viernes, diciembre 03, 2010

La ciudad desplazada, José María Conget

Pre-Textos, Valencia, 2010. 180 pp. 14,42 €

Miguel Sanfeliu

No somos pocos quienes sabemos que los libros de José María Conget no defraudan, que sus historias nos van a arrastrar a ese universo particular en el que se removerán nuestros propios recuerdos, nuestra juventud y nuestro mundo imaginario, tal es el efecto de su prosa, de los puentes que tiende con la ayuda del cine y de las lecturas compartidas. No somos pocos los que, ante la noticia de la publicación de un nuevo libro suyo, en este caso La ciudad desplazada (Editorial Pre-Textos), nos apresuramos a conseguirlo.
Recursos metaliterarios, personajes reales, referencias cinéfilas o literarias empapan el volumen de realidad, de credibilidad, componiendo un artefacto con varios niveles de lectura. José María Conget tiene un dominio absoluto del lenguaje, es un narrador con un estilo muy depurado, complejo en su estructura, pero sin oscuridades ni trucos rebuscados. Sus historias se precipitan con una oralidad hipnótica y sus personajes, pese a la brevedad, resultan entrañables y son capaces de marcarnos con sus vivencias, recordándolos mucho tiempo después de la lectura del libro, hablando de ellos como se habla de un conocido.
“Fútbol antiguo”, por sí solo, ya justificaría la lectura de este libro, y eso que no soy ningún aficionado a dicho deporte, pero esta semblanza al padre y a lo que un equipo de fútbol puede llegar a significar es un texto realmente emotivo. “Quillomamona” es la historia de un veterano profesor que se enfrenta a una clase de chicos conflictivos. “La ciudad desplazada” nos cuenta el desconcierto de un hombre que regresa a una ciudad en la que todo se encuentra en un lugar distinto al que cree recordar. Un hombre, víctima de un infarto, que está en la habitación de un hospital, entre sus recuerdos y las actuaciones del personal médico, es el protagonista de “Despedida”, todo como envuelto en brumas, recuerdos y vivencias fusionados en un ambiente algo kafkiano y desolador. En “Variación sobre un tema” dos mujeres someten su amistad a una prueba demasiado exigente. Y también encontraremos recuerdos de la mili, historias de amor, los caprichos del azar, obsesiones bibliófilas... Relatos imaginativos, humanos y fascinantes.
Dice Conget en una entrevista, cuando le preguntan cómo se definiría como escritor: “No tengo poética del cuento ni de la novela y descreo bastante de la teoría literaria. En general, cada escritor suele considerar que la única forma válida de enfrentarse al hecho literario es la suya; a mí no me ocurre. Mi experiencia personal como escritor suele ser más visceral que analítica”. Tal vez ese sea el motivo por el que su narrativa nos depara una experiencia única, una forma de mirar el mundo, condicionada siempre por el poso de los recuerdos, capaz de conectar con esos referentes que nos han ido formando.
José María Conget es un escritor ajeno a las modas, a las corrientes, a las teorías y opiniones que pretenden dictar lo que se debe y no se debe hacer en narrativa. Sigue su propio camino y yo les recomiendo que intenten seguirle. Descubrirán maravillas, sorpresas, emociones con la potencia suficiente como para salir corriendo a la librería la próxima vez que se anuncie la publicación de un nuevo libro suyo.

jueves, diciembre 02, 2010

Chéjov comentado, Antón Chéjov / Sergi Bellver (ed.)

Trad. J. y M. Womack. Nevsky, Madrid, 2010. 318 pp. 22,50 €

Victoria R. Gil

Descubrí a Antón Chéjov, a los doce años, en una antología de Los más bellos cuentos rusos editada en Barcelona en 1946. Quizás la edad fuera la causa de que disfrutara más con el divertimento de La campesina disfrazada, de Pushkin, que con ese afligido cochero de Tristeza, encaramado a su pescante en medio de un mundo tan helado por dentro como por fuera. Buscaba, supongo, más jóvenes intrépidas, más enredos, más aventura. Ignoraba entonces que la ausencia de acción en sus obras no es más que aparente y que Chéjov nos regala una sucesión de instantáneas fotográficas en las que nunca parece ocurrir nada extraordinario, siempre y cuando no se considere extraordinaria la vida.
Confiesa Care Santos en su comentario al cuento Incidente ocurrido a un médico, que en su adolescencia llegó a tomar a Chéjov por un autor cómico debido a sus personajes «atormentados por una menudencia». Dejaría de hacerlo porque «el tiempo enseña a no reírse de las manías ajenas, a ver en ellas el borde del propio abismo insondable. Ahora, muchos de aquellos atribulados seres de ficción me dejan al borde las lágrimas». Acaso sea necesario el poso que dejan los años para descubrir «la grandeza de lo nimio».
Hipólito G. Navarro, en sus reflexiones sobre Ostras, cita a Máximo Gorki, amigo personal de Chéjov, que definiría con certera precisión la esencia de su escritura: «Nadie como él ha comprendido tan clara y sutilmente la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie hasta él ha sabido dibujar a los hombres con tanta implacable veracidad el cuadro vergonzoso y desalentador de su vida en el opaco caos de su mezquindad de cada día». Y lo hace, como apunta Eloy Tizón en sus notas sobre Casa con mezzanina, a partir «de esa levadura triste y eslava procedente del polvo del camino, de ese polen de palabras que huye de todo énfasis».
A un autor tan conocido como Antón Chéjov, del que la base de datos del ISBN español registra más de 200 entradas entre obras propias, correspondencia, antologías compartidas y biografías, parecería tarea imposible mostrarlo con ropajes nuevos. Pero la mirada de los dieciséis escritores convocados a este festín chejoviano consigue tender un puente hasta ese siglo XIX ruso que, de pronto, ya no resulta tan ajeno.
Desde el prólogo de Sergi Bellver, en el que insta al lector a tomar distancia y mudar de perspectiva para descubrir a un nuevo Chéjov, al prisma que descompone su obra en dieciséis visiones íntimas y personales, este libro está lleno de amor. A la literatura, al cuento y, sobre todo, a un Chéjov que se revela otro y diferente en cada uno de los escritores que se acercan a él para demostrar «la poca distancia que media entre la clarividencia del maestro ruso y el compromiso literario de los nuevos creadores».
Dieciséis cuentos escritos ayer, hace más de cien años, y dieciséis apostillas que van de la erudición y el academicismo a la digresión, el juego y el striptease emocional, sin que falte, para cerrar el círculo, el chejoviano relato de Óscar Esquivias, Temblad, filisteos, jocoso complemento a En Moscú, con el que lejos de pelearse mucho, forma un perfecto maridaje.
Hay que felicitarse porque Nevsky Prospects y los autores que tan acertadamente ha reunido Bellver para sumarse a este tributo con que celebrar el 150 aniversario de su nacimiento hayan seguido la recomendación de Gorki: «Es bueno acordarse de un hombre como él; al instante penetra en tu vida un aire de vitalidad, de nuevo en ella se ilumina su sentido claro».

miércoles, diciembre 01, 2010

El barranco, Grassa Toro

Ilustraciones de Diego Fermín. Thule, Barcelona, 2010. 60 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Lo primero que llama la atención de este libro es su formato, un formato troncocónico que no tiene parangón con ninguno de los formatos más o menos convencionales que ruedan por los escaparates. Es una de las marcas de la casa, que hace alarde de formatos inverosímiles y sorprendentes. Como es natural, el formato de El barranco ayuda a imaginar un barranco que se va estrechando a sus pies. Esta portada de fondo negro lleva dibujada una carretera zigzagueante y clara por la que circula un autobús.
Grassa Toro es un autor desconcertante al que le gusta jugar con las paradojas. Recuerdo uno de sus libros inaugurales, El juego de las normas, publicado en Colombia, en el que hacía un repaso a esos autores que juegan, que se deleitan en jugar con las paradojas del idioma. Heredero directo de los pathafísicos se ha convertido en un malabarista de la literatura que anda siempre por la cuerda floja.
La historia que nos cuenta en El barranco está llena de elipsis. El lector se obliga a imaginar. Porque cuenta una historia, sí, pero no se recrea en los detalles y porque es fácil adivinar que tras lo que nos está contando hay un río narrativo mucho más profundo que el autor se guarda a propósito para que el lector active su imaginación. El planteamiento guarda una estrecha relación con los cuentos tradicionales. Los cinco muchachos que lo protagonizan han perdido a sus padres en un accidente. Pero los cinco muchachos hermanados por este suceso, no son cinco, sino que son cuatro: Isidro, Max, Romerita y Nicolás el narrador de la Historia. Falta Benito para completar el quinteto. Benito no está y el cuento, de lo que trata en esencia es de un viaje lleno de dificultades que han de ir sorteando en esa búsqueda. Un viaje de maduración en el que dan esquinazo a la muerte que en un momento dado sale a su encuentro.
Cada secuencia contiene una ilustración que ayuda al lector a situarse, pero la narración siempre deja en el aire una sensación de misterio latente que, al mismo tiempo empuja al lector a seguir. Ahí radica uno de los aciertos innegables de este libro, esa capacidad de tenernos en suspenso, de saber que algo está trascendente a punto de ocurrir.
El lenguaje no hace concesiones hacia los niños, los supuestos destinatarios. Por el contrario, les obliga a auparse al diccionario para conocer el significado de algunas palabras que seguro que no están en su bagaje. Es decir que la historia puede ser leída con la misma fruición por los adultos que se embosquen en este libro en el que no se rehuye el dolor, el sentimiento de pérdida y el afán de superación.
Las ilustraciones de Diego Fermín son de apariencia simple; cada uno de los personajes están dotados de una gran cabeza pero, al mismo tiempo, refleja con mucho detalle y eficacia poética el paisaje por donde se mueven. En definitiva, estamos ante un libro poco o nada edulcorado, un libro incluso adusto que sin embargo atrapará por igual a grandes y pequeños.

martes, noviembre 30, 2010

Fuera de temario, Manuel Espada

Editores Policarbonados, Madrid, 2010. 194 pp. 15 €

Miguel Baquero

Fuera de temario es el segundo libro de relatos de Manuel Espada (Salamanca, 1975) , escritor y guionista televisivo experto en microrrelatos (modalidad en la que ha obtenido varios y prestigiosos premios) y cultivador también del relato algo más largo, como los que en su día se reunieron en el volumen El desguace y los que ahora se reúnen en este libro de Editores Policarbonados. Fuera de temario es un conjunto de once cuentos que tienen como denominador común su imaginación pletórica y desbordante, varios metros por delante de la imaginación al uso hasta acabar ingresando en un universo distinto, muy cercano a lo alucinado, donde los personajes experimentan curiosas —y fascinantes— metamorfosis nunca antes imaginadas, o hacen variar la naturaleza que les rodea de una forma tan insólita que deja perplejo e impresionado al lector.
Proveniente de ese género en boga: el hiperbreve o microrrelato, donde cualquier palabra encierra un sentido y el final ha de ser cautivar a los lectores en el menor tiempo posible, en estos relatos de extensión más larga Manuel Espada parece haber querido aprovechar la ocasión para conducir sus cuentos hasta las últimas consecuencias, para estirar esa rara mezcla entre realidad y ficción que conforma la literatura hasta el punto de mayor tensión, hasta donde lo increíble llega a resultar cotidiano y lo cotidiano increíble. Mujeres que se transforman en butacas de cine, camareros de bar, a la vez aficionados a escribir, que intervienen sobre el destino de sus clientes, fabulosos pentagramas que brotan de las plantas… El lector de estos cuentos se encuentra, prácticamente desde la primera página, sumido en un universo de fenómenos extraños… pero comprensibles, un lugar donde, a puro golpe de buena y libre imaginación, parecen haberse roto casi todas las reglas que actúan (o actuaban) sobre este mundo.
No es, sin embargo, una fantasía gratuita, un despliegue de imaginación a modo de fuegos artificiales, sin mayor sustancia que la luz que puedan desprender durante unos instantes, sino que los relatos de Fuera de temario, y los prodigios que en ellos ocurren, nos transmiten (como en esa película que, no en vano, se utiliza como cita: Amanece que no es poco) una cercanía con los estados y los sentimientos del hombre: el amor, el miedo, la tristeza, la vejez, la falta de esperanza… Son esos sentimientos que siempre han comprendido el caudal humano los que se toman y se observan bajo esta nueva luz brillante de imaginación colorida, este fascinante caleidoscopio de formas nunca antes vistas.
Un dechado de imaginación.

lunes, noviembre 29, 2010

El viaje del idiota, Miguel Paz Cabanas

Baile del Sol, Tenerife, 2010. 174 pp. 12€

Amadeo Cobas

Miguel Paz Cabanas, escritor que ha obtenido un montón de premios literarios, nos propone en El viaje del idiota un viaje, en efecto. Uno en el que la fórmula anodina que preside el deambular por la vida de mucha gente se ve reflejada aquí en Santiago, el protagonista principal.
Su hija adolescente, a la autosuficiencia de esa edad, añade el desprecio hacia su padre separado, culpabilizándolo de todos sus males, comparándolo con los triunfadores de la familia materna, tan unidos, tan ideales, tan infalibles (…más o menos, si no fuera por una oveja negra, primo de la adolescente, que en sus ratos libres es chapero). Santiago, por su parte, está disfrutando, entre comillas, de un veraneo con su díscola hija. Ella lo escruta con desdén para censurar cualquier decisión que tome. Su padre, el censurado, porta sobre los hombros el hastío. El escritor nos lo presenta como un hombre apocado al que a veces le sale un ramalazo de genio, conformista porque la vida que lleva no le gusta aunque nada hace para salir de ese pozo, descolocado porque ni se ve separado ni trabajando en la funeraria donde se gana el pan ni criando a su hija.
Ya el padre del protagonista, apocalíptico, le decía: «Todo lo que tiene que hacer un hombre para rodar por el abismo es confiar en que las cosas le irán mejor». Aquí radica uno de los éxitos de la obra: porque son chispeantes las conversaciones profundas que se traen Santiago y su padre. Al tiempo que hacen un repaso a hechos del pasado, buscando sus causas, enunciando sus resultados, se embarcan en predicciones futuras, se aconsejan el uno al otro, se reconvienen, disputan al fin: mientras el hijo se desahoga de la presión que lleva en su vida, el padre narra «confidencias ultraterrenas». Porque, eso sí, dado que es desvelado desde las primeras páginas, nada les estropeo si les digo que el padre de Santiago está muerto…
El autor es exquisito en las descripciones, minucioso en los pormenores, utiliza un vocabulario preciso y amplio que orna con suficiencia la novela. Sin olvidar el destello de algún que otro deje poético, «ecos oblicuos de secretos sin compartir».
Sólo hay una pega…
En sus estertores la obra se pierde en una compleja trama mafiosa —como su hija, «secuestrada por unos pijos», esto es, por la familia política—, con afloramiento de personajes secundarios que distraen al lector para aportarle más bien poco. Es mi opinión personal que el argumento se le escapa de las manos a Paz Cabanas porque arrima ingredientes que vuelven grumosa la mezcla, la entorpecen innecesariamente y restan frescura a lo que hasta entonces era un plato de mérito. Así, sufre la novela en su final a causa de esta derivación.