viernes, agosto 28, 2009

La soledad de los números primos, Paolo Giordano

Trad. Juan Manuel Salmerón Arjona. Salamandra, Barcelona, 2009. 281 pp. 16 €

José Manuel de la Huerga

Un punto se vuelve línea recta, proyectado al infinito. Si junto a él, muy cerca, sintiendo su respiración, hay un segundo punto, también línea, proyectado al infinito…, y así siempre, sin posibilidad de roce, hablaremos de líneas paralelas. Imaginémoslas unos instantes en dirección a un horizonte inasible. ¿A que desazonan? Pongámosles imposibilidad de cruce, repelencia de contacto, y tendremos el fundamento visual, potente, de la novela del jovencísimo Paolo Giordano.
Él lo planteó con números primos gemelos, esos que traen de cabeza a los matemáticos y a los físicos. Ya saben, los que sólo son divisibles por ellos mismos y por la unidad y que además sólo tienen un número par entre ellos, fino como una pared de papel. Digo, 11 y 13, 17 y 19, 41 y 43. Una imagen de zozobra, de misterio inescrutable desde el comienzo de la historia de las matemáticas. Este matiz, casi policíaco, no es despreciable.
Pero, más allá de las modas pasajeras de meter las ciencias exactas en la casa del voluble arte literario como animal huraño en hábitat esquivo, el escritor italiano se ha dedicado a escribir una excelente novela de dos soledades: dos imanes que se atraen y repelen con constantes fuerzas vectoriales de atracción y repelencia. Giordano, con inteligencia, cubrió la historia de dos soledades, la de Alice y Mattia, con un discurso matemático y pseudocientífico (no porque no sepa este físico con beca de postgrado, sino porque sabe perfectamente a qué ignorantes de esos vericuetos va dirigida su obra). Pero habría funcionado literariamente de igual forma sin él. Seguramente no habría sido éxito literario en Europa, acaso habría quedado en buen ejercicio literario de segundo año en el taller de escritura de Baricco, como mucho lo habría publicado una editorial de tercera.
Y es que ávidos de novedades, de apariencias, nos dejamos abrazar (todos, escritores, editores y lectores) por monas que se visten de seda. (Qué cerca escribí Baricco.)
Confieso que la novela me ha deslumbrado. Tiene la sabiduría de un narrador experimentado, que conoce los entresijos del arte narrativo: contención, ocultamiento de información, secuencias breves, cortadas, silencios medidos, jugadas de billar a tres bandas con carambolas sorprendentes… Todo un festival de virtudes novelescas aprendidas devotamente en los clásicos americanos, y bien aprendidas.
Pero lo importante es que ha encontrado dos personajes que amar. Me gustan las novelas donde se nota que el narrador ama a sus monstruos, donde no le ha quedado otra solución que entregarse a sus deyecciones. Así comienza la novela, con escena escatológica de niña obligada a esquiar por padre pluscuamperfecto. Escena de arranque que arrastrará, como pierna muerta, para el resto de una eternidad de casi trescientas páginas. La otra excrecencia es la de los gemelos en sombra: capricho de la naturaleza, problema matemático irresoluble. Mattia, niño prodigio, Michela, hermana gemela con tara mental. Michela perdida de su hermano, por toda la novela, como silencio que clama hasta la última línea, buscándola como parte necesaria de su unidad escindida. No me digan que no es doloroso, contenidamente doloroso.
Paolo Giordano ha sabido escribir una novela de la soledad postmoderna. La que todos esperábamos leer. Pongámosle los aditamentos enunciados al principio de la crítica y tendrán el éxito comercial. Pero la novela estaba armada sin todo eso. Porque el italiano sabía mirar dentro del alma y escudriñar todos sus pliegues, como muy pocos a los veinticinco años.
Giordano es un chico inteligente, y además prudente. O de apariencia prudente, en sus entrevistas. No adolece del mal del primer éxito literario, venividivinci. Confiesa que será escritor en función de sus siguientes entregas, y no es poco. Lo veremos.

jueves, agosto 27, 2009

Kabuki. Teatro tradicional japonés, Ronald Cavaye

Trad. Marián Bango Amorín. Satori, Gijón, 2008. 212 pp. 20 €

Juan Pablo Heras

El título original de este libro, publicado por primera vez en 1993, nos da la clave: Kabuki. A Pocket Guide. Lo que ha publicado Satori Ediciones, un curioso sello asturiano dedicado exclusivamente a temas japoneses, es una guía de viaje. Una guía pequeñita, sencilla, para introducirnos a nosotros, forasteros no iniciados, en el apasionante mundo del kabuki. Su autor es un pianista británico que lo conoce tan a fondo, que a veces se ha unido a los kakegoe, una especie de claque que grita a los actores en momentos muy concretos de la representación.
Si a un europeo con cierto nivel cultural se le menciona el kabuki, sabrá decir, a lo sumo, que se trata de un tipo de teatro japonés en el que todos los intérpretes son varones, incluso los que se encargan de los personajes femeninos. Por mucho que este hábito coincidiera con lo que sucedía en los escenarios del teatro isabelino inglés, el mismo en cuyo ecosistema vivió Shakespeare, es este pequeño aspecto el que más ha fascinado a los occidentales desde que la mismísima Greta Garbo corriera a los camerinos al final de una representación de kabuki para “ver el sudor” de Nakamura Utaemon VI, uno de los más célebres onnagata, que es como se llama a los actores que desempeñan papeles femeninos. Si recorremos el hilo de esta singularidad, la de los onnagata, estaremos dando los primeros pasos por una forma distinta de teatralidad, que viene a ser otra manera de entender el mundo. Veamos: el kabuki nació hacia 1603 en Kyoto, de la mano de una mujer, Okuni, que ocupó sin pedir permiso a nadie las tablas del estático y cortesano teatro noh, e introdujo una forma más vivaz de danza y teatro musical, con frecuencia ligado, en la práctica, a distintas formas de prostitución. Apelando a la moral, en 1629 las autoridades prohibieron a las mujeres aparecer en el escenario; en 1652, hicieron lo mismo con los hombres jóvenes. De modo que los onnagata, actores varones, siempre adultos y cada vez más viejos, se vieron obligados a compensar con el maquillaje y toda una batería de códigos gestuales la creciente distancia que les alejaba de la feminidad. Para cuando la dinastía Meiji abolió la prohibición, a mediados del siglo XIX, ya no era posible que las mujeres regresaran al kabuki sin transformarlo por completo: de hacerlo, hubieran debido pasar por una suerte de refeminización de su propia feminidad. El alto grado de estilización al que había llegado la interpretación de personajes femeninos por los onnagata estaba tan alejado del naturalismo, que acceder a su dominio se habría hecho imposible para cualquiera que no perteneciera a los centenarios linajes de actores que adornan con sus blasones los telones del kabuki. Y ese alto grado de codificación permite, milagrosamente, que un actor de más de setenta años interprete a una doncella de veinte y el espectador sólo consiga ver sobre el escenario a una damita tan bella como exquisitamente refinada.
Desde hace mucho tiempo, el teatro kabuki se ha cerrado, en gran medida, a la innovación, y es por eso, a la vez, un ser vivo y un fósil venido de otro tiempo: las puestas en escena son dirigidas por los actores más veteranos sin más patrones que el recuerdo de cómo les dirigieron a ellos. Los aficionados que conocen bien el repertorio esperan con ansiedad los momentos más célebres de cada obra, con frecuencia remarcados por unas poses estáticas llamadas mie, y por eso la excelencia de un intérprete se mide en lo mucho que se acerca al modelo ideal con el que se concibe cada espectáculo. Los grandes actores del kabuki son venerados en Japón hasta tal punto que muchos de sus admiradores se disputan los oshiguma, telas que los actores se imponen en la cara al final de la representación y en las que queda grabado su elaborado maquillaje. En algún caso pueden ser nombrados “Tesoro Viviente de la Nación” por el gobierno japonés, como le ocurrió a Nakamura Utaemon VI (1917-2001), el mismo que enamoró a Greta Garbo.
El autor, Ronald Cavaye, resulta un guía perfecto para esta introducción al mundo del kabuki. Tras iniciarnos en los diversos aspectos que componen el espectáculo (personajes, modos y códigos de interpretación, música, vestuario, maquillaje, atrezzo, etc.), nos resume con gran eficacia una de las obras más representativas del repertorio, Kanjincho, y tanto y tan bien nos ha preparado, que cuando leemos su narración es ya como si la estuviéramos viendo. Kanjincho, fragmento rescatado de las sagas que protagoniza el joven señor Minamoto Yoshitsune, está ambientada en un Japón legendario, situado fuera del tiempo o en un tiempo que pertenece al mito y no a la historia, en ese espacio soñado al que sólo se accede desde el escenario del kabuki.
El libro incluye una lista de teatros de distintas ciudades de Japón en los que el viajero que hasta allí llegue puede ver kabuki. Confiamos en que, en una próxima edición, los responsables de Satori añadan aún más información útil, como páginas web o teléfonos actualizados, corrijan alguna autorreferencia con la paginación equivocada y actualicen la bibliografía. Por lo demás, se trata de un libro precioso, ilustrado generosamente con abundantes fotos del kabuki actual y deliciosos grabados de tiempos pasados.

miércoles, agosto 26, 2009

Un viñedo en la Toscana, Ferenc Máté

Trad. Ferran Mendoza Soler. Seix-Barral, Barcelona, 2009. 308 pp. 16 €

Pedro M. Domene

¿Quién no ha imaginado una vida idílica en la Toscana, saboreando un buen vino, degustando la mejor comida casera y disfrutando de la amistad vecinal? Este sería un buen reclamo publicitario, una excelente pregunta lanzada al viento y una extraordinaria invitación para leer un libro inclasificable a caballo entre la ficción, el documento autobiográfico, la crónica personal, incluso, casi se acerca a una pequeña y coqueta guía de viaje por la región vinícola italiana; y es así porque, su autor, Ferenc Máté transcribe en, Un viñedo en la Toscana (2009), sus vicisitudes o sus problemas para encontrar ese lugar idóneo donde convertir su sueño en realidad: conseguir un viñedo y la posibilidad, transcurrido un tiempo, de crear su propio vino, pero no uno cualquier sino el mejor vino de la Toscana, ese lugar paradisíaco elegido, para comenzar una vida, y donde actualmente vive, después de haber errado durante algunos años por ciudades como Vancouver, Nueva York, Roma y París.
La Toscana se localiza en la zona norte de Italia y entre otros muchos aspectos a destacar, además de su belleza natural, se localizan las hermosas ciudades de Florencia, Pisa, Siena, Livorno y si uno se acerca a su costa, concretamente al golfo de Follonica, se dará de bruces con la tan famosa y celebrada Isla de Elba, lugar que durante un buen tiempo alojó a un famoso huésped: Napoleón Bonaparte. El pueblecito de Montalcino se sitúa al noroeste del Monte Amiata, y al oeste de la ciudad de Pienza, a unos 42 kilómetros de Siena, y es allí donde se cumplirá el sueño de Candace y Ferenc Máté, donde encontrarán un antiguo monasterio rodeado de tierras para ubicar en un futuro sus viñedos. Antes se verán obligados a reformar el monasterio de más de setecientos años repleto de sorpresas, sobre todo, arqueológicas, porque el lugar había sido habitado por los etruscos, y su primera mención histórica data del siglo IX, cuando unos anónimos monjes relacionados con la Abadía de Sant'Ántimo, construyeron la primera iglesia. El relato comienza cuando, la pintora y el escritor, aún viven en La Marinaia, su casa originaria, situada en la falda de dos colinas, rodeada de jardines, con cincuenta olivos, cantidad suficiente para fabricar el aceite de su consumo, pero sin la posibilidad de disfrutar de algunos viñedos y el sueño de trabajar y realizar la vendemmia, con una amplia cosecha con que rellenar las futuras bodegas repletas de barricas de roble.
El primer intento de Máté para ampliar su propiedad y comprar algunas tierras colindantes, resulta fallido porque ya se sabe que «los toscanos detestan a los romanos», y él, aun siendo húngaro, tuvo su propia experiencia con el peor de todos los romanos que jamás nunca debería haber conocido. Es en ese mismo momento cuando se inicia la aventura de los Máté para comprar, restaurar, plantar y cosechar sus propias viñas con que lanzarían después al mercado internacional la producción de los mejores vinos: Brunello, Banditone, Mantus, Albatro y Caberné Sauvignon de la Toscana. Los capítulos que siguen a la compra de Il Colombaio relatan las vicisitudes de Candance y Ferenc para desbrozar, adecuar, eliminar, reconstruir y restaurar las ruinas de su futuro, mientras conocen a una legión de toscanos que les ayudarán en la dura tarea: Tommaso Bucci, Piccardi, Pignattai, y los albañiles Fosco, Piero, Georgi, Alessandro y Asea, un estudiante nigeriano de arquitectura que había cambiado su vocación por el aire libre. Mientras tanto se despiden de sus buenos amigos los Paolucci, y Ferenc cuenta sus vicisitudes para convertirse en contadini o granjero italiano, e inicia la búsqueda de vigas, puertas, baldosas antiguas, a la par que disfruta con su familia de la comida y los vinos toscanos cuando celebran la fiesta del tejado, o pasan las Navidades en la cadena montañosa de los Dolomitas, en San Vigilio di Marebbe, desde donde puede verse la montaña más alta del lugar, la Marmolada de 3.342 metros. Pero sobre todo, en primavera, tendrán que preparar la tierra, las terrazas etruscas abandonadas para plantar las primeras vides a mano. Personajes, situaciones y ambientes, casi un auténtico relato de ficción como se puede clasificar Un viñedo en la Toscana. Y en una pormenorizada exposición, el aprendizaje para la futura primera vendemmia, desde el punto de vista de un vinicultor primerizo, con una pequeña bodega bajo la casa, hasta llegar a un tercer año con una mayor cosecha aunque demasiado joven, pero de donde surgirán los futuros: Merlot, Cabernet, Sangiovese y Syrah.
En otoño el valle resplandece con infinitos matices —escribe Ferenc Máté—; tonalidades rojas y amarillas tiñen el atardecer. Al final del mismo se encuentra la abadía de Sant'Antimo, erigida por Carlomagno a su paso por el lugar, en su peregrinación a Roma. Sin duda, en ocasiones, resulta una buena elección realizar algún viaje que facilite habitar el tiempo, visitar ciudades inmóviles donde moverse y caminar en su interior. Acompañados por los Máté se termina esta aventura con la descripción de sus bodegas, situadas como queda escrito en la templada región de Montalcino, tierras repartidas en dos colinas privadas y resguardadas de las fuertes humedades marinas, siete campi con una amplia variedad de nutrientes y minerales que dan a sus vinos una gran personalidad. En total, 6,37 hectáreas donde crece, también en otros arbustos y árboles, un bosque mediterráneo. Y al final del libro, además de las clasificaciones de la bodega con su producción anual, se añade lo más sabroso, unas recetas tradicionales de la Toscana de la Trattoria Castelo Banfi, en cuyo menú figura una gran selección de panes tostados, como el mejor y más sobresaliente producto de la región, que necesariamente hay que degustar.

martes, agosto 25, 2009

Una gota de sangre, Thomas Holland

Trad. Isabel Blanco González. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. 352 pp. 19.18 €

Sofía Rhei

La ciudad «daba la impresión de haberse reunido entorno al Palacio de Justicia de la misma forma en que la tierra y la pelusilla del algodón se acumulan alrededor del tocón de un árbol en medio del campo: más por perezosa conveniencia que por obligación.»
Así es la vida en el lugar en el que empieza la investigación, un pequeño pueblo de la Arkansas rural en el que el Ku Klux Klan es «una reunión de amigos» que no le hace daño a nadie, según opina la mayor parte de sus habitantes. Uno de los puntos fuertes del libro es esa descripción de caracteres y personajes que viven en medio de la nada, contemplando a los que vienen de la ciudad «con el mismo desdén que reservan a los evolucionistas declarados o a las presentadoras deportivas femeninas». En ese lugar detenido en el tiempo también hay un crimen que lleva cuarenta años sin ser resuelto.
La estructura es sencilla pero tiene la eficacia del estándar: alternar pequeño capítulos de tres tramas diferentes que, en un momento dado, tienen algo en común: el joven médico que se nos presenta como un héroe en la primera secuencia (hay escenas que son tan visuales que no hay otro remedio que llamarlas así) resulta estar involucrado en un caso demasiado oscuro y ramificado (hijos bastardos, infidelidades que terminan en asesinato, un racismo capaz de llevarse cualquier otra cosa por delante) como para que a ciertas personas les interese que salga a la luz.
El autor es un prestigioso científico forense, que tiñe su escritura de detalles visuales gráficos y de un pensamiento lógico que impregna cada página con la convicción de que hay una verdad y es posible descubrirla. Esta circunstancia puede generar la siguiente pregunta: ¿Puede este libro interesar a alguien que no sea un seguidor de las producciones televisivas dedicadas a la aplicación de nuevas tecnologías en el esclarecimiento de crímenes? Yo me inclino por responder que sí. Su interesante ritmo y sus cualidades sensoriales, además de la dosis de intriga, lo hacen una lectura adecuada para cualquier televidente no especializado.
La traducción da la impresión de haber sido hecha con rapidez, y los correctores se han dejado alguna errata que otra. A este respecto, me gustaría recordarle a la industria editorial española que la diferencia entre pagar más o menos a un traductor o a un corrector redunda obligatoriamente en el número de horas que estos pueden permitirse pasar revisando el texto.

lunes, agosto 24, 2009

El club de los estrellados. Joaquín Berges

Tusquets, Barcelona, 2009. 280 pp. 18.27 €

Jorge Díaz Cortés

El club de los estrellados es la primera novela de Joaquín Berges. No he leído, en consecuencia, nada suyo antes. Tampoco le conozco personalmente ni he visto ninguna reseña sobre el libro. Pocas veces se enfrenta uno con tan pocos datos a una novela. Puede ser muy mala, pero también puede ser una agradable sorpresa.
La solapa y la contraportada son atractivas. Hablan de la música de Bach, de la observación de la estrellas, de las existencias de lencería de una antigua mercería cerrada hace años, de una noche de calabozo entre chulos y rufianes… Parece difícil que la novela sea mala con esos ingredientes.
La primera sorpresa llega con el narrador. Hay dos, uno que en tercera persona nos cuenta la historia de Francho y otro que, en primera, nos cuenta la de su mejor amigo, un camarero sin nombre.
Las dos historias son diferentes en la forma, pero no en el fondo. Ambas hablan de la soledad, no del desamor porque en el caso de los dos protagonistas el amor nunca ha existido. Son en realidad historias relacionadas, en las dos hay un secuestro moderadamente consentido del objeto del deseo, o por lo menos de algo próximo a él; hay en los dos casos algo que recuerda al síndrome de Estocolmo, aunque no estoy seguro de si lo sufre el secuestrado o el secuestrador; hay un deseo de cambio de destino de los dos amigos que se antoja deseable para el lector…
Francho lleva una vida completamente anodina: trabaja en correos, desayuna y come en compañía de Hortensia, una bella compañera, en el bar de su amigo sin nombre, acude los sábados por la noche a ver el firmamento en compañía de otros solitarios como él, los que forman el club de los estrellados. Pero cuando se encierra en casa por la noche es otra persona, se viste la lencería que conserva de la mercería de su madre y hace play backs de famosas cantantes. Se convierte en transformista para suplir la falta de una mujer que use esa ropa que tanto le excita.
En las noches del club de los estrellados, a veces, después de ver las estrellas, se van a tomar una copa. También van de putas. Francho, completamente asexual, no sube con ellas a la habitación, se inventa historias para ellas, por ejemplo que es un famoso espía que pasa de incógnito por la ciudad. Una copa de más y un control de la policía llevan a Francho a creerse en exceso su personaje. El espía, no él, le pega una bofetada al agente. Pasa la noche en la comisaría y, lo que era rutina, pasa a ser aventura. Un tipo de aspecto patibulario le da un sobre que debe entregar a un tal Kojak —no olvidemos que Francho es cartero y nunca dejará una carta sin entregar—, la carta le lleva hasta Chelo, a través de Chelo conocerá a su hija Irene, mujeres que llevarán la ropa íntima mejor que él… La vida de Francho nunca volverá a ser la misma. Ni cuando se haya descifrado el enigma del sobre.
Su amigo el camarero sin nombre también está solo. Atiende todos los días en su local a Francho y Hortensia y está secretamente enamorado de ésta. Ya que no se ve capaz de conquistarla de otro modo, la acompañará en su momento más necesitado, con motivo de una operación. Si no puede acompañarla de igual a igual, por lo menos juntará los pedazos. La trama les lleva a una extraña situación en la que finalmente no sabemos cuál de los dos retine al otro, si el camarero para vivir una parodia de vida de pareja o la mujer para contarle la historia de su vida y sus amores.
El resultado final es una buena novela, una muy buena primera novela. Si hay que ponerle algún pero, aunque sea con el mayor respeto hacia su autor, es la falta de contundencia en el cierre. No da la impresión de llegarse a un final claro y sí de que se agota la trama.
Al final, el acercamiento a una novela desconocida ha sido una muy agradable sorpresa.