viernes, abril 10, 2009

Heridas causadas por tres rinocerontes, Fernando Sanmartín

Xordica, Zaragoza, 2008. 60 pp. 750 €

Juan Marqués

Repasando mis notas de lectura, compruebo que durante el año pasado leí algo más de cien nuevas obras de autores españoles publicadas durante el propio 2008. La más hermosa, limpia y emocionante de todas ellas se titula Heridas causadas por tres rinocerontes y la escribió Fernando Sanmartín. La descubrí en primavera con incredulidad, la releí inmediatamente después con emoción, y he vuelto a recorrerla otras dos veces desde entonces sin que la admiración y la gratitud hayan hecho otra cosa que aumentar.
Hay libros que uno no querría reseñar sino regalar masivamente, copiarlos con buena letra en cuadernos pequeños y dejarlos en los bancos de los parques o de las paradas de autobús, reproducirlos todo lo posible para que más gente pueda llegar hasta ellos y saborearlos. Son libros cuyos derechos debería comprar el Estado para imprimir millones de ejemplares y repartirlos por las casas como si fuese el listín telefónico, ya que su lectura aumentaría no ya el nivel cultural sino la calidad civil de las personas, la bondad y la comprensión de los ciudadanos, la atención popular por las cosas importantes. Sería bueno fundar un país donde sucedieran esas cosas, un lugar donde el poder supiese que hay textos que mejoran a quienes los leen, que producen personas más completas y libres. Yo, por mi parte, he regalado estas Heridas causadas por tres rinocerontes a todos los médicos que conozco, y estoy seguro de que nada de lo que pueda escribir aquí, por muy sincero y entusiasta que sea, sería tan eficaz para recomendarlo como copiar sin más dos o tres de sus mejores páginas.
Confieso que es un libro que ya me gustaba antes de leerlo, no tanto por intuición como por ilusión, por esperanza e incluso por sentido común. Cuando un poeta tan pudoroso y discreto como Fernando Sanmartín (y éste, sea lo que sea, es fundamentalmente el libro de un poeta) publica un breve cuaderno de los días en que su hijo luchaba contra la leucemia, es inmediatamente evidente que estamos ante un título que no se puede dejar escapar porque ha de tratarse de un libro importante, crudo, verdadero. Después las expectativas quedan completamente satisfechas al comprobar que todo está bien en él, desde la preciosa edición de Xordica (ilustrada por el niño que coprotagoniza el diario) hasta casi cada una de sus secciones, de sus páginas, de sus palabras.
En la página 20 de Hacia la tormenta (el anterior diario publicado por Sanmartín —Zaragoza, Xordica, 2005—) nacía Yorgos, el niño que ahora es casi siempre nombrado, sin más, «el niño enfermo», excepto en la dedicatoria, en el prólogo y en algunas pocas ocasiones más. Si ese prólogo no es un epílogo, como tal vez agradecerían ciertos lectores, es seguramente porque en él se nos explica que el niño superó felizmente la enfermedad y que está lleno de vida y futuro, aviso que en buena medida hace menos angustiosa la lectura de todo lo que sigue, sabedores desde el principio de que no va a terminar trágicamente.
Pero el libro es, con todo, estremecedor, y sabe expresar y compartir algo tan inefable y privado como el pánico a una pérdida que resultaría inconcebiblemente dolorosa. «Necesito que cese, en algunos momentos, la desesperación», declara en p. 23, y poco después se nos regala uno de los párrafos más exactos del libro, que he de citar completo: «El destino, la vida, nos corrige. Y lo hace sin delicadeza. Porque vivir es un capricho del destino, una cortesía. Yo quiero escribir contra el destino, quiero negarlo, impedir que siga devorándome. Pero lo único que hago es colorear una máquina de tren con Yorgos, compartir con él ese dibujo, hacer algo en común. Nos intercambiamos pinturas, nos fijamos en los contornos. Yo lo miro a él. Miro su rostro. Su cabeza sin pelo. Su ternura. Mis llagas» (p. 26). Inmediatamente antes de estas palabras se dice algo que, en mi opinión, sería más cierto si se le diera la vuelta: «Yorgos, dentro de dos meses, cumplirá cuatro años. Celebrará ese día, y todos sus cumpleaños futuros, como un amanecer», cuando sucede que en medio del miedo, la enfermedad y el dolor uno celebra cada amanecer como si fuese un cumpleaños.
Se dice también que «el silencio es la herramienta, lo único que hace no quedar mal» (p. 29) y se comprende que «no existen los disfraces si uno se ha desmoronado de verdad» (p. 36), aunque la primera parte ha terminado con una sublime declaración de esperanza: «Hay días en los que subo a un taxi para huir. Los semáforos lo impiden. Y lo impide el equipaje invisible que llevo siempre. Aunque, sobre todo, lo impide mi certeza de que la vida volverá a llenarse de almohadones» (p. 29)...
Estoy completamente convencido de que no puede haber literatura verdaderamente alta que no sea a la vez profundamente humilde. Heridas causadas por tres rinocerontes es, en ese sentido, una lección inolvidable sobre cómo poner la literatura al servicio de la vida, aun teniendo entre mano un tema tan delicado y tan susceptible de desembocar en lo lacrimógeno. Lo que consigue Sanmartín, sin embargo, es de una pulcritud perfecta:
«Le pongo al niño, en sus heridas, unas gotas de Betadine. Me mancho las manos, y el niño se ríe de mis dedos manchados. Y esa risa es un balneario» (p. 34).

jueves, abril 09, 2009

Cartas de París, Alexander Ródchenko

Idea, edición y prólogo de Ginés Garrido. Coordinación de Emilio Ruiz Mateo. Traducción de Sergio Mendezona y Ginés Garrido, revisada por Sara Gutiérrez. La Fábrica, Madrid, 2009. 171 páginas. 22 €

Elena Medel

Supón que eres pintor, fotógrafo, escultor, diseñador gráfico, escenógrafo, activista artístico y gestor cultural en una URSS en pañales; que en 1925, entre marzo y junio, te ofrecen vivir en París, ocupándote —construcción, montaje, etcétera— de algunas de las exhibiciones de tu país para la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas. Y que la ciudad del Sena acoge por entonces, también, a los mayores artistas de vanguardia en cualquier disciplina que puedas imaginar: Braque, Le Corbusier... Te llamas Alexander Ródchenko, has cumplido poco más de treinta años; décadas más tarde se te considerará uno de los autores clave de la historia de la fotografía, en parte por las escenas que has captado —quizá con alma más documental que artística— durante tu periplo francés.
Regresemos: te llamas Alexander Ródchenko, vives para el arte y, sin embargo, París te aburre soberanamente. «Qué sano y sencillo es Oriente, esto se ve con tal claridad solamente desde aquí. Aquí, a pesar de que roban los bailes, los trajes, los colores, la forma de andar, los tipos y las costumbres de Oriente, todo, hacen de todo ello tal abominación y porquería que al fin no queda nada de Oriente», escribe Ródchenko el 25 de marzo de 1925, sólo cuarenta y ocho horas después de llegar a París, en una de sus primeras cartas a las mujeres de su vida: su madre, su pareja —la también artista plástica Várvara Stepánova— y su hija pequeña. Les llama, en tono cariñoso, «Mulka, Mamulka y Mulichka»: mamá, mamaíta, mamita.
Y es que en estas Cartas de París constituyen el diario, en forma de intercambio epistolar —desigual: una cincuentena de misivas de Ródchenko, por sólo seis conservadas de Stepánova—, acerca de la monótona existencia de un genio en una capital de genios; alguien que despierta, trabaja y trabaja, apenas disfruta de jornadas de descanso, y entre ideas, quejas y compras de material para los amigos rechaza conocer a sus homólogos en Francia: cuando un colega y compatriota, el pintor Antoine Pévsner, comunica a Ródchenko el interés de Piccaso y Eremburg por conocerle, éste responde que «mejor dentro de unos días» (2 de abril); casi dos meses más tarde, el 1 de junio, escribe sobre su encuentro con Fernand Léger: «hablé con Léger y me mostré presuntuoso. Soy artista… Lo que hace Léger yo lo he dejado de hacer hace mucho. Y si yo viviera en París, tendría un nombre más grande que Léger. Y aun así no me gustaría vivir aquí… En qué somos peores los de Moscú…»
Alexander Ródchenko compara una y otra vez ambas ciudades, sus costumbres, sus hábitos, sus mundillos artísticos, para despreciar el capitalismo que representa la capital francesa, y subrayar la pureza y calidad de vida de Moscú. «Así es este París, que antes no me apasionaba, pero al que tenía respeto», transmite a su familia el mismo 2 de abril. «Lo raro», continúa, «es que todo el mundo trabaja y todo va bien, tal y como quisiéramos que fuera en nuestro país. Pero, ¿cuál es el fin de todo esto? ¿A dónde quieren llegar? ¿Y para qué? Entonces es cierto que es mejor marcharte a China y, allí, tumbarte, soñar no se sabe con qué». «La exposición, seguramente, no vale la pena ni visitarla; han construido unos pabellones que hasta vistos desde lejos provocan rechazo, y de cerca son un horror. La nuestra [la exposición del sector soviético] es sencillamente genial. En general, desde el punto de vista del gusto artístico, París no es más que una provincia en arquitectura. Los puentes, los ascensores, las escaleras mecánicas, eso sí, eso es bueno», rematará el 5 de abril.
Cartas de París cataloga el trabajo artístico de Ródchenko en los pabellones de la URSS en un doble sentido —el de la minuciosidad con la que Ródchenko registra los avances de su equipo, y el de las imágenes que se incluyen—, pero también narra la historia de un creador con enorme conciencia política: «la luz de Oriente no es solamente la liberación de los trabajadores. La luz de Oriente consiste en una nueva actitud hacia el individuo, la mujer y las cosas» (4 de mayo); «no podremos organizar unas nuevas normas de vida si nuestras relaciones se parecen a las relaciones bohemias de Occidente. Ahí radica el mal» (21 de mayo); «las cosas son el opio de la vida. Sólo se puede ser comunista o capitalista. Aquí no puede haber nada intermedio» (sin fecha). Se nos muestra, pues, a un artista más politizado que político, que compensa el desinterés hacia sus compañeros de profesión con la pasión por el proyecto ideológico de la URSS; y es el peculiar diario de trabajo de un hombre dos únicos anhelos: perder de vista los bidés, y regresar a casa. «Pienso siempre en ti, me apena que no estés conmigo, estoy tan acostumbrado a hacer todo con tus ojos, a hablar con tus oídos y pensar contigo», confiesa a Stepánova el 28 de marzo. «Mañana es ¡día 2! ¡Pronto seré libre! ¡Oriente!», celebra en la recta final de su estancia parisina, harto de los retrasos en la inauguración de los pabellones de la URSS y, por tanto, de los retrasos en su vuelta a Moscú, al hogar y a la familia. Más que el diario de un artista, el diario de un hombre: cansado de su situación, ilusionado con su misión, solo en el fondo. Aunque parezca un tópico, no se lo pierdan.

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Puedes disfrutar de una selección del trabajo de Alexander Ródchenko si haces click aquí.

miércoles, abril 08, 2009

La tormenta, Romain Gary

Trad. Gema Moral Bartolomé. El Cobre Ediciones, Barcelona, 2009. 152 pp. 18 €

Juan Gómez Espinosa

No hay nada mejor para un libro que dejar al lector con ganas de más. El presente, editado por El Cobre, lo consigue de varias maneras. Así, un forofo de Romain Gary se encontrará con pequeñas joyas inéditas en español; por otro lado, a quien desconozca la obra del polaco-francés le abrirá las puertas a un mundo en el que merece la pena adentrarse. En estos breves relatos no sólo se apunta lo mejor del escritor, sino que también se exponen claramente las materias que debe elegir manejar cualquier creador. Entramos así en el eterno debate sobre entretener o expresar, sobre lecturas para el autobús o lecturas para la alcoba. El primero dirigirá su atención a un público para el cual trenzará situaciones, tramas y personajes que lo conduzcan a un bucle dramático; el peligro, obviamente, serán la posible vacuidad emocional de sus personajes, condicionados por la acción, y la ausencia de riesgos en el propio lenguaje, que se mantiene “conservador” a fin de conectar con un público amplio. En la otra orilla, sin embargo, un autor cuya perspectiva sea la de su propio ombligo mostrará sin pudor sus inquietudes, su pulso de entrañas, pero con el riesgo de crear un auténtico tostón a fuerza de onanismo; su lenguaje, sus personajes (si los hubiera), sus acciones (si las hubiera)… estarán marcados siempre por su enfrentamiento individual con el exterior. En Romain Gary la fusión entre ambos tipos de escritor es perfecta, y eso es algo que nunca le podremos agradecer lo suficiente. Sabe crear una trama de pura intriga, ir avisando elegantemente sobre la posibilidad de acción, atraer con la expectación… pero también ir más allá, dar una oportunidad a héroes (por llamarlos de alguna manera) que están gritando en silencio para expresarse de manera autónoma; Gary no se conformaba con los clichés, ni con las argumentaciones de andar por casa. Las menciones a las contiendas del siglo XX no se enmarcan ni en defensas viriles ni en denuncias edulcoradas; la guerra y la violencia aparecen, simplemente, como una siega fría de vidas, tanto las de las víctimas inocentes como las de los ejecutores; estos últimos están condenados a sobrevivir y a ser sepultados en cualquier rincón mínimo y sórdido de la Historia. Gary escribía con brillantez, con maestría, tampoco se conformaba con los recursos lingüísticos y estructurales consensuados. Repasando un relato como La tormenta (el que da título al libro) uno se percata de que su “padre” era una brillante rara avis: sólo él podría hacer que la combinación de un paraje aislado, una mujer hastiada, un marido plomo, un enigmático desconocido y un clima salvaje no se convirtiera en un relatito tópico de amoríos bajo el monzón. Eso por no hablar del frío aislamiento (físico y emocional) en que se mueven los personajes de “Geografía humana”, “Sargento Gnama” o “Diez años después o la historia más vieja del mundo”, en los que la falta de acción evidente deja un vacío desasosegador. “Sin aliento”, “El griego” y “Una mujercita”, tal vez las mejores piezas, estremecen hasta la médula: las dos primeras, por su condición de brillantísimos comienzos (o esbozos) de novelas que nunca llegaron a realizarse (nos queda soñar con sus posibilidades); la tercera… simplemente hay que leerla; luego ya me dirán.

martes, abril 07, 2009

La ruta de Waterloo, Adolfo García Ortega

Menoscuarto, Palencia, 2008. 180 pp. 14.50 €

José Manuel de la Huerga

Son nueve cuentos, probablemente de toda una vida creativa robada al sueño y demás afanes, algunos dormidos en el cajón de la espera. Lo digo por menudencias. Por ejemplo, un hombre paga los servicios de una prostituta con 15.000 pesetas. Y por los estilos: de la alegría narrativa de Hoteles Metropol, a la cadencia reflexiva de Y en otro lugar, John Garfield, pasando por el que, a mi juicio, es el mejor relato de todo el fajo: Vidas, mitad de trayecto, un brillante ejercicio de contención estilística y de azar encadenado, que retrata la comedia humana con su doble rostro de hermosa amargura.
¿Qué da unidad a una colección de cuentos, de variada temática (el lector obsesivo que necesita viajar al lugar de su novela preferida, el exquisito cocinero que recorre Europa trabajando sólo en Hoteles Metropol, el director de cine encarcelado por la caza de brujas de la era McCarthy…) y técnicas muy bien aprendidas en al lectura de los clásicos europeos y americanos de los siglos XIX y XX? Quizá la intención: la voluntad inquebrantable del escritor que persigue la corza herida en cualquiera de las metamorfosis que se le presenten. Quizá el gusto de empaquetar juntos los pequeños presentes de unos cuantos años de vida vinculada a la literatura en todo su proceso creativo, decisivo de edición y amable de lector.
Stendhal y los otros realistas, la ópera, la alta cocina, el cine negro, la historia de Europa en los últimos años del XIX hasta la Revolución rusa, años efervescentes de creación y pasiones, dibujan un territorio donde Adolfo García Ortega se mueve con el placer del cicerone que trabaja gratis, por el placer de enseñar.
Pero hay un cuento, antes mencionado, que verdaderamente me ha imantado y conmocionado, por su radicalidad narrativa, escueto y seco como los relatos de un gran narrador americano como Cormac McCarthy. Es Vidas, mitad de trayecto. (Otra vez el divino Dante en el título.) ¿Qué puede ocurrir en un día laborable, en una gran ciudad, desde las 5.30 horas a las 20.30? Los personajes, apenas entrevistos en una página, van encadenándose con los siguientes, en una gran maraña humana, una colmena, un hormiguero. Son (somos) electrones girando alrededor del núcleo de la vida, asimilándolos o rechazándolos a una vía muerta, por azar. Cruces, coincidencias, cadena de trivialidades. Y un narrador magistral: con su mirada neutra del tú que señala y que a la vez conforta al lector, porque une ante la adversidad de lo desconocido: la vida. Un precioso canto a la soledad solidaria: todo el espectro social, desde un director de museo estatal destituido, una emigrante que limpia su casa, una mujer que se prostituye para completar el mes, parados, un vendedor de cedés abandonado por su mujer, un conductor de autobús, un hombre que va a recoger los resultados de una prueba de cáncer de pulmón…
Era Monterroso el que dejó escrito que un buen cuento tiene que ser triste. Los nueve cumplen con la premisa del maestro del relato. Queda un peso amargo de despedida en ellos, especialmente en Habib, donde un hombre mantiene durante unos días encendida la llama apasionada de su doble vida de homosexual oculto, con un sirio que se prostituye y que en silencio le ama.
De lectura individual, La ruta de Waterloo termina convirtiéndose en un conjunto modulado que deja en el paladar literario el “retrogusto” agridulce de los cuentos amados y amasados por el autor durante largo tiempo, luego dormidos, para ser desempolvados, reunidos en gavilla y, por fin, puestos al sol de los lectores. Un gusto. Menoscuarto se ha convertido en una editorial imprescindible.

lunes, abril 06, 2009

La alambrada, José Marzo

ACVF Editorial, Madrid, 2009. 111 pp. 8 €.

Miguel Baquero

Editada por primera vez hace siete años, sale ahora la segunda edición de La alambrada, la tercera novela del madrileño José Marzo. Subtitulada La deconstrucción de un individualista, La alambrada es una novela corta con vocación de desprenderse de todo lo superfluo e ir desde el primer momento, desde la primera frase: «Me telefonearon pasada la medianoche para decirme que mi tío había muerto», en busca de los temas universales: en este caso, las maneras de vivir, las diferentes posturas que los hombres adoptamos ante el discurrir del tiempo, y tratar de establecer, al menos de vislumbrar, cuál de ellas puede ser la más correcta. La más humana. La más moral.
Novela de reflexión pero al mismo tiempo contada con ligereza, muy cercana al estilo del mejor Baroja de El árbol de la ciencia, el autor no busca en ningún momento establecer afirmaciones categóricas, quizás ni llegar a una conclusión. Planteada como un largo diálogo entre un joven que empieza a vivir y su tío, un hombre hasta hace poco vital, individualista, nihilista y un punto cínico, que de pronto se encuentra enfrentado a una muerte inminente, a lo largo de las páginas de La alambrada se van poniendo (lanzando) sobre el tapete cuestiones sobre la vida que a todos nos afectan. Escenas que nos invitan a pensar.
De un lado, el tío enfermo, un hombre que hasta hace poco se encontraba seguro en la vida y contemplaba a los demás con cierta cínica suficiencia, encuentra de repente que sus ideas (o la carencia de ellas), que él creía un terreno firme, y la cultura que consideraba un refugio seguro, comienzan a desmoronarse, a «deconstruirse», sin que al fondo de todo ello, en un primer momento, parezca que vaya a haber nada. Hombre vital, ya se ha dicho, atado al presente, un hombre que ni siquiera se había molestado hasta entonces en ordenar sus recuerdos de forma cronológica, se encuentra de pronto con que pierde pie y en su confusión no encuentra ningún asidero que le frene en la caída. Del otro lado, un joven que hace poco ha salido de la adolescencia, esa etapa que tan feliz se nos aparece en la distancia pero que en realidad te expulsa cargado de traumas, de complejos, de frases que te han quedado por decir, de decisiones que no tuviste el valor de tomar. José Marzo acierta a pintar estos dos caracteres sin otro fondo que una habitación de hospital, apenas unos paisajes diluidos en el recuerdo, y en el diálogo entre ambos, fluido, diverso y, lo que es más importante, desnudo y sin tapujos, asistimos a la comedia humana. Esa comedia cruda, absurda y, a ratos, literaria que los hombres se ven abocados a cumplir desde el inicio de los tiempos.
No diré aquí lo que, finalmente, el tío moribundo acaba por encontrar, como una moneda de oro, al fondo del fango, ni en qué se impulsa el joven para obviar, o aplazar al menos, el absurdo y seguir hacia delante. Novela humana y profunda, emparentada con lo mejor del existencialismo, La alambrada se aparta de cuanto sea conformismo y distracción (en el peor sentido, en el sentido de no querer advertir lo que ocurre alrededor) y apuesta por una constante incitación al lector para que se detenga a pensar, para que considere lo que es y abra los ojos, sin el recurso fácil a esas ideas que flotan espesas por el aire.
«Cuando mi tío nos visitaba, yo sentía que un soplo de aire fresco entraba por la puerta. Cuando partía y la puerta se cerraba, la pipa de mi padre (un hombre idealista, el paréntesis es mío, y adepto a los grandes conceptos) recuperaba el espacio perdido. Ahumaba el salón; el humo se deshilachaba por el pasillo, bajo las puertas, flotaba en los dormitorios, ocupaba la casa entera. Todo parecía cubierto de un humo de responsabilidad y compromiso sin fisuras que se adhería a las paredes y las penetraba».