viernes, diciembre 04, 2009

Mi Pushkin, Marina Tsvietáieva

Acantilado, Barcelona, 2009. 95 pp. 10 €

Sofía Castañón

No nos engañemos, quizás con las primeras páginas pienses “y esto qué”. Al fin y al cabo la experiencia de un lector, sea cual sea, podría ser también tu historia. Las reflexiones de quien ha leído el qué y en qué edad pueden pertenecer también a una noche de licores, con ambiente propicio para divagar un poco: una de esas veladas en las que todo el mundo es más listo y más guapo de lo que se revelará a la mañana siguiente, clavo en la cabeza mediante. Eso, que y qué que Marina Tsvietáieva leyera de niña a Pushkin, dirás. Anda que no habrás leído tú también a Pushkin
La virtud de este librito, tremendamente híbrido, juguetón como quien vuelve a ser la niña pequeña que aprendió a leer con Pushkin, está en el más allá de la lectura. De tanto traspasar los géneros Mi Pushkin no se puede considerar en absoluto un estudio, ni tan siquiera uno muy personal, sobre el poeta ruso. Tampoco es el recorte de una autobiografía, (las memorias de la infancia siempre se apoderan de la historia de cada vida, como si en la literatura también se tendiera al alzheimer), ni un ensayo de esos que se adornan el pelo con prosa poética como si fueran pequeñas flores frutales.
El librito que teje desde la madurez Tsvietáieva es un ejercicio de creación mutante, que torna el tono casi en cada párrafo. Narra escenas de niñez, describe a una Marina revoltosa, muy lista, que recuerda también a aquella Sor Juan Inés de la Cruz, lista y replicante. Habla de las calles de entonces, de cómo las distancias se medían desde Pushkin, o hasta Pushkin (la parte por el todo, la estatua de Pushkin también es Pushkin). Y desde esta perspectiva infantil y lúcida, caótica como la mente dispersa de una chiquilla hiperactiva, la autora elabora un relato con mucho de iniciático, pero al lector no se le escapa que hay algo más.
Porque se trata también del descubrimiento no sólo de un autor si no de la materia poética, de la palabra. La autora, desde el paso de los años, vuelve a abrir mucho los ojos, alucinada casi por aquello que es nuevo y brilla, que seduce profundamente. Desde la primera seducción hasta el análisis posterior, Mi Pushkin habla no tanto de literatura en sí como de la vida en la literatura. Y comulga con la extendida idea que justifica la existencia de un modo redondo, narrativo. Todo, como sucedía en Ciudadano Kane, remite a la infancia. Allí nace y se cierra un ciclo. El de la mujer poeta. El de la niña lectora. El de la vida y una reconocida acción de gracias a un proceso, por lo demás, intangible.

jueves, diciembre 03, 2009

Cuentos de amigas, Ed. y prol. de Laura Freixas

Anagrama, Barcelona, 2009. 272 pp. 18 €

Carmen Fernández Etreros

A veces llega a nuestras manos un libro que no esperamos. Un libro que al abrirlo uno piensa que va a ofrecer una serie de cuentos sobre la amistad entre mujeres, pero que al comenzar a leerlos se va dando cuenta de que se trata de todo un hallazgo, un descubrimiento. Cuentos de mujeres es un libro en el que se dibuja mediante pinceladas-cuentos un mapa en el tiempo de las relaciones entre mujeres desde mediados del siglo pasado en España hasta nuestros días.
En el prólogo Laura Freixas nos cuenta para explicar lo que le animó a comenzar esta recopilación esa relación personal de iluminación entre lo vivido y lo leído: «...lo leído sirve mejor para entender lo vivido y esto a su vez traduce lo leído a términos personales; uno y otro se iluminan mutuamente, se matizan, se comparan, se contradicen a veces». (pp.12)
La autora se dio cuenta de que no encontraba esos cuentos sobre la amistad entre mujeres, así como si había leído otros sobre la maternidad o el amor. En Cuentos de amigas, al igual que en Madres e hijas (Anagrama, 1996), Laura Freixas incluye relatos ya publicados por algunas de las principales escritoras españolas en lengua castellana: Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Josefina R. Aldecoa, Cristina Peri Rossi, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Nuria Amat, Lucía Etxebarria y Espido Freire. También otros cuentos que han sido escritos expresamente para este libro como los de Esther Tusquets, Paloma Díaz-Mas, Clara Sánchez, Juana Salabert, Flavia Company y Luisa Castro. Escritoras que han logrado en este último siglo enriquecer nuestra literatura de historias sobre personajes femeninos poliédricos y diferentes —también masculinos por supuesto—.
«Es difícil escribir sobre los vivos, porque son gente que está siempre cambiando», anuncia Flavia Company en el cuento La carta perdida de Andrea Mayo. La amistad femenina ha ido cambiando a lo largo del tiempo como podemos entrever leyendo estos cuentos, escritos con destreza y sensibilidad. Ha ido cargándose de matices y diferencias pero sigue siendo para muchas mujeres un pilar en sus vidas como el amor, el trabajo o la maternidad.
Los cuentos de este libro no sólo nos acercan a historias sobre amistades tradicionales forjadas desde la infancia o la adolescencia y mantenidas o no en el tiempo, sino también a aquellas amistades difíciles que se basan en la confidencia de secretos insospechados como infidelidades del marido, enfermedades y maltratos ocultos. También historias de amantes que se olvidan de matrimonios aburridos ocultas en habitaciones de hoteles de Nueva York o que descubren la intensidad de su amor cuando ya es demasiado tarde. No sólo en los cuentos aparece el cariño y las confidencias entre las amigas, sino también la rivalidad entre mujeres, el aburrimiento y la soledad, las traiciones a la amistad por el amor o el deseo hacia un hombre, las envidias, y los celos y rivalidades...
Un libro poblado de personajes femeninos dibujados a plumilla con calma y trazo: desde Cecilia la niña de la portera del cuento de Carmen Martín Gaite que ve por la ventana como se van llevando los muebles de su amiga del alma los señores de la mudanza a Milena la esposa embarazada y presa por los celos a la nueva criada protagonista del cuento de Espido Freire. Por primera vez tenemos en nuestras manos una recopilación de estos cuentos de amigas y esperemos que pronto tengamos más cuentos y más historias que nos ayuden desde su lectura a «iluminarnos desde lo vivido y también de lo leído».

miércoles, diciembre 02, 2009

Conozco un atajo que te llevará al infierno, Pepe Cervera.

E.d.a. Libros, Benalmádena, 2009. 189 pp. 15 €

Amadeo Cobas

La pubertad es la edad de los descubrimientos, ésa en la que la sangre hierve, las hormonas se agitan y transforman y el cerebro se despepita resolviendo sin rubor, con sus (todavía) reducidos conocimientos, cuestiones que serán irresolubles luego, al llegar a la edad adulta.
Por eso es tan peligrosa: porque no atisba el peligro que se cierne sobre unos presuntos “sabios” que, aunque se creen que tienen respuesta para todo y nadie sabe más que ellos, no se percatan de lo mucho que les falta para llegar a desentrañar los grandes retos que asomarán en su vida con posterioridad: en la adolescencia, la juventud…
Aparecen claros ejemplos en este libro.
Se reflejan con arduo mérito esas pesquisas para descubrir un mundo nuevo, movidos los críos (esto son por el momento) protagonistas por la ebullición de su sangre y la agitación de hormonas, confundidos por sus cerebros, tan inexpertos como osados. Y estos niños se lanzan a investigar, pero lo hacen a la brava, debido a esa nula percepción del peligro. ¿Quién paga sus pesquisas? Un gato ronroneante solicitando una caricia, un pervertido buscando desfogue…
De aquí partimos.
Pero no hay sólo pubertad en este libro. Hay madurez en las descripciones, que son tan gráficas en ocasiones que consiguen sobrecoger. Y hay temas de adultos, dolor, conflictos y rupturas familiares, la amarga sensación del encarcelado, los cambios y reencuentros hasta felices. Reencuentro es una definición que va pintiparada para este texto, puesto que abarca al lector y a los distintos que intervienen a lo largo de las páginas. En puridad es ésta una novela coral más que un conjunto de relatos, porque éstos se afianzan en la incardinación existente entre ellos, dado que hay personajes que se repiten o son unos relacionados con los que han intervenido en el anterior. Con esta uniformidad, el texto navega mares aquietados hasta que se agita con las mutaciones sufridas por los protagonistas en sus vidas, que parecían anodinas, no siéndolo.
Este escritor es amigo del detalle, sabe bien que hay obras pictóricas que libran su batalla con el lienzo en blanco dando pinceladas sueltas, firmes, sí, pero que esbozan primorosamente cada particularidad sin ánimo de minuciosidad, sino como un comentario que se aporta en medio de una conversación, vestido de palabras comunes; eso sí, tan hábilmente engarzadas, que permanecen clavadas en la retina del lector como imágenes que delimitan la crudeza, el vértigo, la ansiedad, acaso la ilusión. Deja poso amargo el recorrido por estas páginas, sin duda porque vivir es complicado. En ocasiones puede volverse un infierno con o sin atajos, y Pepe Cervera lo demuestra trayendo cotidianeidad, problemas que surgen en un recodo del camino, no porque alguien se haya aventurado en exceso, se haya expuesto y haya perdido pie en aguas profundas. No. A veces asomarse a la albufera (tan cercana a la localidad de nacimiento del autor) trae inesperados aires de conflicto. ¿Por qué? Porque la vida tiene la forma de una veleta, y cuando sopla el viento de levante es imprevisible conocer de antemano dónde dejará los despojos del ánima que arrancó del suelo, amainado al fin su azote.
Uno de los personajes sórdidos que pueblan este libro «está seguro de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».
¿Será cierto?
Lo desconozco. Aunque pensaré en ello, que es lo que pretende y logra este libro: que meditemos sobre muchas de las cosas que nos rodean a diario, a las que no damos importancia.
Al menos no la que reclaman…

martes, diciembre 01, 2009

La llave de Esmirna, Tatiana Salem Levy

Trad. Carlos Acevedo Díaz. El Aleph, Barcelona, 2009. 208 pp. 19,50 €

Jorge Díaz

Se dicen muchas cosas sobre la proximidad de la historia con el lector; en realidad, acerca de la ficción, se escuchan muchas tonterías… Se habla de que la identificación del lector con la historia garantiza el éxito. No parece un disparate y deberíamos estar de acuerdo. Lo que pasa es que no sabemos cómo entender eso de la proximidad: ¿que el protagonista viva en nuestro barrio al mismo tiempo que nosotros?, ¿que sea de nuestro equipo de fútbol?, ¿que tenga nuestra edad? Tonterías, pero peores se escuchan en las reuniones.
La llave de Esmirna (A chave de casa en su título original portugués) habla de judíos turcos que viajan a Brasil en busca de una vida mejor, de judíos brasileros que vuelven a Turquía a conocer la antigua casa de sus antepasados, de mujeres torturadas por la dictadura militar brasilera, del exilio en Lisboa…
No parecen cosas próximas, tampoco que pudiéramos identificarnos con ellas. Visto así debería ser un libro del que nos alejáramos como de la gripe; sin embargo, por debajo de la superficie, hay personajes humanos, hay amor y sexo, sueños, frustraciones, cuentas pendientes con el pasado, miedos. Si haces caso a lo que se escucha en las reuniones, te quedas sin leerla y te pierdes una estupenda novela y un montón de historias que te son tan cercanas o más que las de la otra puerta del descansillo.
Tatiana Salem Levy, en sus apellidos se puede intuir, es judía; una joven judía brasilera que el año pasado ganó o quedó finalista en la mayor parte de los premios que se dan en su país a una novelista debutante, entre ellos el prestigioso São Paulo de Literatura o el Jabuti. No sé hasta qué punto La llave de Esmirna es una novela autobiográfica, parece que cuenta la historia de su familia y la suya propia. Si es así, hay que elogiar su capacidad para convertir los recuerdos en literatura; si no lo es, para imaginar unas tramas en las que se ve autenticidad por todas partes.
La sinopsis estricta, una joven judía recibe la llave de la antigua casa de sus antepasados, nos hace pensar en una novela histórica, llena de judíos sefardíes, documentos antiguos, callejones de juderías recónditas, sinagogas y biblias perdidas. Nada más lejos de la realidad, La llave de Esmirna no es en absoluto una clásica novela histórica. Capítulos cortos y ágiles, algunos de apenas una frase, múltiples narradores, cambios de tiempo y de estilo narrativo.
Pero la sinopsis no miente, aún de una forma tan poco ortodoxa, Salem Levy está contando la peripecia de un judío turco que llega a Rio de Janeiro tras un desengaño amoroso, que forma allí una familia y se hace rico, que tiene hijos que le heredarán y una hija que se opone a los militares y parte al exilio tras ser torturada, su hija da a luz en Lisboa y vuelve a su país tras la amnistía política para hacer las paces y entender por primera vez a su padre.
La nieta del turco que llegó a Brasil ya no habla el idioma de sus antepasados ni conserva sus costumbres, se sabe judía porque nunca se deja de serlo y busca el amor a través del sexo en unas escenas realmente bien resueltas y escritas. Recibe el encargo de su abuelo de volver a Turquía y usar la llave que trajo en su llegada para reabrir la casa familiar de Esmirna. Su viaje de vuelta a sus orígenes conduce la novela, no sólo la vuelta a Esmirna sino a Portugal, lugar en el que nació y del que realmente salió originariamente la familia. Es en Lisboa, y en el encuentro del amor, donde acaba el viaje circular, el suyo y el de su familia.
No parece que la literatura brasilera viva momentos esplendorosos, pero ésta es sin duda una muy buena novela.

lunes, noviembre 30, 2009

Romper una canción. Así se escribió el disco "Vinagre y rosas" de Joaquín Sabina. Benjamín Prado

Aguilar, Madrid, 2009. 223 pp. 16 €

Care Santos

Odio a la ex de Benjamín Prado. He aquí mis motivos: Si mis cálculos no fallan, es la responsable de que uno de mis poetas favoritos escribiera el que, a mi juicio, es el más irregular de sus poemarios, llevado por un estado de felicidad y enamoramiento de esos que puede que hagan felices a los poetas pero, desde luego, hacen muy infelices a los lectores de los poetas. Bueno, bien pensado, tal vez esté exagerando un poco. En realidad, de Marea humana, yo arrancaría exactamente 19 páginas -las que van de la 38 a la 59. El resto, puede quedarse, pero no seré yo quien las relea, como sí hago con otros de sus libros.
Mi segundo motivo para odiar a la ex de Benjamín Prado es, me temo, algo mimético, y sólo se justifica tras la lectura de este libro que hoy me ocupa, en el que el autor afirma: "no estaba deprimido por perderla a ella, sino por la cantidad de cosas que había tenido que perder hasta entonces para conservarla (...) la más importante de todas: mi capacidad para escribir".
Ah, no. Por eso sí que no paso. Que uno de mis autores vivos favoritos sólo haya publicado en los últimos tres años una ampliación de una antigua recopilación de poesía, me parece intolerable. Desolador panorama, en sus palabras: "También tenía por ahí (...) una novela parada que sentía como un cuchillo clavado en la espalda y cuya hoja se oxida día a día". Todos los lectores de la estupenda Mala gente que camina, la última novela de Prado, podemos sentir también cómo avanza el óxido sólo con leer lo anterior.
Este nuevo libro parece tratar de la cocina del último disco de Joaquín Sabina. No es del todo exacto. En realidad, este libro trata de cómo la amistad es a veces una maravillosa tabla de salvación y de cómo el náufrago es un señor que se está muriendo y que precisamente por eso tiene unas ocurrencias buenísimas. De modo que Sabina, tan gato viejo como viejo amigo de uno de mis poetas favoritos, tuvo a bien decir a Prado algo estupendo: "Mira, Benja, te voy a proponer algo. Yo vivo en una felicidad doméstica de la que es impsible sacar un verso; pero tú estás hecho polvo, y eso es una mina. Te propongo aprovecharme de tus desgracias y que nos vayamos por ahí a escribir canciones contra tu ex novia. Donde tú quieras: La Habana, Lisboa, Nueva York, Praga... ¿Qué me dices?".
Prado eligió Praga. Allí, ambos vivieron, bebieron, discutieron, escandalizaron camareros, despilfarraron, conocieron chicas y, en suma, hicieron aquello que de ellos espera cualquier lector que se asome a este libro. Pero al mismo tiempo hicieron también algo extraordinario: parir las cinco primeras canciones del nuevo álbum de Sabina. A saber: "Cristales de Bohemia", "Mentirosa", "Agua pasada", "Virgen de la Amargura" y "Menos dos alas". No necesariamente en este orden, advierto. El libro cuenta su método de trabajo, sus discusiones sempiternas en torno de la escritura -"después de siete meses peleándonos, no hemos discutido ni una sola vez". afirma el autor- y algunos secretos graciosos para quienes escuchen el disco, como por ejemplo de dónde salió el trombón que Sabina luce en la cubierta o a qué improvisada versificadora y a qué circunstancias deben dos versos que acabaron en una de las canciones como por obra de un ser del más allá.
En esta crónica del viaje a Praga, Prado dirige hacia su amigo una mirada cargada de sentido del humor pero, sobre todo, de toneladas de ternura. La misma que destila, por cierto, la crónica de la canción que le compusieron al poeta y amigo común Ángel González, amparándose en tres excusas que pronto se convirtieron en tres razones: "Está demasiado poco muerto. No ha pasado ni un año. Aún lo echamos demasiado de menos". La letra de la canción, que recomiendo vivamente, es magnífica: "González era un Ángel menos dos alas", comienza.
Luego, Praga queda atrás, y el proceso de composición del disco continúa. Prado trabaja en él entre viaje y viaje. Se reúne con Sabina de vez en cuando. Los músicos se incorporan al asunto. Aparece el estudio de grabación. Las canciones sufren cambios, algunas veces verdaderas metamorfosis. Nosotros, los lectores que no pertenecemos a ese mundo de la música, asistimos maravillados a todo ello. Y también a las fiestas de cumpleaños, a las grabaciones de Fernando León de Aranoa, las lecturas públicas de poemas y la mucha camaradería al estilo de lo que Jaime Gil de Biedma llamó "amistad a lo ancho".
El anecdotario es estupendo. El relato de cómo Joaquín Sabina se presentó en el cumpleaños de Almudena Grandes llevando como regalo al mismísimo García Márquez, casi increíble de puro surrealista. O las de menor voltaje, pero que en la pluma de Benjamín Prado adquieren la categoría de verdaderos gags, como el momento en que un guardia civil les detiene de regreso de un recital y somete a Prado a un control de alcoholemia, un segundo antes de descubrir a Sabina en el asiento del copiloto. Y, en paralelo, o al mismo tiempo, la constante referencia al hecho de escribir, a la dificultad de sacar oro del lugar común donde todos vivimos, las mil manías y los mil trucos de ambos autores y que podrían sintetizarse en una sola frase: "Da igual si la ballena es negra o blanca, mientras la cace Melville".
Me sirve esta cita para terminar esta recomendación. Todo este material, en manos de otro escritor habría dado como resultado una aburrida crónica de idas y venidas y de angustia -o exaltación- creativa, sin más. Habríamos visto ciertas interioridades de Sabina y nos habríamos creído satisfechos. Prado, en cambio, convierte todo esto en un relato acerca de la camaradería, el respeto, la admiración, la suerte de trabajar con alguien a quien quieres y la satisfación de hacerlo bien. Lo que se nos cuenta aquí va más allá del frugal cotilleo. Tiene que ver con las cosas que de verdad dan sentido a nuestra vida. Y la amistad, sin duda, es una de ellas. La Literatura es otra, claro.
Aunque, un momento. Tal vez debería pedirle disculpas a la ex de Benjamín Prado por haberla odiado hace un momento. En realidad, sin ella nada de todo esto habría existido. Sí, es cierto, tampoco aquellas 19 páginas. Pero, ¿qué son 19 páginas? Nobody's perfect, dijo el actor Joe E. Brown para rematar una historia genial (¿o era al principio de otra cosa?). A quien ha escrito "Cava el pozo de lo que nadie ha dicho / y persigue el rumor de las cosas sin nombre (Iceberg, Visor, 2002) no me queda más remedio que perdonárselo todo. O esto otro: "De repente, sabrás / que la vida es mentira / que es un calle larga / con viejos hospitales; / que un poema se piensa / como se piensa un crimen; / que hay gentes emboscadas / al fondo del amor" (Ecuador. Poesía 1986-2001, Hiperión, 2002). Sólo una más: "Lo atroz es no querer saber quién eres / agua pasada, tierra quemada, / que dé igual esperarte o que me esperes / que no seas tú entre todas las mujeres, / que la cuenta esté saldada".
Estos últimos versos, por cierto, pertenecen al disco Vinagre y rosas. Harán bien en escucharlo.