viernes, junio 04, 2010

Corona de flores, Javier Calvo

Mondadori, Barcelona, 2010. 308 pp. 20.81 €

Luis Manuel Ruiz

Que Javier Calvo, uno de los principales adalides de la posmodernidad en la literatura presente de este país, se descuelgue ahora con un relato rotundamente gótico, cuajado de apariciones, hemoglobina, sombras nocturnas y cadáveres escondidos, puede mover a muchos lectores al desconcierto o la sospecha. Pero quien conozca su obra un poco más de cerca, quien le haya mirado el envés o el forro, sabrá que dicho giro, mucho menos brusco de lo que aparenta a primera vista, no es casual. Ya los relatos finales de Los ríos perdidos de Londres insinuaban un viraje hacia una zona de la realidad menos oreada y rectilínea que la de sus libros iniciales, y la espléndida Mundo maravilloso (uno de los títulos clave de la última década para quien esto escribe) rozaba en algunos de sus capítulos oscuridades de mazmorra, biblioteca y laboratorio que sólo ahora, en esta Corona de flores, reciben la atención plena que merecen.
Fiel a su juego con las intertextualidades y los iconos de la cultura masiva, Calvo compone un artefacto en el que el deliberado efecto de dejà vu se escora, en ocasiones, hacia inquietantes conclusiones históricas o filosóficas. En su aspecto más obvio, Corona de flores es una novela gótica; quiero decir: un remedo de novela gótica, una novela gótica hinchada, atrofiada, hiperbólica, que explota y lleva al infinito todos los tópicos de ese género lleno de gusanos. Por tanto, sus páginas abundan en un tipo de cacharrería que hará las delicias de los adolescentes incomprendidos y las tribus urbanas de las medias rotas: cadáveres putrefactos, científicos locos, barrios por los que pululan sombras sin desembozar, catacumbas, calaveras, manicomios, tinieblas del cuerpo y del alma, vampiros y monstruos de Frankenstein. Calvo demuestra conocer a la perfección esta variante de literatura decimonónica que tiene entre sus principales referentes a Walpole, Anne Radcliffe y el Matthew G. Lewis de El Monje, y que en nuestro país siguen practicando, con acierto desigual, las plumas de Pilar Pedraza, José María Latorre y Santiago Eximeno. Pero huyendo instintivamente del polvo libresco, el autor de Corona de flores ha encauzado también a su criatura por otro tipo de afluentes adicionales. Uno desemboca en el cine de serie B, sobre todo el de los años treinta y cuarenta, pródigo en sabios desquiciados y experimentos que desafían el curso de la naturaleza; otro es la propia creación del mismísimo Calvo, con cuyo Mundo maravilloso esta novela guarda nebulosas simetrías; otro más, la literatura fantástica catalana, encarnada sobre todo en Juan Perucho y sus Historias naturales, con las que Corona de flores, ambientada también en la Barcelona de finales del siglo XIX, parece compartir decorado y figurantes.
En un plano más profundo, lo que a primera vista resulta un aparatoso divertimento gótico esconde, quizá, una reflexión llena de melancolía sobre el mundo actual y el sustrato moral (o amoral) que ocupa sus suelas. Una Barcelona que se cubre paulatinamente de polución y niebla, un reino de dioses y brujas que recula ante el avance del positivismo, artistas, autores de folletín y sabios fáusticos que certifican la defunción de la vieja moral de la caballerosidad y el asilo, apuntan en la dirección de un diagnóstico: hubo un momento en la historia en que este extraño universo nuestro surgió de las cenizas de otro universo distinto, no menos extraño y quizá tampoco apacible. Para retratar esa emersión, Calvo redacta una novela absorbente, negrísima y espléndida, como la autopsia de un bello cadáver.

jueves, junio 03, 2010

La clase muerta. Wielopole, Wielopole, Tadeusz Kantor

Trad. Fernando Bravo García. Alba, Barcelona, 2010. 332 pp. 22 €

Juan Pablo Heras

Para los que no pudimos ver en escena ninguno de los espectáculos que forman el ciclo de “Teatro de la muerte”, que presentó al mundo el dramaturgo polaco Tadeusz Kantor entre 1975 y 1984, tanto La clase muerta como Wielopole, Wielopole resuenan como mitos fundacionales de la obra de muchos de los grandes creadores escénicos del tiempo que nos ha tocado vivir. La presente edición de las “partituras” que Kantor dio a la imprenta no nos permitirán revivir unas experiencias que nos están vedadas por el paso del tiempo, y a las que tan sólo podemos aproximarnos mediante grabaciones inencontrables o fragmentos espectrales disponibles en Youtube. Los textos que acaba de reeditar Alba nos acercan más bien al esqueleto y los órganos interiores de aquellas creaciones. No se trata, desde luego, de textos dramáticos al uso, sino más bien de textos escénicos, que reproducen, por un lado, las muchas notas que Kantor proponía como punto de partida, y, por otro, las verbalizaciones e imágenes que surgieron del trabajo mismo de los actores.
La clase muerta se sustenta en la imagen de una clase escolar poblada por viejos que remedan grotescamente los niños que fueron, y por maniquíes de cera que les doblan. Renuente a toda trama reconocible, Kantor se impone a sí mismo como maestro de una letanía absurda que los patéticos escolares repiten u olvidan en una espiral infinita. Además, deconstruye un delirante texto de S. I. Witkiewicz titulado Tumor Mózgowicz (algo así como Tumor Cerebrález) cuyos personajes son asumidos ocasionalmente por los actores, solamente para desvelar la futilidad e intrascendencia de toda acción frente a la presencia palpable de la muerte. Los movimientos de los actores se asimilan a los de autómatas rudimentarios, hasta el punto de que las diferencias con respecto a los maniquíes se difuminan. Como dijo Kantor en otra ocasión, cuando contemplamos a un maniquí le atribuimos apariencia de vida al mismo tiempo que le negamos la posibilidad de conciencia, lo que de inmediato nos asoma, en una mezcla de atracción y repugnancia, al vacío opaco de la muerte. En este cortejo de fantasmas absolutamente carnales, la irrupción del humor y de leves notas emocionales en tanta oscuridad se constituye como una de las notas características del teatro de Kantor.
Si La clase muerta ha quedado como modelo de lo que Kantor representó para el teatro universal, es sin duda Wielopole, Wielopole el espectáculo que dejó una huella más profunda en nuestro país. Autores tan diferentes como Rodrigo García o José Luis Alonso de Santos han reconocido abiertamente el impacto que tuvo en su propia experiencia como espectadores y creadores. La acción se sitúa en la habitación infantil de Kantor, en su pueblo natal, Wielopole, donde él mismo se sitúa para evocar distintos personajes y situaciones de su pasado. Kantor siempre aparecía en sus propios espectáculos, a veces como personaje y otras como un espectador dentro de la propia escena. Alonso de Santos recogió esta idea en El álbum familiar, donde demostró que es posible escribir una obra de teatro en primera persona del singular. Wielopole, Wielopole recurre a las líneas fundamentales de los relatos evangélicos para proponer una serie de imágenes y acciones que aluden al pasado profundo de la familia de Kantor y al de la propia historia de Polonia. El interés de Kantor no es revivir el pasado sino hacernos conscientes de la irreversibilidad del tiempo. Si en La clase muerta, la Muerte era representada por una mujer de la limpieza armada con una guadaña en forma de cepillo, en Wielopole, Wielopole es una fotógrafa la que dispara con su cámara a familias y grupos de soldados, a los que separa así de su existencia real para convertirlos en recuerdo de la muerte.
Leer a Kantor nos hace partícipes de su mundo interior, pero a la vez nos vuelve todavía más conscientes de lo que perdimos por no contemplar su trabajo. Por suerte, todavía nos quedan los que, creo, son sus más dignos herederos: La Zaranda, esa impresionante compañía con sede en Jerez de la Frontera, con la diferencia de que ellos cuentan con uno de los mejores escritores secretos de nuestro país: Eusebio Calonge. Dicho queda.

miércoles, junio 02, 2010

Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores, Ignacio Sanz

Edelvives, Madrid, 2010. 168 pp. 8,50 €

Care Santos

Un buen narrador es aquel capaz de dar vida y sentimiento a cualquier anécdota, por insignificante que sea, de hacernos olvidar el qué en favor del cómo. Ignacio Sanz es un narrador portentoso. En sus manos, en sus palabras, cualquier pequeña peripecia adquiere texturas únicas, matizadas. Si la peripecia es, además, tan original e insólita como la que sirve de armazón a esta novela, el cuento se convierte en un verdadero deleite para lectores de cualquier edad.
Vicente Huidobro, el poeta chileno a quien "su país se le hacía muy alargado y demasiado estrecho" es el protagonista de esta historia que acaba de obtener el Premio Alandar de literatura infantil. Aunque no sólo él: también una vaca, la Jacinta, y tres centenares de pájaros mallorquines y viajeros a su pesar. Una nota advierte al principio del libro que lo que vamos a conocer es un episodio muy bien documentado de la vida del poeta. Es decir: que en verdad Huidobro tuvo la ocurrencia de embarcar en su Santiago natal con rumbo a España llevando consigo una vaca, responsable de la alimentación de sus dos hijos, y de regresar siete años más tarde, requerido por su familia, después de que los hijos hubieran recibido educación en París y Madrid llevando consigo a la misma vaca, ya casi emparentada con su linaje por cuestiones lácticas, y por añadidura trescientes ruiseñores con los que pretendía poblar el nuevo continente.
Los ruiseñores, adalides de la libertad, no soportan el largo viaje. No así la vaca y sus moscas, que gozan de una salud envidiable a pesar de las duras condiciones. Casi se diría que está la Jacinta más contenta que los niños, quienes asisten desolados a la muerte de los pájaros mientras su padre, en pleno arrebato creativo, no sale de su camarote individual y su madre se queja de todo lo que le ocurre.
Habla de muchas cosas esta novela. Del significado y la utilidad de la poesía, una tarea tan inútil e incomprendida que puede permitirse el lujo de ser excéntrica. Del significado de la lealtad. Del valor de los sueños, sobre todo de los imposibles. Del empeño, de la esperanza, de la ilusión. De la construcción de un mundo mejor, donde a lo más menudo -el canto de un pájaro- se le concede la posibilidad de cambiar las cosas. De los sinsabores de la creación literaria, del universo personal y poblado de fantasmas del escritor. Y también de la comprensión de lo ajeno, de la amistad frente a la diferencia.
El libro se estructura en dos partes. La primera, contada por un narrador ágil, con ciertos toques de humor y grandes dosis de ternura, nos cuenta el periplo de la familia Huidobro entre Chile y España, su etapa europea, el capricho ornitológico del poeta y el regreso. La segunda, centrada en la navegación, adopta forma de diario de a bordo y está escrita por los dos hijos del poeta, Vicente y Manuela. El tiempo en ella se detiene, por contraste con el rápido avance al que hemos asistido en la primera parte, y abunda la recreación de los detalles, la pormenorizada crónica del viaje de los trescientos pájaros cautivos. Acaso el autor, pensando que se dirigía a un público joven, ha querido aproximar el relato a sus receptores. No eran tan necesario, en realidad: Sanz es un narrador magnético, que no precisa ampararse en otra voz para cautivar, que encandila con una naturalidad asombrosa.
Cuando el barco -el Tierra de Fuego- atraca en Chile, también nosotros, lectores, formamos parte de esa familia de raros, como la vaca, como los pájaros muertos, como el poeta regresado para siempre, como el capitán Guajardo, que comprendió.
Este libro merece una vida larga. Como la de la vaca Jacinta, la que daba veinticinco litros diarios de leche cremosa y dulce, que volvió a su país a morir y que ahora abraza -gracias a estas estupendas páginas- una merecida posteridad.

martes, junio 01, 2010

El libro más bello del mundo y otras historias, Eric-Emmanuel Schmitt

Trad. Zahara García. Destino, Barcelona, 2010. 232 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Con frecuencia la vida nos ofrece historias con finales felices, cargadas de cierto sentimentalismo. Aunque puestos a ser pesimistas sepamos que, al final, nuestros huesos acabarán en un pudridero. En literatura, sin embargo, no suelen gozar de buena prensa las historias con finales felices por más que la vida venga a corroborar que, en efecto, Cenicienta se pueda casar con el príncipe. Dicho de otra manera, de cuando en cuando, triunfa la bondad y la belleza frente a la maldad y la envidia que corroen al mundo. Cenicienta no es más que un arquetipo, por supuesto, pero un arquetipo fácil de asumir por mentes simples.
Las radionovelas de mi infancia y juventud que escuchaban con tanto fervor las mujeres de mi pueblo envueltas por un silencio tajante mientras cosían en las calles apacibles, solían ser un remedo de Cenicienta, si bien un remedo urdido con una trama complejísima como un inacabable Guadiana. Supongo que las telecomedias actuales, llamadas también culebrones, acabarán con el triunfo de la bondad y la belleza frente a esos personajes inquinosos que de soslayo he visto alguna tarde en los bares de mi barrio.
¿Por qué, se preguntarán los lectores, se larga éste una parrafada sobre las historias con finales felices? Es muy sencillo. Acabo de leer El libro más bello del mundo y otras historias, que agrupa ocho cuentos; unos de estos cuentos, “Odette Toulemonde”, ha dado pie a una película rodada por el propio Schimitt como señala el autor en un apéndice; se trata de un historia que acaba bien, es decir con el triunfo de la Cenicienta sobre la madrastra perversa, en este caso una viuda pobre con dos hijos, frente a una frívola burguesa con un corazón helado.
Schimitt es un escritor sólidamente formado que maneja con soltura las intrigas en su justa dosis, un escritor que conoce los abismos del alma humana y que mezcla los estados de necesidad, a veces extrema, con las conductas heroicas y sublimes.
Utiliza la tercera persona lo que le permite moverse con los hilos de la trama con cierta comodidad, como un dios todopoderoso.
Yo imagino que las hijas de aquellas costureras de mi pueblo, transformadas ahora en aplicadas oficinistas en Madrid, Barcelona o Bilbao, viajando en el metro, absortas en la lectura de estos cuentos que beben en las fuentes de una tradición clásica. Y las imagino soñadoras y esperanzadas, pensando que el milagro del zapato que se ajuste a su pie es posible. Es decir, las imagino casadas con el escritor de éxito a quien, por la fuerza de la costumbre y por insensibilidad aborrece su mujer. O a la dueña de un imperio japonés que se puede permitir hacer obras solidarias y que comenzó a forjar su fortuna a partir de la venta de un Picasso que le fue dejado en herencia cuando estudiaba en Francia, por la pobre patrona de la casa donde se hospedaba.
Historias dulces, bien acicaladas, que redimen al lector de una existencia vulgar y que le permiten soñar con la posibilidad de que un príncipe con ojos azules nos espera a la salida del metro para invitarnos a tomar un helado.
“La princesa descalza”, otro de los cuentos, el más corto y con final sorprendente y desgraciado, resulta acaso el más intrigante de estos ocho cuentos, propios para una tarde plácida de domingo.

lunes, mayo 31, 2010

Bucanero, Tim Severin

Trad. Juan José Llanos. Editorial La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. 345 pp. 20.95 €

Amadeo Cobas

Recupera Tim Severin varios de los personajes participantes en su novela Corsario, transcurriendo esta acción dos años después de ser secuestrados por corsarios argelinos. En efecto, el principal de aquéllos, Hector Lynch, vuelve a convertirse en dueño y señor de esta continuación de la saga, y nuevamente nos encontramos con una acción trepidante, sin apenas respiro para el lector, aventura en diversos planos, con un recorrido de vértigo por las costas americanas en ambos océanos, Atlántico y Pacífico, sorteando los peligros incesantes que amenazan en diversas ocasiones con dar al traste a la recién iniciada carrera de bucanero del osado Lynch.
Hay personajes muy arquetípicos, como el protagonista bondadoso al que la fortuna semeja serle esquiva, el indio que sabe hacer de todo, entiende de todo y dispone de unos exacerbados sentidos, el fortachón que impone a los malos con su simple y colosal presencia; a la vera contraria, malos muy malos, es ocioso comentarlo, como el pirata capitán Coxon y sus secuaces…
Nos toparemos con amplios conocimientos de historia, vistiendo la narración del ornato justo para no volverla pesada ni dejarla desnuda, siendo en ocasiones muy conciso el autor y en otras explayándose para explicar conceptos inmersos en el diálogo, de forma que no enturbien las aguas de la ilación narrativa. Mansas, con la interrupción provocada por alguna tormenta tropical o unos bajíos que arañan el casco de la nave…
A la luz sale el día a día del bucanero, un ser definido como «un depredador hambriento en busca de tesoros que saquear». Pero que nadie se asuste porque no hay pasajes desentrañados de forma escabrosa, y los que indefectiblemente han de figurar lo hacen de forma velada, sin hacer sangre con descripciones brutales. Y es que «en medio de tanta barbarie, de los saqueos inclementes, de las horribles represalias que toman los bucaneros si el botín no satisface sus expectativas, hay tiempo para los actos de honor, inclusive entre enemigos, respetando la letra no impresa firmada en un pacto verbal, salvando la tropelía del pirata que no respeta nada, ni tiene palabra ni más conciencia que la de obtener el rédito mayor». Hay que ver, hasta los pérfidos más abyectos tienen su corazoncito…
Y aún un espacio queda para ser rellenado por el escritor, y lo hace, aunque quizá de una forma poco lograda, con un soslayo que puede alejar a un cierto extracto de los posibles lectores: el amor. Se anuncia aquí como una instancia secundaria, un imposible que luego se transforma y vuelca… no diremos cómo para despertar interés sin desvelar nada, aguántense, caramba, no sean ansiosos.
En resumen, literatura de aventuras en general bien construida, con generosos aportes históricos (el pirata Henry Morgan, ahora vicegobernador, incluido) para pasar el rato este verano que ya casi se anuncia…