viernes, octubre 02, 2009

Mecanismos internos, J.M. Coetzee

Trad. Eduardo Hojman. Mondadori, Barcelona, 2009. 322 pp. 20 €

Coradino Vega

Cuando uno ve la cubierta de este libro de Coetzee siente la curiosidad, entre morbosa y letraherida, de saber qué opinará el Premio Nobel sudafricano de algunos de sus colegas contemporáneos. Leer lo que ha escrito uno de los mejores novelistas vivos sobre otro gigante de la literatura actual como Philip Roth justifica de por sí la lectura de este volumen de ensayos. Sin embargo, no hay nada más alejado del morbo o del chismorreo cultural que las reseñas de un novelista tan serio y riguroso como Coetzee, que ha venido demostrando en libros como Costas extrañas o Contra la censura que los mismos criterios de exigencia que presiden sus magníficas obras de ficción caracterizan también su obra crítica.
La mayoría de los textos reunidos bajo el revelador epígrafe de Mecanismos internos (un título que nos hace pensar en la carpintería del escritor, en esa habilidad de analizar los engranajes de la ficción como si fuera una novela que tienen escritores como Vargas Llosa o Milan Kundera) atiende a las normas de publicación del New York Review of Books, ya de por sí garantes de rigor literario. Coetzee deja de lado la peculiar voz de su narrador y se convierte en un profesor amable y generoso, didáctico y erudito, sin reproducir ninguno de los vicios terminológicos de la crítica académica. Así, en el bloque principal (que también es el primero), dedicado a autores centroeuropeos de la primera mitad del siglo XX (Italo Svevo, Robert Walser, Robert Musil, Walter Benjamin, Bruno Schultz, Joseph Roth y Sándor Marai), Coetzee comienza con una contextualización biográfica del escritor en el marco de su época y la obra que se comenta. Esas breves incursiones en la historia resultan esclarecedoras y amenas, siempre provechosas, y uno comprende que un autor tan preocupado por cuestionar en su obra de ficción el marco ético del mundo actual se fije en esos escritores que, al mismo tiempo que registraban las ondas del nuevo mundo que crecía por momentos, sintieron la necesidad de explorar la desaparición del universo en el que habían nacido (pues sobre una transición igualmente dolorosa parecen versar sus novelas La edad de hierro, Hombre lento o Diario de un mal año).
Tras un segundo bloque en el que analiza a autores como Celan, Grass o Sebald, Coetzee se centra en algunos exponentes de la literatura en inglés, idioma en el que él escribe. Coetzee es un autor esencialmente preocupado por el lenguaje; en sus memorias reconoce cuánto le influyó la sequedad de Samuel Beckett; y en estos ensayos reflexiona de tal forma sobre ciertos errores de traducción, que resulta inevitable pensar en la desafortunada traslación del título de su novela Disgrace que se hizo en España. En esta tercera parte, comenta las tres primeras obras de Saul Bellow, nos ofrece una curiosa y lacerante biografía de Faulkner, y reflexiona sobre la creación del álter ego en La conjura contra América de Philip Roth. Asimismo, en uno de sus singulares golpes de necesidad, aborda la película de John Huston con guión de Arthur Miller que aquí (a saber por qué) se tradujo como Vidas rebeldes, para denunciar una vez más el sufrimiento de los animales. Cierran el volumen los ensayos dedicados a tres escritores “periféricos” de la talla de Nadine Gordimer, Gabriel García Márquez y V.S. Naipaul.
Llegado a este punto, uno ya está plenamente convencido de que los escritores suelen hacer crítica de una manera más agradable y penetrante que los profesores universitarios. Leer a Coetzee, además, siempre es una delicia para el espíritu. Manteniéndose a prudente distancia de los juicios desbordados por la pasión, sus elegantes lecturas nos empujan a revisitar a algunos de los autores que más amamos.

J.M. Coetzee en La Tormenta:
-Diario de un mal año
-Contra la censura. Ensayos sobre la paión por silenciar
-Vida y época de Michael K.

jueves, octubre 01, 2009

La vida nueva. Eduardo García

VI Premio de Poesía Fray Luis de León. Premio de la Crítica Española (poesía). Visor, Madrid, 2008. 72 pp. 8 €

Marta Sanz

Las citas que abren este poemario de Eduardo García nos dan la clave para la interpretación de un libro que no requiere de un lector ávido por desentrañar el misterio de la caja hermética, sino de entrar en una especie de trance, de sintonía vital, que tiene que ver con el deseo de compartir. La cita de Bloch nos recuerda que la vida está puesta en nuestras manos; la de Sloterdijk evoca el tránsito constante entre vivificación y petrificación. El camino que se recorre entre esos dos momentos, entre la pulsión por vivir y la pulsión por morir, que también es vibrátil como la cola amputada de una lagartija, es el que atraviesa un poemario en el que, como en casi todos, lo que importa son las moléculas de una identidad a la búsqueda de su recomposición o, tal vez, a la búsqueda de la asunción incruenta de la fractura: en el proceso, los vínculos suelen ser regocijantes (“Lianas”, “Física aplicada”.) También de los vínculos que unen al poeta con sus lectores.
“Las pasarelas del deseo” es un remolino de enumeraciones que abre el libro. Eduardo García es un autor que practica una escritura centrífuga y generosa, que no comparte el prejuicio estético de la austeridad expresiva como modo de alcanzar la intensidad. La palabra de García es bulliciosa y envolvente: gira en torno a un lector que se va acercando, a veces a los aspectos más luminosos de la existencia, como en los poemas que componen “Resplandor”; a veces, a las facetas oscuras (“y la noche me aguarda, pecho adentro”) del claroscuro, como ocurre en los textos de “Romper aguas”: en “La carcoma”, “La máscara”, “La cáscara” lo deprimente queda subrayado por el poder de la cacofonía. Esa polaridad entre lo luminoso y lo oscuro recorre La vida nueva desde un punto de vista estructural y temático: el ya citado problema de la identidad se aborda de un modo nada sublime y con un punto cómico en “Invitación al viaje” donde el poeta se refleja en un charco que puede vaciarse hacia cualquier sumidero, hacia otro lugar; el mismo asunto es objeto de “La máscara”, aunque aquí el tono es negativo.
En la parte luminosa de La vida nueva, hay dos poemas que me han gustado especialmente: “Ritual de las aguas” ofrece la imagen del poeta lavándose las manos, y la limpieza del cuerpo no precisa de espíritus santos para ser celeste y pura. El segundo poema es “Naturaleza muerta” donde la intimidad se presenta en medio de una nada, el desierto, que es el todo de la naturaleza: lo doméstico y lo pequeño se insertan en y se solapan con lo sublime, y lo sublime resulta un espacio alcanzable y acogedor. Leo el poema como una reivindicación de la utopía que provoca el estallido de falsas barreras, de oposiciones espurias.
El vitalismo del poemario se asienta en dos movimientos, figuras geométricas o relaciones que permiten la metamorfosis de la vida y, dentro de la vida, de la existencia: la antagonía y los ciclos (“Ciclos”, “El amor dibuja círculos concéntricos”). Por eso, desde la oscuridad el poeta quiere regresar lo antes posible a territorios más atemperados e incluso más exultantes —una invitación al entusiasmo cierra La vida nueva y va precedida de un texto hímnico como “Nos hace falta arder”—: en el bloque titulado “Amanece” el lector encuentra algunos de los versos que son capaces de transmitir una mayor sinceridad, alejada en la misma proporción de la euforia afirmativa y de la pesadumbre barroca que ha surgido como mariposa oscura de dentro de la crisálida: ahí están los textos en los que mejor se refleja ese impulso antropocéntrico, racionalista y vital, introspectivo y elegante, que caracteriza gran parte de la poesía del Renacimiento. Desde el título, ése ha sido, para mí, el sustrato de unos poemas que hablan de cómo trasegar el agua del vacío hacia el deseo y del deseo hacia el vacío siendo persona, construida de fragmentos, permanente morador del purgatorio, tanto en el exceso como en la ausencia.

miércoles, septiembre 30, 2009

Las guerras de Napoleón, Charles Esdaile

Trad. Miguel Ángel Martín Mas. Crítica, Barcelona, 2009. 725 pp. 39 €

Julián Díez

Recientemente me he visto confortado por el descubrimiento de que un montón de otras personas civilizadas y pacíficas sienten el mismo interés que yo por leer historia militar. Hay algo en el relato de grandes batallas, movimientos tácticos y acciones heroicas que resulta extrañamente apasionante cuando uno está apaciblemente sentado en una mecedora, viendo las hojas caer. La proliferación de volúmenes del tipo de este Las guerras de Napoleón en los últimos tiempos viene a satisfacer esta pulsión.
Sin embargo, la mayoría de las publicaciones se ha centrado en la II Guerra Mundial, con una presencia creciente de la I en nuestras librerías. El libro de Esdale viene a tocar otro conflicto de alcance internacional, en nuestro imaginario colectivo una suerte de Guerra Mundial 0 —aunque Esdale insista en la condición casi mundial tanto de a la Guerra de Sucesión Española y la Guerra de los Siete Años—. Aunque con la particularidad de que, desde el propio título, concede un mayor protagonismo al emperador francés del que resultaría habitual en un tomo sobre todo un conflicto bélico global.
Sin deslizarse directamente en la biografía, con un retrato casi exclusivamente circunscrito a sus acciones, Esdale consigue ofrecer un perfil muy completo e interesante de Napoleón. Ambicioso, arrogante, astuto... y terriblemente pesado, capaz de mantenerse en sus trece bajo cualquier circunstancia para conseguir sus objetivos. Esdaile logra, a través de su seguimiento de las acciones de Bonaparte, explicar buena parte de los sucesos del periodo estudiado (1803-1815), pero tiene la perspicacia de saber detectar cuando el emperador no hizo otra cosa que seguir la lógica de la situación, o doblegarse ante circunstancias superaban que incluso a un carácter de su envergadura.
Esdaile, especialista en particular en las campañas de la Península Ibérica (muy recomendable, por cierto, su previo La Guerra de la Independencia: una nueva historia), se extiende sobre el conflicto tanto en nuestro país como los coletazos en los territorios americanos. En líneas generales, su ritmo narrativo es sostenido y su prosa diáfana, ayudada por la falta de pudor del autor para introducir comentarios y conclusiones personales, con descripciones de las batallas someras y fáciles de seguir. La excepción se da cuando se enreda en la explicación de las cambiantes alianzas de rivales de la Francia revolucionaria, una auténtica pesadilla de emperadores y pequeños estados alemanes e italianos.
El libro resulta una obra de consulta sencilla, una guía introductoria amplia y suficiente para un periodo de enorme interés para cualquier lector con afición por la historia divulgativa "a la antigua" —la de grandes protagonistas, eventos y batallas—, y deja el apetito abierto para conocer textos que traten más a fondo episodios concretos de la época.

martes, septiembre 29, 2009

Dándole vueltas, Frederik Peeters

Astiberri, Bilbao, 2009. 184 pp. 19 €

Ricardo Triviño

En 2003, Frederik Peeters encontró el éxito en España con su conmovedora historia autobiográfica Píldoras azules (Astiberri), conmovedora tanto por su narración como por el dibujo. Y eso lo etiquetó porque su siguiente obra, Lupus (Astiberri), fue recibida con sorpresa. Se trataba de una aventura de ciencia-ficción. Resultaba un cambio demasiado radical y arriesgado. ¿Un autor costumbrista dándoselas de George Lucas? Aquello difícilmente podía salir bien.
Nos calmamos cuando descubrimos que, en ese universo del futuro, lo personal y lo cotidiano estaba por encima de la acción y los rayos láser. Peeters, debimos pensar muchos, seguía en su terreno pero disfrazado. Pero luego, la editorial Dibbuks publicó Koma, con dibujos del suizo pero guión de Pierre Wazem y color de Albertine Ralenti, una especie de cuento infantil para adultos donde la historia fantástica de una niña deshollinadora nos transportaba a un viaje hacia las profundidades del planeta. Más relatos imaginarios. Parecía, inexplicablemente, cada vez más interesado por lo onírico. Ahora, la magrittiana portada de Dándole vueltas (Astiberri), su último trabajo traducido en España, parece confirmar la idea de que el artista ginebrino no quiere tener ya nada que ver con el mundo real. En fin, nada más lejos de la realidad.
El libro recopila algunas de las historietas cortas publicadas en diferentes revistas francófonas (Bile noir, Drozophile, Lapin, Comix 2000, Ecritures, Labo...) a lo largo de su carrera, tanto previa como paralelamente a sus obras más extensas (1988-2007). La antología nos muestra a un autor interesado desde sus inicios por lo extraño, por esas dimensiones paralelas donde todo parece divergir ligeramente de cómo pensamos que deberían funcionar las cosas, mundos movidos a veces por una violencia y una mala leche inesperadas, pero que indefectiblemente señalan hacia aquí. Sus primeros relatos incomodan, crean desasosiego; empiezan en su extravagancia y ansiedad ligados a un trazo grueso, tosco y oscuro del cómic underground. Poco a poco, vemos la evolución de sus pinceles, limpiando la línea, sintetizando, convirtiéndolo en un artista capaz de plasmar un bosque únicamente con unas manchas certeras. Del mismo modo, su narración se afila, se libera de viñetas innecesarias o evita los diálogos si la imagen se basta por sí misma. Se aprecian diferentes estadios.
Sin embargo, los temas se mezclan. No hay una etapa donde Peeters deje de lado lo subjetivo, del mismo modo que no hay historieta sin un ápice de extravagancia. Pueden varias los porcentajes, pero ningún aspecto llega a cero. Peeters se entrena, además, en diferentes registros: desde la crítica, con un ensayo en defensa de la legalización de las drogas, hasta la descripción de la espera de dos asesinos a sueldo; desde el análisis de la figura del autor frente a sus creaciones, sumergiéndose él mismo en las viñetas, hasta la expresión de una melancolía anticipada por el futuro de su hija. La soledad y el desamor se mezclan en Upsidedown donde, sin explicación, un hombre que empieza a caminar por las fachadas de los edificios encuentra a su pareja ideal. Incluso hace gala de un humor negrísimo con las peripecias de un troglodita que mata y devora todo lo que se encuentra hasta descubrir que él mismo es comestible.
Cabe ahora recordar las viñetas casi lisérgicas que inauguran Píldoras azules: células y estrellas entre las que bucea el lector mientras el protagonista busca la palabra que necesita; o pensemos en los sueños donde el protagonista aparece hablando con un mamut o frente a un rinoceronte blanco en la consulta del médico. En realidad, lo fantástico también está en la cotidianidad de Píldoras azules. Dándole vueltas, afortunadamente y en contra de lo que se podría esperar, no es una antología más de obras menores previas al reconocimiento del autor. Se trata de la mejor vía para entender por qué Frederik Peeters no puede ser encasillado. Él es un todoterreno al que no le urgen carreteras.

lunes, septiembre 28, 2009

Merma, Benito del Pliego

Baile del Sol, Tenerife, 2009. 104 pp. 10 €

Ana Gorría

«Hay que ponerle pruebas al infinito/, para ver si existe», afirma Juarroz en una de sus poesías verticales. La poesía de Benito del Pliego, con tres libros en su bagaje poético, tal vez sea una de las más voces solidas, a mí juicio, del horizonte de la creación reciente, una poesía que encierra en su composición y su desarrollo vínculos con una tradición asume para con el fin de dilatar sus propios límites desde la tensión de un lenguaje deliberadamente dislocado, a punto de romperse, dibujado bajo el frágil límite de la apariencia en yuxtaposición.
Benito del Pliego, poeta que es desde hace más de diez años profesor en los Estados Unidos, es un poeta cuya presencia es discontinua, pero ostensible, especialmente en ámbitos como la poesía visual, ámbitos en el que ha obtenido diversos reconocimientos. Especialista en la obra de Juan Larrea, ha dedicado parte de sus ensayos a la obra de Anna Becciu, a Antonio Gamoneda o a José Viñals. Su atención es también fundamentación para delimitar y presentar su poético. Todos autores empeñados en llevar a cabo los límites del decir para denunciar la precariedad de éste y de la propia condición humana con recursos derivados directamente de las vanguardias históricas y de la reflexión que surgió a partir de las posguerras mundiales, ligadas a las grandes crisis del lenguaje que se iniciaran con la reflexión Freguiana.
Esas crisis del lenguaje, en buena medida superadas, han incidido también una crisis del horizonte de lo “metafísico” desde el que hay que leer Merma. Benito del Pliego es un poeta de la tradición discontinua, tal y como subraya alguno de sus poemas visuales, sus metáforas beben de la tradición surrealista, tensando los límites para llegar al oxímoron de lo imposible, así en uno de los golpes de voz que constituyen sus poemas, se escucha: “Conecta lo distante»: una estrella y el pedazo de un vidrio molido”.
Merma deja constancia, desde la precaria de su propio decir, roto, distribuido en pedazos a lo largo del libro con poemas innominados ligados con la tradición clásica a través de su disposición en números romanos y distribuidos en dos grandes secciones: A y AA. Principios que se sostienen como un estarcido, en una numeración que abarca la cuenta atrás en la segunda sección. Momentos en los que el poema acosa a la página en blanco para interrogarla, para inquirirla, para hacerle partícipe de las grandes dudas del lenguaje y de la existencia.
La realidad se convierte en lenguaje: «Se transforma: primero fue bastón, después leña, después cuchara humilde (en casa de herrero)... todo lo que entregó fue la siguiente clave: palabras.» Poemas entonces de la reescritura, pero de una reescritura que parte del propio código para romperlo y dislocarlo y que da cuenta de la potencialidad sin límites de éste, forzando el infinito, como quería Juarroz: «Huella a huella el ojo quiere ver, los rasgos se componen, leemos el silencio; una A se advierte en la cabeza de una vaca.» La causalidad se invierte y es fundada por la propia imagen, la necesidad es derivada del deseo. «Se levanta un dios al construir su templo; la parturienta grita porque se pare; la letra no existió hasta que no fue escrita.» Se trata, como subrayara Adorno a propósito de Webern de proponer la fantasía, el vastísimo reino de la imagen, como aquel don capaz de «interpolar lo infinitamente pequeño». Con un vitalismo y un optimismo que complementa la fragilidad del decir que se instaura en Merma, la voz de estos poemas, fracturada, subraya el mundo de la creación, del canto, de la potestad de engendrar una belleza tan equívoca como un mundo en que todo puede llegar a parecer posible.