viernes, abril 23, 2010

El Agrio, Valérie Mréjen

Trad. Sonia Hernández Ortega. Periférica, Cáceres, 2009. 88 pp. 12 €

Elena Medel

«Tenía miedo de que me viera como la típica romanticona que deshoja margaritas», confiesa la voz cantante. «Quería desaparecer para no molestarle, desterrar mis edulcorados sueños de jovencita, diluir el exceso de rojo primario hasta la transparencia. Tenía la fantasía de volverme como él, su doble en femenino, que encontrara en mí a la persona que apoya y comprende sus antojos». El Agrio es la historia de un amor como hay tantos iguales: chico conoce a chica, chico rastrea la guía telefónica para dar con ella, chico comienza a salir con chica, pero mientras tanto mantiene a su amiga más oficial.
Valérie y Bruno se esconden, viajan y fingen, ella traga sus cuentos japoneses —las excusas de él suponen los momentos más dolorosos de El Agrio— con resignación. Y, sin embargo, la mirada de Mréjen aplica una capa diferente a lo que ya sabemos: «Dios sabe cuántos años puede uno seguir enganchado a una historia. Pero basta con ser paciente, va a ser un proceso natural. Voy a mantenerme en un segundo plano, creo que eso le ayudará», saca en conclusión.
«Su sobrenombre era el Agrio y dibujaba su retrato con forma de limón. Había creado el icono en su ordenador». Ella le regala una máquina tragaperras construida con cartón y cinta aislante; su propio nombre le recuerda al camembert Vallée, y así lo envía a Bruno por correo.
Valérie Mréjen (París, 1969) es escritora y videoartista; el verano pasado se inauguró su primera exposición individual en España, La place de la concorde, en el barcelonés Palau de la Virreina. Literatura de nuevo, y es que Periférica ya editó otro título de Mréjen, Mi abuelo, un retrato generacional inspirado en la técnica del me acuerdo de Brainard y Perec, en un esquema al que también se recurre en El Agrio: batería de anécdotas y situaciones, de costumbres y de detalles —las esperas, las conversaciones, las caricaturas— en párrafos breves igual que fogonazos, que conforman un tótem y un todo.
El inicio nos presenta a una Valérie abandonada, «estábamos sentados en un banco cerca de los Halles, bajo una especie de pérgola de madera. Hacía buen tiempo. Me dijo ya no te quiero», a la que al final regresará en círculo, y la chispa establece la empatía. Bruno, en cambio, nos cae mal: petulante e ingeniosillo, simultanea a su pareja con Valérie y algunas de sus amigas, no valora los esfuerzos ni las atenciones de nuestra encantadora y rendida enamorada.
El Agrio, con sus pocas páginas, encierra varios libros: uno más evidente, sobre el amor, y especifiquemos y hablemos de amor oculto, de infidelidad, pero también de amor ciego y al límite, soportando los —muchos— defectos del otro y amplificando las —pocas— virtudes del otro, pero al mismo tiempo reflexiona en torno a las pequeñas cosas, a la desigualdad en las relaciones humanas, y se lee —sobre todo— de un dulce tirón.

jueves, abril 22, 2010

La ciudad feliz, Elvira Navarro

XXV Premio Jaén de Novela. Mondadori, Barcelona, 2009. 192 pp. 16.90 €

Emilio Ruiz Mateo

Lo que nos hace temblar en las historias que Elvira Navarro nos cuenta se esconde en la lógica aplastante que rige la moral de los niños: quiero esto, no quiero aquello. Cambia de estación entre su anterior novela (La ciudad en invierno) y ésta (La ciudad feliz), pero no de estilo ni mirada (si es que acaso no fueran la misma cosa). De nuevo nos encontramos con protagonistas en los últimos coletazos de la infancia, y uno quiere pensar que no hay tanto un gusto especial por esa edad cuanto la búsqueda de un terreno que le permita a la autora indagar en temas como la inadaptación o el terrible descubrimiento del vacío vital. La ciudad feliz toma título del restaurante que coprotagoniza la primera de las dos novelas cortas que componen el libro. En “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” conoceremos a Chi-Huei, un niño chino que, siguiendo los dictados familiares, abandona su país natal para venir a una ciudad española y trabajar en el grasiento asadero de pollos regentado por su familia. ¿Pretende Navarro indagar en las circunstancias de la comunidad china en España? En absoluto. Poco análisis antropológico-social encontraremos aquí. Lo que a Chi-Huei le ocurre bien podría vivirlo cualquier otro niño en circunstancias totalmente diferentes. Sentimos que la extranjería de Chi-Huei es mayor respecto a su propia familia que a la nueva sociedad con la que debe enfrentarse. El fin de la inocencia del niño tendrá mucho que ver con el descubrimiento del vacío existencial que se oculta en el negocio familiar. No hay lugar para sentimientos ni para el engrandecimiento personal: el único motor del trabajo incesante es la pura acción, el deseo de alcanzar algo que nadie sabe determinar, un ascenso hacia quién sabe dónde, ante quién sabe quién (una abstracción de congéneres chinos).
Chi-Huei tendrá por un momento una confidente en Sara, la protagonista de la segunda novela del libro, “La orilla”. Si estábamos en un relato en tercera persona, ahora nos toparemos con una primera persona, la mirada de Sara que, como ya es habitual en Elvira Navarro, destila verosimilitud. Brutalmente tierna, cruel en su inocencia, Sara recuerda desde un presente abstracto (Yo soy yo, antes de ser yo) la historia que le hizo cruzar el umbral de la edad adulta. Vienen a nuestra memoria al momento Vanesa y Clara, de La ciudad en invierno, protagonistas de aquel aterrador “cuento” de juegos sexuales y peligros de la inocencia desatada. Sara sentirá una extraña obsesión por el vagabundo que frecuenta su barrio, con quien establecerá una curiosa relación. Hija de un matrimonio tipo, burgueses de manual, descubrirá pronto que no se puede jugar al otro lado de la línea, que ser niña implica pagar una serie de insoportables impuestos, empezando por el más denso: no poder decidir nada por sí misma (Tú no tienes edad para saber quiénes son tus amigos). Las niñas de Elvira Navarro, que a este paso acabarán siendo un tipo de personaje literario, se nos figuran pequeñas punks, todo lo punk que puede llegar a ser una niña: ¿es posible serlo desde la inocencia? ¿Cuánto hay de naturalidad y cuánto de provocación, de desobediencia?
Navarro disfruta limpiando su prosa de todo lo que pueda ser innecesario. Su economía narrativa da lugar a una frialdad descriptiva que (sabiamente) nos incomoda aún más ante sus historias: uno llega a sentir que se enfrenta a la historia desnuda. Ni siquiera la primera persona del relato de Sara tiene el peso de una narración unidireccional. Los devotos de la novela corta sabemos que es posible esconder la falta de contenido en la brevedad, pero nada tiene que ver esto con el texto que nos ocupa. En Navarro es tensión la brevedad, intensidad y compromiso con un estilo narrativo. ¿Nos gustaría leer algo totalmente diferente firmado por ella en su próximo trabajo? Sí. Pero, mientras, como Chi-Huei, nos quedamos aterrorizados por el encanto de las niñas de Elvira Navarro.

miércoles, abril 21, 2010

Kaputt, Curzio Malaparte

Trad. David Paradela López. Galaxia Guttemberg, Barcelona, 2010. 530 pp, 22 €

Julián Díez

Recientemente, en un vuelo transoceánico, me tocó en suerte como vecino de asiento un americano neocón de manual. Me explicó toda la retahíla habitual del darwinismo social galopante, lo que se esconde tras la máscara de esos que por aquí se autodenominan liberales: que él no estaba dispuesto a pagarle la sanidad a un borracho —aunque supusiera condenar a muerte a un montón de pobre sin un gramo de alcohol en sangre—, que estaba orgulloso de no deberle a la sociedad su educación sino que la había pagado de su bolsillo —aunque supusiera que otros no pudieran pagársela ni gozar de su teórica “igualdad de oportunidades” jamás—, que le molestaba que los individuos tendieran a delegar en la sociedad parte de sus libertades, por ejemplo la autodefensa —aunque supusiera millones de armas circulando por el país, una porción de ellas en manos de potenciales desequilibrados—. Etcétera.
Sé que no es posible discutir con alguien así: tienen un problema básico de falta de empatía —que sin embargo no les evita en su momento reclamar la ayuda de la sociedad cuando es necesario, por ejemplo cuando se les hunde la empresa—. Además, esos estadounidenses —ahora de capa caída, pero que sirven de inspiración a los tardofascistas que por ejemplo triunfan en Madrid— tienen un problema adicional: no han vivido en un entorno en el que se hayan desarrollado los hechos que retrata brillantemente el libro que estaba justamente leyendo en esos días, Kaputt.
De manera episódica, como en un lienzo impresionista, el italiano Curzio Malaparte nos retrata la degeneración moral de toda una civilización. A partir de la idea de que unas personas merecen vivir más que otras —como para mi vecino neocón su vida vale más que la de quien no pueda costearse un seguro médico, puesto que a su criterio la sanidad no es un derecho, sino un privilegio a pagar—, la sociedad alemana se despeñó por un barranco de corrupción, de indignidad; sin abandonar además la elevada preparación cultural de ese pueblo, su metódica eficacia o su amor por la ciencia, factores todos ellos que contribuyen a horrorizarnos aún más hoy como sofisticados potenciadores de su embrutecimiento.
Malaparte fue un periodista a la antigua usanza: un privilegiado que podía codearse con los protagonistas de la historia no en multitudinarias ruedas de prensa o breves entrevistas pactadas, sino en su propio entorno, en periodos de convivencia. Elegante, mundano, irónico... también era capaz de recorrer en solitario los campos de batalla para respirar el hedor de la muerte, para acumular vivencias no con las que llenar la crónica diaria, sino para hacer reflexiones y reportajes a largo plazo, historias a fondo. Fue fascista, acabó un poco comunista, pasó por la cárcel, escribió varias obra maestras, una de ellas estas discontinuas memorias de guerra, desde el punto de vista de los perdedores, pero retratando con descarnada frialdad los comportamientos presenciados.
Desfilan por sus páginas oficiales alemanes de alta graduación que charlan sobre el extermino de judíos en el ghetto de Varsovia mientras degustan un asado, diplomáticos incompetentes, Himmler, soldados rumanos embrutecidos, nobles polacos bailando mientras su pueblo sucumbre, Galeazzo Ciano, cadáveres congelados de soldados rusos empleados como señales de tráficos, nuestro conde de Foxá completamente borracho, un príncipe pintor de Suecia, obreros soviéticos forzosamente convertidos en mártires, cientos de cabezas de caballo rígidas emergiendo de un río finlandés congelado... Una panorámica completa y viva de un periodo fundamental para entender lo que es Europa, y aún más, para comprender lo que decidió no ser para evitar volver a andar este camino.
Kaputt es de esos libros que estaba en los años setenta en las estanterías de muchas familias, en la época en que se intentaba entender lo que ocurrió cuando Europa decidió desangrarse. Es normal que la mayor parte de esa generación tuviera unas ideas más progresistas de las que ahora intentan exportarnos. Ha estado décadas fuera de catálogo, y Galaxia Gutenberg nos lo trae en una nueva traducción, muy sabrosa, que ha optado por dejar en su idioma original las incontables parrafadas en distintas lenguas incluídas por Malaparte. Bienvenido de vuelta este libro necesario.

martes, abril 20, 2010

Calle de la Estación, 120, Léo Malet

Trad. Luisa Feliu. Libros del Asteroide, Madrid, 2010. 248 pp. 16,95 €

Carmen Fernández Etreros

Misterio y tensión son el punto de partida de esta novela de Léo Malet Calle de la Estación, 120 publicada por primera vez en 1942. Una novela negra emocionante e intensa que presenta a uno de los grandes personajes de la novela negra francesa Néstor Burna, un detective irónico y sagaz. También una descripción de la vida cotidiana en Francia durante la Segunda Guerra mundial, las restricciones impuestas por los nazis, los campos de prisioneros, la vuelta de estos prisioneros a París, la oscuridad de las calles parisinas,las reuniones en bares y fiestas privadas...
Ya el comienzo de la novela la trama sorprende al lector: Bob Colomer, antiguo ayudante del detective Néstor Burma, es asesinado en la estación de Lyon justo cuando éste le ve en el andén y levanta la mano para saludarle desde la ventanilla del tren. Néstor Burma acaba de llegar a Francia procedente del campo de prisioneros alemán, un stalag, en el que había estado internado. Antes de morir, Colomer logra susurrarle una dirección: «Dígale a Hélène... calle de la Estación, número 120» la misma que Burma había escuchado en el hospital militar de un prisionero agonizante. A partir de esta coincidencia arranca una singular investigación en la que el detective tendrá que indagar en episodios de su pasado que ya creía olvidados y buscar a personajes como la bella y misteriosa mujer que tiene un parecido increíble con la actriz francesa Michèle Hogan o el fantasma del gánster Jo-Tour-Eiffel especializado en robos de perlas y asaltos a joyerias, cuyo cadáver apareció en Inglaterra unos años antes devorado por los cangrejos.
Una complicada trama de herencias, crímenes, emboscadas y casualidades, cuya intriga dosifica muy bien el autor gracias a un ágil ritmo narrativo. Y para mí inolvidable el personaje de Néstor Burma un personaje egocéntrico, socarrón y brillante que se deja guiar para sus investigaciones por su instinto e intuición, poco ortodoxo con las normas y las leyes y que siempre va un paso por delante de sus adversarios. La reunión de todos los sospechosos en una sala para desenmascarar al culpable y descubrir el enigma recuerda capítulos inolvidables de la novela negra como los finales de algunas novelas de Agatha Christie. A partir de la creación de este personaje Léo Malet (Montpellier, 1909-1996) le dedica más de treinta novelas, entre ellas Niebla en el puente Tolbiac, también editada por Libros del Asteroide.
En suma Calle de la Estación, 120 es un buen libro para entretenerse y disfrutar de una novela negra inteligente, divertida y llena de suspense.

lunes, abril 19, 2010

Elefantiasis, Raúl Ariza

Editores Policarbonados, Madrid, 2010. 124 pp. 12 €

Miguel Baquero

Desde hace ya varios años, existe en Internet una alternativa al mundo oficial de la Literatura, al circuito tradicional de la edición. Se trata de los “blogs” o “bitácoras”. Tras un comienzo dubitativo, en que resultaba difícil definir su naturaleza entre el diario personal o la simple válvula de escape sin mayor coherencia, poco a poco han ido asentándose una serie de bitácoras con planteamientos literarios, una lista de blogs más pendientes de la calidad que del desahogo momentáneo, y que han pasado a constituir una suerte de contrapoder en progresión imparable. Algo así como un universo literario paralelo donde en muchas ocasiones pueden encontrarse textos y reflexiones de mayor altura que en el monótono y endogámico artefacto de la literatura oficial.
“El alma difusa” es uno de esos blogs comprometidos con la calidad literaria. Cada semana, su autor, Raúl Ariza, “cuelga” en él un pequeño cuento, inspirado en ocasiones en el mundo del cine, en películas por lo común “clásicas”. En otras ocasiones, los relatos surgen de la vida en torno, de asuntos cotidianos, del universo común. Recientemente, Editores Policarbonados ha reparado en esa cinta continua de textos de alta calidad y ha invitado a su autor a seleccionar cincuenta de ellos para dar forma a un libro impreso, este Elefantiasis que acaba de salir al mercado.
Ya desde el mismo título, el libro declara sus intenciones. Porque, a la sola vista de él, pensará el lector que va a encontrarse con un catálogo de deformaciones, monstruosidades, hombres-elefante. Sin embargo, las situaciones que se narran parten de una base cotidiana, los paisajes son reconocibles, los personajes podríamos ser nosotros mismos. Son amores desgarrados o suavemente infelices, pequeñas tragedias a la orden del día, todo lo más, en casos extremos, un asesinato impulsivo. Una balsa, en fin, de realidad que no concuerda con el título… ¿o sí? Quizás no somos —usted, yo, cualquiera puede ser protagonista de uno de los cuentos— más que hombres deformes, con una sensibilidad enferma, desarrollada de forma asimétrica, caóticos respecto a la normalidad. ¿Pero es que acaso existe la normalidad?
Uno de los principales logros de este pequeño volumen de cuentos, además de su impecable estilo y su sencilla maestría, es esa mirada capaz de posarse sobre la realidad y contemplarla con unos ojos distintos, verter una luz nueva sobre las cosas, que posiblemente no sean tan vulgares ni anodinas como nosotros pensamos. Junto con ello, Raúl Ariza maneja como pocos el difícil arte de la concesión, de poner el punto final a sus relatos justo cuando las palabras han sugerido algo en el lector. No hay nada superfluo en estos cuentos, ningún argumento estirado más allá de su objetivo, que es proporcionar un fogonazo de comprensión al lector.