viernes, julio 17, 2009

Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual, VV.AA.

Edición y prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Salto de Página, Madrid, 2009. 380 pp. 20,95 €.

Julián Díez

Las evidencias se acumulan para denunciar una falacia largo tiempo sostenida: la literatura española tiene cabida para los géneros fantásticos. Al reconocimiento absoluto de la obra de dos escritores capitales como José María Merino y Cristina Fernández Cubas, se va sumando la incorporación progresiva de Elia Barceló, Félix J. Palma o Pilar Pedraza al mercado editorial masivo.
Viene este volumen, por tanto, a suponer un nuevo jalón en un proceso imparable, al que ya contribuyeron previamente los trabajos de Juan Molina Porras (Cuentos fantásticos en la España del realismo, Cátedra) David Roas y Ana Casas (La realidad oculta. Cuentos fantásticos españoles del siglo XX, Menoscuarto). A diferencia de esos volúmenes plagados de nombres indiscutibles, éste apuesta por autores vivos y en plena producción; entre todos ellos conforman un retrato desmitificador y convincente de la literatura española del último siglo.
También es, por tanto, un ejercicio algo más arriesgado. A riesgo de no conocer lo suficiente la obra de algunos de los seleccionados más jóvenes como para considerar su “representatividad”, lo que sí hay que decir a favor del trabajo de Muñoz Rangel es que la práctica totalidad de las historias seleccionadas son convincentemente buenas, y se defienden por sí solas.
Personalmente, destacaría los trabajos incluidos de Pilar Pedraza, con el terror directo pero elegante de Balneario; Cristina Fernández Cubas, siempre tan inquietante y sutil como en este La mujer de verde; Norberto Luis Romero, en el evocador Capitán Seymour Sea; y Félix Palma, con el sutil juego, de origen cienciaficcionero, que plantea en Venco a la molinera. No conozco en detalle —y me propongo remediarlo de inmediato— la obra de Carlos Castán, de la que si El andén de nieve es un ejemplo representativo, sólo puedo esperar delicias.
En el debe de la antología sólo cabe reseñar un cierto aroma monocorde. La literatura fantástica es un campo mucho más amplio en potencial que la realista, pero Muñoz ha elegido la fantasía cotidiana como cimiento de casi cada relato escogido. Es la vertiente literariamente más consolidada del género, la que ha ofrecido mejores resultados a la literatura en lengua castellana desde que Julio Cortázar la consagrara más allá de toda duda, pero no es la única. Sin acceder a territorios más alejados como el de la ciencia ficción –por cierto que, aunque el antologista dice que no la tocará, hay cuentos con extraterrestres y universos paralelos-, alguna representación de la literatura maravillosa, o de historias entroncadas con las tradiciones legendarias españolas, podría haberse agradecido para ofrecer un panorama más rico.
Quede pendiente, tal vez, para otro volumen esa recuperación, así como una mayor presencia –muy deseable- de los autores que están practicando este género “desde dentro”, en el campo de las publicaciones especializadas, con autores que se aprestan a dar el mismo salto de Barceló o Palma, como es el caso de Santiago Eximeno, Marc R. Soto, José Antonio Cotrina o Alfredo Álamo.

jueves, julio 16, 2009

Papeles inesperados, Julio Cortázar

Alfaguara, Madrid, 2009. 488 pp. 21.50 €

Fernando Sánchez Calvo

Por fin y de nuevo nuevos papeles que unir a las obras siempre incompletas de Julio Cortázar. El que fuera el autor más europeo del famoso Boom hispanoamericano recibe otro homenaje llevado a cabo una vez más por la editorial Alfaguara. Con prólogo de Carles Álvarez Garriga y edición del mismo junto a Aurora Bernárdez, esposa y albacea del genio que nació, según sus propias palabras, gracias al turismo y a la diplomacia, la presente edición se divide en tres bloques: “Prosas”, “Entrevistas ante el espejo” y “Poemas”. Como podrá intuir el lector, el primero de los bloques es el más extenso, el segundo el más revelador y el tercero el menos conocido. Los tres conforman un todo que desfila desde versiones de cuentos ya publicados hasta autoentrevistas, pasando por versos, fragmentos descartados, prólogos, reseñas y otras miniaturas literarias frecuentadas por este ciudadano del mundo. Obviamente (no supone ninguna sorpresa) Cortázar-narrador eclipsa a Cortázar-poeta, pero no sucede lo mismo con Cortázar-articulista, en cuyas manifestaciones podemos apreciar variopintas disquisiciones sobre el panorama político, social y literario contemporáneo al autor.
Acertadamente, y dada la imagen que un escritor suele proyectar sobre sus fieles, el libro se abre con las prosas, o lo que es lo mismo: los cronopios, las extravagancias de Lucas, antecedentes del microcuento, relatos que nunca aparecieron en clásicos como Final de Juego, Bestiario o Las armas secretas y hasta un capítulo expurgado del Libro de Manuel. Además, y como preludio de la segunda parte, la aparición de personalidades como Fidel Castro, Jorge Luis Borges, García Márquez o Carlos Fuentes tejen la faceta crítica de Cortázar. El artículo redactado como fruto de la famosa entrevista otorgada en su día a la revista norteamericana Life es, quizás, el mejor ejemplo de la labor ensayística del autor en la presente edición; en él la necesidad de universalización de la literatura hispanoamericana frente al rancio localismo, la defensa del hombre por encima de todas las cosas (incluso del arte) y la eterna lucha entre marxismo y capitalismo (cuya victoria, muy a su pesar, está anticipada en dichas líneas) estructuran las principales líneas de pensamiento. Tras las cuatro autoentrevistas, la edición se cierra con algunos poemas de corte amoroso y surrealista donde unas veces el verso libre y el compromiso político nos acercan a autores como el recién fallecido Mario Benedetti y en otras la experimentación lúdica recuerda a Nicanor Parra y a otros grandes de la poesía visual hispanoamericana.
Libro por lo tanto para fieles, no para iniciados. Digo esto no por sibaritismo, sino por posibles peligros. Peligro porque para adentrarse en los “despojos” de un autor antes hay que revisar los clásicos del mismo. Peligro porque, incluso siendo un experto en el tema, se puede caer en el error de adoptar una imagen inadecuada viciada por nuevas lecturas. Peligro porque, aunque es obvio que el presente volumen no recoge lo mejor de Julio Cortázar, también es obvio que el que tuvo retuvo, incluso en sus papeles póstumos. En autores de este calibre, hasta los desechos encontrados en cualquier viejo cajón piden, por lo menos, ser queridos por alguien. Franz Kafka dijo en su día que estaba más agradecido por los manuscritos que le habían devuelto que por aquellos que le habían publicado. Los fieles, sin embargo, que no atendemos ni a razones ni a purgas, somos como Borges: estamos orgullosos de lo que hemos leído, y nos cuesta imaginar que nuestros genios escribiesen algo malo, nos cuesta entender por qué se ocultaron estos papeles. Si estuvieron escondidos, es porque esperaban ser descubiertos.

miércoles, julio 15, 2009

Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes

Destino, Barcelona, 2009. 130 pp. 17 €

Recaredo Veredas


Escrita en 1991, Señora de rojo sobre fondo gris es una espléndida novela sobre la difícil aceptación de la pérdida y del consiguiente vacío. Transcurre en un entorno muy adecuado, perfecto correlato de la agonía de la protagonista: los últimos años del franquismo. Nos adentramos en dos mundos que se desmoronan en paralelo: el pequeño parnaso del narrador —acosado por la nostalgia y el alcohol— y la estructura de todo un régimen, cuyos sucesores quedan perfectamente perfilados en unos hijos ilustrados y levemente rebeldes, paradigma de las élites que pronto heredarían el poder.
Posee, además, un altísimo interés social, casi antropológico, por la descripción del adocenado ambiente artístico de la época. No en vano, el narrador es un rígido pintor realista, quien considera que uno de los mayores méritos de su esposa es su diletancia, su falta de determinación a la hora de llevar adelante una carrera profesional y su absoluta supeditación a los intereses de su marido, de sus hijos y de su clase social. Haber sido, como se dice de Doña Sofía, una excelente profesional.
Pero no es una novela espléndida por lo antes mencionado o, al menos, no sólo por esas causas. Cuenta con un elevado interés literario: el narrador elegido es, como ya he indicado, una primera persona moderadamente subjetiva, que dosifica la información con pulcritud y precisión, planteando preguntas y ofreciendo respuestas con perfecta sincronía. Resulta también destacable la creación del interlocutor, del narratario a quien se dirige la voz, esa hija que ha pasado por la cárcel y a quien se intenta transmitir un recuerdo imborrable de su madre. La distorsión etílica del narrador incrementa su parcialidad -aunque nunca se aproxime al delirio- y el interés de la coprotagonista, demasiado plana en su perfección absoluta.
Posee una más que notable dominio del suspense, materializado en una ralentización casi sádica del tiempo. Sabemos desde el inicio que esa Señora de rojo sobre fondo gris morirá y nos preguntamos inevitablemente el cómo, permanentemente desviado en un juego macabro que roza la trampa pero, gracias a la sinceridad de la pena del narrador, no termina de apelar al morbo. La habilidad de Delibes para el regate en distancias cortas, para manipular al lector sin caer en la ofensa es poco frecuente en estos insípidos tiempos. Se ejemplifica en la catalogación del tumor como benigno a escasas páginas del final y culmina en un cierre peligrosamente cercano al deus ex machina. Sólo la maestría técnica del autor evita la caída en tan penoso recurso.
Señora de rojo sobre fondo gris posiblemente se edite y reedite durante cien años más, mientras cientos de luminarias caen en el olvido. La causa: ayuda a comprender el dolor. El propio y el de los demás.

martes, julio 14, 2009

Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert, Guy de Maupassant

Trad. Manuel Arranz. Periférica, Cáceres, 2009. 132 pp. 14 €

Alba González Sanz

De un tiempo a esta parte algunas de nuestras principales editoriales están haciendo una encomiable labor de rescate de autores y obras hasta ahora no traducidos, o hace mucho tiempo olvidados por el mercado. En lo que toca a los autores franceses de la segunda mitad del siglo XIX y del celebrado fin de siècle, la veta es extensa y no poco importante. Así, la editorial Sexto Piso rescataba el célebre Las diabólicas, del extravagante Barbey d’Aurevilly (en muchos aspectos padre espiritual de los jóvenes decadentistas). Ahora, Periférica ofrece reunidos los dos textos más interesantes que Maupassant escribió sobre uno de los maestros del diecinueve francés: Gustave Flaubert.
Ambos textos tienen como centro el recuerdo de la figura de Flaubert, muerto en 1880. El primero es un artículo de prensa de 1884 y el segundo, el prólogo que el joven relatista colocó a la edición de la correspondencia entre éste y George Sand, en 1890. Es curioso notar, a este respecto, que el extenso prefacio tiene un único centro de atención en la figura del creador de Emma Bovary, diciendo apenas nada de la escritora que es mero pretexto para uno de los mejores análisis sobre la obra de Flaubert antes hechos.
Puntualizado esto, toca resaltar lo que de bueno e interesante para el lector tiene este libro. Ya el prólogo del traductor, Mauro Arranz, ofrece las coordenadas básicas para quienes lleguen a los dos autores citados con algo de despiste. Los recuerdos biográficos y literarios de Maupassant completarán a la perfección un fresco de época sin el cual resulta muy difícil, a día de hoy, entender cuestiones claves de nuestra literatura. Así que el especialista tendrá al alcance estos dos textos en castellano y quien no lo sea tendrá ante sí un tiempo de la historia literaria francesa detenido y narrado por una de sus voces principales en diálogo con la escritura de otra ellas.
Decir que Maupassant adoraba a un hombre a quien conoció en sus inicios y que marcó su relación con la escritura a pesar de la diferencia de edad, es decir algo sabido. En estos textos asistimos a un ejercicio de recuerdo que no mitifica hasta lo sobrenatural, pero que busca defender –y lo consigue- la dignidad y memoria de quien ya no está para defenderse a través de un finísimo análisis de su obra y la teoría que la sustenta. Y si la crítica tiene fama de ser afilada, invitaría a los curiosos a un repaso por las revistas y periódicos franceses del momento para ver hasta qué punto ante ciertas cuestiones la moral burguesa tocó a rebato sin compasión. Y Flaubert, con su estudio minucioso del alma humana, con esos coqueteos con la más pura esencia finisecular que son Las Tentaciones de San Antonio o su Salambó, no iba a librarse.
Maupassant repasa, en el prólogo a la correspondencia con Sand, las inquietudes novelísticas de Flaubert en el aspecto intelectual, en el aspecto de fondo. También habla de lo sensorial, pero le interesa llegado un punto referir un peculiar conjunto de anotaciones que Monsieur Gustave atesoraba y relacionaba: el conjunto de ellas componía una reflexión general sobre la estupidez humana: citas erróneas, respuestas falsas, boutades de todo calibre… Lamento no poder confirmar si esas notas han sido alguna vez editadas al completo o si quiera en español, pero su acceso virtual en francés es relativamente sencillo. Muchas de las citas provienen de autores reputadísimos en su época y en épocas anteriores, todavía hoy admirados. Al mordaz y fino Flaubert no se le escapa nada. Podría citar muchas pero me quedo con una de Descartes en apariencia no tan flagrante como otras, que reza: «Los soberanos tienen derecho a cambiar algo de las costumbres», se puede leer en el Discurso del método.
Ofrece Maupassant en la parte final del prólogo una descripción de taller de escritor. Si tan célebres fueron en la época las novelas de artista, algo de ellas hay en la manera en que describe la ropa, el lugar y los ritmos de Flaubert. Más interesante es sin duda cómo desmenuza la que para él es la poética del escritor, sus ideas en torno al estilo, la novela, la sociedad o sus integrantes en el otro artículo, pero los aspectos humanos no sobran, resultan por el respecto de quien los escribe, enriquecedores.
En definitiva, una buena manera de acercarse a dos autores franceses que, cada uno en su tiempo y en su estilo, sobresalieron y dejaron huella. También, como he comentado, una ventana a la sociedad literaria del fin de siglo francés, época que rara vez no atrapa por completo al lector.

lunes, julio 13, 2009

La chica de la nariz torcida, Ted Botha

Trad. Ismael Attrache. Alba, Barcelona, 2009. 312 pp. 24 €

Pedro A. Ramos García

Con el extenso subtítulo de Muerte y obsesión en la vida de un escultor forense, se nos presenta esta novela, La chica de la nariz torcida, que nos narra la biografía de Frank Bender, según su página web (www.frankbender.us) un “autodidact forensic and fine artist” (un forense autodidacta y estupendo artista).
Escrita por Ted Botha, colaborador de The New York Times y Los Angeles Times entre otros, a veces parece ser el propio Frank Bender el que toma la palabra para narrarnos sus orígenes, allá por octubre de 1977, como estudiante del turno de noche en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania, después de terminar su jornada laboral como fotógrafo. Su curiosidad, falta de escrúpulos con los cadáveres (que se narra de una forma casi médica y exacta) e intuición para dotar sus reconstrucciones de detalles que terminan resultando fundamentales para su identificación; le han convertido en uno de los más reputados y conocidos escultores forenses, profesión de reciente creación y muy mal remunerada.
Sin embargo, este aspecto poco o nada parece importarle a Frank, nuestro protagonista, que siempre consigue hallar un modo de seguir pagando las facturas: como fotógrafo, como buzo, como albañil… Sus peleas, como la de cualquier autónomo, se centran en reclamar a diferentes cuerpos de policía que le paguen las reconstrucciones que ha realizado para ellos, algunas de las cuales han tenido éxito y han servido para identificar el cadáver. Porque una de las principales virtudes de este libro, una biografía novelada o una crónica biográfica, es la de humanizar un estereotipo tan de moda en las series de televisión tipo CSI o Bones y desprenderlo de todo el glamour del que el entretenimiento masivo parece precisar. De glamour y elipsis porque en este libro podemos encontrar la narración detallada de todo el proceso, no sólo desde que le suministran el cráneo y Frank empieza a trabajar, sino las negociaciones previas entre el escultor forense y el departamento de policía que le quiere contratar. Sin duda, este aspecto burocrático, que dota de realismo a la narración es un hándicap para aquellos que busquen un thriller o una novela de género porque, aunque tiene todos los ingredientes, Ted Botha no claudica en ningún momento y se mantiene fiel a la estructura que propone desde el principio: discontinúa, con marcados saltos temporales y breves resúmenes que nos permiten ubicarnos casi de inmediato; fiel a su protagonista, un aprendiz de artista que evoluciona como tal y como persona, que crece y se equivoca, que es infiel y tiene problemas para ser el padre, el novio perfecto, que antepone su pasión por reconstruir rostros a sus obligaciones afectivas y económicas, porque para Frank Bender “la ciencia forense satisfacía varios impulsos primordiales de su interior. Modelaba para obtener justicia, para ayudar a cerrar un caso, pero, sobre todo, en busca de un arte que sirviera para algo”.

Ciudad Juárez, México.
Gran parte del libro se centra en la época en que Frank Bender fue contratado para poner rostro a algunas de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y, lamentablemente, no arroja ninguna esperanza sobre que se puedan esclarecer los feminicidios que se llevan cometiendo allí desde 1993, con una media de dos desaparecidas al mes. Todo lo contrario. Leyendo el libro uno llega a la conclusión que la única motivación de las autoridades mexicanas para contratar a Frank fue lavar su imagen cara a la opinión pública. Desalentador, por realista. Y lo demás es Hollywood (sí, existe: Bordertown, dirigida por Gregory Nava, protagonizada por Jennifer López).