viernes, marzo 26, 2010

Las crudas, Esther García Llovet

Ediciones del Viento, A Coruña, 2009. 142 pp. 15 €

Fernando Sánchez Calvo

La primera vez que leí a Esther García Llovet no fue hace mucho, quizás poco menos de un año. Concretamente disfruté de un cuento que publicó en la antología Todo un placer, coordinada por Elena Medel, y de la cual hice una reseña en este mismo blog. Era un relato de cuyo título quiero acordarme pero no puedo (presté el libro). También quiero acordarme del nombre de su protagonista, pero tampoco puedo (presté el libro). Sí que recuerdo que se narraba el despertar sexual de una chica que había concentrado todas sus energías en recorrer de punta a punta la ciudad, la región, para reunirse con un tipo, no sé si mucho mayor que ella. Vienen a mi mente ahora también una casa en las afueras y un taxi o el coche de un extraño. Argumento banal pues el del cuento (sobre todo si tenemos en cuenta que mi memoria falla) pero, y eso sí lo recuerdo, rodeado de una mezcla explosiva, como he visto pocas veces, de realismo y poesía. Normalmente cuando se intentan combinar estos dos ingredientes o sus derivados (crueldad, reflexión, etc) nace como resultado algo chusco, algo inverosímil o algo indecente. Esther García Llovet se arriesgó y salió algo muy muy decente.
Lo mismo ha sucedido con su novela Las crudas, publicada por Ediciones El Viento. Lirismo y cierto apego a la faceta más prosaica de este mundo articulan la historia de Esmiz, el peculiar propietario de un restaurante de moda en la acomodada zona de la bahía. Mafioso, machista, estafador, ni siquiera podemos decir que su vida cambia cuando conoce a Perica, una camarera salvadoreña sin papeles. Ésta, nihilista sin saber qué significa “nihilista”, madre soltera de Bico (un crío que desde los principios ha nacido para ser carne de realities) quiere trabajo y se supone que también estabilidad para ella y la enfermedad de su hijo. Del mismo modo Esmiz necesita un símbolo, un indicio, que le devuelva la cara amable de la existencia, la fe que le permita salir o por lo menos nadar sobre el mundo que él mismo y otros se han encargado de fabricar. Ese indicio es Perica. En este punto entra la sórdida visión de Esther García Llovet: ni una tregua (casi), ni un atisbo de esperanza (casi) para dos personas que están condenadas a sufrirse, a desearse (no siempre bilateralmente) y, desde luego, a rehacer constantemente sus trayectorias. No hay (casi) tiempo para mostrar amor y aun así, Esmiz, con la ayuda de un dinero ganado ilegalmente, de sus contactos y de su extravagante amigo el Italiano, no cejará en el empeño de conseguir lo único que puede empezar a dar una pizca de sentido a aquel brillante estercolero humano que es la zona de la bahía.
Como con el famoso cuento de cuyo título, de cuya historia y de cuya protagonista no puedo acordarme (presté el libro), también me ocurrirá que olvidaré, dentro de tres semanas o cuatro a lo sumo, la historia de Las crudas. Y sin embargo no pasará nada. Perderé la trama (secundaria siempre) a cambio de quedarme con los nombres de los protagonistas y, por encima de cualquier dato, con el espíritu de esta magnífica novela. No recordaré qué pasó, pero sí cómo sucedieron las cosas en ella y qué bofetada recibió mi cerebro al terminar de leerla. Al y fin y al cabo, es lo que distingue a una buena novelista de un escritor.

jueves, marzo 25, 2010

Cuentos de imaginación y misterio, Edgar Allan Poe

Julio Cortazar. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2009. 423 pp. 32,90 €

Marta Sanuy

El 19 de enero de 2010 no aparecieron en su tumba las tres rosas y la media botella de coñac que, desde mediados del siglo pasado, dejaba allí quien firmaba el que brinda por Poe: Se cumplen doscientos años de su nacimiento pero se pueden seguir añadiendo datos y misterios a su historia.
Una de las preguntas qué más nos interesan es: ¿Qué es lo que hace que una obra sobreviva al paso del tiempo? A Edgar Allan Poe es a quien más veces se la hemos formulado, y con motivos.
La respuesta es prolija y claro, complicada, pero existe. Para empezar, Poe es un autor que piensa en el lector y en el efecto que sobre el lector tiene cada palabra, nunca fue un ingenuo, basta leer La Filosofía de la composición o las reflexiones literarias que aparecen en algunos de sus cuentos para comprobar que su concepción de la escritura era casi matemática. Además, Poe no ha olvidado las armas del narrador, sus personajes son planos, no tienen dimensión psicológica, solamente son los sujetos de lo que acontece, dice Julio Cortazar en el prólogo que recoge esta edición y, precisamente, esa es una de las características que, según Walter Benjamin, distingue al narrador del novelista. El narrador, sobre todo el narrador oral, no necesita explicar a quién le sucede, acerca el protagonismo al que escucha o al que lee gracias a la ausencia de pormenores, lo importante es la historia.
También se debe la inmortalidad de la obra de Poe a los temas que elige; aborda sin prolegómenos las preocupaciones fundamentales del ser humano, esas preocupaciones son sus motores creativos y los verdaderos protagonistas de sus historias. Su obra perdura porque fue capaz de resumir y simbolizar nuestras pulsiones básicas con precisión, y fue como si las volviera a fundar: la nueva codificación de los miedos esenciales que inventarió en sus relatos resulta ya indiscernible de los miedos mismos. Además del tema de la muerte, aparecen en el centro de su obra la potencia del misterio, del amor y la locura: ¡qué habilidad y que osadía hacer que un enfermo mental narre los detalles de su enfermedad asumiéndola como tal, que haga lo más incompatible con la patología que padece!
Poco nuevo se puede decir de un clásico de estas dimensiones, reinventó la novela gótica, inventó el cuento policíaco, abrió importantes senderos de análisis literario y, sobre todo: no hay nadie sobre quien no haya influido. Es de esos autores a los que no hace falta haber leído para que nos hayan afectado, su influencia no conoce límites de género ni épocas, sobre Poe hay música, obras de teatro, películas, cómics, óperas, él llega a nuestras vidas, siempre y por muchos caminos.
Dicen que las pesadillas tienen una función: familiarizarnos con límites de dolor psíquico. Los cuentos de Allan Poe, lo dice Fernando Savater, son homeopáticos, una vacuna contra el terror cuyos efectos han sido comprobados por todos, generación tras generación. Esta edición de Libros del Zorro Rojo, con el prólogo y la traducción de Julio Cortazar y las estupendas ilustraciones de Harry Clarke es una elección acertada para volver a vacunarse.

miércoles, marzo 24, 2010

Clarke Street 64, Andrew Holmes

Trad. Julia Osuna Aguilar. 451 Editores, Madrid, 2009. 438 pp. 19,50 €

Sofía Castañón

Tropezamos con personas cuyo futuro nos hace cavilar un rato. A veces, ese encuentro es puntual, pequeño, un despiece en el periódico que cuenta la historia de un tipo que tras ser acusado de algo terrible y pasar por la cárcel se descubre que era inocente de todos los cargos. Piensas en cómo seguirá la vida de aquel a quien el juicio público apuntó con el dedo, del que, además de no recuperar su tiempo perdido, nadie devolverá su presunción de inocencia. Un momento. Otras veces no es tan breve, como las noches, con miedo de volver al instituto o al colegio, elucubrando qué depararía el destino a ese terrorista emocional, matón de centro de estudios, que tanto molestaba a todos y tanto alimentaba la recién descubierta angustia. Y aun tiempo después, recordando viejos tiempos con los amigos, pensaréis qué habrá sido de ese niñato horrible, y en un momento en el que vuestra humanidad no mire, le desearéis lo peor.
Clarke Street 64 no elucubra, recoge los destinos. Aunque quizás “destino” sea una palabra que invite a pensar en epopeyas, en graves escenas clásicas, en sacrificios, parricidios y cosas importantes. En la novela de Holmes, destino es una idea más de los suburbios, del Londres desfavorecido por el que no pasan autobuses rojos de dos pisos, el que no sale en las postales porque sería retratar a un ecosistema que se devora hambriento. Lo que sí se mantiene respecto al concepto clásico es lo que tiene éste de inevitable.
Nadie escapa a su mala estampa, parece decir Holmes con humor mordaz. En una narración rebosante de ironía, el escritor británico no hace concesiones a nada que no sea para colocarse en la perspectiva de cada personaje. Una novela coral, que no lo es. Una novela hiriente que es tierna (la ternura de la carne poco hecha sometida al cuchillo de sierra mínima y que sorprendentemente cede): un desgarro —light , eso sí— a nuestras buenas conciencias.
Como un trilero, juega con el tiempo y nos altera las secuencias, nos adelanta para luego rebobinar y poner otra cinta. Todo sin más artificio que un despiece que rápido amalgama. Con la boca tan sucia como los bajos fondos. Tan despierta y ágil como la de un lazarillo postmoderno.
Igual que el fundido aditivo del montaje cinematográfico, Andrew Holmes va superponiendo las tramas, la vidas de unos personajes que, con la ropa sucia, intenta buscar jabón y acaban por hacer mucho más grande la mancha.

martes, marzo 23, 2010

Tal vez soñar, José Ramón Ayllón

Ariel, Barcelona, 2009. 131 pp. 15 €

Rubén Castillo Gallego

Aunque el público que puede disfrutar y aprender con los volúmenes metaliterarios es reducido, reconoceré que sobre mí ejercen una fascinación especial. Encontrar una obra donde se reflexiona, filosófica o ensayísticamente, acerca de novelas que ya he leído me depara nuevas ocasiones para el deleite, porque me descubre ángulos imprevistos de ellas, flancos vírgenes en los que no había reparado y puertas sorprendentes que yo solo no fui capaz de abrir. Y así ha ocurrido con Tal vez soñar (La filosofía en la gran literatura), un texto de José Ramón Ayllón donde se aproxima a célebres monumentos de la historia de la literatura universal, con el fin de extraer la quintaesencia de sus páginas.
De ese modo podemos descubrir que Homero edifica en Ulises al prototipo de ser humano: tenaz en sus decisiones, luchador contra la adversidad, debelador de obstáculos. Y su historia no es contada con escrupuloso detalle («Homero es el primer periodista del mundo», p.23). Daniel Defoe, con su novela de Robinson Crusoe, coloca al ser humano en una prehistoria artificial, donde ha de poner en juego sus habilidades para domeñar el entorno, y eso permite a Ayllón reflexionar sobre el singular papel de la inteligencia humana («Sería un error pensar —observa Leonardo Polo— que el hombre inventa la flecha porque tiene necesidad de comer pájaros. También el gato siente esa misma necesidad y no inventa nada. El hombre inventa la flecha porque su inteligencia descubre la oportunidad que le ofrece la rama. El hambre sólo impulsa a comer, no a fabricar flechas: son dos cosas muy diferentes. Por eso no es correcto explicar al hombre desde sus necesidades. El hombre no necesita la inteligencia, simplemente la tiene», p.24). Cervantes, a través de su loco ético don Quijote, nos comunica la idea de que «el hombre es un ser constitutivamente apasionado, y en lugar de adecuar la inteligencia a la realidad, con frecuencia la amolda a sus propios intereses» (p.31). Antoine de Saint-Exupéry codificó su propia peripecia en El principito, la historia de alguien que descubrió que todas las rosas del mundo no valen tanto como tu propia rosa, y que «el itinerario del amor dice primero ‘me gustas, después ‘te quiero’, y, por fin, ‘te amo’» (p.40). Ana Frank pasó de vivir en una madriguera infame rodeada de gente egoísta y gris, a ser detenida por las SS en agosto de 1944 y enviada a Auschwitz y luego a Bergen-Belsen, donde murió. Su vida es esencialmente interior, pero es eso lo que enriquece su mirada («Al ser humano —animal racional y social— también se le puede llamar, con toda propiedad, animal sentimental», p.48). George Orwell realiza en Rebelión en la granja una implacable denuncia satírica del comunismo práctico, puramente dictatorial. Así, nos dirá que estamos ante «una buena lección de historia y —desde el punto de vista literario— una obra maestra que no pierde valor cuando las circunstancias particulares que motivaron su composición se desconocen» (p.80)... Y más, mucho más. José Ramón Ayllón no duda en criticar la ambigüedad simbólica de Friedrich Nietzsche, ni tampoco vacila a la hora de emitir juicios hiperbólicos («El señor de los anillos es la Odisea del siglo XX», p.107) o cuando debe opinar sobre la familia, la amistad, la religión, la muerte o Dios... Por eso, y por infinidad de pequeños detalles que salpican el texto en casi todas sus páginas, ésta es una obra para discutir con ella, para charlar y debatir, para corroborar ideas o para refutarlas, para discrepar o para mostrar la mayor de las conformidades. En suma, una obra para convertir algunos de los más grandes libros de la historia literaria en objeto de reflexión constante y fértil. Un volumen sin duda memorable.

lunes, marzo 22, 2010

El expediente Archer, Ross MacDonald

Trad. Ignacio Gómez Calvo. Mondadori, Barcelona, 2010. 593 pp. 16.90 €

Julián Díez

Entre las incontables situaciones anómalas del mercado de la edición en castellano, viene este libro a recordar la de Ross MacDonald. Considerado ya canónicamente como el tercero de los grandes autores clásicos del género negro, el sucesor de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, en el momento en que se publicó El expediente Archer a comienzo de año no había prácticamente ningún otro libro del autor en catálogo en castellano. Cuando escribo estas líneas, RBA, que ya había recuperado alguna de sus otras novelas, ha reeditado la primera, El blanco móvil.
Digo que es curioso porque El expediente Archer es en realidad un libro complementario, un volumen de piezas para completistas. Está la docena de cuentos que MacDonald dedicó a su detective fetiche, Lew Archer, algunos de ellos en realidad protagonizados inicialmente por personajes de otro nombre pero que luego reformó. Y otra decena de piezas sueltas, páginas no incluidas en ninguna obra, que forman una ensalada variopinta, con interés casi únicamente para especialistas, y son lo más flojo del volumen.
En cambio, donde resplandece y se justifica es en las introducciones: tanto la entusiasta de Rodrigo Fresán como la extensa y brillante del recopilador, Tom Nolan, que asume el papel de biógrafo de Lew Archer reconstruyendo la trayectoria del personaje a partir de los textos existentes —tanto las quince novelas como los relatos aquí incluidos— y ofreciendo un retrato verdaderamente atractivo, que pone en valor de manera contundente el culto que genera el personaje, mucho más que los textos incluidos posteriormente.
Casi únicamente los dos últimos relatos, ya de la época de madurez de MacDonald (Perro dormido y Azul medianoche) hacen justicia al talento del autor, , aunque haya también apuntes de su extraordinario manejo de las convenciones del género negro en los demás, en particular en La siniestra costumbre o Extraños en la ciudad. Además, están escritos con las cualidades macdonaldianas de precisión verbal, impresionismo descriptivo, sugerencia, brillo en los diálogos.
En conclusión, el volumen es de los que se guardan, y en su conjunto ofrece un excelente argumentario a los que creemos que MacDonald no sólo es uno de los tres grandes, en efecto, sino también algo más: el eslabón necesario entre esa generación ligada al pulp y la que ya dio madurez a la novela negra a partir de los sesenta con Parker, Westlake, Ellroy o Leonard. Porque Archer ya no habla con el engolamiento duro de Marlowe, es más verosímil, pero a la vez mantiene algunas de sus cualidades, por así decirlo, “tardorrománticas”. Archer, en resumen, ya no podría ser encarnado por Bogart, porque vive en un mundo más parecio al nuestro, pero aún tiene en sí el suficiente idealismo para que le representara en un par de ocasiones Paul Newman, que difícilmente podría ser lo bastante crudo para encarnar a uno de los antihéroes posteriores, pero que sí supone un buen retrato para la obra de MacDonald: pulida, sincera, dinámica, brillante.