viernes, julio 31, 2009

Los espectros, Leonid Andréyev

Trad. Nicolás Tasin. Acantilado, Barcelona 2008. 70 pp. €

Blanca Riestra

Mis relaciones con Andréyev son accidentales, fluctuantes. Sé que es ruso pero no he visto fotos suyas ni conozco su biografía, ignoro lo que dice la crítica sobre su obra, ni siquiera lo he buscado en Wikipedia, sólo lo ubico en una época sombría de principios de siglo y sé que es una especie de Dostoievsky en más arrebatado y más terrible.
Sin embargo, algo me dice que debiera de colocarlo entre mis santones. Colgar un póster encima de mi cama, o algo así. Y es que las únicas tres cosas que he leído suyas me han deparado los pocos momentos de placer que tengo últimamente leyendo libros nuevos. Hace unos años —yo vivía por entonces todavía en la casa de Ayala, lo recuerdo—, Espasa publicó la deliciosa Sacha Zéguliov, la historia de un buen chico que se convierte, de pura abnegación, en asesino. Hace un par de veranos, cayó en mis manos, en el Chiado lisboeta, un librito viejo, con la maravillosa nouvelle Les Ténèbres, donde un terrorista virgen —la imagen misma del sacrificio y la pureza— se refugia en un prostíbulo antes de morir. Todo el relato es la historia de su encuentro con la posibilidad (¿degradante o salvadora?) del amor físico. Y otra vez, el mismo tema: la violencia como tentación espiritual. La virtud como hermana gemela de la caída.
Ahora Acantilado, nos regala otra novela corta: Los espectros. Una joya. Pero otro tipo de joya, más serena. No se nos habla aquí de violencia, de autoinmolación, de imposibilidad de amar. Es este un cuento casi de hadas, bienhumorado, donde la tragedia baila un minué de puntillas y nos sonríe. Estamos ante una fábula sobre el significado de nuestra vida en el mundo y sobre lo penosamente inocentes y risibles y poéticos que son nuestros afanes…
Qué decir. Que me hubiese gustado escribir esta historia sobre un manicomio, junto a un bosquecillo, y sobre sus habitantes, una historia llena de delicadeza, sentido del humor, todo un orbe dentro de una bola de cristal.
Está Los espectros poblado de personajes encantadores, ese loco, por ejemplo, que golpea incesantemente todas las puerta, incluso en sueños, esperando que le abran, hasta hacerse heridas en las manos, que nos trae inevitablemente reminiscencias del Charlie Parker de El perseguidor y también del Señor Sommer de Süskind, aquel majareta que no podía dejar nunca de caminar hasta caer rendido. Y quizás, ¿por qué no?, recuerda a uno de los locos más trágicos y risibles de la historia de la literatura: pienso en el Licenciado Vidriera.
También Pomerántsev se parece a Don Quijote, por idealista y por ridículo. Tiene ínfulas, y es benévolo y protector con sus semejantes, y hasta se enorgullece cuando le anuncian que tiene gota pues la considera una enfermedad de alto rango; escribe cartas al Alto Sínodo y visita volando los hospitales por las noches con San Nicolás para curar a los enfermos.
En cambio, Petrov, malhumorado, malhablado, enfadado con todos, que asegura que la enfermera los provoca con requiebros y luego se ríe de ellos detrás de las puertas, ve el rostro amenazante de su madre, escondida tras los árboles del jardín.
Quizás, sea el doctor Sheviriov la cifra del relato, el enigma oculto. Insomne, pasa las noches en el cabaret Babilonia, bebe siempre tres botellas de champán, ni una más ni una menos, y cree, mientras cantan los bohemios, que nunca ha estado más vivo que en esos momentos de intensidad y desorden, mientras los otros, sentados junto a él, se abofetean, bailan, se enamoran.
Los espectros se lee con una sonrisa permanente, pero también, con un “pincement au coeur”. ¿Por qué? Pues porque todo el texto habla del bello absurdo que significa estar vivo, de la poesía loca y dolorosa de estar aquí, ahora. Esos locos somos nosotros, tan seguros de nosotros mismos, indignados, vociferantes, buscando ofensas en los gestos de los otros, creyendo que las enfermeras nos aman sin esperanza alguna, orgullosos de la decoración de nuestro cuarto, u optimistas, viendo fortunas y dones del cielo en todas las desgracias.

jueves, julio 30, 2009

Memorias de la esposa de un diplomático en el Tíbet, Sikkim y Bután. Margaret D. Williamson

Trad. Raquel Vázquez Ramil. Ediciones del Viento, A Coruña, 2009. 257 pp. 20 €

José Manuel de la Huerga

«Ahora estoy convencida de que las cosas siempre son como deben ser. Es más, si me ofreciesen de nuevo la posibilidad de revivir aquel breve periodo, la aceptaría sin dudarlo un instante, aunque supiera de antemano cuál sería su final.» Las memorias de una europea que vivió en la cima del mundo los dos años y medio más intensos de su vida no podían acabar de otra forma, con el dolor de la muerte del esposo en sordina. Es testimonio de largo aliento, no en vano las escribe (o rescribe, quién sabe) una apacible viejita de ochenta años en 1987, en Inglaterra: ni más ni menos que cincuenta años después de aquella aventura casi fundacional. Nos cuenta su juventud y matrimonio con el agregado político inglés Frederick Williamson en torno al 1933, en el reino de Sikkim, entre India y Bután, donde el Reino Unido había depositado los anhelos de control geoestratégico, como se dice ahora, de la zona.
Ese estilo, netamente británico, de dejar hacer de reojo y esperar con la mano tendida al protegido, historiadores y quien guste de asistir a la urdimbre de los hilos de las relaciones internacionales de colonias y protectorados heredados del siglo XIX, lo tienen estupendamente expuesto, para su disfrute. Margaret Williamson vivió de primera mano las tensiones entre chinos, tibetanos y británicos. Ahí estaba su esposo para ejercer las sutilezas del control colonial pareciendo una ONG sin ánimo de lucro.
Pero aparte de esto, visto desde luego con los ojos de alguien lejano, en el siglo XXI, las memorias son sustanciosas, ricas en experiencias.
Margaret era la cuarta europea que entraba en el territorio sagrado de los lamas. La descripción de Lhasa, la capital a dieciséis kilómetros de distancia, entre los techos del mundo es emocionante: «Lhasa parecía muy pequeña en la lejanía, pero la luz del sol matutino reflejándose en los tejados dorados del Potala me dejaron sin respiración.» Era la capital del budismo y su monasterio albergaba a más de siete mil monjes. Cuando el dalai les recibió en audiencia Margaret escribe: «Tuve la impresión de encontrarme ante alguien que desconocía el egoísmo. También tenía un carácter muy práctico… Había una atmósfera especial… Era un hombre profundamente espiritual. Me sentía extrañamente exaltada: cada percepción era tan nítida como una campana, y el mundo que me rodeaba me parecía radiante.» Menudo efecto el del este encuentro. Roza la transfiguración y la conversión directa al budismo.
No fue así. Margaret también estaba atenta a los fuertes contrastes en una sociedad muy espiritual pero también muy feudal, marcada por injusticias que saltaban a la vista de los ojos de una joven europea, a pesar de que mirara un poco por encima del hombro: «Las casas estaban sólidamente construidas en piedra y las calles principales eran amplias y limpias. Por desgracia no se podía decir lo mismo de los barrios. Había aguas residuales y basura por todas partes.» Al lector atento le llamarán la atención algunas excentricidades: por ejemplo, los coches de Su Santidad. Dos Baby Austin que tuvieron que ser transportados en piezas a través de las montañas y cuya gasolina su llevaba en bidones, claro. O el proyector cinematógrafo de Su Santidad, el decimotercer dalai lama.
Pero lo que se evidencia entre líneas es esa manera británica de dominación, tan opuesta a las maneras hispánicas de Biblia y espada. Los británicos se colocan al lado de sus súbditos, sin que los súbditos lo noten. Hoy montamos una expedición al Everest, mañana nos visita un magnífico botánico que ampliará los límites del conocimiento floral hasta extremos desconocidos y pasado nos quedamos… una temporada. Si los tibetanos tienen problemas con los vecinos del piso de arriba, es decir, los chinos, aquí estamos nosotros, para lo que gusten. Porque no hube ayuda militar, ni en 1935, ni años después en la invasión de 1950. Sin embargo, «los sentimientos probritánicos iban en aumento en Lhasa, cosa comprensible a la vista de la innegable amenaza china.» ¿No es maravilloso?
Importa, no obstante, destacar el legado antropológico que este matrimonio diplomático dejó a la Universidad de Cambridge. Y sobre todo, el testimonio muy cercano de una mujer que a finales de los ochenta nos cuenta la mejor aventura de su vida, cincuenta años atrás, en el techo del mundo.

miércoles, julio 29, 2009

Teatro del oprimido. Teoría y práctica, Augusto Boal

Trad. Graciela Schmilchuk. Alba, Barcelona, 2009. 264 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

El brasileño Augusto Boal (Río de Janeiro, 1931) ha llevado a cabo una importante labor como dramaturgo y como director teatral, pero sin duda sus logros más significativos los ha conseguido en el campo de la pedagogía teatral y en la investigación de nuevas formas escénicas. Boal es uno de esos nombres díficilmente prescindibles no sólo en cualquier aproximación al teatro contemporáneo brasileño y latinoamericano, sino también en toda reflexión de calado sobre lo que significa en nuestros días un teatro político, que ofrece nuevas soluciones a la ya planteada por autores como Piscator o Brecht.
No es casual la coincidencia del nombre que Boal ha dado a su novedosa aproximación al hecho escénico con la llamada "pedagogía del oprimido" del también brasileño Paulo Freire. En ambos casos, estamos ante el deseo de convertir al oprimido en protagonista de su propia liberación, lo que implica una apuesta democratizadora que relativiza el papel de las vanguardias políticas, lo que en el caso del teatro, y más en un teatro de clara herencia marxista como es el de Boal, resulta un gesto tan necesario como saludable.
El teatro del oprimido, de cuya evolución y de cuyos presupuestos básicos da cumplida cuenta este libro, parte de la convicción de que todo teatro es político y, desde esa perspectiva, pretende abolir la distancia entre el actor y el espectador. Boal critica un teatro que convierte al espectador en un receptor pasivo y busca, a través de técnicas como el teatro-foro o el teatro invisible, lograr una participación activa no sólo en el rito teatral sino también, y sobre todo, en un proceso colectivo de emancipación.
En mi opinión, las aportaciones más interesantes de este libro (versión ampliada y revisada del texto publicado en 1974) las encontramos la primera parte, en la que se expone por extenso el sistema del teatro del oprimido, así como la entrevista que cierra el volumen. De menor interés me parecen los ensayos destinados al estudio de Aristóteles, Maquiavelo, Hegel y Brecht. Si bien Boal da muestras de un loable empeño en destacar las diferencias entre los distintos momentos históricos, no escapa a una cierta simplificación que tiende a presentar la historia desde un enfoque en exceso determinista. En esa misma línea, el estudio de la Poética de Aristóteles, aunque no carente de interés, peca de un cierto reduccionismo al intentar convertir en un texto acabado, con intención claramente normativa, lo que probablemente no sea sino un testimonio de uno de los muchos campos de investigación que se propuso la filosofía aristotélica, mucho menos dogmática de lo que la tradición ha tendido a interpretar.
No es casual que el estudio histórico comience en Aristóteles y acabe en el autor de Galileo, porque uno de los elementos más criticados por Boal es precisamente el papel de la catarsis en el teatro de tradición aristotélica, frente a la cual plantea técnicas de distanciamiento no muy alejadas del famoso efecto V de Brecht. Boal no rechaza las emociones, sino la manipulación de las mismas. Frente a un modelo tradicional que, en opinión del brasileño, anula la capacidad racional frente a las emociones, Boal plantea un teatro capaz de aunar sentimiento, razón y acción: una voluntad integradora que apunta no sólo al arte escénico, sino a una forma no alienada de vida individual y colectiva.

martes, julio 28, 2009

El ocaso de las siete colinas, Patrick Ericson

VíaMagna, Barcelona, 2009. 495 pp. 19.95 €

Rubén Castillo Gallego

Patrick Ericson es uno de esos escritores que de repente, sin que nadie se explique muy bien cómo, están. Quiero decir: escritores cuyos nombres de pronto se nos hacen familiares y comenzamos a verlos en las mesas de las librerías, con títulos impactantes, temas sugerentes e índices de ventas más que notorios. En el caso de Patrick, todo comenzó a hervir con sus interesantes novelas Génesis (El ritual rosacruz) y La escala masónica. Y ahora continúa el éxito con El ocaso de las siete colinas, un thriller donde política, sexo, religión y espionaje se funden para producir una mezcla de altísima eficacia. Pero que no se engañen los lectores más suspicaces: no estamos ante una obra facilona, ante un best-seller típico, superficial, esquemático y ramplón, destinado a un público poco o nada exigente en materia estilística. Nada de eso. Las páginas de Patrick Ericson están concebidas con escrúpulo literario, con elegancia formal y con una inteligente dosificación de recursos. Pero es bastante obvio que donde el autor tiene que cargas las tintas en este tipo de obras es en el argumento. Y ahí Patrick Ericson se revela como un gran ingeniero novelístico: juega con los tiempos, construye una poderosa armazón arquitectónica, perfila los tipos psicológicos, escande con gran habilidad las sorpresas, camufla sus trucos de prestidigitador y, al fin, deja que su bomba estalle en el rostro de los lectores, que quedan conmocionados, con el ritmo cardíaco a ciento veinte pulsaciones y pegados, literalmente pegados, al sillón... Un resumen de la novela sería perjudicial e injusto, así que no osaré acometerlo, por respeto a quienes decidan abrir sus páginas (será una sabia decisión), pero cuenten con antiguos agentes del KGB, que venden maletines nucleares y secretos de orden informático; con unos maníacos que han decidido hacer realidad las profecías macabras del Apocalipsis, atentando contra el Vaticano durante la elección del Sumo Pontífice; con expertos de la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU., que han de detener ese holocausto; con un juego de rol donde unos pobres chicos son manejados como peones de ajedrez, sin saber que van a ser inmolados; y, sobre todo, con varias sorpresas magistralmente escamoteadas hasta las últimas páginas, que provocan exoftalmia en los lectores. En suma, un volumen que puede llegar a ser una de las revelaciones literarias de la temporada, con total merecimiento: por su estilo, por su solidez y por su talante casi cinematográfico. Si no han decidido aún qué libros van a leerse durante este verano, les aconsejo que no dejen de lado El ocaso de las siete colinas. Disfrutarán una locura.

lunes, julio 27, 2009

Unicornio, Antonio Dyaz

Neverland Ediciones, Madrid, 2009. 134 pp. 15 €

Recaredo Veredas

Nos encontramos frente a una pequeña obra maestra, no tanto por la historia que cuenta —entendida como sucesión de peripecias—, ni siquiera por los insondables conflictos de sus personajes sino por su insólito vigor poético. La excepcionalidad de Unicornio proviene de su calidad de página —extraña en la literatura española, materializada en un lenguaje equilibrado, escasamente exhibicionista pero capaz de conseguir auténtica belleza— y de su capacidad para convertir toda la obra en una metáfora sobre el deseo, la muerte y los difusos límites que separan el éxito del fracaso. Su autor, Antonio Dyaz (1968), es un artista absolutamente multidisciplinar, que ha destacado en disciplinas tan distintas como el cine, la música o la literatura. Y en todos los ámbitos ha conseguido mantener, aun a costa del éxito que hubiera merecido su talento, una absoluta coherencia. Posee una mirada sobre el mundo, que puede gustar o irritar, y se niega a modificarla.
Es el de Unicornio un mundo onírico, regido por una lógica que no terminamos de comprender, ni siquiera deseamos hacerlo, próxima a la de artistas como David Lynch, Daniel Clowes o el patriarca Burroughs, pero que intuimos plenamente trabada. Sobre todo gracias a que el propio autor cree ciegamente en la verosimilitud de lo que está escribiendo y, como Kafka, adopta un estilo lírico y nítido a un tiempo, dominado por la ausencia de dudas y la exposición de lo imprescindible. Dyaz no intenta convencernos de la credibilidad de su mundo y ahí reside la clave de su acierto. Si lo hubiera intentado, si hubiera insistido con descripciones apabullantes y la construcción de una trama convencional, habría fracasado y de la profundidad poética apenas restaría una sombra. Unicornio es una obra dominada por el deseo —un deseo turbio, obsesivo, como la bella tragedia del protagonista— y el sexo, pero sólo ocasionalmente explícita y, cuando lo es, de una elegancia oriental.
Utiliza la geografía estadounidense, pero lo hace de forma rotundamente original, sin caer en los tópicos habituales, definidos por el gótico sureño o el realismo sucio. Su California o el extraño pueblo de Caribou son espacios cotidianos y fantasmales a un tiempo, donde la distorsión se convierte en algo habitual, casi imprescindible, tal vez sólo equiparables a los frágiles espacios creados por Foster Wallace.
¿Es Unicornio una novela de ciencia ficción? Aparecen avances científicos imposibles —cuya explicación, afortunadamente, sólo es bocetada— y traspasa las fronteras de la vida y la muerte, rozando sólo tangencialmente los dominios del terror. Parece probable que la respuesta sea afirmativa, pero sobre todo es una novela romántica, en el sentido más negro y original de la palabra, alejado de cualquier tentación de cursilería.