viernes, abril 09, 2010

Lanzadera en una cripta, Wole Soyinka

Trad. Luis Ingelmo. Bartleby, Madrid, 2010. 212 pp. 16 €

José Luis Gómez Toré

Recientemente, la editorial Veintisieteletras publicaba el Diario de Petter Moen, prisionero de los ocupantes nazis por sus actividades en la prensa clandestina de la Resistencia noruega. El diario, escrito mediante perforaciones con un clavo en trozos de papel de periódico, que Moen arrojaba luego por una rejilla de ventilación, es un testimonio de cómo la palabra se convierte en un gesto de afirmación frente a quien quiere negarnos no sólo la libertad, sino la propia dignidad personal. El poemario Lanzadera en una cripta del premio Nobel de Literatura Wole Soyinka (Abeokuta, Nigeria, 1934) fue escrito también en prisión, durante la guerra civil nigeriana, y, como en el caso de Moen, el poeta tuvo que recurrir a los soportes más peregrinos (paquetes de cigarrilos, papel higiénico, páginas impresas de libros...) para dejar constancia de sus versos. Más allá del hecho más o menos anecdótico de la ausencia del papel, llama la atención la coincidencia en una misma necesidad de expresar y expresarse ante un silencio impuesto, si bien en el caso de Moen nos encontramos ante la experiencia de quien se ve transformado en escritor por las extraordinarias circunstancias en que se vio envuelto, mientras que Soyinka nos muestra a un escritor cuya pasión literaria corre el riesgo de verse truncada por la prisión y que, sin embargo, se niega a abandonar la necesidad de la escritura.
El sorprendente título Lanzadera en una cripta parece aludir a la propia situación del poeta, tejiendo en la oscuridad sin saber si lo que está creando va a ser algo más que una pregunta sin respuesta, pero con la insistencia, con la tenacidad de quien no quiere aceptar la derrota: «Me unjo la voz/ y en lo sucesivo dejo que suene/ o se disuelva en su transcurrir solitario/ por tu vacío. Nuevas voces/ despertarán los ecos cuando/ el mal se vuelva a alzar». Soyinka recurre al verso y a la prosa, al tono directo y a la imagen irracional, al lirismo elusivo y al desgarro grotesco, a los mitos de la literatura occidental (en especial, Ulises) y a los de su tierra africana, para componer un friso en que se enfrentan como dos fuerzas la libertad y el cautiverio (una libertad que va más allá de la circunstancia concreta del poeta y un cautiverio que no es únicamente el de quien se encuentra en prisión). La lanzadera de su telar va desde su desazón personal hasta la visión colectiva, para volver de nuevo a su sufrimiento, que no es sólo individual sino de todos aquellos que comparten alguna forma de privación de libertad. Por ello, hay lugar también para la crítica social y para una mirada hacia un futuro demasiado incierto, que precisa de unos ojos valientes: "Ojos/ que crecen como los estambres buscan/ una levadura de polen. Rehúye/ las visiones/ de lo ácimo, mejor mira al sol».

jueves, abril 08, 2010

Trilogía de Deptford, Robertson Davies

Trad. Natalia Cervera (El quinto en discordia) y Miguel Martínez-Lage (Mantícora y El mundo de los prodigios). Libros del Asteroide, 2009, Barcelona. 1200 pp. 34,95 €

Miguel Baquero

Robertson Davies (1913-1995), el autor de esta trilogía, publicada en España y reunida recientemente en un solo volumen por la editorial Libros del Asteroide, fue probablemente el escritor más reconocido de su país, Canadá. Galardonado con numerosos premios, en nuestro país su novela El quinto en discordia, primera de esta trilogía, obtuvo en el año 2006 el Premio Llibreter de narrativa, y fue saludada con magníficas críticas.
Publicada originariamente entre 1972 y 1975, la Trilogía de Deptford, formada por las ya citada El quinto en discordia, Mantícora y El mundo de los prodigios, es una saga a la usanza clásica, una saga firme y llena de ramificaciones a lo largo de la cual vamos asistiendo al destino de varios personajes que se van entrecruzando a lo largo de los años; una saga al modo clásico en la que existen secretos familiares, confesiones que no acaban de decirse, dudas paterno-filiales, antiguos amores que reaparecen al cabo de los años. En cierto modo, la Trilogía de Deptford está concebida al estilo de esas viejas sagas decimonónicas que, tomando como epicentro a una persona o a una familia, nos narran su vida desde el nacimiento hasta la muerte, así como los avatares de aquellos que tuvieron contacto con él. Sin embargo, y pese a partir de ese viejo patrón, la Trilogía de Deptford tiene muchos aspectos que superan ese viejo esquema y abren nuevas ventanas por las que discurre un aire fresco.
Para empezar, y nunca mejor dicho, en un originalísimo rasgo de humor —como una burla a las antiguas e infatuadas epopeyas familiares—, Davies hace arrancar su saga a partir de un hecho tan nimio como una bola de nieve que, el 27 de diciembre de 1908, un muchacho lanza a otro allá en Deptford, un pequeño y casi perdido pueblo de Canadá. Por un extraño azar de la vida, la bola no acierta al chico al que iba dirigida, sino que éste, hábilmente, se agacha y el proyectil impacta entonces contra una mujer embarazada que camina por allí cerca del brazo de su marido. El incidente provoca el parto prematuro de la mujer… y a partir de ahí los hechos se desatan, el destino se tensa, una gran historia comienza a rodar.
Junto con este original principio —a mi entender grandioso, precisamente por lo minúsculo—, la Trilogía de Deptford, especialmente en la parte correspondiente a su primera novela, encadena de manera ágil, a veces vertiginosa, diferentes episodios de la vida de los personajes que en la mayoría de los casos dejan en el lector una sensación magnífica, pues se trata de escenas novedosas, diferentes a lo habitual. A lo largo de las más de mil páginas del volumen, el lector ve alzarse ante sus ojos una poética que se pretende nueva, pese a estar, como digo, embutida en esa forma antigua. Pero no es sólo el deseo de frescura y autenticidad lo que impregna estas páginas, hay también un pensamiento que late al fondo de los tres libros sobre cómo debe comportarse el hombre, cuál es el sentido de una moral, y, sobre todo, de qué forma todas nuestras acciones acaban teniendo una consecuencia. Cómo el hombre arrastra la cadena de sus decisiones pasadas, incluso —o sobre todo— de aquéllas que pensó que no tendrían mayores consecuencias.
Es de reseñar también —y de agradecer— que, pese a todo, Davies no quiera establecer en ningún momento moralejas o moralinas, así como tampoco haga nunca de sus personajes arquetipos o modelos. Son, todos ellos y en todas las páginas, seres humanos que obran como tales y que, por tanto, se producen a veces de manera mezquina y otras de forma altruista; tipos que, con la excusa de llevar a cabo nobles acciones, se mueven arrastrados por los peores instintos; santos laicos que fueron y seguramente un día volverán a ser pecadores.
Literatura, en resumen. Historias humanas y envolventes, plagadas de imaginación y de final impredecible. Pequeños hechos que se convierten en trascendentales, aparentes catástrofes que acaban pasando desapercibidas. Tal y como es la vida, seguramente, y como nos la narran estas tres magníficas novelas, con sus personajes, algunos de ellos magnéticos, con sus situaciones novedosas y muchas de ellas inolvidables —como las diversas troupes de artistas de mejor y peor calaña por las que uno de los personajes acaba pasando—. La Trilogía de Deptford no es, desde luego, uno de esos libros que tanto abundan de lectura acelerada y afán tumultuoso por llegar hasta el final; por el contrario, es un volumen para leer tranquilamente, disfrutando de cada uno de los personajes, de cada una de las escenas, de esos detalles que precipitan un carácter y dan sentido a toda una vida.

miércoles, abril 07, 2010

El ojo del leopardo, Henning Mankell

Trad. Francisca Jiménez Pozuelo. Tusquets, Barcelona, 2010. 384 pp. 19 €

Amadeo Cobas

Nos encontramos una novela que se desarrolla en dos planos: el que evoca el tiempo en Suecia de Hans Olofson y, como particularidad, la de su desafortunado amigo Sture, y el que narra sus avatares africanos. Aquello es la peripecia y esto es el asombro. Allá estaba el frío, aquí el calor. Aquello representaba la seguridad, esto la incertidumbre y el riesgo.
La vida misma, vamos.
Del presente angustiador que es punto de partida nos retrotraemos al pasado para conocer los motivos y los hechos sucedidos al protagonista desde que embarcó en un avión con destino África. África, el continente más dispar que pudo hallar respecto de la Suecia profunda de la que proviene nuestro héroe. África, en concreto Zambia, que recibe al bueno de Hans con su cochambre, su improvisación, su forma de “dejarse llevar al albur de los acontecimientos” sin oponer apenas resistencia. Ni aunque se hayan emancipado respecto a los otrora países colonialistas, los africanos parecen haber sabido (¿querido?) tomar las riendas de sus vidas y destinos. O esa es la conclusión que obtiene el protagonista a las pocas horas de aterrizar en el continente. ¿Aventurada opinión? Quizás no, porque casi 400 páginas más adelante da cabo la obra pensando de forma similar.
«Un viaje empieza siempre dentro de ti», dice en la novela la persona que enciende en Hans Olofson el deseo de ir a África. Por mucho que descubra aspectos muy poco gratos: sobornos, corrupción, políticos sin escrúpulos ni moralidad, quienes solucionan los papeles irregulares a un extranjero… por un precio módico, huelga decirlo. No le queda más remedio que plegarse frente a las circunstancias porque sabe que su situación legal en el país no es correcta, sino que está entrampado bajo la cobertura de documentos falsos, y que por eso «pueden expulsarme sin previo aviso». Ay, qué paralelismo tiene esta novela con la vida real.
El caso es que el que iba a ser para el protagonista un viaje de dos semanas de asueto a África se extiende hasta durar 18 años, casi 19. Demasiado tiempo para dejar de impregnarse de una cultura completamente nueva. Y conocer que hay hombres que desaparecen en el bosque, algunos opinan que debido a que van a buscar su destino, otros que el leopardo es un felino astuto, no se deja ver mientras acecha, y además es silencioso, por lo que las desapariciones pueden tener su motivo en esos ojos acechantes. Al fin, la leyenda cuenta que la lucha final por el poder, tras la desaparición de las personas de la faz de la tierra, será entre un leopardo y un cocodrilo…
Envuelve el escritor su viaje con una suerte de misterio que va presionando al sueco, refugiado en su granja, cada vez más aislado, los miedos crecientes, quebrados los puentes psíquicos que le unían a los demás blancos que residen en la cercanía, la amenaza cercana tras varios asesinatos, el revólver en la mano como aditamento y salvaguarda que vele el sueño y que ampare el despertar. Porque no es seguro que llegue. El despertar, digo.
En efecto, África es un enigma, una incógnita, un continente por explorar y descubrir… Ello a pesar de haber residido, repito, durante cerca de dos décadas allí, tal y como le vaticina un periodista al protagonista: «puedes vivir aquí veinte años más y seguirás sabiendo igual de poco»… La superstición domina las mentes más débiles, y por mucho que un occidental intente hacer ver a los africanos que la magia negra no existe, ellos jamás le creerán. Así es que un hechicero siempre dominará sus voluntades con fuerza superior a la que pueda ejercer el dueño del lugar donde trabajan, aunque éste amenace con el despido.
Tiene mala leche Mankell en algunos pasajes, muestra su rabia, como cuando un residente en Zambia le pregunta a Hans cuál es el país de África que recibe más ayuda de Europa… La respuesta es Suiza. Sí, sí. ¿Por qué? Porque “hay números de cuentas anónimas que se llenan con dinero de las ayudas que sólo hacen un viaje rápido a África y vuelven”…
Que entienda quien quiera.

martes, abril 06, 2010

Nada que temer, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2010. 300 pp. 19 €

Ignacio Sanz

«No creo en Dios, pero le echo de menos». Con esta frase ilusoria y feliz arranca este libro de Barnes, escrito al filo de los 60 años. Tuve la suerte de leer El loro de Flaubert y, desde entonces, siento debilidad por este autor británico con tendencia a la escritura divagatoria. Tampoco aquí renuncia a la divagación, aunque el libro esté centrado en la memoria de la muerte o, mejor, con la memoria de los últimos años de sus seres queridos, también, por supuesto, con los testimonios que a propósito de la muerte y sus alrededores, nos han dejado algunos de los escritores que Barnes más admira: Flaubert, Jules Renard, Alphonse Daudet o Montaigne.
Por ello, lo primero que hay que advertir es que Nada que temer no es una novela, sino un libro de ensayo literario que trata de rastrear en ese espacio especulativo del más allá. Pese a que nadie ha venido para contarlo, ese espacio ha dado lugar a un género literario que podría resumirse en esta pregunta. ¿Hay vida más allá de la muerte? Muchos escritores con la imaginación calenturienta han explorado ese mundo que nos ha sido transmitido por las religiones. Por cierto, la presencia de las religiones es fundamental en este libro. Porque uno de los fundamentos de su existencia es precisamente la promesa del más allá para los feligreses.
Barnes se declara ateo, como su familia. Pero vive rodeado de amigos religiosos en una sociedad en la que la religión ocupa un espacio. También él, así nos lo confiesa, cuando piensa en Dios, no piensa en Buda o en Mahoma, sino en Jesucristo, porque aunque no sea cristiano, ése es el Dios que domina en su cultura e, inevitablemente, es el que lleva en su cabeza, aunque no crea. Sorprende el grado de tolerancia que muestra hacia la religión. Uno piensa en el ciudadano medio anticlerical que domina entre nosotros, en el incendiario comecuras, rebotado de los excesos y de las represiones y no puede por menos de admirar a Barnes. Y no es que él no se muestre crítico, que se muestra, y mucho, con las religiones, pero no hace sangre de las contradicciones religiosas porque sabe que las religiones son necesarias para el hombre. Ni el comunismo más furibundo ha podido estirparlas porque están en la médula del hombre. Además, a Barnes, le gustaría creer, entiende que en los momentos en los que uno ve la muerte de cerca, la religión es muy consoladora y ofrece un salvoconducto para que el hoyo donde nos meten no sea la morada definitiva. Pero, nos advierte también: «no me habría gustado nacer en los estado papales en fecha tan reciente como el decenio de 1840. La educación estaba tan descuidada que sólo el dos por ciento de la población sabía leer; los curas y la policía secreta lo manejaban todo; se consideraba peligrosos a los “pensadores” de cualquier género.»
Y nos dice también: «la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo tiende al monopolio».
En definitiva, hay mucho ingenio, mucha memoria familiar, mucha vida social, muchas catas en este tema siempre candente del más allá. Y mucha ironía, cómo no podría ser de otra manera, tratándose de Julián Barnes. Por ejemplo, hablando de los escritores, que con tanto ahínco persiguen la inmortalidad, nos recuerda una adivinanza malvada de Artur Koestler: «Es mejor para un escritor que te olviden antes de morir o morir antes de que te olviden».
El tema de la muerte suele resultar recurrente a parir de una cierta edad, por eso la juventud vive como si fuera inmortal. Pero a los cuarenta años Barnes ya estaba preocupado pues hace una anotación en su diario que rescata para este libro:
«La gente dice de la muerte: “No hay nada que temer”.
Lo dice rápidamente, con indiferencia. Ahora digámoslo otra vez, despacio, recalcando: “No hay NADA que temer».
La palabra más verdadera, más exacta, más llena de sentido es la palabra “nada”.
Barnes también nos previene de aquellos que, como Flaubert, al verse despojados de una religión, adoptan al arte como tal y se vuelven intransigentes: «La religión del arte hace peor a la gente porque alienta el desprecio por quienes no son artistas».
He aquí un libro lúcido sobre la muerte y sobre la inmortalidad, un libro lleno de recuerdos personales y de erudición en torno a un tema tan peliagudo, apto, eso sí, para lectores inteligentes y críticos con la religiones. Pese a todo las hace un homenaje cuando repasa las catedrales, las grandes cantatas, la pintura, las tallas magníficas de los retablos. Como un funámbulo, una ves más Barnes atraviesa el abismo sobre un alambre.

lunes, abril 05, 2010

Las correspondencias, Pedro G. Romero

Periférica, Cáceres, 2010. 68 pp. 12 €

Coradino Vega

Partiendo de una cita de Ezra Pound ―que uno podría imaginar tan del gusto de Agustín García Calvo―, la cual viene a decir que cuando una carta habla de amor, en el fondo de lo que está hablando es de dinero, el artista conceptual Pedro G. Romero (Aracena, 1964) presentó un proyecto en la Bienal de Venecia de 2009 que ahora la magnífica editorial Periférica nos ofrece en forma de libro. Se trata de un breve epistolario que consta de veinte misivas que se mandan habitantes de la ciudad de las fundamenta (Romero sacó sus nombres y direcciones del listín telefónico), en las que se habla de cosas como la muerte de un amigo, la venta de una pistola sumergida en un canal, el papel del intelectual, Berlusconi, la inmigración, el amor o la trama de un sabotaje ferroviario.
Pedro G. Romero no se define como un “autor con mayúsculas” que necesita su escritura para expresarse; sus formas de expresión son más variadas. Y aunque la fórmula “artista conceptual” parezca algo abstrusa e incluso pleonásmica (a mí el arte conceptual me suele dejar el complejo de no haber entendido bien el concepto al que se refiere), en Romero todo parece claro y su “cosa moderna”, como él mismo llama a su opúsculo siguiendo a Pasolini, resulta per se una obra literaria subyugante, que cala y que te hace pensar disfrutando. Porque Las correspondencias es un librito que interviene en “lo real”, que plantea un cuestionamiento ético del mundo en que vivimos, que menciona poco y sugiere mucho, y que lanza preguntas sin arrojarnos a la cabeza ninguna respuesta. Dice Romero que es un canto “a lo que se pierde”. Y lleva razón. Cuando alude a las Cartas luteranas de Pasolini, las Cartas desde la cárcel de Gramsci y Querido Miguel de Natalia Ginzburg como punto de partida, nos damos cuenta de que es un canto a un tipo de literatura hoy día poco reivindicada, la italiana del siglo XX (hasta su tono sencillo, cantarín, humorístico y preciso hace que parezca que estemos leyendo una traducción de Vittorini); a la manera de analizar el mundo que tuvieron esos mismos intelectuales, podríamos decir que “marxista” (sí y qué pasa); y al género epistolar que cuida la palabra y vehicula las emociones y que, en la actualidad, como dice Ferlosio, ha vuelto a su origen en el sentido de que las cartas se emplean únicamente como conductos oficiales, “para cosas del Reino, los notarios y los abogados o cosas de Hacienda”, añade el propio Romero. Un canto, por tanto, a una cultura perdida: la de la inteligencia crítica, la del rigor estético, la de la palabra como instrumento… Y la de la ironía. Venecia como patria del capitalismo financiero. O esta otra cita: «Ha cambiado el modo de producción (cantidades enormes, bienes superfluos, función hedonista). Pero la producción no sólo produce mercancías: produce al mismo tiempo relaciones sociales, humanidad, o sea una nueva cultura».
Un libro que se plantea esto es, en mi opinión, y dadas las circunstancias, un libro necesario. Si además es intensamente moderno (y por moderno véase Menéndez Salmón cuando refrendaba hace poco lo que cierta corriente de opinión se niega a asumir: que todos los mediterráneos han sido ya transitados y que ser moderno consiste, precisamente, en haberlos navegado y no en creer descubrirlos), y es asimismo inteligente, estimulador, conciso y hermoso, para qué seguir hablando.
Una joya más, en definitiva, para el exquisito catálogo de la editorial Periférica.