viernes, agosto 07, 2009

Escondido y visible 1971-2006. Poesía reunida, Ildefonso Rodríguez

Prol.Antonio Ortega. Ocnos Alas-Editorial Dilema, Madrid, 2008. 585 pp. 28 €

Marta Sanz

El primer libro que leí de Ildefonso Rodríguez fue La triste estación de las vendimias. De él recuerdo: naturaleza, vino y orina, grumos de existencia y de muerte, lo turbio de los ritos y de las repeticiones, lo que se vislumbra y a alguien que se esconde, al acecho, fumando... Fue a principios de los noventa. Yo entonces era bastante joven y los versos de Rodríguez me gustaron, aunque no supiese por qué. Aquellas palabras rompían mis expectativas, mi “deber ser” poético y mi seguridad lectora: ahora esos son, para mí, requisitos ineludibles en una lectura de poesía. Aquellos versos me cuestionaban y me inquietaban y ya presentía que, tal vez, Rodríguez aspiraba a aprehender estados de conciencia indefinidos, recuerdos tan misteriosos y difusos como el dibujo del papel pintado que rodeaba nuestra cuna a los pocos meses de nacer. Después, leí un poco más –ya sabemos que leer es haber leído- y coloqué a Rodríguez en uno de los polos de la rancia polémica entre la poesía como conocimiento y como comunicación para retractarme enseguida y renegar de simplificaciones didácticas que redundan en un confort lector que estoy lejos de esperar ni como lectora ni cuando me pongo a escribir: en la poesía de Rodríguez hay una pregunta sobre el significado de la inteligibilidad, sobre el valor de las codificaciones, sobre la trasgresión.
Han pasado unos años y ahora en este Escondido y visible el autor leonés nos ofrece una muestra más que representativa de su obra, camino resbaladizo para un pensamiento poético que pretenda catalogar y sentirse orgulloso de sus taxonomías; así que, al margen de los esfuerzos de ordenación a los que quizá estén obligados los críticos y los profesores, me pongo hoy la bata de la lectora desconcertada que mira hacia un lado y hacia otro para saber qué está pasando, y comparto algunas de mis impresiones que, menos que nunca, son certezas. Excepto una que sí tengo: el magnífico prólogo de Antonio Ortega denota una profunda reflexión sobre la obra de Rodríguez... El discurso interpretativo resultante de esta poesía cae casi siempre en la tentación de hacerse poético: por esta debilidad, en la que Ortega no incurre, yo pido disculpas de antemano.
Mi primera impresión es que algo quiere aparecer en los poemas. Como una fantasmagoría o como la música que necesita volver a hacerse presente a través de un atisbo que tal vez impulse una reconstrucción, una posesión, una simbiosis con la música original, desestructurada, no embotellada. Como resultado del conjuro, lo pasado o lo presentido se asoman entrelíneas por una grieta que no está siempre ahí, que en cualquier momento puede desaparecer: una grieta que puede revelarse en el espacio del poema o en la realidad de la grasa de la calle; el poeta a menudo mira hacia arriba, pero también enfoca su visión y dirige su oído hacia otros puntos, y esos giros, esos movimientos de cabeza son la señal de un desconcierto y de una vocación de escritura que, pese a su intrepidez formal, es radicalmente humana e incluso humanista. El poema, como señala Ortega, es la reminiscencia de un lugar donde alguna vez se estuvo, un déjà vu constante, una regurgitación de espacios contenidos en otros espacios, agujeros que conducen a otras dimensiones, una implosión: tanto lo añorado o lo temido como lo soñado –el resto de lo soñado, “su estiércol”- engarzan con lo real y, por ello, la poesía de Rodríguez no es una abstracción trascendente, trascendida, pedante o pseudo-religiosa: la movediza profundidad se manifiesta un segundo en los oficios humildes, en los cajones secretos, en los trasteros, lugares imprescindibles para encontrar la memoria del ser, una identidad a veces confusa y metafísica, mortuoria en la duplicación de los espejos, pero siempre confesional, autobiográfica y atenta a la presencia del otro –“la transparencia descubre/ a los cuerpos uniéndose desnudos/ piel y pensamiento/ la rozadura/ se expande”- y a los tránsitos: el almanaque es la metáfora en la que cristalizan tanto la fugacidad de ciertas iluminaciones, como esa dimensión biográfica y corporal de la poesía de Rodríguez. La transparencia es la imagen positiva de la negación de los espejos: la transparencia permite ver más allá, igual que la escritura, y descifrar, románticamente, una naturaleza que se escribe con signos; la propia poesía son marcas, señales que anuncian una sospecha, igual que el sueño, el desdoblamiento, la imprecisión de los límites y la dificultad de nombrar: ni la música ni la semántica de las palabras, ni las cadenas sintácticas o las candencias que las unen –la “realidad” es un territorio que cifra su coherencia en la sintonía con un discurso hegemónico que funciona como la clave sobre el pentagrama- ni las sinestesias de colores fríos (azul, lila, tiza, niebla...) sirven para poner un nombre a las sensaciones oníricas o a las del recuerdo. Se percibe un crecimiento monstruoso de lo que no se puede nombrar mediante ningún balbuceo, ni siquiera el de la retórica. Sin embargo, la poesía de Rodríguez es mucho menos traumática que vitalista...
Otro recurso para tratar de acotar ese crecimiento vegetal y monstruoso de lo innombrable son las antinomias que a veces definen el mismo poema: ausencia/presencia, dentro/fuera, partida/llegada. Cada oposición y cada síntesis sirven, quizá, para hablar de la poesía como herramienta de conocimiento y, a la vez, como canto de sirena; un canto de sirena que nos indica que, acaso, de lo único que no hay posibilidad es del silencio. La sinestesia, como figura vertebradora, nos coloca en el vórtice de un remolino sensorial donde se escucha una especie de “contrasilencio” que posiblemente tiene que ver con la improvisación musical y con la idea de que lo fragmentario, la ausencia provisional de una sintaxis organizadora y legible, y la imagen de la palmera como chorro, emanación y “unidad en lo diverso” no constituyen experiencias traumáticas.
Unidad: mientras escribe, Rodríguez es consciente de que los lugares –la poesía- conforman pero también deforman: la radicalidad de sus poemas se asienta en un cuestionamiento permanente del medio poético y en un ejercicio político de la resistencia que se relaciona con la necesidad de las epifanías.

jueves, agosto 06, 2009

Doble mirada: El estatus, Alberto Olmos

Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 176 pp. 15,95 €

1. Óscar Esquivias

Una mujer con su hija pequeña, ambas llamadas Clara, se instalan en un enorme piso situado en el número 34 de la calle Schmelgelme, en el mejor barrio de una ciudad de la que desconocemos el nombre. El empleado de la inmobiliaria (Ichvolz), una criada interna de nombre Patricia y el portero de la finca, Jesualdo, son las primeras (y prácticamente las únicas) personas con las que las recién llegadas se relacionan, ya que la madre decide recluirse en la casa en espera de su marido, un importante empresario con negocios en ultramar del que carece por completo de noticias directas y cuya llegada se demora día tras día sin justificación. La soledad de las mujeres se ve acentuada por la actitud hostil de los vecinos, quienes parecen empeñados en atemorizarlas con ruidos nocturnos y gestos hostiles. Así comienza El estatus, la última novela de Alberto Olmos. El país, las circunstancias políticas y el propio tiempo de la acción quedan en una nebulosa indefinida, aunque la ambientación general dibuja un paisaje centroeuropeo del primer tercio del siglo XX.
¿De verdad que las líneas precedentes describen una novela de Alberto Olmos?, puede preguntarse el lector que conozca Al borde del naufragio o Trenes hacia Tokio. Olmos nos tenía acostumbrados a historias ambientadas en la actualidad, protagonizadas por jóvenes que mostraban su descontento con el mundo en relatos ácidos, obsesivos, llenos de humor, pero también de insatisfacción y amargura. Los escenarios estaban descritos siempre de forma muy vívida: Madrid, la provincia castellana, Tokio, las aulas docentes, los pisos de estudiantes, las oficinas de teleoperadores, los transportes públicos... Detrás de todo ello se adivinaba la experiencia vital del autor, dueño siempre de un estilo poderoso, muy persuasivo.
Nada de esto último falta en El estatus, donde Olmos da un paso adelante en su afición por los juegos literarios y los cambios de registro. En esta novela se aleja del universo contemporáneo y casi testimonial descrito arriba y construye una fábula literaria ambientada fuera de nuestro tiempo inmediato y de la realidad racional, una fantasía que está a medio camino entre la novela gótica (con su casa encantada, sus apariciones fantasmales, sus personajes torvos llenos de secretos) y la alegoría freudiana (la ausencia del padre, sueños iluminadores, llaves que no se sabe a qué puerta corresponden, etc.). Olmos no sólo se aparta de sus temas y escenarios habituales: también de los dominantes en la narrativa española actual, como si quisiera reafirmar su independencia y su carácter de escritor raro, excepcional. El autor sale airoso de todas sus acrobacias literarias: en El estatus demuestra una vez más que es un narrador nato, brillante, capaz de crear imágenes potentísimas y de atrapar la atención del lector.
De uno de los personajes de la novela se dice: «Cerró el libro como quien enjaula una fiera y apagó la luz». Podemos aplicar este símil a la literatura de Olmos: en sus novelas habita una fiera salvaje, indómita. Leer a Alberto Olmos siempre es una aventura. Y una sorpresa. Y un placer.



2. Miguel Baquero

El estatus es la sexta novela del escritor Alberto Olmos (Segovia, 1975), un autor con una carrera firme y en ocasiones, como su anterior novela Tatami, esplendorosa. Poco dado al modelo, al recurso fácil y a quedarse enclavado en un género o un estilo narrativo, en ésta su sexta obra Olmos ha optado por apartarse de la línea que venía siendo reconocible en él y abordar una historia turbia, fantasmagórica, donde lo que cuenta es la atmósfera creada más que la sucesión de los hechos.
Dos mujeres, madre e hija, se instalan en uno de los pisos de un edificio en el centro de la ciudad, un inmueble enigmático y de aspecto inquietante en el que enseguida descubrimos que se esconden varias historias sin aclarar… ¿o quizás son sólo rumores? En torno a la madre y a la hija giran varios otros personajes, como el portero del edificio, la criada, el agente inmobiliario que les alquiló la casa, y por encima de todos ellos sobrevuela la sombra del padre de familia, cuya visita está próxima pero no acaba de llegar. Unos ruidos enigmáticos en el piso de arriba, una llave que la hija distrae del zaguán del portero…
En estos términos y en medio de este clima opresivo está planteada la novela. El lector va pasando de una escena a otra de igual modo que si estuviera descorriendo visillos en una larga galería: la figura que aguarda al final, y que parecía imposible, cada vez se va, sin embargo, delimitando con mayor nitidez. En este sentido, es ya característica esa minuciosidad de Olmos, presente en todas sus novelas, esa constante de detenerse en las cosas pequeñas, de construir una novela en la cabina de un avión, en una casa pequeña, en una minúscula relación de pareja. Centrar la vista sobre un punto en concreto, más que desparramarla por los alrededores.
Es de resaltar el recurso que utiliza Olmos de unas voces que se intercalan, de pronto, en el discurso, unas diálogos fragmentarios, una especie de susurro entre algunos párrafos que no se sabe muy bien de dónde proviene. Algo así como el extraño ruido que proviene del piso de arriba y que, por más que apliquemos la oreja, no alcanzamos a distinguir con nitidez. También este pequeño detalle, innovador pero no gratuito, contribuye a espesar la atmósfera en la que se van recogiendo cada vez más las dos mujeres.

miércoles, agosto 05, 2009

Inés azul, Pablo Albo

Thule, Barcelona, 2009. 28 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

Pablo Albo es un narrador oral surrealista. Buena parte de sus historias tienen al absurdo como hilo conductor. Un absurdo con el que establece una curiosa complicidad con el público. Pero, además de narrador oral, o acaso porque es un gran narrador oral que durante años interiorizó la estructura de los cuentos tradicionales, ahora se ha convertido en uno de los escritores de literatura infantil más interesantes. Hace unos meses, sin ir más lejos, se alzó con el último premio “Lazarillo”.
Inés Azul, el libro objeto de este comentario, es un álbum ilustrado por Pablo Auladell. Por supuesto, el color azul es el dominante, un color que viene del cielo y del mar y que llega hasta las guardas.
La protagonista de este libro es Inés, una niña con una altísimo bombín en la cabeza que echa de menos a Miguel. El lector no sabe qué pasa, si es que Miguel ha marchado por un tiempo o si es que ha desaparecido para siempre. Hay un misterio latente en las páginas del libro que es el misterio de la muerte. Inés piensa en Miguel, a veces con pensamiento absurdos, propios de una mente infantil.
«Los peces se van gritando, siempre los pillamos desnudos.
Hacemos montañas de arena y las escalamos.»
Inés, como ve que se prolonga la espera y Miguel no vuelve, decide sembrar la semilla de un árbol centenario para verlo crecer.
«Cuando me acuerde de Miguel, vendré aquí a regarlo.»
Cuanta sutileza alrededor de la ausencia o de la muerte, porque eso nunca lo sabremos. Un libro sugerente que deja una estela de melancolía en el ánimo del lector, al menos de este lector adulto, que ha vuelto una y otra vez a abrir las páginas hermosas de este libro. Como un niño seducido por ese no se qué que queda balbuceando.

martes, agosto 04, 2009

El inseminador de la margarita, Antonio Rodríguez Jiménez

El Páramo, Córdoba, 2009. 169 pp. 15 €

Pedro M. Domene

La forma narrativa más breve y experimental ensayada por los autores desde los albores de la literatura es, sin duda, el cuento o el relato. Los escritores, libres de prejuicios, construyen exquisitas miniaturas que, en su conjunto, se convierten en auténticas joyas literarias. De irónicos, de una intensidad expresiva, incluso de transgresores han sido calificados los cuentos en general porque, entre otras muchas virtudes, se abren a esas innumerables posibilidades expresivas que ofrece tanto su extensión como su intensidad. Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1959), autor de una amplia trayectoria literaria, sorprende estos días con una nueva entrega, El inseminador de la margarita (2009), un conjunto de relatos, de variada extensión, con que el cordobés debuta en el género breve; en realidad, historias que como cabía imaginar, se mueven entre lo absurdo, lo fantástico, la realidad inmediata o la fabulación de la misma, aunque para configurar su mundo Antonio Rodríguez eche mano de la ironía y del humor, de lo paródico o de lo caricaturesco sobre esa inmediatez narrada, con abundantes personajes excéntricos, tanto masculinos como femeninos, y desde una visión o una categoría que convierte a sus historias en algo sumamente expresivo. De perdidos, débiles y extravagantes, se califican en la contraportada los personajes que desfilan por estas páginas, aunque sus vidas, como cabría esperar en este tipo de cuentos, se debaten entre lo cotidiano y lo pasional, en un mundo tan absurdo como disparatado.
El libro se compone de 55 historias, dieciocho de las cuales se presentan al principio, encabezadas por la primera que da título al volumen. Es una variada muestra de personajes maduros, cuya vida transcurre entre deseos, con insatisfacciones e instintos velados, en una sociedad donde el sexo y la sexualidad son un componente esencial para el narrador, su mejor homenaje a la mujer hermosa y sensual, también se convierten en la constatación de esa crónica, casi periodística, de una actualidad cambiante, en una representación casi escénica destinada, en esta ocasión, muy fluidamente, a contar una historia aunque con técnicas completamente diferentes en cada caso. Y el resto, cinco sonoros apartados que de alguna manera anticipan ese sentido esgrimido por el autor. Los temas que surgen en sus historias son la sangre como ocurre en las tres breves representaciones del odio «La vasectomía», «El matarife» y «Cuando Jaime se enamoró», la indiferencia, individual o colectiva, como «El efecto Couldina» o quizá la mejor, «La estopa de la condesa», cotidianidades como «El golpe», «Un hombre de hoy», «Almendras y aceitunas» relatos para contar soledades y otras miserias, algunas protagonizadas por Rodolfo Jiménez, el álter ego del autor; ciertas miradas, con ventanas indiscretas, castings y encuentros fortuitos, en una sección donde predominan microrrelatos que por su carácter se convierten en el reverso insospechado de lo que comúnmente pudiéramos aceptar como realidad. En estos textos, y así habrá que reconocérselo a Rodríguez Jiménez, se realiza una concisión expresiva sorprendente, se renuncia a lo superfluo, se sustentan con el juego de lo visible y de lo invisible. No se desdeña en la colección, incluso, un animalario feroz que, si bien no responde en su sentido estricto animal con que titula sus cuentos, refleja los conceptos esgrimidos por lo que cuentan, «El pez», «La serpiente», «El hipopótamo» o «El escarabajo», en realidad, monstruos que representan la ferocidad natural que invade nuestras vidas y que instalados entre nosotros, se describen como un bestiario en una primera acepción, y como una alegoría en una segunda.
Un último apunte: en la narrativa breve existe esa posibilidad de conseguir la primacía de la sugerencia, porque los cuentos operan con un doble sentido, con esa cierta ambigüedad, con eso que podríamos denominar un auténtico intertexto, es decir, la alusión directa e indirecta a situaciones previas y conocidas, singularidades extensibles en este caso a los cuentos de Antonio Rodríguez Jiménez capaz de preparar al lector para que, una vez leídas sus historias, desarrolle sus intuiciones sin que el autor se vea obligado a contarlo todo, quizá porque sus textos surgen de ese minúsculo laboratorio de experimentación que bien puede ser la redacción de un periódico donde se supone que existe esa ambiciosa pretensión de encerrar, con el lenguaje, una permanente visión trascendente de nuestro mundo y la colección de cuentos El inseminador de la margarita es un buen ejemplo, porque la buena literatura consiste en mentir bien la verdad.

lunes, agosto 03, 2009

Hirbet Hiza. Un pueblo árabe, S. Yizhar

Trad. Ana María Bejarano. Minúscula, Barcelona, 2009. 128 pp. 12 €

Martí Sales

¿Para qué sirve la literatura?
Cuando tenía 8 años vi una pistola por primera vez. Estaba en la mesita de noche de Guedalia, un amigo de mi madre del kibutz Dvir. Se habían conocido en los sesenta, cuando mi madre se fue de viaje de bodas a Israel a trabajar tres meses en su kibutz para participar activamente en la utopía socialista. El verano del ‘88 me llevó con ella a Israel. Conocí los falafels, viví en la alucinante Jerusalén y en varios kibutz —no había coches, no había dinero, había hierba por doquier, comedor comunitario y casa para los niños—, crucé el desierto, subí a un camello, tropecé con centenares de soldados y sus metralletas, vi mi primera pistola y con todo ello, empecé a formarme una imagen de tan único país. A los 14 ya había leído a Levi, Oz, Orlev, y visto Éxodo, la Lista de Schlinder y cualquier película sobre el tema. Le dije a mi madre: basta. En el instituto tuve por compañero a Marc, el hijo del activista palestino-catalán Salah Jamal. No hizo falta que me contara qué había al otro lado: la discusión siempre ha sido una pieza estructural en la cultura judía y ellos mismos ya me habían hablado de las barbaridades de la franja de Gaza y el porqué de la Intifada. Conozco a muchos pro-palestinos y a algunos —pocos— pro-israelís —en Catalunya la balanza siempre se ha decantado hacia Palestina. Yo, entre la espalda y la pared, siempre en medio, haciendo de abogado del diablo y queriendo desaparecer. La mayoría de las ocasiones me encuentro con un saco enorme de incomprensión que muchas veces raya el racismo puro y duro. Un tema necrosado, un conflicto en permanente cul-de-sac. Una pistola en la mesita de una noche que no se acaba nunca.
El año 1949 un soldado israelí forma parte de un comando militar que recibe la orden de tomar Hirbet Hiza, un pueblo árabe. Lo bombardean, lo acribillan, lo queman y destrozan y a los que huyen los disparan, los humillan y los deportan. El narrador, trasunto del propio autor, participa en cada una de las operaciones de asalto con creciente desaliento y fuertes dudas hasta que todas sus reflexiones cristalizan en la palabra “exilio” y comprende que es, sin duda, una paradoja insostenible que el pueblo exiliado por antonomasia, el judío, se dedique a hacer sufrir lo mismo a otro pueblo, aunque sea un pueblo tan despersonificado y animalizado como este pueblo “equis”. Las descripciones minuciosas pero en ningún modo obscenas ayudan a entrar en el tempo solidificado de un asalto y a entender la diferencia crucial entre paisaje impertérrito e indivisible y humanidad que descuartiza sin escrúpulos. Los diálogos entre los soldados muestran la desvergüenza del poderoso frente al desprotegido. La brevedad del libro hace que su recepción sea como un largo parpadeo impedido, un forzarte a mantener los ojos abiertos mientras ves venir el puñetazo que te los amoratará. En Israel es de lectura obligatoria. Aquí y en cualquier parte también lo debería de ser, como el visionado de la película In this world, de Michael Winterbottom, tras el cual se me antoja bastante más difícil seguir siendo racista o intransigente ante del dolor o la desgracia de los demás.
¿Que para qué sirve la literatura, el cine, el teatro, el arte? Para eso. Para comprender al mundo y a nosotros mismos. Para entender al otro y desechar la ignorancia como modo de dominación.