viernes, junio 12, 2009

El orden de la memoria, Salvador Gutiérrez Solís

Destino, Barcelona, 2009. 304 pp. 18,5 €

Juan Gómez Espinosa

Que Gutiérrez Solís es un escritor más que hábil y eficaz queda fuera de toda duda con esta lectura. Eso sí, creo que es mi deber dar unos cuantos avisos y que cada cual obre en conciencia. El primero: su prosa es ágil, rechaza toda pretensión de densidad y, aunque nunca llega a caer en la vulgaridad del pie de calle, refleja a cada momento una fuerte ligazón con la cotidianeidad; así que, abstenerse vanguardistas de corazón y/o tertulia. Segundo aviso: la trama está repleta de alusiones, más o menos veladas, a elementos de la actualidad social (la misma empresa que dirige el protagonista huele descaradamente a El Corte Inglés), combinados con desparpajo, pero sin afán destructor; así que, abstenerse buscadores de ínsulas extrañas y paraísos perdidos. Tercer aviso: el personaje principal puede parecer aséptico, aunque uno de los grandes logros de Gutiérrez Solís sea ir acercándolo con frío tesón al lector, el cual termina por sentir una cierta familiaridad con aquél; así pues, abstenerse rastreadores de personajes fogosos y brillantemente atractivos. Cuarto y último aviso: toda la novela se desarrolla con un pulso sereno, ligero, elegante, sin grandes momentos de poesía ni patetismo; al final, una última escena que todo lo cierra y todo lo abre; abstenerse los que no tengan paciencia o no les guste jugar a las damas chinas. Tal vez, uno pueda no compartir la estética (por llamarlo de algún modo) del autor, pero hay que reconocer la evidencia: Gutiérrez Solís sabe perfectamente lo que se hace; el pulso sereno y la fría constancia que antes citaba son muestras de un creador en plenas facultades, maduro, con oficio y sabiduría. Y esa falsa asepsia consigue, por puro contraste, realzar momentos que aspiran a la profundidad emotiva: las andanzas rurales del protagonista, sus último viaje con el padre enfermo, la soledad de Claudia (personaje vital para esa escena final de la que hablé)… Nos encontramos, en definitiva, con un canto discreto, distanciado de toda grandilocuencia, en alabanza de las experiencias pasadas; de ahí la necesidad de ordenar la memoria, reteniendo los momentos pequeños pero dignos y, por qué no admitirlo, eludiendo los más oscuros. Paradójicamente, los momentos pequeños terminan así por tornarse en grandes recuerdos, mientras que los otros, de mayor carga vivencial en su sordidez, se van replegando en los rincones de las sombras, en los indignos de cualquier rememoración. Un libro, y un autor, dignos de todo respeto. Espero con sana curiosidad sus próximas criaturas.

jueves, junio 11, 2009

Ararat, Frank Westerman

Trad. Goedele De Sterck. Siruela, Madrid, 2008. 296 pp. 25 €

César Mallorquí

La mayor parte de quienes, siendo adultos, hemos dejado de creer en dios, fuimos educados de niños en un contexto religioso y recibimos una instrucción doctrinal. No es raro, por tanto, que un ateo o agnóstico conozca a la perfección la historia de José y sus hermanos, las peripecias de Moisés o el frustrado sacrificio de Isaac a manos de Abraham; todos esos relatos habrán sido re-etiquetados como “mitos”, pero pertenecen a una mitología que nos fue inoculada desde muy temprana edad y que durante un tiempo aceptamos como cierta. Así pues, aunque la razón refute la fe, ¿cuánto queda del mito en nuestro interior? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto han influido (e influyen) esas creencias perdidas en lo que somos?
A estas preguntas se propuso dar respuesta el escritor y periodista holandés Frank Westerman cuando decidió escalar el Ararat, la montaña situada en Turquía, entre Irán y Armenia, donde, según la tradición encalló el arca de Noé cuando bajaron las aguas del diluvio. Westerman nació en el seno de una familia adventista donde las leyendas bíblicas eran interpretadas como verdades al pie de la letra; si la Biblia afirmaba que Noé se salvó del diluvio en un arca que transportaba una pareja de cada especie, eso fue lo que realmente ocurrió. Cuando Westerman contaba unos veinte años, descubrió el Poema de Gilgamesh, más de mil años anterior a la Biblia, donde se habla de Ziusudra, un personaje cuya historia es idéntica punto por punto a la de Noé. Posteriormente, averiguó que esos no eran los únicos Noés, sino que había decenas repartidos entre múltiples mitologías: Nüh, Atrahasis, Xisutros, Utnapishtim, Prometeo, Manu, Tumbainot... Es decir, la Biblia, la supuesta palabra de dios, contenía partes que no eran más que copias de leyendas paganas, y nadie se lo había dicho.
Aquella revelación, el hecho de que su iglesia le hubiese ocultado información sustancial, quebró la fe de Westerman y acabó conduciéndole al agnosticismo. Mucho después, en 1999, el autor, por aquel entonces corresponsal de prensa en la Europa del este, viajó a Ereván, la capital de Armenia, una ciudad presidida por la distante mole del Ararat. Aquello supuso para Westerman un reencuentro con los mitos de la infancia; además, descubrió que aquella montaña le causaba una extraña sensación de “seguridad y salvación”, la misma que sentía de niño cuando leía las historias del Viejo Testamento. Era como si, al comprobar con sus propios ojos la existencia del Ararat, de algún modo su inconsciente corroborara la realidad del mito de Noé. Desde ese momento, si bien paulatinamente, Westerman, comenzó a obsesionarse con aquella montaña, hasta que, tres años más tarde, decidió escalarla.
Pero previamente, mientras aguardaba los permisos necesarios por parte de las autoridades turcas, Westerman inició un proceso de investigación acerca del Ararat, tanto desde el punto de vista mítico como desde las perspectivas geológica, histórica, religiosa y política. Ararat, el libro, es un resumen de esa indagación, y también un libro de viajes, y un diario personal del autor, donde describe todo el proceso de lo que habría que ser su viaje iniciático –en cierto modo, un regreso a la infancia-. Pero, sobre todo, Ararat es una apasionante incursión en las raíces del mito.

miércoles, junio 10, 2009

Las cosas como eran, Esperanza Ortega

Menos Cuarto, Palencia, 2009. 296 pp. 17 €

Ignacio Sanz

La memoria es el hilo conductor que vertebra este libro, una memoria que bebe en una época mágica: la de la infancia de su autora, Esperanza Ortega, conocida sobre todo como poeta.
El libro se lee como una novela. Pertenece la autora, nacida en 1953, a una familia de la pequeña burguesía palentina, una familia peculiar formada por un padre y una madre que han contraído nupcias por segunda vez. De modo que la muerte está presente en este relato, aunque ella de niña creía que solo se llevaba a los que vivían en el bajo y en el primer piso de su casa, que nunca alcanzaba a los del segundo piso. Hasta que se llevó a su padre cuando ella tenía 10 años. Esperanza era la pequeña de la casa, la más mimada, la que llegó descolgada, la que jugaba con la mayor de sus sobrinas. Apenas conserva recuerdo de los abuelos, pero ha tenido en el padre un referente inolvidable. No nos explica esa fascinación de un comerciante y empresario de cine por los libros. Una fascinación que trasladó a su hija cuando le regaló un libro que la dejó marcada para siempre: Flor de leyendas. No sólo Flor de leyendas es un gran libro, es que, además, se lo regaló su padre. Por cierto también el padre, don Teófilo Ortega, escribió alguno, aunque tras la guerra quedaran sepultados y se trató de borrar su rastro comprometido. La narradora nos recuerda a su padre sentado tarde tras tarde en su despacho, cuando subía del almacén, leyendo libros en silencio sentado en una silla en forma de herradura. No se le podía molestar, pero ella que lo admiraba, a veces abría la puerta y le sonreía. Esa estampa del padre enfrascado en la lectura, acaso hiciera lectora engatusada a su hija. Pero es una estampa, un recuerdo de los muchos que desfilan por estas páginas. Me ha impresionado la descripción que hace de una escena protagonizada por su hermano José y por ella, ya al final del libro, cuando la autora regresa a casa, tras una operación. Esperanza es trasladada en ambulancia y su hermano José, que hace las veces de padre, la coge en brazos y, como si su cuerpo fuera de delicado cristal, asciende los sucesivos tramos de escalera y la deposita en la cama en la que cuatro años antes había muerto su padre, en la habitación más luminosa, donde pasará los seis meses siguientes. A su hermano se le hinchan las venas.
Hay un recuerdo emocionado hacia las criadas que le contaban romances y canciones, como se los contaban también a Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Y mucho cariño hacia los profesores y los compañeros de instituto, donde se matricula, tras pasar por decepcionantes y tediosos colegios de monjas, tanto en Palencia como en Madrid.
Pero me temo que no estoy siendo fiel al libro que está perfectamente estructura en capítulos cuyos títulos resultan curiosos: la casa, la ropa, los alimentos, los libros, olores y ruidos, muñecos y muñecas, los colegios, las palabras, el cine, lo invisible, las escaleras.
El capítulo de lo invisible habla de Dios, de los ángeles, de los abuelos muertos, de la ilusión que trató de inculcarle su madre, del tiempo. La mirada de la autora es aquí una mirada marcadamente poética.
«Mi casa estaba llena de palabras hasta rebosar. Parecían legiones de hormigas, no dejaban de multiplicarse. Había una palabra para nombrar a cada cosa y si no encontrabas alguna que estabas buscando, preguntabas y enseguida te ofrecían en bandeja la más apropiada.»
Rascucia, zangolotina, a esgalla, estafermo, marión, mazacotes, arambol, coritas, cimbalillos... son algunas de las palabras que la autora relaciona con su aprendizaje en el seno de la familia.
Las cosas como eran es un regalo, un agudo ejercicio de memoria en el que a veces el lector, inevitablemente, se ve reflejado, porque como sabemos, más que hijos de unos padres, somos hijos de una época. Esperanza Ortega ha hecho un esfuerzo monumental para quitar el velo del olvido a su infancia y ofrecernos con toda nitidez un espejo emocional en el que reconocernos.

martes, junio 09, 2009

Pascua en todas partes, Darcey Steinke

Trad. Rafael Aníbal. Kailas, Madrid, 2008. 247 pp. 17,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

A las pocas páginas de empezar a leer Leche, única novela de Darcey Steinke traducida al español a día de hoy, me vino a la cabeza otra novela breve, Sangre sabia, escrita por Flannery O’Connor. Los personajes de ambas, a pesar de moverse en una esfera real bien definida, parecen ser representaciones, más que generadores, de actitudes y pensamientos. Dan la impresión de vidrieras góticas que a la vez que muestran aspectos de la vida cotidiana funcionan como iconos de la fe y el sufrimiento, de ahí que sean seres humanos solitarios, concebidos como compartimentos estancos. Pero también le une a la matriarca del gótico sureño un gusto por la suciedad y la brutalidad, que discurre con total normalidad, en ocasiones de forma bastante impactante.
Con estos mimbres uno esperaría unas memorias dislocadas, sangrantes. Pero no. Una rara calma sobrevuela este libro mientras transitamos de manos de la autora por las distintas fases de su existencia. De una infancia ensimismada enmarcada en la precariedad del matrimonio de sus padres, un pastor luterano sin grandes aspiraciones pero entregado al prójimo sin calcular las consecuencias para su familia y una antigua reina de la belleza local constreñida por las condiciones de vida a la que su marido la conduce, a una adolescencia marcada por su tartamudeo y su condición de hija del pastor, y de ésta a una juventud rebelde contra todo y contra nadie que desemboca en un matrimonio fallido y una hija que se convierte en su único pilar vital seguro.
Llama la atención, sin embargo, que la escritura se encuentre ausente de la narración, como si fuese un asunto menor, a excepción de contadísimas referencias a algún título y un brevísimo adentramiento en el argumento de Jesus saves. Sólo la religión sirve de columna vertebral de su ejercicio memorialístico, y uno entiende esa desatención a su labor literaria en cuanto ésta no es sino la plasmación, el continuo replanteamiento desde múltiples perspectivas, de la lucha continua que mantiene con Dios y los rituales que le rodean, sus esfuerzos infructuosos, con fugaces victorias, por situarse en un lugar correcto respecto a él, más allá de las circunstancias personales que la envuelven en cada momento. De manera que a fuerza de no proporcionar ninguna explicación sobre la génesis de sus libros, lo hace de todos ellos a la vez.
Pero esto no significa ni mucho menos que Pascua en todas partes sea un tedioso ensayo teológico disfrazado de autobiografía, como tampoco consiste en una abrumadora recopilación de anécdotas. Religión y vida se hayan imbricadas de manera natural, se diría incluso que el estilo poético que adorna ciertos recuerdos, que tienden a ser más sensaciones que escenas concretas, particularmente de la infancia, es su resultado más perfecto. Su mirada es como la del sacerdote gay de Leche, que ve a su novio fallecido en todas las cosas, manifestándose en cualquier mínimo detalle, como si fuese el mismo Dios. Para Steinke irremediablemente siempre será Pascua en todas partes.
Si el lector salva el escollo que supone leer las memorias de alguien de quien seguramente no conoce ni el nombre, accederá a un testimonio lleno de belleza, de pequeñas iluminaciones pero también de enorme oscuridad. Aunque trate de una permanente crisis espiritual, uno gana una extraña paz con este libro.

lunes, junio 08, 2009

Entrega de los III Premios La Tormenta en un Vaso: álbum fotográfico



LOS GANADORES, CON LA ESTATUILLA DE MATEO SANZ. De izquierda a derecha: Enrique Redel, Cristina Fernández Cubas y Pablo Gutiérrez.

FOTO DE FAMILIA DE GANADORES Y PRESENTADORES. De izquierda a derecha: Marta Sanz, Enrique Redel, Óscar Esquivias, Cristina Fernández Cubas, Pablo Gutiérrez, Elena Medel, Care Santos.



LOS LIBROS GALARDONADOS CON LOS III PREMIOS TORMENTA. Rosas, restos de alas, de Pablo Gutiérrez, publicado por La Fábrica (Mejor nuevo autor); Lo infraordiario, de Georges Perec, de Editorial Impedimenta (Mejor obra traducida) y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas, editado por Tusquets (Mejor libro en castellano).

Los premios fueron entregados el pasado sábado, 6 de junio, a las 13:00 horas.

La Tormenta en un Vaso quiere agradecer a Casa del Libro de la calle Fuencarral, de Madrid, la buena acogida que nos ha dispensado.