viernes, octubre 30, 2009

Los ángeles del infierno, Hunter S. Thompson

Trad. José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez. Anagrama, Barcelona, 2009. 360 pp. 18 €

Recaredo Veredas

La frase, casi una consigna, “I wouldn't recommend sex, drugs or insanity for everyone, but they've always worked for me” resume fielmente la filosofía de Hunter S. Thompson. El autor de Los ángeles del infierno. Una extraña y terrible saga” dedicó su vida a la búsqueda y práctica de una libertad inconcebible desde nuestros pacatos tiempos. Para mantenerla y exhibirla corrió importantes riesgos, tanto profesionales como físicos, culminados con intoxicaciones etílicas y lisérgicas, e incluso con palizas como la que cierra este libro. Mediante esa inmersión total en los hechos, personajes o trayectorias que pretendía investigar logró desvelar una verdad mucho más profunda, más cruda, que la conseguida mediante las habituales perspectivas distantes. Pero este libro no sería más que otra obra de investigación sobre una tribu urbana si Thompson no consiguiera convertirlo en una profunda reflexión sobre la manipulación mediática, la rebeldía y los verdaderos poderes que manejan su país (y cualquier otro).
Los ángeles del infierno nos enseña —siempre es necesario recordarlo, porque se olvida a diario— cómo la creación de un demonio, de un peligro público cuya sola mención escandalice a los bien pensantes, siempre resulta conveniente. Sobre todo para que las masas no piensen en lo que verdaderamente les afecta. Como afirma uno de los miembros de tan famoso club motorista, «cuando obramos bien, nadie se acuerda, cuando obramos mal, nadie lo olvida». Thompson realiza un análisis concienzudo de la sociedad norteamericana, sus miedos y las necesidades nacidas en esos temores. Lo hace sin detenerse en lo políticamente correcto. O, mejor dicho, sin siquiera tener conciencia de su existencia.
Thompson es, además, un notable narrador, y no deja de mostrar escenas claras y contundentes, que permiten al lector extraer su propia opinión sobre lo que contempla. Describe espacios y personajes con vigor, sin caer nunca en la delectación, ajustando el registro y el ritmo de su prosa al mensaje que desea transmitir en cada momento. Es decir, además de informar, sabe expresar. Su mirada resulta profunda y, al mismo tiempo, lacerante. Consigue que su análisis de la white trash, lecho donde nacieron los Ángeles del Infierno, divierta e interese incluso a quienes nunca conocieron nada de los amantes de las Harleys o los hippies de Palo Alto. No les halaga innecesariamente: sabe que son unos indeseables, carentes de esa épica que los intelectuales californianos les concedieron. No niega su condición de parásitos, de mugre de una sociedad enferma. Sabe que tras sus máscaras solo hay miseria, un baile de disfraces para niños locos. Sin embargo el rugido de su motos, sus melenas sucias quiebran el idílico mundo americano de chalets y sonrisas dentífricas. Son auténticos punks, conscientes al menos del inmenso decorado que les rodea: «Los forajidos no son coherentes respecto de las fuerzas y debilidades del mundo en el que se mueven, pero tienen un instinto maravillosamente afinado. Han aprendido por experiencia que algunos delitos pueden castigarse y otros no».
¿Por qué un libro como este puede resultar interesante en estos tiempos? Por las virtudes narrativas y periodísticas de Thompson, que aún sorprenden tantas décadas después y, sobre todo, por la épica de Estados Unidos, de una tierra que, como afirmó Wim Wenders, ha colonizado nuestro subconsciente y provoca que reconozcamos como propios territorios y héroes absolutamente ajenos.

jueves, octubre 29, 2009

Solo con invitación: Los vivos y los muertos, Edmundo Paz Soldán

Alfaguara, Madrid, 2009. 200 pp. 15,50 €

Eduardo Fariña Poveda

Impactante. En un breve lapso de tiempo suceden una serie de hechos estremecedores en un pueblo de Estados Unidos cerca de la frontera canadiense. Una cadena de crímenes y accidentes ocurren en Madison. Con una trama en tiempo real, Los vivos y los muertos podría dar carpetazo al Mientras agonizo de William Faulkner y además podría inspirar videoclips de bandas de Nu-metal, como Korn, Deftones o Linkin Park. Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) logra en esta octava novela demostrar, con eficacia conceptual, por qué es uno de los escritores hispanoamericanos actuales más interesantes. El gran choque emocional que convoca la novela, su decir directo cuyo artificio reside en la compleja psicología interior de unos personajes que, con crudeza y sin tapujos, van explayando su circunstancia, es una ejercicio narrativo que explora lúcidamente el devenir de las relaciones humanas en el umbral entre la adolescencia y la madurez.
Como ha señalado en variadas ocasiones Paz Soldán, la novela tiene un origen en una investigación periodístico-criminal que realizó sobre una serie de asesinatos que ocurrieron en Ithaca, la ciudad estadounidense donde reside el autor. En principio, la novela sería más bien policíaca pero con el tiempo se convierte en una “meditación sobre la pérdida”. Parentescos y lazos van surgiendo mientras uno se adentra en sus breves capítulos. La novela se compone de una serie de piezas semejantes a relatos, con poca relación entre sí, que posteriormente desvelarán una historia contada por personajes que a primera vista parecen carecer de apego a su cotidianeidad.. Nos hablan de la nieve y su presencia insobornable, de Cheerleaders, que son el símbolo de la popularidad rápida en Madison, de una continuidad de funerales sin términos… En palabras de Amanda, una de las protagonistas de la novela: «El cielo opresivo de Madison sólo es perfecto para los funerales amargos en cementerios con lápidas semienterradas en la nieve» (p. 129).
El arranque de la serie de monólogos lo hace Tim. Este y su hermano gemelo Jem intercambian roles según la circunstancias, llegando incluso a incluir los primeros amores de Jem. Amanda, hastiada desde el comienzo de la grisácea vida en Madison, alberga a una escritora en ciernes que mediante su blog irá construyendo otro Madison. Entre los diversos personajes de la obra destaca el perturbador señor Webb, militar retirado aficionado a los chistes de Playboy y con tendencias poco afortunadas para la tediosa vida social de la pequeña ciudad. Su intervención vendría a ser la del caballo en el complejo ajedrez de vivos y muertos. También encontramos al periodista que investiga los hechos, Daniel, obligado a recordar en el salón donde empezó su vida afectiva su reciente divorcio, y a Hannah, Yandira y Rhonda, unas chicas que no deberían por qué tener problemas para insertarse con éxito en la sociedad estadounidense pero que escogen un camino sin retorno donde experimentarán toda la fuerza del lado oscuro de la vida, sin titubeo alguno.
Esta es la primera novela de Paz Soldán ambientada en los Estados Unidos. Alberto Fuguet ya anunciaba en su blog, con bastante veracidad, que, a momentos, la novela parece estar escrita por uno de esos latinos nacidos en los Estados Unidos que no hablan en español. Esta observación tan interesante nos hace pensar en la dirección hacia la que se dirigirá la narrativa de Paz Soldán y, con ello, preguntarnos acerca de las nuevas facetas temáticas y escriturales que surjan en la narrativa hispanoamericana. Los vivos y los muertos podría llevar en sus genes el ADN de novelas como La ciudad y los perros, Juntacadáveres o Estrella distante. También nos podría recordar ciertas instancias de los relatos de Extinción de David Foster Wallace. Si ya teníamos a Edmundo Paz Soldán como autor de cabecera dentro de su generación, con Los vivos y los muertos entendemos que la consolidación de su trabajo narrativo en otros lugares y la mutación que cobre su obra tendrá cada vez mayor calado e influencia en las nuevas generaciones de escritores en español.


Edmundo Paz Soldán: "Me enorgullece que la novela haya sido reseñada en la revista Rolling Stone"

Durante los últimos años, Edmundo Paz Soldán ha construido una producción novelística que ha despertado con singularidad el interés de la crítica. Él mencionó en una ocasión la impresión generalizada que observó de ésta, la cual afirmó que sus historias eran “atemporales” y que podían ocurrir en cualquier lugar. Es por ello interesante observar este rasgo en los vivos y los muertos, poder ver mezcladas y por partes separadas las piezas de esa Norteamérica real e imaginaria. Autor de novelas ya conocidas como Río Fugitivo (1998), Sueños Digitales (2000), El delirio de Turing (2003) y Palacio Quemado (2006). También coordinador con Alberto Fuguet la antología de cuentos Se habla Español – Voces Latinas en U.SA (2000) y la compilación de ensayos Bolaño Salvaje, coordinada junto a Gustavo Faverón sobre la obra del escritor chileno. Acerca de la concepción de su nueva novela, los materiales literarios que utiliza, lecturas sobre escritores actuales hispanoamericanos y españoles, etc. Paz Soldán nos habla.

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miércoles, octubre 28, 2009

La aldea de sal, Lêdo Ivo

Trad. Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre. Calambur, Madrid, 2009. 192 pp. 15 €

José Luis Gómez Toré

A pesar de la importante labor en la difusión de la literatura en lengua portuguesa llevado a cabo por Ángel Crespo y otros traductores, la poesía brasileña, que cuenta con una de las tradiciones poéticas más vigorosas de la lírica del siglo XX, parece condenada a llegar con cuentagotas a las editoriales españolas (resulta sintomática la escasa presencia entre nosotros de un poeta mayor como Haroldo de Campos, con notables excepciones como la reciente edición de Sánchez Robayna y la todavía más reciente y muy recomendable antología preparada por Andrés Fisher para Veintisieteletras). Por ello, es de agradecer que Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre, responsables de la selección y traducción de los poemas que componen este libro, nos acerquen en edición bilingüe los poemas de Lêdo Ivo (Alagons, Brasil, 1924), una de las voces más interesantes del país lusófono.
La ordenación cronológica que nos proponen los antólogos nos permite asistir a la evolución del poeta. Su inicial entusiasmo juvenil nunca deja de alimentar en la obra madura la confianza en los poderes de la imaginación, una fe que resiste incluso a los embates de la ironía y de las decepciones que van trayendo los años. El poeta sabe que la palabra reclama de él una actitud alerta, la exploración constante de territorios apenas explorados. Así, en "Oda al crepúsculo", la poesía encuentra su más pleno sentido como aventura del espíritu en «el descenso al país de los espejos, la conversación con las hadas, que no tienen el problema personal de la salvación,/ y el duelo entre la inspiración y el diccionario».
Lêdo Ivo, sin ser, pese a su capacidad visionaria, un poeta surrealista, coincide con el surrealismo en la ya citada defensa de la imaginación así como en la convicción de que no sólo la poesía necesita ser transformada por la creatividad humana, sino la vida en su conjunto. Y al hablar de la existencia, el escritor no olvida la dimensión social, política de nuestra realidad concreta. El poeta, a la vez ciudadano y vagabundo extranjero en la polis, deja oír su voz crítica, que toma ecos proféticos de denuncia en los poemas procedentes del libro Estaçâo central. Frente a un sistema económico y político que arroja como desperdicios a todo y a todos los que no pueden o no quieren o no saben integrarse en el sistema, el poeta se impone como deber ético recoger lo que queda en los márgenes y en los vertederos de la historia: «Pide los restos, las sobras, los desperdicios/ quemados sin piedad por el hielo/ en la hora en que el moho se convierte en lágrima. Reivindica la chatarra, la sobra exacta...».
Lêdo Ivo convierte una y otra vez en presencia actuante la virtualidad de lo que no existe: la poesía nos sitúa en un terreno que no es propiamente ni en el de la mentira ni en el de aquello que solemos llamar verdad. No revela así esa paradójica necesidad humana de vivir también en la esfera de lo que llamamos no existente pero que existe de alguna manera, a la manera que existen en nosotros los sueños. En ese sentido, es muy revelador el ensayo final "Conservar lo que se ha perdido" (cuya inclusión en esta antología supone todo un acierto). En este hermoso texto el poeta nos confiesa: «Ya que no me interesa la verdad y sí la suprema ficción humana, que es la de un animal creador —aquella pasión de la fabulación de la que habla Goethe— soy mi mentira, que es mi verdad, y mi verdad, que es mentira». Desde esa posición levanta una convicción que, en textos como el poema "La infancia redimida", obra el milagro de que lo imaginado actúe en los lectores, se haga a su manera real: «La alegría, la creo ahora en este poema». La alegría de la que no son capaces esos otros poetas que, según Lêdo Ivo, «son sepultureros que entierran palabras/ y se contentan con algunas migajas del diccionario». Ivo, en cambio, nos ofrece una poesía llena de vida, en la que dialogan palabra y mundo.

martes, octubre 27, 2009

Juegos para un taller de teatro, Alfredo Mantovani y Rosa Inés Morales

Artezblai, Bilbao, 2009. 207 pp. 18 €

Juan Pablo Heras

Desde hace más de 25 años Alfredo Mantovani y Rosa Inés Morales trabajan infatigables en la docencia del teatro, para niños, adolescentes y adultos. Artezblai reedita y distribuye, y ellos corrigen y amplían, un manual hasta ahora de difícil acceso que ellos mismos habían publicado hace seis años a través de Proexdra (Asociación de Profesores por la Expresión Dramática en España), vibrante colectivo ubicado en Morón de la Frontera, Sevilla.
Pero más que un manual, nos encontramos ante un recetario, un archivo, un vademécum de “más de doscientas propuestas para expresar y comunicar en la escuela”, una batería de juegos teatrales cuidadosamente organizados en fichas de una sola página. Éstas se distribuyen en cinco bloques (juegos para “empezar grupos”, “iniciar sesiones”, “expresar”, “dramatizar” y “terminar”) subdivididos a su vez en varias secciones (por ejemplo, “juegos de confianza”, “juegos de estatuas”, “juegos de objetos y disfraz”) que incluyen diez fichas cada una. Los autores son tan estrictos en esta especie de decamerón de los juegos dramáticos que en ocasiones deben apretar varios en una sola ficha, para no exceder las diez que corresponden a la sección, mientras que otras veces se repite en dos fichas distintas el mismo juego con leves variantes. En todo caso, es de agradecer el rigor con el que organizan un material tan diverso y heterogéneo. Alfredo Mantovani y Rosa Inés Morales han extraído estas propuestas de su propio caudal de inventiva y experiencia, de aquellos juegos de origen desconocido que se repiten invariablemente en todos los talleres de expresión dramática, y de la tradición lúdica popular. Sorprende ver el aprovechamiento dramático que puede obtenerse de juegos aparentemente tan alejados del teatro como la gallinita ciega y el escondite inglés: es mucho lo que todavía puede tomar el teatro y la pedagogía de las formas no escénicas pero radicalmente dramáticas mediante las que el ser humano se ha expresado —y divertido— durante siglos, y que hoy parecen en peligro de extinción por la excesiva tecnificación de lo lúdico, empeñados como parecemos en introducirnos por un cable y convertirnos en brillantes polígonos pixelados.
Juegos para un taller de teatro no es un manual, pero aporta ladrillos y argamasa para que todo profesor a cargo de un taller de teatro construya su propio método. No sólo ofrece un surtido amplísimo del que poder seleccionar lo que se desee, sino una serie de avisos y sugerencias fundadas en la experiencia y que apostillan cada juego de modo que el docente pueda aplicarlos con conocimiento de causa y adelantarse a las dificultades que de seguro se le presentarán.
El libro se cierra con una plantilla mediante la cual todo profesor puede crear sus propias fichas con el mismo planteamiento pedagógico que han utilizado Mantovani y Morales. Seduce la idea de imaginar un libro abierto que es ampliado hacia el infinito por una multitud de manos repartidas por el mundo, que añaden más y más juegos para explorar los espacios siempre abiertos de la enseñanza de la expresión dramática. ¿Quién se anima?

lunes, octubre 26, 2009

Juegos de familia, Ian Banks

Trad. Javier Fernández Córdoba. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. 349 pp. 20,95 €

Sofía Rhei

Quizá algunas obsesiones puedan ser una especie de apuesta contra uno mismo. Esta es una de las sensaciones que quedan al terminar de leer la historia de Alban, uno de los miembros de la última generación de la familia Wopuld, clan millonario dedicado a la explotación de un juego de mesa (y posteriores secuelas informáticas) inventado por el bisabuelo. Semejante a este juego de estrategia, el tejido que rige las relaciones entre los miembros de la familia mantiene el precario equilibrio de una tela de araña. El encargado de guiarnos a través de las arenas movedizas de sus parientes se alejó de la vida empresarial y familiar por motivos que permanecerán ocultos durante muchos capítulos, como debe ser; mientras tanto, consigue que sintamos cierta afinidad hacia su peculiar y peligroso modo de vida.
La trama amorosa, que al principio del libro pudiera parecer secundaria, va cobrando gradualmente una densidad inquietante. El orden de la narración tan sólo responde a la esquiva memoria de Alban, que va rescatando escenas de aquí y de allá, secuencias con una conexión relativamente floja pero que desvelan, según se acerca el final, cuales eran los dolorosos lugares del recuerdo que el protagonista estaba evitando a toda costa. El tiempo se convierte en algo fragmentario, tan extraño como las operaciones de cirugía estética sobre el rostro de aquellos a quienes se ama, en un puzzle o juego cuyas leyes, o al menos una de ellas, probablemente la más importante, permanecen ocultas hasta el final. Desamparado de una verdad que podría haberle evitado décadas de sufrimiento, Alban se mueve entre recuerdos interpretados a voluntad, revividos voluntariamente una vez tras otra, convocados como un mantra que pudiera erradicar la locura.
El personaje de la abuela Win, que no en vano se llama de ese modo, planea sobre los recuerdos de Alban como un ser casi omnisciente, que se dedica con una frialdad paradójicamente maternal a manejar todos los hilos, visibles y ocultos, de la complicada trama afectiva y política de los numerosos miembros de la familia. Se trata de un personaje digno de Iris Murdoch.
Sin ser tan malvado como ella, Banks nos proporciona una novela que se lee sola y que posee la agradable ventaja de no resultar tramposa (léanse truculencias gratuitas, golpes de efecto sin venir a cuento, señoritas amarradas en sótanos, psicópatas con un pequeño tic o religiones extravagantes). Como dijo Fellini de cierto libro (que, para mi gusto, no lo merecía, por eso no lo nombro), "emociona sin avergonzar". Pero sobre todo es un despliegue de técnicas narrativas de una sutileza, eficacia y originalidad sorprendentes, algo que la cuidada traducción ha sabido reproducir, y podría funcionar como manual de estilo para cualquier aspirante a escritor. Baste un botón:
«Ardía bien, el papel y la cuerda se oscurecían y desaparecían, permitiendo que el chaquetón de dentro, empapado en gasolina, se desenvolviera mientras la envoltura que lo contenía se deshacía en llamas, igual que una oscura flor ardiente.»