viernes, julio 23, 2010

El libro del voyeur, Pablo Gallo

Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 168 pp. 18 €

Ignacio Sanz

He aquí un libro leve, visual, personalísimo, travieso, juguetón, ligeramente pecaminoso e incitador, un libro que se ve con deleite y se lee con la sorpresa estimulante que deja la visión fugaz, pero intensa de los 69 autores que aportan un testículo corto, a veces divertido y trasgresor. Pequeñas trasgresiones. Por supuesto, el libro tiene en las viñetas de Pablo Gallo su hilo conductor. Ignoraba la existencia de Pablo Gallo, sus buenas mañas con el dibujo, su ensoñaciones de contorsionista, su delicadeza contenida para mostrar escenas eróticas con esa galanura deleitable.
Las viñetas tiene una forma circular, como si, efectivamente, el lector estuviera mirando a través del ojo de una cerradura ese universo secreto que se esconde dentro de una alcoba. Una parte de la escenas reflejan una pareja en diferentes posturas, mientras que en otras se muestra a un hombre o a una mujer exhibiendo la desnudez rotunda de unos cuerpos jóvenes. De estas viñetas han partido los autores para escribir su relato o su poema, que a veces se sustancia en unas pocas líneas, una página como mucho; sólo en un par de ocasiones se ha desbordado el texto hasta una página y media.
El resultado es un objeto precioso y manejable, un libro que se lee a trancos, pero sobre todo se mira, una de esas obras en las que forma y fondo casan a la perfección.
La nómina de autores es tan amplia que sería una desconsideración relacionarlos, como acaso también lo fuera hablar de unos pocos dejando a los otros muchos en el tintero. Pero, hablando de edad, andan entre los treinta y tantos y los cincuenta y tantos, es decir que forman parte de dos generaciones y uno sospecha la labor heroica de ingeniería que late detrás de un juguete como este para coordinar a tantos autores. Pero hay más. El afán de Pablo Gallo como dibujante no se limita a las viñetas eróticas que son la sustancia e hilo conductor del libro, sino que se prolonga en un retrato de corte realista de cada uno de los autores que va colocado al final, como un epígrafe que hermosea la buena factura del libro. Y es aquí donde uno descubre la maestría de Pablo, las muchas horas de rodaje, el acierto en su ejecución y el hermoso recorrido que ha de haberle llevado a hacer un viaje tan íntimo y tan hermoso que ahora Ediciones del Viento, con la exquisitez que acostumbra, pone al alcance de todos. Enhorabuena.

jueves, julio 22, 2010

El mes más cruel, Pilar Adón

Impedimenta, Madrid, 2010. 195 pp. 17,90 €

Emilio Ruiz Mateo

Es muy arriesgado elegir un gran título para un libro: nos exige estar a su altura. A Pilar Adón parece no haberle dado ningún miedo llamar a su segundo libro de cuentos El mes más cruel, uno de los títulos más bellos que un servidor ha visto en mucho tiempo. Han pasado ya cinco años desde que el primero, Viajes inocentes (Páginas de Espuma), hiciera a los amantes del género breve memorizar el nombre de esta madrileña nacida en 1971. En el intervalo hemos leído poemas y más cuentos suyos en numerosas antologías y revistas, así como traducciones de Edith Wharton y Henry James, entre otros. Pero es esto lo que esperábamos de ella, una nueva colección de relatos escritos con la precisión del artesano: el que sabe que la dejadez o el descuido pueden convertir su obra en un producto más del mercado. Un buen relato debe ser como esos relojes de esfera blanca, agujas finas y estilizados números romanos: sencillo en su apariencia, complejo y exacto en sus tripas, que sólo el relojero debe conocer.
El mes más cruel es un lugar habitado por personajes que se encuentran en situaciones desesperadas, al borde de una decisión esencial que no se atreven a tomar, a un paso de la verdad y sus metamorfosis. ¿Será casual que las protagonistas del primer relato del libro, “En materia de jardines” (de nuevo un maravilloso título), vivan junto a un acantilado? El mes más cruel es ese momento en el que alguien llega a nuestro paisaje y todo cambia radicalmente, es ese extranjero que nos desconcierta y hace saltar los cerrojos del secreto. Será por eso que los nombres de los personajes suenan a lejanía, a otros lugares, siempre más atractivos que el nuestro: Caterina, Flavia, Marcel, Olivia…
Una atmósfera de terror (intensa en casos como el de “Los cien caminos de las hormigas”) subyace en las historias que Pilar Adón nos cuenta. Del peor de los terrores: ese que toma el rostro de lo conocido. «Empezaría a comprender que, en realidad, las más terribles aberraciones anidan en el interior de los demás, en lo más indescifrable del voraz y sórdido comportamiento de los individuos que nos preparan un nutrido desayuno al amanecer, que se sientan a comer con nosotros y que por la noche nos arropan con ternura y dedicación.» Es por ello que muchos de sus personajes huyen, aunque no sepan hacia dónde, aunque sea hacia dentro, como ocurre en “Clara”. Escasean las descripciones físicas de personas y paisajes en estas historias: uno diría que el dibujo que Adón crea de sus personajes es casi en su totalidad psicológico: no veo a Olivia, ni a Marcel, pero puedo sentir su aliento entrecortado y el peso de sus temores, el cansancio de sus miedos.
Nos hemos acostumbrado tan pronto a la delicadeza de las ediciones de Impedimenta, que ya no apreciamos la calidad que nos regalan. Esa tipografía limpia, el delicioso tacto del papel, la falta de errores en el texto. Cuando un libro brilla por dentro y por fuera, el lector se siente querido. Es lo que ocurre en este caso: difícil escapar de la mirada incisiva de esa chica de la portada, obra de Dino Valls (www.dinovalls.com), del placer de pasar páginas. Que venga el libro electrónico y haga con nosotros lo que quiera, no vamos a negarnos a sus beneficios, pero que no perdamos el feliz hedonismo que supone siempre leer un Impedimenta.

miércoles, julio 21, 2010

Los voladores, Peter Stamm

Trad. José Aníbal Campos. Acantilado, Barcelona, 2010. 176 pp. 16 €

Guillermo Busutil

Hace tiempo que los escritores interpretan el lenguaje como un escarpelo. Esa herramienta que utilizan los carpinteros para limpiar y raspar las piezas de labor. También podríamos hablar de la palabra bisturí, que hace referencia a ese instrumento quirúrgico con el que se hacen incisiones en tejidos blandos. Los dos términos funcionan como sinónimos. Pero si los aplicamos a gran parte de la literatura actual resulta que el escarpelo sirve para pulir el lenguaje, para construir los rasgos de la psicología de los personajes, y que el bisturí permite, en cambio, diseccionar las vidas que se narran y a las que se les practica una autopsia. Da igual que sea una vida viva, en presente, o que se trate de una vida muerta, en pasado y a veces también en presente. La cuestión es que ambos instrumentos, el escarpelo y el bisturí, requieren de quién los usa que esté dotado para la precisión, la capacidad de construir un adjetivo invisible mediante el corte higiénico, letal a veces, de una palabra que no tiene correspondencia, que ha de ser exacta. Es necesario abrir la historia sin anestesia, sin que sangre, sin que huela a cadáver maquillado.
Uno de los maestros en utilizar el escarpelo y el bisturí con magia literaria fue Peter Handke. Otro escritor, al que se le nota el pulso firme y delicado de Handke, al igual que el minimalismo de Richard Ford, es Peter Stamm (Winterthur, 1963). Un hábil narrador en la novela y en el cuento que ya sorprendió con excelentes libros como Lluvia de Hielo, Paisaje aproximado y En jardines ajenos. Ahora lo hace con los doce nuevos relatos de Los voladores, publicados por Acantilado. Un libro exquisito, de un lenguaje de tiralíneas, escueto, frío, como un escarpelo, con el que Peter Stamm moldea la madera nudosa de sus personajes imperfectos (una educadora de guardería que íntima con un joven vecino al que convierte en objeto de su deseo; una madre que ama el dibujo y que trata de escapar de una matrimonio condenado a un probable y futuro fracaso y de una vida para la que no está hecha; dos chicas unidas por la dependencia emocional de una iniciación sexual...). Ese lenguaje con el que disecciona cada uno de estos espléndidos relatos es cortante, igual que un bisturí. Stamm lo utiliza para separar la piel de los huesos y mostrar al lector la indiferencia, la falta de objetivos, la soledad, la infidelidad, las vidas ordinarias de los héroes grises, en inmóvil fuga, en pensativo desencanto que aparecen en las habitaciones y en los paisajes, de cuentos como "La expectativa", "Cuerpos extraños", "Tres Hermanas", "Los voladores", "La carta" o "A los campos hay que acudir, que se parecen mucho, bastante, a los paisajes de Hoper".
Peter Stam escribe en uno de ellos «la frialdad de la mirada es una premisa. Si pretendes ver con claridad no puedes vibrar con lo que ves. De otro modo no es posible meterse en un paisaje o en una persona». En su caso es cierto y también un acierto. Stamm consigue mostrar las vidas sin aditivos, una realidad sin maquillaje y unas emociones desnutridas que conmueven al lector, que le hacen pensar que también el vacío es un espacio vital. Puede que el lector encuentre estas cualidades algo desoladoras. Nada más lejos de la realidad. Del aire interior que desprenden estas historias. Porque cada una de ellas, porque todas, rezuman una poesía existencialista, una pincelada de seda que consigue restarle drama a las pequeñas tragedias, a las mentiras aceptadas por inercia. Uno termina la lectura y piensa en lo que ha sentido. Siente en lo que ha pensado. Tal vez regrese más adelante a una nueva lectura de lo que ha dejado atrás. De lo que le ha provocado dentro. Estas son las cualidades de Peter Stamm. Además del regalo de ese lenguaje suyo. Un bisturí que nos desnuda; un escarpelo que pule la soledad, la extrañeza, el fracaso de las relaciones humanas.

martes, julio 20, 2010

Tal vez la lluvia, Juan Carlos Méndez Guédez

XL Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta. DVD Ediciones, Barcelona, 2009. 160 pp. 13 €

Doménico Chiappe

Méndez Guédez es un prestidigitador de la metáfora sutil. Hace magia con esos símiles que no recurren a imágenes cinematográficas, ni a estallidos de drama o de color. Ya había maravillado con la metáfora de las “hojas secas”, en Una tarde con campanas (Alianza, 2004), en la que, por medio de una acción, la del militar que ordena a los habitantes de un barrio barrer las hojas que ensucian el suelo y hacer montones en el suelo, a cambio de dinero en metálico que saca de su bolsillo, simboliza la manera en que los regímenes dictatoriales se relacionan con la gente bajo su yugo. Esta metáfora se reafirma en su final: durante la noche, las hojas se esparcen con el viento. Al día siguiente, regresa el militar y el ciclo se reinicia.
En esta nueva novela, Tal vez la lluvia, el autor utiliza, como ya es su estilo, estas acciones, en apariencia laxas, para dotar de fondo a su escritura. Dueño de un tema, el de la emigración –ya sea interior, ya sea físico-, y la extrañeza en los espacios que encuentra a través del viaje, ahora lo cruza con otro gran tema, el de la amistad. Adolfo, el protagonista y narrador de esta historia, regresa a Caracas, su ciudad natal, por pocos días. Proviene de España, a donde emigró. En un país en permanente deterioro, para muchos significa un éxito el solo hecho de no estar. Y revestido, sin querer, de esta aura triunfal, le recibe un viejo amigo, Federico; un gran amigo del pasado cuya relación se había deteriorado por el amor de una mujer arrebatada. Le recibe, ya casado y con hijos, desesperado en su miseria, con una propuesta: casarse con él. Con este matrimonio homosexual, podría emigrar también a España, con el asunto de los papeles resuelto, e iniciar una nueva vida, que presume mejor, para él y sus hijos.
A partir de este episodio inicial, Méndez Guédez sumerge, con ejercicios rítmicos de analepsis, al lector en la historia reciente de Venezuela, en esos años perdidos –para los que se fueron, para los que se quedaron- en los que el “malandro” (matón, narcotraficante, ladrón) vecino de su madre se convierte en líder comunitario para lograr la inmunidad de sus actividades ilícitas pero permitidas; en los que el destino de las mujeres amadas se tuerce o desvanece (Albertina, Miroslawa, Ivonne), en los que los días parecen irse sin más: «Uno de esos días intenté salir del cuarto, pero al llegar a la puerta me invadió el sueño. Me enterré en la cama varias horas; era grato permanecer así, detenido en mí mismo, como una cansada estatua que observa la manera en que la lluvia va cubriéndola con una película de musgo» (pp.107-108).
Rescato una de estas metáforas sutiles tan propias de Méndez Guédez, que encierra cómo se sella una amistad, ese pacto de silencio y confianza y apoyo mutuo: nada de puñetazos en una pelea callejera, nada de persecuciones vertiginosas, nada de salvamentos con riesgo de la vida propia. La complicidad entre Federico y Adolfo es más profunda, más espiritual, más piadosa. Se sostiene en la literatura. La abuela de Adolfo les leía historias a ambos niños («el libro amarillo de la abuela no se acababa nunca» (p.51) y hasta que aprendieron a leer nunca se cuestionaron cómo podían entrar tantas historias en “aquel delgado tomo”. Un día, la abuela puso el libro al revés y Adolfo se sintió traicionado y avergonzado, qué hacer antes de que Federico se diera cuenta de lo que ocurría. «Lo miré de reojo y él me devolvió la mirada: sereno, cómplice. Creo que en ese momento quise abrazar a Federico, creo que muchos años después quise seguir abrazándolo.» (p.52).

lunes, julio 19, 2010

La curandera de Atenas, Isabel Martín

Temas de Hoy, Madrid, 2010. 352 pp. 21 €

Miguel Baquero

Hay odiseas —y pocas veces mejor dicho dada la época en que transcurre esta novela— que no sólo se convierten en el reflejo de un tiempo, sino que en gran medida constituyen la ilustración de un eterno afán humano, en este caso femenino, como es poder escapar al destino impuesto por las normas sociales. La curandera de Atenas, primera novela de la madrileña Isabel Martín, está ambientada en el glorioso siglo de Pericles, tiempos míticos de la excelencia en el pensamiento, en las artes, en la política, pero que, sin embargo, reservaba un duro destino para quienes no componían el cuerpo de los ciudadanos de la polis, en especial los esclavos, y quizás más duro aún para las mujeres, obligadas a cumplir un papel sumiso y callado. En ocasiones, y desilusionados los padres por que no hubiera nacido un varón, dejaban a las niñas abandonadas a su suerte.
La curandera de Atenas narra la historia de Helena, hija del filósofo Empédocles, una joven que tras una infancia distinta al común, por la cercanía de su padre que la introduce en el estudio de los fenómenos físicos y nociones religiosas avanzadas, se ve de pronto capturada, vendida como esclava y sumergida en el escalafón más bajo, por mujer y por sirvienta, de aquel mundo que hoy, siglos después, nos parece que debió de ser deslumbrante. Un brillo que, en su día, según se advierte en la novela, estuvo empañado por el auge de las supersticiones, a las que se entregaban las mentes más preclaras, y por la conspiración eterna de la envidia, la ambición, la maldad. No hubo nunca ningún Siglo de Oro, ni siquiera en aquella vieja Atenas de Pericles sobre la que susurra el aliento de la peste y al fondo se oye el paso de los espartanos que se acercan.
Sobre este fondo, magníficamente levantado y basado en una extraordinaria documentación, asistimos a la lucha de Helena por superar su condición de esclava, para lo cual, ciertamente, tiene pocas opciones: o convertirse en sacerdotisa, o convertirse en hetaira o ejercer la medicina tal como entonces se entendía, antes de que Hipócrates, otro de los grandes personajes que aparecen en esta novela, pergeñase una mínima base científica. Al mismo tiempo que trata de levantarse, la joven Helena pugna por descubrir la trama que la ha llevado a su condición, qué razones motivaron su secuestro y posterior venta, casi al mismo tiempo que la muerte de su padre; tras todo estos sucesos, sospecha, no se esconde la casualidad sino un plan premeditado.
La curandera de Atenas es una novela ágil, muy bien escrita y documentada, sobre la base de unos personajes sólidos y humanos, una trama envolvente y, sobre todo, una época, un siglo de esplendor como pocas veces ha conocido la Historia, pero que, como no podía ser de otra forma, también guardaba su rincón de sombras, pasiones oscuras y sentimientos viles.