viernes, junio 26, 2009

Correspondencia, Herman Hesse y Stefan Zweig

Trad. José Aníbal Campos González. Acantilado, Barcelona, 2009. 232 pp. 20 €

José Morella

Estas cartas que hoy recomendamos nos dan muchas pautas para reflexionar sobre cómo las dos grandes guerras de las que sus autores fueron testigos cambiaron el mundo. Lo primero que llama la atención es el trato exquisito entre dos personas con un talante personal y una procedencia social tan diferentes. Resulta inaudita la forma en que Hesse y Zweig ofrecen en cada carta su amistad y recogen con delizadeza la del otro. Ambos se entregan. Se esfuerzan en no fingir nada, en no mentir ni mentirse, en ser veraces sin ser duros, en no intentar gustar de cualquier manera a su corresponsal. Lo valioso no es que lo consigan o no, sino la visibilidad alentadora de su intento, el esfuerzo evidente y hermoso del acercamiento. La amistad labrándose palabra a palabra, con sus esfuerzos, sus alegrías y sus pequeñas decepciones. Lo que tenían en común, al fin y al cabo, era mucho más potente y serio que todo lo demás, y es el tema principal que se trata en las cartas de este libro: la búsqueda y la necesidad de la paz. Uso la palabra paz y no pacifismo, porque me parece que el -ismo hace pensar en vagas abstracciones propias de las escuelas de pensamiento, de las tendencias, de los grupos, y nos aleja de lo real. Nos aleja de la manera en que Hesse y Zweig vivían el problema. De la tensión que en sus propios cuerpos produjo la necesidad de paz. No es tan solo un ir hacia la paz, no es tan solo un discurso sobre algo. Ellos, además de crear discurso, vivieron la paz como anhelo cotidiano, sufrieron su carencia: les dolía en sus propios cuerpos que el mundo estuviera matándose. Sus biografías, que no vamos a recordar aquí, son testmonio de ello. En el caso de Hesse, sus informes médicos bastarían para demostrarlo. En el de Zweig, su último gesto. Creo que hoy ya no existen hombres de paz como ellos. No porque ahora la gente sea esencialmente peor, o ellos mejores, sino porque el pacifismo (ahora sí puedo llamarlo de esa forma) se ha profesionalizado, y el dinero público y privado que reciben muchas organizaciones les quita fuerza para criticar a las propias instituciones que las financian. Es difícil que denuncies, por ejemplo, la fabricación y exportación masiva de armas en un país cuyo gobierno te subvenciona justamente a ti y, mira tú por dónde, no es nada escrupuloso con el hecho de que los empresarios locales sean líderes en la industria de la muerte. Por no hablar de la Iglesia, caritativa señora cuya sonrojante relación con la paz contrasta vivamente con el valor de muchos cristianos, desde Francisco de Asís hasta Monseñor Romero o el padre Casaldàliga. ¿Cómo denunciar injusticias sin morder la mano del que te paga? Hesse no tenía ese problema, porque no le pagaba nadie. Zweig tampoco. Hesse solo conseguía perder dinero y fuerzas al defender sus posiciones. Vivía como un asceta, separado de un mundo que le hostigaba. Hubo una gran hostilidad pública hacia él en Alemania. Sus libros fueron prohibidos. Se dijeron de él barbaridades.
Aunque solo hay cartas de dos escritores, los verdaderos personajes de este libro son tres. El tercer lado del triángulo es Romain Rolland. Hesse le dedicó su libro Siddharta, y para Zweig representaba la "garantía de la persistencia del pensamiento europeo”, la conciencia moral del nuestro continente. Rolland había conocido a Gandhi (a quien ayudó a popularizar en Europa), a Tagore y a Vivekananda, y su teatro abogaba por el final de las estructuras dramáticas tradicionales y la creación de un espectáculo democrático que acercara al espectador a la vivencia de la festividad, de la celebración de la propia existencia. Algo distinto al teatro burgués que nos lleva a mirar la vida de otros, a ser espectador de otros sueños. Hay que poner a estos tres hombres en la senda de Tolstói y el ya citado Gandhi, que toman como referente, entre otros, el sermón de la montaña: las palabras de Jesús, o de ese personaje de creador anónimo llamado Jesús. Sería buena idea que algún erudito escribiera un libro, si no está ya escrito, siguiendo la estela de Tolstói e investigando, de archivo en archivo, todos los esfuerzos llevados a cabo por la Iglesia para reinterpretar, achicar y censurar ese discurso. El sermón de la montaña habla de dar limosna en secreto (es decir, sin establecer relaciones jerárquicas entre quien da y quien recibe), de no responder al mal con más mal, de no servir al dinero y de no juzgar sin estar seguro de haberte jugado antes a ti mismo. Según Tolstói, el sermón y la Iglesia son literalmente opuestos. Buscan lo opuesto. El verdadero cristianismo es la búsqueda de la paz, y Dios, citando de nuevo a Tolstói, está dentro de nosotros. No es casualidad que al googlear las palabras "pacifismo" y "sermón de la montaña" la primera página indexada sea un foro neonazi que pone al sermón de vuelta y media. Qué casualidad: a Hesse y a Zweig estos tipos también los odiaban, los perseguían y quemaban sus libros.
Otro elemento que en estas cartas se aleja de las actitudes típicas del presente es la no alineación de sus autores, la tozudez con la que se resistían a ser instrumentos de organizaciones políticas. "Casi envidio a los que pueden creer en el ideal comunista", escribe Hesse, y suena como un agnóstico envidiando la placidez y la seguridad del creyente o del ateo. Sabe que no puede creer de manera ciega y se coloca siempre en la posición más incómoda.
Siempre me ha sorprendido y disgustado oír a muchos lectores hablar de Hesse, de modo despectivo, como un escritor para adolescentes. Creo que lo hacen desde un sentimiento de superioridad (respecto de Hesse y de los adolescentes al mismo tiempo) muy inquietante, que se apoya en saber que su opinión es compartida por muchos; es una especie de lapidación valorativa. Tengo una sensación parecida cuando veo Moby Dick en colecciones para niños (Moby Dick, que habla del suicidio ya en el primer párrafo, no es solo para niños) o Cumbres Borrascosas en los quioscos, en colecciones de novela romántica (algún lector se llevará un susto). Se trata de una sutil forma de silenciar algo: enterrarlo en un cajón con etiqueta. Infantil, adolescente, cursi, “de género”, etc. Tal vez el hecho de que Hesse sea visto como un autor para mentes inmaduras es simplemente el reflejo de que el ser humano está ya más que viejo, un viejo que sufre en su resabiada e impotente vejez llena de amargura por haber perdido tantas oportunidades.

jueves, junio 25, 2009

Calor, Manuel Vilas

VI Premio de Poesía Fray Luis de Leon. Visor, Madrid 2008. 63 pp. 8 €.

Marta Sanz

Si algo debe pedírsele a la poesía es que sea excéntrica. No me refiero a que tenga que ser rara, hermética o alambicada: hay hermetismos que no son excéntricos en absoluto, mientras que otros son salvajemente políticos, imprescindibles. Yo no hablo de una excentricidad aparente ni de una pose; no hablo de la excentricidad de quienes se colocan aros en los lóbulos para que éstos se vayan dilatando o de quien elige como mascota a un cocodrilo o a un cerdo. Estoy hablando, más bien, de la capacidad de la palabra poética para exceder los límites de un centro imaginario que va irradiando una especie de periferia epigonal que termina convirtiéndose en algo parecido al humo. En este sanísimo sentido de la palabra es en el que creo poder afirmar que la poesía de Manuel Vilas es excéntrica. Saludable, extemporánea, violentamente excéntrica.
La primera barrera que salta Vilas es de tipo victoriano y tiene que ver con la idea de que existen sitios más adecuados que otros para hacer las cosas: las bibliotecas, para el estudio; los parques, para los juegos; los bares, para beber; las camas, para dormir o para follar; los parlamentos, para la política; y la poesía, quizá, para darle vueltas al sexo de los ángeles mientras se engarzan metáforas que expresen lo fragmentario y picudo del ser. Como Vilas es un hombre y un poeta —en definitiva, un ser, con todos los respetos—, él y sus voces tienen preocupaciones de ser que, curiosamente si tenemos en cuenta que estamos en el ámbito de la poesía, no son de índole metafísica, metapoética o metanada. Aquí, los sujetos poéticos aquí no levitan: beben, conducen, ven la televisión, hacen la mili, dan charlas en institutos, es posible que incluso hasta defequen. Los poemas de Calor tienen argumentos y parten de situaciones que necesitan apelar a la trascendencia, porque son intensas y visibles por sí mismas. Los poemas de Vilas hablan de —y quizá es un pecado decir que un poema “habla de algo”, pero a nosotros no nos importa—: dejar un coche con matrícula de Huesca en el desguace y sentir que se abandona a una amada —al fin y al cabo, un objeto— desarrollando una modalidad de la pasión necrófila en una poesía donde el poeta y el ciudadano son dinero y las clase media acepta limosnas (sic); la cremación de un padre; contemplar a través de la televisión una boda real que se transforma en un incruento Gernika, en un cómic malintencionado —o sea, urgente—, en una metáfora de la España de charanga y pandereta que seguimos siendo, en la que se introduce un nuevo factor para la distancia entre las clases: los que salen en la tele y los que no; el amor universal y el buenismo como desencadenantes de los fratricidios (“Fraternidad”); el valor del dinero en contraposición a las momentáneas alegrías dionisíacas, a las ventoleras etílicas o eróticas que se atemperan y se apaciguan como animales frente a la necesidad del trabajo — ... amor mío/ si quieres follamos hasta morir, pero por favor/ no dejes tu trabajo...—; gente que hace el amor muy cerca de la cocina porque el piso es muy pequeño; el paisaje de Barbastro; un suicidio en la garita; Irak y las imperfecciones de nuestras democracias, el precio que pagamos por nuestras democracias, los verdugos que terminan convirtiéndose en las víctimas de sus recuerdos, aunque Vilas no se queda en esa frase hecha, en ese lema convencional, y en su “Walk on the wilde side” hay víctimas que siempre son víctimas y que no pueden darle la vuelta a la tortilla: las putas iraquíes que sólo conservan tres dedos de una mano y son pateadas en el culo...
El mundo y los lugares en el mundo, relaciones de fuerzas, que nos invitan a pensar que quizá la poesía también es un lugar adecuado para hacer política; es más, que quizá sea inevitable hacer política cuando uno toma la palabra y escribe, sin haberlo preconcebido, una metonimia, una sinestesia o un hipérbaton gongorino. Vilas lleva al extremo el argumento anterior y, sin hacer concesiones a la facilidad —sus poemas son casi transparentes, pero la transparencia no siempre es sencilla de digerir— rehabilita para la poesía un lenguaje que no es el previsible en el género; recupera el espacio de las narraciones, de la autoficción y de los coros polifónicos —pobres, ricos, villanos, desencantados...— de las enumeraciones no tan caóticas, de los listados, de los topónimos, de los precios y los salarios exactos, de las marcas, del dramatismo del humor y del humor del dramatismo, de lo horrible, lo cotidiano y lo grotesco, para recrear esa sinrazón antivital en que vivimos: da una vuelta de tuerca a la ya museística oposición dialéctica entre civilización e instinto, represión y naturaleza, razón y corazón, y dibuja un lugar en el que ni lo uno ni lo otro, un lugar en el que el vino o la cocaína nos conectan a la vida y al amor, y la racionalidad parece que sólo tuviera que ver con las medidas coercitivas, con el tutelaje gubernamental, con el cumplimiento de leyes tan irracionales como la de obligar a pagar a un mileurista seiscientos euros por haber dado positivo en un control de alcoholemia. Paradojas irresolubles en un mundo donde también se ha perdido la confianza en las revoluciones: después de 1789 aún quedan, repartidos sobre la piel del mapamundi, explotadores, oligarcas y reyes. También sobre la piel de este país donde hace tanto calor, y el calor es España y España es el mundo, globalizado y sin Antártida, que se repliega sobre sí mismo como un celofán bajo la lente abrasadora de la lupa.

miércoles, junio 24, 2009

De A para X. Una historia en cartas, John Berger

Trad. Pilar Vázquez. Alfaguara, Madrid, 2009. 198 pp. 16,50 €.

Alba González Sanz

El curso pasado durante una conferencia en la Universidad Complutense, Belén Gopegui orquestó una serie de reflexiones en torno a la inclusión de la política como tema en la novela que llevaba por título la célebre frase de Stendhal comparando tal opción con “un pistoletazo en medio de un concierto”. Invitaba la escritora a considerar quién empuñaba la pistola, de quién era la sala, qué se estaba tocando y por qué. El texto, que se puede conseguir en la librería de la universidad, es un repaso brillantísimo a este tema que se fija específicamente en escritores de nuestra contemporaneidad.
La introducción es larga pero para hablar sobre De A para X. Una historia en cartas se hace precisa. Lo que John Berger (Londres, 1926) ofrece en esta nueva novela puede conectarse con las palabras de Gopegui: en esta historia de amor la política es central aunque se nos dé a través de la vida de sus dos protagonistas (vida que es consecuencia directa de un pensamiento y de una acción políticas propias y ajenas), la experiencia estética no se ve por ello resentida, no suena mal el disparo en el concierto total de esta última propuesta del autor inglés.
Berger inicia su último libro advirtiéndonos de que lo que vamos a leer es un conjunto de cartas que él ha recuperado, describiendo las particularidades de su disposición, tipografía o material. La mayor parte de las cartas son de A’ida para Xavier; él aprovecha el papel para anotar en la parte posterior reflexiones en apariencia no conectadas con ella. Xavier está condenado a varias cadenas perpetuas, A’ida trabaja en una farmacia y ve pasar los inviernos en un mundo de fronteras no precisas pero de claves reconocibles: hay un Ellos difuminado en el relato pero eficaz en su opresión, y un Nosotros del que forman parte los nombres que A’ida hace desfilar en sus cartas: compañeros de lucha, vecinos, desconocidos…
Las anotaciones de Xavier son prosaicas: millones de persona sin acceso al agua potable, bolivianos que acceden a miles de hectáreas de tierra apta para el cultivo, volumen de tráfico de armas entre países. Podría pensarse que nada tienen que ver con las rutinas cotidianas que le cuenta A’ida, pero sí con esas cartas que no envía y se incorporan: las de la desesperanza, las de la rabia. Por ella conocemos lo humano y la solidaridad; por él, la privación forzosa de ambos conceptos y la obligación de construirlos de nuevo en la cárcel, para sobrevivir.
Declaraciones de Hugo Chávez, una cita de Eduardo Galeano (una de cuyas historias ha servido presumiblemente como idea germinal de esta novela); la fortaleza de Xavier lejos de su A’ida sólo se quiebra a través de la música. Algunas canciones traen de golpe la medida exacta de los pocos metros de su celda, de la ausencia de ella. Pero no va a cundir la desesperanza en su historia, la indignación y la necesidad de esa lucha no lo permiten.
A’ida adopta una costumbre en sus cartas: dibuja su mano y se la envía, en distintas acciones, a Xavier. Una mano extendida, una mano estrechándose con otra, una mano sujetando una linterna, una mano escribiendo… Lo visual, entre dos personas que no pueden verse, se convierte en clave comunicativa: lo evocan esas manos, los detalles de una casa, de una calle, de un sentimiento. También será una clave en el final, narrado con inmejorable lenguaje. Al lector se le da una pista para poner rostro a estos dos luchadores: las dos primeras hojas del libro llevan impresos en color dos retratos, un hombre y una mujer de miradas firmes, de rasgos bellos en su seguridad. ¿La peculiaridad? Se trata de la reproducción de dos frescos romanos.
Es ésta una novela (y la palabra se queda corta para definir lo que hay en este libro) de las que invitan al subrayado constante por diversos motivos. Puede que haya ideas que nos sean gratas, otras que nos sorprendan por la fuerza de la metáfora en la que se asientan. Otras veces, el uso magistral de la yuxtaposición y la elipsis crea sentidos nuevos, luminosos en el texto. Lo cotidiano y lo comunitario se combinan en párrafos que pasan de una lucha a una parte concreta del cuerpo. Dice A’ida: «Lo efímero no es lo opuesto a lo eterno. Lo opuesto a lo eterno es lo olvidado. Hay quienes viven pensando que lo olvidado y lo eterno son la misma cosa. Se equivocan. Otros dicen que lo eterno nos necesita: y ésos están en lo cierto. Lo eterno te necesita a ti, en tu celda, y a mí aquí, escribiéndote y enviándote pistachos y chocolate».
Lo eterno nos necesita. Y puede que como lectores necesitemos adentrarnos en esta historia en cartas. Se trata de fabular sobre lo real, de analizar la pistola que tanto parecía enojar a Stendhal. En el primer paquete de cartas, sobre la tira de tela que las sujeta, se pueden leer unas pocas frases escritas por Xavier: «El universo no se parece a una máquina, sino a un cerebro humano. La vida es un relato contado en este instante. La realidad primera es un relato. Lo sé porque soy mecánico».

martes, junio 23, 2009

Quédate donde estás, Miguel Ángel Muñoz

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 154 pp, 14 €

Pedro M. Domene

Los cuentos se convierten, en una definición categórica, en el reverso insospechado de nuestra realidad y, en ocasiones, cuando el escritor ensaya el género se ve obligado a la renuncia y a la economía, e invierte el juego de lo visible para que el lector, en última instancia, desarrolle con su intuición esa dosis de invisible realidad que se le supone a un buen relato. Muchos de estos aspectos ya estaban en el arte narrativo de Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970) que, entre una anodina y profunda visión sobre la vida de su primera entrega, El síndrome Chejov (2006), exploraba además dos conceptos esenciales en un buen cuento: el humor y la ironía con que resaltar algunas peculiaridades de la existencia humana. Leídos aquellos relatos, resulta evidente que otra de las características de la narrativa del almeriense reside en la proximidad, en esa calculada cercanía, tanto en la trama como en el tema, porque sus personajes se parecen a nuestros parientes, incluso a algunos de nuestros amigos, o a esos vecinos de toda la vida, porque conviven con nuestra realidad más inmediata. En esta ocasión, para establecer cierta distancia, los trece textos de Quédate donde estás (2009), su segunda entrega, intensifican el matiz de la perturbada identidad de algunos de sus personajes, y ahora propone temas mucho más variados, la familia, como base de esa unidad metaliteraria, la memoria y el paso del tiempo, la identidad y la incomunicación, es decir, el sentido último de las emociones humanas.
Miguel Ángel Muñoz organiza los cuentos de Quédate donde estás como una excelente muestra de esa simbiótica concreción paralela entre el mundo de la escritura y la vida misma, entre la realidad y la fantasía, siempre teniendo presente que nuestra consciencia se nutre de cuantas formas de vida podamos imaginar como individuos para luego así desarrollar una realidad tangible y consciente, o una engañosa actitud hacia los demás de dudosa clasificación. El narrador almeriense consigue, ajustando a lo mínimo el poder de su prosa, levantar acta de lo rutinario y de lo íntimo, y aún añade nociones de buena literatura para dejar constancia de la identidad tanto cotidiana como literaria y, en los trece relatos que componen su libro, va esbozando en sentido último de la vida, e involucra, por añadidura, a sus lectores cuando proclama querer ser como Salinger, convertir como Onetti los sueños en literatura, verse infectado de ácaros como Tolstoi, Dostoievski, Faulkner o Proust, e inmiscuirse en la amistad de Ford y de Carver, hermosos ejemplos todos de microrrelatos ordenados estratégicamente entre esos otros textos de profundo calaje, que responden al mundo particular que Miguel Ángel Muñoz está construyendo con su prosa breve. En realidad, una mitológica visión de notables referencias al mundo de la literatura, del cine, de la sociedad y de la familia y sus conflictos, en esa frágil frontera entre lo apacible de una existencia y el infierno de la incomunicación como queda escrito en los mejores relatos que contiene el libro, «Ropa de verano», «Quédate donde estás», el mejor ejemplo de lealtad y solidaridad; otros, en esa variada temática esgrimida, son la mejor muestra de una innegable factura fantástica, tanto «Vitruvio» como «Los niños dormidos», o para terminar el repaso «El reino químico» uno de esos cuentos de innegable progresión desde lo individual a lo colectivo. Y lo mejor, ahora la frase avanza y se remansa en una calculada medida de precisión sintáctica tan ejemplar como efectiva para el lector.

lunes, junio 22, 2009

Las salvajes muchachas del partido, Lázaro Covadlo

Candaya, Canet de Mar, 2009. 424 pp. 20 €

Ignacio Sanz

Algunas biografías noveladas son tan ricas sobre el papel que uno puede llegar a pensar que tuvieron sentido por la novela en la que se plasman. «Tal vez mi abuelo Baruj, con su exaltada imaginación, se dedicaba entonces a inventar mi vida como ahora yo me invento la suya.» (página 396). La vida de Baruj Kowenski, anarquista ucraniano nacido al final del siglo XIX en el seno de una familia judía, es el hilo conductor de esta novela. Pero tras la vida del abuelo, riquísima en aventuras y sobresaltos, asoma a raudales la vida agitada de unos pueblos, especialmente el pueblo ucraniano y el ruso, por un lado, y el argentino por otro, una Argentina titubeante. En la novela hay mucho trasiego de barcos y mucha agitación social y política, muchas traiciones, mucho personaje abyecto, mucha explotación sexual y, cómo no, cierta ternura melancólica cuando, ya al final del trayecto, el abuelo repasa su vida y sueña con la vida que le espera a ese nieto que acaba de nacer y cuya trayectoria vital sólo puede imaginar. Sin embargo, de cuando en cuando, la vida del nieto, es decir la del supuesto narrador de esta saga, se cuela también entre las páginas de esta novela impetuosa y así nos encontramos con un hermoso juego de espejos cervantinos.
Esta novela podría leerse también como un libro de historia. Muchos jóvenes no saben qué es un progrom, programas propiciados por los gobiernos para perseguir judíos. Y para eliminarlos. Y no hablamos de Alemania, sino de Rusia, Polonia o Ucrania. Esos progroms también tuvieron su réplica en la otra parte del charco, es decir, en Argentina. Creo que a muchos ciudadanos se nos ha ocultado esta parte de la historia. Lo que hace Lázaro Covadlo al retratar la vida de su abuelo es hurgar en esa herida que propició tanto trasiego desde Europa a América y luego, desde América hasta Rusia, para apoyar la Revolución de Octubre. En el caso del Baruj, el protagonista de esta historia, para apoyarla pese a su condición de anarquista, aunque está a punto de morir, precisamente a manos de los propios comunistas. La historia no es nueva, ya se sabe que los mayores enemigos del anarquismo, quienes les han perseguido con más saña, han sido los comunistas. En Rusia primero y en España después.
Cuando leemos una novela, los lectores no podemos preguntarnos cuanto hay de verdad en los que estamos leyendo. La novela es la verdad. Sin embargo en Las salvajes muchachas del partido, además de la historia que se cuenta, el lector está legitimado para pensar que, más allá de ciertas peripecias que le pueden haber cuadrado al narrador para adornar un capítulo, lo que nos está contando es, en esencia, una verdad histórica. Por eso no sorprende que, como colofón, haya un capítulo de agradecimientos a personajes que fueron testigos de los hechos que se narran y una amplia bibliografía en la que el autor ha bebido para sostener esta larga historia que transcurre a lo largo de un siglo.
Sin embargo, Covadlo no hace proselitismo ni maquilla el retrato de su abuelo que a veces se comporta con una inmadurez propia de un adolescente, ajeno al estado de necesidad en el que deja a su mujer por ese afán loco de hacer la revolución a toda costa. Instalado en Argentina, se ve obligado a colaborar con proxenetas o rufianes judíos de la peor calaña con tal de salvar el pellejo. Lo que sorprende es el pulso, el buen temple con el que está contada esta novela-río en la que abundan las complicidades hacia el lector de nuestros días a través de la voz del propio narrador que nos habla a ráfagas desde un presente lleno de referencias compartidas.