viernes, septiembre 17, 2010

Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Herta Müller

Trad. Rosa Pilar Blanco. Siruela, Madrid, 2010. 270 pp. 19,90 €

José Morella

No sé muy bien por qué, pero he leído muchos libros sobre campos de concentración. Creo que demasiados. Justo cuando estaba intentando desintoxicarme, van los suecos y le dan el Nobel a Herta Müller, y yo me entero de la historia de los rumanos que tuvieron la mala suerte de ser de origen alemán en el peor momento para serlo. Como Oskar Pastior. Él le contó sus años en el Gulag a su amiga Herta, y ella escribió la novela. Imposible resistirme.
En la vida hay multitud de cosas difíciles de explicar y de comprender, y a veces una imagen poética puede ser de ayuda. No es que yo piense que la finalidad de la poesía (?) sea explicar o conocer algo. De hecho, si lo pienso un poco (sobre todo si lo pienso) no tengo ni idea de si hay verdad alguna que conocer o explicar. Digo todo esto porque la novela de Herta Müller contiene una serie de imágenes que me dan la impresión de estar ahí mismo, a un paso, si no encima, de verdades asustadoras. La verdad del hambre, por ejemplo. La malnutrición constante durante años. La experiencia de que tu cuerpo se devore a sí mismo, a falta de otra cosa, mientras la muerte está al ladito tuyo cual buitre leonado. El discurso científico -la descripción del proceso de cetosis y lo que ocurre después- no me sirve para nada. Müller sí me sirve. Despliega sus imágenes: la liebre blanca, el ángel del hambre, la mejilla de pan. El desarrollo de la historia hilvanado con esas imágenes como costuras me han acercado al hambre de un modo imposible de imaginar antes. No es hambre física, por supuesto, lo que he sentido, ni tampoco el goce de una explicación clara, ni nada parecido. Las imágenes están tan limpias del ego de quien escribe, son tan puras, que se dejan compartir desde muy adentro. Se despierta alguna neurona remota que reconoce algo que tiene que ver con el hambre o la posibilidad de sentirla. Durante algunas páginas pensé que esas imágenes tan buenas habían salido de alguna experiencia enteógena. Muchos escritores han tenido ideas potentes en sus cuelgues, y uno de cada cinco científicos admite que toma drogas. Me acuerdo de lo que les decía el gran Bill Hicks a los furiosamente contrarios al uso de drogas: pregúntate si te gustan los Beatles. Porque antes del LSD sólo hicieron banales melodías pegadizas. She loves you yeah yeah yeah.
Pero mucho antes de terminar el libro descarté la teoría psicodélica, porque hay otra mucho más verosímil: creo que esas imágenes no son de Müller, sino del propio Pastior. Y la droga que usó para obtenerlas no fue LSD, ni ayahuasca ni ninguna otra, sino la más apropiada para el asunto: el hambre misma. Creo que Pastior no contó la historia “plana”, por así decirlo, para que luego Müller la volcara en imágenes: la contó ya con la liebre blanca y con la mejilla de pan. Y tal vez no las viera como imágenes explicativas ni como poesía, sino como la más ineludible realidad de su vida durante años. Al prisionero desfallecido le brotan imágenes mentales que, puestas por escrito 65 años más tarde, nos sacuden.
No leo alemán, así que el intento que he hecho de averiguar la plausibilidad de mis hipótesis ha sido patético. Tal vez algún lector de esta página pueda ayudarme o tenga datos de cómo ocurrió el traspaso, de qué cosas le dijo exactamente Pastior a Müller. Me interesará mucho saberlo.
Una de las imágenes que más me interesó fue la de la pala del corazón. Leo (así se llama el trasunto literario de Oskar Pastior en la novela) carga todo el día cemento, carbón, cal o cualquier otra cosa, y a menudo usa una pala. Muy pronto, a fuerza de usar la pala durante horas con sólo un pedazo de pan y una sopa aguada en el cuerpo, Leo aprende sobre la pala del corazón. Se detiene la mente y se usa la pala del corazón. El trabajo se convierte en una especie de paso de baile con la mente en blanco. Todo el cuerpo se sincroniza y repite sin error posible la operación de moverse, de palear mecánicamente, sin consciencia. Este vacío mental ayuda a Leo a sobrevivir y a atravesar días de un trabajo insoportable. Elimina toda idea de sufrimiento. De hecho, elimina toda idea. No puedo evitar acordarme de Cuatro lecturas sobre Zhuangzi, de Jean François Billeter (Siruela), una bonita aproximación al taoísmo: «No intervengas en nada, suelta tu cuerpo, déjate hundir olvidándolo todo, sin intención, (...) y las cosas vivirán su propia vida». La meditación, ese “sentarse en el olvido” que muchos usamos para pelearnos menos con nuestros propios demonios y nuestros diminutos problemas, la practicó Pastior espontáneamente a los 17 años para no desesperar y para no morir.
La novela parece estar escrita de una forma simple: despliega cosas. Te da un objeto, por ejemplo un pañuelo, y ese objeto se despliega como un mapa doblado muchas veces hasta hacerse enorme. La sola aparición del pañuelo y lo que puede generar (un intercambio por comida en el pueblo cercano, un elemento pertubador que les recuerda a los otros su pasado en libertad...) echa luz sobre algo mucho más grande. Lo mismo que ocurre con el pañuelo ocurre con el cemento, con el pan, con el reloj de cuco... La novela es esos objetos. Observar cómo se despliegan es entender, hasta donde es posible, el Gulag.
Comprender el campo es también ver qué pasa cuando se sale. Leo sale y vuelve con su familia. La pala del corazón no puede pararse. El vacío que hizo de su propia persona para poder sobrevivir sigue ahí, y todo el mundo se lo ve. No sabe, por ejemplo, comportarse en la mesa. Cuánto tiempo hay que masticar, cuándo hay que tragar. No sabe comer con un tempo normal, ni hablar, ni estar con gente. Todos lo notan. Con el tiempo eso se irá atenuando, pero el campo vivirá dentro de él para siempre. Es el territorio interior por el que caminará el resto de su vida.

jueves, septiembre 16, 2010

La última noche en Twisted River, John Irving

Trad. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2010. 657 pp. 26 €

Coradino Vega

En literaturas más consolidadas que la nuestra, el realismo goza de una salud de hierro. Mientras aquí original significa ser novedoso, ignorando la riqueza de Clarín o Galdós, u olvidando la aportación de la Generación de los 50 por ejemplo, John Irving se declara sin complejos seguidor de una tradición anglosajona, y más específicamente norteamericana, que tiene sus mitos fundadores en novelistas como Dickens o Melville, y que aún reconoce en la Generación Perdida un referente vivo. Como se dice del personaje Danny Angel en este libro: «Era un artesano, no un teórico; era un narrador, no un intelectual». Y parece un adecuado retrato de John Irving, a quien cuesta imaginar constreñido por el requerimiento de conciencia textual y expectativas culturales que impuso el posmodernismo a la literatura para que fuera «seria», sino trabajando con denuedo en la implementación de una compleja trama, afilando el detalle, y demorándose en la minuciosa descripción de eso que la mayoría de la gente hace para ganarse la vida: el trabajo.
No estamos pues, por más que Danny Angel sea escritor, ante una de esas novelas escritas por intelectuales sobre intelectuales para intelectuales. No. La última noche en Twisted River quiere llegar a todos, de ahí su lenguaje llano y su afán explicativo, contándonos una historia de padres e hijos engarzada en la Historia de un país desde 1954 hasta 2005. Es una novela que explora el miedo en «un mundo de accidentes»: el miedo del padre a lo que le pase al hijo; el miedo del hijo a lo que le pase al padre. La galería de secundarios, en especial la figura del leñador Ketchum, alcanza resonancias épicas. Sucede algo una noche en un pueblo maderero de New Hampshire que hará que Dominic Baciagalupo huya con Danny, su hijo de doce años, y ambos se pasen toda la vida como fugitivos. Boston, 1967; Vermont, 1983; Toronto, 2000; Coos County, 2001; y una isla en un lago de Ontario, en 2005, conforman los bloques espacio-temporales a través de los cuales se desarrolla la novela. Y junto a las peripecias de padre e hijo perseguidos por el viejo ayudante de sheriff Carl: Vietnam, el «pucherazo» de George W. Bush en las elecciones contra Al Gore, los atentados del 11-S y la segunda guerra de Irak operan de telón de fondo. Como sucede con la película En el valle de Elah, no hay crítica más dura a los desvaríos americanos que la que han hecho los propios americanos.
Por lo demás, La última noche en Twisted River es una novela clásica en el plano formal, con su narrador omnisciente y esa cualidad de duración en la que el lector se instala hasta sentir su pérdida cuando termina, con cierta preponderancia de la trama sobre el lenguaje y con una elaborada estructura temporal, en la que cada pieza tiene su encaje, eso sí, unos más afortunados que otros. Porque quizás sea el celo con el que Irving propone que lo más importante de todo sea la historia lo que, en ocasiones, lastre un poco el resultado: esa reiterativa forma de explicar hace que uno piense que estamos ante el perfecto ejercicio que poner en un taller literario para ilustrar cómo se construye una trama y qué puede resultar, supuesta la inteligencia del lector y sin concesiones oportunistas a la ambigüedad, prescindible. Y aun así, La última noche en Twisted River es una novela de una solidez narrativa y una dignidad moral que no debería minusvalorarse; un libro que no convencerá a los partidarios de la vanguardia, pero que al 99,9 % de la población que no es mundillo literario seguramente sí le gustará: porque habla de forma bien clara de la gente que trabaja, que ama o no sabe cómo amar, de la muerte, de la migración, de recetas de cocina, de la política desde la óptica ciudadana y, en definitiva, de la vida.

miércoles, septiembre 15, 2010

Temblor, Maggie Stiefvater

Trad. Alexandre Casal Vázquez y Xohana Bastida. SM, Madrid, 2010. 429 pp. 15,95 €

Rubén Castillo Gallego

Por costumbre, por integridad y por sentido común, odio tener prejuicios. Tanto en mi vida como en mis lecturas. En ocasiones, resulta inevitable dejarse arrastrar o zarandear por alguna de estas pulsiones irracionales y generalmente mezquinas; pero trato de reducir el número de sus influencias sobre mí en la medida de lo posible. Entre otras cosas porque considero que lo más hermoso de la inteligencia es su diario combate contra la estupidez. Y como además juzgo que tienen razón quienes afirman que la literatura está en el cómo, procuro que las etiquetas que se adhieren a los libros tampoco me afecten demasiado. Trato de ser yo (el consejo de Montaigne es brillante) quien construya su propio juicio sobre las obras. Sirva esta introducción para explicar que cuando llega a mis manos una novela como Temblor, de Maggie Stiefvater (que ha sido traducida por Alexandre Casal Vázquez y Xohana Bastida para la editorial SM), pongo entre paréntesis todas las advertencias que llegan a mis oídos y abro sus páginas con voluntad edénica. ¿Que la historia es de adolescentes y licántropos? Bien; resulta absurdo negarlo. ¿Que utiliza abundantes mecanismos folletinescos para atrapar con más eficacia a sus jóvenes lectores? Muchos otros lo hacen, con menos pericia y peores resultados... El argumento que aquí se nos pone ante los ojos es bien sencillo: una chica (Grace) fue atacada durante su niñez por un grupo de lobos, que no llegaron a matarla gracias a la intervención de un ejemplar de ojos amarillos, que pareció protegerla de sus compañeros. Sólo años después descubrirá que ese lobo es un muchacho (Sam) que, mordido por un viejo lobo en su infancia, se transformó en licántropo. La fascinación que Grace siente por estos animales (y en especial por el singular Sam) se va convirtiendo en amor cuando el chico irrumpe en su vida y da muestras de su ternura, su delicadeza y su deseo de volver a la condición humana. El problema es que la mutación que sufrió en la niñez no parece ser reversible. De hecho, todo indica que este invierno se transformará en lobo y no volverá jamás a su condición bípeda. Grace, pese a las dificultades, sigue dándole vueltas al asunto, por si encontrara alguna solución. Añadamos a esta trama a sus dos mejores amigas (Olivia y Rachel); un compañero de instituto que es también mordido y se incorpora a la nómina de los licántropos (Jack Culpeper); la hermana de este último, Isabel, que comienza a atar cabos entre los lobos y Grace y que empieza a moverse para ayudar a su hermano; las rivalidades y celos que surgen entre los componentes de la manada; y, atravesando toda la pieza, las emociones, las ideas y los diálogos esperables en un grupo de jóvenes, magistralmente reproducidos por Maggie Stiefvater. Cuando se termina la obra (el crescendo de las últimas treinta páginas es particularmente memorable), no queda más remedio que reconocer el mérito de esta obra. Si Crepúsculo (S. Meyer) era una obra que daba gusto leerla, no menor placer depara Temblor. Mi hija María, que me aconsejó ambas, tiene un olfato literario estupendo, que puede servir como termómetro para su generación. Si tienen que regalar una obra a una persona lectora de 12 a 16 años no lo duden: ésta es una opción espléndida.

martes, septiembre 14, 2010

La pesca de la trucha en América, Richard Brautigan

Trad.Pablo Álvarez Ellacuria. Blackie Books, Barcelona, 2010. 153 pp. 19 €

Miguel Sanfeliu

Uno ha oído en ocasiones decir que tal o cual libro es “inclasificable”, en el sentido de que no se parece a ningún otro, y lo cierto es que siempre parece que se exagera un poco, que se utiliza el término “inclasificable” con cierta manga ancha. Pienso esto mientra leo La pesca de la trucha en América, de Richard Brautigan. Lo pienso porque me pregunto qué clase de libro es éste. Desde luego no es una novela. Tampoco es un libro de relatos. No es un libro de poesía, aunque a veces lo parezca. Por supuesto que no se trata de ningún tratado de pesca, a no ser que se trate de uno escrito por alguien que en lugar de centrarse en el tema se está distrayendo todo el rato, alguien que nos habla de cosas tan prácticas para el interesado en la pesca como la muerte de una trucha por un trago de oporto. No, no es nada de eso. Mientras leo tengo la sensación de estar sentado frente al autor, en alguna taberna, bebiendo sin parar y escuchando sus historias disparatadas, sus frases surrealistas, y miramos por la ventana y me señala algo a lo lejos que le ha traído a la memoria algún recuerdo de la infancia, o se inclina hacia mí para confiarme un secreto cuyo sentido no acabo de comprender, y me habla de la pesca de la trucha como me podía estar hablando del sentido de la vida o del valor de las pequeñas cosas. Y lo cierto es que el tiempo pasa sin darnos cuenta, porque su verborrea es hipnótica y su sentido del humor me tiene totalmente encandilado.
Cuando cierro el libro lo miro fijamente y le pregunto: “Oye, ¿qué es esto? ¿venden arroyos trucheros en el desguace de Cleveland?” Y él me mira fijamente mientras sus ojos se hacen chiquitos y su bigote deja paso a una sonrisa que va creciendo lentamente. Mueve la cabeza de arriba abajo y la sonrisa crece. “¿Y las cascadas las venden aparte?” La sonrisa se convierte en carcajada, una carcajada contagiosa, así que empiezo también a sonreír. “¡Y los insectos los venden por metro cuadrado!” grita. Y estamos así mucho rato, venga la risa, golpeándonos las rodillas y sujetándonos el estómago para que no se nos salgan las tripas y ensucien el suelo del salón.
Richard Brautigan es un autor extraño en el panorama literario norteamericano. Aunque se le pueda incluir en el grupo de la generación beat, encontrar nexos de unión con Burroughs o Ginsberg, también es cierto que se perciben en él los ecos de Twain y anticipa a autores como Bukowski o Carver. Era un individuo estrafalario, se le puede ver en las fotos que se conservan con un sombrero de ala ancha, posando provocativamente, con sus inconfundibles gafas y su poblado bigote. Tuvo una infancia difícil y estuvo recluido en un hospital psiquiátrico cuando tenía veinte años. Su primer libro publicado fue A Confederate General From Big Sur, y de él se vendieron menos de 800 ejemplares. En el año 1967 publicó La pesca de la trucha en América y se convirtió en un autor seguido y alabado por todo el mundo. Fue el libro que lo convirtió en alguien conocido, por eso resulta tan extraño que no estuviera publicado todavía en nuestro país. La editorial Blackie Books ha puesto fin a esta injusticia. De hecho, hace años que se habían publicado otros libros de Brautigan, como El monstruo de Hawkline, Willard y sus trofeos de bolos, Un detective en Babilonia o, más recientemente, su obra póstuma Una mujer infortunada.
La pesca de la trucha en América posee la inconfundible voz de Brautigan. Podría tratarse de un libro de reflexiones, recuerdos, historias oídas e inventadas, personajes reales y falsos, un divagar sin rumbo a velocidad de vértigo, un collage, un diario sin fechas, un cuaderno de notas, un conjunto de textos alucinados y divertidos que nos transmiten la peculiar personalidad de su autor, un libro de una modernidad indiscutible que ha ganado, si cabe, vigencia con los años. Brautigan parece reírse de todo, mirarlo todo desde un ángulo distorsionado y, al hacerlo, consigue que veamos las cosas de otra manera, depojándolas de su gravedad, creando un mundo surrealista.
Y la pesca de la trucha en América puede ser un lugar mítico o el sentido de la identidad humana; de hecho, a veces se habla de ella como si fuera un ser humano a quien se le hace la autopsia o la busca el FBI. Las descripciones, los diálogos, los episodios, derrochan imaginación y sentido del humor. Un autor dotado de una inventiva sorprendente que nos arrastra por paisajes oníricos en los que nunca hemos estado pese a que nos resultan familiares. Un libro, sin duda alguna, inclasificable.

lunes, septiembre 13, 2010

Un libro que podría titularse el baile de la berenjena, Óscar Santos Payán.

Baladí, Madrid, 2010. 244 pp. 17 €

Fernando Sánchez Calvo

Ésta es la historia de un bildungsroman (en rústico “novela de iniciación”) sobre la iniciación en la vida de un par de amigos a quienes, a paso vertiginoso, les toca madurar (en rústico, “sufrir” o “joderse”) en la chabacana y deprimente vida rural de un pueblo que, incomprensiblemente y como pasa con el resto de los pueblos, marcará con un fuerte sello de nostalgia el corazón de los protagonistas. El Gorrión y Jorgito son dos adolescentes, amigos inseparables, de los de verdad, de los de antes, que, como todos los púberes y derivados, mueren de amor y lujuria por Rosario y Gloria, dos muchachas espléndidas, perfectas, mayores, utópicas para la carne, comprometidas con los guapos y atadas por los poderosos que, como era de esperar también, no se fijan mucho en ellos porque la edad y las convenciones así lo mandan. Con este planteamiento Ediciones Baladí inicia el rimbombante título Un libro que podría titularse el baile de la berenjena en su colección Caleidoscopias, la primera novela de Óscar Santos Payán (quien ya había publicado el libro de poemas Infierno sostenido en Ediciones El Gaviero) con ilustraciones a cargo de Macarena Alagarín.
Ésta es una sencilla historia de amor y amistad, con un lenguaje llano y una enseñanza directa, de las de antes, sin rodeos, donde a los protagonistas les urge aprender a base de experiencias y no de teorías que los poderosos siempre van a ser poderosos pero que hay resquicios donde uno puede guardar la dignidad. Todo depende de la cantidad que se quiera arriesgar en guardarla. Por ello, y con la ayuda de Genaro (un adolescente encerrado en el cuerpo de un adulto que treinta años después vuelve al pueblo para enseñar a Gorrión y a Jorgito todo lo que él no se atrevió a practicar), nuestros dos protagonistas, que no héroes, intentan dar un giro a sus vidas en las fiestas patronales del pueblo, el momento cumbre para la comunidad. Es el único momento posible donde los tipos, los roles pueden cambiarse, o al menos reafirmarse.
Después, la esperanza, la decepción, el miedo, la euforia, de nuevo la decepción y todos los estados de ánimo que caben en el cuerpo de un crío en tan sólo unas horas. Esas fiestas y las berenjenas del puesto del pueblo más pueblo de España les demostrarán que incluso en los espacios más cutres o limitados uno también puede hacerse un sabio porque, al fin y al cabo, la magia no la ponen los espacios, las épocas, sino los ojos de las personas. Algo parecido le pasó a Don Quijote, quien, en el paisaje más desolado y seco de toda la península, supo apreciar un gramo de belleza en la labriega más fea de la Mancha. Si un viejo anacrónico fue capaz de esto, qué no harán dos chavales con toda la vida por delante, todas las miserias (suyas y ajenas) por delante y dos muchachas (esta vez sí guapas) por delante. Alonso Quijano lo tuvo peor.