viernes, octubre 23, 2009

Las experiencias del deseo. Eros y misos, Jesús Ferrero

Premio Anagrama de Ensayo. Anagrama, Barcelona, 2009. 224 pp. 17 €

Fernando Sánchez Calvo

Eros y Misos son dos hermanos gemelos que se aman y se odian irremediablemente porque significan lo mismo que sienten entre ellos. Son las dos caras del deseo y del último Premio Anagrama de Ensayo, ganado este año por el novelista Jesús Ferrero. A modo de diccionario sentimental, el autor define y explora en la multitud de impulsos que derivan de los dos hermanos. Así, gula y celos, narcisismo y temeridad, sexo y guerra, entre otros, cubren cualquier pasión o enfermedad (si es que no es lo mismo) en la que puede incurrir cualquier ser humano con dos dedos de deseo y con una historia emocional más o menos redonda, es decir, pendular.
El deseo, motor del mismo universo y por descontado de su manifestación más concreta, el hombre, se parte literalmente en amor (Eros) y en odio (Misos), dos fuerzas que oscilan del yo al vosotros con la misma rapidez que los hermanos gemelos se cambian la identidad. La división entre el individuo y su componente social terminan de estructurar el libro en cuatro bloques donde prácticamente cualquier movimiento del corazón y de la mente (también suelen ser lo mismo) queda clasificado.
No es por lo tanto esta obra un ensayo, o sí, pero también su hermano gemelo, el estudio, ya que la disposición del libro en entradas revela una intención ambiciosa y enciclopédica por parte del autor: analizar con espíritu científico, con precisión de cirujano, algo tan impreciso como un sentimiento y, lo que es peor, algo tan experiencial como una pasión.
Por otra parte, es evidente que dicha empresa y objetivo no son nuevos. Como en casi todo y al menos dentro de la cultura occidental, un griego (Empédocles) se adelantó y un británico (Oscar Wilde) rizó el rizo: «Amarse a sí mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida». Y más que amarse, amarse y odiarse, y si queremos ir todavía más lejos, desearse en el sentido más amplio, valiente y entregado de la palabra. Quien ama, odia. Quien admira, desprecia. Todo anoréxico sufre un ataque de gula cada dos segundos y cualquier egoísta puede incurrir en un sentimiento de culpa. Son experiencias, es decir, contradicciones, pasiones hechas carne, tornadas en materia, que conviven dentro del individuo sí o sí hasta su fin. Si a lo largo de la vida no se “padece” alguna de ellas, es que ese individuo está enfermo, o al menos incompleto.

jueves, octubre 22, 2009

Viva voz de vida, Marina Tsvietáieva

Trad. Selma Ancira. Minúscula, Barcelona, 2008. 131 pp. 14 €

Martí Sales

Minúscula es una editorial independiente que hace bueno el dicho catalán: “al pot petit hi ha la bona confitura” (en el bote pequeño está la buena confitura). Sus libros son escogidos con ojo certero e igual de escrupuloso es su tratamiento del lenguaje y del propio objeto: así, uno a uno, reúnen los tres ingredientes necesarios parar calificar de excelente a una editorial. Editan libros minis, como pequeñas brújulas, cajas de cerillas o linternas de bolsillo para no ir a ciegas por este siglo xx al que tantas veces se le quemaron los fusibles. No está sola, que también están Impedimenta, 1984, Club Editor, Nórdica, Sexto Piso: hay que hablar de su gran labor y enaltecerla porque se lo merecen, impenitentes luchadoras todas ellas por la literatura en mayúsculas.
Entre 1911 y 1917 Marina Tsvietáieva, importantísima poeta rusa de estilo único y trágica suerte, vive con intensidad su amistad con el también poeta Maximilián Voloshin –parecida a la que la unió a Bolk, Pasternak, Mandelstam o Rilke: Tsvietáieva era una apasionada y se volcaba en su gente, a menudo escritores, a menudo amantes y pocas veces gente anodina. Tsvietáieva era adolescente cuando lo conoció y por eso toda su relación está teñida del color de lo edénico –de lo primigenio y feliz. Koktebel, “la colina azul” donde residía el poeta, se me antoja como una especie de jardín de Ardis, la finca nabokoviana de Ada o el Ardor: allí donde todo nace y nada es corrupto, un locus amoenus alejado del “sound and the fury” mundano, un refugio de poetas, artistas y escritores –“allí empezó la inspiración”, escribiría Viktoria Schweitzer. Voloshin es descrito como un ser inmenso en su bondad, rizos y túnicas, el pacifismo encarnado, la sabiduría de la tierra más que de la humanidad –su perfil podía ser visto en unas rocas enormes que se adentraban en el mar. La poeta dedica más del noventa por ciento del libro a intentar que nos enamoremos de Voloshin y todo lo que representa –y creo que lo consigue–: el libro es una píldora dorada con mucho cariño y dulzura, una especie de oasis de pura poesía, conversaciones, amistad y, en resumen, felicidad que rezuma por todos sus párrafos. En el último diez por ciento la realidad irrumpe a tiros y desbarata la escena idílica –y las vidas de tantos. Mucho más tarde, en 1932, años ominosos para Europa –Joseph Roth tiene cartas espeluznantes de aquella época–, en su exilio parisiense la poeta escribe un retrato del Voloshin, Viva voz de vida. Por aquel entonces Tsvietáieva ya ha sufrido en sus carnes los desvaríos de un continente sacudido y enrabiado y parece encontrar, recordando aquel tiempo pretérito, una bolsa de aire fresco que la ayuda a soportar un presente plagado de penurias. Este abismo entre felicidad pasada y porvenir atroz es determinante para entender Viva voz de vida, esa oculta pulsión de urgencia y necesidad que da gran interés y calado a un texto que no es ni más ni menos que un bellísimo agarradero ante la destrucción total. Tsvietáieva en un cuartucho de París invocando otro mundo, construyendo un mito y huyendo, todo a la vez, a través de su escritura en plena forma. Quizás no es la mejor retratista de todos los tiempos (¿deberían darle este título a Lytton Strachey, tal vez?), y, sin embargo, qué maravilla su estilo, su uso de los guiones largos para esponjar el texto, su prosa que evita lo prosaico pero nunca no cae en lo poético –en lo poético mal entendido, claro está. Hay anécdotas memorables –poetas que se regalan unos a los otros; excursiones por la nieve que acaban en chozas campesinas y conversaciones alucinantes; cabezas acariciadas, torres mágicas y alfombras nocturnas de perros–, la descripción del personaje es magnífica, pero nada supera su gracia, su altísimo rango como escritora y el simple gusto de leer un texto tan libre, potente, personal. He aquí Tsvietáieva sacudiéndose a plumazos el peso de la historia con la que siempre –y por siempre– será vinculada –el peso que la aplastó y configuró; he aquí Tsvietáieva estatua ecuestre –la fuga inmóvil de la literatura– resistiendo encaramada al caballo de su gran escritura.

miércoles, octubre 21, 2009

Kafka y el Holocausto, Álvaro de la Rica

Prólogo de Claudio Magris. Trotta, Madrid, 2009. 144 pp. 13 €

José Luis Gómez Toré

Resulta difícil pensar que se pueda escribir a estas alturas algo nuevo sobre Kafka, cuya enigmática obra ha dado pie a todo tipo de interpretaciones y lecturas. Sin embargo, Álvaro de la Rica consigue arrojar nueva luz sobre la escritura imprescindible del autor de La metamorfosis en las páginas de una obra valiente, esclarecedora a pesar de sus ocasionales excesos interpretativos y, sobre todo, excelentemente documentada. El título del ensayo, con todo, puede llevar a engaño: si bien la cuestión del Holocausto no deja de ocupar un lugar importante en este estudio, creo que resulta a la postre más determinante la interpretación de un tema esencial en el escritor judío como es el misterio de la Ley, en especial tal como se presenta este motivo en esos textos capitales que son El proceso (en especial en la parábola Ante la ley) y En la colonia penitenciaria.
No constituye ninguna novedad el intento de vincular la obra de Kafka, que murió antes de la Shoah, y el Holocausto, del que fueron víctimas las hermanas del escritor, todas asesinadas por la barbarie nazi. De hecho, han sido numerosas las interpretaciones que han ido en esa dirección, a pesar del riesgo que supone leer las narraciones de Kafka de modo anacrónico como un presagio de lo que iba a venir, lo que puede llevarnos a una forzada profecia ex eventu. Con todo, el autor de este ensayo nos ofrece nuevas perspectivas al situar precisamente la cuestión de la Shoah en el contexto de la ya citada cuestión de la Ley y de su ambiguo significado en el escritor checo.
De la Rica insiste en la necesidad de mantener separadas en la intepretación la esfera política y la esfera religiosa, si bien el contexto tanto judío como cristiano con los que dialoga Kafka invitan a una constante, y en ocasiones peligrosa, aproximación entre ambas esferas (otro judío, Spinoza, varios siglos antes fue capaz de ver en su Tratado teológico-político, en mi opinión uno de los textos fundadores de la Modernidad, la dificultad de separar dichos ámbitos en la tradición de las religiones del Libro). Echando mano no sólo de la obra estrictamente literaria de Kafka sino también de sus diarios y cartas así como de los testimonios de sus contemporános, Álvaro de la Rica nos invita a reconocer la complejidad de ese estar situado ante la Ley. Para el autor de este libro la Ley no es una instancia puramente negativa, un mero instrumento de represión, sino también la ambigua promesa de una legalidad, de un sentido. Si bien la interpretación del autor, influido sin duda por sus propias creencias religiosas, lleva en ocasiones a un énfasis excesivo en ese aspecto positivo de la Ley, en su conjunto hay que reconocer el mérito del estudioso para situar la obra de Kafka más allá de la mera constatación del absurdo. Si Kafka es uno de los grandes nombres del siglo XX, su valía no puede reducirse a ser un eco del sinsentido que atenaza al ser humano. La promesa de la Ley habla así tanto de una nostalgia de sentido, nostalgia ante la cual la lucidez de Kafka no admite ningún sucedáneo, como de la hybris que supone que un hombre o una sociedad pretenda ser la encarnación de esa Ley con mayúsculas. En esa ambivalencia de la Ley es probablemente lícito leer el Holocausto con los ojos de Kafka, cuya escritura resulta profética más en el sentido bíblico del término como revelación de lo oculto que en su significado, más habitual actualmente, de predicción del futuro: la Shoah se nos presenta así a la vez como el resultado del acto de soberbia consistente en identificar la promesa de una Ley absoluta con la pesadilla de un mundo completamente administrado y, paradójicamente al mismo tiempo, como la renuncia a la Ley como promesa de una auténtica dignidad humana, una renuncia que sólo puede resolverse en barbarie.
Resulta de especial interés el análisis de la relación conflictiva que siempre existió para Kafka entre el arte y la vida. El escritor checo, que carecía de convicciones religiosas, tiene una vivencia sin embargo casi sagrada de la escritura, sentida a la vez como un deber y como una culpa, como un pecado que quizá no le es dado expiar. En una estremecedora carta dirigida a Max Brod, recogida en este libro, escribe Kafka: «La creación es una recompensa dulce y maravillosa, pero ¿por qué? Esta noche lo he visto claramente, con la nitidez de una lección infantil, que se trata de un salario por haber servido al diablo». Santa y pecadora a un tiempo, la escritura de Kafka se nos revela, gracias a libros como éste, como una constante interrogación sobre nuestra realidad. La puerta de la Ley está abierta para cada lector, como una promesa tal vez inalcanzable, que nos condena a la frustración, pero que no pierde nunca, a pesar del vértigo que nos produce, la virtualidad de tal promesa.

Miradas sobre Franz Kafka en la Tormenta:
-Cuando Kafka vino a mí
-Kafka va al cine

martes, octubre 20, 2009

España, aparta de mí estos premios, Fernando Iwasaki

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 160 pp. 15 €

Rubén Castillo Gallego

Muchos lectores (y críticos literarios, y profesores) de España almacenan, enquistado en sus mentes, un difuso prejuicio contra el humor, al que son capaces de tolerar, aplaudir o incluso buscar en libros y revistas, pero al que niegan con vehemencia todo atisbo de profundidad. Así, maravillosos escritores como Hipólito G. Navarro o Juan José Millás son tildados de ingeniosos, lúdicos, chispeantes o rateros (“autores para pasar el rato”); pero cuesta muchísimo que se les reconozca la genialidad o la brillantez que se regala casi al instante a todos aquellos que, llenando folios con cara de vinagre o mostrándose renuentes a los peines, se instalan en la zona noble de los suplementos literarios. El sello Páginas de Espuma, lejos de transigir con esta tendencia general, se rebela de forma ostensible contra ella en una de sus últimas publicaciones: el tomo España, aparta de mí estos premios, una colección de relatos que firma Fernando Iwasaki (Lima, 1961) y que tienen en común el hecho de haber sido “premiados” en una serie de certámenes a cuál más extravagante, donde los escritores deben idear cuentos que glorifiquen al Sevilla F.C., ensalcen la gastronomía vasca, transcurran en la cueva de la Pileta, glosen el papel de la nueva mujer catalana o aludan a los héroes del Alcázar de Toledo (en un singular concurso patrocinado al alimón por Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica, ahí es nada). Situándose en estos disparatados cauces, el escritor que quiera conquistar premios literarios (indica Iwasaki) tendrá que amañar sus relatos con sutiles retoques para que el mismo texto, «refrito varias bases según las veces y viceversa» (p.13), tenga opciones de alzarse con el triunfo. Así, nos encontraremos con Makino Yoneyama, un brigadista nipón que sale de una cueva e interrumpe un programa televisivo, sin saber que la guerra civil acabó hace 70 años; o con Makoto Komatsubara, quien emerge de las catacumbas del Alcázar de Toledo, ignorando la misma circunstancia; o con Michiko Arakaki, una antigua lanzadora de cuchillos y amante de Picasso, quien lleva décadas viviendo de incógnito como trabajadora en el ayuntamiento de Barcelona; o con... No creo que haga falta añadir más nombres para que los lectores se hagan una idea del contenido de este volumen. Un relato que actúa como “célula madre” es clonado con sutiles diferencias, para adaptarse a las exigencias más peregrinas de los ayuntamientos, cajas de ahorros y demás organismos convocantes de concursos de cuentos. Zumbón como él solo, didáctico, explosivo, iconoclasta, irreverente y disparatado, Fernando Iwasaki construye siete cuentos que son siete mecanos, siete estrategias, siete carcajadas, siete provocaciones, siete desplantes con los que todos los lectores disfrutarán. Y, como colofón para el libro, incluye un Decálogo del concursante consuetudinario, en el que, entre otras cosas, aconseja a los novatos que firmen con seudónimos femeninos, que no aborden jamás el tema de los templarios (que funciona en las novelas, pero no en relatos cortos) y que, en la medida de lo posible, ambienten sus creaciones en Nueva York, porque “nunca falla”. En suma, una obra irónica, muy bien escrita y que garantiza sonrientes horas de lectura a sus usuarios.

lunes, octubre 19, 2009

La noche del diablo, Miguel Dalmau

Anagrama, Barcelona, 2009. 336 pp. 19 €

Jorge Díaz

Hay veces que uno no entiende un libro. Avanza y no entra, vuelve atrás, relee lo leído, pero nada, no hay manera. La culpa probablemente no sea del libro sino del lector. A mí me ha pasado con La noche del Diablo de Miguel Dalmau. Y lo siento, porque tengo el convencimiento de que es una buena novela. Trata un tema interesante, parece muy documentado, está bien escrito… Pero en ningún momento me he sentido cómodo leyendo. Sé lo que me pasa, son los personajes, tanto el narrador como el protagonista, soy incapaz de ver el mundo a través de sus ojos por mucho que me esfuerce. Aún así soy consciente de que está todo ahí, que la labor de creación es irreprochable.
El narrador es un joven sacerdote mallorquín que cuenta su experiencia durante la guerra civil como traductor y asistente del Conde Rossi, un militar enviado por Mussolini a la isla con dos dobles objetivos: el principal, ayudar a expulsar, en realidad exterminar, a los republicanos, y el secundario, divulgar el fascismo, en realidad sondear la posibilidad de anexionar las Baleares al nuevo imperio italiano.
La guerra civil en Mallorca, según lo que leo en el libro porque no tenía ningún conocimiento previo, apenas tuvo importancia militar: los rebeldes triunfaron de inmediato y apenas hubo un pequeño desembarco de tropas republicanas en la zona de Manacor y Son Cervera que fueron inmediatamente reducidas. Por mucho que Julián Alcover, el pusilánime sacerdote, nos presente al italiano como un gran militar, el león de Son Cervera, no parece más que una pasión exagerada por su compañero. Lo importante e interesante es ver cómo en una isla se concentra el odio y la represión es desmedida, sin ninguna relación con las posibles afrentas anteriores. Y en ella participan todos: nobles, propietarios, falangistas, vecinos con antiguas disputas…
En esa represión, el italiano es un tipo endiablado: asesinatos, violaciones, torturas… El tal Conde Rossi, Arconovaldo Bonacorsi, es un tipo francamente desagradable. El problema es que su único objetivo parece escandalizar a su pazguato acompañante. No mata por matar o viola por violar, sólo para que se asuste el narrador. Tras cada acción tiene una frase o una blasfemia para herir la inocencia de su cronista.
El curita que nos lo cuenta, no es un término despectivo contra los religiosos, sólo contra él, se escandaliza, justifica, se vuelve a escandalizar, se fascina, se vuelve a escandalizar, se persigna y se siente mal mientras reza en el convento… Nada más. Se hace extraño, y sin duda hay que calificarlo como una habilidad del autor, que nos estén contando la historia de alguien a quien se presenta como un asesino que se ampara en una guerra para matar y el que resulte verdaderamente inmoral sea el cura que lo narra, justificando su comportamiento cada pocas líneas.
Así que los personajes son negativos. Pero eso no es malo, me he identificado a lo largo de mi vida de lector con tipos con los que no me tomaría un café ni loco. Con Alcover y Bonacorsi tampoco me lo tomaría, casi menos con el cura que con el fascista. Lo que me gustaría es compartir durante unas horas su forma de ver el mundo y entender su peripecia vital. Pero no lo consigo. Ni en la ideología ni en el miedo veo necesidad a su comportamiento. No les veo entrar en la espiral del odio y el terror sino acumular desmanes. Es el motivo por lo que creo no haberlo entendido, estoy seguro de que existe un hilo que llevaba de una acción a otra y que yo, simplemente, no supe encontrarlo.
Pese a todo, La noche del Diablo es una novela ágil y llena de momentos espléndidos: la visita al burdel de Madame Elena, la llegada de los alemanes a la Catedral y su descubrimiento de una estrella de David en uno de los vitrales, la descripción del verdadero pasado del conde… Quizá sea necesario volver atrás otra vez, hasta disfrutarla.