viernes, octubre 08, 2010

Aelita, Alexéi Tolstói

Trad. Marta Sánchez Nieves. Nevsky Prospects, Madrid, 2010. 281 pp. 16 €

Julián Díez

En España, como en casi toda Europa Occidental, hemos dado por hecho que la ciencia ficción es un fenómeno de origen y protagonismo estadounidense. Sólo en las últimas décadas emergió una modesta tradición autóctona, con varias obras de interés, pero la producción en otros idiomas permanece inédita salvo contadas excepciones que precisamente sirven para abrir el apetito, en particular la del polaco Stanislaw Lem. Con él como bandera, la ciencia ficción fue muy sólida en particular en el antiguo bloque del Este, donde la tradición surgió en buena medida por el impacto de esta obra que vuelve a las librerías españolas en traducción y edición sobresalientes por Nevsky Prospekts.
Alexéi Tolstói, el “conde camarada”, fue un noble ruso reconvertido en bolchevique que aquí parece justificar en parte su doble condición contradictoria haciendo que la princesa que da título a la novela encabece una revolución proletaria en un Marte algo acartonado, al que es fácil encontrar similitudes con el de Edgar Rice Burroughs aunque teñido por una delgada pátina de realismo, al menos de acuerdo a las convenciones de la época.
Los dos protagonistas, el hombre de acción y revolucionario Gúsev y el ingeniero Loss, llegan a un Marte con problemas sociales, dominado por una oligarquía anquilosada e incapaz de afrontar las medidas necesarias ante un desastre ecológico inminente. Todo ello bastante moderno, aunque el tratamiento de Tolstói no consigue escapar todo el tiempo a la tentación de caer en momentos de ramalazo “pulp”, de aventura popular de la época. Resulta algo más maduro, con todo, su dibujo de personajes y la fuerza descriptiva de Tolstói, indudablemente un escritor más refinado que sus colegas estadounidenses de la época.
La otra interesante novela de cf soviética de la época recién publicada por Nevsky Prospects, Estrella Roja de Alexander Bogdanov, resulta más doctrinaria –es claramente una novela de tesis, con los giros argumentales como simples excusas para presentar aspectos de una improbable utopía comunista estricta-, pero también más original y sincera. Aelita, a cambio, es en su conjunto más amena, y cabe comprender por qué ejerció una influencia decisiva en la ciencia ficción soviética: hasta hoy, da nombre a los congresos rusos del género y un premio anual de reconocimiento a los autores más destacados.
Para quienes conozcan la película de Yakov Protazanov, estrenada apenas dos años después de la publicación del libro, la novela ofrece diferencias notables. El principal es que está contada en serio, mientras la película utiliza el argumento de cf con cierta ironía como excusa para un mensaje algo escéptico sobre la revolución y la muestra de un despliegue maravilloso de vestuario y escenografía de vanguardia, muy influyente en su época y verdaderamente original hasta hoy. Ni el principio ni el final se corresponden, con intenciones y resultados bastante distintos pero muy satisfactorios en ambos casos.

jueves, octubre 07, 2010

Autopista del sur, Julio Cortázar

Nórdica, Madrid, 2010. 72 pp. 8 €

Fernando Sánchez Calvo

Nórdica Libros es una editorial interesada, o mejor dicho: obcecada (o mejor aún: empecinada) no en demostrar (verbo demasiado pretencioso), sino en sugerir que la historia de la literatura que otros canonizaron en su día fue un buen intento de estructurar y seleccionar a los mejores orfebres de la palabra para los lectores del futuro, pero no el único. Dicho esto, no estamos hablando de una editorial cuyo objetivo sea recuperar a toda costa a los grandes marginados y estrambóticos de este arte (nombres como Tolstói, Balzac, Pirandello, Dumas o el propio Verne hacen imposible pensar en ello). Sin embargo, sí que estamos hablando de una editorial que parece haber soñado o intuido el posible o alternativo devenir de nuestros clásicos si, por ejemplo, la suerte o las circunstancias hubieran colocado a la altura de Proust, Kafka y Joyce a Flann O’Brien, a quien el último de la gran tríada leyó y analizó siempre con gran devoción y cuya verdadera identidad (Brian O’ Nolan) se desveló muy tarde por la obligatoriedad de los funcionarios británicos a mantener su nombre oculto de cara a la sociedad. Lo mismo pasó en España con Alejandro Sawa, inmortalizado por Valle-Inclán en Luces de Bohemia y Pío Baroja en El árbol de la ciencia, cabeza en los cafés y demás ambientes errantes del Madrid a caballo entre el siglo XIX y XX, propagador del modernismo, y de quien no obstante la otra historia de la literatura jamás o esporádicamente se ocupó. Son sólo dos ejemplos no de marginados (por definición segundones que arropan, acompañan, a los grandes líderes de los diversos movimientos literarios, incluso a veces sin tener obra publicada o escrita) sino de “marginables” (segundos que con la misma obra e influencia que los “clásicos” no entraron tanto en la historia porque simplemente ya no cabían). De rescatar a los “marginables” se encarga Nórdica.
De todos modos, no siempre es posible mantener este proyecto, es decir, para ser rentable hay que publicar a algún grande. Eso sí: siguiendo una coherencia, de éstos se pueden publicar aquellos títulos que la gente ha olvidado o ignorado porque de pequeños nos obligaron a recordar tres o cuatro obras de cada uno de los clásicos, pero no más. Es el caso de la minilectura que nos atañe, Autopista del sur, del maestro del cuento Julio Cortázar. Una vez más un suceso cotidiano, anodino: un atasco en la carretera. Una vez más, una realidad paralela (la verdadera para el argentino) subyace en esta ocasión a la caravana: la gran, infeliz pero satisfecha familia que un grupo de conductores y domingueros han formado bajo un mismo cielo, sobre el mismo asfalto. Los personajes (la guapa chica a la que gusta gustar, el egoísta, la pareja de ancianos, el matrimonio con niños adosados), perfilados a la perfección con apenas tres o cuatro trazos, trazos que valen para describir incluso a aquéllos que no se ven diez coches más allá pero que existen y los cuales, sabe el lector, van a repetir los tipos ya aparecidos en el relato. El protagonista, otro clásico: observador, distante, un líder que no quiere ser líder y que, aun así, finalmente acabará implicado en un juego del que le costará mucho salir. Y, por último, esa sensación de eternidad en un instante, de trascendencia hallada en el momento y espacio más sórdidos, uno de los ingredientes que han hecho de Cortázar el más singular de los cuentistas. Desde Final de juego a Las armas secretas pasando por los Cronopios o los últimos Papeles inesperados, a sus seres siempre se les enciende un fuego en el cerebro, un chispazo de inteligencia que les hace, de repente, ver más allá en acciones que habían repetido hasta la saciedad. Una nueva verdad, inefable por supuesto, entra en la mente de los protagonistas (a veces, felizmente, también en la del lector) para segundos después abandonar o no a la lucidez. Si se queda o no esta verdad en Autopista del sur, es algo que tendrá que descubrir el lector, recuerden siempre, obligado, activo para Cortázar y cuestionable como cualquier historia de la literatura.

miércoles, octubre 06, 2010

La Judith de Shimoda, Bertolt Brecht

Trad. Carlos Fortea. Alianza, Madrid, 2010. 198 pp. 17,50 €

Juan Pablo Heras

El incierto rumbo de su exilio lleva a Bertolt Brecht a refugiarse en Finlandia en 1940. Allí, surge un proyecto de colaboración con la escritora Hella Wuolijoki, que propone a Brecht diversos textos susceptibles de transformarse en proyectos escénicos. Es éste el origen de la conocida obra El señor Puntila y su criado Matti, por ejemplo. En un momento dado, Wuolijoki le entrega a Brecht un volumen que contiene tres obras del dramaturgo contemporáneo japonés Yamamoto Yuzo traducidas al inglés. La que despierta la atención de Brecht es Tragedia de una mujer. La historia de la extranjera Okichi, que dramatiza la vida de una heroína popular a medio camino entre la historia y la leyenda. Brecht asiste fascinado a las tortuosas vicisitudes de una geisha que, tras detener los ímpetus bélicos de uno de los primeros cónsules de Estados Unidos en Japón a mediados del siglo XIX, y salvar así a su pueblo de una invasión, es repudiada en vida como “puta de los americanos” y honrada a su muerte en canciones y relatos: existe hoy, todavía, un templo en su honor en Shimoda, y no dejan de escribirse novelas al gusto actual que la retratan, como El pabellón de las lágrimas, de Rei Kimura.
Esta singular peripecia hace las delicias de Brecht, que ve en Okichi una nueva Judith lo suficientemente exótica como para hacer evidentes las (in)evitables contradicciones que caracterizan al modo en que los pueblos y los estados olvidan a sus héroes nacionales para homenajear después a imágenes deformadas. Brecht reescribe la pieza de Yamamoto Yuzo, resumiendo al máximo el acto heroico de Okichi y amplificando las difíciles circunstancias de su vida posterior, sencillamente porque siempre se había preguntado qué fue de Judith después de matar a Holofernes. Brecht añade además una escena memorable hacia el final y, sobre todo, una serie de interpolaciones en las que un grupo de personajes, japoneses y anglosajones, que representan tanto al público como a los productores de la obra, apostillan una serie de interpretaciones de carácter político (en el sentido más amplio de la palabra) que contrarrestan la irresistible tendencia de Yamamoto hacia el melodrama. Se trata, evidentemente, del famoso “efecto V” propugnado por Brecht, de un ejercicio de distanciamiento en la más pura esencia de su “teatro épico”. Es decir, un “efecto V” tan preciso, tan de libro, que termina por resultar un tanto tosco. Pero eso también tiene una explicación.
Si La Judith de Shimoda ha permanecido inédita hasta 2006 (en español, hasta 2010) es, en primer lugar, porque durante mucho tiempo ha sido considerada como un proyecto inacabado, como unos apuntes de trabajo de un texto que Brecht nunca terminó. Y eso era rigurosamente cierto en lo que se refiere a la versión en alemán. Hasta que el crítico Hans Peter Neureuter descubrió, en un inédito manuscrito de Hella Wuolijoki, una traducción al finés de una versión más acabada. Es difícil saber dónde acaba el trabajo de Brecht y dónde empieza el de Wuolijoki, y es a esas endiabladas cuestiones ecdóticas a lo que se dedica el valioso posfacio de Neureuter que también se incluye en la edición de Alianza. Los argumentos a favor de que estamos ante una auténtica obra de Brecht son convincentes, aunque pesa la evidencia de que buena parte del texto que se nos presenta es —agárrense, que vienen curvas— la traducción al español de la traducción al alemán de la traducción al finés de la traducción al alemán de la traducción al inglés de un original japonés. Y es de suponer que algo habremos perdido (o ganado) por el camino.
Además de estas primicias eruditas para estudiosos y otros fans del interminable Bertolt Brecht, La Judith de Shimoda nos introduce sobre todo a un personaje interesantísimo, uno de aquellos que son pura golosina para actrices ambiciosas: Okichi, una mujer que rechaza avanti la lettre las injusticias asociadas a su condición femenina y que, a su pesar, sufre las consecuencias de ser a la vez héroe y maldita, como un mendigo pisoteado que observara perplejo su propia estatua en un panteón de hombres ilustres.

martes, octubre 05, 2010

Amor envenenado, Joaquín Lloréns

Baile del Sol, Tenerife, 2010. 303 pp. 16 €

Rubén Castillo Gallego

En España, desde hace años, vivimos un auge muy notable alrededor de la novela negra, que quizá se inició con las aventuras del Carvalho montalbaniano y que, actualmente, genera una avalancha de publicaciones, traducciones y público lector de muy notables dimensiones. Joaquín Lloréns (Bilbao, 1962) aporta a este ciclo la figura literaria de Beatriz, una investigadora de singular trayectoria y de hábitos sexuales más bien llamativos: lo mismo guarda un consolador en la caja fuerte del hotel (p.117) que procede a masturbarse ante la webcam (p.52); lo mismo adquiere un atrevido corpiño en una tienda especializada de Amsterdam (p.192) que practica el sexo con dos hombres, para grabar la escena en vídeo y luego mandársela a su padre adoptivo (p.282). Esa libido fervorosa empapa buena parte de los capítulos de la novela, deparándonos algunas descripciones de altísimo voltaje, que Joaquín Lloréns mima en todos sus detalles. Pero no se agotan ahí los atractivos de esta narración (sería muy burdo que así fuera). El autor documenta con exhaustividad los pormenores económicos de la trama, los aspectos policiales del relato (se nota que conoce a la perfección los métodos de trabajo de los agentes del orden en España) y hasta el vagabundeo de su protagonista por diferentes ciudades de más de un país. Nada se escapa a su vigilancia novelesca. Ni siquiera (y esto es muy llamativo) los aspectos indumentarios de los personajes. Son legión las blusas, perfumes, faldas, maquillajes o zapatillas que son mencionados por sus marcas en la obra, tanto en hombres como en mujeres, lo que supone una aportación bastante innovadora en el género. Pero lo que quizá más llama la atención de esta novela es la utilización de varios narradores que, enfocando segmentos de la historia desde perspectivas diferentes, van ensamblándose como teselas de un mosaico para, al final, construir la visión absoluta que recibirá el lector. Esta obra, que constituye la segunda entrega de la colección «Beatriz, investigadora licenciosa» (el primer tomo se titulaba Citas criminales y también lo publicó Baile del Sol), es una fantástica oportunidad para que los admiradores del género negro se acerquen a una manera distinta de contar historias policiales, donde el glamour, el sexo y la inteligencia unen sus armas para seducir al lector.

lunes, octubre 04, 2010

Tormenta transparente, Javier Lostalé

Calambur, Madrid, 2010. 80 pp. 9,62 €

Ariadna G. García

Javier Lostalé (Madrid, 1942) es un poeta, escribía Roberto Loya en 1998, “secreto” y “exquisito”, cuya obra se encuadra dentro del movimiento novísimo; si bien este rótulo, aunque pedagógico, encorseta demasiado una obra original, honda y delicada como pocas lo han sido en los últimos 35 años. Hagamos un poco de historia.
En 1970 José María Castellet (que veinte años antes había defendido los postulados de la poesía realista en el libro Veinte años de poesía española) publicó la polémica antología Nueve novísimos poetas españoles, que incluyó a Manuel Vázquez Montalbán (1939), Antonio Martínez Sarrión (1939), José María Álvarez (1942), Félix de Azúa (1944), Pere Gimferrer (1945), Vicente Molina Foix (1946), Guillermo Carnero (1947), Ana Moix (1947) y Leopoldo María Panero (1948). La obra nació con los claros propósitos de desafiar las propuestas estéticas vigentes (el realismo y la poesía social) y probar la existencia de un grupo de poetas capaces de liderar una auténtica revolución en el género. Este carácter subversivo se aprecia en dos de los criterios del grupo: uno, temático, intenta liberar a la poesía del compromiso político de la promoción previa; el otro, estético, centra la labor del poeta en el lenguaje. Sus reivindicaciones literarias fueron: decadentismo, esteticismo, malditismo, simbolismo, lujoso léxico modernista, introducción de elementos exóticos (ciudades extranjeras, mitos clásicos), exhibicionismo cultural, reflexiones en torno a la propia actividad creadora, imágenes surrealistas y experimentales deudoras de las vanguardias de los años 20, barroquismo expresivo e influencia de los mass media. Los novísimos hicieron frente común a toda la poesía de posguerra en un intento por lograr que el poema se convirtiese en un objeto de arte caracterizado por su autonomía y belleza, y no en un instrumento de difusión al servicio de una determinada ideología.
La fortuna editorial de la antología de Castellet (que él mismo presentaba como un inventario provisional) redujo la nómina a unos pocos nombres (fue acusada en su momento de parcial y de mero producto de marketing), que se fue ampliando en otras antologías posteriores editadas a lo largo de los 70 con autores coetáneos a los novísimos que, como éstos (aunque no aparecieran en la selección de Castellet), también se emplearon en renovar la estética vigente. Estas otras antologías son: Nueva poesía española (1970, preparada por Martín Pardo), que seleccionó –entre otros– a Antonio Colinas, Jaime Siles y Antonio Carvajal; y Espejo del amor y de la muerte (1971, compilada por Antonio Prieto y precedida de un prólogo de Vicente Aleixandre), que incluyó a Jenaro Talens, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca y al intenso y emocionante Javier Lostalé.
La andadura poética de Lostalé –en solitario– comenzó un años más tarde con la publicación del libro Jimmy, Jimmy (1976. Reeditado en el 2000), al que siguieron Figura en el paseo marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998), La estación azul (2004) y Tormenta transparente (2010). El conjunto de su creación, a excepción de este último título, aparece recogido en el volumen La rosa inclinada. (Poesía 1976-2001) (2002).
Sin embargo, pese a la inteligente decisión de Prieto de incluir a Javier Lostalé en su antología, y pese a la belleza, sensibilidad y elegancia de sus seis poemarios, su obra no ha recibido el reconocimiento que por méritos propios se merece para estar entre las grandes composiciones españolas de los últimos tiempos. Las claves de esta falta de “justicia poética” pueden ser algunas de las siguientes: Javier Lostalé tenía 29 años en 1971 y era un autor inédito, su “ópera prima” vio la luz en el 76, fecha en que cumplió los 34 años; por aquel entonces, sus compañeros de promoción ya tenían en los escaparates de las librerías algún que otro trabajo sorprendente (Víspera de la destrucción, Ritual para un artificio, J. Talens; Preludios a una noche total, Truenos y flautas en un templo, A. Colinas). Por otro lado, en la década de los 80 se puso de moda la llamada “poesía de la experiencia”, a la que muchos acabaron por rendir tributo, pero no Lostalé. Su obra caminó por senderos al margen, en la periferia, sin hacer ruido. Esta fidelidad a sus principios lo convirtió en un autor rebelde, en una rosa al viento, aunque nada más lejos de su ánimo que defender la plaza de la insurrección, porque Javier Lostalé es un autor discreto y un periodista generoso volcado en cuerpo y alma a un solo fin: la difusión de la buena poesía. Y es este terreno, precisamente, de donde le han venido la admiración y el halago; recibiendo en 1995 el Premio Nacional de Fomento de la Lectura a través de los medios de comunicación, y en 2002 –junto a Ignacio Elguero, por La estación azul– los premios Ondas e Internacional Audiovisual Antonio Machado.
Su último libro de poemas, Tormenta transparente, aborda, como el resto de sus poemarios, el tema del amor. No obstante, su tono es más sombrío, y el ritmo es más espeso, como si las palabras caminasen por encima de la nieve. Un poema de la quinta y última sección del libro, titulado “Cicatriz”, recoge todas las pistas que Javier Lostalé va dejando a sus lectores para que lleguen al fondo de la obra. Allí la voz que enuncia nos confiesa un crimen: alguien, por debilidad, por falta de energía para amar en contra de las expectativas ajenas, ahoga la esperanza de un mundo compartido con su amante. «Y así –leemos– tiempo y espacio /apenas sí son ondas/ de un mismo pozo,/ soledad en círculos/ donde lo que respira/ emite fría luz de piedra». Muerta la esperanza, el espacio-tiempo carece de significado, se vuelve monótono y vacío, hasta el punto de que los sentidos de narrador dejan de percibir la realidad, aislándolo. Esta reclusión adquiere distintas formas según avanza el libro (“cielo sellado”, “estancia/que se va quedando sin aire”, “isla transparente”, “pozo”), pero sus efectos son invariables: la ceguera, la sordera, la parálisis. Quien nos habla y se habla vive encerrado en sí, alejado de todo, menos de la resignación y de la pérdida. No existe el tú ni el yo. La pareja no tiene biografía, carece de historia y de perspectiva de futuro. Así, leemos: «El mismo horizonte tendrá mañana sin ti,/ soledad tan distinta para el mismo ayer» (de No llega). Por esta razón, no vemos a las personas que habitan estas páginas, aunque sí tenemos una idea de lo que simbolizan. Lostalé no colorea a sus personajes, tampoco los dibuja; se limita a nombrar el rol que representan. Esta desmaterialización de las figuras viene reforzada por el uso de sustantivos abstractos. El sujeto que enuncia es “voz de espejismo desierto”, “pausa triste en tu olvido” y quien recibe el dolor esposado a las palabras de éste es “pura ausencia”, “fe sin Dios”. La irrealidad de la existencia de ambos llena el libro de alusiones a imágenes, fantasmas, sueños cuya piel se ha podido acariciar, pero no retener, porque no es perdurable. Y pese todo, el amor es perenne en quien nos habla: «Estoy, pasados los años,/ en el mismo día de tu anuncio» (de Destino).
Javier Lostalé confirma en su bella y dolorida Tormenta transparente lo que muchos sabemos: que es un poeta imprescindible. Su horas de escritura se parecen a las de un artesano: modela lentamente, hundiendo sus manos en el corazón del barro. Trabaja hasta mancharse con la vida. Pero son sus poemas sutiles, refinados y profundos lo mismo que vasijas de cerámica.
Su obra, estoy segura, pervivirá en el tiempo. “No hay olvido posible” para tan alta poesía.