viernes, septiembre 25, 2009

Café Titánic y otros relatos, Ivo Andrić

Trad. Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Acantilado, 2008, Barcelona. 115 pp. 15 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Cualquier manera de llegar a conocer algo que posteriormente se revela como un pequeño acontecimiento para uno es válida. En mi caso, mi pasión por las listas posibilitó que hace bastantes años, revisando la nómina de los premios Nobel de literatura, descubriese al único escritor de origen yugoslavo merecedor del galardón, Ivo Andric, a través de una recopilación de relatos publicada por Caralt, El lugar maldito. Hace tanto tiempo que lo leí, prestado de una biblioteca, que sólo recuerdo que tenían a un sacerdote, el padre Petar, como nexo de unión, pero sí se me quedó grabada en la mente la sensación que me dejó de serena reflexión incluso (o sobre todo) al tratar temas especialmente crueles, gracias a ese personaje silencioso que con breves pinceladas dispersas en medio de sus peripecias revelaba su carácter calmo y generoso. Y es que, como la de Magris, que es utilizada en la franja publicitaria para presentarle en este tomito de Acantilado, la voz de Ivo Andric es la de un humanista, en el sentido más específico y más general del término a la vez. En este último, es de la humanidad entera de la que habla, a pesar de que se centre en grupos étnicos concretos.
En este caso son los judíos los que transitan la mayoría de estos relatos, y es como pórtico de ese internamiento en el espíritu sojuzgado de este pueblo en distintas épocas de su historia que el primer relato de este libro, En el cementerio judío de Sarajevo, nos ofrece un paseo a modo de artículo descriptivo por las existencias ignoradas que sus lápidas le sugieren. En El vencedor recrea el episodio de David y Goliat de una manera que recuerda al minotauro de Borges. En Amor en la ciudad parece desarrollar una de las historias que imagina detrás de una de las lápidas de aquel cementerio, la de una mujer muerta ‘en la flor de la juventud’. En Una carta de 1920 el narrador utiliza la excusa de una carta de un amigo que llega después de un encuentro de muchos años para hablar sobre el odio enraizado en su querida Bosnia, a pesar de haber cuatro religiones y de que por tanto ‘debería haber cuatro veces más amor, comprensión mutua y tolerancia que en otros países’, convirtiéndose éstas por el contrario en ridículos acicates de la ira. En Palabras la confesión de una anciana tras la muerte de su marido nos invita a pensar sobre cuánto silencio hay a nuestro alrededor a pesar de tantas palabras y cómo pasa el tiempo sin que hallemos una sola de ellas que nos salve. En Niños por momentos nos parece asistir a un documental sobre la cacería de una gacela por parte de unos leones, para enseguida percatarnos de que esos niños que persiguen para darle una paliza a un judiehuelo cualquiera somos nosotros mismos, capaces de organizar una guerra tan absurda como la irracionalidad instintiva de los jóvenes. Por último, en el relato que da título al volumen, tras desvelarnos las razones de que los personajes hayan acabado donde se encuentran, nos sitúa en el momento justo en que los destinos de un judío y un ustacha (miembro nacionalista croata aliado de los nazis) se entrecruzan y cómo se dirime ese encuentro dados sus particulares bagajes.
En suma, relatos multiformes a modo de fábulas sin moraleja pero con suficiente peso por sí mismas como para que desestabilicen nuestro modo de mirar el mundo y nos obliguen a replantearnos la Historia pasada y ésta otra que construimos todos los días sin apenas darnos cuenta.

jueves, septiembre 24, 2009

Las historias gallegas, Álvaro Cunqueiro

Paréntesis, Alcalá de Guadaira, 2009. 164 pp. 13 €

Ignacio Sanz

He aquí la imaginación ardiente, la fantasía desatada, he aquí la riqueza verbal en estado puro, el vértigo festivo del lenguaje con una sintaxis que se adapta al terreno como una lagartija, he aquí a un clásico maravilloso que trae a nuestro presente achatado la magia legendaria de un mundo ahíto de acontecimientos prodigiosos.
Me decía en una ocasión el gran narrador oral Quico Cadaval, tras ver unas fotos de la vida cotidiana del Mondoñedo triste de la posguerra, que, posiblemente, una de las obligaciones que Cunqueiro se impuso a si mismo, fue la de quebrar la tristeza del ambiente, con historias que ayudaran a soñar que corrompieran de alegría la mustiez dominante. Como si el escritor, en este caso un escritor al que reiteradamente se le ha acusado de acrítico con el régimen y por ello de descomprometido, mantuviera un compromiso sólo con la imaginación que de algún modo ayudara a hacer transitable la apagada vida cotidiana. Quiero pensar que esta interpretación es tan sólo una cábala benevolente de Cadaval, para estrechar la mano afectuosa de un escritor fértil al que, pese al espinoso asunto del compromiso, admira y difunde emocionado.
Y es que con Cunqueiro no valen los términos medios, cuando nos arrebata, nos arrebata para siempre. Yo soy uno de esos lectores arrebatados que tengo en los anaqueles de mi casa veinte libros del maestro. Uno tras otro me los fui comprando todos. Lo triste, como dijera Mallarmé, es cuando ya tenemos todos los libros leídos. Por eso la reaparición de este libro es, un pequeño acontecimiento en mi historia personal de lector.
Las historias gallegas guarda una estrecha relación con otro libro magnífico del maestro, La otra gente, pues se trata de lo que un crítico convencional llamaría “obra menor” dado que está compuesto por una recopilación de artículos, en este caso de “retratos al minuto” escritos para ser radiados. Ja, ja, me río yo de la obra menor. Aquí, en estas sesenta y siete historias, late el Cunqueiro en estado puro, el virtuoso conocedor del alma humana con todos sus recovecos fantásticos, aquí están los tesoros, los curanderos, los amansadores de fieras, los resucitados, los mirlos charlatanes, aquí está la ternura, las ensoñaciones, en definitiva, aquí está el mundo cordial del inventor de facto del realismo fantástico. Leerle es una fiesta que nos invita de continuo a la risa y a una cierta melancolía. Como en Cervantes o en Rabelais.
Cunqueiro no pudo ver este libro en la calle porque murió cinco días después de escribir la introducción, a finales de febrero de 1981, es decir, que de la ingente obra que dejó desperdigada por hemerotecas, este es el último libro concebido como tal por el autor. Luego vendrían las recopilaciones temáticas que se han hecho de sus artículos que son, me parece, la quintaesencia de su obra. Sobre todo teniendo en cuenta ese espíritu relampagueante que les emparenta con los más granado de la literatura fantástica, una literatura que, pese a ese carácter fantástico, nos ofrece el retrato más fiel y realista de Galicia.
En fin, para terminar esta reseña copio las últimas palabras de la introducción de Cunqueiro: «Estos relatos, además de distraer al posible lector, quieren dar noticia de los variados gallegos que van y vienen por su tierra natal y por el mundo, que otro talante de los gallegos es el viajar a lejanas tierras, muchas veces en busca del pan, pero otras por el gusto de correr y ver el mundo. El gallego se acomoda a todos los climas, pero no deja de soñar con la pequeña patria lejana, verdes campos de lluvia.»
Espero que lo disfruten hasta el arrebato.

miércoles, septiembre 23, 2009

Atlas de una añoranza imposible, Anuradha Roy

Trad. Gema Moral Bartolomé. Barcelona, Salamandra, 2009. 384 pp. 19 €

Carmen Fernández Etreros

Anuradha Roy en su primera novela compone una brillante ficción escrita desde la sensibilidad y el recuerdo de la historia. Como en otras novelas ambientadas en la India, la autora intenta mostrar la evolución del país a través de las alegrías y los dramas de tres generaciones de una familia bengalí que residen en una misma casa. La familia y sus problemas como ejemplo y punto de partida para analizar los problemas de la sociedad de la India.
Una historia en la que pone el acento en los problemas de las mujeres encerradas en sus casas, las viudas, las esposas de los hijos. Una historia cruda y hermosa al mismo tiempo, en la que Anuradha Roy se detiene en la sutil belleza de los paisajes de Songarh, su salvaje y misteriosa jungla, pero también en las injusticias sociales, la miseria en la que sobreviven los ciudadanos de Calcuta y el abandono de las zonas rurales.
En 1907 un joven matrimonio bengalí, Amulya y Kananbala, compra y se instala con sus dos hijos en una amplia y solitaria casa con jardín en la ciudad de Songarh, una apartada población que linda con la jungla. Amulya funda una pequeña fábrica de medicinas y perfumes realizados a base de plantas silvestres. Aislados de los ingleses y de las tribus que viven en la jungla, Amulya y Kanabala vivirán tranquilamente con sus hijos hasta que la esposa apartada de su candente Calcuta, pierde la razón progresivamente:
«El silencio, que para Amulya suponía plenitud, encerraba a Kananbala en una campana de cristal de la que sentía que no podía salir para respirar. Desde el principio no le había gustado aquella gran casa con habitaciones vacías en la que todo resonaba, el enorme jardín descuidado en que las hojas susurraban y unas bayas desconocidas caían pesadamente en la hierba, igual que la falta de visitas y la ausencia de teatros y fiestas». (pp.27).
La vida de la familia cambiará porque Kananbala, al perder la razón, será encerrada en una habitación de la que sólo podrá salir con su marido. Pero también porque Amulya decide hacerse cargo de un bebé huérfano sin religión ni casta reconocible, Mukunda. Unos años más tarde la tragedia se vuelve a cebar con la familia, ya que su hijo Nirval contrae matrimonio con una joven de 17 años y ésta por desgracia muere después de dar a luz a una niña. Bakul, la nieta y heredera de la familia, sobrevivirá pero se convertirá en el problema familiar cuando años más tarde ya adolescente vaya consolidando una inocente amistad con el joven Mukunda. El joven será enviado a una escuela de Calcuta, expulsado del único hogar que ha conocido.
Una lucha contra el destino infructuosa porque pese a los deseos del padre y de la familia, la trayectoria de los jóvenes se volverá a cruzar de nuevo de manera casual en Songarh. Mukunda convertido en un joven empresario sin escrúpulos y Bakul en una jovencita casadera en un momento en que la familia vive una gran crisis económica.
La escritora realiza desde esta ficción un análisis minucioso de la evolución de la sociedad de la India, la desigualdad de las mujeres, el abismo entre las diferentes clases sociales a pesar de avances económicos. Nos introduce los dramas y las alegrías de una casa de puertas para dentro donde conviven como familia extensa: los padres, los hijos y sus esposas y la nueva generación. Todo en un lugar apartado en el que se palpa la indiferencia mutua de las tres culturas, las tribus de la jungla, los bengalíes y los ingleses que están preparándose para dejar las agotadas minas. También en el relato dedica un homenaje a la huida triste de los musulmanes de Calcuta cuando los mentores de Mukanda, Suleiman Chacha y su esposa, tienen que escapar de su casa y de Calcuta durante la Partición de India y Pakistán como todos los musulmanes.
Destaca la cruda descripción de la vida de las mujeres, encerradas y olvidadas, que ocupan una parte esencial de la novela. El trato denigrante a las viudas obligadas a no comer alimentos como el pescado o los matrimonios concertados que siguen vigentes en la India. La descripción de la historia de la viuda Meera es especialmente dolorosa y triste. Condenada a pasar el resto de su vida vistiendo únicamente las tradicionales ropas blancas, comiendo una dieta pobre y dejada fuera de las celebraciones porque era considerada un "mal agüero andante".
El huérfano Mukunda, sin embargo, representa el futuro de la India, un personaje que contra todo pronóstico logra saltarse las trabas de su orfandad y su casta y religión desconocidas, y marca el camino a la esperanza en la novela y en este panorama de la India.
Una novela en suma que cuenta con una historia familiar cruda y amable, narrada con un ritmo ágil que engancha a los lectores desde las primeras páginas. Un emocionante esbozo de la historia pasada y futura de la India.

martes, septiembre 22, 2009

La nariz de Edward Trencom, Giles Milton

Trad. Victoria Horrillo Ledesma. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. 320 pp. 19,95 €

Sofía Rhei

La principal característica de Edward Trencom, protagonista de este libro, y Jean-Baptiste Grenouille, memorable personaje central de El perfume, de Süskind, es exactamente la misma: una capacidad olfativa prodigiosa, que va más allá de lo puramente material y es capaz de percibir y localizar sensaciones, impresiones, emociones. Ambos escritores consiguen recrear de la misma forma tridimensional el mundo olfativo del que sus protagonistas se rodean irremediablemente, aunque en el caso de Milton la gama de perfumes sea bastante más limitada, ya que se circunscribe en un gran porcentaje de veces (especialmente al principio) al universo de la leche fermentada, o más exactamente, del queso como expresión suprema del buen gusto, el lujo y las sutilezas del paladar y de la mente humanos.
Sin embargo, hay enormes diferencias tanto en la personalidad de estos dos héroes (poseyendo un talento muy similar, cada uno hace con él algo muy diferente), y, sobre todo, respecto a su papel respecto a los demás personajes que habitan sus respectivos libros. Trencom desea comunicar sus hallazgos al resto de personas, y Grenouille se distancia de ellas, hace aumentar cada día el abismo que les separa de ellas, que no es otra cosa que su propio talento incomunicado; por otra parte, Edward es una víctima y Jean-Baptiste un verdugo. Estos conjuntos de circunstancias hacen que El perfume sólo pueda tener forma de tragedia, y La nariz… casi de comedia. Sin embargo, el sentido del humor de este libro no es en absoluto grotesco o excesivamente sensorial, sino todo lo contrario: acaso se le podrían reprochar una contención y finura excesivas, que encajan absolutamente con ese aire cosmopolita e intelectual (en acepción de los años cuarenta) del que está impregnado.
La novela aprovecha espléndidamente el repaso a las diferentes maneras de morir de los antepasados de Edward (todos a los que había sido concedida esa misma nariz prodigiosa) para narrar escenas clave de la historia, que se traslada a Grecia para tratar de resolver un complejo misterio en el que, por supuesto, el queso juega un papel importante.
«Es como un buen stilton –decía-. A no ser que puedas compararlo con sus predecesores, ¿cómo demonios vas a saber si es bueno?»
A medida que el sorprendido y nada aventurero protagonista va deshilando la historia de sus ancestros, se da cuenta de que esos mismos hilos esconden un peligro muy real y muy presente para él mismo.
Se trata de un libro muy trabajado, macerado en la bodega durante años par darle un peculiar sabor atemporal que muchos lectores agradecerán. Por supuesto, absténgase de hincarle el diente los no aficionados al queso, pues el fuerte aroma de las páginas puede resultar demasiado envolvente. Regalo perfecto para nostálgicos y lectores de cierta edad, poco acostumbrados a sobresaltos.

lunes, septiembre 21, 2009

Las primas, Aurora Venturini

Caballo de Troya, Madrid, 2009. 190 pp. 12.90 €

Elvira Navarro

La virtud, consumida en crudo, es indigesta. Lo que está bien no puede evitar presentarse como ejemplar(-izante), por lo que, cuando un personaje de un libro es virtuoso, ha de tener alguna tara no sólo para que sea creíble, sino también para hacerse querer. Dostoyevski presenta al moralmente intachable príncipe Myhskin en El idiota como a un pobre tonto, y desde esa estupidez se permite dar lecciones de conducta sin que nos chirríen los prejuicios y el pensamiento. Pues bien, algo así pasa en Las primas, de Aurora Venturini, donde Yuna, la protagonista, parece ser la única capaz de caminar en línea recta en mitad de un terremoto. Lo hace gracias a una suerte de don para la pintura y a que, como aparentemente es un poco retrasada, la tragedia se encuentra con serios obstáculos en mitad del camino. La deficiencia de Yuna radica en cierta dificultad para utilizar el lenguaje. A través de su hablar deslavazado, con el que la autora construye un extraño (aunque cotidiano) y poético mundo, la protagonista nos narra las barbaridades que acontecen en su familia: padre que abandona a su madre con dos hijas subnormales, prima que muere en un aborto, prima enana que se las sabe todas y se prostituye, marchante con ciertos e incluso comprensibles toques de proxeneta y violador, tía loca. Mientras todos gritan, Yuna se esfuerza por: a) ser entendida, y b) caer de pie, y la que esto escribe establece una conexión entre esa voluntad de traducirse en palabras legibles (y lo legible aquí nada tiene que ver con lo informativo, sino con lo luminoso) y no dejarse arrastrar por la marea. Porque la protagonista quiere hacer las cosas como Dios manda.
Por lo demás, el libro, que parece haber sido escrito al mismo tiempo por Faulkner, Natalia Ginzburg y Agota Kristof, es buenísimo y salvaje, y sería una pena que se lo perdieran.