viernes, diciembre 25, 2009
jueves, diciembre 24, 2009
Submundo, Don DeLillo
Trad. Gian Castelli Gair. Seix Barral, Barcelona, 2009. 902 pp. 27 €
Coradino Vega
Desde Hawthorne hasta Pynchon, o desde Melville hasta Eugenides (pasando por gente como Steinbeck, Dos Passos o Henry Roth), parece que son muchos los que han intentado escribir la Gran Novela Americana: ese libro que, como el poema de Whitman, transustancie el alma del vasto país en pura materia literaria. Nada que objetar. Sólo decir que Don DeLillo engrosa esa lista con la reconocida obra de 1997 que ahora se reedita en España.
El primer capítulo de Submundo narra un partido de béisbol que aconteció el 3 de octubre de 1951. Se trata de un magnífico relato en el que la Historia (el ensayo de bomba atómica materializado por la Unión Soviética) se entrelaza de forma magistral con lo que el propio DeLillo ha denominado “contrahistoria”, es decir, cómo la gente de a pie vive a contramano la Historia, protegiéndose de ella. El paradero de la pelota que protagonizó el home run final del épico encuentro entre los Giants y los Dodgers servirá de hilo conductor a parte de una trama que rastrea cincuenta años de un país, de manera fragmentada y cronológicamente a la inversa, en la que las figuras de Nick Shay y Klara Sax parecen ser el tronco de una estructura que, sólo en apariencia, resulta azarosa. DeLillo cuenta sin preocuparse de ninguna deontología narrativa, a su antojo, cambiando las personas y el punto de vista con una libertad sin orden ni autolímite. Y lo hace con ese lenguaje suyo mezcla de coloquialismo típicamente norteamericano con una precisión metafórica de verdadera altura poética. No faltan asimismo la simbología, como la profesión de Nick (que trabaja para una empresa de residuos), ni la subterránea reflexión sobre el paso del tiempo que caracteriza a casi toda buena (y larga) novela que se precie. Tampoco se echa en falta la conceptualización literaria del absurdo y la tendencia a la paranoia catastrofista sobre las que DeLillo montó su también aclamada Ruido de fondo.
Hay hoy día una auténtica legión (incluso en este país) de discípulos de Don DeLillo. Dicen que el más brillante de ellos fue David Foster Wallace. Y hay que reconocer que, bajo lo que James Wood ha calificado de “hiperrealismo” o “realismo histérico”, el mayor logro de este tipo de escritura radica en su manera de reflejar la naturaleza del tedio tecnológico, ultracontemporáneo. Sin embargo, caben dudas de que consiga modificar en el lector la concepción de esa realidad, de ese mundo. Esta novela podría ser un buen ejemplo de ello: tras su grandilocuente y acumulativa realización, late una ausencia, una falta de objetivo puede que pretendida, que se parece demasiado a la simple y desoladora vacuidad de mil televisores encendidos.
Coradino VegaDesde Hawthorne hasta Pynchon, o desde Melville hasta Eugenides (pasando por gente como Steinbeck, Dos Passos o Henry Roth), parece que son muchos los que han intentado escribir la Gran Novela Americana: ese libro que, como el poema de Whitman, transustancie el alma del vasto país en pura materia literaria. Nada que objetar. Sólo decir que Don DeLillo engrosa esa lista con la reconocida obra de 1997 que ahora se reedita en España.
El primer capítulo de Submundo narra un partido de béisbol que aconteció el 3 de octubre de 1951. Se trata de un magnífico relato en el que la Historia (el ensayo de bomba atómica materializado por la Unión Soviética) se entrelaza de forma magistral con lo que el propio DeLillo ha denominado “contrahistoria”, es decir, cómo la gente de a pie vive a contramano la Historia, protegiéndose de ella. El paradero de la pelota que protagonizó el home run final del épico encuentro entre los Giants y los Dodgers servirá de hilo conductor a parte de una trama que rastrea cincuenta años de un país, de manera fragmentada y cronológicamente a la inversa, en la que las figuras de Nick Shay y Klara Sax parecen ser el tronco de una estructura que, sólo en apariencia, resulta azarosa. DeLillo cuenta sin preocuparse de ninguna deontología narrativa, a su antojo, cambiando las personas y el punto de vista con una libertad sin orden ni autolímite. Y lo hace con ese lenguaje suyo mezcla de coloquialismo típicamente norteamericano con una precisión metafórica de verdadera altura poética. No faltan asimismo la simbología, como la profesión de Nick (que trabaja para una empresa de residuos), ni la subterránea reflexión sobre el paso del tiempo que caracteriza a casi toda buena (y larga) novela que se precie. Tampoco se echa en falta la conceptualización literaria del absurdo y la tendencia a la paranoia catastrofista sobre las que DeLillo montó su también aclamada Ruido de fondo.
Hay hoy día una auténtica legión (incluso en este país) de discípulos de Don DeLillo. Dicen que el más brillante de ellos fue David Foster Wallace. Y hay que reconocer que, bajo lo que James Wood ha calificado de “hiperrealismo” o “realismo histérico”, el mayor logro de este tipo de escritura radica en su manera de reflejar la naturaleza del tedio tecnológico, ultracontemporáneo. Sin embargo, caben dudas de que consiga modificar en el lector la concepción de esa realidad, de ese mundo. Esta novela podría ser un buen ejemplo de ello: tras su grandilocuente y acumulativa realización, late una ausencia, una falta de objetivo puede que pretendida, que se parece demasiado a la simple y desoladora vacuidad de mil televisores encendidos.
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miércoles, diciembre 23, 2009
Elevación, elegancia y entusiasmo, Francisco Casavella
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009. 1020 pp. 35 €
Martí Sales
A veces un libro te da algo. A veces te lo devuelve. No existen paliativos a la tremenda pérdida que representa la ausencia de Francisco Casavella para quien lo conocimos o para quien lo leyeron a fondo y con todas las consecuencias. Sin embargo, mil páginas de la integral de todos sus artículos escritos desde 1984 hasta 2008 son una gran, inmensa alegría. Por dos razones: la primera, porque en este Elevación, elegancia y entusiasmo (frase que aparece en el libreto interior de la obra maestra de John Coltrane, A love supreme, y que fue escrita por Thomas Mann en su Doctor Faustus) encontramos una elevada cantidad del cerebro elegante y entusiasta de Francis, su filias y sus fobias, su memoria desmedida y ningún personaje de ficción salvo él en persona. Y la segunda, es que a parte de las chanzas y enseñanzas, este libro nos devuelve su voz, su hablar de historia, libros, discos y trifulcas siempre con aquel humor ácido tan suyo, con aquella gracia hilvanadora de gran conversador –del gran narrador ya teníamos toda su obra–, una gracia de conversador nato, todoterreno, al que no se le escapaba nada.
Qué bálsamo y qué agarradero representa para muchos este libro tan a tiempo y tan bien concebido: los bloques temáticos que lo componen, su despegue poderosísimo –y dramático por clarividente–, el propio orden de artículos, ¡este índice onomástico brutal!, la labor arqueológica de rastreo de textos y el amor evidente con el que se ha editado, que se nota de portada a contraportada y en cada una de sus mil y nueve páginas. Elevación, elegancia y entusiasmo es un libro para subrayar, plagado de frases memorables, sentencias nada sentenciosas llenas de sabiduría sin impostar, ácratas y directas como él. Y el empuje de su visión es contagioso. Un ejemplo: como en las primeras páginas del libro habla muy elogiosamente de Saul Bellow, yo, que no lo había catado, ni corto ni perezoso me acerco cual estudiante de bachillerato a por sus libros de texto a la librería más cercana para hacerme con alguna de sus obras. Al cabo de un par de días charlo de Bellow con un amiga y me dice que ella también lo ha empezado a leer a raíz de la reciente aparición de la integral de los artículos casavellianos. Si la fe mueve montañas, la pasión mueve la gente. Para mi, Elevación, elegancia y entusiasmo es la pasión según Francisco Casavella. Es como el I-Ching –ábrelo por donde quieras y empieza a leer–, o la Biblia –porque está todo, todito, todo, desde Sergio y Estíbaliz hasta Ingmar Bergman, pasando por Sciascia, Chic, Scorsese, El Pescaílla, Derrida, Machín, Pynchon, Prince Buster, Cervantes, Napoleón, Los Soprano o Héctor Lavoe; todo juega, todo suma, están todas las conexiones ocultas que sólo él conocía. Elevación, elegancia y entusiasmo es, en definitiva, la manera de seguir charlando con Francis, este escritor mitómano y entusiasta, vividor y autodidacta, sabio e independiente cuya sed permanece y se distribuye por las librerías.
Martí SalesA veces un libro te da algo. A veces te lo devuelve. No existen paliativos a la tremenda pérdida que representa la ausencia de Francisco Casavella para quien lo conocimos o para quien lo leyeron a fondo y con todas las consecuencias. Sin embargo, mil páginas de la integral de todos sus artículos escritos desde 1984 hasta 2008 son una gran, inmensa alegría. Por dos razones: la primera, porque en este Elevación, elegancia y entusiasmo (frase que aparece en el libreto interior de la obra maestra de John Coltrane, A love supreme, y que fue escrita por Thomas Mann en su Doctor Faustus) encontramos una elevada cantidad del cerebro elegante y entusiasta de Francis, su filias y sus fobias, su memoria desmedida y ningún personaje de ficción salvo él en persona. Y la segunda, es que a parte de las chanzas y enseñanzas, este libro nos devuelve su voz, su hablar de historia, libros, discos y trifulcas siempre con aquel humor ácido tan suyo, con aquella gracia hilvanadora de gran conversador –del gran narrador ya teníamos toda su obra–, una gracia de conversador nato, todoterreno, al que no se le escapaba nada.
Qué bálsamo y qué agarradero representa para muchos este libro tan a tiempo y tan bien concebido: los bloques temáticos que lo componen, su despegue poderosísimo –y dramático por clarividente–, el propio orden de artículos, ¡este índice onomástico brutal!, la labor arqueológica de rastreo de textos y el amor evidente con el que se ha editado, que se nota de portada a contraportada y en cada una de sus mil y nueve páginas. Elevación, elegancia y entusiasmo es un libro para subrayar, plagado de frases memorables, sentencias nada sentenciosas llenas de sabiduría sin impostar, ácratas y directas como él. Y el empuje de su visión es contagioso. Un ejemplo: como en las primeras páginas del libro habla muy elogiosamente de Saul Bellow, yo, que no lo había catado, ni corto ni perezoso me acerco cual estudiante de bachillerato a por sus libros de texto a la librería más cercana para hacerme con alguna de sus obras. Al cabo de un par de días charlo de Bellow con un amiga y me dice que ella también lo ha empezado a leer a raíz de la reciente aparición de la integral de los artículos casavellianos. Si la fe mueve montañas, la pasión mueve la gente. Para mi, Elevación, elegancia y entusiasmo es la pasión según Francisco Casavella. Es como el I-Ching –ábrelo por donde quieras y empieza a leer–, o la Biblia –porque está todo, todito, todo, desde Sergio y Estíbaliz hasta Ingmar Bergman, pasando por Sciascia, Chic, Scorsese, El Pescaílla, Derrida, Machín, Pynchon, Prince Buster, Cervantes, Napoleón, Los Soprano o Héctor Lavoe; todo juega, todo suma, están todas las conexiones ocultas que sólo él conocía. Elevación, elegancia y entusiasmo es, en definitiva, la manera de seguir charlando con Francis, este escritor mitómano y entusiasta, vividor y autodidacta, sabio e independiente cuya sed permanece y se distribuye por las librerías.
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martes, diciembre 22, 2009
Nocaut, Antonio García Villarán
Cangrejo Pistolero Ediciones, Sevilla, 2009. 96 pp. 12 €
Elena Medel
«La poesía no es agua limpia/ rosa fresca, c-o-r-a-z-o-n-e-s,/ la poesía es fritanga/ cargada de escorpiones», escribe Antonio en “¿Y tú me lo preguntas?”, lanzando un golpe definitivo en uno de mis poemas favoritos de Nocaut. Otro de los poemas, “Gancho de izquierda”, funciona —casi— como árbol genealógico, sin matar al padre pero sí noqueándolo: «mi casa se llama piso/ y es humilde/ porque es un bajo», remeda a Antonio Machado en otro de los poemas. Textos —por cierto— que ha fogueado recital tras recital, testando la recepción en quienes escuchaban, consciente de escribir para los demás. Textos que me entusiasmaron y que yo recordaba vivamente, como si ya los hubiera leído, y que —sorpresa— se exhiben por primera vez en Nocaut ante los ojos no el espectador, sino del lector.
Para terminar, un verso de Luis Melgarejo: «palabras como golpes, compañeras». En el caso de Nocaut, de Antonio García Villarán, también las palabras duelen «como golpes», también las palabras acompañan. Con un tono cercano, de ritmo coloquial, pero sobre todo de ritmo insistente, musical y poderosísimo, y a la vez con un tono duro, rotundo, igual que los nudillos de otro enfrentándose a nuestros párpados, Nocaut contiene buenos poemas que se leen —y que también se escuchan— sobre lo que más nos importa: la vida, la poesía. Gong.
Elena MedelEn su nota previa a Perversiones y ternuras, Déborah Vukusic afirma que «la poesía y el teatro» comparten «fines», y califica sus textos de «poemas algunos para ser leídos; textos, la mayoría, para ser escuchados». El anterior libro de Antonio García Villarán, Sois estúpidos —que inauguró la colección de poesía ilustrada de Cangrejo Pistolero Ediciones—, se subtitulaba poesía escénica: contenía versos para leer, desde luego, pero también versos para representar ante un público. La labor de Antonio en cuanto a la difusión de la poesía escénica, de la perfopoesía y, en definitiva, de las manifestaciones del poema más allá del papel, ha resultado crucial para quienes experimentan hoy con las posibilidades de la literatura que no sólo se lee: tanto con su propia obra, que con Nocaut alcanza su tercer título, como con su esfuerzo en la coordinación (junto con Nuria Mezquita) del ciclo semanal de recitales “Las Noches del Cangrejo”, o del Festival Internacional de Perfopoesía de Sevilla.
Pero hablemos de Nocaut. Toda manifestación artística implica un riesgo, o al menos así —como lectora— lo espero; y el posible tropezón de la poesía escénica es el coqueteo con el peligro de acomodarse en el adjetivo, y eludir la intención literaria: el peligro, es decir, de llamarse más escénica que poesía, de ‘funcionar’ bajo los focos, y ‘fallar’ en papel. Porque un poema es —ante todo, escénico o no— poema: debe resistir la lectura en casa, en la intimidad, y debe vencer en el reto del poeta frente al lector, aunque después el autor —también— lo transmita al público de forma poderosa. La poesía de Antonio, Nocaut o no, supera todos los asaltos. Leyéndole he recordado —procuro no olvidarla— una petición de Hemingway a sus compañeros de oficio, y de la que Antonio García Villarán ha tomado buena nota: las palabras deben golpear, noquear, picar igual que un puñetazo.
«Entonces me levanté,/ ajusté mis guantes amarillos/ y seguí escribiendo»: así termina el primer poema de Nocaut, y así avanza Antonio sus intenciones. Porque Nocaut es una larga, e intensa, reflexión sobre la poesía: cómo escribimos, para qué, sobre qué, de qué forma la poesía se integra en nuestras vidas y las zarandea, se transforma en necesaria. «No aprendemos la lección si/no nos torcemos tres veces el tobillo», advierte en su “Declaración de intenciones I”; «(…) ¡Qué se necesita/ para hacer/ buena poesía!// Después/ de un pausado/ silencio,/ escupió:// —¡FLECHAS!», prosigue en “Todo lo que siempre quiso saber sobre el vino y la poesía y nunca se atrevió a preguntar”, un poema consciente de que «ni los niños/ ni los borrachos/ mienten/ nunca». Poética en cuatro tiempos, del simbólico bloque “Ego canalla” a la corrosiva parte titulada “Perro oeste”, Antonio García Villarán se porta con los poemas más extensos como con el enemigo más fiero, y en cuestión de guantes y estrofas nadie le gana, y casi tutea a la poesía popular andaluza —la que se canta— en los poemas más breves: pienso en “Patriotismo” y los sentimientos como trozos «de tela», en píldoras irónicas como “Prometo”, o en los más haikus que seguidillas incluidos en el grupo de poemas “In vino veritas”.
Pero hablemos de Nocaut. Toda manifestación artística implica un riesgo, o al menos así —como lectora— lo espero; y el posible tropezón de la poesía escénica es el coqueteo con el peligro de acomodarse en el adjetivo, y eludir la intención literaria: el peligro, es decir, de llamarse más escénica que poesía, de ‘funcionar’ bajo los focos, y ‘fallar’ en papel. Porque un poema es —ante todo, escénico o no— poema: debe resistir la lectura en casa, en la intimidad, y debe vencer en el reto del poeta frente al lector, aunque después el autor —también— lo transmita al público de forma poderosa. La poesía de Antonio, Nocaut o no, supera todos los asaltos. Leyéndole he recordado —procuro no olvidarla— una petición de Hemingway a sus compañeros de oficio, y de la que Antonio García Villarán ha tomado buena nota: las palabras deben golpear, noquear, picar igual que un puñetazo.
«Entonces me levanté,/ ajusté mis guantes amarillos/ y seguí escribiendo»: así termina el primer poema de Nocaut, y así avanza Antonio sus intenciones. Porque Nocaut es una larga, e intensa, reflexión sobre la poesía: cómo escribimos, para qué, sobre qué, de qué forma la poesía se integra en nuestras vidas y las zarandea, se transforma en necesaria. «No aprendemos la lección si/no nos torcemos tres veces el tobillo», advierte en su “Declaración de intenciones I”; «(…) ¡Qué se necesita/ para hacer/ buena poesía!// Después/ de un pausado/ silencio,/ escupió:// —¡FLECHAS!», prosigue en “Todo lo que siempre quiso saber sobre el vino y la poesía y nunca se atrevió a preguntar”, un poema consciente de que «ni los niños/ ni los borrachos/ mienten/ nunca». Poética en cuatro tiempos, del simbólico bloque “Ego canalla” a la corrosiva parte titulada “Perro oeste”, Antonio García Villarán se porta con los poemas más extensos como con el enemigo más fiero, y en cuestión de guantes y estrofas nadie le gana, y casi tutea a la poesía popular andaluza —la que se canta— en los poemas más breves: pienso en “Patriotismo” y los sentimientos como trozos «de tela», en píldoras irónicas como “Prometo”, o en los más haikus que seguidillas incluidos en el grupo de poemas “In vino veritas”.
«La poesía no es agua limpia/ rosa fresca, c-o-r-a-z-o-n-e-s,/ la poesía es fritanga/ cargada de escorpiones», escribe Antonio en “¿Y tú me lo preguntas?”, lanzando un golpe definitivo en uno de mis poemas favoritos de Nocaut. Otro de los poemas, “Gancho de izquierda”, funciona —casi— como árbol genealógico, sin matar al padre pero sí noqueándolo: «mi casa se llama piso/ y es humilde/ porque es un bajo», remeda a Antonio Machado en otro de los poemas. Textos —por cierto— que ha fogueado recital tras recital, testando la recepción en quienes escuchaban, consciente de escribir para los demás. Textos que me entusiasmaron y que yo recordaba vivamente, como si ya los hubiera leído, y que —sorpresa— se exhiben por primera vez en Nocaut ante los ojos no el espectador, sino del lector.
Para terminar, un verso de Luis Melgarejo: «palabras como golpes, compañeras». En el caso de Nocaut, de Antonio García Villarán, también las palabras duelen «como golpes», también las palabras acompañan. Con un tono cercano, de ritmo coloquial, pero sobre todo de ritmo insistente, musical y poderosísimo, y a la vez con un tono duro, rotundo, igual que los nudillos de otro enfrentándose a nuestros párpados, Nocaut contiene buenos poemas que se leen —y que también se escuchan— sobre lo que más nos importa: la vida, la poesía. Gong.
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lunes, diciembre 21, 2009
22 escarabajos. Antología hispánica del cuento Beatle, Ed. Mario Cuenca Sandoval
Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 318 pp. 16 €
Amadeo Cobas
Los Beatles y su música son el cauce por el que discurre este río narrativo, que es plácido en ocasiones y turbulento en otras; así sucede cuando afloran los rápidos del miedo, a la entrada de un bosque donde hay una presencia fantasmagórica. Presencia que saldrá más tarde, vestida con ropajes distintos pero con intenciones igualmente desconcertantes. Los textos, las letras de sus canciones sirven para ser parafraseadas y confeccionar un curioso relato en spanglish, por poner un ejemplo. Y es que hay situaciones tremendas a lo largo y ancho de estas variopintas historias. Otro ejemplo: tiene que ser indignante que te roben tu “hermosa colección de vinilos de los Beatles” unos rateros/raperos que se acompañan de un reggaetón infame. ¡Vil afrenta para los amantes de la buena música!
Hay una destacada imaginación inmersa en muchas de las propuestas aquí contenidas, como podría decirse del momento en que se produce la contraposición bipartidista del maccartneísmo frente al marxismo-lennonismo, en una contienda que va mucho más allá de la porfía política.
Tienen estos pasajes el cálido aroma de la nostalgia, traen habilidades, en mayor o menor medida, practicadas durante la niñez y allá arrumbadas, como el intento de sacar grillos de su escondrijo en el suelo, a fuerza de aplicar el movimiento de una paja introducida en su cueva. Y nos sirven para comprobar una verdad poderosa: que “la vida sin música no es vida”. No me negarán que la música jalona los distintos momentos de la vida de todos nosotros. No en vano, asociamos instantes pasados con una melodía: nos reconfortamos al rememorar una buena noticia al compás de aquellos acordes que ayudaron a hacerla feliz; por el contrario, hay fracasos que suenan fúnebres en nuestra mente, derrotas, abandonos, soledades…
La música de los Beatles es estudiada pormenorizadamente, al igual que el resto de la música rock and roll, para descubrir inmersa en sus letras una invocación satánica… No vaya a ser que en el concierto a celebrar en la sosegada Ayacucho, Rock in the Andes, venga y venza el Anticristo, apoderándose de esta hermosa localidad peruana como inicio para algo imparable… “Néver in de laif”, opone el grupo de honestos ciudadanos que quiere impedirlo a toda costa.
A la par, hay pesquisas sobre los posibles mensajes cifrados encerrados en los álbumes editados por el grupo protagonista, o en sus portadas. ¿Tienen éstas un significado ulterior, premonitorio? Opiniones campean en ambos sentidos. En definitiva, hay vida a lo largo de estas páginas, aunque en determinados lances hay muerte, como ya se ha anunciado. Porque emanan ectoplasmas en la imagen del presunto beatle fallecido y sustituido por otro de forma más o menos inadvertida. El cual (aquél, digo) tiene la suerte de hacérsele presente a un John Lennon con el que habla y debate. Pero es amarga su presencia, no le endulza su vida de fantasma ni el aroma de tarta de compota de manzana. De John precisamente hay hasta una hipotética versión nueva de su asesinato, presentada como algo real… ¿O es un deseo?
Huelga decir con qué música de acompañamiento recomendamos leer este abigarrado libro…
Los Beatles y su música son el cauce por el que discurre este río narrativo, que es plácido en ocasiones y turbulento en otras; así sucede cuando afloran los rápidos del miedo, a la entrada de un bosque donde hay una presencia fantasmagórica. Presencia que saldrá más tarde, vestida con ropajes distintos pero con intenciones igualmente desconcertantes. Los textos, las letras de sus canciones sirven para ser parafraseadas y confeccionar un curioso relato en spanglish, por poner un ejemplo. Y es que hay situaciones tremendas a lo largo y ancho de estas variopintas historias. Otro ejemplo: tiene que ser indignante que te roben tu “hermosa colección de vinilos de los Beatles” unos rateros/raperos que se acompañan de un reggaetón infame. ¡Vil afrenta para los amantes de la buena música!
Hay una destacada imaginación inmersa en muchas de las propuestas aquí contenidas, como podría decirse del momento en que se produce la contraposición bipartidista del maccartneísmo frente al marxismo-lennonismo, en una contienda que va mucho más allá de la porfía política.
Tienen estos pasajes el cálido aroma de la nostalgia, traen habilidades, en mayor o menor medida, practicadas durante la niñez y allá arrumbadas, como el intento de sacar grillos de su escondrijo en el suelo, a fuerza de aplicar el movimiento de una paja introducida en su cueva. Y nos sirven para comprobar una verdad poderosa: que “la vida sin música no es vida”. No me negarán que la música jalona los distintos momentos de la vida de todos nosotros. No en vano, asociamos instantes pasados con una melodía: nos reconfortamos al rememorar una buena noticia al compás de aquellos acordes que ayudaron a hacerla feliz; por el contrario, hay fracasos que suenan fúnebres en nuestra mente, derrotas, abandonos, soledades…
La música de los Beatles es estudiada pormenorizadamente, al igual que el resto de la música rock and roll, para descubrir inmersa en sus letras una invocación satánica… No vaya a ser que en el concierto a celebrar en la sosegada Ayacucho, Rock in the Andes, venga y venza el Anticristo, apoderándose de esta hermosa localidad peruana como inicio para algo imparable… “Néver in de laif”, opone el grupo de honestos ciudadanos que quiere impedirlo a toda costa.
A la par, hay pesquisas sobre los posibles mensajes cifrados encerrados en los álbumes editados por el grupo protagonista, o en sus portadas. ¿Tienen éstas un significado ulterior, premonitorio? Opiniones campean en ambos sentidos. En definitiva, hay vida a lo largo de estas páginas, aunque en determinados lances hay muerte, como ya se ha anunciado. Porque emanan ectoplasmas en la imagen del presunto beatle fallecido y sustituido por otro de forma más o menos inadvertida. El cual (aquél, digo) tiene la suerte de hacérsele presente a un John Lennon con el que habla y debate. Pero es amarga su presencia, no le endulza su vida de fantasma ni el aroma de tarta de compota de manzana. De John precisamente hay hasta una hipotética versión nueva de su asesinato, presentada como algo real… ¿O es un deseo?
Huelga decir con qué música de acompañamiento recomendamos leer este abigarrado libro…
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