viernes, octubre 15, 2010

La dama del perrito, Antón Chéjov

Ilust. Javier Zabala. Trad. Victor Gallego. Nórdica, Madrid, 2010. 80 pp. 15 €

Fernando Sánchez Calvo

Con las bellísimas ilustraciones de Javier Zabala, Nórdica Editores rescata y da a conocer al público lector una de las obras más desconocidas de Antón Chéjov, renovador del teatro del XIX, quien como todos los genios fue a la vez modelo y a contracorriente de su época y entre otras cosas consiguió perfilar psicológicamente tan bien a sus personajes que muchos los confundimos con personas. La gaviota, Tres hermanas, la exitosa Platónov que tanto éxito ha recaudado estos últimos años en la escena, han reducido en muchas ocasiones a Chéjov a la categoría de un autor teatral, pero sin embargo sus recopilatorios de cuentos superan a la obra dramática (al menos en cantidad). Aprovechando este dato hablamos de La dama del perrito, relato sobrio, austero, sin complejidad en la trama, que basa todo su poderío narrativo en la tensión sobre la que se construye esta historia de adúlteros furtivos. Literatura realista que siguiendo el famoso símil que compara a la novela con un espejo que vamos deslizando con la intención de que nos muestre absolutamente todo lo que hay enfrente, va todavía más allá con Chéjov para enseñarnos no sólo el paisaje, no sólo las acciones, no sólo lo tangible: este espejo también refleja los silencios, las indecisiones, los sobrentendidos, el erotismo y la eterna tortura a la que se entregan dos amantes apasionados, Anna y Gúrov, que en el mismo instante que disfrutan de un idilio a escondidas ya se están arrepintiendo de ello.
«Todo es bello en este mundo, salvo lo que nosotros mismos discurrimos y hacemos cuando olvidamos los fines supremos de la existencia y nuestra dignidad humana». Tal es la presión social y el miedo a ser simplemente advertidos de los protagonistas que en ocasiones salen de su boca dogmas casi filosóficos para justificar una de las acciones más antiguas del hombre, el adulterio, puesto que hace ciento veinte años jugar a moverse en nido ajeno sí que suponía un riesgo (social para el hombre y la mujer, económico y vital también para esta última). Y como en toda acción arriesgada, después viene la duda: ¿hasta cuándo durará?, ¿dónde llevará dicho riesgo?, ¿también el adulterio se convertirá en algo tan anodino como las vidas de Anna y Gúrov? La solución en las últimas páginas de esta pequeña joya de uno de los clásicos, y también en todo lo que el lector haya sabido o querido ver más allá del espejo.

jueves, octubre 14, 2010

Un matrimonio de provincias, Marquesa Colombi

Prólogo de Cristina Grande. Posfacio de Natalia Ginzburg. Trad. Mercedes Corral y María Corral. Contraseña, Zaragoza, 2010. 144 pp. 17,50 €

Óscar Esquivias

Para mí, como escritor, ha sido muy importante la literatura italiana del siglo XX; hay ciertos libros cuya lectura siempre me conmueve y a los que vuelvo una y otra vez. Dos de ellos se publicaron en 1963: Léxico familiar de Natalia Ginzburg y Detrás de la puerta de Giorgio Bassani. Las primeras líneas de este último dicen así: «En mi vida he sido desgraciado muchas veces, de niño, de muchacho, de joven, de adulto; muchas veces, ahora que lo pienso, he tocado lo que se dice el fondo de la desesperación. Recuerdo, no obstante, pocos periodos más negros, para mí, que los meses de escuela entre octubre de 1929 y junio de 1930, cuando hacía el primer curso del liceo.»
Con estas frases empieza el relato de una desolación íntima que la madurez no ha conseguido atenuar. Como casi toda la obra narrativa de Bassani, el escenario de su historia es Ferrara: una ciudad pequeña, provinciana, en la que vive un muchacho de dieciséis años cuya sensación de soledad es insondable. Es un libro de una belleza milagrosa.
Me he acordado de él al leer Un matrimonio de provincias de la Marquesa Colombi, que comienza de esta manera:
«Es difícil imaginar una juventud más monótona, más sórdida y más carente de toda alegría que la mía. Al evocarla al cabo de tantos y tantos años, vuelvo a sentir el inmenso tedio de aquella tranquilidad muerta que se prolongaba, se prolongaba inalterable, durante el largo período de tiempo que discurría entre los poquísimos acontecimientos familiares.»
¿No hay una estrecha hermandad entre estos párrafos iniciales? En ambos oímos a alguien que evoca con dolor su juventud. Sentimos una voz que nos abre su corazón, que se sincera con el lector. Los recuerdos nos llegan como una corriente helada.
No sé qué opinión tenía Giorgio Bassani de la Marquesa Colombi ni si apreciaba sus libros, pero entre sus escenarios provincianos (la Ferrara del uno y la Novara de la otra), sus adolescentes ingenuos y llenos de fantasías, deseosos de ser amados, hay un sutil puente. También su estilo tiene mucho en común: sobrio, preciso, natural, más humorístico en el caso de Colombi, más melancólico en el de Bassani, nada afectado en ninguno de los dos.
Un matrimonio de provincias se publicó por primera vez en 1885. Su autora fue popular a finales del XIX y principios del XX, pero poco a poco su nombre se fue olvidando y sus libros desaparecieron de las librerías. Todo cambió en 1973, cuando Italo Calvino devolvió a la Colombi a la actualidad literaria: en esa fecha, y con un prólogo de Natalia Ginzburg, se reeditó Un matrimonio de provincias en la editorial Einaudi. A partir de entonces, aquella ignota autora de ideas progresistas que sólo era un nombre más en las enciclopedias, volvió a ocupar un lugar en los escaparates italianos: sus libros circularon de nuevo y los estudiosos renovaron su interés por una Marquesa que no era marquesa ni nada que se le pareciera: su verdadero nombre era Maria Antonietta Torriani y sus orígenes fueron muy humildes: huérfana, maestra de profesión y escritora vocacional, pudo desarrollar sus capacidades literarias cuando abandonó Novara y se trasladó a Milán, donde frecuentó activamente los círculos protofeministas. Adoptó el nombre con el que hoy es conocida cuando comenzó a colaborar en los periódicos milaneses (se casó con un periodista que luego fundó y dirigió el Corriere della sera). Este llamativo pseudónimo lo tomó de la marquesa Colombi, personaje de una embrolladísima comedia de Paolo Ferrari que, dicho sea de paso, no sé qué tenía de atractivo para nuestra autora: la marquesa teatral es una aristócrata hipócrita e insidiosa, muy alejada –en principio– del ideal de mujer de Maria Antonietta Torriani. El caso es que así decidió firmar sus escritos y con tan sonoro nombre ha pasado a la historia literaria de su país.
El prólogo de Natalia Ginzburg a la edición de 1973 de Un matrimonio de provincias es hermosísimo y subraya –y potencia– con tal elocuencia los méritos del texto que cabe pensar que sea una de las causas de la buena fortuna de la novela, ya que trasmite tal entusiasmo que tras leerlo uno desea ardientemente conocerla. Es más, no parece tanto un prólogo al uso como –casi– un episodio de Léxico familiar, ya que cita a su madre y a sus hermanos y cuenta de manera sencilla e intensa –muy a la Ginzburg– su relación con el libro de la Colombi, cómo lo leyó por casualidad siendo niña y llegó a obsesionarse con la historia e incluso a aprenderse fragmentos enteros de memoria. Aunque no lo hubiera confesado, cualquier lector de Natalia Ginzburg habría percibido en seguida el profundo vínculo que existe entre su literatura y esta novela de la Marquesa Colombi: ambas miran la realidad con ojos limpios, carentes de toda retórica grandilocuente; las dos eligen el marco familiar para presentarnos a sus personajes y explicarnos su carácter; son escritoras atentísimas a los sentimientos de sus protagonistas, a sus fantasías, a todo lo que pasa por su cabeza y su corazón; ambas autoras poseen un humor sutil que se manifiesta con naturalidad, sin ningún énfasis, gracias a su oído finísimo para captar el idiolecto de cada personaje. El lector siempre tiene no ya sensación de verosimilitud, sino de algo que va más lejos: una certeza de verdad. Lo que nos cuentan Natalia Ginzburg y la Marquesa Colombi es profunda y conmovedoramente verdadero.
Lo importante de Un matrimonio de provincias no es tanto lo que pasa, como lo que uno espera que pase. El lector entra en la novela de puntillas, delicadamente, y pronto –al igual que la protagonista, la joven Denza– se eleva sobre la realidad y se instala en el plano del deseo, de la ensoñación. Denza vive en dos mundos: uno aburrido, frustrante, lleno de rutinas y convenciones sociales alienantes; es el universo doméstico de la casa de su padre y su madrastra, el de las estrecheces (en todos los sentidos) de la vida provinciana. Pero, a la vez, Denza habita en un mundo imaginario: su instinto de supervivencia y su fantasía alimentan sus esperanzas de escapar de todo esto gracias al amor, al príncipe azul que crea en su cabeza. Uno podría pensar: esta historia ya la conozco, me la han contado mil veces. Los relatos de muchachas pobres que sueñan con librarse de su destino de injusticia e infelicidad son muy numerosos y hunden sus raíces en la literatura popular. La Marquesa Colombi recrea un personaje que tiene rasgos de la Cenicienta o de la Lechera, trasplantadas a una novela realista decimonónica: sin embargo, la autora escapa de estos referentes y de todos los tópicos al dotar a su protagonista de una personalidad compleja, nada idealizada ni previsible: Denza no es un arquetipo, no encarna ninguna tesis, no es una excusa para defender ninguna teoría o extraer una moraleja; al contrario, es una mujer de carne y hueso, contradictoria, llena de fantasías y, a la vez, nada idealista ni rebelde, poseedora de un sentido común rastrero, apegado a la realidad y totalmente alienado. La objetividad del relato es tal que a menudo uno se olvida de su fecha de escritura y le parece un texto contemporáneo, de una sorprendente modernidad: la frase final con la que cierra su relato, por ejemplo, podría coronar un cuento de Carver: nada se cierra, pero todo queda dicho, y de qué manera.
La edición española de Un matrimonio de provincias, la primera de una obra de la Marquesa Colombi en nuestro idioma, es excelente desde todos los puntos de vista. Junto a la estupenda traducción de Mercedes y María Corral, se nos ofrece un doble regalo: un prólogo de Cristina Grande y un posfacio de Natalia Ginzburg (este último, en realidad, es la presentación de la edición de 1973 de Einaudi de la que he hablado antes; en la versión española ese prólogo figura al final, algo que el lector agradecerá porque la Ginzburg –es el único reproche que cabe hacerle– desvela todo el argumento). Así, los editores han querido que estas maravillosas escritoras –Colombi, Ginzburg, Grande– se den la mano en el libro. Han hecho bien: en la obra literaria de las tres se puede oír un mismo pálpito. Todos los lectores de Natalia Ginzburg y de Cristina Grande amarán a partir de ahora, sin duda, a la Marquesa Colombi.

miércoles, octubre 13, 2010

Correspondencia. Vol III (Enero 1875- diciembre 1879), Friedrich Nietzsche

Trad. Andrés Rubio. Trotta, Madrid, 2010. 483 pp. 35 €

Ángeles Escudero

En la idea que titula esta reseña sobre el volumen de correspondencia que nos ocupa, reside quizás la máxima originalidad y al mismo tiempo la tesis más revolucionaria de Friedrich Nietzsche. El azar como parte indisoluble de la vida, la casualidad frente a la causalidad, demasiado atrevimiento para las mentes acostumbradas a la seguridad del orden y a la certeza de una finalidad que rige, y decide en ocasiones, sobre nuestro destino.
Al asumir el eterno retorno tocaba los cimientos mismos de una cultura, la occidental, que necesita tener un horizonte al que tender, un fin que dé sentido a la existencia de un ser, el humano que, a fuerza de complicarlo todo, ha olvidado que quizás la explicación de la vida sea más sencilla de lo que nos empeñamos en suponer, aunque no por ello más fácil de asimilar. No sólo niega que la historia sea lineal, considerándola cíclica, sino que lo más valiente es cómo nos despoja de subterfugios de redención, cómo deshace ante nuestra perpleja mirada los espejismos que nos parecen reales, y nos deja a solas con lo que somos, seres humanos, sea eso mucho o poco. Como diría Sartre, «No somos libres de dejar de ser libres. No todo el mundo puede comprender y aceptar esta certeza existencial de un carácter tan radical».
Si hacemos una analogía con Darwin, caeremos en la cuenta de que lo que más irritó a la comunidad científica de la época que le tocó vivir a este naturalista inglés, no fue que determinase que tenemos un origen común con otros seres vivos, sino que eliminase de la creación la idea de un finalismo teleológico al postular su teoría de la selección natural.
Es en este sentido de no seguir esta línea en la que todo tiene un objetivo preestablecido, una explicación que adquiere su auténtico significado dentro de un orden superior o global, en el que se puede señalar que más que su crítica furibunda a la sociedad cristiano burguesa, más que la crítica a una moral que él bautizó como moral de siervos, más que sus ataques a la metafísica inmovilista, más que su transmutación de los valores; lo que realmente provocó la repulsa de su pensamiento, fue esta consideración del destino, de lo inesperado e impredecible como parte de la vida. En definitiva, una negación de la necesidad, o más exactamente, como una falta de orden, de estructura, de forma, e incluso de razón. En palabras de Zaratrusta, profeta del eterno retorno, «un poco de sabiduría es posible; pero yo he encontrado en las cosas esta certeza feliz: prefieren bailar sobre los pies del azar».
La cuidada edición que nos ocupa, está traducida por Andrés Rubio, autor también de las notas y de la introducción, nos acercará a las ideas y a la figura de Nietszche de una forma muy particular. Estas cartas captan en forma de daguerrotipo, en blanco y negro o en sepia, el interior de nuestro filósofo, sus sentimientos y aflicciones, sus deseos más íntimos, su alegría efímera y su pesar constante, fruto de sus circunstancias particulares de falta de salud.
Las cartas que componen este tercer volumen pertenecen al período que va desde enero de 1875, a diciembre de 1879. Para él es una época marcada por cambios de todo tipo: estado de salud, amistades, costumbres, estatus y lugar de residencia. Se convierte en una especie de nómada, porque si bien el período en el que se enmarca este volumen se concentra en Basilea, lugar donde residió la mayor parte del tiempo ejerciendo como profesor de filología clásica en su universidad. Con motivo de las vacaciones o de las frecuentes bajas por enfermedad, o a causa de los tratamientos que recibió en diferentes lugares, aparecen en las cartas referencias a localidades de Suiza, Alemania e Italia. Como por ejemplo: Baden-Baden, Basilea, Berna, Génova, Ginebra, Leipzig, Lucerna, Lugano, Sorrento, Zúrich, etc. Estas circunstancias terminarán por influir en su pensamiento que evolucionará hacia otros territorios inexplorados hasta ese momento.
Lo más significativo va a ser la constatación de la muerte del filólogo (acudiendo a la misma terminología que él utiliza al anunciar “la muerte de dios”) y el nacimiento del Nietzsche filósofo. Pasará, entonces, del concepto a la metáfora y al aforismo, dejando un tanto al margen el estudio del origen de las palabras, la genealogía de los términos, y asumiendo problemas de tipo más universal. Aún así, su amplia formación lingüística y filológica influye, en general, en su forma de abordar las cuestiones, y es poco probable que se abstrajese de sus orígenes de forma absoluta.
Entre la nutrida correspondencia podemos encontrar las cartas a Paul Ree, al que se puede considerar, en palabras del prologuista, como su primera amistad filosófica. Los Wagner, Richard y su mujer Cosima, con los que también establece relación epistolar, no ocultaron su aversión, teñida de racismo para muchos, por la amistad nacida entre Nietzsche y este filósofo de origen judío. Las cartas manifiestan una admiración recíproca que se romperá de forma abrupta por una cuestión personal que no fue otra que la pugna entre ambos por el amor de Lou Andreas Salomé (¿humano, demasiado humano?).
Este volumen de correspondencia parece venir a echar por tierra uno de los prejuicios más extendidos sobre Friedrich. Me refiero a las acusaciones de misoginia de que es objeto. Aunque, en este sentido, he de decir que, para algunos esto viene determinado por la influencia perniciosa de la figura de su hermana Elisabeth (según muchos culpable del mayor embuste político del que fue objeto), así como el desengaño, antes referido, por Lou Von Salomé, mujer inteligente y autosuficiente, de la que permaneció enamorado a pesar de su posterior (este episodio vital es posterior a la época que nos ocupa en este volumen, ya que la conocerá en Roma). Pero, en muchas de las cartas encontramos atisbos de cariño y consideración hacia el género femenino en general y hacia su hermana, madre y amigas, en particular. Por ejemplo, comenta a su amigo Erwin Rohde que su hermana le lee libros cuando él, por sus frecuentes problemas de salud no puede aplicar la vista.
«En las horas de descanso para los ojos, mi hermana me lee casi siempre a Walter Scott, al que gustosamente llamamos, junto con Schopenhauer, “el inmortal»
La explicación a esa aparente contradicción puede residir, quizás, en que algunos de los conflictos a los que se aluden frecuentemente viesen la luz con posterioridad porque parece evidente que hay bastantes sombras en esta relación familiar. De hecho, Simon Critcheley señala en su obra El libro de los filósofos muertos, que gran culpa de las tergiversaciones sobre la figura de Nietzsche, haciéndolo parecer como paradigma y baluarte de un pensamiento totalitarista, así como de las especulaciones sobre la locura el filósofo, serían alimentados por su hermana Elisabeth. Critcheley señala como relevante su papel en la manipulación y distorsión de la obra de Nietzsche y en la ocultación de su historial médico.
Sobre su estado de salud, así como de las causas que lo provocaron, habría mucho que decir. En este orden de cosas, cabe mencionar que su situación anímica queda patente en las cartas que componen este volumen. De hecho, el propio Nietzsche hace muchas alusiones a su enfermedad: «Ayer me quedé postrado en cama con fuertes dolores de cabeza y tarde y noche atormentado por fuertes vómitos» (A Erwin Rohde en Bayreuth). La causa de todos estos males parece que fueron debidos a una enfermedad degenerativa en el cerebro. Aunque los médicos a los que frecuentemente acudía, determinaron en ocasiones otro origen. Él mismo en una carta a su madre y hermana les habla de cómo el doctor Wiel le diagnostica un catarro estomacal crónico con dilatación de estómago. Pero hay muchas más versiones. Su hermana Elisabeth insistió en que la locura en la que terminará por caer Nietzsche, era debido al agotamiento mental derivado de un exceso de trabajo intelectual. Nunca aceptó que el hundimiento de su hermano fuese consecuencia de la infección sifilítica que había contraído, cuando era estudiante, en un burdel de Colonia en 1865 y por la que recibió tratamiento en Leipzig en 1867. Por cierto que Critcheley en el libro antes citado, cuenta la peculiar versión de el en un tiempo amigo y admirado compositor, Wagner. Mantenía la peculiar tesis de que la enfermedad del filósofo tenía como causa un exceso de masturbación, y no conforme con esto comunicó al medico de Nietzsche su diagnóstico.
Con posterioridad a los médicos referidos en este volumen, el filósofo es entregado a los cuidados de Otto Biswansger. Extraordinariamente diligente, este médico estudiará la obra de Nietzsche para poder entender mejor a su paciente. Con una dosis de diplomacia importante, le diagnosticará una parálisis progresiva, según, Critcheley ocultando aspectos bastante más escabrosos. Explica este autor la posibilidad de que Friedrich fuese coprófago, esto es, propenso a comerse sus propias heces y a beberse su orina. Quizás por todo esto, su hermana Elisabeth encargase robar el historial médico de su hermano. El contenido del mismo sólo llegó a conocerse tras la muerte de ésta en 1935. La circunstancia de que el propio Hitler acudiese a su funeral, puede servirnos como dato biográfico para comprender sus ideas y obsesiones antisemitas. En este sentido recordar que ella y su marido intentaron fundar una colonia de arios en Paraguay llamada Nueva Germania. El marido de Elisabeth se suicidó y la colonia se hundió económicamente.
Un aspecto peculiar que llama la atención en estas cartas, es la narración de algunos episodios muy cotidianos e, incluso en ocasiones, escatológicos. Por ejemplo: «¿Cómo van las cosas del amor?» Le pregunta a su amigo Carl von Gersdorff. Estando en un balneario escribe a su familia narrando de esta forma su rutina diaria: «Cada mañana una lavativa autoadministrada (perdón por empezar con ello, ¡pero con este placer comienza ahora el día! Contenido agua fría)» además de intimidad, se deja entrever un sutil sentido del humor.
Otro aspecto muy importante de su trayectoria filosófica y vital que queda reflejado en su correspondencia, serían las decepciones sufridas con Wagner y Schopenhauer, y esto tanto en el plano intelectual como en el personal. Con el primero compartirá la admiración por el segundo (aunque Nietzsche sufriese una fuerte desilusión con él que le llevó a repudiarlo, pese a las coincidencias filosóficas como que ambos reconocieran el carácter trágico y cruel de la vida) y, por supuesto el amor por la música. De Wagner, compositor y escritor sobre temas musicales, admiraba la revolución musical y cultural que representó su obra, según Andrés Rubio como el soporte erudito-filológico que le faltaba. No sólo fueron amigos, sino que la influencia que ejercieron el uno sobre el otro fue muy importante. Después se producirá el alejamiento por el nuevo desengaño que sufre tras el estreno de Parsifal. Tanto Schopenhauer como Wagner fueron desmitificados por él que, tal y como cuestionó las verdades que hasta entonces tenía por auténticos axiomas en El ocaso de los ídolos, los hizo caer de su pedestal como estatuas de piedra. Pero algún rescoldo debió quedar, en lo emocional al menos, con los consideró sus educadores, ya que al anuncio de la muerte del compositor, reaccionó con una fuerte recaída de su enfermedad. Andrés Rubio señala que escribió una carta de condolencia para Cosima Wagner, a la que nunca dejó de adorar, que no se conserva.
Igual que la fotografía es capaz de captar un instante inmortalizando el tiempo, de otra forma imposible de aprehender, estas cartas nos ayudarán a entender un poco esta personalidad imposible, como algunos le definieron, nos acercarán a este filósofo incomprendido y adelantado a su época, como él mismo, con una intuición prodigiosa supo ver.

martes, octubre 12, 2010

El peso que nos une, David Hernández Sevillano

XXV Premio de Poesía. Hiperión, Madrid, 2010. 80 pp. 9 €

Ignacio Sanz

La poesía mística no es sólo aquella que busca el encuentro con la divinidad. Eso sería lógico en San Juan de la Cruz o en Santa Teresa, sin embargo en nuestros días creo que podríamos llamar poesía mística a la que sale al encuentro de la naturaleza para ahondar en uno mismo. Y eso es lo que hace David Hernández Sevillano, un poeta que persigue con ahínco el silencio, que sigue el rastro de esos pocos poetas que buscaron con denuedo la voz interior huyendo del ruido que aturde al mundo.
El título de su libro es inequívocamente solidario. A David Hernández Sevillano le interesa la vida y especialmente la naturaleza y la gente que vive acompasada a su latido. Y todo ello sin impostura, con naturalidad.
Nació en Segovia hace 33 años, pero Segovia, aunque pequeña, no deja de ser una ciudad. Y como toda ciudad produce ciertos agobios. Por ello, tras abandonar su trabajo como profesor, se procuró otra ocupación como gerente y limpiador, todo a la vez, de una casa rural que él y su mujer levantaron piedra a piedra y cabrio a cabrio con sus propias manos y las de en un pueblo, Vegafría, que cuenta con 20 habitantes en medio de los páramos de la alta meseta. Y ahí sigue, al frente de la hermosa casona rural y afilando la pluma, si no de espaldas al mundo, al menos observándolo desde una moderada distancia puesto que de algo hay que vivir y cultivando a partes iguales la casa rural y la poesía.
Hace tres o cuatro años recibió un premio en un pueblo de los Pirineos que, además del estímulo, consideró fundamental porque conformaban el jurado Carlos Marzal y Vicente Gallego, dos poetas a los que admira. El año pasado le dieron el Miguel Hernández”en Orihuela, su pueblo y el mío. Y este año, como coronación de un ciclo ascendente que ha centrado su nombre en el mapa de la poesía, le han concedido el premio Hiperión con El peso que nos une. «Y solamente escucho las preguntas/ del niño que me habita», nos dice Hernández Sevillano en el poema que abre el libro. Y, en efecto, el poeta se interroga desde la inocencia primordial. Y se sorprende y evoca a los seres queridos y se conmueve, mejor, nos conmueve, por compartir sus recuerdos frente a los cachivaches desplomados del desván o frente a la estación de ferrocarril abandonada. Y se pregunta por la vida que late en los lugares arrasados por el olvido. Y utiliza palabras que le han prestado los viejos, sus vecinos, para dar sentido preciso al mundo que le rodea. A ratos el poeta se muestra cauto: «Con cada dolor nuevo algo se aprende» Y observador: «Silva el agua lejana de la acequia./ En su lecho de musgo el pueblo duerme».
Uno se imagina al poeta en esos días en los que el frío es un cuchillo, la casona, entre semana, sin clientes, paseando por los caminos solitarios que rodean el pueblo, entre las tierras blanquecinas por la capa de escarcha en las que ya verdean los primeros brotes de los cereales, con el oído atento al canto de los pájaros, a la grieta insinuada del arroyo, a los tres chopos solitarios, al atardecer mágico que pinta de brochazos cambiantes el crepúsculo impresionista. Y piensa que de ahí, de esos paseos, saca materia para sus versos, pero también de las horas que pasa al lado de la chimenea junto a poetas tutelares como Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Gil de Biedma que suspiraba por una vejez muy parecida en una casa junto al mar.
«¿A quién le pertenece/ el álamo, la tierra, las heridas/ que con sus alas en el aire dejan/ como cuchillos negros los vencejos?»
Como dejó escrito Juan Carlos Mestre: «Las estrellas son para quién las trabaja». David Hernández Sevillano es un trabajador que cultiva las estrellas desde la autenticidad solitaria de los verdaderos poetas. Y ahí están los resultados.
«Con la últimas luces de la tarde/ arden la tarabillas en los chopos».
Los catadores de poesía no deben perderse esta nueva voz cuyos ecos nos iluminan.

lunes, octubre 11, 2010

Asturias para Vera, Ricardo Menéndez Salmón

Premio Llanes de Viajes 2010. Imagine Ediciones, Madrid, 2010. 189 pp. 15 €

Victoria R. Gil

No oculta Ricardo Menéndez Salmón lo que busca con este libro de viajes que tiene más de reflexivo que de andariego. Ya en la segunda página de su prefacio, o Pórtico, como ha dado en llamarlo, anuncia un doble mensaje, a su hija y a su tierra, porque ambas, a su manera, reúnen el «viaje como punto de partida y como lugar de llegada». También, al igual que Martin Amis en la cita introductoria, se pregunta por qué viajan los escritores y luego cuenta sus historias. Y, tras leer Asturias para Vera, uno concluye que el autor viaja para regresar a su hija, pero también a su propia infancia, cuando era él quien recorría de la mano de sus padres los mismos parajes por los que hoy conduce a Vera: «Un país posible, esqueleto, corazón y entrañas de una tierra a la que amo (…) y cuyo futuro contemplo con esa mezcla de escepticismo y asombro que son herramientas indispensables de todo viajero».
Con constantes referencias al cine, la música y la pintura, y a sus autores de cabecera, el escritor teje una urdimbre de tres cabos, paisaje, paternidad y palabra, a la que va uniendo la trama de un ayer que se extingue sin haber tenido ocasión de apuntalar el mañana por venir. Cuando pasea por las playas del oriente asturiano y recala en el puerto de Tazones que vio al emperador Carlos V pisar por primera vez tierra española; mientras descansa en su Gijón natal, antes de adentrarse en esa ría de Avilés a medio camino entre Blade Runner y el Akira de Katsuhiro Otomo, para ir a caer en el vértigo de los acantilados del occidente Cantábrico, Salmón traza un horizonte físico que oculta y disfraza el espacio simbólico de una Asturias de incierto futuro.
Juega también con su propia identidad en un capítulo, La metáfora del salmón, donde la presencia de esta especie, mucho más que un pez para los asturianos, se convierte en alegoría de una tierra tan ligada al éxodo y al último regreso como ese salmón que migra al océano en cuanto se siente con fuerzas para viajar, pero vuelve al mismo río en que nació para reproducirse antes de morir.
Como su homónimo, Ricardo M. Salmón confiesa la misma urgencia por regresar. Cuenta, por ejemplo, como durante una estancia en Kioto lo asaltó esa nostalgia que provoca haber cruzado demasiados meridianos y sólo fue capaz de sortearla volviendo a sus orígenes del único modo en que 10.000 kilómetros de distancia se lo permitían: la lectura en internet de un periódico de su ciudad. «Porque si es cierto que del nacionalismo se convalece viajando, no lo es menos que la saudade es pandémica e innegociable». Quizás también se viaje para no olvidar nunca el camino de vuelta.
No faltan tampoco los bosques, las montañas, el prerrománico y el corazón negro de una minería, tan levantisca ayer como hoy. Pero al final, el paraíso no es un lugar, ni siquiera el cuerpo de una mujer, el paraíso es «un libro abierto» y el olor del libro, «la esencia de todos los olores».
A pesar de no ser Menéndez Salmón un autor complaciente, ni consigo mismo ni con el lector, quizás sea ésta su obra más accesible hasta la fecha, donde ha conseguido la fórmula magistral que él mismo ha definido como “ese camino intermedio entre morirse de hambre por dadaísta y nadar en champán por zafonismo”. Y por si fuera poco el disfrute que regalan sus páginas, aún queda espacio en ellas para el aliento, para recordarnos que viajar, ser padre y leer son «tres formas de la consolación para tiempos ásperos y difíciles».