viernes, julio 02, 2010

El menor espectáculo del mundo, Félix J. Palma

Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 204 pp. 15 €

Julián Díez

No se me ocurre logros más significativo para un escritor de 40 años que el de haber consolidado una voz propia. Es bueno que Félix J. Palma parezca haber dejado atrás su etapa de concursante en premios de relatos, puesto que estoy seguro de que cualquier jurado mínimamente atento a lo que pasa de interesante en la literatura española ya podría detectar el peculiar regusto de sus historias a distancia. Ese empleo de la ironía como arma para la ternura en el tono, en particular, así como sus construcciones siempre al borde del abismo —a una palabra de la sobreadjetivación, a una subordinada del exceso— construyen párrafos bellos y reconocibles, extrañamente precisos en su barroquismo.
También sus temáticas son —siempre en injusta generalización— coherentes, con personajes dolidos en su mediocridad a los que la súbita llegada del elemento fantástico hace cambiar sus perspectivas vitales. En el caso del volumen que nos ocupa, es recurrente el tema del amor, «el menor espectáculo del mundo, porque sólo puede ser visto por dos espectadores al mismo tiempo». Lo que hace a varios de los relatos presentes en este libro memorables es precisamente la combinación sabia de estos factores, aderezados con un condimento adicional según el guiso que iremos conociendo a lo largo de su degustación: la pesadumbre cotidiana de “El país de las muñecas”, la experimentación con ucronías mínimas en “Las siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance”, el humor sobrenatural de “Margabarismos”, unas gotas ambiguas del cuento tradicional de fantasmas en “Bibelot”.
Los citados son, a mi juicio, los sobresalientes del volumen, con especial mención para “El país de las muñecas” y “Bibelot”, potenciales clásicos en su extensión perfecta y su sabiduría en la dosificación argumental. Como es natural, a cambio también hay alguna pieza de fondo de armario, como el bienintencionado y predecible “Un ascenso a los infiernos”, pero incluso en esos argumentos más trillados es capaz Palma de aportar satisfacciones al lector en forma de punteos ingeniosos, de saber hacer.
Tras la decepción que para mí supuso la exitosa novela El mapa del tiempo —sé que estoy sólo al respecto, quizá sea una tara de viejo aficionado a la ciencia ficción—, El menor espectáculo del mundo viene a reafirmar las emociones que me ha producido la carrera de Palma desde sus inicios. Estamos ante un cuentista mayúsculo, de talentos únicos, que además lleva más de una década ofreciendo un camino viable de mixtura entre las exigencias de la literatura española tradicional y la innovación procedente del campo de la literatura fantástica. Un escritor necesario, pero también, y sobre todo, disfrutable.

jueves, julio 01, 2010

El azor en el páramo, Ted Hughes

Trad. y sel. Xoán Abeleira. Bartleby, Madrid, 2010. 425 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

La presente antología de Ted Hughes (Mytholmroyd, 1930- Londres, 1998), llevada a cabo por Xoán Abeleira (que tradujo recientemente para la misma editorial la poesía reunida de Sylvia Plath) se abre significativamente con el poema "El pensamiento-zorro". Dicho texto, que rememora una suerte de aparición totémica en un sueño que Hughes se tomó muy en serio (hasta el punto de que se sintió obligado a cambiar sus estudios de Literatura Inglesa por los de Arqueología y Antropología), nos sitúa de lleno en el mundo del poeta, un mundo en el que una voz chamánica despierta las fuerzas de la naturaleza, fuerzas que pueden ser destructivas, pero a las que no cabe dar la espalda.
Como señala Abeleira en la introducción a este volumen, pese a notables excepciones (como la traducción de su imprescindible Cuervo llevada a cabo por Jordi Doce) la poesía de Hughes no ha gozado en España de todo el reconocimiento que merece, a pesar de tratarse de una de las grandes voces de la poesía del XX. Y ello se ha debido en parte a la propia originalidad de Hughes dentro del canon de la poesía en lengua inglesa de su tiempo (con todo, es posible encontrar paralelismos con voces como la de D. H. Lawrence, cierto Robert Graves, Dylan Thomas, Seamus Heaney o Derek Walcott). No obstante, buena parte de los malentendidos y distorsiones que ha sufrido la recepción crítica del poeta se deben no a razones estrictamente literarias, sino a la leyenda negra en torno al suicidio de su esposa. Hace tiempo José Emilio Pacheco constataba la paradoja de una contemporaneidad a la que "cada día le interesan más los poetas; la poesía, cada vez menos", como si el arte fuera un pasatiempo, sólo una excusa para hacer de los artistas los nuevos bufones que demanda la sociedad del espectáculo. Sin embargo, tanto para Plath como para Hughes la poesía no fue un pasatiempo. Al contrario, se convirtió para ellos en una tarea que exigía lo mejor de sí mismos, una vocación imperiosa que no podía desoírse a pesar del riesgo de convocar fantasmas.
Pocos poetas contemporáneos ofrecen una lectura tan convincente de la naturaleza como Ted Hughes. Tan alejado del tono irónico y distanciado de esa mirada urbana tan frecuente en la poesía actual como del bucolismo que persigue nuevas Arcadias, en Hughes la naturaleza rara vez es paisaje. Y no lo puede ser, porque el yo poético se encuentra inmerso en ese mundo natural, hasta el punto de que éste habita en su propio interior. El abundante bestiario que inunda las páginas de Hugues nos hablan de una cercanía entre el ser humano y el animal, en medio de una naturaleza a la vez creadora y destructora, violenta y fertil. La poesía obliga así a una especie de vértigo: «Perder el habla/ Cesar/ Sumirse en los destellos linfáticos/ Como si la creación fuese una herida/ Como si este flujo fuese un plasma sanador/ Ser suplantado por el cieno y las hojas y los guijarros» ("Ir a pescar"). La naturaleza se nos revela con toda la ambivalencia de lo sagrado, un mundo de terror y asombro que es también el mundo inexplorado descubierto en la infancia.
Si Hughes es una rara avis en la poesía inglesa, todavía resulta más difícil buscar correspondencias con tradición española. Si bien algunos pasajes de Hughes recuerdan el mundo aleixandriano de La destrucción o el amor, nada tiene que ver el tono en ocasiones duro, casi áspero de Hughes, con la música verbal, menos audaz, del poeta del 27. La vivencia sagrada de la naturaleza puede hacérnoslo cercano a nuestro Claudio Rodríguez, pero el mundo del poeta británico es más violento y sombrío que el del autor de Don de la ebriedad. Hughes parece evocar las fuerzas oscuras del duende lorquiano, pero aun cuando tanto él como Lorca muestren una atracción semejante por lo mítico, el creador de Cuervo se aleja de la visión romántica de la voz del pueblo para acercarse a las inflexiones de la lengua coloquial. Algunos rasgos lo aproximan a Gamoneda (la importancia del mundo rural, la fusión entre lo biográfico y lo simbólico...). Con todo, en estos poemas, por mucho que lo real se nos llene de símbolos, la contemplación directa de la realidad exige sus derechos de manera más imperiosa que en Gamoneda.
Y es que Hughes es ante todo un poeta de mirada. Sus poemas nos obligan a recuperar la idea de la poesía como visión, y ello en un doble sentido: su obra da muestras de esa asombrosa capacidad de observación, de fascinación por lo concreto, que tantas veces nos ha dado la mejor poesía inglesa, pero al mismo tiempo Ted Hughes es un poeta visionario, que sin dejar de dar testimonio de lo que le muestran sus ojos, quiere obligarnos a mirar más allá. Claudio Rodríguez dejó escrito que «El soñar es sencillo, pero no el contemplar». Hughes nos demuestra que no es fácil ni una cosa ni otra, sobre todo cuando se trata de aunar contemplación y vocación de vidente.
En el actual panorama de la poesía española, que parece haber redescubierto con retraso y cierta fascinación de nuevo rico la condición postmoderna, puede parecer anticuado un poeta que nos obliga a mancharnos las botas de barro y, dejar de lado los paisajes urbanos y los paseos virtuales, para volver a mirar con ojos nuevos la naturaleza. Quien sabe, sin embargo, si en la era del cambio climático, un poeta como Hughes, que ni idealiza la naturaleza pero tampoco cae en la soberbia de ignorarla, es quizá no una voz del pasado, sino de nuestro presente y de pasado mañana. Y lo será probablemente, más allá de temas y motivos, por su voz inconfundible, magníficamente recreada por la traducción de Abeleira, quien además nos ofrece, en su estudio preliminar, no pocas de las claves de una escritura que remueve el subsuelo del lenguaje para ofrecernos una visión novedosa y salvaje de la existencia: «Pues nacer es lo único que importa» ("Huevos de salmón").

miércoles, junio 30, 2010

Tworki (El manicomio), Marek Bieńczyk

Trad. Maila Lema Quintana. Acatilado, Barcelona, 2010. 224 pp. 19 €

José Morella

Al principio esta novela no me resultó fácil de leer, tal vez por su desbocado aunque voluntario uso de la elipsis, o por cierta cursilería que tiene que ver con la juventud y las ansias de gloria literaria de Jurek, el personaje a través del que vemos lo que pasa. Jurek es un aspirante a poeta, un tipo que casi habla en rima, cuya ingenuidad compensa su pedantería. Cosas, en resumen, que me hacían entrar en el libro con desconfianza y con miedo al aburrimiento. Pero una vez que el lector algo puñetero que llevo dentro se calló y dejó de darme la lata, empecé a disfrutar. Tworki se disfruta mucho y muy intensamente porque es un caudal de pasos falsos, extrañamientos, enigmas, pistas, elementos no dichos pero presentes, cosas que se esperan pero que no aparecen... He oído a comentaristas de fútbol que dicen que hay jugadores que juegan muy bien sin balón. Marek Bieńczyk es de esos: es tan buen escritor cuando no escribe algo como cuando lo hace.
En el manicomio de Tworki —en Polonia se dice que alguien está “para Tworki” cuando está loco— trabajan una serie de jóvenes que enseguida forman un grupo de amigos. Es ese momento de la vida en el que los amigos lo serán para siempre, o al menos quedarán grabados en la mente como tus amigos por mucho que luego no les veas más. Salen, juegan, hablan, se enamoran. Un día una de las chicas, sin que parezca venir a cuento, le pregunta a Jurek: «El sentido de la vida, ¿cuál es?... El ser humano, ¿a qué aspira?», con el tono de un profesor de filosofía de secundaria intentando explicar -mal- los presocráticos. Si no supiéramos lo que pasó en Polonia durante ese tiempo, esta cita serviría para criticar la novela. Pero no sirve. Lo que parece fácil esconde lo difícil. El texto tiene la capacidad, rara y valiosa, de hacer que las cosas sean lo contrario de lo que parecen: ironía dulce y no lesiva, ironía contra el mal y contra la crueldad. Hay una capa muy sencilla, una historia de amor que no acaba de cerrarse, el enamoramiento como una fruta madura que cae y que no hace falta explicar demasiado. Es una novela tierna. Te encariñas de personajes de los que apenas sabes nada, que son esqueletos narrativos.
Basculando entre fondo y superficie está la otra historia, los nazis que aparecen en segmentos muy cortos, a veces de una sola palabra: alguien hace una broma en la que se usa la palabra Heil, o se alude a un canje con prisioneros alemanes. Se usa de un modo sutil y valiente el hecho de que todos nos sabemos ya la historia. Cuando algunos de los personajes desaparecen, o luchan en la resistencia, o cometen errores suicidas, el lector tiene la sensación de que estas cosas son puntos de lectura, referencias, postes para no perder el camino. El centro de la historia es tratado como si no lo fuera. La muerte es lo cotidiano, lo que está al otro lado de los muros de Tworki, y aquí sí se puede entender mejor que una persona cualquiera hable desde una vena metafísica inesperada. La locura y la cordura no se pueden distinguir en la Polonia de Tworki. Da igual si eres un interno o un funcionario. La muerte te vive en el cogote de la mañana a la noche. El texto está lleno de tuercas a las que se han dado muchas vueltas, y uno intuye que los lectores polacos le estarán encontrando muchas más vueltas que nosotros. La de la ocupación nazi es una historia contada tantas veces que parece que no se podría contar ya más, pero el valor de esta novela es demostrar que eso no es cierto ni deseable.
La dureza, si es que la hay, está a cuentagotas, en pequeños fragmentos que funcionan como botones de una camisa. Parecen puestos al final. Por ejemplo cuando Anna y Marcel, una pareja que acabará cayendo en la trampa del hotel Polski, hablan sobre su futuro: «...la verdad, esposa mía, dicha sin adornos, es que en lugar de Suiza nos está esperando el horno». Las alusiones a la miseria de la guerra también son marcas no connotadas, notas objetivas que recorren la novela y que se reducen a la comida: se enumera lo que comen ahora y lo que comían antes. Tazas de achicoria, pan con mermelada, sopas muy líquidas donde se escarban trozos pequeños de zanahoria y remolacha, filietes que son siempre pequeños y recuerdan levemente en consistencia y textura a lo que antes llamaban filetes...
Alguien, hacia el final de la novela, pero también el final de la guerra, pregunta qué va a pasar: «Nada más», dice Jurek. «Hemos sobrevivido a la guerra y ya no pasará nada más». Gente que se obligó a seguir viviendo, a forzarse a sí mismos a que la locura de la guerra, por un tiempo, les pareciera normal. Cosas que pasan, cosas que dejan de pasar.

martes, junio 29, 2010

Los amantes tristes, Eugenia Rico

Baladí, Madrid, 2010. 121 pp. 15.50 €

María Ruisánchez Ortega

La primera novela de Eugenia Rico se reedita con ilustraciones de Santiago Siqueiros, de la mano de Ediciones Baladí, una joven editorial que se ha lanzado a la aventura de publicar eligiendo esta novela para estrenar la colección Caleidoscopias. Una colección que en palabras de los editores pretende publicar «obras en las que para conocer a sus protagonistas a veces hay que buscar más allá de lo que nuestra vista alcanza. En definitiva obras a las que, como en las grandes pinturas, no les sobra ni un solo brochazo y aportan al espectador muchos más colores que simplemente los primarios.»
Preciosamente en Los amantes tristes, el espejo se sitúa reflejando otros espejos, creando un prisma triangular, en el que tres personajes reflectan y descomponen la luz, al igual que sus vidas. Esa luz, viene a ser un poderoso vínculo que los une y los encadena, condenándolos una y otra vez a reflejarse.
A través de la narración de Antonio, un músico inmigrante en París, iremos conociendo a Jean Charles, su mejor amigo, y a Ofélie, su ex amante. Eugenia Rico nos mete de lleno en un historia que ya había comenzado hace tiempo. Así, sobresaltados por una llamada telefónica, vamos en busca de Jean Charles, ese, su mejor amigo, que pide ayuda antes de colgar. Se pone entonces en marcha una historia en la que el lector irá descubriendo lo qué pasó entre aquellos tres personajes que arrastran una carga, una culpa tan grande que tambalea toda su existencia, alejándolos y acercándolos como polos de imanes, con tremenda fuerza.
La historia se hilvana con un lenguaje sencillo, preciso, cargado de sentido, de posibilidades, que nos ofrece en definitiva una revisión de lo cotidiano, que nos sitúa en un plano distinto, nos ofrece otros ojos para mirar la misma realidad: «Antes de abrir los ojos, tiendo la mano como un puente hacia las cosas concretas que suelen estar ahí, que tiene que estar ahí para que yo siga siendo yo y esta casa, mi casa. Pero esa mañana los dedos me devolvieron un montón de preguntas, porque las cosas no estaban todo lo ahí que deberían».
Destacar la carta de Jean Charles, que rompe y desgarra la narración en primera persona de Antonio y que nos sitúa en otro plano de esa realidad. Un personaje el de Jean Chales hipnótico, brillante, que hace alarde de una lucidez digna de un genio. Son sus cartas a Antonio un juego filosófico en el que Eugenia Rico nos plantea la delgada línea entre la locura y lo demás, otras formas de locura, me permito añadir.
Una mujer, Ofélie, a la que vemos por ojos de ellos, como un holograma temido, amado y repudiado a partes iguales. Con un magnetismo que centraliza el conflicto de esta novela y que logra cautivar también al lector. Y un escenario, París, en el que Antonio se siente desarraigado, al igual que Jean Chales y Ofélie, que aunque nacidos allí, están fuera del mundo. Los tres vagan en una dimensión que se compone y descompone en sus cabezas, a través de las consecuencias de sus palabras y sus hechos.
En definitiva, una novela sólida, de personajes poderosos, de prosa precisa y trama imperecedera.

lunes, junio 28, 2010

El fantástico hombre bala, Antonio Luis Ginés

El Páramo, Córdoba, 2010. 124 pp. 15 €

Pedro M. Domene

En la narrativa breve existe, desde siempre, la posibilidad de conseguir la primacía de la sugerencia, porque los cuentos operan con un doble sentido, con esa cierta ambigüedad que les otorga el lenguaje, con eso que podríamos denominar intertexto; es decir, la alusión directa e indirecta a situaciones previas y conocidas, singularidades extensibles en este caso a los cuentos de Antonio Luis Ginés (Iznájar, Córdoba, 1967), capaz de preparar al lector para que, una vez leídas las historias que contiene, El fantástico hombre bala (2010), desarrolle algunas de sus intuiciones sin que el propio autor se vea obligado a contarlo todo. Sus textos surgen de ese elaborado proceso de una singular experimentación creadora que bien puede brotar de lo cotidiano, esa extraña cercanía que nos resulta exultantemente real, pero donde se supone que existe, paralelamente, una ambiciosa pretensión de encerrar, con el lenguaje, una permanente visión trascendente de nuestro mundo.
Antonio Luis Ginés nos permite imaginar momentos deliciosos, esbozar un placentero paréntesis con la lectura de su primera entrega narrativa, un volumen de cuentos de una variada extensión, tras haber entregado a la imprenta cuatro poemarios hasta el momento, Cuando duermen los vecinos (1995), Rutas exteriores (1998), Animales perdidos (2005) y Picados suaves sobre el agua (2009). Hesse afirmaba que «no había que hacer a este cómico mundo el honor de tomarlo en serio» y algo así se desprende de muchos de los relatos incluidos en El fantástico hombre bala, una colección que su autor divide en dos amplios apartados, «Profesionales», que reúne los primeros diez cuentos, y «Bajo la carpa», el resto, diecisiete más, que completan el libro. Una singularidad caracteriza a la mayoría de estas historias, algunas se centran en obsesivas actitudes ante la vida y el narrador concluye muchas de ellas con una ácida visión absurda de la misma, además de un profundo sentido del humor, y, tal vez, por eso, sus mejores relatos se sustentan con tipos extravagantes que, de alguna manera, bajo la extensa carpa de un circo y su mundo, se disponen a vivir una vida que, en este caso, sea fundamento de una singular escritura. El talento de Antonio Luis Ginés se muestra en el planteamiento de las situaciones y en la agilidad de muchos de sus diálogos. Sus mejores relatos evocan situaciones disparatadas, como ocurre en «Kamikaze», una pasión amorosa de pretensiones insospechadas, sino fuera porque sus protagonistas están muy lejos de ese furor juvenil; o el reto de una cita a ciegas en «La cicatriz», y ese final en «La última copa», la sorpresa, con la explicación de la protagonista, que cierra el relato y de alguna manera la sección que Antonio Luis Ginés titula, Profesionales. La concisión y, sobre todo, la plasticidad caracteriza a este grupo de relatos, cuya brevedad en algunos, se acerca y asimila al microrrelato, con sus acertadas posibilidades expresivas porque, entre otras muchas similitudes, el género ofrece una relación inversamente proporcional entre la extensión y la intensidad y, por supuesto, muestra el reverso insospechado de lo que cualquiera pudiera aceptar como una realidad.
En el siguiente bloque, Bajo la carpa, las actividades de los protagonistas contrastan con la vida cotidiana, resultan peripecias personales, seres anónimos de unas no menos profesiones casi perdidas, en un hipotético circo Tinglin: «Domador», «La mujer barbuda», «Mago», «Contorsionista», un extraordinario, «El fantástico hombre bala», donde mezcla la cruda realidad, una obsesiva premonición, el adulterio, con la fantasía con que singulariza a este personaje instantes antes de ser lanzado al vacío en mitad de la arena del circo. Muchos de los protagonistas de esta sección son individuos solitarios, condenados a la incomunicación por su condición de vivir unas profesiones extraordinarias o fantásticas. El humor que nos proporcionan algunos de estos relatos, el contraste entre sus personajes, «El forzudo», «La mujer pantera», «El ilusionista», «Trapecista», la ironía y la agilidad verbal corroboran, de alguna manera, el talento del escritor Antonio Luis Ginés para desarrollar argumentos policíacos, amorosos, políticos, eróticos, cotidianos, hechos en mitad de un circo como la vida misma, mezclados con una atmósfera densa que alterna con la perplejidad con que el lector queda en muchos de estos cuentos. En el mundo del narrador cordobés domina lo exagerado, lo raro, en ocasiones, la falta de proporción que expresa a través de un prosa que se despliega, que resulta directa, poco enfática y retórica como corresponde a un buen relato. En suma, los cuentos de Antonio Luis Ginés, provocan una ruptura de la realidad con la aparición de algunos hechos extraordinarios porque su mundo, aun siendo real, analiza el desorden, la inconsistencia y el sinsentido de lo contemporáneo, provocando que el lector vea desde otro ángulo.
La editorial El Páramo acierta con su colección, Relatacuentos, entrega una estupenda edición ilustrada, con mucho acierto, por Alicia Gómez Molina, cuya aportación al volumen del narrador cordobés, complementa un magnífico libro para disfrutar de una mejor lectura.