viernes, enero 01, 2010


Que el 2010 nos traiga buenos libros

jueves, diciembre 31, 2009

Los papeles de Aspern, Henry James

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2009. 166 pp. 16 €

Coradino Vega

El realismo norteamericano se fraguó en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de escritores como Mark Twain, William Dean Howells o Henry James. Pero mientras al primero le interesó el mundo rural del sur y el oeste, y al segundo el ambiente industrial y urbano del norte, Henry James parece que no prestó demasiada atención a la honda transformación del país surgido de la Guerra Civil (1861-1865), sino a la vieja Europa, territorio que contenía —según él— las condiciones necesarias que permitieran el desarrollo de la cultura y la imaginación que carecía la nueva América. Su máxima aportación se centró más bien en el orden técnico o formal. El control del punto de vista, como manera de superar la narración omnisciente, facilitó la profundización del análisis psicológico de sus personajes y las complejidades que habitan el alma humana. De él al stream of consciousness, experimentado por Virginia Woolf, Faulkner o Joyce, había sólo un pequeño e inevitable paso.
Henry James fue un auténtico maestro de la novela larga, el relato corto y la nouvelle. A este tercer tipo pertenece Los papeles de Aspern. Un joven editor y crítico descubre que aún vive una de las musas y amantes de Jeffrey Aspern, idolatrado poeta sobre quien está escribiendo un libro. La anciana señorita Bordereau vive encerrada en un palazzo veneciano con la única compañía de su sobrina Tina. El editor decide entonces convencerlas para que le acepten como inquilino a la espera de poder acceder a los misteriosos papeles de Aspern que Juliana Bordereau guarda con impenetrable celo. (Por lo visto, la historia tiene su origen en una noticia que llegó a oídos de Henry James cuando pasaba una temporada en Florencia: allí seguía viviendo Claire Clairmont, amante de Byron y amiga de Shelley, y cierto investigador había intentado trabar amistad con esta anciana y su sobrina con el objetivo de obtener unas cartas privadas del poeta.) Pero la ambigüedad e hipocresía iniciales irán adquiriendo una tensión dramática in crescendo en la que nada acabará siendo lo que parece que es. ¿Hasta dónde será capaz de llegar el editor para conseguir los preciados papeles?
La novela transcurre en un ambiente entre encantador y decadente (un verano en la Venecia de los canales y las fondamenta), pero que también tiene algo de fantasmagórico (el tipo de vida que llevan las señoritas Bordereau clausuradas durante tanto tiempo); y la temática del libro, junto a las sombras de la casa donde transcurre la acción, hace que nos acordemos de otras dos novelas cortas de Henry James como son La lección del maestro y la archiconocida Otra vuelta de tuerca. Su lectura es agradable a la vez que inquietante, ya que el magistral manejo del suspense, unido a la inteligencia de los giros de la trama y de los diálogos, hace que esta nouvelle sea una auténtica breve obra maestra. El amable editor ¿es un idealista o un ser sin escrúpulos? ¿Quién se supone que está engañando a quién? ¿Qué significa todo ese contexto paródico de jardines tapiados: la inaccesibilidad del pasado? Hay algo de fábula moral en esta novela: la reflexión sobre los límites de la privacidad unida a una cómica contraposición entre el pasado romántico y la mediocridad del presente. Y como en otras obras de James, está latente (en este caso, centrado en la figura de Tina) la pérdida de la inocencia americana ante el peso cultural de la resabiada Europa.
Leer a Henry James es una verdadera delicia: la ironía, la sutileza y la elegancia de su prosa siempre esconde algún secreto que hace que el lector no pueda parar hasta descubrirlo.

miércoles, diciembre 30, 2009

La máquina de languidecer, Ángel Olgoso

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 131 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

No sé muy bien si los microrrelatos proceden del magisterio de los haikus orientales o de las enseñanzas cazurras y sincréticas del jesuita Baltasar Gracián (“Más obran quintaesencias que fárragos”), pero lo cierto es que el género, en los últimos años, está interesando a un número creciente de lectores. Sin duda, buena parte de esta curiosidad ha sido despertada por autores como Ángel Olgoso, titán de las mini-estructuras e intrépido explorador de sus mil bifurcaciones y recovecos. Su último libro continúa la línea, con elogiable brillantez. Se trata de un tomo que le publica Páginas de Espuma, con una magnífica portada de Santiago Caruso, y que lleva por título La máquina de languidecer. Cien historias densas, proteicas, intrigantes, humorísticas, filosóficas, desasosegantes y llenas de guiños, donde el autor granadino da rienda suelta a sus fantasmas, sus obsesiones y sus temas recurrentes, para conformar un cosmos de inquietante perfección, donde cabe casi todo: las revisiones de los mitos homéricos, contemplados desde una óptica nueva (“Ulises”); los relatos de terror o de aldeanismo supersticioso, que viran en sus últimas palabras hacia el humor (“El lobo viejo de las desgracias”); los textos donde las fronteras entre el fracaso y el éxito, entre la ignominia y la liberación, entre el ayer y el hoy, desdibujan sus límites (“La larga digestión del dragón de Komodo”); sangrientas ceremonias precolombinas que acaban de un modo lánguido, humano, casi suplicante (“Quauhxicalli”); las parábolas donde la vida queda codificada en una serie de elementos comunes (“La derrota”, “Umbrales”, “Subir abajo”); ínfimas disputas fraternas que adquieren una dimensión simbólica, inquietante o tremebunda en apenas siete líneas (“Vidas privadas”); enumeraciones culturales que se rizan, al final, en una carcajada lingüística (“Un mélange mitológico”); o textos espeluznantes, que sobrecogen como latigazos, donde nuestro mundo queda retratado con macabra nitidez (“Conjugación”).
Ángel Olgoso acude a todos los senderos, pulsa todos los resortes, maneja todas las variantes, indaga todas las cuevas. Parece como si no quisiera dejarse ni una sola posibilidad por ensayar, ni siquiera la micro-novela, que está representada por textos tan memorables como “Crimen perfecto” o “Caballería volante”... Por fortuna, sus lectores sabemos que es mentira, y que su prosa y su fantasía son como el ave Fénix: están en constante ejercicio germinativo. Apenas dadas a la imprenta estas producciones, Ángel Olgoso estará componiendo otras historias, cincelando otros mundos. Y seguramente, aunque parezca imposible, nos volverá a sorprender con esas páginas. Por ahora, y a pesar de nuestra avaricia, tendremos que soportar la espera leyendo y releyendo este prodigioso volumen, lo que tampoco está mal.

martes, diciembre 29, 2009

Como una moto. La vida galopante de John Belushi, Bob Woodward

Trad. Miguel Izquierdo. Global Rhythm, Barcelona, 2009. 528 pp. 25.50 €

Martí Sales

Tornado Belushi, vorágine Belushi, terremoto Belushi. Todo fenómeno metereológico de largo alcance o de consecuencias imprevisibles se le puede aplicar. John Belushi (1949-1982), el gran cómico, vivió inmerso en el descontrol de alguien que se droga a todas horas, sin dejar de rodar episodios del seminal y grandioso programa Saturday Night Live (de donde salieron Bill Murray, Chevy Chase, Dan Ayrkroyd y tantos otros) o películas que pincharon en la taquilla como 1941, de Spielberg, o The Blues Brothers, de Landis. Bob Woodward, el autor de esta biografía (que apareció en 1984, sólo dos años después de la muerte de Belushi), se documentó a fondo: entrevistó a todo el mundo que le había conocido: desde estrellas del cine como De Niro y Nicholson hasta taxistas y camellos. Así consiguió que su libro fuera polifónico y poliédrico y la visión de la vida de Belushi, muy completa. Su mujer, Judy Belushi, años más tarde de su muerte y también de la aparición de este libro, escribió su versión de la vida de su famoso marido, una visión más tierna y próxima, según ella, que creía que Como una moto. La vida galopante de John Belushi (Wired: the fast times and short life of John Belushi, en el original) se centraba demasiado en el consumo de drogas de su difunto marido. Sí, es verdad: hay un montón de drogas en Como una moto. Como las había en la vida de Belushi, lo queramos o no. El libro es, precisamente, la crónica de una muerte anunciada por un abuso sistemático de la mayoría de sustancias estupefacientes que había a su disposición en aquella época; o sea, un “no seas tan bestia/tonto como él y no lo hagas” medio encubierto. También es un retrato del funcionamiento interno de Hollywood de los setenta y de los avatares de la fama (John Belushi celebró su treinta aniversario en 1979 y aquel mismo día su película Animal House (Desmadre a la americana) era número uno de recaudación en taquilla, su disco Briefcase full of blues, con los Blues Brothers, era el más vendido y su programa de televisión SNL el más visto); vaya, otra vez la historia del ascenso paulatino y placentero y de la rauda caída final, pero no se hace pesado (aunque no esté especialmente bien escrito; con dignidad, solamente) porque el personaje tiene mucha enjundia: era tan animal que te partes y te estremeces de un párrafo a otro. Hay la descripción de muchos gags y de muchas farras, de muchas intentos fracasados para reconducir su autodestrucción y de muchos dislates, éxitos y gamberradas. Para quien no lo conocimos pero lo admiramos, este un libro fantástico, ya que después de haberlo leído nos parece que entendemos y estamos mucho más cerca de este gran cómico y destroyer que fue John Belushi.

lunes, diciembre 28, 2009

Una revolución pequeña, Juan Aparicio-Belmonte.

Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 272 pp. 18.90 €

Miguel Baquero

Una revolución pequeña, la última novela de Juan Aparicio-Belmonte tras El disparatado círculo de los pájaros borrachos, es un nuevo acercamiento al género negro, en el que tan bien se desenvuelve el autor; ahora bien, siempre de acuerdo a un estilo peculiar, un tanto (o un mucho) apartado de las convenciones del género. En esta nueva novela, algo extraño presiente el lector desde el primer momento, desde que se le presenta la escena inicial muy cercana al disparate, pero aun así el argumento parece contenerse dentro de unos límites lógicos, o al no menos no demasiado extraños. En un determinado momento, sin embargo -en una página en concreto, en una escena específica-, la realidad tal y como lo entendemos cae hecha añicos. Una joven le cuenta a sus padres que acaba de asesinar a un hombre y, después de unos momentos en que los padres quedan boquiabiertas, acaban por levantarse y felicitarla efusivamente, contentos de que su hija, ¡por fin!, haya decidido seguir con la tradición homicida familiar.
Una vez que en este momento la lógica, o por mejor decir: la convención se rompe, la novela se convierte en una constante sorpresa, sostenida en el humor y el espíritu crítico, pero sin olvidar por ello la verosimilitud. En gran medida, Una revolución pequeña es la lucha entre la familia excéntrica, ajena a las normas y que ha roto con todos los esquemas, contra un cuerpo policial que, en lo posible, se atañe al raciocinio, al procedimiento y a la norma. Una confrontación dentro de unos límites estrechos que la hacen posible, porque el autor ha acotado el escenario de tal forma que los unos son parientes, conocidos o allegados de los del bando opuesto. El resultado es un círculo cerrado donde se respira una atmósfera especial de disparate lógico, o de lógica disparatada, cuya frescura y originalidad siempre es de agradecer.
Entre los muchos y extravagantes personajes (algunos más que otros, pero extravagantes todos) que pueblan la novela, llama la atención la figura de la víctima, un profesor universitario izquierdista recalcitrante, soviético de la vieja escuela, leninista-estalinista de carril. Con su muerte, Aparicio-Belmonte parece estar rindiendo viejas cuentas, en especial la de la caricaturización de este tipo sociopolítico hace poco tan común y sobre el que parecía flotar un velo de “intocabilidad”. Al hacerle caer bajo el peso contundente del busto de Lenin, Aparicio-Belmonte parece liberar, como una “pequeña revolución”, la carcajada que hasta ayer mismo nos obligábamos a contener en tocando a estos personajes, y en este sentido también esta última novela de Juan Aparicio-Belmonte aporta frescura y aires nuevos.
Una buena novela, en suma, que bajo su apariencia lúdica y su expresión ágil y cotidiana parece esconder un deseo de encontrar un camino más despejado, una lógica distinta libre de acartonamientos y prejuicios.