Baquero

Hay libros que, por encima de las circunstancias y las trampas del mercado, están llamados a destacar y probablemente a permanecer. Libros que, sin mayor ayuda que sus lectores, en un boca a boca paciente y constante, alcanzan un reconocimiento, segundas ediciones, y son vertidas a otros idiomas. Es el caso de El hombre que mató a Durruti, la primera novela escrita por Pedro de Paz (Madrid, 1969; autor también de El documento Saldaña y Muñecas tras el cristal). Editada originariamente en el año 2003, en el momento de su edición ganó el premio José Saramago de novela corta y hoy vuelve a las librerías, tras haber sido traducida al inglés, en una nueva edición, ampliada y comentada, a cargo de la editorial Aladena.
En El hombre que mató a Durruti, novela, como se ha dicho, con la que el autor se inició en la escritura y publicación de un libro, Pedro de Paz intentó conjugar dos de sus grandes pasiones, como son el estudio del periodo histórico correspondiente a la Guerra Civil española, y la novela policíaca. Para ello, De Paz centró su atención en un acontecimiento de aquellos días sobre el que, tantos años después, y quizás para siempre, siguen existiendo sombras, como fue la muerte del líder anarquista Buenaventura Durruti. Oficialmente, Durruti fue alcanzado por la bala perdida de un francotirador en una de sus inspecciones al frente establecido en la Ciudad Universitaria; pero ya desde el primer momento fue cuestionada esa versión y se barajaron otras hipótesis que desmontaban lo difundido por las autoridades y posteriormente por los historiadores.
Sobre la base de ese suceso que siempre se ha presentado confuso, De Paz traza una historia en la que, varios meses después de la muerte del cenetista, dos mandos del ejército republicano, ex policías en tiempos civiles, reciben el secreto encargo de establecer las verdaderas circunstancias de la muerte. Sus pesquisas, que parecen avanzar por buen camino (es decir, por camino diferente al de la versión oficial), pronto se verán entorpecidas por una serie de personajes interesados en que no se remueva el hecho. Porque la conclusión a la que, finalmente, llegan el comandante Fernández Durán y el teniente Alcázar resultará, desde luego, además de sorprendente, incómoda y perjudicial para muchos sectores.
Uno de los mayores méritos de esta novela es que, igual que sucediera con Poe, quien, desde la distancia y la atenta lectura de los periódicos, sólo que desde otra perspectiva, pudo solucionar un caso criminal en El misterio de Marie Roget, aquí Pedro de Paz da realmente con una solución para la turbia muerte de Buenaventura Durruti. La solución más posible, según posteriormente han reconocido varios historiadores, teniendo en cuenta la documentación, exhaustiva y exacta, que maneja el autor. Aunque se trate solamente de una teoría, el lector de esta novela reconocerá que parece ser, sin duda, la más aceptable. Incluso con su sorprendente vuelca de tuerca final.
El otro mérito de la novela es su estilo, sencillo, directo al objetivo, pero tampoco rápido ni desaliñado. Un estilo sereno y pausado que se detiene en su justa medida para darnos una hondura psicológica de los personajes y pintarnos los escenarios con la vivacidad requerida. Un estilo, en fin, maduro y pleno, sorprendente al tratarse de una primera novela y que ya apuntaba las maneras y el oficio que llevarían en años sucesivos a De Paz a escribir magníficas novelas.
Señalar, por último, que en esta segunda edición el libro se completa con varias páginas dedicadas al estudio de la vida y peripecias de Buenaventura Durruti, un hombre de quien se dijo que su vida “es imposible de narrar. Se parece demasiado a una novela de aventuras” (Ehrenburg), y asimismo con varias averiguaciones posteriores relativas a otro de los personajes fundamentales de este relato, el sargento Manzana, que dan noticia de los últimos años de su vida, una vez ya exiliado en México al final de la contienda.